miércoles, 10 de abril de 2019

¿Antihistamínicos para todos?



(este artículo se publicó originalmente el día 8 de abril en el diario 20 minutos)

Llevas dos semanas pegado a un clínex, te levantas de la cama como si te hubiese atropellado un autobús, en tu cabeza se ha instalado una taladradora y pasas de tiritar de frío al sofoco. Si así te sientes, formas parte de una gran mayoría: los damnificados de esta primavera loca. 

Es verdad que todos los años aparece esa astenia o cansancio en marzo y abril y que padecer una alergia se ha convertido en algo tan común como criticar a nuestro cuñado en el café de media mañana. Pero esta vez en una sola semana además del cambio horario que nos han robado una hora de sueño, hemos soportado lluvia, solazo, nieve, calor y nieblas. Por si esto fuera poco en la mayor parte de España habrá cuatro citas con las urnas en la primavera de 2019. 

Pero inopinadamente siempre hay algún colega que soporta estos meses del año como si nada. Para este tipo de personas no hay alergias, ni desgana y jamás rebuscan en sus bolsillos a la caza de un pañuelo de papel. No le eches la culpa a tu mala genética. la explicación es más sencilla y además te ayudará a sobrellevar esta estación. Antihistamínicos.

El antihistamínico es el nuevo chicle. Se reparte en las oficinas y en las cafeterías como el bálsamo de Fierabrás. Ante el mínimo síntoma primaveral, un alma caritativa te ofrece una dosis sanadora. De modo y manera que cada día somos más los que gracias al consumo de esos bloqueadores de la histamina, sobrevivimos a esta época del año. Funciona. Y a cambio, no vendes tu alma al diablo sino simplemente tienes un poco más de sueño.

Últimamente los antihistamínicos parece que se han consumido con fruición porque tengo la sensación de que los españoles vivimos dopados. Si no cómo se explica nuestra indiferencia, por ejemplo, ante tanta manifestación. Tras las concentraciones feministas vinieron las de «la España vaciada» pasando por las de la equiparación salarial de los policías, la defensa de la familia, sin olvidar el tren extremeño o las demandas de los cazadores. Sin embargo, vemos las noticias con la mirada perdida porque todos los días hay una manifestación que parece justa pero ya no nos impacta. 

Cuando tomas un antihistamínico te recomiendan no conducir porque relaja la atención. Así estamos. Ya nada nos sorprende. Ya no nos escandaliza nada en la política. Llevamos quince días de primavera y hemos visto a políticos que cambian de partido en una semana, presidentes que se contradicen en una misma mañana, pactos que ofenden la inteligencia o programas electorales irrealizables. Nada nos afecta. Candidatos que no quieren ir a debates o ser entrevistados en televisión, partidos creados solo para molestar y barbaridades que creíamos que solo se proponían en otros lares. Pero la mayoría seguimos nuestras vidas como si nada. Los antihistamínicos tienen estas cosas, te quitan unos síntomas pero traen otros. 

Iñaki Ortega es director de Deusto Business School y profesor de la UNIR

martes, 2 de abril de 2019

¿El fin de la economía española?


(este artículo se publicó originalmente el día 1 de abril de 2019 en el diario La Información en la sección #serendipia)

El profesor americano Francis Fukuyama ha pasado a la historia de la ciencia política con su célebre artículo titulado ¿El fin de la historia? Este politólogo de origen japonés defendía la tesis de que la historia había llegado a su estación destino porque no era posible una perfección mayor que la democracia liberal. Corría el año 1989 y las democracias occidentales habían vencido a los totalitarismos, especialmente al comunismo de la Guerra Fría y Fukuyama preconizó que se iniciaban años de prosperidad porque la mayoría de los países adaptarían los principios de la democracia liberal. 

Han pasado 30 años y muchas cosas han pasado desde aquel «fin de la historia». No todas buenas contradiciendo el pronóstico de Fukuyama, lo que le ha llevado publicar recientemente «Identidad. La demanda de identidad y las políticas de resentimiento». Este ensayo, ante el auge de los extremismos de nuevo cuño, hace un alegato urgente en defensa de la recuperación de la política en su sentido más elevado. Para ello se antoja imprescindible conformar una idea de identidad que profundice en la democracia en lugar de destruirla. Frente al resentimiento nacionalista que ha protagonizado las últimas citas con las urnas en USA, Reino Unido y otras democracias, hay que construir una nueva identidad que en lugar de separar nos una.  Una identidad que no se base en la raza o la religión sino en principios democráticos como la igualdad que ayude a incluir a toda la ciudadanía.

La intromisión de China y Rusia en nuestras democracias impulsando ideas extremas y nacionalistas están erosionando las democracias liberales. Por ello estos debates ocupan a las mentes más brillantes en todo el mundo. Algunas de estas discusiones se han escuchado esta pasada semana en Oxford o en el norte de Italia auspiciadas respectivamente por la Fundación Rafael del Pino y la Rockefeller. Todavía resuenan los ecos de la necesidad de diseñar un nuevo contrato social que incluya a más gente en nuestras democracias. 

Mientras tanto en España, nada de esto ocupa nuestros debates. Nadie habla de las investigaciones que han constatado que Rusia derribó hace cinco años un avión de pasajeros holandés, ni que China pisotea derechos humanos en su país y ahora sus grandes empresas usan la tecnología para debilitar a sus rivales comerciales, pero también a nuestras democracias. Aquí, en cambio, todos son juegos florales.

Recordará el lector el origen de los juegos florales. Aquellas competiciones que se celebraban en la Antigüedad clásica, menos conocidas y también menos violentas que el Circo Romano; tuvieron un resurgimiento hace un par de siglos en Europa como certámenes poéticos con rapsodas aficionados en el que el mejor ganaba una flor.  De eso modo la expresión que evoca a los juegos florales ha llegado a nuestros días para referirse a debates ligeros e incluso frívolos como su romano origen.

Es inevitable al leer a Fukuyama o cuando me cuentan las intervenciones de los profesores Muniz o Moscoso del Prado en Oxford y Bellagio, identificar las discusiones políticas españolas con juegos florales. 

Juegos florales porque todas las propuestas son facilonas y populistas. Estarán de acuerdos conmigo en que es muy fácil proponer aumentos de gasto público o rebajas inasumibles de impuestos sin pensar en sus consecuencias. O que frívolo es volver abrir antiguos enfrentamientos entre españoles obviando las lecciones que hemos aprendido. Que torpe es extremar las diferencias en lugar de poner el foco en lo que nos une. Que absurdo situar en Europa todos nuestros males a la vez que nos tapamos los ojos antes el crecimiento del nacionalismo xenófobo. O qué naif es pedir cambiar la Constitución española sin recordar lo que costó conseguirla. Parece como si los políticos españoles pensasen que nuestra economía soporta cualquier propuesta.

España ha disfrutado del mayor periodo de bienestar de su historia gracias a una economía que a la luz de la Estadística Nacional sí ha sido inclusiva. Y solo ha podido ser así porque fue impulsada por buenas reformas económicas, por la apertura internacional y por una necesaria estabilidad política. Justo lo que ahora en esta precampaña electoral de juegos florales echo de menos. Me pregunto, siguiendo a Fukuyama si ha llegado el final de nuestra economía.

Iñaki Ortega es director de Deusto Business School y profesor de la UNIR


miércoles, 27 de marzo de 2019

“No me trates de usted” y otras pequeñas alegrías


(este artículo se publicó originalmente el día 25 de marzo en el diario 20 minutos en la sección de opinión)


Todas las semanas, casi todos los días alguien me dice “no me trates de usted”. Si no es el conductor del autobús, es mi compañera de pilates o un alumno en clase. Lo siento, me educaron así. Recuerdo aquellas interminables diatribas después de cenar en las que mi padre, castellano de Soria, no entendía porqué mi madre, vasca, trataba a todo el mundo de tú, aunque no le conociese. Para mi padre era incomprensible la confianza del tuteo con un desconocido. El usted, era una barrera a interponer ante el desconocido pero también una muestra de respeto, sobre todo, a la autoridad, fuese mestro, policía o anciano. De eso te quiero hablar hoy.

La semana pasada se celebró el Día Mundial de la Felicidad y con ese motivo leí un informe de UCLA que situaba el secreto para ser felices en las palabras, en la capacidad que tenemos para dar sentido a las emociones por medio de lenguaje. Lo llaman granulidad emocional o lo que es lo mismo la capacidad para nombrar con precisión lo que sentimos en un determinado momento. De eso modo, dice la universidad californiana, ayudamos a nuestro cerebro a generar sentimientos más adaptados a nuestras emociones, acercándonos a la felicidad. La verdad es que me quedé sorprendido porque conocía indicadores como la riqueza, el clima, la dieta y hasta el amor en pareja para medir la felicidad, pero eso del lenguaje era nuevo para mí. Dándole vueltas me di cuenta que era cierto que algunas palabras me hacían sentir bien. Tratar de usted al revisor del metro o dar las gracias por un buen café, me gusta y por eso sigo haciéndolo aunque ya no se estile. Entonces, a modo de prueba de concepto, consulté en la universidad a mis compañeros qué palabras les hacían felices. “Vacaciones” y “descanso” salieron varias veces, pero también “por favor” y “sonrisa”  por parte de las personas que están de cara al público. Nadie dijo “alumno” y tampoco “cliente”. Llegué a casa ansioso por seguir con el experimento y pregunté a mi mujer y a mis hijos. “Verano”, “amigos” así como “mar”, “campo” o “planazo” engrosaron la lista. Los niños añadieron “futbol”, “pizza”, “albóndigas” y el maldito videojuego “fornite”. “Dinero” no surgió espontáneamente. Finalmente a punto de dormirme apunté en las palabras felices “rodaballo” “bicicleta” y “viernes”.

Por la mañana con la mente más despejada encontré el proyecto de Tim Lomas, un profesor londinense de psicología, que con el nombre happy words, está recolectando palabras en 50 idiomas diferentes para expresar sentimientos y experiencias positivas que te acercan a la felicidad. En español aparece “fiesta” y también “gratis” como este periódico que tienes en tus manos. Yo ya me he convencido de esta teoría americana de la felicidad por eso solo te pido que pruebes y verás cómo hay una palabra que te arranca siempre una sonrisa: eso te acercará a la felicidad.

Iñaki Ortega es director de Deusto Business School y profesor de la UNIR

martes, 19 de marzo de 2019

El edadismo, esa desconocida discriminación

(este artículo se publicó originalmente el 18 de marzo en el diario 20minutos en la sección de opinión)


Aunque será difícil que en tu cabeza este mes de marzo entre otro “ismo” que no sea el del feminismo, quiero hablarte de otra forma de discriminación que te afecta ahora o sino con seguridad en el futuro. El edadismo es el conjunto de prejuicios, estereotipos y discriminaciones que sufren las persones mayores simplemente por tener esa edad. Los datos que demuestran que este fenómeno es imparable se amontonan: el desempleo de los mayores de 45 años no ha dejado de crecer en la última década al mismo tiempo que las empresas tiran directamente a la papelera la mitad de los currículos de los mayores de 50 años. Para las empresas, pero también para la publicidad y para lo público eres ya un anciano desde que estás rondando los 50 años. La ciencia hace años que ha desterrado el edadismo y habla, en cambio, de la edad biológica frente a la cronológica, es decir exclusivamente entraremos en una fase vital de descanso, de jubilación, quince años antes de la esperanza de vida; de modo y manera que si en España estamos en el entorno de los 85 de esperanza de vida, solo seremos viejos a partir de los 70 años.
Pero nadie presta atención a lo anterior y  el edadismo avanza inexorablemente  porque como en el viejo poema alemán “primero vinieron a por los judíos y yo no dije nada porque yo no lo era”. Pero que no te sientas o seas viejo no te salva del edadismo, ya que es cuestión de tiempo. Quiero que recuerdes cuando te diste cuenta que tu cantante favorito era más joven que tu o cuando comprobaste que el mejor futbolista de tu equipo podría ser tu hijo; en ese momento comprendes que el tiempo ha pasado y ya no eres el niño que suspiraba por esa estrella. A partir de ese momento todo pasa muy rápido y te encontrarás de repente siendo fiscalizado por un entrevistador que tiene señalada con fluorescente tu edad en el CV. Nadie quiere mayores en su empresa porque el edadismo ha implantado la gran falsedad de que solamente puede promover lo digital un millennial, obviando que la computación no es algo reciente sino que los primeros graduados en informática, ya se han jubilado. Pero además el edadismo ha borrado de un plumazo las virtudes que aporta la edad en un profesional como es la templanza, la resiliencia o la experiencia acumulada.
Ahora que viene una época en la que otros “ismos” tomarán el relevo al feminismo como el fascismo, el centrismo el comunismo, el socialismo o el liberalismo, mi humilde consejo es que estés atento a si los representantes de esos “ismos” dedican tiempo y propuestas a luchar contra una discriminación tan irracional como la fecha de nacimiento de tu DNI.

Iñaki Ortega es director de Deusto Business School y profesor de la UNIR


viernes, 8 de marzo de 2019

Ambidiestro


(este artículo se publicó originalmente el día 5 de marzo de 2019 en el diario La Información en la columna #serendipia)

El antiguo dios Jano ha llegado a nuestros días en el lenguaje, el mes de enero tiene su etimología en la Roma Clásica ya que se dedicaban los primeros días del año a su invocación, de ahí que del latín Ianuariaius evolucionásemos al primer mes de año en castellano o al vocablo January en inglés. Pero hay algo más que las empresas de todo el planeta llevan un tiempo practicando que tiene su origen en el culto a Jano. En la mitología romana a este dios se le representaba con dos caras, ambas de perfil una mirando hacia delante y otra hacia atrás. De hecho Jano es el dios de las transiciones, de los comienzos y de los finales. En las puertas y los portales romanos era habitual una efigie de Jano delante de la puerta (para entrar) pero también una representación del mismo dios en la parte de dentro de la puerta (donde se sale). Jano protege, por tanto, en las dos acciones precisamente porque tiene dos caras y cada una de ella sirve para una función.

Desde hace décadas las organizaciones más dinámicas han previsto la incertidumbre del momento actual. Cabe recordar que el concepto de sociedades líquidas fue acuñado por el filósofo polaco Bauman ya en los 80 del siglo pasado o el recurrido acrónimo VUCA (volátil, incierto, completo y ambiguo) se utiliza por la inteligencia americana desde finales del milenio pasado.  Por ello para adaptarse a los continuos cambios que cada vez son más rápidos e imprevistos, las empresas globales han pergeñado nuevos perfiles para sus empleados que les permitan gestionar estas situaciones. Profesionales que gestionen una empresa con estructuras eficientes y optimizadas para servir al negocio actual pero a la vez abiertos al ingente reto de manejar cambios exponenciales y superar cualquier estructura pasada. Directivos que cumplan con las demandas de sus accionistas haciendo crecer la facturación y el beneficio pero que no dejen de monitorizar las innovaciones disruptivas que hoy ya surgen en cualquier lado. Altos cargos empresariales que sean exploradores para descubrir oportunidades en las tecnologías exponenciales pero también guerreros que defiendan el modelo de negocio de su compañía ante agresiones externas. Ejecutivos que soporten rígidos mandatos pero promuevan liderazgos ligeros. Dos caras de una misma moneda, como la representación del dios Jano. Un líder incumbente que a la vez sea un líder insurgente que solamente puede lograrse en las llamadas organizaciones ambidiestras. Ambidiestras como esas personas que tienen la capacidad de usar aparentemente con la misma habilidad la mano izquierda la derecha. Un deportista ambidiestro, como Rafa Nadal, es diestro con ambas manos, maneja por tanto las dos extremidades con la misma soltura, y a la vista están las consecuencias de esa pericia. Las empresas del futuro serán aquellas que tengan la misma soltura en innovar que en facturar, la misma habilidad en contentar a los accionistas que a la sociedad, la misma pericia en servir con eficacia a sus clientes que a sus empleados.

Por eso han visto ustedes estos días a los mismos presidentes de grandes compañías quitarse la corbata para pasear casi en camiseta y vaqueros por el Mobile de Barcelona como enfundarse en sus más oscuros trajes para comunicar sus resultados y previsiones de dividendos. En esta lógica la presidenta del Banco Santander se declara un día feminista para otro apostar por los emprendedores o las promociones comerciales más agresivas. Por no mencionar a otras grandes corporaciones que se pelean no por estar en la cabeza de los rankings de beneficios sino en los índices de sostenibilidad. Solamente desde la “ambidestreza” se entiende también la carta abierta de este año del Consejero Delegado  de uno de los mayor fondos de inversión del mundo, Blackrock. Larry Fink conocido por ser uno de los mejores gestores del planeta no escribe a sus participadas para comentar ratios u otros indicadores sino para pedir diversidad e incorporar “la mentalidad millennial” en las viejas estructuras empresarial. Otro ambidiestro en el panorama de las organizaciones.

Pero la novedad es que este fenómeno se está capilarizando a otras disciplinas y la política española la va a necesitar en buenas dosis y bien aplicadas. Partidos políticos que sean coherentes con su programa electoral pero a la vez tengan capacidad para pactar. Líderes que sean atractivos pero con solidez intelectual. Candidatos que busquen el bien común sin traicionar a su electorado. Coaliciones que permitan la gobernanza pero no a costa del erario público y el bienestar de las siguientes generaciones.

Por eso un aviso final para los aprendices de esta nueva destreza. Un ambidiestro no aparenta simplemente el dominio de ambas manos porque, por ejemplo en el tenis, al cabo de unos intercambios de bolas se deshace el engaño. Las organizaciones y los líderes ambidiestros no se consiguen simplemente con gestos a la galería sino que detrás de esa destreza lo que hay es horas y horas de esfuerzo, lo que hay es coherencia. Prueben sino a escribir con su mano izquierda si son diestros, a al revés en el caso de los zurdos, el partido al que van a votar estas elecciones generales. El resultado les ayudará a pensar en lo difícil que es ser ambidiestro sin mucho entrenamiento detrás.

Iñaki Ortega es director de Deusto Business School y profesor de la UNIR

lunes, 28 de enero de 2019

Davos pide a gritos una nueva educación

(este artículo se publicó originalmente el día 28 de enero de 2019 en el diario La Información en la columna #serendipias)

Un enero más Davos se ha convertido por unos días en la capital del mundo. La reunión anual del Foro Económico Mundial - y ya van 28 años- ha convocado a jefes de estado, presidentes de grandes corporaciones y los expertos con las mentes más privilegiadas. El tema más comentado este año ha sido como luchar contra las crecientes desigualdades en el mundo; los objetivos de desarrollo sostenible de la ONU han estado en boca de todos los ponentes, pero también la propia organización ha querido darle todo el protagonismo con paneles y stands dedicados a los ODS en los diferentes espacios del foro. Además, los informes presentados estos días también han coincidido en señalar que la cuarta revolución industrial -tan pregonada por el fundador del WEF, el profesor Klaus Schwab- ha de venir acompañada de actuaciones para que no solo las grandes corporaciones se beneficien de ella sino también trabajadores de todo el mundo que ven amenazados sus empleos y por ende las sociedades en las que viven que asisten impertérritas al crecimiento del populismo fruto de ese descontento.

Uno de esos objetivos de Naciones Unidas es la educación de calidad que en uno de esos estudios presentados en Suiza ha sido rebautizada como re-training. Volver a educarse o formación continua será una de las claves para conseguir frenar las desigualdades y socializar las externalidades positivas de la cuarta revolución industrial.

Para el filósofo José Antonio Marina vivimos en una «sociedad del aprendizaje» regida por una ley impecable: «Para sobrevivir, las personas, las empresas y las instituciones deben aprender al menos a la misma velocidad con la que cambia el entorno; además, si quieren progresar, habrán de hacerlo a más velocidad». Es por ello por lo que muchos autores, entre ellos Jeffrey Selingo, defienden que estamos viviendo la tercera revolución de la educación. La primera ola, a principios del siglo pasado, tuvo que ver con la llegada de la enseñanza obligatoria que propició una educación masiva que brindó una capacitación para la vida a millones de personas en todo el mundo. Por ejemplo, en 1910, sólo el 9 por ciento de los jóvenes estadounidenses obtuvieron un diploma de escuela secundaria, en 1935 eran ya el 40 por ciento. La segunda revolución surgió en el último tercio del siglo XX en Estados Unidos, pero también en otros países como España (en este caso a raíz de la llegada de la democracia y la «universidad para todos»). En el año 1965 se matricularon en primer curso 75.000 personas en España, que han pasado a ser 1,5 millones en la actualidad. En 1970, en Estados Unidos había sólo 8 millones de universitarios matriculados y hoy día superan los 20 millones.

Ahora, debido al fenómeno de la longevidad, pero también a las exigencias de la evolución tecnológica y su impacto en el mundo del trabajo, estamos en la tercera gran revolución de la educación. El nivel de preparación que funcionó en las dos primeras oleadas no parece suficiente en la economía del siglo XXI. En cambio, esta tercera ola estará marcada por la formación a lo largo de la vida para poder mantenerse al día en una profesión y adquirir habilidades para los nuevos trabajos que llegarán. Gartner pronostica, por ejemplo, que la inteligencia artificial destruirá en los próximos cuatro años 1,8 millones de empleos a nivel global, pero generará 2,3 millones de nuevos puestos de trabajo. Es probable que los trabajadores consuman este aprendizaje de por vida cuando lo necesiten y a corto plazo, en lugar de durante largos períodos como lo hacen ahora, que cuesta meses o años completar certificados y títulos. También, con esta tercera ola, vendrá un cambio en cómo los trabajadores perciben la formación, que es como una maldición por la que hay que pasar por exigencias de la empresa o, peor aún, algo a lo que se recurre tras un despido. Estamos entrando en una etapa en la que el re-entrenamiento será parte de la vida cotidiana puesto que con vidas laborales tan largas y variadas, reinventarse y volver a capacitarse será muy normal. Por ello nos tenemos que ir quitando de la cabeza la idea de que la formación y el mundo del trabajo son etapas de la vida o espejos de nuestra identidad.

Hasta ahora, uno no sólo estudiaba, sino que era un estudiante. Concluir la formación superior significaba acceder a la identidad adulta, marcada por la independencia económica. En los próximos lustros, será habitual volver con cuarenta, cincuenta o sesenta años a la universidad para estudiar un grado, programa o curso completamente diferente de la primera carrera. En general, el mundo laboral y el formativo estarán mucho más conectados: cruzar del uno al otro será bastante habitual. A su vez, la incertidumbre y la velocidad de los cambios tecnológicos exigirán planes de estudios flexibles, ya que lo que podría parecer un trabajo o habilidades de gran demanda hoy día podría no serlo para cuando alguien termine de capacitarse para un nuevo trabajo. Uno de los rasgos característicos de nuestra época es la aceleración del tiempo histórico. Todo sucede tan deprisa que, a menudo, cuando aún se está desarrollando una tecnología, ya ha aparecido la siguiente, que convierte la anterior en obsoleta. En este contexto de inmediatez, la educación, que por su propia naturaleza requiere planificación y tiempo, asume un gran reto. Los grados dobles, las titulaciones mixtas, los programas executive, blended, cursos de foco y experienciales, son algunas de las herramientas para obtener una formación de calidad, muy especializada y situar a los estudiantes de todas las edades ante problemas reales para que aprendan a tomar decisiones y solucionar problemas. Al respecto de estas nuevas habilidades que se requerirán, no todo será tecnología. La capacitación laboral deberá centrarse en varias disciplinas técnicas, pero también en las habilidades clave que la complementan, como la resolución de problemas, el trabajo en equipo, la comunicación y sobre todo la empatía. En definitiva, como afirmó esta semana pasada el astrónomo español Rafael Bachiller, solo será útil Davos (y nuestros gobiernos, digo yo) en cuanto se centren en lograr que la tecnología mediante la educación nos haga más humanos.