lunes, 6 de julio de 2026

Silla eléctrica

 (este artículo se publicó originalmente en el periódico 20 Minutos el día 6 de julio de 2026)

Es un invento reciente. A finales del siglo XIX en las cárceles de Estados Unidos se decide sustituir la horca por un método en el que sufriera menos el preso y de paso evitar el morbo de las ejecuciones al aire libre con el condenado agonizando. En ese momento la electricidad era sinónimo de modernidad, permitía iluminar ciudades y alimentar fábricas. De ahí que se les ocurriese a los americanos esa silla de madera en la que sentar al reo y aplicarle unos electrodos con una corriente que rápidamente provocaba la muerte, todo ello en la discreción de una sala del penal.

Hoy la silla eléctrica ya ha pasado a la historia y no se usa en ningún lugar del planeta para imponer la pena de muerte, pero de alguna manera sigue muy presente en nuestras vidas.


Muchos trabajos son sillas eléctricas. Llegas a un puesto, te sientas, comienzas con tu desempeño y al cabo de un tiempo te das cuenta de que ese empleo es arriesgado para tu salud y la de tu familia. Objetivos inalcanzables, compañeros tóxicos, organizaciones ineficientes o simplemente inadecuada cualificación que aboca a que alguien, algún día, o incluso tú mismo aprietes el letal interruptor. Pasa mucho con los directivos, toda la vida preparándose para llegar a una posición de consejero delegado y sentarse el sillón del despacho que pone en la puerta una placa con el título de CEO, y resulta que el oficio es absolutamente estresante hasta el extremo de amargar la vida por vivir obsesionado con que o bien los dueños o bien los resultados acaben accionando la palanca de la corriente eléctrica.

Y qué comentar de tantas decisiones de compra. Te sientas en tu nueva casa satisfecho por la amplitud y ubicación, pero la desorbitada hipoteca, por no hablar de los gastos asociados a tantos metros, te van poco a poco erosionando como la corriente alterna de esos electrodos. O ese coche del que presumir tanto, comprado con una financiación apurada por los pelos que al cabo de unos pocos meses te ahoga y no permite siquiera llenar el depósito o asumir los caros mantenimientos del automóvil.

Hay más sillas eléctricas, desde los estudios que elegimos, a la ciudad en la que vivir y los amigos o pareja que nos tocan en suerte (o desgracia). Una vocación temprana -en ocasiones inmadura- por una disciplina profesional en la que al final y a la postre no hay salida laboral alguna más que ocasionales y precarios encargos. Una obsesión por un destino geográfico donde cumplir tus sueños sin darse cuenta de la dificultad de vivir sin el soporte familiar o los inasumibles altísimos costes de la vida. Esos amigos que en la infancia eran divertidos por gamberros que con el paso del tiempo se convierten en malas compañías o esa pareja que por idealizada te impide ver que te está llevando al patíbulo.

Gracias a Dios ya no se fabrican sillas eléctricas, por eso ahora nos toca aparcar las sillas eléctricas que aun persisten en nuestras vidas. Se puede.

Iñaki Ortega es doctor en economía en UNIR y LLYC

viernes, 26 de junio de 2026

El día más feliz del año

 (este artículo se publicó en el diario 20 minutos el día 22 de junio de 2026)


No te has enterado. Este pasado sábado fue –conforme a una fórmula matemática ideada por un psicólogo británico– el día que más fácil es ser feliz en todo el año. Ya ha pasado e igual a la vista de tus recuerdos de lo que viviste anteayer, no estás de acuerdo con esa afirmación. Quizás pasaste mucho calor, las noticias de corruptelas te pusieron de mal humor, discutiste con tu familia o simplemente el wifi no funcionó, pero déjame que te cuente los razonamientos que justifican ese día tan propicio para ser feliz.

La fórmula para concluir que el 20 de junio es el día perfecto se basa en: estar al aire libre, conectar con la naturaleza, socializar con amigos y familia, temperatura agradable y luz solar, recuerdos positivos de la infancia y cercanía de las vacaciones. Esos elementos se puntúan numéricamente para todos y cada uno de los días del año y al introducirse en esa ecuación de la felicidad dan como resultado la fecha de este pasado sábado.

Los anglosajones le ponen nombre a todo y a esta jornada le han llamado el Yellow Day, es decir el día amarillo. Parece ser que la razón reside en la fuerza de esa tonalidad tan chillona, muy vinculada también al color del sol que brilla en esta época y nos da energía positiva. Me temo que no se dieron cuenta esos psicólogos que ese astro por estos lares cada vez provoca más olas de calor e incendios. Tampoco calcularon que en España junio es un mes muy malo para los autónomos –casi cuatro millones en nuestro país– que han de ahorrar para cumplir con el fisco porque se acercan los plazos del IRPF y el IVA. Esos mismos británicos que se quedaron tan contentos con su ‘día feliciano’ no tuvieron en cuenta que ahora toca decidir qué hacer en verano y la mayoría de la población está sufriendo la inflación y eso los llevará a no irse de vacaciones o acortarlas.

Qué decir de los jóvenes universitarios encerrados en bibliotecas para estudiar porque ya no existen las convocatorias de septiembre y estas semanas han de recuperar lo no superado; por no hablar del mismo caso para los estudiantes de la PAU que se la juegan a cara y cruz. Qué fácil hacer una fórmula para ser feliz y qué difícil serlo.

Solo hay una cosa por la que sí les doy la razón a los avezados del Yellow Day, y es que la felicidad, como decía Séneca, es deleitarse en el presente sin la ansiedad de pensar qué vendrá. Así que todos a disfrutar del sol por la mañana prontito, aprovechar el fresco de la noche, regocijarse con algún baño o una ducha bien fría, buscar una agradable sombra con un libro y siempre una terraza en la que corra la brisa en buena compañía. Mañana será otro día y ya habrá tiempo de contarte que también, a ese mismo autor, se le ocurrió antes el día más triste del año.


Iñaki Ortega es doctor en economía en UNIR y LLYC

lunes, 22 de junio de 2026

El momento penalti de los CEO

(este artículo se publicó originalmente en la revista Business Insider el día 16 de junio de 2026)

Los directivos se enfrentan a lo largo de su carrera a muchos momentos complejos en los que se la juegan. Una caída de la valoración de la acción, el lanzamiento de un nuevo producto, cerrar divisiones deficitarias, incluso una intervención en el consejo de administración para anunciar malos resultados o una entrevista en un medio de comunicación con motivo de una crisis.

Saber gestionar estos momentos es parte del desempeño de un CEO. Porque esas coyunturas ya no son esporádicas, como antaño, sino que cada vez hay más circunstancias de este tipo en unos tiempos tan convulsos como los actuales donde sino es una catástrofe, es una guerra, la inflación o una conducta inapropiada de un directivo cuando no un ciberataque. La razón de tantos momentos difíciles que gestionar está en la alta exposición que hoy tienen las empresas a sus públicos de interés, ya sean clientes, proveedores, empleados, accionistas o gobiernos. De modo y manera que un CEO ha de explicar de manera fehaciente a esos colectivos esos hitos relevantes de su empresa, cuestión que hace décadas ni se plantearía. Hoy, no hacerlo es perder credibilidad, cuando no el trabajo de CEO.

Ahora que estamos en pleno campeonato mundial de fútbol, el CEO de Repsol, Josu Jon Imaz, explica esos momentos de la vida de un directivo, con un símil del balompié. Lo ha llamado "la soledad del lanzador de penalti". El jugador de referencia en cualquier equipo sabe que durante el Mundial tendrá que asumir la responsabilidad de tirar la falta máxima y se la jugará, pero ha de estar preparado para hacerlo. Algo así le pasa a un CEO.

Un directivo ha de ser audaz porque ha de elegir: esconderse o mirar a los ojos al problema. No tirar el penalti o bien coger carrerilla para lanzarlo. No es sencillo porque nadie garantiza qué es lo que está por llegar. Tampoco tirar el penalti significa meterlo. Pero hay una certeza: no hacer nada te lleva al abismo. Procrastinación es una palabra que viene del latín procrastinare (pro, ‘adelante’, y crastinus, ‘referente al futuro’) y se utiliza para catalogar esas situaciones en las que se posterga una acción, algo que se puede convertir en un hábito. Retrasar actividades que deben atenderse, sustituyéndolas por otras situaciones más irrelevantes o agradables, puede llevar al extremo de rozar la psicopatología. Actuar es lo contrario y es lo que toca, lanzar el penalti, aunque exige un alto grado de audacia porque el marcar no está asegurado como tampoco nada de lo que vendrá en la empresa está escrito.

Audaz porque la valentía está detrás de todos los éxitos directivos. En la tanda de penaltis de una eliminatoria o una final, el entrenador no puede ceder a la 'parálisis por el análisis', ha de tener claro quiénes son los lanzadores, no dudar ni mucho menos ponerse a estudiar en ese instante a cada jugador para saber cuáles serán los lanzadores. En la empresa la indecisión conduce a las compañías al abismo o a acabar tomando una decisión equivocada porque se acaba el tiempo.

El CEO de Repsol, además habla del "miedo escénico" como otra de las lecciones de liderazgo, también inspirada en el deporte rey. Saltar al campo y ver las gradas llenas es siempre un reto que ha de afrontarse siempre con consideración y deferencia a ese público. Un CEO no puede paralizarse ni entrar en pánico ante la junta general de accionistas ni ante una situación de crisis. Y tampoco, por muchos títulos ganados o muchos años de CEO, perder el respeto a esos aficionados. De ahí que el CEO del momento ha de tener muy en cuenta los cambios sociales que han acontecido en los que se ha instaurado una desconfianza a las empresas. No se fían de las compañías por eso hay que ganarse a la afición. Respetar el estadio es lo contrario de esos directivos que dirigen aún las compañías como si nada hubiera pasado en la sociedad en la que viven en los últimos años. Los públicos a los que se deben los CEO no lo van a permitir. Igual que las tribunas del campo de fútbol notan inmediatamente a ese jugador que ya no respeta al graderío y vive del pasado.

Cuando todo el universo se la está jugando, los CEO no pueden ser la excepción. Es así, los empleados saben que sus trabajos penden de un hilo por la IA, los jóvenes no ven futuro y los seniors amenazadas sus pensiones, los accionistas no saben si sus ahorros se esfumarán y qué decir de los gobiernos que no saben si llegarán a mañana.

Estos días he escuchado a una directiva madrileña una expresión que viene al caso "o eres cocodrilo o te conviertes en cartera". Ser CEO hoy supone ejercer una profesión de riesgo, indisociable de la audacia que he explicado. El liderazgo audaz exige moverse rápido, en terrenos muchas veces pantanosos e incluso saber defender tu empresa y posición como un saurio. Si el CEO no tira el penalti -por miedo a fallar- o pierde el respeto a los públicos a los que sirve, estará cerca de convertirse en una cartera de piel de cocodrilo, muy elegante eso sí, pero de uso meramente suntuario.

Iñaki Ortega es doctor en economía en UNIR y LLYC


domingo, 14 de junio de 2026

El Papa, el ceo del mundo

 (este artículo se publicó originalmente en el periódico 20 minutos el día 8 de junio de 2026)

No lo es. Pero debería serlo. Ojalá tuviéramos un consejero delegado del mundo como Robert Prevost. El papa León XIV ha hecho lo que tenía que hacer estos días en Madrid. También ha dicho lo que tenía que decir. Caiga quien caiga. Ha visitado a las autoridades, pero también a los pobres. Recorrido el centro de Madrid, aunque deteniéndose en la periferia porque "es donde hay que empezar". Recibido en el aeropuerto por niños enfermos y Reyes. Diciendo verdades como puños en todas sus intervenciones. La prosperidad de España está basada en el acuerdo y no en el enfrentamiento actual, afirmó el pontífice. Qué peligroso alimentar la polarización para conseguir beneficios a corto plazo. Por qué ridiculizamos la caridad cuando es lo más necesario por no hablar de lo cruel que es la inmigración que tanto ignoramos cuando la vivimos en nuestras propias carnes con nuestros antepasados.

No existe un dirigente del mundo. Si el planeta fuese una empresa necesitaría un CEO como el papa León XIV. Un líder que piensa y actúa. Piensa, como acaba de demostrar en su reciente encíclica dedicada a los peligros de la tecnología. Actúa, como estos días en Madrid con numerosos gestos para dar protagonismo a los más necesitados: enfermos, pobres, migrantes y presos. Sin despreciar la importancia de las instituciones como actores de los cambios sociales a las que ha cuidado de sobremanera desde la Familia Real, clase política, sindicatos, empresarios, universitarios y artistas.

También ese gerente del mundo ha de ser moderno y clásico. Experto en inteligencia artificial (IA) como para que la primera carta a sus feligreses sea sobre esta disrupción técnica. Clásico, para citar a los santos españoles que más han aportado a la teología como Teresa de Jesús, Juan de la Cruz o Ignacio de Loyola.

Estudioso y comprometido socialmente. Prevost se graduó en matemáticas y en teología lo que no le impidió irse a las misiones durante casi dos décadas para vivir rodeado de miseria. Ese primer ejecutivo del planeta Tierra, como el santo padre, debería saber comunicar a la vez que reflexionar. Mirar hacia fuera y hacia dentro. Ponerse al frente de una vigilia y una misa ante cientos de miles de personas y rezar a solas en la intimidad de su cuarto en la Nunciatura.

Por supuesto, el que dirija el mundo ha de pensar en lo divino y en lo profano. Y el Papa lo cumple porque los que somos católicos lo consideramos como el representante de Dios en la tierra. Y es que además lo hemos visto en sus discursos de estos días: capaz de conciliar los mensajes más espirituales de la religión cristiana con las llamadas a la acción y la denuncia cruda y valiente de lo que pasa en las calles de Madrid, sin ir más lejos.

Si se piensa en quien dirige el mundo aparece inmediatamente un oligarca tecnológico o un presidente de una gran nación. Alguno puede pensar hasta en teorías conspiranoicas y en un selecto grupo de millonarios que se reúnen en lujosas mansiones. Pero a nadie le vendrá a la cabeza un humilde agustino que dice cosas como que nadie nació siendo maestro, que los jóvenes pueden cambiar la historia con el amor o que la fe no puede ser solo un museo al que visitar. Y que defiende no tener miedo porque Jesús no abandona a nadie. Bienvenido, Papa León.

Iñaki Ortega es doctor en economía en UNIR y LLYC

sábado, 6 de junio de 2026

Magnífica

 (este artículo se publicó originalmente en el periódico La Información Economómica el día 5 de junio de 2026)

El ex CEO de Google no se lo podía creer. Miles de estudiantes de la Universidad de Arizona abucheando su discurso como padrino de la graduación. Los alumnos expresaron así su malestar por las loas de Eric Schmidt a la Inteligencia Artificial (IA). Su empresa, Google, con Gemini está lanzada en la carrera por liderar la disrupción de la IA, pero a los jóvenes esto no solo no les parece suficiente, sino un peligro para su futuro. ¡Un líder tecnológico increpado en uno de los nodos emergentes de alto crecimiento en América!

Diez días después otro directivo, esta vez el de la empresa Anthropic y en Roma, también habló de la IA y recibió el aplauso unánime. Chris Olah es el cofundador de la empresa que surgió precisamente de una escisión de OpenAI por sus escrúpulos morales y hoy gestiona Claude, el principal competidor de ChatGPT. Olah fue elegido por el Papa León XIV para presentar su primera encíclica en un acto público inédito en la historia de la Iglesia. ¡Un tecno oligarca ateo al lado del Santo Padre y en el Vaticano!

Para los graduados de Arizona fue toda una ofensa la llamada del antiguo CEO para subirse a la nave espacial de la IA. El despido de cientos de miles de empleados por parte de las grandes tecnológicas como Google o Meta, la desaparición de los clásicos programas de empleo para recién licenciados o la precarización de las condiciones para trabajar en esas empresas por la irrupción de la IA, explican la airada reacción de los estudiantes.

La IA de Anthropic, en cambio, es un ejemplo para el Santo Padre de cómo debería la IA funcionar para que no sea un peligro para la humanidad. Claude, a diferencia de otros modelos, no solo se entrena por humanos sino también por una especie de constitución moral que garantiza la privacidad, la decencia y el cumplimiento de otros derechos humanos.

Quizás para entender las dos reacciones, tan contraintuitivas, merece la pena conocer mejor la carta del Papa, titulada Magnifica Humanitas, que yo he podido hacer gracias a mi colega y tecnólogo Miguel Lucas. Para el Pontífice la IA no tiene ideología propia, pero sí hereda la de quienes la construyen, la pagan y la despliegan. El Papa no pide frenar la IA sino quiere que no nos engañemos pensando que es inocente de nacimiento, y a partir de ahí que actuar en consecuencia. Además, Robert Prevost llama la atención de «nuevas formas de esclavitud» porque hay trabajo humano invisible y penoso detrás de los modelos de IA. Millones de personas que etiquetan datos, moderan contenidos y alimentan sistemas de IA a cambio de sueldos mínimos, sin visibilidad ni reconocimiento.

Al mismo tiempo la encíclica recuerda que la IA está concentrando el poder —y la riqueza— en muy pocas manos. Esta IA «alimenta la brecha entre los incluidos y los excluidos». Y no redistribuye poder por defecto; lo concentra. Quien controla los datos, los modelos y la infraestructura de cómputo controla, en buena medida, el futuro económico y político de todos los demás. Nvidia monopoliza prácticamente el mercado mundial de chips de IA. Las cuatro grandes tecnológicas —Microsoft, Google, Amazon y Meta— son una suerte de oligopolio de la mayor parte de la inversión en infraestructuras como son los centros de datos,

Para la encíclica lo más grave es que la IA amenaza la democracia e incluso al planeta. Las aplicaciones de IA están proyectadas para dar la razón y por tanto alimentar la polarización; esos algoritmos de recomendación no se diseñaron para informar, sino para enganchar. Y el contenido que más engancha es, casi siempre, el más extremo. También añade la dimensión ambiental por la ingente energía y agua que consumen los centros de datos que permiten que funcione la IA. La Agencia Internacional de la Energía estima que la demanda eléctrica global de los centros de datos se triplicará en 2030. La promesa de eficiencia de la IA tiene un coste físico que rara vez aparece en el mismo titular que los beneficios económicos.

Por último, el Papa alerta de que la IA permite delegar decisiones irreversibles como en la guerra con las armas autónomas, pero también en cualquier sistema que resuelve propuestas para contratar una persona, conceder un crédito, elaborar un diagnóstico médico, eliminar contenidos en redes sociales y hasta sentencias judiciales. Nunca puede dejar de haber una mano humana detrás de esas decisiones.

La encíclica Magnifica Humanitas no es una condena de la inteligencia artificial. Es una advertencia sobre quién manda cuando nadie vigila. León XIV hace en 2026 lo que su antecesor León XIII hizo en 1891 con su Rerum Novarum en plena Revolución Industrial: que la tecnología sirva a las personas y no al revés. La doctrina social de la Iglesia siempre ha sostenido que el capital —sea físico, financiero o ahora algorítmico— tiene un límite que no puede cruzar: la dignidad humana. Ese límite no es una restricción al progreso, al contrario, es la garantía de que sea de verdad un progreso para toda la humanidad.

Nadie duda de que vivimos en la era de la IA, pero tampoco que también estamos ante un auge de la religiosidad. Las iglesias cada vez más llenas, los famosos cada vez más devotos, la música cada vez más espiritual por no hablar de la vuelta al espacio público de los símbolos cristianos. Si esta Iglesia, en tan pocos años, ha sido capaz de pasar de una religión católica moribunda y envejecida a protagonizar la agenda global, por qué no va a lograr domesticar a la IA. Así sea, por el bien de todos.

Iñaki Ortega es doctor en economía en UNIR y LLYC

lunes, 25 de mayo de 2026

Corrupción o corrección

 (este artículo se publicó originalmente en el diario 20 Minutos el día 25 de mayo de 2026)

José Luis Rodríguez-Zapatero ha pasado a engrosar la interminable lista de corruptos (presuntos o condenados en firme) tras el auto de la semana pasada que le investiga por numerosos delitos. Lo más grave, para mi gusto, no es el daño a la imagen de España, que lo es, sino el mensaje que de nuevo se traslada a la ciudadanía, en especial a los más jóvenes.

De alguna manera de las noticias de estos días de la trama y el nivel de vida de Zapatero -viajes, joyas y casa con piscina- consecuencia de las altas responsabilidades que ha tenido en diferentes instituciones, se colige que para triunfar hay que robar. La asociación es inmediata. Nivel de vida o magistraturas poderosas son consecuencia de saltarse la ley.

Y esa vinculación de triunfo profesional con falta de escrúpulos tiene tres consecuencias nefastas para cualquier sociedad que aspira a estar conducida por la meritocracia y el bien común. La primera es que se elimina la motivación de servir desde lo público a tu país. Quién en su sano juicio ahora se quiere preparar para entrar en un mundo como la política o presentarse a las elecciones para defender su territorio. Pero también quién, por mucha inteligencia que tenga, querrá ser juez, fiscal o alto funcionario si ha de lidiar con estos casos que fulminan el prestigio además de estar sujeto a presiones impensables.

La segunda derivada de este penoso tema, es que parece que el éxito solo se alcanza con atajos corruptos. Cuando la realidad que yo conozco por mi trabajo es que todos los triunfadores, bien profesionales que dirigen compañías, bien empresarios, siempre lo son por su preparación, altas capacidades y jornadas interminables. Nadie llega a ser CEO o dueño de una empresa que arrasa con sus productos o servicios, por casualidad o por haber dado una patada a la ley o a un colega. Al revés, los que más alto llegan suelen ser los mejores y los más correctos.

La última consecuencia es la deslegitimación de este sistema democrático que ha generado estos subproductos corruptos, por acción o por omisión. Muchos jóvenes que no vivieron la transición solo saben que esta Constitución ha permitido que políticos en el poder o al salir de él, se lucren de manera ilegal. Y esta Carta Magna no ha sido capaz de evitarlo, por mucha UCO o UDEF que veamos en las noticias, cuando ya es tarde porque llevan años delinquiendo.

Nunca les perdonaremos a esa lista interminable de políticos que con sus robos estén lesionando no solo la democracia española sino que estén privando de un mejor futuro a nuestro país alejando de los público a los mejores pero también desmotivando a que un joven crea en su méritos y capacidades para llegar donde quiera en una empresa o en la vida.


Iñaki Ortega es doctor en economía en UNIR y LLYC

lunes, 18 de mayo de 2026

Volantazo a la derecha

 (este artículo se publicó en el periódico 20 Minutos el día 18 de mayo de 2026)

Han sido cinco largos meses con cuatro elecciones seguidas en nuestro país. Toda una carrera de fondo de las cuatro grandes ideologías españolas, eso sí, con paradas intermedias cada cinco semanas, más o menos.  Del sur al norte para volver a bajar. Empezamos en Extremadura, de ahí a Aragón y Castilla-León hasta llegar a Andalucía. Una cita con las urnas de media cada 36 días en las que se iban cogiendo puntos hasta alcanzar la meta de ayer en Sevilla. Un final de carrera que a priori era el mejor para el Partido Popular y la peor pesadilla para Sánchez. Toca sumar los puntos de todas las etapas y ver cómo ha ido esta suerte de competición.

El resultado es un PP fuerte que gana en todas las elecciones con diferencia, pero sin mayoría absoluta y por lo que parece -así ha sido en Extremadura y Aragón- eso le permite gobernar con el apoyo de Vox, que sin duda termina la carrera exhausto pero satisfecho porque es un partido clave para la gobernabilidad. La derecha en su conjunto arrasa en todos los terrenos de esta particular carrera, sea en las mesetas, en las montañas o en la costa. Un volantazo del país a la derecha, en toda regla, que será difícil que no se repita en las elecciones que se convoquen en los próximos meses, si el grupo sigue con este estado de forma.

En el pelotón perseguidor las filas se aprietan entre los diferentes equipos/partidos. El PSOE cuando presenta candidatos ministros pierde apoyos y las formaciones a su izquierda recuperan impulso, sabiendo todos ellos que gestionan la miseria de un puñado de escaños que poco valen porque el grupo ganador de todas y cada una de las etapas, a día de hoy, es inalcanzable.


Iñaki Ortega es doctor en economía en UNIR y LLYC

sábado, 16 de mayo de 2026

Un pez llamado ceo

 (este artículo se publicó originalmente en la revista Business Insider el 14 de mayo de 2026)


Hay profesiones que triunfan de la noche a la mañana. Los yuppies en los ochenta, los blogueros con el cambio de siglo, los startaperos justo después o los influencers en la década pasada. Antes, los economistas, con el éxito de Mario Conde en Banesto; siempre los ingenieros -como la opción segura para un buen futuro- o los médicos para los aprensivos de turno.

Ahora todo el mundo quiere ser CEO. Y mi padre no sabe lo que es. Con 87 años y en plena forma, últimamente lee muchos artículos en la prensa que mencionan esa posición y el otro día me llamó para decirme que no había oído hablar jamás de ese trabajo, pero que le sonaba bien.

Para darle una explicación rigurosa del término que no fuese la traducción al español del acrónimo, acudí al diccionario. Mi sorpresa fue que, a pesar de que se han reconocido voces tan anglosajonas como pixelar o cookies, resulta que CEO no. Al parecer, la Real Academia de la Lengua se resiste a oficializar el uso de la palabra porque existe una entrada que se refiere a un pez de nombre ceo. Es un pescado de cuerpo comprimido, con una estructura ósea imponente y una piel dura. Este pez está diseñado, según cuentan los manuales de zoología, para atreverse a sobrevivir.

Algo similar a ese aguerrido pescado es lo que hoy se necesita para dirigir una empresa. Por eso me animo a escribir este artículo para que mi padre y todo el mundo entienda qué es eso de ser CEO y qué supone ahora ser el primer ejecutivo de una compañía.

Un CEO no es lo que en el siglo pasado era el presidente de una empresa, tampoco ese título de consejero delegado de una compañía que tanto se usaba hace unos años. Ahora el oficio de CEO se parece más a las características de ese pez que cita la RAE que a los trabajos de esos presidentes y consejeros delegados, tan estables, tan predecibles, tan jerárquicos.

Como el pez del mismo nombre, un CEO ha de tener la piel dura porque hoy dirigir una empresa implica exponerse a un escrutinio constante. Ya no basta con responder, como antaño, a los accionistas: ahora te evalúan los clientes, los empleados, los reguladores, los medios y cualquier persona con un móvil. Cada decisión se analiza en tiempo real y cada error se amplifica. La piel dura es resistencia: capacidad de escuchar sin hundirse, corregir sin derrumbarse y seguir adelante cuando la presión es diaria. Sin esa coraza emocional, el puesto te devora.

Como el pez ceo, el CEO ha de tener una estructura imponente, pero no en tamaño, sino en preparación. Hoy se necesita una columna vertebral firme que sostenga a la organización en un entorno líquido, donde lo que ayer era estable hoy se evapora. Esa sólida capacitación no es solo una actualización constante, aprender nuevas herramientas y entender la tecnología que cambia cada mes, sino también saber comunicar. Un CEO necesita salir del ostracismo clásico y, para ello, ha de aprender y entrenar su capacidad de explicar, convencer y conectar donde esté la gente, no como antes, donde estaban ellos —los poderosos—. Sin todo ese armazón, el CEO se tambaleará en la primera crisis.

Como el pez de nombre ceo, ha de ser audaz para sobrevivir porque la audacia se ha convertido en el rasgo que distingue a los líderes capaces de actuar cuando no hay certezas. La audacia es lo contrario de esperar a que otros decidan: es moverse cuando el futuro es incierto, asumir riesgos y avanzar, aunque el camino no esté despejado. La inteligencia artificial, el intervencionismo de lo público y la irreverencia social de la polarización han cambiado las reglas del juego. Nada es fácil; por eso solo los que se atreven son los que lideran.

Espero que entiendas ahora, Papá, lo que es un CEO. Casi como ese pez del que habla el diccionario que tanto te gusta ojear.

Iñaki Ortega es doctor en economía en UNIR y LLYC

No pongas de excusa a la IA

 (este artículo se publicó originalmente en el periódico 20 minutos el día 11 de mayo de 2026)

Enrico Caruso ha pasado a la historia por ser uno de los mejores tenores de la historia. Lo que no sabe tanta gente es que el cantante italiano, es considerado también el primer artista en grabar discos comerciales. Corría el año 1902, y unos aparatos con una gran bocina y un disco giratorio, inventados una década antes bajo el nombre de gramófono, empezaban a ser conocidos. Los músicos de la época vieron la invención que permitía reproducir música sin necesidad de ir a un concierto, como una amenaza para su trabajo. Se empezó a correr la idea de que los gramófonos matarían el cuarto arte, acabarían con la música en vivo y el empleo de miles de artistas. Ese mueble de madera con aparatosa trompa haría que ya nunca más apareciesen pianistas ni compositores, se decía. Caruso -muy conocido en Italia- era considerado uno de los cantantes con mayores cualidades en su país. Según me cuenta el melómano Adolfo Corujo, es entonces cuando se atreve a desafiar a una mayoría atronadora de expertos musicales de la época y decide grabar sus canciones en un disco. Y el público lo agradeció. Un millón de copias vendidas y lo que es más importante pasa a ser el primer artista global inaugurando una nueva era en la música.

Caruso creía que su trabajo era abrir puertas, no cerrarlas. Mientras otros se quejaban, él se adelantó. Otros esperaron a que “pasara la moda”, él entendió que la moda era el futuro. Y gracias a ese salto, su voz llegó a millones de personas que jamás habrían podido pagar una entrada para verlo en la Scala de Milán. Caruso no perdió nada y ganó el mundo.

Hoy estamos exactamente en ese punto con la inteligencia artificial (IA). Y, como entonces, abundan las excusas. Que si la IA nos va a quitar el trabajo. Que si ya no hará falta estudiar o aprender idiomas. Que si se equivoca siempre. Que si es mejor esperar porque vendrá otra tecnología. O lo que es peor cuando se trata de una empresa, que si la IA me obliga a despedir empleados, escondiendo que es tu producto lo que no encaja en el momento actual.

La IA no viene a sustituir, viene a multiplicar. A hacernos más rápidos, más creativos, más productivos. A quitar tareas pesadas para poder dedicarnos a lo que realmente importa. A abrir puertas que no sabíamos que existían. Pero para eso hay que atreverse a usarla. Igual que Caruso tuvo la audacia de cantar delante de un mamotreto de metal, madera y cera.

La historia económica demuestra que lo nuevo mata pero solo lo malo; siempre pervive lo bueno. La radio no acabó con los periódicos. La televisión no acabó con el cine. Internet no acabó con los libros. Las calculadoras no acabaron con las matemáticas. Spotify no acabó con la música. Y la IA no va a acabar contigo...si estás preparado.

Caruso no fue el mejor porque cantó más fuerte. Fue el mejor porque entendió el primero que la tecnología era el altavoz para llegar más lejos. Hoy tú -como trabajador pero también como empresario- tienes uno infinitamente más potente con la IA. Deja las excusas y ponte a ello.

Iñaki Ortega es doctor en economía en UNIR y LLYC

viernes, 8 de mayo de 2026

El CEO será audaz ( o no será)

(este artículo se publicó originalmente en el periódico El Heraldo de Aragón el día 5 de mayo de 2026)

No sé cuándo escuché por primera vez el término de CEO, quizás leyendo a finales de los noventa el auge de las empresas de internet que estaban siempre dirigidas por un ambiciosos tecnólogo con ese cargo. Las gráficas de uso del acrónimo CEO en nuestro idioma demuestran que apenas se usaba en el año 2000 y hoy su penetración es del 100%. Y ahora además todo el mundo aspira a ser CEO. Pero no un directivo cualquiera, sino aquel que manda en la empresa y lleva en su tarjeta de visita las siglas anglosajonas de CEO (chief executive officer) o si se prefiere consejero delegado. Por eso conviene explicar bien qué supone en estos tiempos ser el primer directivo de una compañía para que nadie se lleve a engaño.

Hoy para poder ser CEO hay que armarse de un liderazgo audaz.  Durante los últimos diez años he tenido el privilegio de conocer a muchos CEO gracias a las universidades en las que soy profesor, también he trabajado mano a mano con algunos de ellos en situaciones críticas de sus compañías.  Toda la vida fue difícil el trabajo del máximo directivo empresarial, en los últimos años se ha vuelto una profesión de riesgo: la permanencia en dicha posición es de solo cinco años según un informe Russell Reynolds. Cada vez más CEO cesan (para un estudio de Korn Ferry el 77% de las empresas cotizadas en España han renovado a su CEO en los últimos tres años). Además, es muy improbable volver a ser CEO tras una salida y es que el título de CEO supone toda una losa: ha subido hasta un 80% el porcentaje de directivos que no sobrepasan los 30 meses de mandato. Despedidos, enfermos por la intensidad del trabajo o perseguidos por la ley o incluso por enemigos.  Recuérdese la renuncia por estrés de Horta-Osorio, primer ejecutivo de un banco británico; los suicidios de varios directivos de una conocían empresa o cómo el todopoderoso director ejecutivo de Renault acabó con sus huesos en la cárcel, por no hablar del asesinato en Nueva York del CEO de United Healthcare en diciembre de 2024. El filósofo Nassim Taleb explicó en su libro “Jugarse la piel” que, para tener voz en las decisiones, has de pagar parte del precio si algo sale mal. Así están los CEO ahora mismo: jugándose el pellejo. 

Por todo lo anterior, la lista de especificaciones a cumplir por los candidatos a CEO ha crecido tanto que ya no se encuentran aspirantes que sepan de nuevos clientes, de finanzas, también de leyes e inteligencia artificial, a la vez que sean empáticos y resilientes. Las empresas están habilitando planes de contingencia como recurrir a profesionales de la casa, unificar cargos, direcciones colegiadas, CEO interinos y hasta dejar desierta la posición.  

Aun así, muchos CEO siguen en sus puestos. Y conforme a mi experiencia el ingrediente fundamental de los CEO exitosos del momento es la audacia. El rasgo que les blasona es el atrevimiento para tomar decisiones sabiendo que se la están jugando. 

Audaz porque hay dos opciones para afrontar lo que viene. O esconderse o plantarle cara. No es sencillo porque no sabemos exactamente qué es lo que está por llegar. Intuimos que tiene que ver con la tecnología y la polarización. Actuar es lo contrario a la “parálisis por el análisis” y es lo que toca, aunque exige un alto grado de valentía porque nada de lo que vendrá está escrito.

Audaz porque la osadía está detrás de los grandes logros empresariales a lo largo de la historia económica mundial. El atrevimiento en la gestión empresarial supone explorar nuevos mercados, reinventar las compañías, desaprender lo aprendido durante años porque todo es diferente. 

Audaz porque los cambios sociales que han acontecido tras la crisis financiera y la pandemia inhabilitan a los que dirigen aún las compañías como si nada hubiera pasado. Los públicos a los que se deben los CEO no lo van a permitir. Los clientes ya están en otros sitios, los proveedores lo padecen y los inversores por defecto piensan en el futuro, por no hablar de la opinión pública. 

Esa osadía es el rasgo de un nuevo liderazgo en una época en que casi todo ha pasado a ser épico. Desde la política a las decisiones de compra. Audacia con la que no se puede comerciar; es lo contrario a ese liderazgo transaccional que cambiaba sudor por sueldo. La valentía no tiene precio, no hay salario que la propicie o la pague; tampoco un bonus o una escuela de negocio que la haga posible. Es una característica consustancial al liderazgo transformacional. Solamente los CEO transformarán compañías y seguidores si son capaces de liderar con audacia los tiempos revueltos que ya han llegado. Aunque arriesguen el pellejo, será la única manera de ser CEO.

Este es un poderoso mensaje también para los jóvenes que pronto entrarán en el mercado laboral y viendo las noticias piensen que todos los jefes son como esos políticos corruptos. No es así. Un país como España se sostiene por sus empresas y por líderes que las dirigen en las antípodas de esa forma de ser tan despreciable. CEO capacitados y audaces que se ganan cada día su posición con alta exigencia y con no pocas renuncias personales. 

Iñaki Ortega es doctor en economía y director general de LLYC en Madrid