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domingo, 3 de diciembre de 2023

La superinteligencia de la resiliencia

(este artículo se publicó originalmente el día 3 de diciembre de 2023 en el El Periódico de Cataluña)

La abreviatura IA, que son las siglas de inteligencia artificial, ha sido elegida la palabra de 2023 por el diccionario Collins. El año que ahora termina ha vivido la irrupción de este término gracias a los interminables usos de la conocida como inteligencia generativa que permite crear textos, imágenes, música, audio y vídeos. Se le llama generativa porque usa un modelo de aprendizaje automático para aprender los patrones de un conjunto inmenso de contenidos creados en su día por personas para a continuación generar ella misma materiales inéditos. ChatGPT, la aplicación más conocida, consiguió en 2023 pulverizar el récord de tiempo en alcanzar 100 millones de usuarios, apenas dos meses, superando a TikTok que necesitó nueve o Instagram que tardó dos años y medio.

La inteligencia artificial también ha dado que hablar en todo el mundo también por las amenazas que su desregulación puede provocar en la sociedad, al ser prácticamente imposible diferenciar lo que es real de lo que no. Incluso en un escenario distópico se ha llegado a plantear el fin del mundo causado por una inteligencia artificial incontrolable por el ser humano. Científicos, filósofos, pero también tecnólogos y gobernantes de toda condición han firmado manifiestos y promovido congresos y así parar esa indeseada inteligencia artificial.

La sigla AI (inteligencia artificial en inglés) no solo es la palabra del año, sino que forma parte del nombre de la empresa tecnológica de moda. OpenAI. Esta compañía es la que creó ChatGPT en noviembre de 2022 pero nació mucho antes en 2015 de la mano del emprendedor americano Sam Altman. Este joven de Chicago acumulaba ya una carrera de triunfos como inversor al haber presidido “Y Incubator” la incubadora empresarial que más iniciativas de éxito ha egresado en la historia económica. Pero es 2023 el año en el que todo el mundo conoció a Altman por el fulgurante éxito de su aplicación ChatGPT y por la increíble inversión en su empresa de 10.000 millones de dólares procedentes de Microsoft, un 49% del capital. En esas estábamos cuando todo saltó por los aires.

La historia arranca un viernes de otoño. El 17 de noviembre por la noche se comunica el despido fulminante de Sam Altman, cofundador de OpenAI. El consejo de administración no aclara el motivo exacto y se escuda en un escueto comunicado que argumenta "pérdida de confianza". Para lograr una transición tranquila, anuncian que será Mira Murati, directora de tecnología de la propia empresa, la que tomará el mando temporalmente. La noticia pilla con el pie cambiado a los principales accionistas, entre ellos Microsoft y el mismo sábado ya se habla de indignación entre varios inversores, que presionan para que restituyan a Altman. Los rumores y especulaciones se multiplican. Contra todo pronóstico, el domingo vuelve a ocurrir algo inesperado: Altman no regresará a la empresa que fundó porque Microsoft anuncia un plan para ficharlo junto a otros pesos pesados y así crear una nueva división de investigación. OpenAI, por su parte, contrataca el lunes difundiendo que Emmet Shear, cofundador de Twitch, será el nuevo CEO interino en lugar de Murati.

El lío no queda ahí. El martes 700 de los 770 empleados de OpenAI suscriben una carta en la que exigen a la junta de dirección que dimita en bloque. Si no ocurre, emprenderán el mismo camino que Altman. Lo más sorprendente de todo es que entre los firmantes se encuentra también Ilya Sutskever, científico de datos, cofundador y miembro de la junta y presunto promotor del despido. Pero el miércoles la tormenta llega a su fin con la vuelta de Sam Altman como primer ejecutivo de OpenAI y la salida de los que le despidieron. La empresa vuelve a tener a su CEO y los accionistas sus dividendos asegurados, pero han quedado muchas dudas sin solventar y las especulaciones no cesan. Al parecer la crisis estuvo causada por la peculiar estructura empresarial de la compañía. En la cúspide del grupo hay una sociedad sin ánimo de lucro controlada por un consejo de administración; no rinde cuentas a accionistas, inversores ni empleados de la compañía, sino que se debe a una misión que no es otra que la inteligencia artificial beneficie a la humanidad. Y aquí reside el quid de la cuestión. La versión más extendida para explicar el conflicto es que los independientes concluyeron que Altman se había olvidado del propósito fundacional de OpenAI y se había desbocado en su ansia de conseguir dinero para el laboratorio, de ahí su inopinado despido.

Lo cierto es que la inteligencia de Sam Altman ha ganado. Vuelve a OpenAI y lo hace con más poder que nunca. Con él vuelve también a la empresa la visión más mercantilista. Muchos analistas han recordado que también un inteligente Steve Jobs fue despedido y luego volvió triunfante a Apple. Pocos han recordado que por estos lares a Pedro Sánchez, le pasó lo mismo con el PSOE y hoy va camino de ser el presidente de gobierno más longevo de ese partido. Altman, Jobs y Sánchez con su inteligencia ganaron y con su resiliencia han hecho historia.

Iñaki Ortega es doctor en economía en UNIR y LLYC

lunes, 19 de junio de 2023

Decálogo para el liderazgo

(este artículo se publicó originalmente en la revista Economía XXI el 19 de junio de 2023)

Todo el mundo habla de liderazgo, no solo en las escuelas de negocios sino también en las redes sociales, pero es más difícil resumir en un decálogo algunos aspectos clave para liderar una empresa en un momento tan convulso como el actual. A riesgo de caer en alguna ausencia o de inexactitudes por la falta de espacio, me he arriesgado como profesor de dirección de empresas, a proponer diez elementos imprescindibles para el actual liderazgo. Y para rizar el rizo, sin usar ningún anglicismo. Aquí están para ser practicadas:


  1. Humanismo. Liderar una empresa pensando que lo primero son las personas: tus clientes, tus proveedores, tus empleados pero también tus accionistas. Aristóteles o Tomás de Aquino lo aplicaron a la filosofía, pero la empresa de exige poner en el centro a las personas
  2. Mente abierta. Flexibilidad para no anclarse en lo que siempre se ha hecho de una manera y asumir que no siempre las ideas correctas son las tuyas. La capacidad de aprender de los mejores, aunque no sean de tu empresa o de tu sector, es algo que han practicado los mejores directivos
  3. Estar al día. El dinamismo de los mercados es tal que es imposible responder a las necesidades de los clientes sin volver a las aulas periódicamente para reciclarse. Los conocimientos que te hacen triunfar en un momento no siempre valen unos años más allá.
  4. Es la economía, estúpido. Esta famosa frase que le hizo ganar las elecciones a Bill Clinton puede aplicarse también al liderazgo empresarial. Conocer qué está pasando con las principales variable macroeconómicas (tipos de interés o inflación) es clave para un buen directivo
  5. Conocimiento Experto. En tu sector y con tu servicio has de atesorar el mayor dominio. Nunca es suficiente y siempre hay que saber más de tu industria y de tu producto. Los lideres exitosos siempre han cultivado un altísimo grado de excelencia técnica y así se lo premiaron los mercados.
  6. Oratoria. Si no eres capaz de expresarte con total garantía en entornos profesionales masivos, estás renunciando a tu potencial y al de tu empresa. El considerado mejor inversor de todos los tiempos, Warren Buffet ha dejado escrito que “una persona puede aumentar su valor en un 50 por ciento solo aprendiendo a hablar en público”.
  7. Equipo. Las empresas con mejores resultados en todo el mundo están gestionadas por equipos de alto rendimiento. El individualismo de las empresas del siglo pasado ha dado pasado a compañías gestionadas por equipos que hacen posible que 1 + 1 = 3
  8. Emprendedor. Hay que mantener la mentalidad de los inicios. Esa humildad de saber que estás empezando y por tanto ni puedes gastar lo que quieras ni puedes ser el absoluto referente. Desde la modestia de considerarse siempre un aprendiz, conseguirás vencer la soberbia de la autosuficiencia.
  9. Colaboración con lo público. En España la mitad de la riqueza generada en un año tiene su origen en el sector público y las regulaciones afectan a todos los negocios. La pandemia ha traído, nuevos programas públicos que no pueden ser desaprovechados como palanca de crecimiento
  10. Sociedad civil. Participar en redes profesionales como CEAJE o ATA permite que tus demandas puedan llegar a buen puerto además de mantener una relación con colegas de los que siempre se puede aprender. El asociacionismo no solamente te da ventajas en tu gestión empresarial, sino que te hace mejor profesional al pensar más allá de tu empresa.

Iñaki Ortega es doctor en economía, profesor de la Universidad Internacional de La Rioja y director del curso de liderazgo de CEOE Campus


domingo, 21 de mayo de 2023

Cuando la Inteligencia Artificial falla

(este artículo se publicó oficialmente el día 14 de mayo en el suplemento económico de El Mundo)

Últimamente la Inteligencia Artificial (IA) ha desbordado los centros tecnológicos para llegar al conjunto de la población. Gracias a un popular chatbot, también muchos directivos han descubierto cómo automatizar tareas y están urgiendo a sus equipos a zambullirse en la IA.

Al mismo tiempo, casi como un juego, miles de profesionales han conseguido demostrar -simplemente con alguna sofisticada pregunta- que estos chats aun no son tan inteligentes como pensamos. La IA falla y lo seguirá haciendo. También la inteligencia humana lleva siglos fallando, pero en el caso de las personas hay formas contrastadas para evitar esos errores. Con las máquinas no hemos llegado tan lejos. Por es, quizás en el mundo empresarial, convendría seguir explotando las posibilidades de la inteligencia humana, antes de abrazar ciegamente este nuevo credo de la infalibilidad de la IA.

Intentar entender y explicar los mecanismos cerebrales para la toma de decisiones viene de antiguo. No siempre actuamos conforme al sentido común y en demasiadas ocasiones hacemos justo lo contrario. Desde Platón y Descartes, con su defensa de la racionalidad humana, hasta Aristóteles y Spinoza, con una visión más integrada, el afán por entender el comportamiento de las personas ha ocupado a los pensadores, hasta llegar a nuestros días con dos investigadores como Kahneman y Thaler premiados por ello con el Nobel.

Todos ellos beben de un mismo argumento que conviene recordar. Nuestro cerebro es fruto de la evolución del ser humano. Al principio de los tiempos ese cerebro era reptiliano porque su función era la supervivencia. Posteriormente se desarrolla el cerebro límbico o emocional, el de los mamíferos, y más tarde el cerebro humano o racional. Los tres siguen conviviendo en nuestros días y eso explica que en ocasiones las respuestas a determinadas situaciones activan antes el cerebro rápido -reptiliano- que el racional. Esto es tremendamente útil ante una situación de emergencia, por ejemplo, con efectos reflejos como apartarnos del fuego, pero en otras ocasiones nos lleva a fallar por no pensar con profundidad las respuestas a algunos impulsos.

En economía y en entornos de incertidumbre, es habitual que falle la razón ya que -cada vez más- los humanos para poder responder con rapidez, tomamos atajos. Es decir, tomamos decisiones basadas en sesgos que en muchas ocasiones desafían a la racionalidad, pero, eso sí, nos permiten actuar muy rápidamente.

Si desde el mundo empresarial conocemos esos sesgos, conseguiremos entender mejor a los empleados, clientes, proveedores e inversores que son humanos y por tanto susceptibles de fallar. Por supuesto que esta apuesta por entender el comportamiento humano no se agota en la empresa sino que tiene aplicación directa en otros campos como la política y las políticas públicas.

Los experimentos en todos estos campos son muchos y se han trasladado a exitosas estrategias. El llamado efecto Barnum que suelen usar las marcas con sus sugerentes eslóganes para hacernos sentir únicos pero que beben de la misma trampa mental que los horóscopos que pronostican obviedades.  El efecto inercia usado en Suecia consiguió aumentar la tasa de donantes simplemente cambiando el formulario para que por defecto haya que donar órganos y darse de baja para no donar, y no al contrario como era habitual. El efecto mágico del gratis, basado en la aversión humana a perder una oportunidad. Los precios gancho en Amazon o el efecto ancla en Starbucks para diferenciarse de sus competidores. Hasta la mosca en los urinarios de Ámsterdam que ha conseguido reducir en 50 % los costes de limpieza, son ejemplos de que la ciencia empírica funciona al trasladarse a la empresa.

¿Cómo mostrar y fijar los precios? ¿Cuántas opciones presentar? ¿Cómo diseñar los argumentarios comerciales? ¿Cómo diseñar un proceso de bienvenida a un nuevo empleado para que la retención sea mayor? ¿Por qué las personas nos damos de alta en el gimnasio y no vamos? ¿A partir de qué importe no cobrar los costes de envío? ¿Por qué los indecisos acaban votando al partido que va delante en las encuestas? Son algunas de las muchas preguntas que pueden responderse con el estudio de los sesgos mentales. Economía del comportamiento se le ha llamado en la academia y algunos directivos preclaros han decidido que los departamentos de esta disciplina salten de la universidad a sus propias compañías. La creación de áreas especializadas, sin duda, puede llevar a mejorar los resultados de negocio y ya se habla como de una gran tendencia empresarial. La española Carmen López Suevos -una de las mayores expertas en este ámbito porque lo ha probado en su exitoso desempeño en multinacionales- no se cansa de repetir que somos irracionales, pero predeciblemente irracionales. Es una pena que estemos tan poco avanzados en nuestro país.

¿Quién dijo que fuese fácil? Como indica el filósofo José Antonio Marina: “el cerebro es un gran continente con la mayor complejidad del universo”. Ahí está el verdadero reto y donde hay que poner el esfuerzo, en entender al humano y no en ganar a ChatGPT.

Iñaki Ortega es doctor en economía y profesor en UNIR y LLYC

viernes, 17 de diciembre de 2021

El huevo de la serpiente

 

(este artículo se publicó originalmente en el periódico 20 Minutos el 13 de diciembre de 2021)


No tengo muy claro si hay un hábitat idóneo para las serpientes y menos en qué parte de nuestro país se crían con más facilidad. La zoología no es lo mío, pero cuando la semana pasada observé la manifestación en contra del niño de Canet no tuve duda alguna: ahí había un huevo de serpiente. En 1977 el genial director de cine, Ingmar Bergman, estrenó la película “El huevo de la serpiente” ambientada en los años previos a la llegada del poder de Hitler. En una escena, uno de los personajes, el Dr. Vergerus dice «cualquiera puede ver el futuro, es como un huevo de serpiente. A través de la fina membrana se puede distinguir un reptil ya formado». Solo es cuestión de tiempo, y de un inofensivo zigoto, surgirá un peligroso reptil. La película anticipa lo que finalmente sucede en Alemania una década después que no es otra cosa que el régimen nazi que tanto dolor trajo. Pero en los años veinte ya podía preverse porque los huevos de la serpiente ya estaban dispersos por toda Alemania. No se hizo nada.

 

La serpiente ha servido en el cristianismo para representar el mal, precisamente porque en la cultura popular un ofidio supone un gran peligro por su venenosa mordedura. Nadie, en su sano juicio, en esta parte del mundo permite que una serpiente anide en su casa o que deje sus huevos para que en poco tiempo nazcan nuevas culebras. No domino la cría de las serpientes, pero sí he vivido en primera persona durante muchos años las consecuencias de minusvalorar el terrorismo de ETA que tenía por símbolo una serpiente. Los mismos que empezaban acosando con manifestaciones en frente de casas como la mía, seguían poniendo pintadas con insultos para acabar tirando piedras cuando no balas 9 mm parabellum.

 

No he visto nunca un huevo de una serpiente, pero he visto muchas veces en el País Vasco el mismo odio que en las caras de los manifestantes de Canet. ¿Cómo un inocente niño de cinco años puede llevar a la ira a tantas personas? ¿Qué clase de fanatismo es capaz de movilizar a ciudadanos y representantes del pueblo para acosar a un menor? ¿tan poco conocemos la historia reciente de nuestro país o de Europa para no darnos cuenta de que la semilla del odio ya ha germinado y es preciso actuar?

 

Nunca me ha mordido una serpiente, pero sí he sentido en mis carnes el pánico al fanatismo terrorista y me hago una idea de lo qué sentirán ahora mismo los padres del niño de Canet. Ese miedo que miles de familias catalanas van a tener a partir de ahora cuando tengan que tomar la valiente decisión de reclamar el derecho a que sus hijos estudien en el idioma del país en el que viven. La inquina de unos, el terror de otros y mientras tantos los huevos a punto de romperse porque la serpiente ya ha crecido lo suficiente.

 

Iñaki Ortega es doctor en economía y profesor de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR)

 

 


miércoles, 1 de diciembre de 2021

Ómicron

(este artículo se publicó originalmente en el periódico 20 Minutos el día 29 de noviembre de 2021)


Es una de las letras del alfabeto heleno y lo lleva siendo durante los últimos dos mil años. Ómicron en griego es la letra “o” breve, frente a omega que es la larga. Ojalá que en unas semanas no tengamos que incorporar en el diccionario otro significado para esta palabra, porque eso supondrá que la nueva variante del coronavirus, bautizada así por las autoridades sanitarias, ha caído en el olvido.

Cuando se descubrió el virus causante de la pandemia, se le puso el nombre de covid19 por el año en cuestión-2019- acompañado de las iniciales de coronavirus y enfermedad en inglés (disease). Pero conforme este virus mutaba, el término Covid19 quedó obsoleto y los expertos decidieron añadir una letra griega. Alpha ante la variante inglesa o Delta por la cepa norteamericana y así hasta este viernes pasado en el que Ómicron ha entrado en escena. La OMS emitió un comunicado avisando de la peligrosidad de la nueva mutación con origen africano y como si fueran piezas de dominó fueron cayendo, una tras otra, las cotizaciones de todas las empresas del planeta, especialmente las vinculadas a los viajes y el turismo. La altísima trasmisibilidad de esta variación del virus es tal que en apenas unas horas ya se han detectado infectados en Estados Unidos, Bélgica, Alemania, Reino Unido o Italia lo que ha acelerado la vuelta en muchos países a las restricciones sanitarias más duras.

Esta desconocida letra griega no solo ha hecho perder en la Bolsa cientos de millones a las empresas, sino que puede frenar en seco la recuperación económica que ya venía languideciendo. Los precios no han parado de subir por la presión de la demanda insatisfecha y ayudados por la escalada de los costes energéticos. Las trabas al comercio internacional en China primero dejaron sin superconductores -chips- a las industrias occidentales y luego les tocó el turno a otras provisiones clave para sectores como la construcción y las manufacturas. La economía real se resintió con rapidez porque fábricas de coches, juguetes y móviles -entre otras- se pararon por la falta de componentes, al mismo tiempo que miles de proveedores y empleados. La electricidad decidió entrar en este cóctel elevando los costes a las compañías lo que hizo que algunas también decidieran dejar de producir al no compensarles esos gastos. Y en esas estábamos, esperando las ayudas europeas que nos salven, cuando Ómicron apareció.

Nadie puede asegurar si este nuevo virus será una falsa alarma o una catástrofe, pero sí podemos certificar lo absurdo de los debates de estas semanas en los que consumimos nuestras fuerzas. Una prebenda más para mi comunidad o una subvención para diferenciarme de mis vecinos. No acabaremos con la pandemia -ni con la crisis que la acompaña- mirándonos al ombligo sino cooperando. No enfrentando territorios sino trabajando codo con codo. Solo funcionando como una orquesta, no desafinaremos. De qué sirve sacar pecho por tener más del 80% de vacunados si nuestros vecinos africanos no lo están. O nos salvamos todos o ninguno se salvará.

Iñaki Ortega es doctor en economía y profesor de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR)

lunes, 2 de agosto de 2021

La ética de la letra pequeña

 Este artículo se publicó originalmente en el diario La Información el día 29 de julio de 2021)


Los prospectos de los medicamentos son una lectura entretenida comparados con las cláusulas de cualquier contrato promovido por una multinacional. No tengo dudas de que el lector ha podido comprobar qué difícil es leer completo el papel que acompaña a las medicinas en el que se indica composición, posología y efectos secundarios. La letra tan pequeña y los términos complejos no lo hacen precisamente sencillo, por no hablar del mal cuerpo que se le pone a cualquiera con tantos eventuales riesgos. Nada comparable al clausulado mercantil para ser proveedor de una gran empresa. Confidencialidad de los datos, propiedad industrial, normativa de seguridad, tribunales competentes, derecho aplicable, prevención de la corrupción, cumplimiento de los derechos humanos y responsabilidad ambiental. A pesar de lo tedioso de su lectura es una gran noticia que podemos situar su origen en el acrónimo corporativo de moda, la ESG. Sin duda el mundo puede ser mejor gracias a esos interminables párrafos de letra pequeña.

Las siglas en inglés ESG pueden traducirse como sostenibilidad de las empresas en materia medioambiental, social y de gobierno. Las corporaciones han de ser transparentes en sus emisiones de carbono, pero también en cómo tratan a sus empleados, clientes y proveedores, sin olvidar si respetan a sus accionistas y no aplican liderazgos tóxicos. Hoy estos ejemplos de buenas prácticas de ESG se han convertido en una obligación para grandes empresas. Algunas porque al ser cotizadas, los códigos de buen gobierno de los supervisores se lo exigen,; otras puesto que las leyes de sus países de origen ya lo recogen; una gran mayoría porque sus accionistas lo han incorporado como demanda en los últimos años y finalmente porque cada vez más compañías han abrazado un propósito que da sentido a su desempeño, solamente si cumplen esos estándares éticos.

Esa letra pequeña garantiza por tanto que las grandes empresas no aprovechen los contratos con proveedores para incumplir las prerrogativas éticas de la ESG. No puede, quien contrate con esas grandes empresas, discriminar por edad, sexo, raza o ideología, tampoco pueden contaminar, aunque esté en un país con laxas legislaciones medio ambientales y ni mucho menos incumplir los derechos humanos al implementar su oferta de bienes o servicios. ¡Bendita letra pequeña!

Pero, y también lo sabe el que ha contratado con una pequeña empresa, que eso no pasa en todas las compañías. Y conforme el tamaño empresarial se reduce, salvo honrosas excepciones, los términos como la ESG o el propósito son lujos que ni pueden permitirse. De estas palabras no puede desprenderse que las pymes obvian la ética, sino que simplemente la han aplicado sin necesidad de letra pequeña. En la gran mayoría de los casos los pequeños empresarios, especialmente en estas latitudes, han demostrado un alto compromiso con su entorno, lo que incluye las comunidades en las que actúan. La pandemia nos ha puesto en el espejo de cómo esas microempresas patrias han dado lecciones de moralidad en la peor situación inimaginable.

Esta irrupción de nuevos estándares éticos en la economía capitalista ha empezado por arriba, por las grandes corporaciones, quizás porque las unidades empresariales más pequeñas no tenían la sombra de la sospecha por la cercanía de los empleadores a clientes, proveedores y trabajadores. Pero la economía de mercado tiene otros agentes que actúan a pesar de no tener naturaleza mercantil. Las administraciones públicas se han convertido en un jugador clave de cualquier mercado del planeta. Más allá de su responsabilidad a la hora de marcar las reglas de juego de la actividad económica, el sector público contrata, emplea y tiene clientes y usuarios. En España, miles de millones de facturación, millones de empleados y otros tantos de ciudadanos que contratan servicios bien sea a administraciones o a empresas públicas.

Por ello este movimiento ético ha de arribar también en los gobiernos y su sector público empresarial. Algunos defenderán que los objetivos de desarrollo sostenible de Naciones Unidas están en sus planes de gobierno y que sus altos cargos llevan todos el pin de colores de los ODS. Otros dirán que la normativa vigente ya prevé estos supuestos, pero la realidad es que en muchos concursos públicos pesa más el precio que los derechos humanos. El reciente escándalo del rescate de una línea aérea vinculada a un régimen antidemocrático no puede considerarse una anécdota sino un fallo del sistema que obvia la ética. Porque se sigue contratando desde el sector público empresarial a empresas basadas en países que no respetan los derechos humanos y prohíben la libertad de expresión, no existen garantías procesales o persiguen al diferente. Competencia desleal, alguien lo ha llamado. Nosotros desde esta parte del mundo firmando interminables cláusulas, mientras los que ganan los concursos violan sistemáticamente derechos como el de libertad sexual, reunión o explotación infantil. El precio parece que vale más en muchos pliegos públicos de licitación que la propia moralidad.

Por eso y aunque suponga más BOE, esta nueva ética de la letra pequeña no entiende de público o privado.

Iñaki Ortega es doctor en economía y profesor de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR)


miércoles, 24 de marzo de 2021

Pandenomics

(este artículo se publicó originalmente en el periódico La Información el día 23 de marzo de 2021)

El cambio del milenio trajo la vana ilusión de conseguir alinear empresa y sociedad. En la agenda, súbitamente, en 1999, apareció la Responsabilidad Social Corporativa (RSC) y los objetivos del milenio (ODM) de Naciones Unidas. También, ese año, nació el índice Dow Jones Sustainability y Global Compact, el pacto mundial por la sostenibilidad. Michael Porter comienza entonces a formular desde lo que llamó filantropía corporativa, su teoría del valor compartido. Básicamente el profesor de la Universidad de Harvard defendía alinear el éxito de la empresa con el éxito de la comunidad en la que se opera, para ello hay que retribuir a la sociedad con parte de los beneficios de la compañía. La realidad es más tozuda y este intento de socializar el capitalismo se quedó en estético y la RSC en una cortina de humo. La brecha entre empresa y sociedad lejos de reducirse se agrandó. No es fácil. Son muchos siglos en los que la economía y el humanismo han sido dos ríos que nunca llegaban a juntarse.

La economía, desde que existe como tal, defiende la existencia de ventajas competitivas. Adam Smith en el siglo XVIII matizó en su libro “La Riqueza de las Naciones” esa ventaja por la existencia de una mano invisible (el mercado) que llevaba al bien común. En el siglo XX, para Schumpèter, esa ventaja reside en la fuerza creativa de los emprendedores y para Keynes es el Estado en que garantiza que el ventajismo no genere desigualdad. Pero Milton Friedman en 1970 acuña su célebre frase que aún permanece en la mente de muchos directivos, “la única responsabilidad social de los empresarios es incrementar sus ganancias”. Aunque en 1993 el nobel Douglas North postuló la importancia de las instituciones, entre ellas las empresas, para evitar las injusticias económicas, la corriente de la escuela de Chicago de Friedman siguió ganando adeptos en las corporaciones durante todo el siglo XX. 

Ya desde Aristóteles, la filosofía ha reflexionado sobre el humanismo. Tomás de Aquino postulando por la dignidad del ser humano; Rousseau con su “contrato social “que inspiró la Revolución Francesa frente al absolutismo o la defensa de las libertades civiles en el nacimiento de los Estados Unidos de América frente al dogmatismo de la metrópoli, permitieron el surgimiento en la Organización de las Naciones Unidas (ONU) en 1948 de Declaración Universal de los Derechos Humanos. Pero por más que en 1999 se intentó seguir esa línea con los objetivos de desarrollo del milenio y en 2015 los ODS (objetivos de desarrollo sostenible), todavía la economía y la sociedad seguían caminos diferentes.

Pasaron los años y el tercer milenio avanzó inexorablemente hasta la crisis del 2008 que agrandó la brecha entre la empresa y la gente. El mejor caldo de cultivo para un populismo que comenzó a hacerse notar en el mundo y también en nuestro país. El Brexit, la era Trump o el auge de los movimientos antisistema como los chalecos amarillos en Francia o el 15-M en España alertó a muchos directivos a retomar una agenda del cambio. De modo y manera que en 2019 la patronal American Business Round Table pide redefinir las reglas del capitalismo; el periódico Financial Times exige al mismo tiempo reinventar el capitalismo y en el foro de Davos de ese año solo se habla de un nuevo capitalismo del propósito. Los acontecimientos se precipitan y el primer ejecutivo del mayor fondo de inversión del mundo, BlackRock, amenaza con dejar de invertir en empresas que no sean sociales y en España se traspone la directiva comunitaria que exige, por ley, dar información sobre la labor social de las empresas (ley 11/18 de información no financiera y diversidad). Nace el acrónimo ESG (sostenibilidad en materia medio ambiental, social y de gobierno corporativo) como mantra que han de seguir las empresas que quieran sobrevivir en la nueva economía. Hasta la CNMV en la modificación de su código de buen gobierno en 2020 decide sustituir la RSC por la sostenibilidad de la ESG. 

Y de repente la pandemia. La economía de la pandemia o pandenomics ha venido para quedarse. En Argentina el catedrático Javier Milei idéntica pandenomics con mega recesión, inflación y crisis global. En España, la economista jefe de Singular Bank, Alicia Coronil usa pandenomics como sinónimo de inestabilidad ante el auge de China y la desaparición de Abe en Japón y Merkel en Alemania. Yo prefiero una visión más optimista. La economía de la pandemia permitirá el milagro de que los dos ríos condenados a no juntarse nunca -la economía y la sociedad- finalmente lo hagan. La emergencia sanitaria logró que en la fábrica de SEAT de Martorell los motores de los parabrisas se convirtieran en respiradores. El confinamiento permitió comprobar lo sencillo que era tener ciudades con el aire respirable, si conducimos menos. Los fondos públicos bien usados, como en España con los ERTEs y los ICOs salvan a empresas que así mantienen los empleos. Los tenedores de grandes locales comerciales rebajaron los alquileres a los comercios sin actividad. Al mismo tiempo, sin trabas públicas ni organizativas, pudo diseñarse en tiempo récord una vacuna que salva millones de vidas todos los días. Se concilió vida profesional y laboral, con los niños y padres en videoconferencias. Nadie se quedó sin luz o conexión telefónica y de datos. 

Pero lo mejor está por llegar en pandenomics. Europa con el plan de su presidenta Úrsula Von der Leyen, Green New Deal o pacto verde, para hacer que Europa sea climáticamente neutral en 2050. O los fondos Next Generation que ayudarán a que empresas de la mano de la administración modernicen nuestra economía. El capital privado de todo el mundo movilizado para invertir en tecnologías que frenen el cibercrimen, mejoren la salud global o eliminen la huella de carbono. Tecnológicas y startups con nuevos marcos amistosos promovidos por los gobiernos, conseguirán una economía competitiva que genere empleo de calidad y no deje a nadie atrás. Llámenme iluso. Pero la economía de la pandemia puede obrar el milagro. El dolor de este año nos ha hecho descubrir que solo desde la unión de lo público y lo privado, lo económico y los social, se conseguirá vencer al coronavirus pero sobre todo construir un mundo mejor.

Iñaki Ortega es director de Deusto Business School y profesor de la UNIR

martes, 18 de agosto de 2020

La noche me confunde


 (este artículo se publicó originalmente el día 16 de agosto de 2020 en el diario 20 Minutos)



Tengo dudas de si tanto eslogan de autoayuda en las comunicaciones gubernamentales ha sido bueno. Del «todo va a salir bien» pasando por el «saldremos más fuertes» los españoles hemos recibido un chute diario de refuerzo de autoestima durante la pandemia. Hasta el presidente Pedro Sánchez se empeñó en sus comparecencias televisivas semanales (veinte consecutivas) en expresarse como un híbrido de psicoterapeuta argentino y guerrero de las Termópilas con eso de «a este virus le ganamos entre todos (y todas)». El resultado ha sido que este verano miles de españoles se han lanzado a los brazos de la noche como si no hubiera un mañana. El mensaje bélico del gobierno funcionó, pero ha llevado a que demasiados conciudadanos pensaran que gracias a su esfuerzo habían derrotado a la pandemia y ahora tocaba desquitarse de tanto sacrificio en la batalla.  Quizás no toda la culpa la tienen esos eslóganes y hay que achacar una parte al largo confinamiento que nos mantuvo en casa sin salir tanto tiempo o simplemente la causa está en el termómetro y la combinación verano-vacaciones, pero este año, está claro, la noche nos confunde. 

 

La televisión ha cincelado la cultura popular de las generaciones nacidas en el siglo pasado, muchos recordaréis, hace unos años en España, cuando un personaje, de nacionalidad cubana, novio de una conocida folclórica, dijo en un programa de máxima audiencia para justificar sus infidelidades «la noche me confunde». Desde entonces esa frase (con acento caribeño) forma parte de nuestro bagaje y la usamos irónicamente para expresar una torpe y caradura excusa tras una mala conducta. Y ahora, me temo, que a la vista de las estadísticas sanitarias tenemos que pronunciarla de nuevo.

 

Nada más lejos de mi intención que criminalizar a un sector como el del ocio nocturno que genera más del uno por ciento del producto interior bruto del país y emplea a cientos de miles de trabajadores. A más a más, si incluimos en el análisis de la industria de la noche otros efectos inducidos ese porcentaje aumenta considerablemente. Por ejemplo, piensa cómo la oferta nocturna ayuda a que nuestro país sea uno de los más visitados del mundo, pero también una de las naciones donde cualquier joven quiere vivir (uno de los destinos más demandados de los universitarios Erasmus lleva años siendo España). Pero lo cortés no quita lo valiente y esta vez, por muchos ingresos que se generen, nos hemos pasado. Las fiestas tras la selectividad (EBAU), los botellones en parques, las moragas playeras, las copas a la fresca, los gin-tonics después de cenar, las terrazas a reventar y en general los vehementes reencuentros (bien regados) con amigos a la luz de la luna, están detrás del aumento del crecimiento exponencial de la curva de contagios por la covid19 en julio y agosto.

 

La desescalada nos confundió y nos ha llevado a pensar que la pesadilla había acabado y que ahora tocaba divertirse. Pero ni la crisis sanitaria ha terminado ni la crisis económica ha manifestado aún toda su fuerza. Pero como recuerda el jesuita Daniel Villanueva, es absurdo buscar responsabilidades en lo público mientras somos irresponsables en lo privado, «es vital comprender que de mi actitud privada con mi gente depende la salud de todos; es importante lo que haga el gobierno, pero eso no disminuye ni mucho menos sustituye mi responsabilidad y esa sí está en mi mano». El responsable de la ONG Entreculturas insiste que el bien común no se logra desde el solipsismo de sólo existo yo y los demás están para servirme. Esta defensa de la responsabilidad individual no supone restar ni un ápice de presión hacia nuestros gobernantes, pero, por desgracia, últimamente todo lo resolvemos acusando a los políticos -sean del color que sean y gobiernen donde gobiernen- sin darnos cuenta de que todo empieza en nosotros mismos. Así que, por favor, ahora que ya no nos confundirá la noche gracias a las nuevas restricciones, que no nos confunda nuestro ego.

 

Iñaki Ortega es director de Deusto Business School y profesor de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR)


lunes, 20 de abril de 2020

Mutter Angela

(este artículo se publicó originalmente el día 20 de abril de 2020 en el periódico 20 Minutos)

A nuestros nietos les contarán en la escuela que en las primeras décadas del siglo XXI gobernó Alemania una mujer excepcional. Todavía es pronto, pero pasarán los años y los libros de texto hablarán de una Canciller que fue capaz de acertar en los momentos más complicados. Quizás porque nunca tuvo una vida fácil, Angela Merkel se crece en la adversidad. Ahora en plena pandemia lo ha vuelto a hacer.
Merkel, hija de pastor protestante, pasó su infancia y juventud en la complicada Alemania comunista de la posguerra. Tras doctorarse en física y coincidiendo con la caída del muro de Berlín descubrió su vocación política. Pero nunca fue especialmente querida entre sus correligionarios del centro derecha germano, dicen que por ser mujer y no católica. Tampoco ayudaría la denuncia que hizo de la corrupción de sus antecesores y mucho menos cuando negoció y logró una coalición con los socialistas alemanes en 2005. Han pasado quince años, pero mutter Angela, conocida así por su capacidad de comportarse como una madre para los alemanes, no ha perdido las ganas de dar lecciones.
Hace unos pocos años con miles de refugiados llamando a las puertas de Europa (y la xenofobia ganando adeptos) fue la única que se atrevió a defender la inmigración con hechos, no solamente con palabras: un millón de musulmanes pudieron llegar a Alemania para trabajar. O recientemente cuando apartó fulminantemente a un miembro destacado de su partido por coquetear con la idea de pactar con una agrupación de simpatizantes nazis. Ángela en su papel de mutter volvía a regañar a los alemanes por no avergonzarse lo suficiente de su reciente pasado populista.
Ahora en plena crisis sanitaria, con el desempleo creciendo y el PIB en caída libre, en Alemania un debate ha prestado estos días toda la atención. “Si la mayoría de los afectados por el virus son los mayores, por el bien de la economía ¿no deberían estar confinados solamente ellos?”. Financieros, científicos y destacados políticos de todo color se unieron al coro de “permitir que los más jóvenes salven Alemania”. Hasta que Merkel habló. La canciller presentó esta semana su plan para salir del confinamiento, pactado con todos los länder alemanes, en el que dejó claro que los mayores son parte de la sociedad y no pueden ser discriminados por su edad. Para la “madre de Europa” en una sociedad de valores los jóvenes ayudan a los mayores y los sanos a los enfermos para que nadie quede atrás. Por si fuera poco, zanjó la polémica considerando inaceptable ética y moralmente encerrar a los mayores para que los demás vuelvan a la normalidad.  
Si alguien está sufriendo la epidemia son los mayores, 9 de cada 10 fallecidos en España tienen más de 60 años. Lo que menos necesitan es que los que han pasado el confinamiento abotargados viendo memes o Netflix les acusen de hundir la economía. Pero ¡claro! estas palabras tan duras solo se las permitimos a nuestras madres.  

Iñaki Ortega es director de Deusto Business School y profesor de la UNIR

lunes, 24 de febrero de 2020

¿Los felices años 20?

(este artículo se publicó originalmente en el diario 20 minutos el día 24 de febrero de 2020)



Hace justo cien años en Estados Unidos comenzó una década que pasó a la historia por los rascacielos, las interminables fiestas con música de charlestón y el desenfreno consumista. Los felices años 20, fueron definidos así porque tras la Primera Guerra Mundial emergió una época de abundancia en Norteamérica, cebada por el pleno empleo y las nuevas fórmulas de financiación del consumo. El Nueva York que hoy conocemos fue construido en esa década y América se convirtió en la fábrica de una Europa que no levantaba cabeza tras la Gran Guerra. La ausencia de paro y la venta a plazos popularizó el acceso masivo a bienes de consumo fabricados gracias a increíbles innovaciones técnicas. La clase media descubrió la Bolsa y los mercados de capitales vivieron una época dorada. El resultado de todo ello fue un inédito periodo de expansión económica. El art decó, el cine mudo y los cómics de superhéroes amenizaron esos locos años. Pero al mismo tiempo Hitler tomaba el poder en Alemania, Japón expandía su imperio en Asia y la Unión Soviética construía los primeros campos de concentración conocidos como gulags. El resto ya lo conocemos. El crac bursátil de 1929 arruinó a millones de familias, dio paso al auge de los totalitarismos y a una guerra con bombas atómicas. 

Ahora, un siglo después, el mundo ha comenzado otra década de los 20. Y el charlestón ha sido sustituido por el reggaetón. Vivimos el auge de las energías renovables, con molinos de viento, coches eléctricos y hasta créditos verdes. La diversidad se ha implantado en nuestra sociedad y sin temor a equivocarnos podemos afirmar que no ha habido mejor época en la historia de la humanidad para vivir si perteneces a una minoría. La esperanza de vida de Argelia es prácticamente la misma que la de Estados Unidos. Nunca en el mundo hubo tantos niños escolarizados y la mortalidad infantil tan baja. Más del 80 por ciento de los habitantes del planeta tiene acceso a electricidad y en los últimos 20 años hemos sido capaces de reducir a la mitad la población mundial que vive en condiciones de pobreza extrema.

Pero a la vez la moderación ha desaparecido de nuestros gobiernos con Trump o Putin, pero también en el Reino Unido o en España los pactos transversales son imposibles. Los organismos multilaterales languidecen, la Unión Europea, la ONU o la OMC son buen ejemplo de ello. Cientos de miles de desplazados se mueven de sur a norte, de este a oeste, por tierra o mar para huir del hambre, la guerra o las dictaduras... pero buscamos excusas de todo tipo para no ayudarles. A su vez nuestros hijos se educan y socializan en una red de redes en la que el mal campa por sus respetos.

Pero tranquilos, sólo estamos empezando el 2020. Nos quedan diez años para construir una década que pase a la posteridad para bien. Eso sí, la historia nos ha avisado, así que luego no nos sorprendamos. 

Iñaki Ortega es director de Deusto Business School y profesor de la UNIR.


lunes, 10 de febrero de 2020

No robarás



(este artículo se publicó originalmente en el periódico 20 Minutos el día 10 de febrero de 2020 

Es el número siete de una lista de diez que millones de cristianos, musulmanes y judíos intentan cumplir en su día a día. Los diez mandamientos resumen las bases morales de estas tres religiones que a su vez han conformado la ética de todos los que vivimos en esta parte del mundo. «No robarás» ocupa el séptimo lugar del decálogo y nos recuerda que no se deben usurpar los bienes ajenos. Pero también ha permitido consagrar el respeto a la propiedad privada en la que se basa la economía de mercado. 


Según la Biblia el profeta Moisés, hacia el siglo XIV aC, subió al monte Sinaí y el mismo Dios le entregó unas tablas con esos diez mandatos que ayudarían a los hombres a convivir en paz y a armonía. Varios miles de años después, por desgracia, conviene seguir recordando lo que está bien y lo que no. La semana pasada, otra Biblia, esta vez económica, como es el periódico Financial Times, informaba que un directivo del banco americano Citi había sido despedido por robar comida en la cantina de la oficina. En el mismo artículo se contaba que el máximo ejecutivo de una entidad financiera japonesa había corrido la misma suerte por sustraer una pieza de la bicicleta de un colega aparcada en la propia oficina. Para terminar con los despropósitos, se contaba que un cargo muy bien remunerado del fondo de inversión BlackRock había sido expulsado de la compañía tras comprobarse que se colaba todos los días en el Metro de Londres. En nuestro país nos hemos enterado también estos días como según la Fiscalía un grandísimo banco español «robó» fondos de la entidad para espiar y chantajear a sus rivales de la mano de un conocido comisario. Y acaso no están robando también esas empresas tan modernas y tecnológicas, en las cuales todo el mundo quiere trabajar, cuando usan nuestros datos sin permiso.


Que tire la primera piedra el que esté libre de pecado, decía el Nuevo Testamento. Por eso en esta fea lista está la política española que durante los últimos 40 años ha demostrado como el séptimo mandamiento puede ser pisoteado sistemáticamente, sin que ningún partido político ni ideología se libre. Pero también miles de españolitos a la luz de los informes que por ejemplo tasan en 500 millones el valor de los hurtos de los empleados en los supermercados o en 40.000 millones el fraude fiscal de la economía sumergida.


Pero a la vez, y aquí la buena noticia para terminar, está surgiendo con fuerza un movimiento desde las empresas que quieren perfeccionar el capitalismo para hacerlo más inclusivo y así siga generando oportunidades para todos. Porque cumplir el séptimo mandamiento también supone pagar mejor a los empleados, no discriminar a nadie por su edad o comprometerse con los problemas más cercanos. La otra opción para obligarnos a hacer las cosas bien no parece muy recomendable y la aplican en Singapur hace muchos años, cortar la mano al que roba. 


Iñaki Ortega Cachón es director de Deusto Business School y profesor de la UNIR


lunes, 15 de julio de 2019

Que 22 años no es nada

(este artículo se publicó originalmente en el diario 20 minutos el día 15 de julio de 2019)


Seguro que recuerdas algún tango de Carlos Gardel. Hoy quiero hablarte de uno en concreto. Te lo cantaría, pero por suerte para tu oído, 20Minutos en papel no tiene esa funcionalidad. Si eres más de Rosalía que de tangos no te preocupes basta con que sepas que esta mítica canción de Gardel habla del paso del tiempo. Escuchando el estribillo entenderás este artículo y porqué millones de españoles cada mes de julio nos ponemos nostálgicos. “Volver…con la frente marchita, las nieves del tiempo platearon mi sien. Sentir…que es un soplo la vida, que veinte años no es nada (…) Vivir… con el alma aferrada a un dulce recuerdo que lloro otra vez”

La locución “veinte años no es nada” del tango Gardel se ha incorporado a nuestro lenguaje para expresar que, en ocasiones, aunque pase mucho tiempo, no lo parece porque algunos sentimientos vuelven a vivirse como el primer día. La semana pasada se han cumplido 22 años del secuestro y posterior asesinato de Miguel Ángel Blanco por parte de la banda terrorista ETA. Todos los españoles que superamos la treintena tenemos un nítido recuerdo de aquellos horribles días de julio del año 1997, todos recordamos dónde estábamos aquel 12 de julio en el que el joven concejal del PP de Ermua apareció descerrajado, de rodillas y maniatado en un descampado de Lasarte. Han pasado 22 años y no son nada. Los mismos sentimientos vuelven a aparecer como si el crimen hubiese sido ayer. La frustración, la rabia, la impotencia ante una banda de asesinos que acabaron con la vida de un joven simplemente porque pensaba diferente y se atrevió a representar sus vecinos siendo concejal del PP en un pueblo como Ermua.

Pero 22 años después otros nuevos sentimientos, igualmente tristes, han aparecido. Casi al tiempo que recordamos a Miguel Ángel Blanco o el infernal secuestro de Ortega-Lara, la televisión pública ha entrevistado al líder del partido que apoyó a los terroristas esos días. Arnaldo Otegi con sus infames declaraciones nos recordó que la semilla del odio sigue muy viva, que la reconciliación está muy lejos si no hay sincero arrepentimiento y resarcimiento moral a las víctimas. Más allá de la ausencia de ética o si prefieres amnesia de la televisión pública todos tenemos una deuda con las víctimas del terrorismo en nuestro país y por mucho que pasen los años no podemos olvidar el sufrimiento de esas personas y sus familias. Hace dos años la Universidad de Deusto a través de una encuesta puso de manifiesto que la mitad de los jóvenes vascos no sabían quién fue Miguel Ángel Blanco. Qué rápido se olvida todo cuando algunas instituciones se empeñan en que se borre el recuerdo.

22 años no son nada para los que vivimos aquella angustia de 48 horas, pendientes de si una banda de criminales asesinaba a un joven con toda la vida por delante. Pero para 14 millones de españoles que o no habían nacido en el 1997 o que entonces no tenían uso de razón, las víctimas del terrorismo empiezan a ser un recuerdo muy difuso. Ninguno de ellos vivió que hubo un partido, hoy llamado Bildu, que aplaudía los asesinatos; que unos políticos -Otegi- justificaban en público la violencia sin sonrojarse; que cada concentración en repulsa de los atentados en el País vasco había de ser escoltada por la policía porque los amigos del líder entrevistado en TVE querían reventarla por la fuerza. Mala idea blanquear nuestro pasado porque como dijo el filósofo “los pueblos que no conocen su historia están condenados a repetirla”.

Iñaki Ortega es director de Deusto Business School y profesor de la UNIR

martes, 30 de abril de 2019

Hackear el ser humano

(este artículo se publicó originalmente en el diario Cinco Días el día 30 de abril de 2019)

«Entramos en la era de hackear humanos. A lo largo de la historia nadie tuvo suficiente conocimiento y poder para hacerlo, pero muy pronto, empresas y gobiernos hackearán a personas» No es ciencia ficción, es la premonición de uno de los autores más leídos en el mundo, el profesor de historia Yuval Noah Harari. 

Cualquier usuario de Internet ya ve como normal la irrupción de publicidad absolutamente personalizada gracias a los datos que se recolectan de las páginas que visitamos. Pero también cualquier lector informado sabe que las más importantes agencias de inteligencia tienen como prioridad luchar contra las noticias falsas emitidas desde el exterior que buscan tensionar y desestabilizar nuestras democracias. Quizás no es tan conocido que los tribunales de justicia de este parte del mundo ya dedican más tiempo y recursos a los delitos en la red que a los convencionales o que el cibercrimen mueve más dinero que cualquier industria del mundo, exactamente un 1% del PIB mundial. Además, las noticias sobre el uso perverso de Internet se acumulan: hace unos meses el caso Cambridge Analytica puso de manifiesto que Facebook vendía los datos personales de sus usuarios o recientemente la investigación de la fiscalía de EE. UU. concluyó que Rusia espió, usando Internet, al partido demócrata para beneficiar al entonces candidato Trump. Pero no olvidemos otros casos como Falciani que filtró datos personales bancarios o Weakileaks que hizo lo mismo, pero con agentes secretos, por no mencionar los famosos Papeles de Panamá o los virus informáticos que todos los días se crean como el famoso Wannacry.

Por tanto, si gobiernos y empresas sin escrúpulos ya pueden hackear las elecciones de la primera potencia del mundo; nuestros datos personales (incluso médicos) o el 90% de las empresas españolas ha sido ya atacadas (según un reciente informe de Panda) cuánto tiempo falta para que se creen algoritmos que nos conocerán mejor que nosotros mismos. Con esa tecnología y con todos nuestros datos, insistimos no solo económicos sino también biométricos, será muy fácil manipular, pero también controlar a cualquier ciudadano o empresa.

Las tecnologías de la información son el presente y no deben alarmarnos. Sin embargo, es preocupante que la masiva recolección de grandes conjuntos de datos personales unido al desarrollo de tecnologías como la inteligencia artificial pueda dar lugar a maquinas que nos conozcan mejor que nosotros mismos y que usadas perversamente acaben lesionando la privacidad, la reputación e incluso la dignidad del ser humano.  En este contexto un grupo multidisciplinar de profesores de la Universidad de Deusto, entre los que nos encontramos, proponemos que el derecho actúe como límite a la explotación abusiva de las tecnologías de la información. El ser humano ha de ser capaz de disfrutar de los beneficios de estas tecnologías, pero al mismo tiempo, debe articular instrumentos que le permitan evolucionar en su uso y desarrollo. Los usuarios de la tecnología hemos perdido ya el control de nuestros datos ahora toca retomar esa potestad.

A lo largo de la historia, cada impulso relevante en la defensa de los derechos humanos ha surgido como respuesta de la sociedad civil a manifiestos abusos del poder. Ante el auge exponencial de tantas violaciones de derechos en el mundo digital, no parece razonable demorar la proclamación y afirmación de nuevos derechos fundamentales, surgidos a partir del avance y desarrollo tecnológico. La catedrática valenciana Adela Cortina resume perfectamente la tarea a encarar “todos, sin esperar a la política, tenemos que ser activistas para frenar las noticias falsas, el auge de los populismos, las intromisiones en la intimidad o la falta de seguridad y neutralidad en la red”.

La transformación digital ha traído indudables ventajas, algunas irrenunciables. Pero la respuesta no puede articularse a partir de la frontal oposición a la tecnología, sino mediante su humanización. De modo y manera que prevalezca el bien común sobre los intereses particulares, por mayoritarios y legítimos que éstos sean; así como la prioridad del ser humano sobre todas sus creaciones, como la tecnología, que está a su servicio. Humanizar internet es priorizar la integridad de la persona, más allá del reduccionismo de los datos que pretenden cosificarlo, pero también reivindicar la autonomía y responsabilidad personales frente a las tendencias paternalistas y desresponsabilizadoras. Por último también urge en este campo defender la equidad y justicia universal en el acceso, protección y disfrute de los bienes y derechos que posibilitan una vida digna del ser humano
Por eso concluimos con el profesor Harari que, si los nuevos algoritmos que gestionan nuestra intimidad no son regulados, el resultado puede ser el mayor régimen totalitarista que jamás ha existido que dejará pequeño al nazismo o al estalinismo. Quién será ese nuevo “Gran Dictador” nadie lo sabe, igual es un país o por qué no una empresa o incluso una red de piratas informáticos desde el anonimato de sus hogares. No es el nuevo argumento de un videojuego, es simplemente la constatación de un hecho que por desgracia no tiene el protagonismo que debiera en la opinión pública.  Ojalá que el nuevo tiempo político que ahora se abre ponga el foco en estas cuestiones porque si no quizás será demasiado tarde para reaccionar.

Eloy Velasco es juez de la Audiencia Nacional e Iñaki Ortega es director de Deusto Business School

viernes, 8 de marzo de 2019

Ambidiestro


(este artículo se publicó originalmente el día 5 de marzo de 2019 en el diario La Información en la columna #serendipia)

El antiguo dios Jano ha llegado a nuestros días en el lenguaje, el mes de enero tiene su etimología en la Roma Clásica ya que se dedicaban los primeros días del año a su invocación, de ahí que del latín Ianuariaius evolucionásemos al primer mes de año en castellano o al vocablo January en inglés. Pero hay algo más que las empresas de todo el planeta llevan un tiempo practicando que tiene su origen en el culto a Jano. En la mitología romana a este dios se le representaba con dos caras, ambas de perfil una mirando hacia delante y otra hacia atrás. De hecho Jano es el dios de las transiciones, de los comienzos y de los finales. En las puertas y los portales romanos era habitual una efigie de Jano delante de la puerta (para entrar) pero también una representación del mismo dios en la parte de dentro de la puerta (donde se sale). Jano protege, por tanto, en las dos acciones precisamente porque tiene dos caras y cada una de ella sirve para una función.

Desde hace décadas las organizaciones más dinámicas han previsto la incertidumbre del momento actual. Cabe recordar que el concepto de sociedades líquidas fue acuñado por el filósofo polaco Bauman ya en los 80 del siglo pasado o el recurrido acrónimo VUCA (volátil, incierto, completo y ambiguo) se utiliza por la inteligencia americana desde finales del milenio pasado.  Por ello para adaptarse a los continuos cambios que cada vez son más rápidos e imprevistos, las empresas globales han pergeñado nuevos perfiles para sus empleados que les permitan gestionar estas situaciones. Profesionales que gestionen una empresa con estructuras eficientes y optimizadas para servir al negocio actual pero a la vez abiertos al ingente reto de manejar cambios exponenciales y superar cualquier estructura pasada. Directivos que cumplan con las demandas de sus accionistas haciendo crecer la facturación y el beneficio pero que no dejen de monitorizar las innovaciones disruptivas que hoy ya surgen en cualquier lado. Altos cargos empresariales que sean exploradores para descubrir oportunidades en las tecnologías exponenciales pero también guerreros que defiendan el modelo de negocio de su compañía ante agresiones externas. Ejecutivos que soporten rígidos mandatos pero promuevan liderazgos ligeros. Dos caras de una misma moneda, como la representación del dios Jano. Un líder incumbente que a la vez sea un líder insurgente que solamente puede lograrse en las llamadas organizaciones ambidiestras. Ambidiestras como esas personas que tienen la capacidad de usar aparentemente con la misma habilidad la mano izquierda la derecha. Un deportista ambidiestro, como Rafa Nadal, es diestro con ambas manos, maneja por tanto las dos extremidades con la misma soltura, y a la vista están las consecuencias de esa pericia. Las empresas del futuro serán aquellas que tengan la misma soltura en innovar que en facturar, la misma habilidad en contentar a los accionistas que a la sociedad, la misma pericia en servir con eficacia a sus clientes que a sus empleados.

Por eso han visto ustedes estos días a los mismos presidentes de grandes compañías quitarse la corbata para pasear casi en camiseta y vaqueros por el Mobile de Barcelona como enfundarse en sus más oscuros trajes para comunicar sus resultados y previsiones de dividendos. En esta lógica la presidenta del Banco Santander se declara un día feminista para otro apostar por los emprendedores o las promociones comerciales más agresivas. Por no mencionar a otras grandes corporaciones que se pelean no por estar en la cabeza de los rankings de beneficios sino en los índices de sostenibilidad. Solamente desde la “ambidestreza” se entiende también la carta abierta de este año del Consejero Delegado  de uno de los mayor fondos de inversión del mundo, Blackrock. Larry Fink conocido por ser uno de los mejores gestores del planeta no escribe a sus participadas para comentar ratios u otros indicadores sino para pedir diversidad e incorporar “la mentalidad millennial” en las viejas estructuras empresarial. Otro ambidiestro en el panorama de las organizaciones.

Pero la novedad es que este fenómeno se está capilarizando a otras disciplinas y la política española la va a necesitar en buenas dosis y bien aplicadas. Partidos políticos que sean coherentes con su programa electoral pero a la vez tengan capacidad para pactar. Líderes que sean atractivos pero con solidez intelectual. Candidatos que busquen el bien común sin traicionar a su electorado. Coaliciones que permitan la gobernanza pero no a costa del erario público y el bienestar de las siguientes generaciones.

Por eso un aviso final para los aprendices de esta nueva destreza. Un ambidiestro no aparenta simplemente el dominio de ambas manos porque, por ejemplo en el tenis, al cabo de unos intercambios de bolas se deshace el engaño. Las organizaciones y los líderes ambidiestros no se consiguen simplemente con gestos a la galería sino que detrás de esa destreza lo que hay es horas y horas de esfuerzo, lo que hay es coherencia. Prueben sino a escribir con su mano izquierda si son diestros, a al revés en el caso de los zurdos, el partido al que van a votar estas elecciones generales. El resultado les ayudará a pensar en lo difícil que es ser ambidiestro sin mucho entrenamiento detrás.

Iñaki Ortega es director de Deusto Business School y profesor de la UNIR

miércoles, 21 de marzo de 2018

Derechos fundamentales en la era digital

(este artículo se publicó originalmente en el diario El País el dia 19 de marzo de 2018 firmado por Eloy Velasco e Iñaki Ortega)

¿Estamos seguros de que el único precio que pagamos por utilizar un teléfono móvil es la tarifa plana? España es, junto con Singapur, uno de los países donde hay más teléfonos móviles por persona. El 92% de los ciudadanos españoles tiene uno y hay 120 líneas por cada 100 usuarios. Nos situamos por tanto, incluso por encima de Estados Unidos, donde solo el 90% de la población tiene un móvil.

Precisamente en ese país, un juez de Michigan ha condenado a 110 años de prisión a una persona, apellidada Carpenter, porque se le involucró en cuatro atracos a cuatro centros comerciales por los datos de ubicación sacados de su teléfono móvil, aunque se obtuvieron sin orden judicial. A pesar de que su abogado alegó ante el Tribunal Superior que, según la cuarta enmienda de la Constitución americana se estaban violando sus derechos, el tribunal de apelación desestimó la alegación asegurando que nadie está obligado a llevar un teléfono móvil y que si alguien no desea que le geolocalicen, es mejor que no lo tenga.

La tecnología es el presente, y no debe alarmarnos, pero sí es preocupante cómo un uso indebido de la cantidad de datos recolectados gracias a ella puede lesionar la privacidad, la reputación e incluso la dignidad del ser humano.

Los usuarios hemos perdido el control de nuestros datos y es importante retomarlo. Proponemos para ello el Derecho, para que actúe como límite a la explotación desordenada, al desequilibrio y al abuso en la gestión de la tecnología. Debemos ser capaces de disfrutar de los beneficios de la tecnología, pero eso no debe ser incompatible con que gestionemos nuestros datos.

No son pocos los investigadores que hablan de una cuarta generación de derechos humanos que nos permita poder desconectar o que las máquinas nos olviden, incluso que la Red sea neutral. La primera generación de derechos humanos, con la libertad y la igualdad, nos protegió frente al poder de los Estados gracias a la Revolución Francesa. La segunda generación, con el derecho al empleo y la sanidad, permitió un Estado que nos defendiese. La tercera generación de derechos fundamentales fue coherente con la globalización y consagró el pacifismo. Ahora el Derecho tiene que volver a ser el límite a la explotación y al abuso, esta vez en la gestión de la tecnología que muchas plataformas están haciendo. Se necesita por tanto una cuarta generación, la de los derechos fundamentales en la era digital. El derecho al olvido, el derecho a la muerte digital, el derecho a la neutralidad de la Red o el mencionado derecho a gestionar tus datos, son solo algunos campos donde merece la pena profundizar.

En estos momentos, las cinco empresas que se sitúan a la cabeza de la facturación mundial ya no son constructoras o compañías de hidrocarburos, sino que son plataformas que están relacionadas con las telecomunicaciones y la tecnología. Si se nos permite el juego de palabras, el nuevo petróleo son los datos que estas empresas obtienen masivamente de sus usuarios, en ocasiones de manera inconsciente. Es cierto que todas estas compañías sí piden formalmente permiso a los usuarios para obtenerlos, pero el consentimiento que prestamos se da, más para no quedar aislados tecnológicamente del mundo, que por otras razones. Se tardan unos 40 minutos de promedio en leer los “términos y condiciones de uso” que se nos exigen cuando damos de alta un aparato o nos inscribimos en una red social. Sin embargo, y también de promedio, los usuarios prestamos nuestro consentimiento en tan solo ocho segundos.

En 2020 se calcula que habrá 50.000 millones de dispositivos conectados a Internet en el llamado IoT (Internet de las cosas). De modo que a las fuentes habituales de captación de datos deberemos añadir en breve la aportación de los procesadores, los sensores y el tratamiento masivo de esos big data. Y conviene también tener en cuenta que esas máquinas además de captar datos, pueden tratar, ordenar e incluso llegar más allá de lo que normalmente podemos hacer los humanos con nuestras limitadas capacidades.

Mucha de la información que queda en manos de estas empresas son datos personales que incluyen salud, ocio, ideario político o religioso del presente, del pasado e incluso de futuro —a través de nuestra agenda—. Eso incluye también, para nuestra desgracia, los datos borrados y enviados a la papelera o cortes de voz, o imágenes familiares íntimas, por no hablar de los datos de geolocalización. Así, al final, algunas de esas plataformas, que ya son más poderosas que la mayoría de los Gobiernos del mundo, saben más de nuestra vida que nosotros mismos.

A lo largo de la historia cada impulso relevante en la defensa de los derechos humanos ha surgido como respuesta de la sociedad civil a manifiestos abusos del poder. Ante la monarquía absolutista, la declaración de derechos de Virginia del año 1776. Ante el auge de los totalitarismos la Declaración Universal de los Derechos Humanos de la Asamblea de Naciones Unidas del año 1948. Ahora, ante el auge exponencial de tantas violaciones de derechos en el mundo digital, a qué esperamos para actualizar esa lista, e incluso para incluir nuevos derechos.

Es evidente que la transformación digital ha traído muchas ventajas, algunas irrenunciables y casi todas irreversibles. Por tanto, la solución no es poner pie en pared frente a la tecnología. La solución es humanizarla.



Eloy Velasco Núñez es Magistrado-Juez de la Audiencia Nacional e Iñaki Ortega es `profesor y director de Deusto Business School