lunes, 19 de octubre de 2020

Lecciones de patio de colegio

 

(este artículo se publicó originalmente el día 19 de octubre de 2020 en el diario 20 minutos)


En la escuela, por favor, pórtate bien con esos empollones tan poco populares, porque es muy probable que acabes trabajando para uno de ellos.  Esta frase se le atribuye a Bill Gates, uno de hombres más ricos del mundo gracias a fundar la empresa Microsoft. Gates sabía de lo que hablaba. De niño con sus gafas, aspecto frágil y desaliñado se educó en una escuela americana en los años 60. En ese patio del colegio de Seattle, la capacidad de Bill de retener el 90% de todo lo que leía, no era la virtud más valorada por sus compañeros; tampoco que ayudase a sus profesores a rehacer un calendario escolar que aun hoy sigue usándose. Marginado y con apenas amigos, también abandonó la universidad para volcar todo su tiempo en el conocimiento de la incipiente informática hasta crear el primer sistema operativo, Windows, con el que estoy escribiendo este artículo 35 años después.

Ahora te pido que hagas un viaje en el tiempo y vuelvas al patio de tu colegio. Porque ahí, en ese campo de arena, también se aprendían muchas cosas, casi tantas como en las aulas. Ya no hay arena sino hierba artificial o suelo de caucho, pero se siguen dictando todos los días clases magistrales en los recreos.

Cuando yo corría por el patio a un niño le miraban muy mal, por no querer jugar a la pelota, luego llegó a ser alcalde de mi ciudad y adorado por todos. En Madrid en los años 70 un chaval gordito gallego llega nuevo al colegio y sufre las chanzas de todos hasta llevarle al borde de la depresión; ahora es el presentador de más éxito de la televisión. En el patio se aprende que la vida da muchas vueltas. Estos días se ha fallado el premio Planeta y la ganadora Eva García Saénz de Urturi, estudió en mi colegio, pero apenas la recuerdo. ¿dónde estaba yo esos años para no darme cuenta de que había un genio en el patio?  ¿Timidez? No lo sé, pero no fui capaz de hablar con la escritora española de más éxito. Mi hijo entrena todas las semanas en el campo de futbol del colegio desde hace diez años y el único día que se pone malo, les visita en el patio el futbolista de moda Álvaro Morata. Igual solo tenemos mala suerte, pero esa también es otra enseñanza. no siempre las cosas salen bien.

En Israel es costumbre que una personalidad rinda un homenaje al colegio con mejor expediente. Un año le tocó al cofundador de Google, Sergey Brin. Allí. reunidos en el patio todos los estudiantes, Sergey les felicitó por ser tan brillantes. Pero a continuación les regañó por tener las mejores notas del país en todas las disciplinas menos en una. El mundo cada vez es más complejo y no hay más remedio que prepararse muy bien, les dijo.  Siempre hay alguien más listo que tú. Otra lección en un patio y no en el aula. Espero que un día me cuentes la tuya.

Iñaki Ortega es director de Deusto Business School y profesor de la UNIR

 

lunes, 5 de octubre de 2020

Nada nuevo, por desgracia

(este artículo se publicó originalmente en el diario 20 Minutos el día 5 de octubre de 2020)



El mazazo de volver a liderar la clasificación del paro juvenil en Europa ha llevado a este periódico ha etiquetar de generación perdida a los menores de 25 años españoles. No es algo nuevo, por desgracia. Ni nuevo es que España tenga ese desempleo entre los jóvenes ni que en nuestro país se hable de generación perdida. Empecemos por lo primero.

Las rigideces de nuestro mercado laboral junto a un alto grado de abandono escolar -provocado por la abundancia de empleo coyuntural en sectores como la construcción o el turismo- han funcionado como una tormenta perfecta los últimos cuarenta años. De hecho, lo normal ha sido tener cifras del 40 por ciento de desempleo juvenil según la EPA con picos del 47% en 1985 o del 55% en 2012; si repasamos la serie histórica desde 1980 solamente en el trienio 2005-2007 nos hemos situado cerca de la media europea, es decir por debajo del 20%. Tenemos un problema serio que no puede achacarse ni a las recesiones -porque en periodos de expansión la tasa no mejora sustancialmente - ni a la gestión coyuntural de un gobierno -puesto que partidos de una u otra orientación han sufrido ratios por encima del 40%-. Es verdad que en el mandato de Aznar (1996-2004) se consiguió reducir a la mitad los jóvenes sin empleo, pero es la excepción que confirma la regla de cuarenta años de políticas económicas. Europa insiste en las reformas pendientes del mercado laboral y de nuestro sistema educativo, pero, por estos lares, nos entretiene más desenterrar viejos odios que afrontar con valentía nuestras ineficiencias.

Tampoco es novedad considerar pérdida a una cohorte de edad. La teoría generacional que en España ha tenido grandes teóricos como José Ortega y Gasset, nos recuerda que en función de las circunstancias históricas en las que vivas te comportas de un modo determinado. «Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo.» dejó escrito el filósofo madrileño en 1914. Casi al mismo tiempo, después de viajar por Francia y España, Ernest Hemingway empezó a usar lo de generación perdida para referirse como tal a los jóvenes americanos que habían luchado en la primera guerra mundial y se habían quedado sin oficio por ello. Desde entonces se ha hablado en demasiadas ocasiones de generaciones perdidas en España: después de la guerra civil con cientos de miles de jóvenes huérfanos y sin futuro por la contienda; tras la crisis de los 80 que truncó el desarrollo profesional de la cohorte más joven que además tuvo que convivir con el momento más cruel del terrorismo etarra; la recesión global del 2008 que dejó a los millennials españoles colgados de la brocha y ahora la pandemia que nadie esperaba vuelve a poner de actualidad el maldito término.

Así es, nada nuevo. Ha pasado un siglo, pero seguimos sin aplicar el consejo de Einstein “No pretendamos que las cosas cambien, si siempre hacemos lo mismo”.

 

Iñaki Ortega es director de Deusto Business School y profesor de la UNIR

jueves, 1 de octubre de 2020

Viviremos menos, pero trabajaremos más

 

(este artículo se publicó originalmente el día 1 de octubre de 2020 en el diario económico La Información)


Entre tanta gresca política hay noticias que pasan desapercibidas. La bronca entre los partidos ha conseguido (quizás porque así lo pretendió algún estratega) que nada nos importe y que hasta los hallazgos más sorprendentes caigan en el olvido. El aumento de decibelios por las discusiones entre las administraciones con sede en Madrid ha dejado sin eco estos días el anuncio del Instituto Nacional de Estadística (INE) de que se había roto la tendencia de décadas de aumento de la vida. La pandemia, según el INE, ha provocado un aumento de 50.000 fallecidos respecto al año anterior lo que ha provocado que baje cerca de un año la esperanza de vida de los españoles. Según las estimaciones de la Organización Mundial de la Salud la esperanza de vida a nivel global ha venido creciendo desde 1950 hasta el año 2000 a un ritmo de más de tres años por cada década. A partir de entonces y hasta el 2015 se ha incrementado en una media de cinco años. Situación que se ha calcado en España. En los últimos 30 años la ganancia media en la esperanza de vida patria ha sido de casi 2 meses por año, es decir que le hemos ganado casi 4 horas cada día a la vida hasta llegar a los más de 83 años de esperanza actual. Pero esto no siempre ha sido así, en la España en 1920 no se superaban los 40 años, la misma ratio que en la Hispania romana de dos mil años antes.

Conviene recordar que la esperanza de vida calcula el promedio de años que se espera que viva una persona bajo las condiciones de mortalidad del período en cuestión, es decir que si la esperanza de vida en Turquía en 2016 es de 76 años significa que se estima que una persona nacida en Ankara en 2016 vivirá de promedio 76 años. La clave de la definición es la palabra promedio, ya que algunos vivirán 95 años y otros morirán con 57, pero conforme a la mortalidad registrada en ese periodo, la media aritmética serán esos 76 años.

Para su cálculo se parte de un instrumento de carácter estadístico-matemático que permite medir las probabilidades de muerte o de vida de una población en función de su edad. Este instrumento se denomina tabla de mortalidad o tabla de vida. La lógica de la construcción de las tablas de mortalidad se basa en el principio de la teoría de probabilidades y se parte en su elaboración de obtener las probabilidades de muerte o de vida de la población a partir de los datos reales de defunciones, nacimientos y la población. Es decir, se calculan las tasas de defunciones por edad y por un procedimiento matemático se convierten en probabilidades de muerte y a partir de éstas se derivan las otras funciones de la tabla hasta llegar a obtener este indicador demográfico. La esperanza de vida, por tanto, simplemente nos dice el promedio de edad de las personas fallecidas en un año. Es decir que este año de coronavirus los españoles nos hemos muerto, de media, un año antes. Un año de la vida de 46 millones de personas se ha esfumado, pero a nadie le ha preocupado, absortos como estamos en seguir el espectáculo de las ruedas de prensa que anuncian medidas médicas en un sentido y en el contrario. No sé ustedes, pero a mí no me gusta que nadie me robe y menos un año de mi existencia.

Y mientras pasaban estas cosas, en una destacable unanimidad, los expertos aconsejan que para salvar nuestros sistemas de pensiones tenemos que retrasar la edad efectiva de jubilación. La lógica es aplastante: si viviremos hasta cerca de los 85 años, no podemos dejar de trabajar a los 64, edad media de jubilación en nuestro país. Dos décadas cobrando la pensión es demasiada presión para las maltrechas cuentas del sistema de Seguridad Social, cuando de media solo cotizamos para una docena de años.

 

Limitar la jubilación anticipada, incentivar la jubilación activa, promover el talento senior, ampliar los años cotizados que se tienen en cuenta para calcular la pensión y los planes de pensiones de empleo son algunas de las propuestas que la AIREF y el Consejo General de Economistas proponen. En reciente informe publicado por esta última institución, titulado «El reto del envejecimiento desde una perspectiva integral (cómo abordar de forma multidisciplinar el envejecimiento)» se analiza exhaustivamente el retiro de los españoles y del sistema que nos hemos dotado. Entre las recomendaciones de los economistas están medidas que pueden situarse en la nueva disciplina conocida como la economía plateada. Es decir, las oportunidades en términos de ganancias de productividad, riqueza y empleo que la longevidad puede acarrear. La posibilidad de establecer innovaciones financieras para convertir en líquidos ciertos bienes inmuebles a través de fórmulas como las rentas vitalicias o las hipotecas inversas -muy poco usadas en nuestro país- que permitan sostener los gastos personales asociados a la longevidad; dotar de mayor flexibilidad al mercado laboral para que los seniors no sean expulsados de las empresas; promover que los mayores de 60 años puedan seguir trabajando a la vez que se cobra una pensión. Por último, también incentivar desde los poderes públicos los sistemas de ahorro para la jubilación desde las empresas al estilo de los sistemas de previsión social complementaria del Reino Unido o auto-enrolment estaría dentro de este paquete de medidas de la también conocida como ageingnomics.

Mientras la jauría seguía sin dejar oír apenas nada, también va desgranándose por parte de la Comisión Europea más detalles sobre el Fondo de Recuperación y Resiliencia. Lo relevante -como recuerda el economista Antonio Carrascosa- es que más allá de las medidas contra la pandemia se han incluido algunas recomendaciones del Consejo Europeo a España: reformas para la sostenibilidad de las pensiones y para el mejor funcionamiento del mercado de trabajo, entre otras. Si por un momento el ruido dejase de sonar, escucharíamos alto y claro lo que la estadística, la economía y nuestros socios europeos nos están diciendo que, aunque la pandemia nos está haciendo vivir menos, tendremos que trabajar muchos más años.

Iñaki Ortega es director de Deusto Business School y profesor de la UNIR