lunes, 19 de octubre de 2020

Lecciones de patio de colegio

 

(este artículo se publicó originalmente el día 19 de octubre de 2020 en el diario 20 minutos)


En la escuela, por favor, pórtate bien con esos empollones tan poco populares, porque es muy probable que acabes trabajando para uno de ellos.  Esta frase se le atribuye a Bill Gates, uno de hombres más ricos del mundo gracias a fundar la empresa Microsoft. Gates sabía de lo que hablaba. De niño con sus gafas, aspecto frágil y desaliñado se educó en una escuela americana en los años 60. En ese patio del colegio de Seattle, la capacidad de Bill de retener el 90% de todo lo que leía, no era la virtud más valorada por sus compañeros; tampoco que ayudase a sus profesores a rehacer un calendario escolar que aun hoy sigue usándose. Marginado y con apenas amigos, también abandonó la universidad para volcar todo su tiempo en el conocimiento de la incipiente informática hasta crear el primer sistema operativo, Windows, con el que estoy escribiendo este artículo 35 años después.

Ahora te pido que hagas un viaje en el tiempo y vuelvas al patio de tu colegio. Porque ahí, en ese campo de arena, también se aprendían muchas cosas, casi tantas como en las aulas. Ya no hay arena sino hierba artificial o suelo de caucho, pero se siguen dictando todos los días clases magistrales en los recreos.

Cuando yo corría por el patio a un niño le miraban muy mal, por no querer jugar a la pelota, luego llegó a ser alcalde de mi ciudad y adorado por todos. En Madrid en los años 70 un chaval gordito gallego llega nuevo al colegio y sufre las chanzas de todos hasta llevarle al borde de la depresión; ahora es el presentador de más éxito de la televisión. En el patio se aprende que la vida da muchas vueltas. Estos días se ha fallado el premio Planeta y la ganadora Eva García Saénz de Urturi, estudió en mi colegio, pero apenas la recuerdo. ¿dónde estaba yo esos años para no darme cuenta de que había un genio en el patio?  ¿Timidez? No lo sé, pero no fui capaz de hablar con la escritora española de más éxito. Mi hijo entrena todas las semanas en el campo de futbol del colegio desde hace diez años y el único día que se pone malo, les visita en el patio el futbolista de moda Álvaro Morata. Igual solo tenemos mala suerte, pero esa también es otra enseñanza. no siempre las cosas salen bien.

En Israel es costumbre que una personalidad rinda un homenaje al colegio con mejor expediente. Un año le tocó al cofundador de Google, Sergey Brin. Allí. reunidos en el patio todos los estudiantes, Sergey les felicitó por ser tan brillantes. Pero a continuación les regañó por tener las mejores notas del país en todas las disciplinas menos en una. El mundo cada vez es más complejo y no hay más remedio que prepararse muy bien, les dijo.  Siempre hay alguien más listo que tú. Otra lección en un patio y no en el aula. Espero que un día me cuentes la tuya.

Iñaki Ortega es director de Deusto Business School y profesor de la UNIR

 

lunes, 5 de octubre de 2020

Nada nuevo, por desgracia

(este artículo se publicó originalmente en el diario 20 Minutos el día 5 de octubre de 2020)



El mazazo de volver a liderar la clasificación del paro juvenil en Europa ha llevado a este periódico ha etiquetar de generación perdida a los menores de 25 años españoles. No es algo nuevo, por desgracia. Ni nuevo es que España tenga ese desempleo entre los jóvenes ni que en nuestro país se hable de generación perdida. Empecemos por lo primero.

Las rigideces de nuestro mercado laboral junto a un alto grado de abandono escolar -provocado por la abundancia de empleo coyuntural en sectores como la construcción o el turismo- han funcionado como una tormenta perfecta los últimos cuarenta años. De hecho, lo normal ha sido tener cifras del 40 por ciento de desempleo juvenil según la EPA con picos del 47% en 1985 o del 55% en 2012; si repasamos la serie histórica desde 1980 solamente en el trienio 2005-2007 nos hemos situado cerca de la media europea, es decir por debajo del 20%. Tenemos un problema serio que no puede achacarse ni a las recesiones -porque en periodos de expansión la tasa no mejora sustancialmente - ni a la gestión coyuntural de un gobierno -puesto que partidos de una u otra orientación han sufrido ratios por encima del 40%-. Es verdad que en el mandato de Aznar (1996-2004) se consiguió reducir a la mitad los jóvenes sin empleo, pero es la excepción que confirma la regla de cuarenta años de políticas económicas. Europa insiste en las reformas pendientes del mercado laboral y de nuestro sistema educativo, pero, por estos lares, nos entretiene más desenterrar viejos odios que afrontar con valentía nuestras ineficiencias.

Tampoco es novedad considerar pérdida a una cohorte de edad. La teoría generacional que en España ha tenido grandes teóricos como José Ortega y Gasset, nos recuerda que en función de las circunstancias históricas en las que vivas te comportas de un modo determinado. «Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo.» dejó escrito el filósofo madrileño en 1914. Casi al mismo tiempo, después de viajar por Francia y España, Ernest Hemingway empezó a usar lo de generación perdida para referirse como tal a los jóvenes americanos que habían luchado en la primera guerra mundial y se habían quedado sin oficio por ello. Desde entonces se ha hablado en demasiadas ocasiones de generaciones perdidas en España: después de la guerra civil con cientos de miles de jóvenes huérfanos y sin futuro por la contienda; tras la crisis de los 80 que truncó el desarrollo profesional de la cohorte más joven que además tuvo que convivir con el momento más cruel del terrorismo etarra; la recesión global del 2008 que dejó a los millennials españoles colgados de la brocha y ahora la pandemia que nadie esperaba vuelve a poner de actualidad el maldito término.

Así es, nada nuevo. Ha pasado un siglo, pero seguimos sin aplicar el consejo de Einstein “No pretendamos que las cosas cambien, si siempre hacemos lo mismo”.

 

Iñaki Ortega es director de Deusto Business School y profesor de la UNIR

jueves, 1 de octubre de 2020

Viviremos menos, pero trabajaremos más

 

(este artículo se publicó originalmente el día 1 de octubre de 2020 en el diario económico La Información)


Entre tanta gresca política hay noticias que pasan desapercibidas. La bronca entre los partidos ha conseguido (quizás porque así lo pretendió algún estratega) que nada nos importe y que hasta los hallazgos más sorprendentes caigan en el olvido. El aumento de decibelios por las discusiones entre las administraciones con sede en Madrid ha dejado sin eco estos días el anuncio del Instituto Nacional de Estadística (INE) de que se había roto la tendencia de décadas de aumento de la vida. La pandemia, según el INE, ha provocado un aumento de 50.000 fallecidos respecto al año anterior lo que ha provocado que baje cerca de un año la esperanza de vida de los españoles. Según las estimaciones de la Organización Mundial de la Salud la esperanza de vida a nivel global ha venido creciendo desde 1950 hasta el año 2000 a un ritmo de más de tres años por cada década. A partir de entonces y hasta el 2015 se ha incrementado en una media de cinco años. Situación que se ha calcado en España. En los últimos 30 años la ganancia media en la esperanza de vida patria ha sido de casi 2 meses por año, es decir que le hemos ganado casi 4 horas cada día a la vida hasta llegar a los más de 83 años de esperanza actual. Pero esto no siempre ha sido así, en la España en 1920 no se superaban los 40 años, la misma ratio que en la Hispania romana de dos mil años antes.

Conviene recordar que la esperanza de vida calcula el promedio de años que se espera que viva una persona bajo las condiciones de mortalidad del período en cuestión, es decir que si la esperanza de vida en Turquía en 2016 es de 76 años significa que se estima que una persona nacida en Ankara en 2016 vivirá de promedio 76 años. La clave de la definición es la palabra promedio, ya que algunos vivirán 95 años y otros morirán con 57, pero conforme a la mortalidad registrada en ese periodo, la media aritmética serán esos 76 años.

Para su cálculo se parte de un instrumento de carácter estadístico-matemático que permite medir las probabilidades de muerte o de vida de una población en función de su edad. Este instrumento se denomina tabla de mortalidad o tabla de vida. La lógica de la construcción de las tablas de mortalidad se basa en el principio de la teoría de probabilidades y se parte en su elaboración de obtener las probabilidades de muerte o de vida de la población a partir de los datos reales de defunciones, nacimientos y la población. Es decir, se calculan las tasas de defunciones por edad y por un procedimiento matemático se convierten en probabilidades de muerte y a partir de éstas se derivan las otras funciones de la tabla hasta llegar a obtener este indicador demográfico. La esperanza de vida, por tanto, simplemente nos dice el promedio de edad de las personas fallecidas en un año. Es decir que este año de coronavirus los españoles nos hemos muerto, de media, un año antes. Un año de la vida de 46 millones de personas se ha esfumado, pero a nadie le ha preocupado, absortos como estamos en seguir el espectáculo de las ruedas de prensa que anuncian medidas médicas en un sentido y en el contrario. No sé ustedes, pero a mí no me gusta que nadie me robe y menos un año de mi existencia.

Y mientras pasaban estas cosas, en una destacable unanimidad, los expertos aconsejan que para salvar nuestros sistemas de pensiones tenemos que retrasar la edad efectiva de jubilación. La lógica es aplastante: si viviremos hasta cerca de los 85 años, no podemos dejar de trabajar a los 64, edad media de jubilación en nuestro país. Dos décadas cobrando la pensión es demasiada presión para las maltrechas cuentas del sistema de Seguridad Social, cuando de media solo cotizamos para una docena de años.

 

Limitar la jubilación anticipada, incentivar la jubilación activa, promover el talento senior, ampliar los años cotizados que se tienen en cuenta para calcular la pensión y los planes de pensiones de empleo son algunas de las propuestas que la AIREF y el Consejo General de Economistas proponen. En reciente informe publicado por esta última institución, titulado «El reto del envejecimiento desde una perspectiva integral (cómo abordar de forma multidisciplinar el envejecimiento)» se analiza exhaustivamente el retiro de los españoles y del sistema que nos hemos dotado. Entre las recomendaciones de los economistas están medidas que pueden situarse en la nueva disciplina conocida como la economía plateada. Es decir, las oportunidades en términos de ganancias de productividad, riqueza y empleo que la longevidad puede acarrear. La posibilidad de establecer innovaciones financieras para convertir en líquidos ciertos bienes inmuebles a través de fórmulas como las rentas vitalicias o las hipotecas inversas -muy poco usadas en nuestro país- que permitan sostener los gastos personales asociados a la longevidad; dotar de mayor flexibilidad al mercado laboral para que los seniors no sean expulsados de las empresas; promover que los mayores de 60 años puedan seguir trabajando a la vez que se cobra una pensión. Por último, también incentivar desde los poderes públicos los sistemas de ahorro para la jubilación desde las empresas al estilo de los sistemas de previsión social complementaria del Reino Unido o auto-enrolment estaría dentro de este paquete de medidas de la también conocida como ageingnomics.

Mientras la jauría seguía sin dejar oír apenas nada, también va desgranándose por parte de la Comisión Europea más detalles sobre el Fondo de Recuperación y Resiliencia. Lo relevante -como recuerda el economista Antonio Carrascosa- es que más allá de las medidas contra la pandemia se han incluido algunas recomendaciones del Consejo Europeo a España: reformas para la sostenibilidad de las pensiones y para el mejor funcionamiento del mercado de trabajo, entre otras. Si por un momento el ruido dejase de sonar, escucharíamos alto y claro lo que la estadística, la economía y nuestros socios europeos nos están diciendo que, aunque la pandemia nos está haciendo vivir menos, tendremos que trabajar muchos más años.

Iñaki Ortega es director de Deusto Business School y profesor de la UNIR

lunes, 21 de septiembre de 2020

Vida en Venus

 (este artículo se publicó originalmente el día 21 de septiembre en el diario 20 Minutos)


Esta semana se ha hecho público que la astrofísica Clara Sousa Silva ha encontrado en el planeta Venus indicios de vida. Venus, también conocido como el lucero del alba, porque puede verse al amanecer, es el planeta con mayor temperatura en el sistema solar. Y eso no es solo por su proximidad al Sol (otro planeta como Mercurio está más cerca aún) sino por la presencia de numerosos gases entre ellos azufre y ácido sulfúrico que elevan a 400 grados la temperatura en su superficie.

En realidad, la científica lo que han descubierto es que puede haber vida en las nubes del planeta. Las condiciones en la superficie de Venus hacían imposible la mera posibilidad, en cambio, en las nubes hay 30 grados y sobre todo existe un elemento de nombre fosfina. Este gas funciona como un biomarcador, es decir, que, a partir de una determinada concentración, como la que ha encontrado la investigadora, solo puede explicarse por la existencia de microorganismos. La NASA ya anunciado una misión al astro que junto a la Luna y el Sol más se ve desde la Tierra y a pesar de los prudentes mensajes de la comunidad científica, la emoción de encontrar vida extraterrestre se palpaba esta semana en las declaraciones de todos ellos.

Igual no lo recuerdas, pero Venus es de un tamaño similar al planeta Tierra. Compartimos además ser los únicos planetas con nombre femenino y los expertos también afirman que poseen parecida densidad. Además, estarás conmigo, que las condiciones de vida en la superficie de ambos planetas se han vuelto muy parecidas en los últimos meses. En esta parte del planeta, a la vista de lo acalorado de las discusiones políticas, la temperatura va camino de los 400 grados de Venus; los ataques entre las administraciones llevan tanto azufre como el de la atmósfera venusiana y las medidas contra la pandemia son tan corrosivas para nuestra convivencia y economía como el acido sulfúrico que hay en el planeta con nombre de diosa.

Por eso, estos días que todo son malos augurios para nuestro bolsillo y amenazas para nuestra salud, al devorar las crónicas sobre este descubrimiento con la ilusión de que se confirme que no somos los únicos con vida en el universo, he encontrado también un motivo de esperanza. Si los milagros son posibles y en Venus con tanto calentamiento y tanto veneno, puede surgir la vida, por qué no aquí.

Si en un planeta como Venus, donde si no te mata el calor es el azufre quien lo hace, hay indicios de vida, cómo en España no vamos a tener la esperanza de que pueda haber vida -inteligente- entre nosotros. En medio de la catástrofe, con la economía por los suelos, medio país confinado, el otro acongojado o liándola parda, hay como en Venus, posibilidad de que surja, un poco de esperanza que demuestre que todavía podemos sobrevivir como país.

Iñaki Ortega es director de Deusto Business School y profesor de la UNIR

martes, 15 de septiembre de 2020

Ojalá

 

(este artículo se publicó originalmente en el diario 20 Minutos el 7 de septiembre de 2020)

 

Los colegios permanecerán abiertos durante todo el curso y los niños no contagiarán a sus familias. En octubre, el pico de todos los años de la gripe no se notará apenas, gracias a las medidas preventivas por la pandemia. Los ERTEs se prorrogarán hasta 2021 y todos los trabajadores volverán a sus empleos una vez que pase la crisis. Los bares y los pequeños negocios volverán a la normalidad con el nuevo año. Los bosques no arderán. Las empresas de sectores como el turismo y el transporte recuperarán sus ingresos porque volveremos a viajar. Nunca nadie minusvalorará el sufrimiento de las víctimas del terrorismo. Las residencias de mayores serán los lugares más protegidos frente al coronavirus. Iñigo volverá a sus partidos de futbol de los sábados por la mañana. Los gobiernos pactarán las políticas con la oposición. Ningún adulto mayor estará solo este otoño porque se organizarán redes de voluntarios para acompañarlas. Oscar volverá sin miedo a la oficina. Los sanitarios tendrán todos los medios materiales para luchar contra esta epidemia. La paz llegará al Líbano. Todos seguiremos fielmente las recomendaciones de las autoridades para evitar contagios. Ninguna mascarilla estará tirada por el suelo. Nadie empuñará un arma contra nadie. La vacuna para la covid19 se dispensará antes de Navidad a cientos de miles de compatriotas. No habrá botellas de plástico en las playas o ríos. Mi hija jugará con sus amigas en el patio todo el año. Los homenajes a los terroristas serán prohibidos.  Los tratamientos para curar la SARS-CoV-2 serán eficaces y estarán disponibles en todos y cada uno de los hospitales del país. España volverá a ser el destino preferido en el mundo para pasar las vacaciones, estudiar y trabajar. El Rey volverá de Abu Dabi. Los centros de día para los enfermos de Alzheimer no bajarán la persiana. Ningún policía volverá a matar un indefenso joven de color. Los abuelos besarán de nuevo a sus nietos. Las chicas no serán menos que los chicos. Volverán los conciertos.

 La psicología ha dedicado mucho más tiempo a estudiar los aspectos negativos del comportamiento del ser humano (la ansiedad, la depresión o el pesimismo) que a enfocarse en aquellos que redundan en el bienestar humano. A finales del siglo pasado la llamada psicología positiva vino a cubrir este vacío centrándose en el estudio de las bases del bienestar humano. Martin Seligman, uno de los autores más destacados de esta escuela, concluye que la felicidad tiene mucha relación con estar contentos y para ello hay un elemento clave: la positividad. Adoptar un punto de vista optimista y asumir una visión positiva de lo que ha pasado y lo que va a suceder, nos acerca a la felicidad. Pero, además, como todos sabemos, si apostamos firmemente porque algo pase, en ocasiones se consigue. Así que, no tenemos nada que perder, seamos optimistas este curso que ahora empieza.

 Iñaki Ortega es director de Deusto Business School y profesor de la UNIR

domingo, 13 de septiembre de 2020

Falacias impositivas

(este artículo se publicó originalmente en el periódico El Correo el día 6 de septiembre de 2020 en una sección titulada ¿Qué hacemos con los impuestos?)

 


Nassim Taleb acuñó el término Cisne Negro es su libro homónimo de 2007. Resumiendo, es un suceso altamente improbable con gravísimas consecuencias socioeconómicas. Nadie previó la crisis sanitaria del coronavirus y en unos pocos meses ha traído la mayor destrucción económica de toda la historia de nuestro país. Si en la última crisis, el PIB cayó entre 2008 y 2013 un total del 8,6%, solamente este año el producto se hundirá el doble; la tasa de paro, entonces del 8%, ahora habrá que multiplicarla por dos; la deuda pública era de un 40% y en 2020 estará por encima del triple. 

 

Que esta pandemia es un ejemplo de cisne negro es muy conocido pero lo que no es tanto es que la definición de Taleb dice algo más y es que una vez pasado el hecho, se tiende a racionalizar haciendo que parezca predecibleEs esta segunda parte de la definición la que interesa más en este momento: las trampas de la mente en situaciones dramáticas. Las ilusiones han sido muy estudiadas en economía; el nobel, Daniel Kahneman, explicó esta falsa percepción cognitiva que llamó sesgo retrospectivo. Nuestra cabeza -impactada por algo que ha generado mucha atención- nos hace creer que lo sabíamos desde el principio, que era “obvio” y de “sentido común”. Este estudio tiene muchos siglos detrás y Aristóteles, en su manual contra los sofistas, abundó en lo que el identificaba como falacias. Una falacia no es otra cosa que un raciocinio errado que intenta pasar como verdadero. Un ardid basado en argumentos supuestamente “obvios” o de “sentido común” para convencer a la audiencia.

 

Ahora, en pleno inventario de daños de nuestra economía, aparece como milagrosa solución una falacia aristotélica que encajaría en la conocida como falso dilema. Hay que subir los impuestos, de lo contrario el país se hundirá. Los partidarios de aumentar la presión fiscal ocultan que no hemos dejado de hacerlo; si seguimos comparando indicadores con la anterior crisis, el IVA ha pasado del 16% al 21%; se ha recuperado el impuesto del patrimonio y el tipo máximo del IRPF en territorio común ha pasado de 43% al 49%. Repiten sin parar que hay que ser solidarios, como si hasta ahora no lo hubiéramos sido. Además, usan otro dilema, a saber: como estamos muy endeudados o subimos los impuestos o no podremos mantener el estado del bienestar. Pero no deja de ser un sofisma, porque se pueden obtener más recursos sin subir los impuestos o incluso bajándolos si aumenta la actividad económica. Olvidan conscientemente que, subiendo los impuestos, se lesiona al muy dañado tejido productivo que verá imposible su recuperación y se multiplicarán los cierres patronales y despidos. También antes de tomar decisiones tan arriesgadas debería racionalizarse el ingente gasto público y hacer más eficiente la recaudación. La solución fácil y demagógica es exigir que paguen más las empresas (que nunca han estado peor que ahora) y exprimir más a los cada vez menos trabajadores (no está de más recordar el último informe de la AIREF que sitúa en solo uno de cada tres españoles los que no viven de lo público). Pero lo difícil y valiente sería recortar gastos superfluos, luchar contra el fraude, eliminar duplicidades e implantar la evaluación de hasta el último euro del erario. Nuestros vecinos europeos parece que leen más a Aristóteles que nosotros y Francia, Alemania y Reino Unido no han caído en la trampa mental y sus planes de reconstrucción que vamos conociendo incluyen lo contrario que por aquí, un atractivo marco fiscal para los creadores de riqueza que son las empresas.

 

Iñaki Ortega es profesor de Deusto Business School

domingo, 6 de septiembre de 2020

Schumpeter vivió otra pandemia. Salvemos nuestros campeones nacionales

(este artículo se publicó originalmente en Actualidad Económica, el suplemento de Economía de El Mundo el día 6 de septiembre de 2020)




El economista austro-americano Joseph Alois Schumpeter ha pasado a la historia por su producción académica en el ámbito de la innovación. Nacido en 1883, vivió en Centroeuropa hasta que en 1932 fue fichado por la Universidad de Harvard y no abandonó hasta su muerte los Estados Unidos de América.

Para Schumpeter, encontrar nuevas combinaciones de factores de producción es parte del proceso de descubrimiento del emprendedor que le convierte en el principal motor del desarrollo económico. Estas nuevas combinaciones constituyen la mejor forma de responder a la demanda existente o de crear nuevas demandas, aunque por otro lado provoquen obsolescencia en los productos y tecnologías, lo llamó “proceso de destrucción creativa”. Schumpeter se une a así a la teoría de las olas largas de los ciclos y el crecimiento económico de su coetáneo Kondrátiev; estos ciclos son el resultado de la innovación que consiste en la generación de una nueva idea y su implementación en un nuevo producto, proceso o servicio. La innovación de los emprendedores, por tanto, no solo crea valor para ellos mismos, sino que hace posible el crecimiento económico e incrementa el empleo.

Esa constatación de que son las rupturas tecnológicas provocadas por los emprendedores las que modifican el equilibrio económico provoca un sentimiento agridulce porque hace que cierren empresas. Pero este hecho no es malo siempre que sea a causa de los cambios introducidos por otros empresarios en su búsqueda de beneficios. De hecho, si eso sucede, si se da la destrucción creativa, el flujo circular de la economía avanza hacia un estadio superior. Los empresarios se convierten en el factor de producción clave de cualquier país por encima de los clásicos de la tierra, trabajo y capital.

Un dato poco conocido de la biografía de este economista es que fue ministro de Hacienda en su país, Austria. El mismo año que la gripe española asolaba Estados Unidos, 1919, Schumpeter ocupaba esa alta responsabilidad. A pesar de ello o precisamente por eso no cambió ni un ápice su teoría y su apuesta por las empresas. Es verdad que el impacto que causó la pandemia de principios del siglo pasado apenas se notó en las economías de los países desarrollados, un reciente estudio situó en 0,4 puntos del PIB la recesión por esa gripe en la economía de Canadá. Hoy, en cambio, el impacto de la pandemia de nuestros días multiplica por 100 esa cifra en muchas geografías y son miles las liquidaciones y cierres de empresas. Por ello, aunque Schumpeter viviese otra pandemia, su apuesta por las empresas está más viva que nunca en esta otra epidemia sanitaria y económica más de 100 años después.

Que industrias españolas como Duro Felguera cierren por el impacto del coronavirus no responde a ninguna destrucción creativa y no traerá nada bueno a Asturias. Que empresas de emprendedores del sector turístico vayan a concurso de acreedores no será porque otro competidor les ha desplazado sino por un virus que vino de China y que llevará pobreza a Baleares o Canarias. Que campeones de la aeronáutica como Aciturri dejen de facturar no será porque un emprendedor mirandés como Ginés Clemente haya dejado de hacer bien su trabajo sino porque una enfermedad ha congelado los viajes en avión y únicamente provocará desánimo en Castilla y León. Esta misma semana leía en Expansión cómo Duro Felguera conseguía un nuevo contrato millonario en Brasil compitiendo con las mejores ingenierías del mundo. Empresas españolas como las que acabo de citar y otras muchas en sectores como el comercio minorista o las infraestructuras, solo han podido alcanzar su posición gracias a su desempeño, la complicidad con su clientela y su capacidad de reinventarse y adaptarse a la era digital. Han seguido fielmente las teorías del economista de Harvard y han innovado para liderar sus mercados. Por eso si Schumpeter hoy fuese ministro en España haría todo lo posible por evitar que todas estas excelentes compañías españolas que tanta riqueza y empleo han creado estos años cerrasen sus puertas. Alemania y Francia tienen desde el minuto uno de la covid19 las herramientas públicas para salvar a sus campeones nacionales. España ha tardado más, pero dispone gracias al acierto de la SEPI de un Fondo de Apoyo a la Solvencia de Empresas Estratégicas y el ICO gestiona capital europeo suficiente para salvar a empresas tractoras de nuestra economía. ¿A qué esperamos para apostar por lo que Schumpeter bautizó como el cuarto factor productivo? La otra opción es condenar al subsidio a regiones enteras de nuestro país y además nos saldrá más caro.

Iñaki Ortega es director de Deusto Business School y profesor de la Universidad Internacional de la Rioja (UNIR)

 


miércoles, 2 de septiembre de 2020

Un premio al civismo para los mayores

(este artículo se publicó originalmente en el medio especializado 65yMas el día 2 de septiembre de 2020)

La primera ola de la pandemia ha sido especialmente dura con las cohortes nacidas antes de 1959. En concreto desde los inicios de la COVID-19, diversos informes internacionales apuntaron a los adultos mayores como el principal foco de riesgo de muerte. Esta circunstancia se ha puesto de manifiesto de forma muy evidente en el caso de España a la luz de los datos conocidos -a fecha de julio de 2020-. Conforme estos números, sin duda, el conjunto de población que más ha sufrido el coronavirus, en términos de mortalidad, en nuestro país ha sido el de aquellas personas cuya edad superaba los 74 años, el 82,04 % de los fallecidos se han concentrado en ese rango de edad. El segundo grupo de edad más afectado es el de aquellas personas cuya edad estaba comprendida entre los 65 y los 74 años, concentrando el 11,62% de los fallecidos. Por último, el grupo de edad de personas menores de 65 años en su conjunto han concentrado tan solo el 6,34% de los fallecidos o si se prefiere así: el 93,66% de las víctimas mortales por el virus tenían más de 65 años.

 

Pero el verano trajo el fin del confinamiento en España y la llamada “nueva normalidad” impuso una serie de medidas de prevención ante eventuales contagios que se resumieron en las tres “M”. A saber, mascarilla, metros de distancia social y limpieza de manos.  Ahora que estamos ya terminando el estío y asistimos estupefactos al aumento desbocado de brotes a los largo y ancho de toda nuestra geografía no podemos caer en el error de pensar que las tres “M” no han funcionado. El Instituto de Salud Carlos III dependiente del Ministerio de Sanidad, publica periódicamente los informes de la Red Nacional de Vigilancia Epidemiológica (Renave). Si vemos los últimos datos del 27 de agosto en lo que se refiere a contagios por edad en personas con inicio de síntomas y diagnóstico no queda otra que felicitar a las personas mayores que viven en España. Si a principios de mayo, todavía en estado de emergencia, la mediana de la edad de los contagiados era 60 años (el 56% de todos los casos) hoy, después de tres meses de nueva normalidad, esa edad ha bajado a los 37 años. O lo que es lo mismo los contagiados ahora mayoritariamente están en el entorno de los cuarenta años frente al principio de la pandemia que se situaban en los sesenta. El rejuvenecimiento de los enfermos por el SARS-COV-2, conforme a Renave, se incrementa en comparación con los datos de hace cuatro meses. En pleno confinamiento atacaba a los mayores, uno de cada cuatro era mayores de 80 años. Ahora esa ratio es para los jóvenes entre 15 y 29 años. Incluso si se amplía la cohorte de edad hasta los 59 años se comprueba que siete de cada diez nuevos infectados no ha superado los sesenta años. La buena noticia es que los mayores de 80 años solo suponen el 5% de contagiados, pero, por desgracia, eso se traslada en un 22% de hospitalizados frente a los menores de 30 años que solo tienen un 1 % de ingresos hospitalarios.

 

Con todas las reservas por ser esta una situación inédita, podemos afirmar que las personas con más de sesenta años en España han sido ejemplares a la hora de cumplir las recomendaciones para evitar contagios y están aplicando fielmente las tres “M”. Los mayores salen, pero se relacionan con prudencia con terceras personas, lo hacen con mascarilla y se encargan de que la higiene sea norma en su vida cotidiana. El ministro Salvador Illa afirmó hace unos días que “son un espejo en el que mirarse”, a mi me gustaría dar un paso más y reclamar una proporcionalidad a los medios de comunicación. Si en plena emergencia solamente se alertaba de residencias y de ancianos fallecidos, ahora tendría que dedicarse la misma atención y los mismos titulares a reconocer a la población adulta mayor española su ejemplar civismo y cómo sin su comportamiento estaríamos ahora de nuevo en un confinamiento con las consecuencias sanitarias, pero también económicas que todos conocemos. Por ello, desde aquí, mi reconocimiento a todos ellos.



Iñaki Ortega es director de Deusto Business School y profesor de la UNIR


Fuente. Renave de IC3 sobre noticia Diario Vasco 30 agosto de 2020

lunes, 31 de agosto de 2020

¿Quién cuida a las empresas? Las catástrofes que no se ven

 (este artículo se publicó originalmente el 31 de agosto de 2020 en el diario 20 Minutos)


El final de agosto ha traído inundaciones e incendios; casas anegadas por las tormentas, pueblos desalojados por las llamas, pero por suerte también bomberos trabajando a destajo. Miedo y destrucción mitigada por policías, bomberos y miembros del ejército. Sin embargo, en las noticias de este verano además de catástrofes naturales he encontrado otros fenómenos que también están ya generando miedo en España y -si no hacemos nada- también destrucción. No pienses que hablo de los rebrotes de la pandemia, una suerte de espada de Damocles que nos ha acompañado estos meses impidiéndonos como en el mito griego disfrutar de los banquetes de Siracusa (las vacaciones) por el temor a que la afilada arma (el coronavirus) sostenida por un único pelo de la crin de un caballo (la gestión de la crisis sanitaria) se cayese sobre nuestra cabeza (un nuevo confinamiento). No. A fuerza de leer contagios y observar nuevas medidas nos hemos acostumbrado a vivir con esa amenaza porque además confiamos en que los médicos con los nuevos tratamientos y los científicos con la vacuna nos salven. Me refiero a una catástrofe quizás menos evidente pero igualmente destructiva si nadie nos ayuda. La destrucción del tejido empresarial español.

Por mi trabajo no dejo de leer la actualidad empresarial cada día y he seguido con tristeza las noticias de una gran empresa española en apuros. Duro Felguera forma parte de la historia empresarial de nuestro país. Fundada en Asturias a mediados del siglo XIX ha sido capaz de evolucionar con los tiempos, de la extracción del carbón a la siderurgia pasando por la producción de bienes de equipo y en la actualidad la gestión de complejos proyectos energéticos. No sin problemas, Duro Felguera ha sobrevivido a guerras, crisis, éxitos y fracasos. Pero ahora un virus de nombre covid19 puede acabar con mas 160 años de historia y lo que es peor dejar sin empleo a más de 2400 familias y privar a España y Asturias de una empresa multinacional e innovadora que ganaba dinero antes de la pandemia.

El coronavirus tiene a los médicos, las catástrofes a los bomberos, pero quién atiende a las empresas en apuros. Francia ha anunciado esta misma semana un plan de 100.000 millones para salvar empresas. Alemania ha aumentado estos días la dotación a su fondo billonario para salvar sus industrias nacionales. España creó a finales de julio el Fondo de Apoyo a la Solvencia de las Empresas para aquellas compañías con fuerte aportación social y económica afectadas en su continuidad por la pandemia. Tenemos la suerte de vivir, como reza nuestra Constitución, en un estado social y de derecho; o lo que es lo mismo que la ley es garante del bien común. Por eso tenemos médicos y policías, hospitales y pensiones; pagadas por los impuestos de todos los que trabajamos. Pero sin empresas en las que emplearse nada de eso sería posible. Qué buena oportunidad para consolidar nuestro Estado del Bienestar salvando empresas como Duro Felguera u otras que como las del sector aeronáutico ya no aguantarán mucho más la crisis del turismo. Qué buena oportunidad para demostrar que las empresas sí tienen quien les cuide cuando vienen malas. Qué buena oportunidad para entender que el bien común se construye desde la colaboración público-privada.

 

Iñaki Ortega es director de Deusto Business School y profesor de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR)

domingo, 30 de agosto de 2020

Qué difícil trabajar en España en agosto

(este artículo se publicó originalmente el 28 de agosto de 2020 en el diario La Información)


El mes de agosto es propicio para los excesos. El calor junto al bajón de la actividad lleva a medio país durante el día a sestear o estar en remojo y en cambio aprovechar el fresco de la noche para todo tipo de actividades. Es un mes en el que predomina el hedonismo y este año, a pesar de la pandemia, ha seguido siendo así. Pocas dudas caben que detrás de una gran mayoría de rebrotes de la covid19 han estado las celebraciones en pueblos y ciudades de las ferias agosteñas o las fiestas nocturnas de jóvenes y no tan jóvenes. Pero, como en el mito, nos hemos dejado engañar por los cantos de sirenas que nos pedían disfrutar del verano como siempre y ahora nos ahogaremos. La realidad es que nos teníamos que haber atado al mástil como lo hizo Ulises para no caer en la tentación del hedonismo. Las sirenas del mito griego regalaban los oídos de los marineros que embelesados querían acercarse más y más a las ninfas marinas para finalmente morir ahogados. Por eso el dios heleno pidió ser atado en el palo mayor para jamás bajar al mar con las sirenas. Pero este verano parece que hasta hemos interpretado mal el ejemplo de la tripulación de Ulises que se pusieron tapones de cera para sobrevivir y hemos estado sordos, pero no para la llamada al disfrute sino para escuchar los avisos que nos alertaban del peligro.

Y no han sido pocos. Primero fue el informe de coyuntura con los datos del desplome del PIB en más de un 18%, luego el adelanto de la caída de la recaudación en casi un 20%, el informe de la CEOE tasó en un millón y medio los empleos perdidos por el confinamiento y finalmente la AIREF alertó que más de 22 millones de españoles viven del Estado (3.5 millones de funcionarios, 10 millones de pensionistas, 4 millones de trabajadores en ERTEs y cerca de 5 millones de desempleados cobrando subsidios o nuevas ayudas). Pero nosotros con tapones de cera no oíamos nada porque lo importante era divertirse en agosto.

 

Detrás de este comportamiento de los españoles este verano quizás hay algo más que despreocupación, por ello convendría, a la luz de los datos de la AIREF, repasar algunas viejas teorías para entender mejor qué puede estar pasando en nuestro país. La ética del trabajo es la creencia en que el trabajo en sí es un valor moral. Desde el siglo XVIII polímatas como Benjamín Franklin o ya en el XX filósofos como Max Weber defendieron que el trabajo bien hecho es una virtud ya que tiene un beneficio social y una capacidad inherente para fortalecer el carácter. De modo y manera que aquellas sociedades que priorizan el trabajo y lo ponen en el centro de la vida individual y social están llamadas a lograr ambiciosas metas frente a los territorios hedonistas destinados al fracaso más absoluto. Los países con amor por el trabajo tienen ciudadanos (empleados) satisfechos y respetables que alinean sus objetivos individuales con los sociales.

 

Para el alemán Max Weber esa ética explica el comportamiento exitoso del empresario capitalista en territorios con fuerte implantación del protestantismo. De modo y manera que la actividad emprendedora tradicionalmente ha tenido mayor auge en aquellas áreas geográficas en las que predominaba la ética calvinista debido a que -frente a los católicos- la asunción de riesgos y la búsqueda del enriquecimiento están bien valorados socialmente. Weber lo llamó racionalismo económico que puede resumirse en el deber profesional o si se quiere en el gusto por el trabajo y por el ahorro.

 

El conocido como padre de la patria en Estados Unidos, Franklin, es citado en la obra de Weber “La ética protestante y el espíritu del capitalismo” para reafirmar su argumentación. Para el fundador de los Estados Unidos actuales, la tarea de aumentar constantemente el patrimonio es un deber moral, no como un medio para obtener placer y disfrute, sino como un fin en sí mismo. Este hecho para Benjamín Franklin tiene un origen religioso, de hecho, menciona un pasaje de la Biblia para ilustrar sus ideas: «si ves a un hombre atento en su profesión, ése puede presentarse ante los reyes». Esto explica que una profesión, como una actividad por la cual se obtiene cada vez más dinero, es vista en esta teoría “como la expresión de la entrega total no solo al trabajo, sino también como un deber revelado por Dios y como suma virtud religiosa”.

 

Volviendo al informe de la Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal qué difícil será, más allá del componente religioso, promover una cultura de la ética del trabajo en nuestro país con tan pocos españoles trabajando. Lo grave no es que en agosto casi nadie haya trabajado, bien sea por las vacaciones o por la crisis del turismo, sino que la tormenta perfecta (que explica magistralmente el economista Ignacio Marco-Gardoqui) está ya aquí. A saber: desempleo masivo, pobreza máxima, envejecimiento poblacional, recaudación mínima y recesión inaudita. Si traducimos esto a números, la realidad hoy en día es que la mitad de los 47 millones de españoles viven de lo público, exactamente el Estado es el empleador/pagador de 22,650 millones de personas, que suponen el 48'90% de la población española. Mientras tanto la población ocupada -sin contar los funcionarios- apenas son 14 millones, es decir solo una de cada tres personas trabaja en nuestro país o si lo prefieren el 70% o vive del Estado o de su familia, pero no de su trabajo. Difícil no, imposible, promover así una ética del trabajo. Difícil no, imposible lograr, en este mes de agosto de la pandemia, un país emprendedor y decente (en su cuarta acepción de la RAE). Difícil no, imposible jugárnoslo todo a la ficha del plan europeo Next Generation. Porque el problema seguirá ahí y no es otro que cada vez es más difícil trabajar en nuestro país.

 

Iñaki Ortega es director de Deusto Business School y profesor de la UNIR

martes, 18 de agosto de 2020

La noche me confunde


 (este artículo se publicó originalmente el día 16 de agosto de 2020 en el diario 20 Minutos)



Tengo dudas de si tanto eslogan de autoayuda en las comunicaciones gubernamentales ha sido bueno. Del «todo va a salir bien» pasando por el «saldremos más fuertes» los españoles hemos recibido un chute diario de refuerzo de autoestima durante la pandemia. Hasta el presidente Pedro Sánchez se empeñó en sus comparecencias televisivas semanales (veinte consecutivas) en expresarse como un híbrido de psicoterapeuta argentino y guerrero de las Termópilas con eso de «a este virus le ganamos entre todos (y todas)». El resultado ha sido que este verano miles de españoles se han lanzado a los brazos de la noche como si no hubiera un mañana. El mensaje bélico del gobierno funcionó, pero ha llevado a que demasiados conciudadanos pensaran que gracias a su esfuerzo habían derrotado a la pandemia y ahora tocaba desquitarse de tanto sacrificio en la batalla.  Quizás no toda la culpa la tienen esos eslóganes y hay que achacar una parte al largo confinamiento que nos mantuvo en casa sin salir tanto tiempo o simplemente la causa está en el termómetro y la combinación verano-vacaciones, pero este año, está claro, la noche nos confunde. 

 

La televisión ha cincelado la cultura popular de las generaciones nacidas en el siglo pasado, muchos recordaréis, hace unos años en España, cuando un personaje, de nacionalidad cubana, novio de una conocida folclórica, dijo en un programa de máxima audiencia para justificar sus infidelidades «la noche me confunde». Desde entonces esa frase (con acento caribeño) forma parte de nuestro bagaje y la usamos irónicamente para expresar una torpe y caradura excusa tras una mala conducta. Y ahora, me temo, que a la vista de las estadísticas sanitarias tenemos que pronunciarla de nuevo.

 

Nada más lejos de mi intención que criminalizar a un sector como el del ocio nocturno que genera más del uno por ciento del producto interior bruto del país y emplea a cientos de miles de trabajadores. A más a más, si incluimos en el análisis de la industria de la noche otros efectos inducidos ese porcentaje aumenta considerablemente. Por ejemplo, piensa cómo la oferta nocturna ayuda a que nuestro país sea uno de los más visitados del mundo, pero también una de las naciones donde cualquier joven quiere vivir (uno de los destinos más demandados de los universitarios Erasmus lleva años siendo España). Pero lo cortés no quita lo valiente y esta vez, por muchos ingresos que se generen, nos hemos pasado. Las fiestas tras la selectividad (EBAU), los botellones en parques, las moragas playeras, las copas a la fresca, los gin-tonics después de cenar, las terrazas a reventar y en general los vehementes reencuentros (bien regados) con amigos a la luz de la luna, están detrás del aumento del crecimiento exponencial de la curva de contagios por la covid19 en julio y agosto.

 

La desescalada nos confundió y nos ha llevado a pensar que la pesadilla había acabado y que ahora tocaba divertirse. Pero ni la crisis sanitaria ha terminado ni la crisis económica ha manifestado aún toda su fuerza. Pero como recuerda el jesuita Daniel Villanueva, es absurdo buscar responsabilidades en lo público mientras somos irresponsables en lo privado, «es vital comprender que de mi actitud privada con mi gente depende la salud de todos; es importante lo que haga el gobierno, pero eso no disminuye ni mucho menos sustituye mi responsabilidad y esa sí está en mi mano». El responsable de la ONG Entreculturas insiste que el bien común no se logra desde el solipsismo de sólo existo yo y los demás están para servirme. Esta defensa de la responsabilidad individual no supone restar ni un ápice de presión hacia nuestros gobernantes, pero, por desgracia, últimamente todo lo resolvemos acusando a los políticos -sean del color que sean y gobiernen donde gobiernen- sin darnos cuenta de que todo empieza en nosotros mismos. Así que, por favor, ahora que ya no nos confundirá la noche gracias a las nuevas restricciones, que no nos confunda nuestro ego.

 

Iñaki Ortega es director de Deusto Business School y profesor de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR)


sábado, 1 de agosto de 2020

El tsunami de la segunda ola del virus

(este artículo se publicó originalmente el día 31 de julio de 2020 en el diario La Información)



Los sismólogos, tras estudiar el funcionamiento de los tsunamis, concluyeron que antes de la llegada de la gran ola que destruye todo lo que se le pone por delante, aparecen algunos indicios, como por ejemplo una bajada súbita e intensa de la marea. Aun conociendo este hecho, los expertos inciden que en ese momento es muy improbable tener tiempo para escapar de la destrucción de una ola gigante. Puedes saber lo que te espera, pero no puedes hacer nada para evitarlo. Ahora, con la covid19, no sabemos lo que nos espera, pero si podemos hacer algo para evitarlo.

Un equipo del Centro de Investigación y Políticas de Enfermedades Infecciosas (CIDRAP) de la Universidad de Minnesota en Estados Unidos ha previsto tres escenarios para una segunda ola de la pandemia en el caso de que la vacuna que nos inmunice no llegue a tiempo. El primero, muy mortífero, como pasó con la gripe española de principios del siglo pasado, será una nueva pandemia mucho peor que la actual que dejará millones de víctimas en todo el planeta. La segunda posibilidad es un fuerte rebrote, pero no al nivel del pico de la emergencia sanitaria pasada. El último, el más optimista, prevé la práctica desaparición del peligro vírico con apenas contagios y fallecidos en el futuro próximo. Pero, y aquí lo interesante, el informe concluye que, aunque no sepamos qué va a pasar “los mensajes de los gobiernos deberían incorporar que esta pandemia no terminará pronto y que la gente necesita estar preparada para posibles resurgimientos periódicos de la enfermedad en los próximos dos años con puntos calientes que irán apareciendo en diversas áreas geográficas”.

En nuestro país, la multitud de rebrotes este verano y el aumento exponencial de las tasas de contagios nos han convertido en esos puntos calientes que habla la Universidad de Minnesota y nos hacen también temer lo peor. Pero nadie puede saber a ciencia cierta si en octubre la pandemia regresará más fuerte que en marzo. Lo único que sí podemos conocer son las lecciones aprendidas de la crisis sanitaria de esta primavera e intentar aplicarlas para evitar caer en los mismos errores. Un equipo de investigadores, entre los que me incluyo, y por encargo del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) hemos detectado varios aprendizajes a aplicar en los sistemas de atención a la longevidad, puesto que es la cohorte de edad con mayor letalidad por el coronavirus. Conviene recordar, en este momento, que son abrumadora mayoría, en este parte del mundo, las víctimas mortales del virus mayores de 80 años, con patologías previas y viviendo en instituciones residenciales.

Los puntos de fragilidad para la población adulta mayor conforme el análisis de lo ocurrido estos meses son los siguientes:

1. La descoordinación de los sistemas sanitarios y sociales. La sanidad española ha funcionado bien, pero en cambio los servicios sociales como residencias, centros de día o servicios de ayuda a domicilio han padecido la desconexión con el sistema sanitario lo que ha dejado desamparados a muchísimos mayores.

2. La falta de armonización de los protocolos y normativas de los sistemas de atención a la longevidad. No sólo en los diferentes niveles competenciales: estatal, autonómico, provincial o local sino también entre lo público, lo privado y lo concertado. El mando único no ha significado instrucciones y recomendaciones únicas e inmutables.

3. El no detectado impacto letal de la soledad. La distancia física ha sido aplicada para proteger a los más mayores, pero en ocasiones ha funcionado como una suerte de tortura de distancia social con dramáticas consecuencias que iremos viendo poco a poco. Muchos ancianos no han muerto por la alerta sanitaria, pero languidecen por la soledad impuesta y por el alarmismo de su entorno y los medios de comunicación.

4. La ausencia de una suficiente oferta de calidad de bienes y servicios para los adultos mayores. Un estado de emergencia o una pandemia no puede dejar sin atención a millones de mayores que precisan de ayuda domiciliaria o asistencia para la dependencia en el hogar. Nuevas empresas, pero también nuevos profesionales, centros públicos y más acciones de voluntariado han de ofrecer servicios básicos y robustos a los mayores en el marco de la conocida como economía plateada o ageingnomics.

5. La falta de concienciación y responsabilidad personal. Las crisis sanitarias serán recurrentes en el futuro, como alerta el CIDRAP, lo que exigirá estar preparados también en el plano personal. Ser precavidos significara en el futuro tener ahorros, sistemas de previsión social, hogares adaptados y seguir las recomendaciones del envejecimiento activo.

En unos meses conoceremos las conclusiones definitivas de nuestra investigación y será el momento de profundizar y matizar estos aprendizajes que ahora anticipo. Ojalá que a diferencia de lo que sucede con los tsunamis, nos dé tiempo a aplicar esas lecciones y protegernos ante una nueva destructiva ola vírica, llegue o no llegue, este otoño.

Iñaki Ortega es director de Deusto Business School y profesor de la UNIR

lunes, 27 de julio de 2020

Renovarse o morir

(este artículo se publicó originalmente el día 27 de julio de 2020 en el diario 20 Minutos)

En la semana en la que nos hemos dado de bruces con la crisis del turismo y las previsiones de destrucción de empleo, sólo queda acordarse de Miguel de Unamuno y su genial afirmación «el progreso consiste en renovarse». La decisión del gobierno británico de exigir una cuarentena a los turistas que viajen a España ha asestado un duro golpe a los ya maltrechos datos de nuestra primera industria nacional. Canarias o Baleares sufrirán caídas de dos dígitos en su PIB, o lo que es lo mismo ,cientos de negocios cerrarán y miles de trabajadores serán despedidos. A partir de ahora todos los esfuerzos irán orientados a sostener esta fuente tan importante de riqueza y vendrá financiación a espuertas y millonarios planes de ayudas.
Pero hace un siglo Unamuno, sin saber que una pandemia castigaría a su país, adelantó la solución. Su llamada a renovarse se ha convertido en el popular dicho «renovarse o morir». Pero antes de que nos empecemos a lamentar de ser españoles y nuestro mísero destino conviene recordar que en todo el mundo renovarse e incluso reinventarse está detrás del éxito de empresas, países y profesionales. Compañías suecas, americanas, francesas o japonesas lo ha probado con éxito: IKEA empezó vendiendo bolígrafos y hoy es la referencia mundial en mobiliario, Coca-Cola era un jarabe medicinal antes de ser la bebida refrescante por excelencia, Peugeot ofrecía molinillos de café y ahora vende coches en los cinco continentes y Nintendo fabricaba barajas de cartas antes de liderar el negocio de las consolas de videojuegos. El milagro de países como Corea o Israel tiene su base es saber renovarse y aprovechar las crisis como acicate. Corea pasó de ser más pobre que Ghana a uno de los diez países más ricos del mundo.  La clave de este espectacular desarrollo es el continuo cambio; de la agricultura a la industrialización, de un modelo de importaciones a otro basado en la exportación y de una competitividad de costes a otra centrada en la innovación. “La historia del milagro económico de Israel” escrito por los periodistas Senor y Singer explica el éxito de una economía emprendedora que en apenas unas décadas pasó de ser un país agrario a una potencia tecnológica. ¿Cómo es posible conseguir ser el principal inversor del mundo en investigación y desarrollo por habitante siendo un territorio en guerra y sin recursos naturales? La respuesta es la innovación y el emprendimiento. Israel crea anualmente miles de empresas de alto potencial gracias a un perfecto ecosistema de sector público, universidades y talento con un denominador común: poner en cuestión lo establecido.
Pablo Isla abandonó una brillante carrera de abogado del estado para probar fortuna en la empresa y hace pocos meses fue nombrado el mejor CEO del mundo por su trabajo en Inditex. Letizia Ortiz cumplió su sueño de presentar el informativo de referencia, pero lo dejo todo por ser la Reina de su país. Ricardo Fisas fue despedido con cincuenta años, pero eso le llevó a crear la empresa Natura Bisse, referencia mundial en cosmética. Si Peugeot, o IKEA no hubieran cambiado estarían hoy cerradas. Sin una reinvención radical Corea o Israel no serían las economías que hoy admiramos. Quizás también nos hubiéramos perdido el liderazgo de Isla, Fisas o la Reina Letizia ¿A que esperamos a hacer caso a Unamuno?

Iñaki Ortega es director de Deusto Business School y profesor de la UNIR

miércoles, 22 de julio de 2020

Cuidado con el efecto péndulo


(este artículo se publicó originalmente el 20 de julio de 2020 en el blog del Banco Interamericano de Desarrollo -BID-)

Isaac Newton ha pasado a la historia como uno de los científicos más relevantes de la humanidad, entre otros descubrimientos, por la ley de la gravedad. Se cuenta que este físico inglés encontró la inspiración durmiendo la siesta debajo de un árbol tras despertarse súbitamente por el golpe de una manzana en su cabeza. A partir de ahí estudió las fuerzas que rigen el universo y que explican desde la rotación de los planetas al porqué una manzana cae al suelo cuando su peso es demasiado para el árbol que la vio crecer. Esas mismas leyes casi 500 años después nos ayudan a entender cómo tenemos que reaccionar ante lo que está pasando con la pandemia y las personas de más edad.


El virus conocido como covid-19 se ha cebado con los adultos mayores. La gran mayoría de los fallecidos pertenecen a ese grupo de edad, si usamos la ratio de adultos mayores fallecidos sobre el total, nos daremos de bruces con que en España supera el 90%, en Brasil se sitúa en el 80% y en Perú muy cerca del 70%. Aunque las cifras varíen entre países nos permiten concluir que la cohorte de los 60 años en adelante es, con mucho, la que más han sufrido el coronavirus. En América Latina y el Caribe son más de 70 millones de personas con esa edad que han vivido en primera persona este drama y es imprescindible actuar en consecuencia.

A medida que los datos sobre la crisis sanitaria se han ido conociendo, el foco se ha puesto, especialmente en muchos países europeos, en las residencias para adultos mayores. Conforme a Fundación de Estudios de Economía Aplicada (FEDEA) en Europa los fallecimientos en residencias representan más del 50 por ciento del total. Especialmente sangrante es el caso español, para el cual dos terceras partes de las muertes derivadas del covid-19 se han producido en centros residenciales. Si ponemos la lupa veremos que hay regiones españolas donde más del 90 por ciento de los adultos mayores fallecidos vivían en residencias. Queda tiempo aún para que conozcamos otras lacerantes realidades, por ejemplo, los miles de mayores que han muerto en la soledad de sus casas por miedo al contagio en un hospital o porque no han podido acceder a la atención médica adecuada en su momento. La aplicación a los mayores del sistema de triaje en los hospitales (selección de pacientes empleado en la medicina de catástrofes) que poco a poco se va constatando con la aparición de pruebas documentales, como, por ejemplo, las instrucciones oficiales de los gobiernos competentes. ¿Debería ser la edad un criterio de selección de pacientes? La reflexión ética es contundente en su respuesta: no.

La primera ley de Newton afirma que todo cuerpo permanece en estado de reposo a no ser que sea obligado por una fuerza externa a cambiar su estado. Y precisamente la pandemia ha sido esa fuerza maligna que ha de obligarnos a movernos y revisar el sistema de cuidados que nos hemos dotado para los adultos mayores. Hemos estado parados demasiado tiempo sin darnos cuenta de que la demografía era imparable; cada año le estábamos ganando unos meses a la vida de un modo implacable hasta convertir nuestros países en sociedades envejecidas. Sin duda, un auténtico triunfo de las sociedades modernas pero que requiere procesos de adaptación y cambio. En este sentido nuestro sistema de cuidados a los mayores es el mismo que hace medio siglo. El BID nos recuerda que en el año 2050 en América Latina y el Caribe vivirán cerca de 30 millones de adultos mayores en situación de dependencia, la covid-19 nos exige a dar pasos valientes (ver Envejecer con Cuidados)

La segunda ley de Newton establece que el cambio de movimiento es proporcional a la fuerza motriz externa. Nadie duda que el mazazo de la pandemia ha sido brutal, el FMI estima que el PIB global en 2020-21 será unos 9 billones de dólares inferior al que hubiera alcanzado en ausencia del virus; una pérdida superior al tamaño conjunto de las economías de Alemania y Japón. Por ello, siguiendo al genial físico, las inversiones públicas y privadas para adecuar nuestro sistema de cuidados han de ser proporcionales al daño que nos ha causado el virus. Nuevas y ambiciosas políticas, mucho más gasto y nuevos profesionales que darán sentido a la llamada economía plateada o economía del envejecimiento.

La tercera ley de Newton reza que tras toda acción ocurre siempre una reacción igual y contraria. Es lo que explica el movimiento de los péndulos y el efecto del mismo nombre en psicología, pero también en política; cómo pasamos de una situación emocional a la contraria o de unas opciones ideológicas a las antagónicas. Ojalá que este efecto no se ponga en marcha con el sistema de cuidados ahora empecemos a promover soluciones cuasi hospitalarias para los mayores como modo de vida cotidiana. Eso supondría pasar, como peligrosamente se empieza a detectar, del modelo residencial actual al modelo hospitalario o de instituciones medicalizadas, sin darnos cuenta de que la clave reside en  los cuidados de larga duración centrados en la persona .

Desde hace décadas, el deseo de las personas es expresado con claridad cuando se investiga esta cuestión: vivir en casa, en su entorno, aun cuando necesiten ayuda. Sin embargo, los esfuerzos planificadores y presupuestarios en los modelos de protección social a la vejez se siguen focalizando en las residencias, con fuerte influencia institucional. Pero hay alternativas respaldadas por suficientes evidencias científicas que promueven modelos domésticos, agrupados en unidades de convivencia cuando no es posible continuar viviendo en el hogar habitual. Su diseño y organización facilitan un mayor control de la transmisión ante pandemias como la que padecemos: espacios pequeños, profesionales del cuidado estables, que se convierten en valedores de estas personas y una vida cotidiana familiar.

Para terminar nos gustaría citar a otro genio que ha pasado a la historia -esta vez iberoamericano- el arquitecto, profesor e inventor Francisco Javier Sáenz de Oiza dejó escrito que “el espacio íntimo en un mundo inmenso dignifica el oficio de habitar y el arte de construir (…) también facilita su humanización y la de las personas que le dan vida, desde la soledad y en ocasiones desde el sufrimiento (…) La casa, que no es solo el lugar donde vivir, es un espacio íntimo y protector”.

Avanzar en esta nueva dirección exige imaginativas políticas públicas y muy diferentes inversiones privadas, pero también la solidaridad comunitaria y una profesionalización de los cuidadores. Estamos a tiempo.



Iñaki Ortega es economista y profesor de Deusto Business School y de la UNIR.
Mayte Sancho es psicóloga y gerontóloga






lunes, 20 de julio de 2020

¿Eres elefante o gacela?

(este artículo se publicó originalmente el día 19 de julio de 2020 en el suplemento Actualidad Económica del periódico El Mundo)


Recuerdo de pequeño los domingos después de comer esos maravillosos documentales de National Geografic sobre la sabana africana en los que siempre la veloz gacela acababa siendo abatida por algún poderoso carnívoro. En cambio, el elefante, en manada y con su paso lento pero firme sobrevivía a los rigores de su ecosistema. Si entonces me hubieran dado a elegir entre ser gacela o elefante, mi opción sería una larga vida de paquidermo.

No he tenido la oportunidad de preguntar a los profesores Birch del Instituto Tecnológico de Massachusetts y Belasco de la Universidad de San Diego sobre sus aficiones de sobremesa, pero sí he leído sus artículos académicos sobre los emprendedores. Ambos han usado el símil con estos animales para ilustrar la relación entre corporaciones y emprendedores. A finales de los 70, David Birch sorprendió al mundo con su informe “Job generation process”, todo un hito en la superación del paradigma dominante de la gran empresa, demostrando que las nuevas y pequeñas unidades empresariales generaban en Estados Unidos la mayor parte del empleo neto. Para Birch, los elefantes son grandes multinacionales que sufren rígidas burocracias. Las gacelas, en cambio son empresas muy débiles -por pequeñas y jóvenes- pero tan ligeras que casi vuelan. Años más tarde el profesor Belasco quiso enfatizar la imperiosa necesidad de mantener vivo el espíritu de innovación en las grandes empresas en su libro “Enseñar a bailar al elefante”. Las grandes compañías se comportan del mismo modo que los elefantes, no solo por su tamaño, sino también por ser animales de costumbres que raramente olvidan lo aprendido en el pasado. Esas enseñanzas hoy ya no sirven; pero se siguen cumpliendo como si fuese religión en las grandes organizaciones, cuando las bases de la economía son radicalmente diferentes. Sólo olvidando esas obsoletas lecciones, el elefante aprenderá a bailar. 

Han pasado décadas desde la publicación de estos estudios y desde mis sentadas ante la televisión para ver documentales y ya no tengo tan claro si quiero ser elefante o gacela.   Los elefantes siguen siendo grandes compañías bien asentadas pero muy lentas; las gacelas, por el contrario, son startups que mueren en su mayoría en los primeros años de vida por muy disruptivas que sean. Pero mis dudas se acrecentaron aún más hace cuatro años cuando un grupo de académicos nos pusimos a investigar el fenómeno del emprendimiento corporativo o lo que es lo mismo la colaboración entre grandes empresas y emprendedores para innovar. La tesis de nuestra investigación se resumía en que solo cooperando (bailando) ambos animales podrían sobrevivir. En la nueva economía, el elefante no es tan fuerte y la gacela no es tan frágil. Nuestra encuesta a las más grandes empresas con operaciones en nuestro país así lo ha demostrado. El trabajo de campo realizado hace unos pocos meses constató que el 86% de esas grandes empresas usaban la innovación abierta frente al 23% que decían eso mismo hace apenas dos años. De nuevo el elefante volvía a jugar bien y ganaba la partida.

Pero en esas estábamos cuando apareció en el mes de junio de este año una noticia muy extraña. En el delta de Okawango (Bostwana) aparecieron 169 elefantes muertos sin razones aparentes. Los animales no tenían muestras de violencia, pero tampoco de enfermedad alguna. Los expertos alertaban de las consecuencias de estas muertes en la cada vez más exigua población de elefantes precisamente por la ansiedad causada de ver morir a tantos de su especie. Inmediatamente me puse a chequear el ranking de Bloomberg de las empresas más importantes. En apenas unas décadas se han evaporado la mayoría de los elefantes corporativos. No solo los elefantes mueren en África sino también en la bolsa americana. Ser grande ya no es garantía de nada y muchos de esos paquidermos empresariales empiezan a tener miedo; un miedo que las startups huelen y les impulsa a seguir saltando cada vez más lejos, cada vez más fuertes. Por eso, ahora, si tengo que elegir, escojo ser gacela.


Iñaki Ortega es profesor de Deusto Business School y director del II Informe de Emprendimiento Corporativo de Santander Universidades y CISE.

martes, 14 de julio de 2020

Cisnes, rinocerontes e impuestos

(este artículo se publicó originalmente el día 13 de julio de 2020 en el diario 20 Minutos)

El gobierno quiere subir los impuestos. Nadie puede sorprenderse porque es algo firmado en el acuerdo de los partidos que sostiene la presidencia de Pedro Sánchez. Pero ese documento tiene fecha de enero de 2020 y aunque han pasado pocos meses, ahora todo es muy diferente. Hace medio año, la economía crecía en el entorno de los dos puntos y España había enlazado seis períodos consecutivos de crecimiento del PIB Las previsiones macroeconómicas hablaban de una ligera desaceleración, pero garantizaban en 2020 y 2021 ratios positivos. Nada permitía atisbar el cisne negro de la pandemia en el horizonte. Un cisne negro es una expresión acuñada por el investigador Nassim Taleb para referirse a un suceso muy improbable, pero de alto impacto social. Así que, de bruces, en marzo, la sombra de un inmenso ánade de color negro tiñó de escuro todos los informes con sus previsiones. El último conocido, el de la Comisión Europea, estima ahora que la economía española retrocederá en 2020 un 10,9%.
Lo que sí sorprende es que en España sigamos anclados en enero de 2020 mientras nuestros pares europeos han ido anunciando sus medidas para luchar contra la recesión provocada por el parón económico que exigió la emergencia sanitaria. Coincidiendo con el inicio de la campaña de verano Alemania, Inglaterra o Italia rebajarán el IVA del turismo y la hostelería o el que afecta a bienes de consumo duraderos, Francia después de años bajando la fiscalidad se ha comprometido a no revertir esa dinámica. Holanda, Suecia, Lituania y Suiza aplazarán el cobro de impuestos como el IVA o el IRPF hasta 2021. Pero en España el reloj se paró en enero de 2020 y continuaremos con la hoja de ruta que exigió Podemos como si nada hubiera pasado. Subir impuestos como el de sociedades, patrimonio, los especiales o el de la renta o incluso crear nuevas figuras impositivas para gravar la actividad de las multinacionales.
A los economistas nos encantan los símiles con animales. Un rinoceronte gris es un fiero espécimen que vive en El Congo, después del elefante es el mamífero terrestre más pesado del planeta. Se conoce su peligrosidad, pero, a pesar de ello, todos los años pierden la vida algunos turistas que subestiman el riesgo de acercarse al bicho. La analista Michele Wucker explica que frente al cisne negro que nadie puede prever, este fenómeno es altamente probable porque ya ha sucedido en el pasado, pero por alguna razón el riesgo es ignorado.
El Banco de España ha alertado recientemente de las consecuencias de subir los impuestos, Bruselas insiste en sus nefastas consecuencias para una economía maltrecha y la historia económica está trufada de gobiernos que usando los impuestos con inteligencia hicieron prosperar a sus países. Ojalá que al Gobierno no le pase como el turista que visita la sabana africana y se acerca a fotografiar al rinoceronte gris muy ufano porque está montado en una potente camioneta. Porque cuando el rinoceronte se pone a correr ya no hay protección ni punta de velocidad de coche que aguante la embestida de su cuerno y solo queda lamentarse de la imprudencia.

Iñaki Ortega es director de Deusto Business School y profesor de la UNIR