(este artículo se publicó originalmente en la revista Business Insider el 14 de mayo de 2026)
Ahora todo el mundo quiere ser CEO. Y mi padre no sabe lo que es. Con 87 años y en plena forma, últimamente lee muchos artículos en la prensa que mencionan esa posición y el otro día me llamó para decirme que no había oído hablar jamás de ese trabajo, pero que le sonaba bien.
Para darle una explicación rigurosa del término que no fuese la traducción al español del acrónimo, acudí al diccionario. Mi sorpresa fue que, a pesar de que se han reconocido voces tan anglosajonas como pixelar o cookies, resulta que CEO no. Al parecer, la Real Academia de la Lengua se resiste a oficializar el uso de la palabra porque existe una entrada que se refiere a un pez de nombre ceo. Es un pescado de cuerpo comprimido, con una estructura ósea imponente y una piel dura. Este pez está diseñado, según cuentan los manuales de zoología, para atreverse a sobrevivir.
Algo similar a ese aguerrido pescado es lo que hoy se necesita para dirigir una empresa. Por eso me animo a escribir este artículo para que mi padre y todo el mundo entienda qué es eso de ser CEO y qué supone ahora ser el primer ejecutivo de una compañía.
Un CEO no es lo que en el siglo pasado era el presidente de una empresa, tampoco ese título de consejero delegado de una compañía que tanto se usaba hace unos años. Ahora el oficio de CEO se parece más a las características de ese pez que cita la RAE que a los trabajos de esos presidentes y consejeros delegados, tan estables, tan predecibles, tan jerárquicos.
Como el pez del mismo nombre, un CEO ha de tener la piel dura porque hoy dirigir una empresa implica exponerse a un escrutinio constante. Ya no basta con responder, como antaño, a los accionistas: ahora te evalúan los clientes, los empleados, los reguladores, los medios y cualquier persona con un móvil. Cada decisión se analiza en tiempo real y cada error se amplifica. La piel dura es resistencia: capacidad de escuchar sin hundirse, corregir sin derrumbarse y seguir adelante cuando la presión es diaria. Sin esa coraza emocional, el puesto te devora.
Como el pez ceo, el CEO ha de tener una estructura imponente, pero no en tamaño, sino en preparación. Hoy se necesita una columna vertebral firme que sostenga a la organización en un entorno líquido, donde lo que ayer era estable hoy se evapora. Esa sólida capacitación no es solo una actualización constante, aprender nuevas herramientas y entender la tecnología que cambia cada mes, sino también saber comunicar. Un CEO necesita salir del ostracismo clásico y, para ello, ha de aprender y entrenar su capacidad de explicar, convencer y conectar donde esté la gente, no como antes, donde estaban ellos —los poderosos—. Sin todo ese armazón, el CEO se tambaleará en la primera crisis.
Como el pez de nombre ceo, ha de ser audaz para sobrevivir porque la audacia se ha convertido en el rasgo que distingue a los líderes capaces de actuar cuando no hay certezas. La audacia es lo contrario de esperar a que otros decidan: es moverse cuando el futuro es incierto, asumir riesgos y avanzar, aunque el camino no esté despejado. La inteligencia artificial, el intervencionismo de lo público y la irreverencia social de la polarización han cambiado las reglas del juego. Nada es fácil; por eso solo los que se atreven son los que lideran.
Espero que entiendas ahora, Papá, lo que es un CEO. Casi como ese pez del que habla el diccionario que tanto te gusta ojear.
Iñaki Ortega es doctor en economía en UNIR y LLYC
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