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lunes, 8 de julio de 2024

Hasta el último minuto

 (este artículo se publicó originalmente en el periódico 20 minutos el día 8 de julio de 2024)


No rendirse hasta el final, en el deporte y en la vida. Ahora que nos hemos reconciliado con la selección española gracias a sus éxitos en la Eurocopa de fútbol, hemos comprobado la importancia de luchar hasta que se acabe el tiempo. Alemania empató a un minuto del final cuando nos veíamos ya ganadores. En la prórroga, también cuando faltaba un minuto, marcamos el gol de la victoria a una escuadra germana que nos había tenido contra las cuerdas en este tiempo extra. Exactamente igual en los siguiente partidos contra Francia e Inglaterra 

Los profesores consumimos mucho tiempo en explicar conceptos complejos que en ocasiones el deporte lo hace de una manera magistralmente sencilla por ser muy gráfica. Esa imagen de la euforia en el minuto 119 por el gol de Mikel Merino contrasta con la desolación de los españoles en Stuttgart tras el testarazo del empate de Wirtz en el minuto 89. Esa es la resiliencia que en mi asignatura de Dirección de Empresas les transmito a mis alumnos, me doy cuenta ahora que con demasiada palabrería. Dos pantallazos de los cuartos de final de un campeonato de fútbol permiten entender mucho mejor el atributo tan buscado para cualquier directivo que una hora de clase universitaria.

Resiliencia que no resilencia, proviene del latín resilio, volver atrás o rebotar. Y no es otra cosa que la capacidad de recuperación que tiene el ser humano ante una situación adversa. En física, es la cualidad de un material para recuperar su estado inicial cuando ha cesado la perturbación a la que había estado sometido. Lo malo puede pasar (un gol inesperado) pero si te repones y aguantas podrás vencer. Resiliencia no es únicamente no rendirse sino tener la fe de que puedes triunfar.

Otra imagen del deporte nos puede ayudar a entender de lo que hablamos. Un estadio de fútbol empieza a vaciarse a unos minutos del final del partido porque el equipo local va perdiendo. Imposible remontar un marcador en contra, pero muy posible evitar el atasco si se abandona el campo antes de que todo el mundo salga. El pragmatismo es lo contrario a la resiliencia. La lógica dice que no es posible, la capacidad de los directivos entrenados para superar las adversidades hace que las cosas pasen.

Por algunas de estas cosas ha estado resiliencia en los últimos años como candidata a la palabra del año. Parece como que los mas importantes diccionarios del mundo querían rendir homenaje a cómo hemos demostrado nuestra capacidad de aguantar una crisis como la de la pandemia y un ataque despiadado de la inflación en las economías familiares. Yo me permitiría añadir, esta semana que las pymes españolas se han quejado de la espiral de costes, cargas burocráticas y fiscales que sufren en los últimos años, que los pequeños negocios merecen ser incluidos en este aplauso por ser resilientes ante la coyuntura que padecen. Necesitamos que aguanten hasta el último minuto porque si lo hacen podrán darle la vuelta al partido. Nos va la vida en ello como economía y como país.

Iñaki Ortega es doctor en economía en UNIR y LLYC

martes, 30 de abril de 2024

Un ego desbocado

(este artículo se publicó originalmente en el periódico 20 Minutos el día 29 de abril de 2024)

Abraham Maslow ha pasado a la historia por su famosa pirámide de las necesidades. Este psicólogo dedicó su vida al estudio de la salud mental, aunque dónde se hizo archiconocido fue en el ámbito empresarial gracias a su jerarquía de las motivaciones plasmada en la pirámide que lleva su nombre. La teoría en cuestión defiende que conforme los humanos satisfacemos nuestras necesidades más básicas podemos aspirar a deseos más elevados. Eso explica la motivación tan fuerte que muchos líderes tienen para alcanzar el éxito. En la base de la pirámide se sitúa lo fisiológico (comer o dormir) y a continuación la seguridad, es decir la garantía de que no vas a morir por un ataque o una enfermedad. En la parte central está la necesidad de afiliación o lo que es lo mismo la amistad y sentirse querido. La cúspide del poliedro tiene a las necesidades más vinculadas al ego de las personas: el reconocimiento y la autorrealización. Los humanos una vez que tenemos todas las necesidades anteriores cubiertas, nos mueve el reconocimiento, tener éxito, ganarnos el respeto de la sociedad. Y la autorrealización que es el estadio más alto que puede alcanzarse ya que permite diferenciar lo falso de lo real y así lograr estar satisfecho con uno mismo.

Este ego para la psicología no es algo bueno ni malo, es simplemente cómo nos reconocemos a nosotros mismos. De hecho, siguiendo la pirámide de Maslow es una fórmula contrastada para crecer profesionalmente. Aspirar a pasar de un estadio a otro de la pirámide es una motivación para cualquier persona y para muchos profesionales. Quiero ser reconocido o aspiro a ser feliz mueven las carreras de muchas personas de éxito. El ego es por tanto como un caballo en el que te montas y te permite avanzar rápido. Escalas posiciones con menor esfuerzo que el resto y sin darte cuenta, movido por la confianza en ti mismo y por tus logros, alcanzas la cúspide. Un buen caballo ese ego que te lleva lejos.

Pero Maslow alerta de que cuando no se consigue la autorrealización, el deseo de reconocimiento por sí mismo, el pensar únicamente en tus deseos o el atosigar con tus cuitas a todo hijo de vecino, solo lleva al disgusto, el cinismo y la depresión. Es como si el caballo del que hablamos, se desbocase. Y es el ego el que marca el ritmo del trote y la dirección. Sin nadie quien dirija a ese caballo, sin una correa que embride a ese ego, acaba convirtiéndose en una pesadilla para el jinete y para todo el que está alrededor. Todos reconocemos a ese líder con el ego mal embridado que solamente te habla de su carrera profesional y logros, sin saber nada de la tuya. Ese supuesto amigo que consume horas y horas explicando sus dolencias y no pregunta por tu salud jamás. Esos colegas de trabajo del que sabes hasta el último detalle de su fin de semana porque, sin duda, es mejor que el tuyo. Qué decir de esos jefes que solo ven culpables a los demás de su nefasta gestión. Y tantas personas que, movidas por un ego desmadrado, acaban generando problemas a su alrededor por cuestiones meramente personales que deberían arreglar en su intimidad.

En la empresa y visto lo visto estos días en la política española, urge domar nuestros egos para que nos lleven a la armonía y no al desgobierno que vaticinó Maslow.


Iñaki Ortega es doctor en economía en UNIR y LLYC

domingo, 4 de febrero de 2024

La psique de los políticos

(este artículo se publicó originalmente en el periódico La Información el 27 de enero de 2024)

La anécdota ha pasado desapercibida para el gran público. Me permito recordarla, como economista, pero con un fin exclusivamente psicológico porque ilustra a la perfección el estado de ánimo de esta Europa del año 2024. Davos, 16 de enero, el presidente Pedro Sánchez, tras meses de desencuentros, convoca a los directivos españoles que asisten al foro económico mundial. A la cita, en una pequeña sala, acuden todos los primeros ejecutivos de las grandes compañías patrias presentes esos días en Suiza. Se cierran las puertas y se escucha inopinadamente un aplauso atronador. En la reunión, el presidente de Ferrovial acusado por el gobierno de antipatriota por trasladar la sede social a Ámsterdam, también su colega de Iberdrola -el más vilipendiado por los ministros de la coalición-, Josu Jon Imaz de Repsol -ahora negacionista del cambio climático para la vicepresidente Teresa Rivera- y los primeros ejecutivos de los “malvados” bancos que padecen un nuevo impuesto que se ha justificado desde el ejecutivo por los injustos beneficios que generan para sus accionistas. El equipo de comunicación de Moncloa tras escuchar la ovación comienza a contar a los periodistas acreditados que Sánchez es recibido en olor de multitudes por los empresarios. La realidad era bien diferente, ya que los aplausos eran para el CEO de Cepsa -también presente en la reunión- que acababa de ser reconocido por Forbes como uno de los mejores ejecutivos globales. Un fallo lo tiene cualquiera y rápidamente el equipo presidencial rectifica y cuenta el verdadero motivo de semejante homenaje.

Lo realmente relevante no es el error, sino qué es lo que lleva a alguien a interpretar ese aplauso de los empresarios como un reconocimiento a Pedro Sánchez. La explicación reside en la conocida como economía del comportamiento en la que su máximo exponente es el premio Nobel de economía Daniel Kanheman. En su libro “Pensar rápido, pensar despacio” este psicólogo defiende la necesidad de pensar antes de actuar. La mente nos engaña muchas veces y parece que los asesores del presidente español cayeron en el “sesgo de confirmación” que se explica en este manual superventas. A saber, la tendencia a interpretar la información para confirmar las propias creencias. Sánchez bueno, empresarios malos. El problema no es la anécdota de Davos sino que esos prejuicios cognitivos se muestran todos los días en las políticas públicas con nefastas consecuencias en nuestra economía. Más regulaciones y más impuestos provocan menos empresas y por tanto menos riqueza.

Pero España no es la excepción del territorio europeo de este fenómeno psicológico.  En un año electoral en el continente europeo, de tanto hablar de la amenaza de la ultraderecha y cebar su discurso con estrategias ininteligibles, estamos acabando por conseguir que se cumpla. Profecía autocumplida es otra forma de llamarlo. De nuevo una trampa de nuestra psique que tendrá consecuencias económicas. Como recuerda la profesora Alicia Coronil los últimos datos del PIB estadounidense abonan una posible revisión al alza de sus perspectivas de crecimiento en 2024; coyuntura contraria a la de la de la Eurozona en la que aumentan las señales de polarización en el continente europeo ante una crisis agraria, que ha llevado a los funcionarios de Bruselas a reunirse con el sector en busca de soluciones y por la preocupación de que esta ola de protestas se extienda al resto de Estados miembros. Un hecho que, más allá de las implicaciones sobre las cadenas de suministros y los precios de los alimentos, podría condicionar los resultados de las próximas elecciones europeas, en las que Fico, LePen y Orban acudirán con viento a favor.

La solución a estos sesgos es pensar despacio antes de actuar como defiende Kahneman y todos los seguidores de la heurística o capacidad de las personas para resolver problemas mediante la creatividad o pensamiento lateral. Se trata de aplicar un conjunto de reglas simples que permiten explicar los procesos de toma de decisiones y la solución de problemas, cuando estos son complejos o no se cuenta con la información completa sobre los mismos y así evitar caer en las trampas que nuestra cabeza (con nuestra ideología) nos pone.

El profesor de la Voxel School, José Cuesta defiende para lo anterior un talento híbrido fundamentado en la creatividad. Esa mezcla ganadora, es una combinación perfecta de habilidades blandas con conocimientos técnicos que podría contribuir, desde la empresa o el gobierno, a la competitividad de la economía aportando ideas innovadoras fundamentadas en la razón y no en el prejuicio.

Iñaki Ortega es doctor en economía en UNIR y LLYC

 

lunes, 1 de enero de 2024

La armada española de Llorente

(este artículo se publicó originalmente el día 4 de enero de 2024 en el periódico El Debate)


Miguel de Unamuno dejó escrita la sentencia «que inventen ellos» como paradigma de una época de ensimismamiento española en la que la capacidad de innovar se delegó al resto del mundo.

José Antonio Llorente murió el pasado 31 de diciembre, idéntica fecha en la que también falleció Unamuno. Casi un siglo separa sus vidas, pero José Antonio tuvo siempre claro que en la España que a él le tocó vivir, nació en M
adrid en 1960, sin innovación no había futuro. Y el vehículo que se lo permitíó fue la empresa. Tras estudiar periodismo en la Universidad Complutense y completar su formación en Inglaterra y Estados Unidos descubrió su vocación por la comunicación corporativa. Ya en España se puso a trabajar en la Confederación Española de Organizaciones Empresariales (CEOE) y el trato con los grandes empresarios de la época le llevó confirmar su vocación al mismo tiempo que su impulso a cambiar viejos paradigmas. De ahí, Llorente pasa a dirigir en Madrid la empresa líder en el mundo de las relaciones públicas, Burson&Marsteller.

Como Unamuno también llegó el momento en el que les dijo a sus patronos de Nueva York «venceréis pero no convenceréis» y tras pedir la cuenta, crea en 1995 su propia empresa: LLYC (Llorente&Cuenca) para poder liderar en el mundo y desde España la innovación en el sector de la comunicación corporativa. Primero incorporando un lobby profesional y transparente, luego el marketing y la mejor publicidad y siempre con la creatividad y digitalización por bandera. La empresa que presidió José Antonio hasta el día de su muerte es una empresa de socios talentosos, la líder indiscutible en el mundo de habla hispana, cotiza en Bolsa, tiene más 1.200 empleados, sede en 12 países y presencia creciente en Estados Unidos. Pero lo que es más importante, la compañía que creó JALL ha ayudado a miles de empresas españolas y del mundo a ser mejores; ha sido semillero de más de cinco mil profesionales que han construido una industria exnovo desde España para servir al mundo. Cada uno de ellos, hoy en las mejores empresas de todos los sectores o en la función pública, saben que José Antonio defendió el principio de mérito y capacidad por encima de cualquier otra consideración.

José Antonio decidió acabar con el mito de Unamuno y lo consiguió de la mano, cómo no, de una empresa -la suya- al igual que una armada de empresas españolas en los últimos cincuenta años han logrado que nuestro país sea sinónimo de innovación en todo el planeta.

Unamuno murió un día de Nochevieja, dicen que sin haber conseguido el premio Nobel por infaustas presiones. José Antonio Llorente ha muerto esta Nochevieja con miles de premios en las vitrinas de las oficinas de su empresa pero, sobre todo, con el premio de la admiración de las empresas y las personas que tuvimos el honor de trabajar con él. DEP.

Iñaki Ortega es doctor en economía y director general de LLYC en Madrid 

lunes, 19 de junio de 2023

Decálogo para el liderazgo

(este artículo se publicó originalmente en la revista Economía XXI el 19 de junio de 2023)

Todo el mundo habla de liderazgo, no solo en las escuelas de negocios sino también en las redes sociales, pero es más difícil resumir en un decálogo algunos aspectos clave para liderar una empresa en un momento tan convulso como el actual. A riesgo de caer en alguna ausencia o de inexactitudes por la falta de espacio, me he arriesgado como profesor de dirección de empresas, a proponer diez elementos imprescindibles para el actual liderazgo. Y para rizar el rizo, sin usar ningún anglicismo. Aquí están para ser practicadas:


  1. Humanismo. Liderar una empresa pensando que lo primero son las personas: tus clientes, tus proveedores, tus empleados pero también tus accionistas. Aristóteles o Tomás de Aquino lo aplicaron a la filosofía, pero la empresa de exige poner en el centro a las personas
  2. Mente abierta. Flexibilidad para no anclarse en lo que siempre se ha hecho de una manera y asumir que no siempre las ideas correctas son las tuyas. La capacidad de aprender de los mejores, aunque no sean de tu empresa o de tu sector, es algo que han practicado los mejores directivos
  3. Estar al día. El dinamismo de los mercados es tal que es imposible responder a las necesidades de los clientes sin volver a las aulas periódicamente para reciclarse. Los conocimientos que te hacen triunfar en un momento no siempre valen unos años más allá.
  4. Es la economía, estúpido. Esta famosa frase que le hizo ganar las elecciones a Bill Clinton puede aplicarse también al liderazgo empresarial. Conocer qué está pasando con las principales variable macroeconómicas (tipos de interés o inflación) es clave para un buen directivo
  5. Conocimiento Experto. En tu sector y con tu servicio has de atesorar el mayor dominio. Nunca es suficiente y siempre hay que saber más de tu industria y de tu producto. Los lideres exitosos siempre han cultivado un altísimo grado de excelencia técnica y así se lo premiaron los mercados.
  6. Oratoria. Si no eres capaz de expresarte con total garantía en entornos profesionales masivos, estás renunciando a tu potencial y al de tu empresa. El considerado mejor inversor de todos los tiempos, Warren Buffet ha dejado escrito que “una persona puede aumentar su valor en un 50 por ciento solo aprendiendo a hablar en público”.
  7. Equipo. Las empresas con mejores resultados en todo el mundo están gestionadas por equipos de alto rendimiento. El individualismo de las empresas del siglo pasado ha dado pasado a compañías gestionadas por equipos que hacen posible que 1 + 1 = 3
  8. Emprendedor. Hay que mantener la mentalidad de los inicios. Esa humildad de saber que estás empezando y por tanto ni puedes gastar lo que quieras ni puedes ser el absoluto referente. Desde la modestia de considerarse siempre un aprendiz, conseguirás vencer la soberbia de la autosuficiencia.
  9. Colaboración con lo público. En España la mitad de la riqueza generada en un año tiene su origen en el sector público y las regulaciones afectan a todos los negocios. La pandemia ha traído, nuevos programas públicos que no pueden ser desaprovechados como palanca de crecimiento
  10. Sociedad civil. Participar en redes profesionales como CEAJE o ATA permite que tus demandas puedan llegar a buen puerto además de mantener una relación con colegas de los que siempre se puede aprender. El asociacionismo no solamente te da ventajas en tu gestión empresarial, sino que te hace mejor profesional al pensar más allá de tu empresa.

Iñaki Ortega es doctor en economía, profesor de la Universidad Internacional de La Rioja y director del curso de liderazgo de CEOE Campus


domingo, 21 de mayo de 2023

Cuando la Inteligencia Artificial falla

(este artículo se publicó oficialmente el día 14 de mayo en el suplemento económico de El Mundo)

Últimamente la Inteligencia Artificial (IA) ha desbordado los centros tecnológicos para llegar al conjunto de la población. Gracias a un popular chatbot, también muchos directivos han descubierto cómo automatizar tareas y están urgiendo a sus equipos a zambullirse en la IA.

Al mismo tiempo, casi como un juego, miles de profesionales han conseguido demostrar -simplemente con alguna sofisticada pregunta- que estos chats aun no son tan inteligentes como pensamos. La IA falla y lo seguirá haciendo. También la inteligencia humana lleva siglos fallando, pero en el caso de las personas hay formas contrastadas para evitar esos errores. Con las máquinas no hemos llegado tan lejos. Por es, quizás en el mundo empresarial, convendría seguir explotando las posibilidades de la inteligencia humana, antes de abrazar ciegamente este nuevo credo de la infalibilidad de la IA.

Intentar entender y explicar los mecanismos cerebrales para la toma de decisiones viene de antiguo. No siempre actuamos conforme al sentido común y en demasiadas ocasiones hacemos justo lo contrario. Desde Platón y Descartes, con su defensa de la racionalidad humana, hasta Aristóteles y Spinoza, con una visión más integrada, el afán por entender el comportamiento de las personas ha ocupado a los pensadores, hasta llegar a nuestros días con dos investigadores como Kahneman y Thaler premiados por ello con el Nobel.

Todos ellos beben de un mismo argumento que conviene recordar. Nuestro cerebro es fruto de la evolución del ser humano. Al principio de los tiempos ese cerebro era reptiliano porque su función era la supervivencia. Posteriormente se desarrolla el cerebro límbico o emocional, el de los mamíferos, y más tarde el cerebro humano o racional. Los tres siguen conviviendo en nuestros días y eso explica que en ocasiones las respuestas a determinadas situaciones activan antes el cerebro rápido -reptiliano- que el racional. Esto es tremendamente útil ante una situación de emergencia, por ejemplo, con efectos reflejos como apartarnos del fuego, pero en otras ocasiones nos lleva a fallar por no pensar con profundidad las respuestas a algunos impulsos.

En economía y en entornos de incertidumbre, es habitual que falle la razón ya que -cada vez más- los humanos para poder responder con rapidez, tomamos atajos. Es decir, tomamos decisiones basadas en sesgos que en muchas ocasiones desafían a la racionalidad, pero, eso sí, nos permiten actuar muy rápidamente.

Si desde el mundo empresarial conocemos esos sesgos, conseguiremos entender mejor a los empleados, clientes, proveedores e inversores que son humanos y por tanto susceptibles de fallar. Por supuesto que esta apuesta por entender el comportamiento humano no se agota en la empresa sino que tiene aplicación directa en otros campos como la política y las políticas públicas.

Los experimentos en todos estos campos son muchos y se han trasladado a exitosas estrategias. El llamado efecto Barnum que suelen usar las marcas con sus sugerentes eslóganes para hacernos sentir únicos pero que beben de la misma trampa mental que los horóscopos que pronostican obviedades.  El efecto inercia usado en Suecia consiguió aumentar la tasa de donantes simplemente cambiando el formulario para que por defecto haya que donar órganos y darse de baja para no donar, y no al contrario como era habitual. El efecto mágico del gratis, basado en la aversión humana a perder una oportunidad. Los precios gancho en Amazon o el efecto ancla en Starbucks para diferenciarse de sus competidores. Hasta la mosca en los urinarios de Ámsterdam que ha conseguido reducir en 50 % los costes de limpieza, son ejemplos de que la ciencia empírica funciona al trasladarse a la empresa.

¿Cómo mostrar y fijar los precios? ¿Cuántas opciones presentar? ¿Cómo diseñar los argumentarios comerciales? ¿Cómo diseñar un proceso de bienvenida a un nuevo empleado para que la retención sea mayor? ¿Por qué las personas nos damos de alta en el gimnasio y no vamos? ¿A partir de qué importe no cobrar los costes de envío? ¿Por qué los indecisos acaban votando al partido que va delante en las encuestas? Son algunas de las muchas preguntas que pueden responderse con el estudio de los sesgos mentales. Economía del comportamiento se le ha llamado en la academia y algunos directivos preclaros han decidido que los departamentos de esta disciplina salten de la universidad a sus propias compañías. La creación de áreas especializadas, sin duda, puede llevar a mejorar los resultados de negocio y ya se habla como de una gran tendencia empresarial. La española Carmen López Suevos -una de las mayores expertas en este ámbito porque lo ha probado en su exitoso desempeño en multinacionales- no se cansa de repetir que somos irracionales, pero predeciblemente irracionales. Es una pena que estemos tan poco avanzados en nuestro país.

¿Quién dijo que fuese fácil? Como indica el filósofo José Antonio Marina: “el cerebro es un gran continente con la mayor complejidad del universo”. Ahí está el verdadero reto y donde hay que poner el esfuerzo, en entender al humano y no en ganar a ChatGPT.

Iñaki Ortega es doctor en economía y profesor en UNIR y LLYC

lunes, 6 de septiembre de 2021

Volver

 

(este artículo se publicó originalmente en el periódico 20 Minutos el día 6 de septiembre de 2021)


“Yo adivino el parpadeo de las luces que a lo lejos. Van marcando mi retorno (…) Y aunque no quise el regreso. Siempre se vuelve (…) Volver. Con la frente marchita (…) Sentir. Que es un soplo la vida” El tango Volver tiene muchos años, casi un siglo, pero estos días de septiembre la canción interpretada por la voz de Carlos Gardel, con esa letra y la lenta melodía se me antoja más actual que nunca.

Veo a mis hijos suspirando a todas horas por la vuelta al colegio, a mi familia con el vértigo de afrontar los problemas de la vida cotidiana que las vacaciones atemperaron, a mis amigos resignados ante el nuevo abrazo de la rutina y yo mismo con el mismo cuerpo que se te queda cuando coges un avión a las 6 de la mañana.

Pero no somos los únicos que volver nos causa tristeza como la canción del mismo nombre. Los cientos de miles de despedidos por el fin de la campaña de turismo saben de lo que hablo. También los autónomos y las pymes que ven con pánico cómo la factura de la luz no deja de subir. Y los miles de damnificados por la gota fría de septiembre que se repite todos los años a pesar de tanto big data e inteligencia artificial. Los socios del gobierno de España que saben que les espera un curso de navajazos con peleas intestinas, los bancos españoles que tienen que seguir cerrando sucursales y echando a gente a la calle, los jóvenes que saben que no encontrarán trabajo porque viven en el país con mayor tasa de desempleo juvenil de Europa, los empresarios españoles que ya se les ha amargado el primer café de septiembre con la subida de los costes salariales que se unen a la inflación galopante. Y uno de cada dos españoles que cada noche mira con pánico ese horrible invento que es el despertador.

Pero, mucho peor vuelta al cole tienen los millones de catalanes que sufrirán en unos días una Diada que les recuerda que no son queridos en su propia tierra.  Esas víctimas del terrorismo que no dan crédito a lo pronto que se ha olvidado que dieron la vida por su país y a nadie le importa ya que se jalee impunemente a los asesinos etarras. O el presidente Biden que en breve estará en el veinte aniversario de los atentados del 11 de septiembre y que tendrá que justificar a sus compatriotas que de nuevo Afganistán es refugio de la yihad. Una pesadilla casi como la que afronta la Ministra Teresa Ribera que ha de explicar la factura de la luz que no ha dejado de subir a pesar de la claridad de sus ideas cuando estaba en la oposición.

Dicen que el tango es un pensamiento triste que se baila. Bailemos con el nuevo curso porque igual de ese modo se nos va la nostalgia. Algunos padres de niños pequeños, que no me oiga nadie, ya bailan porque la guardería ha vuelto a abrir y necesitaban vacaciones de las vacaciones.

Iñaki Ortega es doctor en economía y profesor de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR)

martes, 27 de octubre de 2020

Manuales de psicología para gestionar la crisis.

(este artículo se publicó originalmente el día 27 de octubre de 2020 en el diario La Información)



La economía española no se recuperará en forma de V. China será el único país que crecerá en 2020. Pablo Casado votará “no” a la moción de censura de Vox. Los ERTEs durarán hasta final de año. El Real Madrid ganará al Barca tras sufrir dos humillantes derrotas con desconocidos equipos. Joaquín Sabina sobrevivirá a su mala vida. José Luis Martínez-Almeida sustituirá a Manuela Carmena en la Alcaldía de Madrid. Tik Tok será más popular que Instagram. Un Papa de la Iglesia reconocerá las uniones homosexuales La segunda ola de la covid19 se cebará con España. Trump se acabará poniendo mascarilla. Habrá un toque de queda a las 10 de la noche… Podría seguir con afirmaciones que eran improbables hace unos pocos meses y que han acabado sucediendo. No obstante, si las leemos ahora -y no hace un tiempo- nos parecen absolutamente normales. Así es. Nuestra mente necesita ciertas “trampillas” para no bloquearse y tiende a olvidar lo pasado para centrarse en lo presente. Los investigadores de la llamada economía del comportamiento, una suerte de campo de conocimiento entre la psicología y la empresa, llaman a esos atajos: sesgos cognitivos. Pero conviene no olvidar que son trampas y por tanto pervierten el proceso de toma de decisión.

Un sesgo es un efecto de la mente que da lugar a un juicio inexacto motivado por la interpretación no correcta de la información disponible. En demasiadas ocasiones nuestro cerebro es incapaz de procesar tantísima cantidad de información y tiende a filtrarla en base a diferentes criterios. Por desgracia este cribado puede conducir a tomar decisiones erróneas inconscientemente. Los filtros que usamos para entender nuestro mundo son variados, pero uno de ellos, muy usado por estos lares, es el de retrospectiva. Básicamente es la inclinación que tenemos para considerar los eventos pasados como predecibles y explica porqué ahora nos parecen obviedades las afirmaciones del primer párrafo de este artículo.

El sesgo retrospectivo también conocido como sesgo a posteriori no es más que una ilusión mental. Es sabido que nuestro cerebro no puede recordar todo y muchas veces solo nos acordamos de lo que nos interesa, así sucede con esta trampa cognitiva. Hay un hecho que no se sabe a ciencia cierta si va a suceder, pero cuando pasa nos inventamos retrospectivamente que eso era exactamente lo que pensábamos. El primero que logró demostrarlo fue Baruch Fischhoff. Este profesor americano realizó un experimento con motivo de una gira del presidente Nixon a China; preguntó varias cuestiones de política internacional a un grupo de voluntarios antes de la misión presidencial. Al regresar Nixon de sus viajes, pidieron a las mismas personas que recordaran la probabilidad que originalmente habían asignado a cada uno de los posibles resultados. Y lo que resultó fue muy claro. Si un posible acontecimiento se había producido, los encuestados exageraron la probabilidad que le habían asignado anteriormente. Y si el acontecimiento no se había producido, los participantes recordaron equivocadamente que siempre lo habían considerado improbable.

Pedro Sánchez ganará las primarias del PSOE. La moción de censura contra Rajoy será un éxito. Las sucesivas convocatorias electorales reforzarán al actual presidente del Gobierno. El pacto con Podemos no lesionará la popularidad presidencial. Las apariciones televisivas de Sánchez impulsarán su imagen como líder… ¿Estas afirmaciones achacadas a la gestión en bambalinas del estratega Iván Redondo son también consecuencia del sesgo retrospectivo?

Daniel Khaneman es un psicólogo que sigue ejerciendo como profesor con 84 años. En 2002 ganó el premio Nobel de economía por demostrar que los individuos cuando toman decisiones en entornos de incertidumbre se apartan de los principios de la lógica. A este tipo de decisiones las denominó atajos heurísticos; una de las manifestaciones más típicas de esos atajos es la retrospectiva. En su famoso libro “Pensar rápido, pensar despacio” expone esta interpretación, que igual te ayuda a responder a la pregunta que te acabo de hacer.

“Aunque la retrospección (…)  fomenta el temor al riesgo, también proporciona inmerecidas recompensas a quienes de manera irresponsable buscan el riesgo, como un general o un empresario que hacen una apuesta temeraria y ganan. Los jefes y dirigentes que han tenido suerte nunca son sancionados por haber asumido riesgos excesivos. Por el contrario, se piensa que gracias a su olfato y previsión anticiparon su éxito, y las personas sensibles que dudaban de ellos son vistas retrospectivamente como mediocres, tímidas y pusilánimes. Unas cuantas apuestas insensatas pueden conferir a un líder insensato un halo de audacia”.

Los países hispanohablantes no tendremos un nobel de economía como Khaneman pero sí poseemos el refranero en castellano. Y este párrafo de Khaneman sobre aquellos gurús que se benefician del sesgo de retrospectiva, nosotros en español, lo resumimos en “Crea fama y échate a dormir”.  El Instituto Cervantes sitúa en 1540 la primera vez que aparece en nuestra literatura con lo que podemos concluir que llevamos cinco siglos conociendo personajes que se crean una cierta reputación que, una vez ganada, será difícil de cambiar. No obstante, esta fama sirve no solo para un contexto positivo, es decir, si por suerte o trabajo duro las personas respetan tu trabajo, después de un tiempo no necesitarás probarlo más.  Se aplica también en sentido negativo, si transmites que careces de criterio y dices una cosa y la contraria, aunque un día ya no lo hagas va a ser difícil cambiar la opinión de la gente, porque ya creaste una reputación. Igual ahora alguien se anima en el Palacio de la Moncloa a releer los sesgos cognitivos o simplemente a hablar con sus mayores, que siempre recuerdan estos refranes.

Iñaki Ortega es director de Deusto Business School y profesor de la UNIR

jueves, 2 de abril de 2020

La empresa en los tiempos del coronavirus

(este artículo se publicó originalmente el día 31 de marzo de 2020 en el periódico El Economista)


Una novela dedicada al verdadero amor. Así se ha definido el libro de García Márquez “El amor en los tiempos del cólera”. Un hombre espera cincuenta años para recuperar a su amada, todo ello ambientado en un lugar devastado por la epidemia del cólera. ¿Cómo era posible amar en ese momento histórico? ¿Cómo es posible hoy pensar en otra cosa que no sea la emergencia sanitaria? La respuesta a ambas cuestiones es la misma: se puede y se debe.

La crisis del covid-19 ha paralizado el mundo y de repente las prioridades son otras. Lo importante es no morir, no hacer que nadie muera, no contagiar ni contagiarse. Por eso el estado de alarma, el confinamiento y el cierre de una gran mayoría de los comercios de cara al público. En principio el sector educativo, luego la restauración y los minoristas para posteriormente en cascada ir parando prácticamente todas las industrias. Las consecuencias se sufrieron inmediatamente en los mercados financieros y por tanto en la valoración de las empresas cotizadas. En la misma semana llegaron los primeros despidos que hoy colapsan las oficinas estatales de empleo. En breve el pulmón de las empresas más frágiles se acabará y comenzarán los concursos de acreedores y los cierres patronales, porque prohibir despidos o los permisos retribuidos no pararán la hemorragia. Todo con un abrumador y cada día más frágil consenso en que las duras medidas de aislamiento son las necesarias para frenar la pandemia y evitar más muertes. La economía, como miles de españoles, en la UCI. Pero el pulso de nuestra economía sigue latiendo gracias al teletrabajo y la necesidad de seguir abasteciendo a los millones de encerrados. Hasta aquí nada nuevo. Quizás para algunos sí lo sea que empresas españolas de toda tamaño y sector han reconvertido su actividad para fabricar mascarillas o respiradores. Igualmente que emprendedores se están movilizando de manera altruista bien para digitalizar pymes que sino cerrarán, bien para dar herramientas de big data a los hospitales. Grandes corporaciones de capital español están usando sus redes logísticas y capacidad financiera para, sin pedir nada a cambio, ayudar al sistema sanitario. Directivos dedican estos días todo su tiempo a movilizar recursos para salvar empresas con herramientas financieras de impacto social.
Pero desde este fin de semana nos encontramos en una nueva encrucijada: parar definitivamente la economía endureciendo el confinamiento o permitir que la actividad económica siga bajo mínimos. Los que defienden la primera opción, la hibernación, quieren evitar contagios causados por las personas que siguen trabajando pero quizás no tienen en cuenta que gracias a muchos de esos trabajadores ninguna localidad y ningún español ha estado desabastecido o ha dejado de disfrutar servicios de energía, agua o telecomunicaciones. Igual tampoco han reparado en que este débil pulso de la actividad empresarial está permitiendo que millones de españoles sigan con empleo aunque sea en remoto. Tal vez no son conscientes de que se ha levantado toda una ola de solidaridad liderada por empresas que también sufren. 

Antes de que nos demos cuenta la Semana Santa habrá pasado y el elefante seguirá en la habitación y tendremos que responder a la gran pregunta ¿seguir o no seguir con la economía parada? Somos muchos los que pensamos que tomar el camino del cierre total es llevar la economía a un coma inducido que en medicina es siempre la última opción para un enfermo por el riesgo de irreversibilidad.

Gabriel García Márquez consiguió hacer creíble en plena epidemia del cólera una historia sobre el verdadero amor que dio lugar a su premiada novela. Hoy, a pesar de lo que piensen algunos ministros una gran mayoría de empresas están mostrando la verdadera cara de la actividad económica. Empresarios y trabajadores que cuidan de sus familias la vez que trabajan, aunque nadie se lo pida. Cientos de miles de autónomos que seguirán pagando sus cotizaciones a pesar de no tener ingreso alguno. Corporaciones que evitan los ERTEs a costa de sus dividendos, CEOS que no duermen para buscar un resquicio que permita no despedir a nadie, altos directivos que se recortan sus salarios o multinacionales que se ponen a disposición de los gobiernos. Emprendedores empeñados hasta las cejas que no pueden dejar de trabajar no para pagar sus deudas sino para buscar soluciones de emergencia para las consecuencias del covid-19.

No han pasado ni tres semanas de confinamiento pero parece ya una eternidad. Entonces el debate era cómo conseguir empresas con propósito. Desde las grandes instituciones y los foros más relevantes del mundo se nos decía que había que reinventar el capitalismo; conseguir una economía de mercado inclusiva que no dejase nadie atrás; pensar menos en el dividendo y más en el compromiso con las comunidades. Había que aspirar a ser una empresa ESG (por sus siglas en inglés: environmental, social and governance). Ha tenido que venir esta pandemia para conseguir todo lo anterior y descubrir la verdadera empres:  la que sufre a la vez que la sociedad a la que sirve o la que se sostiene nuestro bienestar en contra de sus intereses.
Ojalá dejemos que empresas y directivos españoles sigan mostrando esa verdadera cara de la actividad económica aunque sea en los tiempos del coronavirus. Esta vez les premiará la historia.

Iñaki Ortega es director de Deusto Business School y profesor de la UNIR

jueves, 16 de marzo de 2017

La empresa humanista

(este artículo fue publicado originalmente el día 16 de marzo de 2017 en el diario El Correo)

Las dos palabras que titulan este artículo han llegado a ser consideradas como un oxímoron. El fin último del humanismo, el bienestar del ser humano, ha estado muy lejos del comportamiento de algunos casos judiciales que nos vienen a la cabeza, lo que convirtió en antagónicas esas palabras. Pero si repasamos la obra de un humanista como Alfred Marshall autor en 1890 del que se considera el primer manual de economía, veremos que esas malas praxis empresariales son la excepción que confirma la regla. Para Marshall la economía de mercado conseguía maximizar el bienestar siempre que se cumpliesen fielmente algunas condiciones como disponer de muchos demandantes y oferentes, igualdad de información de esos agentes y la no existencia de barreras de entrada y salida a los mercados. En caso de que no se observen sabemos, por desgracia, lo que puede ocurrir.

Los economistas han investigado profusamente las consecuencias de la actividad empresarial, por ello hoy no hay duda de que las empresas son las responsables de la creación de empleo, la riqueza, la competitividad, la innovación y hasta la cohesión social. Estas externalidades positivas que tanto bien han causado a la humanidad, sin embargo hoy se enfrentan a un mundo donde los problemas crecen a mayor rapidez que las soluciones. El terrorismo, la pobreza o la exclusión social nos lo recuerdan a diario. 

Pero la buena noticia es que hoy disfrutamos de un auge de las llamadas empresas humanistas. El surgimiento del cuarto sector y la llamada revolución de emprendimiento lo están haciendo posible. Pero esto solamente podría haber sucedido en un momento histórico en el que han coincidido dos hechos muy relevantes. En primer lugar la mayor crisis económica de los últimos 75 años y en segundo término la disrupción de la tecnología que ha popularizado el acceso a herramientas maduras que facilitan la desaparición de barreras de entradas a la mayoría de los mercados. 

El cuarto sector, aquellos agentes económicos que no son públicos, ni empresas privadas al uso, pero tampoco ONG, son empresas que buscan conciliar sus fines sociales con la disciplina mercantil. Desde que en los años 60, Bill Drayton fundador de Ashoka, hablase de los emprendedores sociales son muchas las empresas que han puesto en práctica ese nuevo humanismo empresarial. La ONCE o Ecoembes pero también el grupo Mondragón en el País Vasco o la marca de alimentación La Fageda en Cataluña, entre muchos otros, han demostrado que se puede ayudar a colectivos en riesgo de exclusión, cuidar el medio ambiente o promover el desarrollo del territorio siendo competitivo.

La revolución de las startups basada en la resolución de viejos problemas con innovadoras soluciones apoyadas en la tecnología ha conseguido no sólo democratizar el acceso al mundo de la empresa y atraer el mejor talento al emprendimiento sino, lo que es más importante, conseguir un consenso político al respecto de esta figura y su apoyo por las instituciones públicas. 

Por todo lo anterior es muy probable que la próxima vez que alguien junte los vocablos empresa y humanismo ya no recurra a un recurso literario como el oxímoron para definir esa unión, sino a las ciencias naturales y aquel fenómeno mediante el cual dos especies se necesitan para sobrevivir, también conocido como simbiosis.


Iñaki Ortega y Jordi Albareda son profesores de Deusto Business School

jueves, 9 de marzo de 2017

Acemoglu y las instituciones inclusivas

(este artículo se publicó originalmente en el periódico Expansión el 9 de marzo de 2017)

El 21 de febrero la Fundación BBVA anunció que el premio Fronteras del Conocimiento en su categoría de economía había recaído en el economista turco y profesor del MIT Daron Acemoglu. Para el jurado del premio el catedrático del Instituto Tecnológico de Massachusetts «fue el primero en demostrar que existen instituciones que generan prosperidad y otras que perjudican el desarrollo; la obra del galardonado ha abierto todo un campo en el que los investigadores pueden medir y cuantificar el efecto del modelo institucional en el desarrollo de una sociedad a distintas escalas».

Para el gran público Acemoglu se dio a conocer por el bestseller escrtito en 2012 junto al profesor James A. Robinson y que rápidamente se convirtió en un fenómeno global. «Por qué fracasan los países» permitió que cientos de miles de lectores en todo el mundo conociesen algo que no era nuevo pero que hasta ese momento no había usado la literatura divulgativa como vehículo.  La clave de porqué unos territorios triunfan y otros fallan no reside en el ADN de sus habitantes ni la latitud del país y ni mucho menos los recursos naturales de los que dispone, sino de las instituciones que se ha dotado. En concreto los autores clasifican las instituciones en extractivas e inclusivas. Las primeras abocan a sus habitantes al subdesarrollo con la ausencia de democracia  e impidiendo los cambios sociales. Las instituciones inclusivas, en cambio, otorgan igualdad de oportunidades, promueven las libertades y garantizan con ello la redistribución de la riqueza.

El concepto de institución utilizado por Acemoglu es muy amplio y comprende el conjunto de “reglas formales e informales que rigen las interacciones humanas, desde el derecho laboral a la protección de la propiedad y los contratos -seguridad jurídica-, pasando por los costes de transacción, los derechos de propiedad, las infraestructuras o el sistema educativo como medio de ampliar las posibilidades de las personas”. También las empresas son instituciones inclusivas siempre que sigan los viejos principios de competencia perfecta del economista inglés Alfred Marshall y así maximicen el bienestar económico. Las externalidades de las empresas como instituciones son conocidas por todos, más empleo, más riqueza, más innovación y mayor cohesión social.
El institucionalismo es una escuela que supera lo económico impregnando la historia y la ciencia política. Desde el siglo XIX han sido numerosos los investigadores que han puesto en valor las instituciones –entendidas como las reglas de juego y los jugadores de un territorio-  a la hora de explicar los cambios sociales o económicos. La academia sueca premió en 1993 con el Nobel a uno de los principales representantes de la actualización del insititucionalismo, el economista e historiador estadounidense Douglash North.. En aquella ocasión los académicos reunidos en Estocolmo valoraron “sus estudios sobre los cambios institucionales que permitieron concluir que son más relevantes que los tecnológicos para explicar el desarrollo económico.” Para North los factores políticos, sociales y económicos inciden sobre las instituciones y los grupos sociales siendo aquellos grupos que ocupan posiciones sociales dominantes los que, si detectan que las instituciones no responden a sus intereses, han de forzar los cambios.
Que las empresas son instituciones claves para el desarrollo económico es una tautología pero gracias a investigadores como los citados hoy sabemos que sin ellas no hay democracia y tampoco bienestar social. El propio Marshall allá por el año 1890 incluso dejó escrito en su obra Principios de Economía "como fuerza social, un individuo con una idea vale por noventa y nueve con un solo interés"
A nuestro economista premiado, nacido en Estambul pero afincado en Estados Unidos, le ha tocado vivir una época donde las instituciones están sufriendo la incertidumbre. En los dos países de Acemoglu  gobiernos con fuertes liderazgos personales sacuden diariamente las bases de esas instituciones inclusivas, ora deteniendo a opositores turcos indiscrimindamente, ora cerrando fronteras a la inmigración. Pero esa fiebre se ha extendido rápidamente por el mundo y hasta la tierra que vio nacer a Marshall pone trabas a la libre circulación de personas y mercancías. La vieja Europa también padece la amenaza de populismos que no creen en la libertad de empresa sino que al contrario acusan a estas instituciones de todos los males posibles. Por ello hoy toca volver a leer la obra de institucionalistas como el premiado Acemoglu y repetir con ellos “solo es posible la prosperidad de las naciones siendo sociedades abiertas”

Iñaki Ortega es doctor en economía y director de Deusto Business School.