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jueves, 10 de agosto de 2023

Qué mentirosos somos

 (este artículo se publicó originalmente en el periódico 20 Minutos el día 8 de agosto de 2023)

La semana pasada se conocieron los resultados de varias encuestas que el CIS realizó unos pocos días antes de las elecciones generales. Cinco de cada diez encuestados creían que Feijóo sería el próximo presidente del Gobierno, mientras que tres de cada diez consideraban que sería Sánchez. La realidad es que la mayoría votó para que no gobernase el gallego. Al mismo tiempo la intención de voto indicada por los encuestados otorgaba al PSOE el 28% de los apoyos, y al PP un 24%. Finalmente, el resultado de las elecciones indica que el 33 % votó a los populares y el 31% a los socialistas. Pero es que también el 83,2 % de los encuestados afirmó que iría a votar con toda seguridad, aunque la participación se quedó en el 70,4 %. Mentimos como bellacos.

La mentira fue la palabra que protagonizó la campaña electoral. Los candidatos se acusaban de mentirosos y los periodistas en sus entrevistas les sacaron los colores por ello. Pero a la vista de la última encuesta de Tezanos también los electores mienten y mucho. Ninguna encuesta, ni siquiera la que más recursos tiene, acertó y no es por la mala calidad de los centros demoscópicos sino porque en la naturaleza humana está mentir y los sondeos no iban a ser la excepción.

Mentimos por vergüenza, mentimos por miedo e incluso mentimos por el gusto de hacerlo. No nos apetece decirle a nadie nuestro voto, y mucho menos a un anónimo que te llama por teléfono. Votamos con las tripas -no con la cabeza- y eso es mejor tenerlo bien escondido. Antes de que empecemos a pensar mal de nuestra calidad democrática como país, tengo que tranquilizar al lector, porque esto de mentir no lo hacemos solo cuando votamos.

Como ha demostrado David Ruiz Uceta de The Valley, los consumidores no hacen siempre lo que piensan. Apoyándose en la ciencia del dato y en la economía del comportamiento, ha comprobado que compramos de una manera no racional, influenciados por numerosos sesgos y prejuicios. Decimos públicamente que tenemos unas preferencias y unos umbrales de precios para nuestras compras, pero luego no las cumplimos. Nos mentimos nosotros mismos. Para este profesor son tres los sesgos cognitivos que nos llevan a engañarnos a la hora de consumir. Primero, el sesgo de presente que por ejemplo nos hace no ahorrar porque ante la decisión de elegir entre una hipotética ventaja futura o una gratificación inmediata, los seres humanos tienden a quedarse con el aquí y el ahora, minusvalorando los beneficios futuros.

En segundo lugar, el sesgo de riesgo cero que nos lleva a contratar seguros de hechos muy improbables, por ejemplo, cuando viajamos al extranjero el riesgo de que nos operen de algo, solo por ganar tranquilidad. Es decir que preferimos reducir un pequeño riesgo hasta el 0% de probabilidad, en vez de reducir en mayor cantidad (aunque sin reducirlo al 0%) un riesgo más probable.

Por último, el sesgo de capacidad que consiste en considerar que es más importante la posibilidad de perder algo que la posibilidad de conseguir algo de igual valor. Debido a este sesgo, muchas personas consideran que perder tiene más impacto que ganar, incluso en aquellas circunstancias donde ganar o perder puede ocurrir con las mismas probabilidades. Nos espanta perder lo logrado y eso nos hace no afrontar cambios, aunque sean más beneficiosos.

No se si lo anterior servirá de consuelo ante estas mentiras puestas de manifiesto en los sondeos electorales, pero tengo que reconocer que la explicación científica de estas trampas mentales, a mí por lo menos me ha ayudado a dejar de dar vueltas a qué narices pasó con las encuestas el 23 de julio. Mentimos y mucho porque está en nuestra naturaleza como seres humanos. Simplemente porque nuestra mente busca protegernos.

Iñaki Ortega es doctor en economía en UNIR Y LLYC

domingo, 2 de julio de 2023

Menos macro y más micro

 (este artículo se publicó originalmente en El Periódico de España el día 30 de junio de 2023)

Se ha contado muchas veces, pero hay que volver a hacerlo a la vista de la estrategia de Pedro Sánchez de sacar a pasear a Nadia Calviño con el cuadro macroeconómico. La ministra y sus comparecencias con tablas Excel nos han transportado a la campaña americana de Bush contra Clinton. Corría el año 1992 y en el cuartel general de los demócratas un asesor de nombre James Carville colgó un gran cartel que inopinadamente fue clave para que Clinton ganase las presidenciales. Solo había una frase escrita, sencilla y recordable para vencer al poderoso presidente texano, una simple idea frente a los grandes éxitos en política exterior de Bush padre. Simple porque aludía a la vida cotidiana de los votantes americanos y sus necesidades más perentorias. “Es la economía, estúpido” era la sentencia puesta en ese cartel que se convirtió en un eslogan oficioso de la campaña de Clinton que le llevó a la Casa Blanca al identificarse precisamente con las preocupaciones más acuciantes de los votantes americanos. Desde entonces la frase se ha instalado en la cultura electoral de todo el mundo para poner la atención en lo esencial de determinados momentos históricos.

En España tenemos nuestra versión local de esta mítica frase. “Mas Soria y menos Siria” parece que fue dicha por el ministro Posadas a José María Aznar para reclamarle más atención a los asuntos locales que a la agenda internacional. El consejo del viejo amigo del presidente funcionó porque el PP ganó esas elecciones con una aplastante mayoría absoluta. No se si en la planta séptima de la sede de Génova 13, algún asesor ha pintado esa frase en alguna pizarra ante la obsesión por las citas en el extranjero del presidente Sánchez, pero de lo que estoy seguro es que tampoco estará la sentencia de Carville.

La economía española dispone de unas cifras macroeconómicas que Alemania envidiaría. Un PIB que crece al 2%, un empleo que no deja de crecer hasta rozar los 21 millones de cotizantes y sobre todo una inflación en el entorno del 3%. Si a esto añadimos un sector exterior pujante con exportaciones rompiendo techos históricos, los guarismos son para enmarcar. Quizás por todo lo anterior alguien ha querido resucitar esa campaña de Clinton, aunque igual antes de ponerse a imprimir carteles hay que recordar que las variables macro se complementan con los datos de déficit y deuda en los cuales estamos entre los cuatro peores países de la Unión con un 113% de deuda respecto al PIB y cerca del 5% de déficit. Lejos de las recomendaciones del 60% y el 3% respectivamente.  Aunque no lo diga el cuadro macroeconómico, en la cabeza de todos los analistas y en los bolsillos de los españoles está que seguimos sin alcanzar el nivel de PIB prepandemia o lo que es lo mismo que hemos tirado a la basura tres años de nuestra economía. El Banco de España lo acaba de contar de otra manera, pero no menos dramática: la riqueza per cápita española sigue por debajo de la europea y no hemos reducido ni un euro en los últimos tiempos la brecha con nuestros vecinos.

En primero del grado de economía enseñamos que la microeconomía estudia variables individuales, mientras la macroeconomía se centra en las variables agregadas o nacionales. A la micro lo que le interesa no es la deuda de España sino la deuda de los españoles; le ocupa no la renta del país sino la renta de los paisanos; le obsesiona no la inflación nacional sino las inflaciones sectoriales. La microeconomía analiza las decisiones de los agentes individuales, por qué se compra, por qué se busca trabajo o por qué se pide un préstamo. Y ahí es donde el balance de estos años de gobierno no se sostiene. La comida desde la pandemia ha subido un 27%, las hipotecas un 361%, el paro no ha bajado si descontamos los fijos discontinuos, el empleo creado es de menor calidad por la cantidad de horas contratadas, la presión fiscal ha subido más de un 20% y por todo lo anterior el poder adquisitivo del españolito medio ha caído más de un 5%. Si a esto sumamos que las ayudas sociales no llegan a los hogares -como ha confirmado la AIREF- y que las pymes no han ingresado nada del supuesto maná de Next Generation, el balance individual para los españoles es lamentable.

No tengo claro que el equipo de campaña de Ferraz se atreva a poner un letrero que rece “Es la microeconomía, estúpida” por temor a la reacción de la aludida y su mentor, pero en muchas agrupaciones locales del PSOE lo estarán pensando cada vez que la ministra de economía se vanagloria de su gestión. Al mismo tiempo a Nuñez-Feijóo -que entre su círculo de confianza tiene muchos aznaristas- seguro que le ronda en la cabeza la frase del ministro soriano y quizás la haya adaptado con su pragmatismo a “Menos macro y más micro”. Sea como fuere, la campaña electoral no será la de los indicadores económicos sino la de los indicadores de cabreo y en estos tampoco puede hacer un buen balance el gabinete de Sánchez ya que es difícil encontrar un colectivo a su derecha y a su izquierda, nacionalista o españolistas,  en las pymes o en las grandes empresas que no fume en pipa esta temporada.

Iñaki Ortega es doctor en economía en UNIR y LLYC

jueves, 24 de octubre de 2019

Dèja vú

(este artículo se publicó originalmente el día 21 de octubre de 2019 en el periódico 20 minutos)


En psiquiatria, tener la sensación de haber vivido en el pasado una situación que está sucediendo en el presente, se le denomina «dèja vú». El término procede del francés y se traduce literalmente como «ya visto».  Es algo que nos pasa a todos en algún ocasión y te lleva a pensar «vaya, esto me parece que ya lo he vivido hace no mucho». Fue el psicólogo Emile Boirac en el siglo XIX quien acuñó estos engaños de la memoria, que cuando son muy frecuentes, son un indicador de una patología. 

Igual piensas que tengo que ir al psiquiatra pero llevo una semana con deja vu. Y no se me pasa. Cada noche después de trabajar me siento en el sofá a ver la televisión y me encuentro con barricadas, jóvenes encapuchados lanzando piedras, contenedores ardiendo y policías acorralados. Y en mi cabeza aparecen recuerdos de hace 20 años. Yo nací en Bilbao y me crié en Vitoria aunque mis amigos estudiaban en San Sebastián y Pamplona. Y esto ya lo he vivido. Por desgracia no me engaña la memoria. Ojalá nunca España hubiese sufrido la ira del terrorismo de ETA . Autobuses quemados, policías apedreados y sabotajes del mobiliario urbano fueron habituales hasta hace muy poco en el País Vasco y Navarra. El terrorismo de ETA no consistía sólo en asesinar o secuestrar sino que los disturbios callejeros eran otra forma de meter miedo y así los fanáticos pudiesen lograr sus objetivos sin oposición. Para los que crecimos rodeados de la violencia etarra era habitual protegerse en un portal para que un cóctel molotov no te quemase o evitar algunas zonas de la ciudad convertidas en guetos del odio por miedo a que te pegasen una paliza. Viví también como chicos de mi ciudad comenzaban por polítizarse en las aulas pero también en los bares, luego un día envalentonados  por unas cervezas acaban tirando piedras a la policía de «ocupacion» tal y como la denominaba alguna televisión. Ciertos políticos le quitaban importancia a estos hechos como si fuesen pecadillos de juventud, pero la realidad es que yo mismo vi como esos chicos acabaron siendo pistoleros y destrozando familias con sus crímenes. Dèja vú.

No se si durará mucho mi dèja vú. Espero que no. En cualquier caso un vistazo a la historia reciente de España me ayudará a demostrar que no tengo ninguna trastorno de la memoria. Más bien al contrario, quienes se empeñan en relativizar la gravedad de los disturbios en Cataluña, sí que podrían ser diagnosticados con amnesia, en el mejor de los casos, al haber olvidado cuanto ha sufrido nuestro país y cuanto daño hizo a nuestra economía el terrorismo separatista. Pero me temo que no es falta de memoria es pura paranoia. Esos que miran para otro lado ante la violencia en Cataluña les ciega su supremacismo y ven otra realidad. Ojala despierten pronto de ese sueño enfermizo porque las consecuencias del nacionalismo excluyente, otro dèja vú, ya las hemos vivido aquí y en el resto de Europa.

Iñaki Ortega es director de Deusto Business School y profesor de la UNIR