jueves, 14 de enero de 2021

No renunciemos a la ética en tiempos de pandemia

(este artículo se publicó originalmente el día 10 de enero de 2020 en el blog de la Fundación MAPFRE)

El filósofo Thomas Hobbes afirmó en 1651 en su famoso Leviatán que únicamente se puede llegar a una sociedad en paz si se acaba con las causas de la guerra. Por eso, para la catedrática emérita de ética Adela Cortina, no podrá afirmarse nunca que estaremos en tiempos de “post-pandemia” hasta que no se erradiquen las causas de todo lo malo que nos ha tocado vivir por el coronavirus.

Algunas de sus consecuencias son conocidas como la enfermedad o la propia muerte pero hay otras menos comentadas, como son la gerontofobia y el edadismo. Ya existían antes de la COVID-19, el edadismo fue acuñado por Robert Buttler en 1969 para definir la discriminación contra las personas de más edad y la gerontofobia es esa patología social que rechaza y maltrata a las personas adultas mayores. Pero la emergencia sanitaria ha hecho crecer las causas de estas lacras. Por desgracia lo hemos comprobado cuando se usó el criterio de edad en la desescalada o en el acceso a recursos médicos, por no mencionar la minusvaloración de las cifras de fallecidos porque eran personas de avanzada edad. Quizás debería haberse recordado esos días de marzo de 2020 que la dignidad no se pierde con la edad y con la falta de utilidad; por eso hay que acompañar y cuidar a las personas hasta el final de su vida.

Siempre podrán surgir situaciones que hagan resucitar el odio a los mayores, lo que importa es proteger a las sociedades frente a ellos. Y para lograrlo, Adela Cortina defiende la ética o la forja de un carácter, siguiendo la etimología del término ya que êthos en griego clásico significaba carácter.  Por ello es preciso promover un carácter de las personas y de los pueblos que esté vacunado contra situaciones que vuelvan a provocar gerontofobia. De eso modo erradicaremos el edadismo y conseguiremos no solo respetar la dignidad humana sino también ser más inteligentes.

Estas situaciones son una lacra, es imposible que una sociedad digna discrimine a personas por pertenecer a un grupo de edad que a los supremacistas les parece repelente por esa sola característica. Pero además suponen una demostración de poca inteligencia ya que se desprecia la capacidad de producir y consumir de millones de personas (solamente en España más de 15 millones de personas mayores de 55 años que representan uno de cada tres españoles). Las personas de más edad son una enorme fuente de productividad: muchas familias dependen de los recursos de una persona mayor, miles de abuelos atienden, cuidan y educan a sus nietos, consumen una gran cantidad de recursos -no solo sanitarios- porque precisamente son la cohorte que tiene más medios económicos. Por no hablar de todos los nichos de empleo que pueden encontrarse en la conocida como economía plateada o silver economy en campos como el ocio, la vivienda inversa, la tecnología o los cuidados.

De este modo la economía cumple con su obligación de ayudar a crear buenas sociedades, como afirmaba el premio nobel indio Amartya Sen. No renunciemos a aplicar la ética en tiempos de pandemia no solo porque está bien sino porque además es inteligente. Gracias a la profesora Cortina por sus sabias palabras.

Iñaki Ortega es profesor de la Universidad de Deusto

Puede verse el contenido completo de la conferencia de la catedrática Adela Cortina en el Seminario Académico 2020 sobre Envejecimiento y COVID19, organizado por el Centro de Investigación Ageingnomics aquí

martes, 12 de enero de 2021

El deshielo

(este artículo se publicó originalmente en el diario 20 Minutos, el día 11 de enero de 2021)

 

La borrasca Filomena ha paralizado la vida en muchos lugares de España y confinado a millones de ciudadanos en sus casas. La tormenta de nieve acompañada de un frío inédito ha congelado nuestra habitual actividad. Imposible comprar el pan o dar un paseo, salir a comer o quedar con un amigo. Tras la nieve ha llegado el hielo que lo ha congelado todo. Y si peligrosa es la nevada, bloqueando calles y aislando a personas, el hielo es sinónimo de accidentes y devastación.

Pero no siempre el frío es malo. La congelación natural ha sido utilizada a lo largo de la historia para conservar alimentos y de ese modo paralizar el proceso natural de descomposición.  Aunque no fue hasta el siglo pasado cuando se generalizó la congelación en la industria de productos alimenticios y a la vez en los hogares con la llegada del frigorífico. De ese modo, todos podemos conservar en casa alimentos en perfecto estado durante mucho tiempo. Pero, si la conocida como “cadena de seguridad del frio” se rompe, o lo que es lo mismo en algún momento se interrumpe el frío y se descongela la comida para volverse a congelar, el alimento se estropeará y no podrá consumirse.

Ahora piensa en cuánta similitud con los peores momentos de la pandemia. Los comercios cerrados, la preocupación por acumular alimentos y el pánico ante lo imprevisible, de nuevo disfrazarnos para salir a la calle y la sensación de miedo y fragilidad. Pero aún hay más. Confinarnos y desconfinarnos para volver al confinamiento, rompiendo imprudentemente la “cadena de seguridad” -esta vez sanitaria-. La nieve y Filomena -sin quererlo- nos recuerdan que, aunque estemos encerrados en casa, no podemos dejar de actuar para lo que venga después. Retirar la nieve de nuestras terrazas para que no se hiele y lastime a nadie; limpiar las tuberías para que no se bloqueen cuando lleguen las heladas o podar los sufridos árboles por el peso de la nieve que eviten accidentes. Por eso, esta misma semana, que hemos conocido que las ayudas, como los ERTEs, se mantendrán por lo menos hasta mayo, no podemos dejar de pensar que tarde o temprano vendrá el deshielo de la economía. El apoyo público ha congelado la actividad empresarial, pero nos tendríamos que preguntar qué estamos haciendo ahora para que cuando llegue ese deshielo económico no sea un drama. Qué decisiones están tomando los gobiernos, pero también nosotros en nuestro ámbito personal, para cuando lleguen los despidos, los cierres empresariales y la recesión. Acaso estamos aprovechando estos tiempos para reciclarnos, ahorrar o reinventar nuestros negocios. Dónde están los planes para reflotar empresas o recualificar a millones de trabajadores. No se trata de aguar la fiesta ni de ser un agorero sino simplemente ser previsor a la luz de todos los informes económicos conocidos.

Filomena con su brutalidad de extraordinario fenómeno atmosférico nos puede hacer reflexionar que en plena borrasca– o en pleno covid19- hay que actuar para evitar futuros males mayores.

Iñaki Ortega es director de Deusto Business School y profesor de la UNIR

 

 


domingo, 3 de enero de 2021

Edadismo laboral

 (este artículo se publicó originalmente en El Correo el día 2 de enero de 2021)


El año 2020 ha terminado con un triste récord de prejubilaciones. Nunca hubo tantas personas con cincuenta años que hayan tenido que salir de su empresa. Grandes corporaciones de la banca o la energía, en un clima de paz social, han aprovechado la pandemia para reducir plantillas. Al mismo tiempo sindicatos y empresarios también se han puesto de acuerdo en criticar al ministro Escrivá por querer acabar con la jubilación forzosa. Todos ellos defienden el relevo generacional para reducir el desempleo juvenil pero como demostró el trabajo empírico de los profesores Munnell y Yanyuan de la Universidad de Stanford, retrasar la jubilación no provoca ningún tipo de desplazamiento de empleo. El otro argumento que usan es la supervivencia, puesto que la crisis y la digitalización han hecho aflorar un exceso de personal. Pero donde no hay lógica económica es que el ajuste recaiga exclusivamente sobre los trabajadores mayores. Es simplemente una demostración de edadismo, término acuñado por el gerontólogo Robert Butler para definir la discriminación contra las personas de más edad.

Estos días también el Banco de España ha informado que el 40% de los trabajadores se prejubila antes de alcanzar la edad legal, lo que no ayuda precisamente a sanear la Seguridad Social y ralentiza el proceso de alinear la edad de retiro con la demografía. Es sabido que las prejubilaciones son un pacto que permite cobrar pensión sin perder beneficios: el trabajador no pierde, la empresa gana porque reduciendo gastos es más competitiva, pero qué pasa con la economía y por tanto con el bien común.

El envejecimiento es imparable y la cohorte entre los 55 y 70 años, representa ya un 19,4% de la población total frente al 8,8% de los jóvenes de entre 16 y 24 años, esa brecha seguirá aumentando sin freno en las próximas décadas. Al mismo tiempo la realidad socioeconómica de los seniors -como recuerda el Círculo de Empresarios y la Fundación Trasforma- está afectada no solo por procesos de prejubilación y de reemplazo por trabajadores de menor edad, sino también por mayores tasas de paro, especialmente de larga duración, que afectan negativamente a su futuro y elevan el gasto en protección social.

Que no haya talento senior trabajando puede también afectar negativamente al crecimiento. Entre 2018 y 2033, según CaixaBank, la caída de la fuerza laboral reduciría 0,4 puntos el crecimiento anual español. Asimismo, según el Índice Edad de Oro de la consultora PwC, prolongar la vida activa de los mayores (hasta alcanzar tasas de ocupación en torno al 78% que disfruta Nueva Zelanda frente al 53% español), representaría un incremento de más de 15 puntos del PIB nacional. Pero y he aquí la paradoja, los emprendedores de más de 55 años no dejan de aumentar superando ya a los menores de 30 años, como indica el informe GEM. Con su propia empresa los seniors demuestran lo que no les permite el mercado laboral, una cultura del esfuerzo, experiencia para adaptarse a los cambios o destreza para resolver problemas.

Estamos a tiempo de frenar esta sangría de bienestar para lo que es imprescindible un pacto por el talento senior y contra el edadismo. Un acuerdo -esta vez sí- de todos, que pase por desincentivar la jubilación anticipada y fomentar la ampliación voluntaria de la vida laboral; rediseñar las políticas activas de empleo dando mayor peso a la formación continua; flexibilizar las condiciones laborales con nuevos modelos de carrera profesional y medidas fiscales para favorecer el reclutamiento, la promoción y la retención de trabajadores de mayor edad.

Iñaki Ortega es profesor de Deusto Business School