(este artículo se publicó originalmente en el diario La Información el 30 de agosto de 2021)
En estas semanas en las que hemos
visto ciudades como Madrid vacías por el verano he recordado que en París la
mitad de la población vive sola durante todo el año, en Estocolmo son seis de
cada diez los que residen sin compañía. Reino Unido ha visto como la proporción
de personas que viven solas se ha doblado desde 1960 hasta alcanzar el 31 por
ciento. Son datos que leí en un informe del World Economic Forum que empezó a
estudiar este fenómeno hace un par de años por sus implicaciones económicas.
En España, según un informe de la
Universidad Pompeu Fabra son casi cuatro millones de personas los mayores de 65
años que viven sin compañía o lo que es lo mismo, el 43 por ciento de todos los
que superan esa edad. Entre las mujeres de esa cohorte la proporción sube hasta
el 55 por ciento.
Vivir solo o con alguien podría
ser un mero dato estadístico si no supusiese un hecho añadido que aporta el
catedrático de economía Guillem López Casasnovas: aproximadamente el 70 por
ciento de las personas que viven solas también se sienten solas. Y cuando ese
sentimiento aparece los especialistas de la salud defienden que es causa
generadora de enfermedad, muchas de ellas mentales. Está demostrado que la
soledad es uno de los factores de riesgo de mortalidad prematura, hasta se ha
constatado una relación positiva entre soledad y deterioro del funcionamiento
del sistema cardiovascular.
Los profesionales del sector del
cuidado lo conocen de primera mano. En España, un 26% de las personas atendidas
por Cruz Roja se sienten solas, para Sanitas es un 30 por ciento de sus
pacientes. En el resto de Europa, el relato es muy parecido. Alemania tiene dos
tercios de la población que consideran la soledad como un problema grave. Casi
un tercio de los ciudadanos holandeses admitió sentirse solo, y uno de cada
diez lo estaba gravemente. En Suecia, hasta una cuarta parte de la población
dijo que con frecuencia se sentía sola. En Suiza, dos de cada cinco personas
informaron que a veces, a menudo o siempre se sienten así. Pero no es una
cuestión de edad, aunque la soledad se cebe con los adultos mayores, por
ejemplo, uno de cada cuatro adultos en el Reino Unido ha experimentado soledad
excesiva durante el confinamiento, especialmente entre los 18 y 29 años; uno de
cada ocho dijo no tener ningún amigo. La escritora superventas Noreena Hertz
cuenta estos datos en su último libro The Lonely Century en el que califica
como la nueva pandemia a la soledad no solo por los problemas de salud que
ocasiona sino porque está detrás del auge de los populismos. La economista
defiende su tesis usando datos demoscópicos recientes y basándose en estudios
sociológicos pretéritos que vinculan la falta de interacciones sociales con la
propensión a rendirse ante ideologías intolerantes que aportan una sensación de
pertenencia.
En cualquier caso, los costes
económicos de la soledad son enormes. En Reino Unido se calcula que, para las
personas de más de 75 años, la soledad incrementa los costes sanitarios en
6.000 libras por persona, precisamente porque la mitad de ellas viven solas, y
muchas de ellas no han hablado con un pariente o amigo en más de un mes. El
profesor Moreno-Ibáñez de la Universidad de Navarra defiende que la soledad es
tan tóxica como fumar unos 15 cigarrillos al día.
Pero lo que es un hecho es que en
los próximos años la soledad no va a dejar de aumentar en sus diferentes
acepciones, desde vivir solo pasando por la soledad elegida o por el conocido
como aislamiento social. Uno de cada cuatro ciudadanos de la Unión Europea
declaró sentirse solo el año pasado, el doble con respecto a 2016. Las causas
son conocidas pero me permito recordarlas: la población del mundo envejece
alcanzándose edades extremas; la sociedad se transforma de la mano de nuevos
hábitos y estilos de vida que rompen con la tradicional vida en familia; la
tecnología y la inteligencia artificial han irrumpido haciendo innecesarias
muchas interacciones sociales como ir a la compra, conocer a los vecinos o
quedar con amigos y pandemias como la covid19 exigirán distancia social en
ocasiones y han consolidado el teletrabajo evitando un espacio clásico de
socialización.
Pero ante estas amenazas es
cuando surge con fuerza la economía de la soledad. Una oportunidad para ofrecer
nuevos bienes y servicios, desde la iniciativa privada con el impulso de lo
público, que luchen contra esa soledad no deseada. Una buena noticia porque
siguiendo esta vez a Renee Mouborgne de la prestigiosa escuela de negocios
INSEAD, el mercado de la soledad es una océano azul -apenas hay operadores que
han visto esta oportunidad - y los pioneros se beneficiarán de ello.
La economista-jefe de Singular
Bank, Alicia Coronil, me ha recordado este verano que, según McKinsey, el
consumo global aumentará aproximadamente en 19 billones de dólares en los
próximos diez años, una cifra equivalente a un 22 por ciento del PIB mundial de
2020. No obstante, la mitad de este avance se concentrará en Asia apoyado en el
incremento del peso de la clase media. De hecho, uno de cada dos hogares de
ingresos medio-altos estará en el continente asiático, frente al 33 por ciento
del total mundial en 2010. Pero lo más relevante de lo que me contó la
profesora Coronil es que de aquí a 2030 los patrones de consumo estarán
mediatizados no solo por la economía plateada (silver economy) sino por el
crecimiento del número de hogares unipersonales, que representan actualmente un
35 por ciento del total en las economías avanzadas asiáticas y en el caso de
China un 15 por ciento Una tendencia que también se observa en India, donde el
tamaño medio de familias ha retrocedido un 15 por ciento en los últimos 10
años. Este hecho, para Mckinsey, está impulsando la economía de la soledad
(lonely economy) asociada no sólo a una adaptación del tamaño de los envases de
los productos y al aumento de uso de servicios a domicilio, compra de bienes y
servicios online de entretenimiento digital o de salud, sino también a cambios
en el urbanismo ante el incremento de la demanda de viviendas de menor tamaño.
En Estados Unidos, aunque suene a
broma hay empresas que alquilan amigos (rent a friend), en Corea discotecas
especializadas para senior solteros (colatecs). Es más seria la contribución
económica que aportan las plataformas de citas entre solteros que alcanza los
mil millones de euros en España según Ourtime. Las compañías que ofrecen
paquetes turísticos para personas que viajan solas se han multiplicado en todo
el mundo siendo el único colectivo que crece a dos dígitos y el auge de los
espacios de trabajo colectivo, los conocidos como coworking, no se entiende sin
explicar la necesidad que cada vez más profesionales autónomos tienen de salir
de la soledad de su casa.
En España la plataforma Soul Auto
se ha especializado en este público subastando coches de coleccionista usando
tecnologías disruptivas; en el mundo Harley Davidson, la empresa líder en venta
de motocicletas en Estados Unidos, tiene como uno de sus principales públicos
objetivo a las personas que viven solas y tienen ingresos por ello.
Para finalizar no pido desde
estas líneas lo que hizo en 2018 Theresa May, la primera ministra británica que
creó un ministerio de la soledad sino simplemente que en la economía resolver
problemas siempre tiene premio.
Iñaki Ortega es doctor en economía y profesor de la
Universidad Internacional de La Rioja (UNIR)