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jueves, 21 de abril de 2022

Emprendedor o depredador

 

(este artículo se publicó originalmente en el periódico 20 Minutos el día 18 de abril de 2022)


En primero de carrera, a los economistas nos enseñan el concepto de destrucción creativa. Fue formulado el siglo pasado por Schumpeter, austriaco de nacimiento que se mudó a la Universidad de Harvard para ejercer como profesor. La teoría defiende como los auténticos emprendedores a aquellos que con sus innovaciones destruyen la competencia porque consiguen una mejora imbatible. El ejemplo que explico en mis clases es el de la industria de la música: los suecos de Spotify han arruinado a las discográficas americanas pero los usuarios estamos encantados porque la música es más accesible que nunca. También si piensas en cómo ha evolucionado la fotografía o la industria del cine, encontrarás el mismo concepto y cómo hemos ganado con las innovaciones de pioneros emprendedores.

Otros investigadores han complementado los rasgos del empresario y han incluido el riesgo y también el estar alerta. Eso sí, en todas esas definiciones encontraremos el elemento común de Schumpeter: la creación de valor. Y no solo para los que ejercen la actividad empresarial sino también para la sociedad a la que sirven. En la era de la pandemia es un buen ejemplo el de los emprendedores turco-alemanes -inventores de la vacuna de Pfizer- que les ha hecho ganar dinero, pero además ha salvado millones de vidas.

Por desgracia, la pandemia nos ha traído contraejemplos que ocupan estos días las noticias de supuestos empresarios que ni han innovado, ni creado valor, pero que se han lucrado en plena tragedia. En marzo de 2020 cuando morían miles de personas cada día, los gobiernos necesitaban conseguir mascarillas y pagaron lo que fuese por conseguirlas. En Madrid por supuesto, como nos cuenta la fiscalía anticorrupción, pero en otras muchas administraciones de España pasó exactamente lo mismo. Aunque no ocupe los titulares, en cada localidad española un pícaro creyó que era su momento, haciendo gala de que el Lazarillo de Tormes es antepasado de todos nosotros. Llamar al primo del alcalde, al hermano de la presidenta, pero seguro que también al cuñado sindicalista o al camarada del partido que trabaja en la Moncloa, para ofrecer mascarillas fue lo habitual en plena emergencia sanitaria

Alguien dirá que los hoy investigados aprovecharon una oportunidad y que no hay culpa en ello, por eso desde aquí animo a que repasen los manuales de economía porque no crearon valor para nadie, más que para ellos mismos. No son emprendedores sino ventajistas, que el diccionario dice que son aquellos que tratan de obtener beneficio en todos sus asuntos, aunque tengan que recurrir al engaño. Ese ardid funcionó -ni tenían experiencia en China ni en productos sanitarios y el material fue defectuoso- aun así, cobraron millones por las mascarillas. Pero no deberían librarse de la justicia tampoco aquellos que inflaron los precios para lucrarse en plena tragedia, aunque las mascarillas no se rompiesen tras su primer uso. Cada euro de sobreprecio impedía que una protección llegase a un enfermo. En la conciencia de todos esos supuestos emprendedores quedará si actuaron como tales o simplemente como depredadores que saquearon a los de su misma especie.

Iñaki Ortega es doctor en economía en La Universidad de Internet UNIR y LLYC 

jueves, 13 de enero de 2022

Djokovic o Pfizer

(este artículo se publicó originalmente en el periódico 20 Minutos el día 10 de enero de 2022)


Es infinitamente más probable que por tu cuerpo fluya un suero de Pfizer o Moderna que haber escuchado las bases científicas del discurso de Djokovic contra de la vacunación. Por eso quiero contarte cómo surgieron ambas vacunas para que nos centremos en lo que nos afecta de verdad, por mucho que nos guste el tenis del actual número uno del mundo.

Pfizer y Moderna han sido las vacunas que más se han inoculado en nuestro país según datos del Ministerio de Sanidad puesto que a finales de diciembre del 2021 de los 264 millones de dosis disponibles, el 80% corresponden a estos dos tipos. De modo y manera que si el 90% de los que vivimos aquí estamos vacunados, aplicando un simple cálculo, siete de cada diez españolitos tenemos fluidos en nuestro organismo generados por esas farmacéuticas.  

Moderna desarrolló en Estados Unidos una de las vacunas contra el coronavirus en tiempo récord, apenas unas semanas en 2020, gracias a su técnica del ARN mensajero. Fue fundada por varios profesores universitarios que ejercían en Boston y alrededores, sede de las principales universidades del mundo en el campo de la salud. Langer, profesor en el Instituto Tecnológico de Massachussets (MIT) y uno de los científicos vivos con más patentes presentadas, decidió apoyar un plan para desarrollar avances sobre terapias celulares de Rossi, un investigador de la Universidad de Harvard. A ellos se le unieron otros prestigiosos científicos también de Harvard. Inmediatamente se sumó un inversor armenio -graduado en el MIT- que puso los fondos para hacer crecer la idea y fichar a un francés -con un máster por Harvard- como consejero delegado, que venía de gestionar compañías de éxito. La ubicación de todos ellos en Boston no es casual, de hecho, es causal. Si se hubieran localizado en cualquier otro lugar del mundo, esta vacuna no existiría y 52 millones de dosis de Moderna no se habrían repartido en España.

Pfizer y BioNTech consiguieron pasar de un proyecto a una vacuna aprobada oficialmente en solo diez meses, cuando ese mismo proceso para las vacunas de la varicela, el sarampión o la hepatitis, supuso décadas, conforme a datos de Oxford. Poco se sabe que detrás de ese éxito está la diversidad. Un matrimonio de científicos de origen extranjero funda su empresa en Alemania. Sahin, médico de 55 años, hijo de un trabajador turco de la factoría de la Ford alemana y su esposa y colega Türeci, dos años más joven, igualmente de raíces turcas. Juntos fundaron BioNTech, una farmacéutica alemana que ha desarrollado la vacuna y que sus socios estadounidenses, Pfizer, han producido y distribuido a escala global. Sin ese matrimonio turco acogido en Alemania y apoyado por el sistema de innovación europeo y americano, la vacuna de Pfizer no sería realidad y 152 millones de viales no hubieran llegado a nuestro país.

Como seguimos vivos y por nuestras venas es casi seguro que corre algo de Moderna y Pfizer, es una buena noticia porque eso significa que ese talento, ciencia y diversidad vencen siempre a los mitos, la superstición y el localismo del discurso de negacionistas como Djokovic.

Iñaki Ortega es doctor en economía y profesor de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR)

jueves, 2 de diciembre de 2021

La palabra del año para Cambridge (y para la economía española)

(Este artículo se publicó originalmente en el diario La Información el día 30 de noviembre de 2021)


Los diccionarios por estas fechas eligen una palabra que acumula méritos para ser considerada la del año. Oxford busca siempre un término o significado nuevo, Cambridge que se haya buscado mucho en su diccionario online y en España, la Fundeu prioriza que forme parte del debate social de ese año. Palabras como confinamiento, cuarentena o posverdad han tenido ese honor en los últimos tiempos.

Este año Cambridge nos ha sorprendido eligiendo a la perseverancia. Ni vacuna, ni criptomonedas y tampoco apagón se han buscado tanto como el nombre de la misión espacial a Marte. Las búsquedas de la palabra se dispararon después de que el vehículo de nombre Perseverance hiciera su descenso al planeta rojo el 18 de febrero del 2021. En la página web de Cambridge se ha encontrado más de 243.000 veces durante 2021. El diccionario inglés ha definido estos días la perseverancia como "el esfuerzo continuado para hacer o conseguir algo, incluso cuando esto es difícil o lleva mucho tiempo". Los expertos han explicado que es normal lo que ha sucedido con esa palabra porque perseverancia no es una palabra común y los usuarios del diccionario, estudiantes de inglés en su mayoría, han debido de buscarla para entender su significado. Pero lo más interesante de la elección de la palabra este año es que los editores consideraron que era perfecta dados los desafíos a los que se ha enfrentado el mundo en 2021. "Al igual que se necesita perseverancia para hacer aterrizar una nave en Marte, se necesita para afrontar los retos y la interrupción de nuestras vidas a causa de Covid-19, los desastres climáticos, la inestabilidad política y los conflictos".

Por mucho que la NASA usase perseverance para bautizar su misión a Marte, es una palabra de origen latino, en concreto del verbo perseverare. En español y para la RAE es la acción de mantenerse constante en la prosecución de lo comenzado, en una actitud o en una opinión. Por eso, aunque nadie me lo ha pedido, me atrevo a considerarla la palabra del año también para la economía española.

Perseverancia para lograr los fondos europeos y que no pasen de largo -como en los años 40 del siglo pasado el plan Marshall- porque no cumplíamos las condiciones que puso el general americano. Ahora Next Generation son 140.000 millones de euros de los cuales 72.000 millones en subvenciones no reembolsables y 68.000 en créditos, pero sobre todo es un 11 por ciento del PIB de nuestro país y el doble de fondos que hemos recibido en los últimos seis años. Unas ayudas claves para un nuevo modelo económico que nos permita competir y crear empleo sostenible en el tiempo. Pero que exigen constancia de nuestro tejido, a la vista de los retrasos, pero también de los gestores europeos para no desesperarse ante las batallas de los socios del gobierno español.

Perseverancia para vencer a la inflación a pesar de las decisiones políticas que han elevado la factura de las pensiones o la incapacidad para frenar la escalada de los precios de la energía que ya se ha trasladado a los costes industriales con parones y cierres de la actividad en sectores como la automoción o la construcción.

Perseverancia para superar la crisis de suministros porque no somos soberanos desde un punto de vista industrial y nadie pensó en ello en los últimos treinta años. Sin factorías de microchips o de baterías, pero importando provisiones de manera sistemática, estamos condenados a depender del tablero de la geopolítica global en el que no somos nadie.

Perseverancia para que la reconstrucción no pase exclusivamente por los fondos europeos, ni por planes gubernamentales o por sofisticados proyectos privados que necesitan al BOE sino por cientos de miles de talentos que trabajen y emprendan en nuestro país. Por acciones concertadas que democraticen el acceso a las tecnologías emergentes también a las pymes. Con estrategias publico-privadas para tener más españoles preparados, respetados y admirados; más emprendedores e innovadores que hagan grandes nuestras empresas y nuestro país.

Perseverancia para no caer en el enfrentamiento y mantener los acuerdos que nos han hecho disfrutar del mayor periodo de prosperidad en la historia de nuestro país. O fuerza suficiente para que nuestra democracia no caiga ante los ataques populistas y nacionalistas. Si prefieren, persistencia para no caer en la trampa de reformar nuestra carta magna que ha hecho posible que seamos uno de los mejores países del mundo para vivir. En definitiva, mantener el rumbo de los acuerdos entre diferentes, sean políticos o empresarios y sindicatos, para reconstruir juntos la España que nos ha dejado la pandemia.

Gracias, por tanto, a la NASA por habernos dado, sin querer, una lección de economía y demostrarnos que, sí a Marte se puede llegar con un coche de nombre perseverancia, también podemos llegar a tiempo para firmar en Bruselas las reformas que hagan posible la llegada de esos fondos europeos que cambiarán el destino de nuestro país.

Iñaki Ortega es doctor en economía y profesor de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR)

lunes, 26 de julio de 2021

Los extremos se tocan

(este artículo se publicó originalmente en el periódico 20 Minutos el día 26 de julio de 2021)


Las ideologías llevadas al extremo se radicalizan y acaban por promover idénticas actuaciones antidemocráticas. Por ello suele usarse la expresión “los extremos se tocan”. Esta afirmación en una línea plana parece imposible de demostrarse ya que un punto en la parte derecha de la recta y otro en la izquierda nunca se podrían llegar a juntar. Pero un filósofo francés ha conseguido probarlo usando el dibujo de una herradura. Los extremos de la herradura casi se juntan porque son la base del arco de dicha forma. Parece ser que el arco semicircular con forma de herradura nació en la península ibérica antes incluso de que se aplicase en la arquitectura románica y de ahí se extendió a todo el mundo. Lo vemos en la mezquitas pero también en las catedrales.

Esa podría ser la expresión gráfica del mercado laboral español. Un arco de herradura. Dos extremos, los más jóvenes y los más mayores que soportan con su desempleo y precariedad un absurdo reparto de cargas y beneficios. La cohorte de los treinta y muchos a los cuarenta y tantos años tiene empleo, estabilidad y sobre todo muchas ofertas a su medida. Pero el mercado se seca si tienes más de cincuenta años y prácticamente la única posibilidad de seguir activo es ponerte por tu cuenta. A su vez, ser joven en estas latitudes es estar condenado a sufrir sueldos de miseria o padecer un desempleo del 50 por ciento.

Aun así, tenemos que decir alto y claro que en nuestra sociedad, jóvenes y mayores no son extremos enfrentados como algunos quieren trasmitir. No lo son en el empleo donde destruir el talento senior en las empresas no garantiza que sus puestos sean ocupados por los más jóvenes. Tampoco en la economía en la que sólo pueden pagarse las pensiones del futuro poniendo a trabajar a pleno rendimiento a ambos grupos etarios. Y ni mucho menos en la política, donde únicamente se consiguen cambios sístémicos alineando las inquietudes de jóvenes y mayores.

Nuestra economía en crisis pide a gritos que empresas, ciudadanos y administraciones se comprometan a situar la diversidad generacional en la más alta prioridad, con actuaciones valientes y coherentes. Hoy dos generaciones, los mayores y los jóvenes, se han convertido en invisibles para los empleadores. La economía, pero también la política les ha borrado de la ecuación porque o bien no tienen recursos económicos o no resultan ya atractivos. Son dos cohortes muy diferentes, por supuesto, cada una con sus fortalezas y también con debilidades. Pero por qué no pueden convertirse en el motor oculto de una sociedad que necesita reinventarse ante los últimos acontecimientos que han puesto en jaque todas nuestras certezas.

Cada época histórica ha tenido una generación que ha sido motor de desarrollo. Los jóvenes en la década de 1960, las mujeres con la democracia o la inmigración en el nuevo milenio. La combinación de pandemia y avances científicos hace que sean dos generaciones en la sombra (los menores de veinticinco años y los mayores de cincuenta y cinco) los llamados a liderar el mundo.


NOTA: el contenido del artículo se desarrolla en el libro DE LOS ZETAS A LOS SILVER editado por Plataforma Editorial y que verá la luz en septiembre de 2021


Iñaki Ortega es doctor en economía y profesor de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR)

jueves, 4 de marzo de 2021

Empresas mutantes

 

(este artículo se publicó originalmente en la revista Actualidad Económica de El Mundo el día 28 de febrero de 2021)


La epigenética explica cómo afecta a los genes el ambiente que nos rodea hasta conseguir que muten. El término se atribuye a Conrad Waddington que en 1942 lo acuñó para analizar las interacciones causales entre los genes y su entorno dando lugar al fenotipo. Es decir que un fenotipo son los genes típicos de un determinado ambiente. Los rasgos fenotípicos no solo son físicos como grupo sanguíneo, estatura o pigmentación sino también conductuales. Popularmente se asocia fenotipo con raza o rasgos de los habitantes de un continente, pero la epigenética implica mucho más ya que se ocupa de las modificaciones químicas que sufre el ADN inducidas por mecanismos asociados a los hábitos de vida, tales como el ejercicio físico, la nutrición, el estrés o fármacos.

Por lo tanto, nuestro destino no solo depende del código genético con el que nacemos, sino que éste puede modificarse por el entorno. De hecho, muchas enfermedades graves se desarrollan por el efecto de una mala alimentación, el sedentarismo o la contaminación. La epigenética afirma que el nuevo fenotipo resultante de esos influjos externos no solo puede provocar la muerte sino también la de sus hijos ya que es hereditario.

Si eso pasa en el ser humano, qué puede suceder en una obra del hombre cómo son las empresas. Por ello se habla también de las empresas mutantes. De compañías que cambian su legado y su objetivo social fruto del ambiente en el que se desenvuelven. El investigador de Deusto Business School, Jon Mikel Zabala explica estas dinámicas del siguiente modo: “cuando las empresas están sometidas a entornos en los que los cambios ocurren con una frecuencia e intensidad cada vez mayor, su ADN tiene que mutar de una manera mucho más rápida para poder adaptarse». Ahora pensemos en la coyuntura que nos ha tocado vivir, con todas las certezas de antaño saltando por los aires. Los estándares de la deuda, las exportaciones, los mercados, los tipos de interés, la productividad y hasta la fiscalidad han cambiado radicalmente. La mortalidad de las empresas se ha disparado y ya no hay barrera que pueda parar la disrupción de los nuevos entrantes. La epigenética empresarial nos lleva a pensar que las deprimentes tasas de crecimiento, empleo y consumo acabarán impactando en el ADN de las compañías para hacerlas frágiles y moribundas. Por desgracia, esto no está tan lejos de la realidad que viven las pymes del sector turismo y hostelería en países como España.

Pero en biología la epigenética puede tener también consecuencias positivas sobre la salud del expuesto y en la de sus descendientes. Ésta es la idea que sostiene Jörg Blech, bioquímico, autor del libro El destino no está escrito en los genes, al afirmar que «cuando damos un paseo o salimos a caminar, no sólo quemamos calorías, también modificamos la actividad de los genes en el hipotálamo y desactivamos el efecto de aquel que nos abre el apetito». En 2005, el escritor americano Dan Buettner publicó en la revista National Geographic un reportaje titulado Los secretos de una vida larga. Con rapidez el número se convirtió en uno de los más vendidos de la historia del magazine. Identificó las llamadas «zonas azules» para referirse a aquellos lugares del mundo en los cuales las personas son más longevas. En estos lugares, en los que sus habitantes viven más que en el resto del mundo, las personas llegan a los 100 años a un ritmo diez veces mayor que, por ejemplo, en Estados Unidos. Y lo consiguen gracias a modificar su genética con hábitos saludables como hacer ejercicio, huir del estrés, cuidar la alimentación o tener un propósito de vida diario.

En la actividad económica también puede aprovecharse el entorno para bien. Jamás hemos vivido un momento en el que la tecnología sea tan accesible y potente. Nunca hasta hoy la transformación digital ha estado en todas las agendas públicas. Por primera vez la desintermediación y la competencia perfecta son sueños a nuestro alcance. Del auge de las criptomonedas y el nuevo activismo digital de los foreros de GameStop en la Bolsa puede aparecer una epigenética buena para las empresas. La clave, siguiendo al profesor Zabala, es la innovación, pero entendida como un proceso de búsqueda sistémica y sistemática. Sistémica porque las empresas tienen que analizar no solo su sector, sino otros que tienen una cierta distancia con respecto al suyo, pero que debido al uso de la tecnología pueden ser una amenaza en un futuro próximo. Y sistemática porque ha de ser continua, apoyada en herramientas como la prospectiva tecnológica, el emprendimiento corporativo o el benchmarking de patentes que ayudan a identificar hacia dónde se están moviendo los mercados. Empresas que mutarán con la innovación pero que lo harán para bien.

 

Iñaki Ortega es director de Deusto Business School y profesor de la UNIR

martes, 26 de enero de 2021

Lola Flores y los youtubers

(este artículo se publicó originalmente en el diario 20 Minutos el día 25 de enero de 2021)


Existe la posibilidad, remota, de que no te hayas enterado de lo que ha pasado con un tipo de apodo El Rubius cuya profesión es jugar y comentar videojuegos. Este chico forma parte de una nueva élite social y económica que son los youtubers. Jóvenes simpáticos que a través de internet graban videos o comentan en directo, generalmente juegos, pero también futbol, moda o música. Gracias a la democratización de la tecnología - todo el mundo puede tener un asequible dispositivo con una barata conexión- millones de personas les siguen en las diferentes plataformas como YouTube, aunque también Instagram, Twitter y ahora Twitch. Una espectacular audiencia, muy por encima de cualquier medio de comunicación convencional y además más fiel que ha provocado la migración de los anunciantes a estos canales. De modo y manera que chavales como TheGrefg o Lolito han pasado de tener una afición gamberra que les permitía abandonar estudios a ser literalmente multimillonarios. Pero con la fortuna también han llegado las obligaciones fiscales. España dispone de un sistema tributario progresivo, cuanto más ganas, más pagas. Al parecer cuando se explicaba esto en clase los youtubers no lo escucharon o se quedaron dormidos. Ahora han decidido que los impuestos para ricos -como ellos- son confiscatorios y que mejor pagar menos en Andorra, total está muy cerca, qué bonitas las montañitas, varios colegas ya tomaron la decisión y no han bajado en seguidores (ni en ingresos).

Hasta aquí lo que ya se sabía. Por eso propongo poner el foco no en ellos, su ética ya ha quedado retratada, sino en su público. En el caso de El Rubius son 39 millones solo en YouTube. Una gran mayoría jóvenes que quizás pendientes de la nueva actualización de Fortnite les ha impedido leer esta semana que tenemos el mayor paro juvenil o que sufrimos los peores datos económicos del continente. Entre esos millones de seguidores es seguro que muchos cientos de miles estén cobrando el desempleo, o estén en un ERTE o hasta que sean beneficiarios del Ingreso Mínimo Vital. La cifra exacta, conforme a los últimos datos disponibles en España, es algo más de 6 millones de personas que viven de lo público, sin contar los trabajadores de la administración o los jubilados porque entonces las cifras de los que viven del erario alcanzarían los 20 millones. Hagamos unos cálculos sencillos, si un 40% de españoles depende del presupuesto público una gran parte de esa audiencia youtuber (o sus familias) también dependerá de los ingresos públicos que proceden de los impuestos. ¿Nadie, entre esos millones, lo habrá pensado? ¿nadie ha caído en la cuenta de que cuando sus ídolos se van, hacen más pobre y precaria a España y a sus seguidores? No hubiera sido más sencillo pedir como Lola Flores a todos sus fans una peseta para pagar a Hacienda. No. Mejor que siga la fiesta, aunque sea desde Andorra. Alguien pagará las facturas de sus seguidores.

Iñaki Ortega es director de Deusto Business School y profesor de la UNIR

domingo, 6 de diciembre de 2020

Marshall no puede olvidarse otra vez de España

 


(este artículo se publicó originalmente el día 6 de diciembre de 2020 en el suplemento Actualidad Económica del periódico El Mundo)


La última vez que por estas latitudes hubo que reconstruir un país desde las ruinas fue tras una guerra. No todos los europeos tuvimos la suerte de contar con los mismos resortes para dejar atrás la destrucción. De hecho, aunque nuestra contienda fue antes que la Segunda Mundial, no haber sido parte del Plan Marshall consagró una década de retraso económico español. El llamado “European Recovery Program” sirvió para reconstruir la industria europea y el general que lo promovió recibió el Nobel de la Paz -aunque se olvidará de nuestro país-. El Congreso americano movilizó 12.000 millones de dólares de la época desde 1947 hasta 1951, eso sí, condicionados a la elaboración de reformas estructurales como la apertura comercial o el rigor presupuestario. “Una cura, no una medicina para paliar los padecimientos” afirmó el secretario de estado americano en una conferencia en la universidad de Harvard para explicar el plan que ha pasado a la historia con su apellido.

Si en ese momento las motivaciones económicas -pero también las políticas para frenar el avance del totalitarismo- estuvieron en el parto del plan de reconstrucción que obvió a España. Ahora tenemos que hacer posible que la palanca política y la económica nos impulsen para salir de este desastre. Ya formamos parte de una unidad política como la Unión Europea que puede ser parte de la salvación. Pero somos la economía que más retrocede en términos de PIB, la que más empleo ha destruido, la que más muertos tiene por la pandemia, con millones de personas tiene en riesgo de exclusión y decenas de miles de millones perdidos por la crisis del turismo.

No luchó en la segunda guerra mundial, ni ha sido miembro del gobierno como Marshall, pero hay un español que tiene las ideas tan claras como el político americano para reconstruir un territorio. Luis Miguel Gilpérez ha servido a su país de otro modo. Es un ingeniero que presidió Telefónica en España después de una larga carrera en Latinoamérica; fue el causante de que la multinacional desplegará la mayor red europea de banda ancha en nuestro país y de hibridar telefonía y servicios al hogar. Tras estudiar durante el confinamiento los daños de nuestra economía ha publicado un libro que resumen un plan integral para la reconstrucción poscovid-19.

Acelerar que la digitalización de la educación, la administración o el sistema de salud nos permitan ser el mejor país del mundo para teletrabajar. Acabar con la España vaciada creando polos de riqueza por todo el país sobre bases industriales. Situar el uso de la tecnología como la gran prioridad para desarrollar capacidades y talento en sectores como la logística de última milla, la agricultura intensiva o la producción audiovisual. Avanzar en la descarbonización liderando las energías renovables y el vehículo autónomo con nuevas infraestructuras y el mejor marco normativo. Abrir nuestro país al mundo con empresas más grandes, más competitivas, más innovadoras y que vean en el exterior una oportunidad para seguir creando empleo y riqueza. Son algunas de las ideas fuerza de este plan de reconstrucción que sienta sus bases sobre el talento de los españoles.

Corea del Sur, Israel o Alemania representan historias de éxito basadas en el talento. Ecosistemas en el que lo público y lo privado se han orquestado para promover la igualdad de oportunidades basada en el mérito y la capacidad. Una educación exigente y cercana a la empresa que egresa ciudadanos libres con espíritu emprendedor. Una cultura que dignifica el riesgo por cambiar lo establecido para mejorar el bien común. Una sociedad civil que no se arredra en los momentos críticos, solidaria si se precisa, pero valiente ante el poder que en ocasiones lastra la iniciativa individual.

 Los historiadores han intentado explicar por qué Marshall se olvidó de España. Las razones no solo residían en lo económico -el régimen autárquico y planificado español impedía una rápida modernización- sino también en la política -el populismo autoritario franquista no era el socio ideal para promover el ideario liberal americano-. Ojalá que en el futuro nunca un historiador concluya que, otra vez, las debilidades económicas españolas y sus servidumbres políticas impidieron una reinvención al mismo tiempo que nuestros pares europeos. Para evitarlo hagamos que la reconstrucción no pase exclusivamente por los fondos europeos, ni por planes gubernamentales o por sofisticados proyectos privados que necesitan al BOE sino por cientos de miles de talentos que trabajen y emprendan en nuestro país. Con más españoles preparados y respetados; con más emprendedores e innovadores que hagan grandes nuestras empresas, no habrá nunca más un plan Marshall que nos olvide.

 

Iñaki Ortega es director de Deusto Business School y profesor de la Universidad Internacional de la Rioja (UNIR)

miércoles, 2 de septiembre de 2020

Un premio al civismo para los mayores

(este artículo se publicó originalmente en el medio especializado 65yMas el día 2 de septiembre de 2020)

La primera ola de la pandemia ha sido especialmente dura con las cohortes nacidas antes de 1959. En concreto desde los inicios de la COVID-19, diversos informes internacionales apuntaron a los adultos mayores como el principal foco de riesgo de muerte. Esta circunstancia se ha puesto de manifiesto de forma muy evidente en el caso de España a la luz de los datos conocidos -a fecha de julio de 2020-. Conforme estos números, sin duda, el conjunto de población que más ha sufrido el coronavirus, en términos de mortalidad, en nuestro país ha sido el de aquellas personas cuya edad superaba los 74 años, el 82,04 % de los fallecidos se han concentrado en ese rango de edad. El segundo grupo de edad más afectado es el de aquellas personas cuya edad estaba comprendida entre los 65 y los 74 años, concentrando el 11,62% de los fallecidos. Por último, el grupo de edad de personas menores de 65 años en su conjunto han concentrado tan solo el 6,34% de los fallecidos o si se prefiere así: el 93,66% de las víctimas mortales por el virus tenían más de 65 años.

 

Pero el verano trajo el fin del confinamiento en España y la llamada “nueva normalidad” impuso una serie de medidas de prevención ante eventuales contagios que se resumieron en las tres “M”. A saber, mascarilla, metros de distancia social y limpieza de manos.  Ahora que estamos ya terminando el estío y asistimos estupefactos al aumento desbocado de brotes a los largo y ancho de toda nuestra geografía no podemos caer en el error de pensar que las tres “M” no han funcionado. El Instituto de Salud Carlos III dependiente del Ministerio de Sanidad, publica periódicamente los informes de la Red Nacional de Vigilancia Epidemiológica (Renave). Si vemos los últimos datos del 27 de agosto en lo que se refiere a contagios por edad en personas con inicio de síntomas y diagnóstico no queda otra que felicitar a las personas mayores que viven en España. Si a principios de mayo, todavía en estado de emergencia, la mediana de la edad de los contagiados era 60 años (el 56% de todos los casos) hoy, después de tres meses de nueva normalidad, esa edad ha bajado a los 37 años. O lo que es lo mismo los contagiados ahora mayoritariamente están en el entorno de los cuarenta años frente al principio de la pandemia que se situaban en los sesenta. El rejuvenecimiento de los enfermos por el SARS-COV-2, conforme a Renave, se incrementa en comparación con los datos de hace cuatro meses. En pleno confinamiento atacaba a los mayores, uno de cada cuatro era mayores de 80 años. Ahora esa ratio es para los jóvenes entre 15 y 29 años. Incluso si se amplía la cohorte de edad hasta los 59 años se comprueba que siete de cada diez nuevos infectados no ha superado los sesenta años. La buena noticia es que los mayores de 80 años solo suponen el 5% de contagiados, pero, por desgracia, eso se traslada en un 22% de hospitalizados frente a los menores de 30 años que solo tienen un 1 % de ingresos hospitalarios.

 

Con todas las reservas por ser esta una situación inédita, podemos afirmar que las personas con más de sesenta años en España han sido ejemplares a la hora de cumplir las recomendaciones para evitar contagios y están aplicando fielmente las tres “M”. Los mayores salen, pero se relacionan con prudencia con terceras personas, lo hacen con mascarilla y se encargan de que la higiene sea norma en su vida cotidiana. El ministro Salvador Illa afirmó hace unos días que “son un espejo en el que mirarse”, a mi me gustaría dar un paso más y reclamar una proporcionalidad a los medios de comunicación. Si en plena emergencia solamente se alertaba de residencias y de ancianos fallecidos, ahora tendría que dedicarse la misma atención y los mismos titulares a reconocer a la población adulta mayor española su ejemplar civismo y cómo sin su comportamiento estaríamos ahora de nuevo en un confinamiento con las consecuencias sanitarias, pero también económicas que todos conocemos. Por ello, desde aquí, mi reconocimiento a todos ellos.



Iñaki Ortega es director de Deusto Business School y profesor de la UNIR


Fuente. Renave de IC3 sobre noticia Diario Vasco 30 agosto de 2020

lunes, 31 de agosto de 2020

¿Quién cuida a las empresas? Las catástrofes que no se ven

 (este artículo se publicó originalmente el 31 de agosto de 2020 en el diario 20 Minutos)


El final de agosto ha traído inundaciones e incendios; casas anegadas por las tormentas, pueblos desalojados por las llamas, pero por suerte también bomberos trabajando a destajo. Miedo y destrucción mitigada por policías, bomberos y miembros del ejército. Sin embargo, en las noticias de este verano además de catástrofes naturales he encontrado otros fenómenos que también están ya generando miedo en España y -si no hacemos nada- también destrucción. No pienses que hablo de los rebrotes de la pandemia, una suerte de espada de Damocles que nos ha acompañado estos meses impidiéndonos como en el mito griego disfrutar de los banquetes de Siracusa (las vacaciones) por el temor a que la afilada arma (el coronavirus) sostenida por un único pelo de la crin de un caballo (la gestión de la crisis sanitaria) se cayese sobre nuestra cabeza (un nuevo confinamiento). No. A fuerza de leer contagios y observar nuevas medidas nos hemos acostumbrado a vivir con esa amenaza porque además confiamos en que los médicos con los nuevos tratamientos y los científicos con la vacuna nos salven. Me refiero a una catástrofe quizás menos evidente pero igualmente destructiva si nadie nos ayuda. La destrucción del tejido empresarial español.

Por mi trabajo no dejo de leer la actualidad empresarial cada día y he seguido con tristeza las noticias de una gran empresa española en apuros. Duro Felguera forma parte de la historia empresarial de nuestro país. Fundada en Asturias a mediados del siglo XIX ha sido capaz de evolucionar con los tiempos, de la extracción del carbón a la siderurgia pasando por la producción de bienes de equipo y en la actualidad la gestión de complejos proyectos energéticos. No sin problemas, Duro Felguera ha sobrevivido a guerras, crisis, éxitos y fracasos. Pero ahora un virus de nombre covid19 puede acabar con mas 160 años de historia y lo que es peor dejar sin empleo a más de 2400 familias y privar a España y Asturias de una empresa multinacional e innovadora que ganaba dinero antes de la pandemia.

El coronavirus tiene a los médicos, las catástrofes a los bomberos, pero quién atiende a las empresas en apuros. Francia ha anunciado esta misma semana un plan de 100.000 millones para salvar empresas. Alemania ha aumentado estos días la dotación a su fondo billonario para salvar sus industrias nacionales. España creó a finales de julio el Fondo de Apoyo a la Solvencia de las Empresas para aquellas compañías con fuerte aportación social y económica afectadas en su continuidad por la pandemia. Tenemos la suerte de vivir, como reza nuestra Constitución, en un estado social y de derecho; o lo que es lo mismo que la ley es garante del bien común. Por eso tenemos médicos y policías, hospitales y pensiones; pagadas por los impuestos de todos los que trabajamos. Pero sin empresas en las que emplearse nada de eso sería posible. Qué buena oportunidad para consolidar nuestro Estado del Bienestar salvando empresas como Duro Felguera u otras que como las del sector aeronáutico ya no aguantarán mucho más la crisis del turismo. Qué buena oportunidad para demostrar que las empresas sí tienen quien les cuide cuando vienen malas. Qué buena oportunidad para entender que el bien común se construye desde la colaboración público-privada.

 

Iñaki Ortega es director de Deusto Business School y profesor de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR)

lunes, 29 de junio de 2020

El nuevo FOMO

(este artículo se publicó originalmente el día 29 de junio de 2020 en el periódico 20 Minutos)

Los psicólogos dicen que siempre ha existido, pero con la irrupción de las redes sociales se ha convertido en una de las aprensiones más comunes de nuestro tiempo. El FOMO. Si te inquieta pensar que puedes estar perdiéndote algo que tus amigos están disfrutando y tú no, puedes tener el llamado síndrome FOMO. El nombre proviene del acrónimo inglés, fear of missing out, o lo que es lo mismo, un temor infundado a perderse algo.
Cuando el ocio no estaba vinculada a internet -hace apenas 20 años- el FOMO lo sentían los jóvenes castigados sin salir un fin de semana o los adultos convalecientes tras una enfermedad. Ese tiempo sin compartir experiencias con tus amigos, colegas o familia nunca se recuperaba y los que por un tiempo eran “aislados sociales” sufrían pensando que se habían perdido para siempre lo no vivido. Pero era excepcional, hoy gracias a internet empieza a ser demasiado normal sufrir esa ansiedad por los “momentos digitales” perdidos. El video en tik tok que todos tus amigos comentan, el meme que arrasa en whastapp, la historia de instagram que ha emocionado a tu familia o el hilo de twitter que hasta sale en las noticias. Si te has perdido esas experiencias no tienes de qué hablar, o por lo menos eso piensan muchos de los candidatos al FOMO. Este nuevo síndrome aparece también cuando no funciona el WIFI o has perdido la cobertura en un viaje. Pero se convierte en patología cuando te angustia estar haciendo otra cosa que no sea seguir tus redes sociales, de modo y manera que esa ansiedad te impide trabajar, hacer deporte o incluso descansar. Ese tiempo sin chequear tus dispositivos móviles te impide estar al día de todo lo que pasa virtualmente y comienza un círculo vicioso de adicción y falta de descanso que lleva a situaciones límite. Algunos estudios dicen que dos tercios de los usuarios de las redes lo padecen de alguna manera, otros hablan de sus consecuencias como la falta de concentración ya que dedicamos como máximo nueve segundos de atención a lo que vemos en internet.
No creas que por no ser adolescente esto no te afecta. O que si eres un profesional sensato estás libre. Ni mucho menos. Acaso no tenemos síntomas de FOMO quienes no podemos empezar el día sin leer varios periódicos, ojear varias webs de información o comprobar tu resumen de prensa favorito. Miedo a perderte algo es lo que sentimos también muchos economistas estos días. El informe del FMI que eleva la caída del PIB español, la comparecencia del gobernador del Banco de España con nuevos datos sobre la crisis, las nuevas previsiones de la OCDE confirmando el desplome de nuestro país por no hablar de los editoriales de Financial Times o The Economist. En realidad, creo que mi miedo no es por perderme su lectura, sino por leer lo que pueden decir sobre el negro futuro de nuestro país. Ese es mi nuevo FOMO.
Iñaki Ortega es director de Deusto Business School y profesor de la UNIR

jueves, 28 de mayo de 2020

El virus normativo que ha pasado desapercibido

(este artículo se publicó originalmente en el diario Expansión el 27 de mayo de 2020)


La crisis del covid19 se ha cobrado la vida de decenas de miles de compatriotas, millones perderán su empleo y sus negocios, pero a todos nos ha caído encima -aunque aún muchos no se hayan dado cuenta- una ingente losa legislativa.

Desde que se decretó el estado de alarma, el Boletín Oficial del Estado ha demostrado que es la herramienta mejor engrasada de la economía española. Es la única industria que no ha dejado de trabajar, día y noche, en laborable o festivo, sin importarle la fase de la desescalada. La publicación en el BOE de las órdenes, reales decretos, instrucciones, resoluciones y por supuesto correcciones de errores es un tsunami normativo que se lleva por delante hasta las mentes más preclaras. Cientos de miles de páginas -imposibles de digerir- con la intención de crear un marco jurídico para afrontar la pandemia con reformas y medidas específicas en el ámbito laboral, sanitario, fiscal o económico.

Pero existe el riesgo de que tantas nuevas regulaciones acaben convirtiéndose en un pesado lastre que nos impida salir a flote. Ciudadanos que no conocen los detalles de cómo y cuándo moverse en su territorio sin incumplir lo acordado por las autoridades.  Empleados que ya no saben dónde encontrar la solución a las dudas sobre el ERTE que padecen. Autónomos que desconocen la letra pequeña de esa solicitud sobre su subsidio que nunca le acaban de responder. Pymes desconcertadas porque no tiene un euro en la cuenta, pero el ICO les deniega la financiación por defecto de forma. Asociaciones empresariales que ven como sus representados no pueden ejercer, pero actividades similares a la suya son autorizadas.  Y por supuesto las miles de empresas que tienen que responder a inéditas transformaciones económicas y al mismo tiempo cumplir con un nivel de regulación inusitado. Todos, además, con el coste de oportunidad (que explicamos en nuestras clases de economía) de dedicar un precioso tiempo a bucear en las oscuras aguas del océano legislativo en lugar de sacar adelante el país. Por no hablar del otro coste de oportunidad de solicitar la subvención equivocada y haber dejado vacante la que realmente merecía la pena.

Es imprescindible que todos los administrados aprovechemos con eficiencia los recursos facilitados desde el sector público para paliar la complejísima coyuntura, pero -por desgracia- la actividad de las administraciones con tantas páginas de BOE está cebando la incertidumbre. Hoy encontrar una solución en la norma para tu problema es una proeza, seas un padre que quiere pasear a su hijo, una hija que sueña con poder visitar a su madre enferma o un pequeño empresario que duda sobre si la norma le permite operar y hasta una gran corporación que no sabe si podrá operar fuera de nuestras fronteras.

Desde el año 2015, la CEOE publica un informe anual que señala las dificultades que las regulaciones inestables, desproporcionadas e incluso discriminatorias, ocasionan para las empresas. Millones de páginas de producción legislativa cada año que, durante estos meses de estado de alarma, está creciendo exponencialmente. Si nadie duda de que la crisis sanitaria ha podido superarse gracias a la abnegación y buen hacer de los sanitarios españoles ahora en la hora de la recuperación económica se nos antoja que otros profesionales habrán de tomar el relevo a los médicos. No solo será imprescindible el espíritu emprendedor y de superación de los españoles, sino que ante este alud normativo se necesitará un ejército de profesionales que desenmarañen el ovillo regulatorio. Laboralistas, expertos fiscalistas y administrativistas, abogados y economistas que nos ayuden a interpretar las nuevas legislaciones, pero también, y esta es la novedad en nuestro país, profesionales de los asuntos públicos. Deberán ser estos últimos en especial, los encargados de acercar los intereses públicos y privados para facilitar la búsqueda y posible concertación de soluciones duraderas y efectivas cuando superemos el estado de alarma y llegue la hora de la sociedad civil.

Los asuntos púbicos, entendidos como la gestión por las empresas de su relación con las administraciones públicas como reguladoras y últimas condicionantes del ámbito y de los mercados en los que ejercen su actividad económica, son un instrumento imprescindible para las mismas. defender sus intereses legítimos con transparencia y capacidad de rendición de cuentas por lo hecho, informar sobre sus proyectos, y comunicarse con todas las personas, agentes económicos, organizaciones o instancias interesadas o afectadas por su actividad económica, los llamados stakeholders.

La hora, por tanto, de muchos profesionales que ayuden a la reconstrucción de nuestro país reorientando ese aluvión normativo a los cauces de la trasparencia y la igualdad de oportunidades.

Iñaki Ortega es director del programa de asuntos públicos y relaciones gubernamentales de Deusto Business School

jueves, 26 de marzo de 2020

Pedro y el lobo


(este artículo se publicó originalmente en el diario La Información el día 26 de marzo de 2020)

Nadie puede decir que no estábamos avisados. Recientemente hemos conocido que en un informe conjunto de la Organización mundial de la salud (OMS) y el Banco Mundial, fechado en septiembre de 2019 con el título “Un mundo en riesgo”, se alertaba de una pandemia causada por un virus desconocido que traería el pánico y colapsaría la economía mundial.

Pero es que no hacía falta seguir estos papers porque en la mente de todos estaba la cercana epidemia del Ébola con once mil víctimas entre el año 2014 y 2016. Unos años antes, en 2009, la gripe Aviar causó la muerte de por lo menos medio millón de personas en todo el mundo según algunas fuentes, aunque no menos de ciento cincuenta mil para los más optimistas. ¿Alguien acaso se acuerda de las vacas locas? Más difícil aún será recordar el llamado virus SARS que en los años 2002 y 2003 en China, Singapur y Hong Kong, pero también en Canadá, se cobró setecientas vidas a causa de una neumonía hasta entonces de origen desconocido. No hablamos de lejanas pestes en la Edad Medía ni de la gripe española, pandemia de hace más de doscientos años, sino de brotes víricos mortales que han sucedido en el último quindenio. en plena era de la globalización. Cómo no pudimos darnos cuenta.

La economía del comportamiento explica los fallos de la mente humana que nos llevan a tomar decisiones estúpidas, como las que ahora padecemos por no haber actuado antes contra el coronavirus. Son los sesgos cognitivos. Varios premios nobel de economía como Thaler en 2017 o Kahneman en 2002 han formado parte de esta escuela económica conocida como economic behavioral que estudia los mecanismos heurísticos que nos llevan a tomar decisiones automáticas, en ocasiones absurdas. Son muchos los sesgos que nos hacen distorsionar la visión de la realidad y varios los que probablemente han causado que estemos en esta dramática situación. Me atrevo a elegir uno:  el sesgo cognitivo de correlación ilusoria. Este fallo cognitivo consiste en creer que dos acontecimientos están relacionados cuando en realidad no tenemos ninguna prueba de que sea así. Que la gripe Aviar causase apenas unas muertes en Occidente no era garantía alguna de que el covid19 fuese a ser igual de benigno. Que ninguna epidemia en dos siglos hubiese pasado de unos miles de muertos fuera de esta parte del mundo, no era argumento irrefutable para que sucediese lo contrario. Un castizo traduciría este sesgo como “venirse arriba”. Nuestra sociedad llegó a creerse “ilusoriamente” mejor de lo que era, que sabía más de que lo realmente se ha demostrado. Ahora estamos pagando las consecuencias.

Si hablamos de trampas mentales, el ministro Duque podría explicar también en primera persona alguna que viene al caso. Son los llamados lapsus freudianos. Fallos o errores cognitivos en los discursos que según los psicoanalistas revelan una interferencia de la parte inconsciente de la mente en el comportamiento, causados muchas veces por el cansancio. Seguro que el ministro de Ciencia cuando compareció el pasado 20 de marzo llevaba días preocupado por su salud y la de su familia -compartir Consejo de Ministros con tantos infectados no es fácil- y su mente le jugó una mala pasada. Reconocer que a principios de febrero de 2020 ya había previsto la pandemia, liberando partidas presupuestarias para una eventual vacuna, ¡un mes antes de la convocatoria de la famosa manifestación del 8 de marzo!, es todo un lapsus linguae.

Esopo vivió cinco siglos antes de Cristo y no pudo leer nada de Freud ni de Kahneman, pero dejó escrita la famosa fábula de “El pastor mentiroso” que tiene mucho de actos fallidos de la mente. Un pastor aburrido de cuidar su rebaño decide gastar una broma a sus vecinos gritando con todas sus fuerzas: ¡¡Socorro, que viene el lobo!! El pueblo, dejando a un lado todos sus quehaceres, acude a la llamada del pastor que se muere de la risa al verlos llegar. El joven vuelve a hacerlo una segunda vez y van en su ayuda, aunque nuevamente no era más que una burla. Pero en ese momento aparece el lobo y grita de nuevo, sin embargo, el pueblo ya no cree sus avisos, por lo que la fiera devora todas las ovejas. Correlación ilusionaría. Si dos veces es mentira, la tercera también ha serlo. Si no pasó nada con el Ébola o las vacas locas, tampoco con el corona. Seguro que algún lector está pensando que en este cuento, e incluso en la crisis sanitaria que vivimos en España, hay más mentiras que fallos cognitivos. Que la moraleja que nos contaron de pequeños era no mentir. Por eso antes de terminar esta columna quiero recordar que este cuento del pastor en España es conocido también como “Pedro y el lobo”. Serendipia o mera casualidad, Pedro (Sánchez) es nuestro presidente y el lobo de nuestros días es el coronavirus.

Iñaki Ortega es director de Deusto Business School y profesor de la UNIR