viernes, 26 de junio de 2026

El día más feliz del año

 (este artículo se publicó en el diario 20 minutos el día 22 de junio de 2026)


No te has enterado. Este pasado sábado fue –conforme a una fórmula matemática ideada por un psicólogo británico– el día que más fácil es ser feliz en todo el año. Ya ha pasado e igual a la vista de tus recuerdos de lo que viviste anteayer, no estás de acuerdo con esa afirmación. Quizás pasaste mucho calor, las noticias de corruptelas te pusieron de mal humor, discutiste con tu familia o simplemente el wifi no funcionó, pero déjame que te cuente los razonamientos que justifican ese día tan propicio para ser feliz.

La fórmula para concluir que el 20 de junio es el día perfecto se basa en: estar al aire libre, conectar con la naturaleza, socializar con amigos y familia, temperatura agradable y luz solar, recuerdos positivos de la infancia y cercanía de las vacaciones. Esos elementos se puntúan numéricamente para todos y cada uno de los días del año y al introducirse en esa ecuación de la felicidad dan como resultado la fecha de este pasado sábado.

Los anglosajones le ponen nombre a todo y a esta jornada le han llamado el Yellow Day, es decir el día amarillo. Parece ser que la razón reside en la fuerza de esa tonalidad tan chillona, muy vinculada también al color del sol que brilla en esta época y nos da energía positiva. Me temo que no se dieron cuenta esos psicólogos que ese astro por estos lares cada vez provoca más olas de calor e incendios. Tampoco calcularon que en España junio es un mes muy malo para los autónomos –casi cuatro millones en nuestro país– que han de ahorrar para cumplir con el fisco porque se acercan los plazos del IRPF y el IVA. Esos mismos británicos que se quedaron tan contentos con su ‘día feliciano’ no tuvieron en cuenta que ahora toca decidir qué hacer en verano y la mayoría de la población está sufriendo la inflación y eso los llevará a no irse de vacaciones o acortarlas.

Qué decir de los jóvenes universitarios encerrados en bibliotecas para estudiar porque ya no existen las convocatorias de septiembre y estas semanas han de recuperar lo no superado; por no hablar del mismo caso para los estudiantes de la PAU que se la juegan a cara y cruz. Qué fácil hacer una fórmula para ser feliz y qué difícil serlo.

Solo hay una cosa por la que sí les doy la razón a los avezados del Yellow Day, y es que la felicidad, como decía Séneca, es deleitarse en el presente sin la ansiedad de pensar qué vendrá. Así que todos a disfrutar del sol por la mañana prontito, aprovechar el fresco de la noche, regocijarse con algún baño o una ducha bien fría, buscar una agradable sombra con un libro y siempre una terraza en la que corra la brisa en buena compañía. Mañana será otro día y ya habrá tiempo de contarte que también, a ese mismo autor, se le ocurrió antes el día más triste del año.


Iñaki Ortega es doctor en economía en UNIR y LLYC

lunes, 22 de junio de 2026

El momento penalti de los CEO

(este artículo se publicó originalmente en la revista Business Insider el día 16 de junio de 2026)

Los directivos se enfrentan a lo largo de su carrera a muchos momentos complejos en los que se la juegan. Una caída de la valoración de la acción, el lanzamiento de un nuevo producto, cerrar divisiones deficitarias, incluso una intervención en el consejo de administración para anunciar malos resultados o una entrevista en un medio de comunicación con motivo de una crisis.

Saber gestionar estos momentos es parte del desempeño de un CEO. Porque esas coyunturas ya no son esporádicas, como antaño, sino que cada vez hay más circunstancias de este tipo en unos tiempos tan convulsos como los actuales donde sino es una catástrofe, es una guerra, la inflación o una conducta inapropiada de un directivo cuando no un ciberataque. La razón de tantos momentos difíciles que gestionar está en la alta exposición que hoy tienen las empresas a sus públicos de interés, ya sean clientes, proveedores, empleados, accionistas o gobiernos. De modo y manera que un CEO ha de explicar de manera fehaciente a esos colectivos esos hitos relevantes de su empresa, cuestión que hace décadas ni se plantearía. Hoy, no hacerlo es perder credibilidad, cuando no el trabajo de CEO.

Ahora que estamos en pleno campeonato mundial de fútbol, el CEO de Repsol, Josu Jon Imaz, explica esos momentos de la vida de un directivo, con un símil del balompié. Lo ha llamado "la soledad del lanzador de penalti". El jugador de referencia en cualquier equipo sabe que durante el Mundial tendrá que asumir la responsabilidad de tirar la falta máxima y se la jugará, pero ha de estar preparado para hacerlo. Algo así le pasa a un CEO.

Un directivo ha de ser audaz porque ha de elegir: esconderse o mirar a los ojos al problema. No tirar el penalti o bien coger carrerilla para lanzarlo. No es sencillo porque nadie garantiza qué es lo que está por llegar. Tampoco tirar el penalti significa meterlo. Pero hay una certeza: no hacer nada te lleva al abismo. Procrastinación es una palabra que viene del latín procrastinare (pro, ‘adelante’, y crastinus, ‘referente al futuro’) y se utiliza para catalogar esas situaciones en las que se posterga una acción, algo que se puede convertir en un hábito. Retrasar actividades que deben atenderse, sustituyéndolas por otras situaciones más irrelevantes o agradables, puede llevar al extremo de rozar la psicopatología. Actuar es lo contrario y es lo que toca, lanzar el penalti, aunque exige un alto grado de audacia porque el marcar no está asegurado como tampoco nada de lo que vendrá en la empresa está escrito.

Audaz porque la valentía está detrás de todos los éxitos directivos. En la tanda de penaltis de una eliminatoria o una final, el entrenador no puede ceder a la 'parálisis por el análisis', ha de tener claro quiénes son los lanzadores, no dudar ni mucho menos ponerse a estudiar en ese instante a cada jugador para saber cuáles serán los lanzadores. En la empresa la indecisión conduce a las compañías al abismo o a acabar tomando una decisión equivocada porque se acaba el tiempo.

El CEO de Repsol, además habla del "miedo escénico" como otra de las lecciones de liderazgo, también inspirada en el deporte rey. Saltar al campo y ver las gradas llenas es siempre un reto que ha de afrontarse siempre con consideración y deferencia a ese público. Un CEO no puede paralizarse ni entrar en pánico ante la junta general de accionistas ni ante una situación de crisis. Y tampoco, por muchos títulos ganados o muchos años de CEO, perder el respeto a esos aficionados. De ahí que el CEO del momento ha de tener muy en cuenta los cambios sociales que han acontecido en los que se ha instaurado una desconfianza a las empresas. No se fían de las compañías por eso hay que ganarse a la afición. Respetar el estadio es lo contrario de esos directivos que dirigen aún las compañías como si nada hubiera pasado en la sociedad en la que viven en los últimos años. Los públicos a los que se deben los CEO no lo van a permitir. Igual que las tribunas del campo de fútbol notan inmediatamente a ese jugador que ya no respeta al graderío y vive del pasado.

Cuando todo el universo se la está jugando, los CEO no pueden ser la excepción. Es así, los empleados saben que sus trabajos penden de un hilo por la IA, los jóvenes no ven futuro y los seniors amenazadas sus pensiones, los accionistas no saben si sus ahorros se esfumarán y qué decir de los gobiernos que no saben si llegarán a mañana.

Estos días he escuchado a una directiva madrileña una expresión que viene al caso "o eres cocodrilo o te conviertes en cartera". Ser CEO hoy supone ejercer una profesión de riesgo, indisociable de la audacia que he explicado. El liderazgo audaz exige moverse rápido, en terrenos muchas veces pantanosos e incluso saber defender tu empresa y posición como un saurio. Si el CEO no tira el penalti -por miedo a fallar- o pierde el respeto a los públicos a los que sirve, estará cerca de convertirse en una cartera de piel de cocodrilo, muy elegante eso sí, pero de uso meramente suntuario.

Iñaki Ortega es doctor en economía en UNIR y LLYC


domingo, 14 de junio de 2026

El Papa, el ceo del mundo

 (este artículo se publicó originalmente en el periódico 20 minutos el día 8 de junio de 2026)

No lo es. Pero debería serlo. Ojalá tuviéramos un consejero delegado del mundo como Robert Prevost. El papa León XIV ha hecho lo que tenía que hacer estos días en Madrid. También ha dicho lo que tenía que decir. Caiga quien caiga. Ha visitado a las autoridades, pero también a los pobres. Recorrido el centro de Madrid, aunque deteniéndose en la periferia porque "es donde hay que empezar". Recibido en el aeropuerto por niños enfermos y Reyes. Diciendo verdades como puños en todas sus intervenciones. La prosperidad de España está basada en el acuerdo y no en el enfrentamiento actual, afirmó el pontífice. Qué peligroso alimentar la polarización para conseguir beneficios a corto plazo. Por qué ridiculizamos la caridad cuando es lo más necesario por no hablar de lo cruel que es la inmigración que tanto ignoramos cuando la vivimos en nuestras propias carnes con nuestros antepasados.

No existe un dirigente del mundo. Si el planeta fuese una empresa necesitaría un CEO como el papa León XIV. Un líder que piensa y actúa. Piensa, como acaba de demostrar en su reciente encíclica dedicada a los peligros de la tecnología. Actúa, como estos días en Madrid con numerosos gestos para dar protagonismo a los más necesitados: enfermos, pobres, migrantes y presos. Sin despreciar la importancia de las instituciones como actores de los cambios sociales a las que ha cuidado de sobremanera desde la Familia Real, clase política, sindicatos, empresarios, universitarios y artistas.

También ese gerente del mundo ha de ser moderno y clásico. Experto en inteligencia artificial (IA) como para que la primera carta a sus feligreses sea sobre esta disrupción técnica. Clásico, para citar a los santos españoles que más han aportado a la teología como Teresa de Jesús, Juan de la Cruz o Ignacio de Loyola.

Estudioso y comprometido socialmente. Prevost se graduó en matemáticas y en teología lo que no le impidió irse a las misiones durante casi dos décadas para vivir rodeado de miseria. Ese primer ejecutivo del planeta Tierra, como el santo padre, debería saber comunicar a la vez que reflexionar. Mirar hacia fuera y hacia dentro. Ponerse al frente de una vigilia y una misa ante cientos de miles de personas y rezar a solas en la intimidad de su cuarto en la Nunciatura.

Por supuesto, el que dirija el mundo ha de pensar en lo divino y en lo profano. Y el Papa lo cumple porque los que somos católicos lo consideramos como el representante de Dios en la tierra. Y es que además lo hemos visto en sus discursos de estos días: capaz de conciliar los mensajes más espirituales de la religión cristiana con las llamadas a la acción y la denuncia cruda y valiente de lo que pasa en las calles de Madrid, sin ir más lejos.

Si se piensa en quien dirige el mundo aparece inmediatamente un oligarca tecnológico o un presidente de una gran nación. Alguno puede pensar hasta en teorías conspiranoicas y en un selecto grupo de millonarios que se reúnen en lujosas mansiones. Pero a nadie le vendrá a la cabeza un humilde agustino que dice cosas como que nadie nació siendo maestro, que los jóvenes pueden cambiar la historia con el amor o que la fe no puede ser solo un museo al que visitar. Y que defiende no tener miedo porque Jesús no abandona a nadie. Bienvenido, Papa León.

Iñaki Ortega es doctor en economía en UNIR y LLYC

sábado, 6 de junio de 2026

Magnífica

 (este artículo se publicó originalmente en el periódico La Información Economómica el día 5 de junio de 2026)

El ex CEO de Google no se lo podía creer. Miles de estudiantes de la Universidad de Arizona abucheando su discurso como padrino de la graduación. Los alumnos expresaron así su malestar por las loas de Eric Schmidt a la Inteligencia Artificial (IA). Su empresa, Google, con Gemini está lanzada en la carrera por liderar la disrupción de la IA, pero a los jóvenes esto no solo no les parece suficiente, sino un peligro para su futuro. ¡Un líder tecnológico increpado en uno de los nodos emergentes de alto crecimiento en América!

Diez días después otro directivo, esta vez el de la empresa Anthropic y en Roma, también habló de la IA y recibió el aplauso unánime. Chris Olah es el cofundador de la empresa que surgió precisamente de una escisión de OpenAI por sus escrúpulos morales y hoy gestiona Claude, el principal competidor de ChatGPT. Olah fue elegido por el Papa León XIV para presentar su primera encíclica en un acto público inédito en la historia de la Iglesia. ¡Un tecno oligarca ateo al lado del Santo Padre y en el Vaticano!

Para los graduados de Arizona fue toda una ofensa la llamada del antiguo CEO para subirse a la nave espacial de la IA. El despido de cientos de miles de empleados por parte de las grandes tecnológicas como Google o Meta, la desaparición de los clásicos programas de empleo para recién licenciados o la precarización de las condiciones para trabajar en esas empresas por la irrupción de la IA, explican la airada reacción de los estudiantes.

La IA de Anthropic, en cambio, es un ejemplo para el Santo Padre de cómo debería la IA funcionar para que no sea un peligro para la humanidad. Claude, a diferencia de otros modelos, no solo se entrena por humanos sino también por una especie de constitución moral que garantiza la privacidad, la decencia y el cumplimiento de otros derechos humanos.

Quizás para entender las dos reacciones, tan contraintuitivas, merece la pena conocer mejor la carta del Papa, titulada Magnifica Humanitas, que yo he podido hacer gracias a mi colega y tecnólogo Miguel Lucas. Para el Pontífice la IA no tiene ideología propia, pero sí hereda la de quienes la construyen, la pagan y la despliegan. El Papa no pide frenar la IA sino quiere que no nos engañemos pensando que es inocente de nacimiento, y a partir de ahí que actuar en consecuencia. Además, Robert Prevost llama la atención de «nuevas formas de esclavitud» porque hay trabajo humano invisible y penoso detrás de los modelos de IA. Millones de personas que etiquetan datos, moderan contenidos y alimentan sistemas de IA a cambio de sueldos mínimos, sin visibilidad ni reconocimiento.

Al mismo tiempo la encíclica recuerda que la IA está concentrando el poder —y la riqueza— en muy pocas manos. Esta IA «alimenta la brecha entre los incluidos y los excluidos». Y no redistribuye poder por defecto; lo concentra. Quien controla los datos, los modelos y la infraestructura de cómputo controla, en buena medida, el futuro económico y político de todos los demás. Nvidia monopoliza prácticamente el mercado mundial de chips de IA. Las cuatro grandes tecnológicas —Microsoft, Google, Amazon y Meta— son una suerte de oligopolio de la mayor parte de la inversión en infraestructuras como son los centros de datos,

Para la encíclica lo más grave es que la IA amenaza la democracia e incluso al planeta. Las aplicaciones de IA están proyectadas para dar la razón y por tanto alimentar la polarización; esos algoritmos de recomendación no se diseñaron para informar, sino para enganchar. Y el contenido que más engancha es, casi siempre, el más extremo. También añade la dimensión ambiental por la ingente energía y agua que consumen los centros de datos que permiten que funcione la IA. La Agencia Internacional de la Energía estima que la demanda eléctrica global de los centros de datos se triplicará en 2030. La promesa de eficiencia de la IA tiene un coste físico que rara vez aparece en el mismo titular que los beneficios económicos.

Por último, el Papa alerta de que la IA permite delegar decisiones irreversibles como en la guerra con las armas autónomas, pero también en cualquier sistema que resuelve propuestas para contratar una persona, conceder un crédito, elaborar un diagnóstico médico, eliminar contenidos en redes sociales y hasta sentencias judiciales. Nunca puede dejar de haber una mano humana detrás de esas decisiones.

La encíclica Magnifica Humanitas no es una condena de la inteligencia artificial. Es una advertencia sobre quién manda cuando nadie vigila. León XIV hace en 2026 lo que su antecesor León XIII hizo en 1891 con su Rerum Novarum en plena Revolución Industrial: que la tecnología sirva a las personas y no al revés. La doctrina social de la Iglesia siempre ha sostenido que el capital —sea físico, financiero o ahora algorítmico— tiene un límite que no puede cruzar: la dignidad humana. Ese límite no es una restricción al progreso, al contrario, es la garantía de que sea de verdad un progreso para toda la humanidad.

Nadie duda de que vivimos en la era de la IA, pero tampoco que también estamos ante un auge de la religiosidad. Las iglesias cada vez más llenas, los famosos cada vez más devotos, la música cada vez más espiritual por no hablar de la vuelta al espacio público de los símbolos cristianos. Si esta Iglesia, en tan pocos años, ha sido capaz de pasar de una religión católica moribunda y envejecida a protagonizar la agenda global, por qué no va a lograr domesticar a la IA. Así sea, por el bien de todos.

Iñaki Ortega es doctor en economía en UNIR y LLYC