lunes, 13 de septiembre de 2021

La buena tecnología


(este artículo se publicó originalmente en Actualidad Económica el suplemento económico del diario El Mundo, el día 12 de septiembre de 2021)



Las noticias falsas, el perverso uso de los datos personales, el cibercrimen, la precariedad laboral o el ciberactivismo han traído una profunda desconfianza hacia la tecnología.  Algunas de las grandes plataformas tecnológicas ya son más poderosas que los gobiernos de la mayoría de las naciones del mundo y saben más de nuestra vida que nosotros mismos. Este verano Apple ha anunciado que el nuevo iPhone tendrá un sistema que analizará las imágenes que se hagan con todos sus dispositivos en busca de material inapropiado. No sabemos si esta tecnología se implantará finalmente en todos los móviles, pero en el caso de hacerse miles de millones de usuarios podrían ser vigilados permanentemente. Yuval Harari cree que la inteligencia artificial será capaz de saber la orientación sexual antes que el propio adolescente simplemente por los datos acumulados de su navegación en internet o redes sociales.

Pero a pesar de lo anterior, es imprescindible defender la tecnología en la era de la covid19. Porque sin los avances tecnológicos hubiera sido imposible encontrar y dispensar una vacuna en tiempo récord, mantener la cadena logística de abastecimiento sin interrupciones, permitir la asistencia sanitaria universal, impartir millones de horas de clases en colegios y universidades, y un sistema de telecomunicaciones que ha permitido sobrevivir a la economía y a las familias. La buena tecnología ha estado disponible en los momentos más difíciles, fue buena porque resistió y porque ayudó al bien común.

La pandemia ha sumido a países como España en una profunda crisis que exige reconstruir las bases de nuestro modelo económico. Pero, al mismo tiempo, la alarma sanitaria ha permitido en un año avances tecnológicos que sin ella habríamos necesitado más de un lustro en conseguir. Quiero pensar que tantos sectores económicos devastados, con lo que ello supone en términos de destrucción de empleo y empobrecimiento, será un incentivo para acelerar, de una vez por todas, el proceso de transformación digital. Las empresas tecnológicas en España en plena emergencia sanitaria fueron declaradas sector esencial, esto demuestra que también son esenciales para cualquier otra industria del país y para el nuevo tiempo que nos toca vivir.

Ha tenido que ser la pesadilla de la alarma sanitaria la que nos ha hecho ver cómo la tecnología nos ha cambiado la vida para bien ya que está detrás de la erradicación de muchas enfermedades mortales o que la pobreza se esté reduciendo e incluso está haciendo posible un mejor planeta para las minorías. La esperanza de vida no ha dejado de crecer y apenas hay diferencias en la edad media por ejemplo entre Argelia y Hungría; la mayoría de la población del mundo vive en países que no son pobres y la energía ha llegado a la inmensa mayoría del globo. 

El coronavirus ha marcado un antes y después en nuestras vidas, pero también en la historia. Acabamos de iniciar, por tanto, la era de la pandemia. La época que recién empieza está por definirse, pero ya hay una certeza, la tecnología lo impregnará todo. Mi apuesta es que será para bien. Aquellos territorios que abracen el cambio tecnológico -sin esperar a que todo vuelva a ser igual que en marzo de 2020- conseguirán empresas, empleos y sistemas de bienestar resilientes. En la era de la pandemia no puede mirarse hacia atrás con nostalgia sino hacia el futuro con ilusión. Cada día la tecnología nos da buenas noticias en todo el mundo: aplicaciones que nos permiten viajar con garantías, hospitales que se construyen en semanas, sistemas logísticos eficientes, infraestructuras seguras de datos, empresas que no contaminan con el hidrógeno verde y administraciones soportando la economía a través de ayudas para las pymes y ciudadanos. Por supuesto que los problemas seguirán ahí y sufriremos episodios que la tecnología no podrá resolver e incluso en ocasiones empeorará.

No obstante, por cada uno de esos escenarios distópicos, hay diez beneficiosos, según el investigador Rafael Yuste. La neurotecnología se aplicará en pacientes con Parkinson a través de estimulación cerebral o en personas sordas con implantes que incorporan un micrófono que recogerá sonidos del exterior. En el futuro también se espera que con estas tecnologías puedan llegar a ver personas ciegas, o curar el Alzheimer finalmente gracias al refuerzo de los circuitos neuronales de la memoria.

Tenemos que aprovechar esta buena tecnología que nos permite lo anterior pero también hace posible abrirnos al mundo, trabajar a distancia, asumir con naturalidad la irreverencia de las nuevas generaciones, encontrar valor en los datos o competir con cualquiera. La reconstrucción económica y social de países como España ha de basarse en el talento de las personas y las instituciones que utilicen estas buenas tecnologías. Ortega y Gasset postulaba que la técnica solo adquiere sentido si está al servicio del hombre, en nuestra mano tenemos, ahora, darle la razón al filósofo español.


NOTA: el contenido del artículo se desarrolla en el libro LA BUENA TECNOLOGIA editado por PLANETA y que verá la luz en noviembre de 2021 y del que Iñaki Ortega es coautor


Iñaki Ortega es doctor en economía y profesor de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR) 

 

 

lunes, 6 de septiembre de 2021

Volver

 

(este artículo se publicó originalmente en el periódico 20 Minutos el día 6 de septiembre de 2021)


“Yo adivino el parpadeo de las luces que a lo lejos. Van marcando mi retorno (…) Y aunque no quise el regreso. Siempre se vuelve (…) Volver. Con la frente marchita (…) Sentir. Que es un soplo la vida” El tango Volver tiene muchos años, casi un siglo, pero estos días de septiembre la canción interpretada por la voz de Carlos Gardel, con esa letra y la lenta melodía se me antoja más actual que nunca.

Veo a mis hijos suspirando a todas horas por la vuelta al colegio, a mi familia con el vértigo de afrontar los problemas de la vida cotidiana que las vacaciones atemperaron, a mis amigos resignados ante el nuevo abrazo de la rutina y yo mismo con el mismo cuerpo que se te queda cuando coges un avión a las 6 de la mañana.

Pero no somos los únicos que volver nos causa tristeza como la canción del mismo nombre. Los cientos de miles de despedidos por el fin de la campaña de turismo saben de lo que hablo. También los autónomos y las pymes que ven con pánico cómo la factura de la luz no deja de subir. Y los miles de damnificados por la gota fría de septiembre que se repite todos los años a pesar de tanto big data e inteligencia artificial. Los socios del gobierno de España que saben que les espera un curso de navajazos con peleas intestinas, los bancos españoles que tienen que seguir cerrando sucursales y echando a gente a la calle, los jóvenes que saben que no encontrarán trabajo porque viven en el país con mayor tasa de desempleo juvenil de Europa, los empresarios españoles que ya se les ha amargado el primer café de septiembre con la subida de los costes salariales que se unen a la inflación galopante. Y uno de cada dos españoles que cada noche mira con pánico ese horrible invento que es el despertador.

Pero, mucho peor vuelta al cole tienen los millones de catalanes que sufrirán en unos días una Diada que les recuerda que no son queridos en su propia tierra.  Esas víctimas del terrorismo que no dan crédito a lo pronto que se ha olvidado que dieron la vida por su país y a nadie le importa ya que se jalee impunemente a los asesinos etarras. O el presidente Biden que en breve estará en el veinte aniversario de los atentados del 11 de septiembre y que tendrá que justificar a sus compatriotas que de nuevo Afganistán es refugio de la yihad. Una pesadilla casi como la que afronta la Ministra Teresa Ribera que ha de explicar la factura de la luz que no ha dejado de subir a pesar de la claridad de sus ideas cuando estaba en la oposición.

Dicen que el tango es un pensamiento triste que se baila. Bailemos con el nuevo curso porque igual de ese modo se nos va la nostalgia. Algunos padres de niños pequeños, que no me oiga nadie, ya bailan porque la guardería ha vuelto a abrir y necesitaban vacaciones de las vacaciones.

Iñaki Ortega es doctor en economía y profesor de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR)

domingo, 5 de septiembre de 2021

La economía de la soledad

 (este artículo se publicó originalmente en el diario La Información el 30 de agosto de 2021)


En estas semanas en las que hemos visto ciudades como Madrid vacías por el verano he recordado que en París la mitad de la población vive sola durante todo el año, en Estocolmo son seis de cada diez los que residen sin compañía. Reino Unido ha visto como la proporción de personas que viven solas se ha doblado desde 1960 hasta alcanzar el 31 por ciento. Son datos que leí en un informe del World Economic Forum que empezó a estudiar este fenómeno hace un par de años por sus implicaciones económicas.

En España, según un informe de la Universidad Pompeu Fabra son casi cuatro millones de personas los mayores de 65 años que viven sin compañía o lo que es lo mismo, el 43 por ciento de todos los que superan esa edad. Entre las mujeres de esa cohorte la proporción sube hasta el 55 por ciento.

Vivir solo o con alguien podría ser un mero dato estadístico si no supusiese un hecho añadido que aporta el catedrático de economía Guillem López Casasnovas: aproximadamente el 70 por ciento de las personas que viven solas también se sienten solas. Y cuando ese sentimiento aparece los especialistas de la salud defienden que es causa generadora de enfermedad, muchas de ellas mentales. Está demostrado que la soledad es uno de los factores de riesgo de mortalidad prematura, hasta se ha constatado una relación positiva entre soledad y deterioro del funcionamiento del sistema cardiovascular.

Los profesionales del sector del cuidado lo conocen de primera mano. En España, un 26% de las personas atendidas por Cruz Roja se sienten solas, para Sanitas es un 30 por ciento de sus pacientes. En el resto de Europa, el relato es muy parecido. Alemania tiene dos tercios de la población que consideran la soledad como un problema grave. Casi un tercio de los ciudadanos holandeses admitió sentirse solo, y uno de cada diez lo estaba gravemente. En Suecia, hasta una cuarta parte de la población dijo que con frecuencia se sentía sola. En Suiza, dos de cada cinco personas informaron que a veces, a menudo o siempre se sienten así. Pero no es una cuestión de edad, aunque la soledad se cebe con los adultos mayores, por ejemplo, uno de cada cuatro adultos en el Reino Unido ha experimentado soledad excesiva durante el confinamiento, especialmente entre los 18 y 29 años; uno de cada ocho dijo no tener ningún amigo. La escritora superventas Noreena Hertz cuenta estos datos en su último libro The Lonely Century en el que califica como la nueva pandemia a la soledad no solo por los problemas de salud que ocasiona sino porque está detrás del auge de los populismos. La economista defiende su tesis usando datos demoscópicos recientes y basándose en estudios sociológicos pretéritos que vinculan la falta de interacciones sociales con la propensión a rendirse ante ideologías intolerantes que aportan una sensación de pertenencia.

En cualquier caso, los costes económicos de la soledad son enormes. En Reino Unido se calcula que, para las personas de más de 75 años, la soledad incrementa los costes sanitarios en 6.000 libras por persona, precisamente porque la mitad de ellas viven solas, y muchas de ellas no han hablado con un pariente o amigo en más de un mes. El profesor Moreno-Ibáñez de la Universidad de Navarra defiende que la soledad es tan tóxica como fumar unos 15 cigarrillos al día.

Pero lo que es un hecho es que en los próximos años la soledad no va a dejar de aumentar en sus diferentes acepciones, desde vivir solo pasando por la soledad elegida o por el conocido como aislamiento social. Uno de cada cuatro ciudadanos de la Unión Europea declaró sentirse solo el año pasado, el doble con respecto a 2016. Las causas son conocidas pero me permito recordarlas: la población del mundo envejece alcanzándose edades extremas; la sociedad se transforma de la mano de nuevos hábitos y estilos de vida que rompen con la tradicional vida en familia; la tecnología y la inteligencia artificial han irrumpido haciendo innecesarias muchas interacciones sociales como ir a la compra, conocer a los vecinos o quedar con amigos y pandemias como la covid19 exigirán distancia social en ocasiones y han consolidado el teletrabajo evitando un espacio clásico de socialización.

Pero ante estas amenazas es cuando surge con fuerza la economía de la soledad. Una oportunidad para ofrecer nuevos bienes y servicios, desde la iniciativa privada con el impulso de lo público, que luchen contra esa soledad no deseada. Una buena noticia porque siguiendo esta vez a Renee Mouborgne de la prestigiosa escuela de negocios INSEAD, el mercado de la soledad es una océano azul -apenas hay operadores que han visto esta oportunidad - y los pioneros se beneficiarán de ello.

La economista-jefe de Singular Bank, Alicia Coronil, me ha recordado este verano que, según McKinsey, el consumo global aumentará aproximadamente en 19 billones de dólares en los próximos diez años, una cifra equivalente a un 22 por ciento del PIB mundial de 2020. No obstante, la mitad de este avance se concentrará en Asia apoyado en el incremento del peso de la clase media. De hecho, uno de cada dos hogares de ingresos medio-altos estará en el continente asiático, frente al 33 por ciento del total mundial en 2010. Pero lo más relevante de lo que me contó la profesora Coronil es que de aquí a 2030 los patrones de consumo estarán mediatizados no solo por la economía plateada (silver economy) sino por el crecimiento del número de hogares unipersonales, que representan actualmente un 35 por ciento del total en las economías avanzadas asiáticas y en el caso de China un 15 por ciento Una tendencia que también se observa en India, donde el tamaño medio de familias ha retrocedido un 15 por ciento en los últimos 10 años. Este hecho, para Mckinsey, está impulsando la economía de la soledad (lonely economy) asociada no sólo a una adaptación del tamaño de los envases de los productos y al aumento de uso de servicios a domicilio, compra de bienes y servicios online de entretenimiento digital o de salud, sino también a cambios en el urbanismo ante el incremento de la demanda de viviendas de menor tamaño.

En Estados Unidos, aunque suene a broma hay empresas que alquilan amigos (rent a friend), en Corea discotecas especializadas para senior solteros (colatecs). Es más seria la contribución económica que aportan las plataformas de citas entre solteros que alcanza los mil millones de euros en España según Ourtime. Las compañías que ofrecen paquetes turísticos para personas que viajan solas se han multiplicado en todo el mundo siendo el único colectivo que crece a dos dígitos y el auge de los espacios de trabajo colectivo, los conocidos como coworking, no se entiende sin explicar la necesidad que cada vez más profesionales autónomos tienen de salir de la soledad de su casa.

En España la plataforma Soul Auto se ha especializado en este público subastando coches de coleccionista usando tecnologías disruptivas; en el mundo Harley Davidson, la empresa líder en venta de motocicletas en Estados Unidos, tiene como uno de sus principales públicos objetivo a las personas que viven solas y tienen ingresos por ello.

Para finalizar no pido desde estas líneas lo que hizo en 2018 Theresa May, la primera ministra británica que creó un ministerio de la soledad sino simplemente que en la economía resolver problemas siempre tiene premio.

Iñaki Ortega es doctor en economía y profesor de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR)

jueves, 26 de agosto de 2021

Un gemelo para la ola de calor

(este artículo se publicó originalmente en el diario 20 Minutos el día 23 de agosto de 2021)

 

Una megatendencia, para los economistas, es una fuerza emergente que tendrá un impacto significativo en la toma de decisiones de los consumidores, las empresas y los gobiernos. Suelen ser sugeridas por consultoras y centros de investigación de gran prestigio, generalmente se cumplen y tienen que ver con la tecnología. Algunas de esas megatendencias en el pasado fueron el comercio electrónico o la irrupción de las plataformas de televisión.

 

Estos meses ha surgido con fuerza una nueva predicción que es la creación de gemelos digitales a través de la supercomputación. Se trataría de la generación de una réplica virtual de un producto, servicio o proceso que simula el comportamiento del original, con el objetivo de analizar su reacción ante determinadas situaciones y con ello mejorar su rendimiento. Para conseguirlo es imprescindible una increíble capacidad de computación puesto que es necesario procesar muchísimos datos que hagan que ese gemelo sea una copia perfecta.

 

Me cuentan mis amigos de Hewlett Packard Enterprise, que en medicina, por ejemplo, se están construyendo gemelos digitales de órganos como el corazón para observar y así podrían responder a diversas intervenciones, minimizando el riesgo de los primeros ensayos en humanos y acelerando la disponibilidad de los tratamientos para los pacientes. Pero en un futuro muy cercano uno de los principales retos será la interpretación del ADN, con un gemelo digital, lo que dará lugar a una medicina personalizada y a la cura de la mayoría de las enfermedades. Según Pierluigi Nicotera, director científico de DZNE -Deutsches Zentrum für Neurodegenerative Erkrankungen- un organismo público de investigación alemán dedicado a combatir enfermedades neurodegenerativas, la supercomputación “aumenta la probabilidad de que encontremos una terapia para el Alzheimer en un corto período de tiempo”.

 

Pero hay otros campos como la astrofísica, en la facultad de matemáticas de Cambridge existe una plataforma de computación que permite avanzar a los científicos de manera mucho más rápida en sus investigaciones cosmológicas. Sirva como ejemplo la búsqueda que lleva a cabo este grupo de pistas ocultas en conjuntos de datos masivos, que abarcan 14.000 millones de años de información, y que podrían revelar los secretos de los orígenes del universo y de los agujeros negros.

 

La NASA en el ámbito aeroespacial  dispone del superordenador Spaceborne Computer en una estación interespacial para ayudar a la tripulación a interpretar los datos que ofrecen los distintos instrumentales y realizar pruebas piloto relacionados con la salud y la condición médica de los propios tripulantes con capacidad de procesar gráficamente secuencias de ADN.

 

Pero también empresas de energía están diseñando un océano virtual, que simula el comportamiento de las olas durante miles de años para así poder generar energía mareomotriz con garantías. Y hasta en la Fórmula 1 los fabricantes de coches de carreras están creando gemelos digitales de sus vehículos y los prueban en túneles de viento virtuales. Estas simulaciones ayudan a los fabricantes a diseñar más formas aerodinámicas justo antes de cada carrera.

 

A su vez varias organizaciones meteorológicas están creando gemelos digitales de los sistemas de tormentas. Cuando los observadores meteorológicos observan una determinada formación de nubes en los radares, introducen los datos en un superordenador, y así pueden anticipar la posible llegada de un tornado. Además, pueden construir el gemelo digital del tornado y estudiar su comportamiento -incluido el lugar donde podría tocar tierra- antes de que el tornado real tome forma. El objetivo es simular más rápidamente que en tiempo real, lo que supone un enorme avance en la predicción meteorológica y la seguridad pública. Pero también los científicos del clima están utilizando gemelos digitales de la Tierra para predecir las temperaturas futuras y comprender los efectos del calentamiento global.

 

Por eso ahora que en España hemos sufrido una ola de calor en nuestra ciudades, me atrevo a sugerir aplicar esta tecnología para conseguir espacios mucho más amigables para las personas. Un gemelo digital de una ciudad sería una ciudad virtual en la que ensayar el sueño de Aristóteles de una buena vida en las urbes. El profesor Benigno Lacort, quizás uno de los mayores especialistas en España en tecnologías para la dependencia,  prefiere usar más que el término de ciudades inteligentes el de útiles. Lugares con sombra, más jardines, menos coches, más vegetación, estanques y fuentes o espacios públicos refrigerados. Pero también diseños arquitectónicos y urbanistas además de nuevas políticas públicas para hacer atractivas las ciudades seguro que surgirían en esa ciudad gemela digital que nos hubiera permitido soportar mejor la ola de calor.

 

Iñaki Ortega es doctor en economía y profesor de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR)

lunes, 23 de agosto de 2021

Generación fluida

(este artículo se publicó originalmente en el periódico El Correo el 19 de agosto de 2021)


El mundo anglosajón sigue generando tendencias y una de ellas es la denominada como «gender fluid». En el año en el que el Gobierno de España ha promovido una legislación dirigida a las personas trans y LGTBI, conviene explicar el término. Para la Universidad de Harvard, la fluidez del género, en su traducción al español, se refiere al cambio a lo largo del tiempo que una persona adopta en su expresión o identidad de género. Es decir que algunas personas se sienten y comportan como hombres en unas fases de su vida y en otras como mujeres.

El término ha triunfado y por eso en esta reflexión veraniega me permito adaptarlo a una realidad que vengo estudiando desde hace años como es la teoría generacional y su impacto en la economía. Las generaciones son aquellas cohortes de edad que por nacer en un determinado contexto histórico se educan y socializan de una manera que les hace comportarse de un modo especial. La generación de los niños de la posguerra en España llevó a los nacidos esos años a forjar una personalidad austera, donde el esfuerzo era la norma. La generación del baby boom la conforman aquellos que se jubilarán en breve después de larguísimos años cotizados porque nacieron con el viento a favor del desarrollismo español de los años 50 y 60. De los millennials y la generación z se ha hablado mucho. Son los jóvenes educados en la era digital. Los primeros, de ahí su nombre, son los que cumplieron la mayoría de edad con el cambio del milenio, y a pesar de ser hijos de la tecnología, han sufrido como ninguno las precariedades de dos crisis económicas. Los segundos, la generación z, nacen después de 1997 con internet en sus casas y son los verdaderos nativos digitales, irreverentes e inmediatos. En el medio, los miembros de generación x o de la EGB nacimos en los setenta y estamos cambiando de trabajo más veces de lo que nos gustaría.

Cinco generaciones que representan la pluralidad de la sociedad española pero que conforme a los datos oficiales de estos días no se reflejan en la población ocupada española. El desempleo de los mayores de 55 años casi se ha triplicado desde el año 2008 en España y cerca de la mitad de los seniors parados llevan más de dos años en esa situación. Para una persona que está en la cincuentena prácticamente la única posibilidad de seguir activo si pierde su trabajo es autoemplearse, así lo demuestra el dato que uno de cada tres autónomos en España son seniors. Qué decir del empleo de los jóvenes. La tasa de paro entre los menores de 25 años en España es del 37,1%, la mayor de toda la Unión Europea, superando a Grecia, tradicional farolillo rojo, que nos saca varios puntos de ventaja con un 30,4%.

Pocas son las empresas que tienen cinco generaciones entre sus empleados. Paradójicamente, al mismo tiempo que la diversidad de edad se ha instalado en los discursos de los directivos, es rara avis en las plantillas, que se han vaciado de jóvenes y seniors. Lo normal es que una aplastante mayoría de los trabajadores de las grandes empresas estén en la cohorte de los cuarenta a los cincuenta años. Al mismo tiempo, si repasamos la edad de las personas que toman las principales decisiones en el sector público -que hay que recordar que moviliza cerca de la mitad del PIB español- nos encontraremos con idéntica situación.


¿Quién entiende que la mitad de la población quede fuera de la lógica de la economía y de las prioridades de las autoridades? No se explica pero así es. Más de 25 millones de españoles no están en esa franja de edad central, de entre los 25 y los 55 años, y por tanto no deciden el gasto público, no elaboran los portafolios de bienes y servicios ni tampoco las campañas de publicidad y por supuesto no participan de las estrategias empresariales.

Los científicos de datos, como los profesores vascos David Ruiz y Carlos Arciniega, aseguran que el futuro puede predecirse simplemente analizando los datos masivos que generamos. A la vista de la completa y extensa información que disponemos de nuestro mercado laboral me atrevo a defender la generación fluida como fórmula para la subsistencia de muchas instituciones. Solamente entendiendo que los clientes, los votantes y en general los usuarios son diversos, podrá servir eficazmente a la sociedad. Por ello además de incorporar jóvenes y seniors a las plantillas, cada uno de nosotros tenemos que adoptar y asumir esa fluidez generacional. Acaso no somos cada vez más, como los nativos digitales, muy impacientes. O quién no aspira a tener la resiliencia de los seniors que acumulan crisis en sus espaldas sin rendirse. Dejarnos contagiar de la corriente intergeneracional será una herramienta de progreso.

Iñaki Ortega es doctor en economía y profesor de la Universidad Internacional de La Rioja

La distopía del Iphone

(este artículo se publicó originalmente en el periódico El Economista el 18 de agosto de 2021)


Cuando George Orwell puso el título de 1984 a su novela no pudo imaginar que sus cálculos para situar un “Gran Hermano” no estaban tan equivocados. Apple es la empresa más grande del planeta (si usamos como indicador la capitalización bursátil) pero además con sus productos es una de las compañías más influyentes en todo el mundo puesto que se estima que está presente en dos de cada diez hogares. Este mes de agosto la empresa tecnológica ha anunciado que el nuevo iPhone tendrá un sistema que analizará las imágenes que se hagan con todos sus dispositivos en busca de material inapropiado. Tal y como ha anunciado la compañía con sede en Cupertino, esta nueva tecnología escaneará las imágenes buscando coincidencias con fotografías de abusos de referencia. Así, de modo automático y, en caso de que se encuentre alguna coincidencia o una imagen sea sospechosa, la alerta saltará y una persona se encargará de evaluar la instantánea, para ponerla, en su caso, en conocimiento de las fuerzas de seguridad. Miles de millones de usuarios de Apple podrán ser vigilados permanentemente. La empresa fundada por Steve Jobs defiende que la aplicación es para hacer el bien, pero expertos de universidades de Stanford, John Hopkins o Cambridge han alertado que bastará con cambiar algunos parámetros en el algoritmo para permitir encontrar otro tipo de fotos.  Por ejemplo, los gobiernos pedirán colaboración para luchar contra el terrorismo, la industria de la música contra el pirateo, Hacienda contra la defraudación, las empresas contra el absentismo, la policía contra manifestaciones no autorizadas, el cine y el futbol para defender sus derechos de exclusividad, los nacionalismos para garantizar el uso de idiomas vernáculos…la lista sería interminable siempre para supuestas buenas causas que nos llevarían al personaje del libro de Orwell.

Gran Hermano es el ente omnipresente que gobierna el mundo en el año 1984 usando una implacable e invasiva vigilancia de todos y cada uno de los habitantes. Para ello se vale de Ministerios como el de Verdad o el de la Felicidad, eufemismos de mecanismos represivos para manipular, vigilar y reprimir masivamente. Esta forma social que imagina la novela escrita en 1947 se ha acuñado como “sociedad orwelliana” y es un ejercicio de prospección del escritor inglés basado en los sistemas totalitarios de la época, comunismos y fascismos.

La noticia de la empresa dirigida por Tim Cook ha generado una enorme preocupación en torno a la privacidad de los usuarios, ya que se cree que esta misma tecnología podría usarse para buscar cualquier tipo de información en los teléfonos. De hecho, expertos del prestigio de David Thiel creen que podría ser utilizada por gobiernos autoritarios para espiar a sus ciudadanos o buscar personas que piensan de manera diferente. Gran Hermano no en 1984 pero sí en 2021.

Una década antes de que Orwell entregara su manuscrito, otro autor también anglosajón de nombre Aldous Huxley, publicó “Un mundo feliz” que describe una sociedad aparentemente perfecta en la que para asegurar la paz y la riqueza global ha de pagarse el precio de asumir la manipulación, prescindir de la libertad de elección y limitar las expresiones emocionales e intelectuales. Apple busca, con buena intención, un mundo mejor, pero nos apuntamos a las dudas de los expertos de estar muy alerta ante sofisticados sistemas basados en inteligencia artificial que acaben tomando decisiones que afecten a las libertades individuales.

El pensador americano Raymond Kurzweil lleva un tiempo hablando de estas cuestiones, lo llama “singularidad”. En el análisis matemático se usa este término para aludir a ciertas funciones que presentan comportamientos inesperados cuando se asignan determinados valores a las variables independientes. La singularidad tecnológica se supone que se da en un hipotético punto a partir del cual una civilización sufre una aceleración del progreso técnico que provocaría la incapacidad de predecir sus consecuencias. En 2030 conforme al increíble desarrollo que está viviendo la inteligencia artificial, una máquina tendrá capacidad de crear inteligencia muy superior al control y la capacidad intelectual del ser humano.

Nos quedan unos años por delante para que estas distopías no se hagan realidad. La clave, como siempre, reside en las personas. La esperanza es que conforme a nuestra experiencia cada vez más compañías apuestan por directivos no sólo capacitados y con experiencia sino con estándares éticos que aplican en su día a día. La buena tecnología triunfará con ellos.

 

 

Iñaki Ortega es doctor en economía y profesor de la Universidad Internacional de La Rioja

Ignacio Pascual es socio-director de la empresa de consultoría de alta dirección Alexander Hughes


viernes, 13 de agosto de 2021

Un nuevo juramento

 

(este artículo se publicó originalmente en el diario 20 Minutos el día 8 de agosto de 2021)


La medicina nace hace más de dos mil años en la Antigua Grecia cuando se evoluciona de la curación basada en la magia y la religión a lo clínico, a lo científico. Hipócrates es considerado el padre de esta medicina moderna pero también ha pasado a la historia por haber dejado escrito el primer código ético de conducta en una profesión que se mantiene en nuestros días. Es el juramento hipocrático, un compromiso que asume el médico para actuar siempre en beneficio del ser humano y nunca perjudicarlo. Del compromiso moral del médico griego en forma de promesa, se evolucionó el siglo pasado a los códigos deontológicos. Periodistas, abogados, médicos y otras profesiones tienen en esos códigos, negro sobre blanco, una serie de compromisos éticos a seguir en el ejercicio de su actividad. Fue el filósofo alemán Kant quien popularizó la deontología para referirse a aquella parte de la ética que trata deberes y principios que afectan a una profesión

Las noticias falsas nos llevan a tomar decisiones injustas y conforme a un reciente informe dos de cada tres ciudadanos (68%) se ve incapaz de diferenciar lo que es real de una manipulación deliberada o un bulo. La automatización destruye los empleos de los más vulnerables, de hecho, McKinsey ha pronosticado que entre 400 y 800 millones de personas serán desplazadas de sus puestos de trabajo antes de 2030 debido a la automatización. La ciberdelincuencia campa por sus respetos empobreciendo a los atacados y haciendo más fuertes a los criminales; en España un 24% de las grandes empresas han sufrido algún ataque, pero el 31,5% de los usuarios particulares de Internet han sido hackeados.

Acabamos de citar tres ámbitos en los que la digitalización está lesionando la dignidad del ser humano. Solamente tres expresiones de esta era digital en los que la ética profesional defendida por Hipócrates y Kant ni está ni se le espera. Podríamos citar muchas más como la “uberización” de la economía o lo que es lo mismo la precarización de muchos empleos vinculados a plataformas tecnológicas o la habitual utilización de los datos personales para usos mercantiles sin permiso alguno, pero la gota que ha colmado el vaso ha sido la noticia esta semana de que el nuevo iPhone podrá saber las fotos que ves y denunciarte a la policía. El profesor Anderson de la Universidad de Cambridge ha alertado de que con esa decisión de Apple estaríamos en la antesala de la vigilancia permanente de nuestra intimidad.

Detrás de todas estas expresiones que atentan contra la ética hay profesionales, muchas veces directivos que deberían ser conscientes de que sus decisiones en el ejercicio de su actividad lesionan derechos y pueden llegar a ser inmorales. Una suerte de nuevo juramento hipocrático para los tecnólogos podría ser la solución y no son pocas las instituciones que ya lo han propuesto. Mi amigo Ignacio Pascual que trabaja seleccionando directivos en la firma Alexander Hughes me ha dado otra solución este verano. La autorregulación. Su argumento es que cada vez más los criterios de búsqueda de los mejores ejecutivos incluyen además de experiencia y capacitación técnica, exigencias de estándares éticos. Las empresas empiezan a darse cuenta de que tan importante como ganar dinero es hacerlo sin dejar a nadie atrás. Ojalá estemos a tiempo. 


Iñaki Ortega es doctor en economía y profesor de la UNIR


Congelar un instante para seguir

 

(este artículo se publicó originalmente en el blog del centro de investigación ageingnomics de la Fundación Mapfre el 1 de agosto de 2021)

Un fin de semana de 1974 Nicholas saca una foto a su mujer Bebe con sus tres hermanas, la instantánea refleja el momento vital de las chicas de 15, 21, 23 y 25 años. Nicholas no queda satisfecho y un año después vuelve a fotografiar a las cuatro hermanas colocadas exactamente igual que doce meses antes. El resultado es una bella imagen de las hermanas de apellido Brown en el año 1975 y se convierte en la excusa perfecta para reencontrarse anualmente. La pose se mantiene durante 45 años, cuatro mujeres mirando a la cámara. De 1975 a 2020, nadie falla a la cita anual del fotógrafo Nicholas Nixon con sus hermanas Brown. Las circunstancias cambian, la vida trae enfermedades y muertes muy cercanas, bodas o embarazos. Algunas veces las imágenes reflejan el sol, otras el frio y el viento, pero siempre al aire libre con la luz del día. El paso del tiempo se ve reflejado en sus caras y cuerpos. Cada año, más alegres; cada fotografía, más juntas, como si la vida las hubiera unido más y reconciliado con su propia existencia. El fotógrafo Nicholas Nixon, desde el primer retrato desechado tuvo en la mente un homenaje al paso del tiempo que finalmente se convierte en una exposición. En cada fotografía, en cada edad puede encontrarse belleza y determinación. Instantes congelados para detener el tiempo pero que ayudan a seguir hasta el siguiente año. Y así más de cuarenta años, hasta la última foto en el otoño de 2020. La exposición se convierte en un éxito que ahora ha llegado a España de la mano de Fundación MAPFRE. En la sala KBr de Barcelona y hasta el 6 de septiembre puede disfrutarse de una de las más potentes investigaciones sobre el retrato y el tiempo.

 

Retratar el tiempo en el que vivimos no solo puede hacerse con una cámara sino también recopilando datos de cada momento histórico. Si las fotografías de las hermanas Brown muestran su momento vital, los informes de coyuntura expresan la realidad de una economía en un año en concreto. No podemos detener el paso del tiempo, pero si podemos inmortalizarlo. Una fotografía congela un instante, la estadística nacional retrata el estado de un país. Los años pasan, pero unas determinadas circunstancias quedan imborrables en una instantánea y también en unos indicadores económicos.

El Centro de InvestigaciónAgeingnomics nació en diciembre de 2020 por iniciativa de Fundación MAPFRE para poner en valor las oportunidades del envejecimiento. Los seniors siguen activos más allá de los 50 años; tienen gustos y necesidades que el mercado no siempre satisface y necesitan que se visibilice que cumplir años es una bendición y no una maldición. Este centro de investigación, como el fotógrafo americano, todos los años retrata la sociedad en la que se desenvuelven los seniors con rigurosos informes. “El barómetro del consumo sénior” fue el primero y puso negro sobre blanco la capacidad de ahorro de los mayores y su creciente patrimonio. “El mapa de talento sénior” verá la luz en unas semanas y demostrará que la cohorte de los 55 a 70 años cada vez tiene más dificultades para seguir trabajando. “El monitor de las empresas silver” constatará que cada vez más empresas en todos los sectores empiezan a adaptar su oferta a la cohorte de las canas. Finalmente, “El ranking de los territorios amistosos con los mayores”, usando indicadores objetivos clasificará a las comunidades autónomas. Estos cuatro informes serán una suerte de cuatro fotografías anuales de la economía plateada en España que como las de las hermanas Brown esperamos que con el paso del tiempo cada vez sean mejores.


Para visitar la exposición The Brown Sisters pulse aquí

Iñaki Ortega es doctor en economía y profesor de la Universidad Internacional de La Rioja - UNIR.

miércoles, 4 de agosto de 2021

A las neuronas les sienta bien el paso del tiempo

 (este artículo se publicó originalmente en el blog de IFEMA de la Feria Vida Silver el día 1 de agosto de 2021)

Los mayores de 55 años en España tienen una tremenda capacidad para aportar al mercado laboral y la economía. Así lo demuestran los datos, aunque se conozcan muy poco. Más de cuatro millones de séniors forman parte de la población activa; casi un millón de séniors son autónomos, y, por lo menos, 100.000 séniors son emprendedores. Desde 2008 a nuestros días se han perdido 2,8 millones de efectivos del colectivo de jóvenes (16 a 34 años), y, en cambio, en el tramo de los mayores (55 y más), han crecido con 2,9 millones de nuevos integrantes.

El talento sénior, por tanto, está muy presente en la economía española, y no solo en términos absolutos, como acabamos de ver, sino también en comparación con el conjunto de la población. Uno de cada cinco ocupados en España son séniors, y uno de cada tres autónomos españoles tienen más de 55 años. Y su tasa de participación en la población activa total ha pasado en apenas diez años del 11 % al 18,3 %. Pero todavía queda mucho camino por recorrer para aprovechar en España todo el talento sénior. De hecho, estamos lejos de los países más avanzados. Más de medio millón de séniors queriendo trabajar no pueden hacerlo. A su vez, la mitad de los desempleados sénior llevan más de dos años sin trabajar. Las cifras de parados mayores casi se han triplicado desde 2008. También las tasas de emprendimiento del colectivo están por debajo de las de otras cohortes de edad.

Asimismo, en los séniors españoles pervive una cultura de no prolongar su trayectoria laboral, en algunos casos puede llegar a producirse a una edad tan anticipada como los cincuenta y pocos años, lo cual alarga el periodo de retiro a más de 30 años, un tiempo equivalente o incluso más largo al de la actividad. Además, el trabajo por cuenta propia en algunos tramos de edad de los séniors es casi la única opción para seguir enganchado al mundo del empleo, por la sequía de ofertas de trabajo. Por eso, y a pesar de los datos expresado en los primeros párrafos, en España corre el peligro de que se instale la idea de que superar los cincuenta años es no tener futuro laboral. De ahí que sea imprescindible luchar contra los prejuicios culturales con la edad. Hoy, la esperanza de vida supera los 80 años, y la calidad de vida es muy alta en el periodo de los 50 a los 70 años.

Un estudio publicado en New England Journal of Medicine afirma que el cerebro de una persona mayor es mucho más plástico de lo que se cree. A esta edad, la interacción de los hemisferios derecho e izquierdo del cerebro se vuelve armoniosa, lo que amplía las posibilidades creativas. Esta afirmación se basa en que con el paso del tiempo el cerebro gana en flexibilidad ya que aumenta la cantidad de mielina en el cerebro, sustancia que facilita el paso rápido de señales entre neuronas. Para la Universidad de Montreal “el cerebro de una persona mayor elige el camino que consume menos energía, corta lo innecesario y deja solo las opciones correctas para resolver los problemas ante los que se encuentra”. La realidad apoya este razonamiento, puesto que, si repasamos algunos de los grandes creadores de la historia, comprobaremos que sus obras cumbre fueron siendo adultos mayores.

Las tres etapas más productivas coinciden con las décadas que componen la llamada generación de las canas; es decir, las personas que tienen entre 50 y 75 años. La edad media de los premios Nobel es poco más de los 60 años; Miguel de Cervantes escribió la segunda parte de El Quijote con 68 años, y Beethoven con 54 años su novena sinfonía; Steve Jobs con 56 años convirtió Apple en la empresa de mayor capitalización del mundo. La bioquímica Margarita Salas a los 69 años fue la primera mujer española en formar parte de la Academia de Ciencias Estadounidense. Goethe publicó su ‘Fausto’ superando con mucho los 70 años. Las tres personas más ricas del planeta tienen más de 54 años.

Los prejuicios sobre el talento sénior suponen para la economía española una pérdida de oportunidades en términos de riqueza que diferentes estudios internacionales han tasado en varios puntos del PIB. Además, las ventajas de la conocida como economía plateada o economía sénior no son aprovechadas suficientemente por las empresas españolas. Conviene recordar que España tiene las mejores circunstancias para ser el país de referencia en la silver economy por su liderazgo en longevidad, sistema sanitario y de dependencia y apertura al exterior. No obstante, esta oportunidad se alejará, si los séniors no están presentes en el mercado laboral trabajando, pero también aportando una nueva perspectiva de diversidad en las compañías.

No hay excusas para no tomar decisiones urgentes que permitan que el talento sénior aporte más y mejor a la economía española. Pero esta llamada de atención no afecta solamente al sector público que establece el marco del mercado laboral sino también a las empresas, a los representantes de los trabajadores y a los propios séniors. Todos tenemos que asimilar que a las neuronas les sienta bien el paso del tiempo.

 

Iñaki Ortega es doctor en economía y profesor de la UNIR


lunes, 2 de agosto de 2021

La ética de la letra pequeña

 Este artículo se publicó originalmente en el diario La Información el día 29 de julio de 2021)


Los prospectos de los medicamentos son una lectura entretenida comparados con las cláusulas de cualquier contrato promovido por una multinacional. No tengo dudas de que el lector ha podido comprobar qué difícil es leer completo el papel que acompaña a las medicinas en el que se indica composición, posología y efectos secundarios. La letra tan pequeña y los términos complejos no lo hacen precisamente sencillo, por no hablar del mal cuerpo que se le pone a cualquiera con tantos eventuales riesgos. Nada comparable al clausulado mercantil para ser proveedor de una gran empresa. Confidencialidad de los datos, propiedad industrial, normativa de seguridad, tribunales competentes, derecho aplicable, prevención de la corrupción, cumplimiento de los derechos humanos y responsabilidad ambiental. A pesar de lo tedioso de su lectura es una gran noticia que podemos situar su origen en el acrónimo corporativo de moda, la ESG. Sin duda el mundo puede ser mejor gracias a esos interminables párrafos de letra pequeña.

Las siglas en inglés ESG pueden traducirse como sostenibilidad de las empresas en materia medioambiental, social y de gobierno. Las corporaciones han de ser transparentes en sus emisiones de carbono, pero también en cómo tratan a sus empleados, clientes y proveedores, sin olvidar si respetan a sus accionistas y no aplican liderazgos tóxicos. Hoy estos ejemplos de buenas prácticas de ESG se han convertido en una obligación para grandes empresas. Algunas porque al ser cotizadas, los códigos de buen gobierno de los supervisores se lo exigen,; otras puesto que las leyes de sus países de origen ya lo recogen; una gran mayoría porque sus accionistas lo han incorporado como demanda en los últimos años y finalmente porque cada vez más compañías han abrazado un propósito que da sentido a su desempeño, solamente si cumplen esos estándares éticos.

Esa letra pequeña garantiza por tanto que las grandes empresas no aprovechen los contratos con proveedores para incumplir las prerrogativas éticas de la ESG. No puede, quien contrate con esas grandes empresas, discriminar por edad, sexo, raza o ideología, tampoco pueden contaminar, aunque esté en un país con laxas legislaciones medio ambientales y ni mucho menos incumplir los derechos humanos al implementar su oferta de bienes o servicios. ¡Bendita letra pequeña!

Pero, y también lo sabe el que ha contratado con una pequeña empresa, que eso no pasa en todas las compañías. Y conforme el tamaño empresarial se reduce, salvo honrosas excepciones, los términos como la ESG o el propósito son lujos que ni pueden permitirse. De estas palabras no puede desprenderse que las pymes obvian la ética, sino que simplemente la han aplicado sin necesidad de letra pequeña. En la gran mayoría de los casos los pequeños empresarios, especialmente en estas latitudes, han demostrado un alto compromiso con su entorno, lo que incluye las comunidades en las que actúan. La pandemia nos ha puesto en el espejo de cómo esas microempresas patrias han dado lecciones de moralidad en la peor situación inimaginable.

Esta irrupción de nuevos estándares éticos en la economía capitalista ha empezado por arriba, por las grandes corporaciones, quizás porque las unidades empresariales más pequeñas no tenían la sombra de la sospecha por la cercanía de los empleadores a clientes, proveedores y trabajadores. Pero la economía de mercado tiene otros agentes que actúan a pesar de no tener naturaleza mercantil. Las administraciones públicas se han convertido en un jugador clave de cualquier mercado del planeta. Más allá de su responsabilidad a la hora de marcar las reglas de juego de la actividad económica, el sector público contrata, emplea y tiene clientes y usuarios. En España, miles de millones de facturación, millones de empleados y otros tantos de ciudadanos que contratan servicios bien sea a administraciones o a empresas públicas.

Por ello este movimiento ético ha de arribar también en los gobiernos y su sector público empresarial. Algunos defenderán que los objetivos de desarrollo sostenible de Naciones Unidas están en sus planes de gobierno y que sus altos cargos llevan todos el pin de colores de los ODS. Otros dirán que la normativa vigente ya prevé estos supuestos, pero la realidad es que en muchos concursos públicos pesa más el precio que los derechos humanos. El reciente escándalo del rescate de una línea aérea vinculada a un régimen antidemocrático no puede considerarse una anécdota sino un fallo del sistema que obvia la ética. Porque se sigue contratando desde el sector público empresarial a empresas basadas en países que no respetan los derechos humanos y prohíben la libertad de expresión, no existen garantías procesales o persiguen al diferente. Competencia desleal, alguien lo ha llamado. Nosotros desde esta parte del mundo firmando interminables cláusulas, mientras los que ganan los concursos violan sistemáticamente derechos como el de libertad sexual, reunión o explotación infantil. El precio parece que vale más en muchos pliegos públicos de licitación que la propia moralidad.

Por eso y aunque suponga más BOE, esta nueva ética de la letra pequeña no entiende de público o privado.

Iñaki Ortega es doctor en economía y profesor de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR)


lunes, 26 de julio de 2021

Los extremos se tocan

(este artículo se publicó originalmente en el periódico 20 Minutos el día 26 de julio de 2021)


Las ideologías llevadas al extremo se radicalizan y acaban por promover idénticas actuaciones antidemocráticas. Por ello suele usarse la expresión “los extremos se tocan”. Esta afirmación en una línea plana parece imposible de demostrarse ya que un punto en la parte derecha de la recta y otro en la izquierda nunca se podrían llegar a juntar. Pero un filósofo francés ha conseguido probarlo usando el dibujo de una herradura. Los extremos de la herradura casi se juntan porque son la base del arco de dicha forma. Parece ser que el arco semicircular con forma de herradura nació en la península ibérica antes incluso de que se aplicase en la arquitectura románica y de ahí se extendió a todo el mundo. Lo vemos en la mezquitas pero también en las catedrales.

Esa podría ser la expresión gráfica del mercado laboral español. Un arco de herradura. Dos extremos, los más jóvenes y los más mayores que soportan con su desempleo y precariedad un absurdo reparto de cargas y beneficios. La cohorte de los treinta y muchos a los cuarenta y tantos años tiene empleo, estabilidad y sobre todo muchas ofertas a su medida. Pero el mercado se seca si tienes más de cincuenta años y prácticamente la única posibilidad de seguir activo es ponerte por tu cuenta. A su vez, ser joven en estas latitudes es estar condenado a sufrir sueldos de miseria o padecer un desempleo del 50 por ciento.

Aun así, tenemos que decir alto y claro que en nuestra sociedad, jóvenes y mayores no son extremos enfrentados como algunos quieren trasmitir. No lo son en el empleo donde destruir el talento senior en las empresas no garantiza que sus puestos sean ocupados por los más jóvenes. Tampoco en la economía en la que sólo pueden pagarse las pensiones del futuro poniendo a trabajar a pleno rendimiento a ambos grupos etarios. Y ni mucho menos en la política, donde únicamente se consiguen cambios sístémicos alineando las inquietudes de jóvenes y mayores.

Nuestra economía en crisis pide a gritos que empresas, ciudadanos y administraciones se comprometan a situar la diversidad generacional en la más alta prioridad, con actuaciones valientes y coherentes. Hoy dos generaciones, los mayores y los jóvenes, se han convertido en invisibles para los empleadores. La economía, pero también la política les ha borrado de la ecuación porque o bien no tienen recursos económicos o no resultan ya atractivos. Son dos cohortes muy diferentes, por supuesto, cada una con sus fortalezas y también con debilidades. Pero por qué no pueden convertirse en el motor oculto de una sociedad que necesita reinventarse ante los últimos acontecimientos que han puesto en jaque todas nuestras certezas.

Cada época histórica ha tenido una generación que ha sido motor de desarrollo. Los jóvenes en la década de 1960, las mujeres con la democracia o la inmigración en el nuevo milenio. La combinación de pandemia y avances científicos hace que sean dos generaciones en la sombra (los menores de veinticinco años y los mayores de cincuenta y cinco) los llamados a liderar el mundo.


NOTA: el contenido del artículo se desarrolla en el libro DE LOS ZETAS A LOS SILVER editado por Plataforma Editorial y que verá la luz en septiembre de 2021


Iñaki Ortega es doctor en economía y profesor de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR)

domingo, 25 de julio de 2021

La vivienda se “silveriza”

 (este artículo se publicó originalmenteel día 13 de julio de 2021 en Idealista News)

El reto demográfico se ha convertido en una de las macrotendencias a tener en cuenta para la agenda de cualquier economía del planeta. Por ejemplo, en España, en apenas un siglo hemos ganado a la vida 40 años, es decir que se ha doblado la esperanza de vida de los 41 años de 1920 a algo más de 81 en la actualidad.  A principios del siglo pasado solo un español de cada cien superaba los 65 años, hoy es el 99%. El resultado es que en la actualidad 15 millones de españoles son seniors, es decir que una de cada tres personas que viven en nuestro país tienen más de 55 años.

Este cambio ha sido tan rápido -no puede olvidarse que durante miles de años la esperanza de vida no superaba los 30 años, y en los últimos siglos estábamos anclados en los 40 años- que no ha dado tiempo a adaptarse. Las instituciones en sentido amplio -empresas y administraciones- pero tampoco las personas hemos asimilado que viviremos más allá de los 80 años. Eso explica muchos de los retos que tenemos por delante. Por ejemplo, las carreras profesionales serán mucho más largas porque tenemos mejor salud y además viviremos más años, pero nos empeñamos en acortarlas con salidas tempranas del mercado laboral sin darnos cuenta de que es inviable estar más años cobrando una pensión que trabajando. Otra demostración de la falta de adecuación a la nueva demografía es el surgimiento de una nueva edad a caballo entre la ancianidad y la edad adulta, pero la oferta de bienes y servicios sigue anclada en modelos obsoletos que ven a los seniors como personas frágiles y analógicas. A su vez la aportación de los adultos mayores al bienestar de las familias con el trabajo no remunerado -voluntariado- no ha dejado de aumentar, pero seguimos anclados en una visión paternalista y asistencial de los mayores cuando la realidad es que son un grupo de edad resiliente y muy activo.

Por todo lo anterior ha surgido el concepto de la silver economy o economía plateada. Son el conjunto de oportunidades para los territorios, empresas y ciudadanos vinculadas a una nueva cohorte de edad con el pelo plateado y necesidades insatisfechas. Los seniors necesitan productos a su medida y además tienen una posición económica más sólida que otros grupos de edad (en España la pensión media es más alta que el sueldo medio). Al mismo tiempo las empresas necesitan conocer mejor a esta nueva clientela y una adecuada gestión de la diversidad en sus plantillas, de la mano del talento senior; les puede ayudar. Por último, también es economía plateada cuando los territorios fomentan las mejores condiciones para retener ya atraer personas mayores con políticas amables con este colectivo. Las personas, empresas y naciones que abracen la silver economy recogerán los réditos en términos de creación de empleo y generación de riqueza.

La silver economy supone explorar nuevos ámbitos en la industria de ocio -los mayores son el colectivo que más crece como usuarios de gimnasios o plataformas para citas-, en las finanzas -con nuevos productos de ahorro o para hacer líquido el patrimonio inmobiliario-, en los bienes de consumo -coches para mayores, móviles para mayores o ropa a su medida-, pero también en la vivienda.

Todos los estudios indican que una gran mayoría de personas queremos permanecer en nuestra casa hasta el final de nuestra vida. Pero el paso de los años lleva a que las circunstancias que rodean a las personas cambien. Los hijos se independizan, puede surgir la soledad o la dependencia en diferentes grados es probable que aparezca. Pero también con el paso de los años hay una mayor libertad para viajar o desaparecen servidumbres como la cercanía al lugar de trabajo. Es en este contexto dónde han aparecido oportunidades en la industria de la vivienda para renovar inmuebles para la dependencia, adaptar las casas a los largos cuidados o explorar nuevos modelos de convivencia como el coliving. También surgirá un nuevo mercado para los seniors que quieran adaptar su nueva vida con una casa a su medida. Las soluciones residenciales aceleradas por la pandemia migrarán a un modelo más parecido al hogar y aparecerán casas tuteladas o con servicios especializados y para todo lo anterior no solo se necesitará adaptar la oferta sino también nuevas empresas que entiendan que hay pocos mercados donde la demanda esté asegurada que aumente dos dígitos en los próximos años.

Un mercado silver para la vivienda que tiene otra ventaja y es su capacidad de autofinanciarse. En España por primera vez en la historia y según datos del barómetro de consumo senior de la Fundación MAPFRE, una mayoría de los seniors tienen vivienda en propiedad. Fórmulas, hasta ahora inéditas en nuestro país para hacer líquido ese patrimonio inmobiliario, aparecerán como la vivienda inversa, la nuda propiedad y la hipoteca inversa, para permitir que los silvers vivan a su manera.

El profesor de ESIC, Juan Carlos Alcaide, ha acuñado el término de silverizar la economía en el sentido de adaptar la producción a una realidad demográfica en la que predominan las canas. El sector de la vivienda no será una excepción y también se está silverizando a marchas forzadas para adaptarse a las nuevas necesidades de la cohorte plateada. La buena noticia es que siguiendo esta vez a Renee Mouborgne de INSEAD, el mercado es una océano azul -apenas hay operadores que han visto la oportunidad del envejecimiento en la industria de real estate- y los pioneros se beneficiarán de ello. España está en la mejor posición: la mayor esperanza de vida, altos estándares del sistema de protección socio-sanitari, agentes en el mercado de calidad, tradición inversora en la industria y territorios además de instituciones financieras buscando nuevas palancas de desarrollo. ¿A qué esperamos para silverizar la vivienda española?

 

Iñaki Ortega es profesor de la Universidad Internacional de La Rioja UNIR

Luis de Ulibarri es vicepresidente de Almagro Capital

martes, 13 de julio de 2021

¿Magía o matemáticas?

 (este artículo se publicó originalmente el día 12 de julio de 2021 en el diario 20 Minutos)

Yuval Noah Harari es un brillante historiador que ha arrasado con sus libros en todo el mundo. Seguro que te suenan títulos como Sapiens o Homo Deus. En su obra alerta de que nos hemos llegado a creer dioses y que podemos resolver cualquier problema, pero en ocasiones la realidad es muy diferente. Hace un tiempo este profesor de la Universidad Hebrea de Jerusalén colgó un video en el que explicaba que la inteligencia artificial podrá ser capaz de saber la orientación sexual antes que el propio adolescente, simplemente por los datos acumulados de su navegación en internet o redes sociales. Esa información tan personal utilizada al antojo de los intereses comerciales de quien la posea sin importar las consecuencias que ello tenga en la integridad del joven en cuestión, nos exige estar muy alertas.

Harari explica que hemos sustituido a Dios por una suerte de nueva religión conocida como dataísmo. El dataísmo es una ideología emergente que «no venera ni a dioses ni al hombre: adora los datos». El nuevo término ha sido utilizado para describir la importancia absoluta que en este momento tiene interpretar los datos ya que «el flujo de información es el valor supremo y la libertad de la información es el mayor bien de todos».

Otro profesor, esta vez español y de Deusto Business School, David Ruiz, me contó hace unos días que mediante la analítica de datos se puede llegar a predecir los delitos que se van a producir en una ciudad. No es ciencia ficción, la película Minority Report que se estrenó en 2002 es ahora real y hay ciudades españolas que tienen sistemas predictivos como el filme de Spielberg. Ruiz junto a otro docente, Carlos Arciniega, esta vez de la EAE Business School son capaces de saber con antelación el número de clientes que se darán de baja de una compañía telefónica o cuántos parabrisas se romperán en el próximo mes ¿Magia? No. Simplemente capacidad de procesar e interpretar datos.

Esta magia puede ser blanca o negra. Buena o mala. Y dependerá de quién la practique, pero hay que saber que hoy los magos de los datos son los matemáticos. Necesitamos matemáticos que nos ayuden a usar la tecnología para el bien. Pero a la luz de la noticia que ha surgido esta semana, no lo tenemos fácil. Más de 720 plazas de profesor de matemáticas de secundaria han quedado desiertas en la última oferta pública de empleo. Los mejores matemáticos son fichados por las empresas para engrosar sus plantillas de analistas de datos y por ello quedan vacantes cientos de plazas de profesores de la enseñanza pública. El dataísmo que acabamos de mencionar hace que sean más deseados los bien remunerados puestos de trabajo de las multinacionales que una humilde plaza de profesor de instituto. ¿Quién fomentará a los chicos el estudio de esta disciplina si todos los matemáticos están en compañías privadas? ¿Quién nos protegerá desde lo público del mal uso de la tecnología? ¿A qué esperamos para invertir el dinero público en atractivas ofertas de funcionarios tecnólogos y no tantos asesores con carné de partido?

Iñaki Ortega es doctor en economía y profesor de la UNIR


jueves, 1 de julio de 2021

El G7 se olvidó de la corrupción

(este artículo se publicó originalmete el día 29 de junio de 2021 en el diario La Información)


Allá por el año 1973, un secretario del tesoro de Estados Unidos preocupado por el derrumbe de las instituciones monetarias de la posguerra (Bretton Woods) convocó a sus homólogos alemanes, franceses, japones y británicos. Las reuniones se institucionalizaron anualmente y antes de que terminase la década se había unido al grupo los responsables de las finanzas de Italia y Canadá. Al mismo tiempo adquirieron categoría de cumbres internacionales al asistir no solo los ministros sino los presidentes de esas siete naciones. Así nació lo que se conoce como el grupo de los siete (G7) que se ha vuelto a reunir este mes de junio en la localidad inglesa de Cornualles.

Conviene recordar que la caída del muro de Berlín a la vez que la unión política europea ganaba peso llevó a invitar a estas citas a los altos representantes de Rusia y de la Comisión Europea. Si la participación de los segundos se ha consolidado, la de Rusia ha corrido otra suerte. Unas veces por las injerencias militares de los rusos en sus vecinos, otras por las sospechas de espionaje del resto de socios, pero siempre por la negativa a firmar los pactos de libre comercio, Rusia no ha consolidado su asiento en el selecto club de los países más ricos del planeta.

La cumbre de Cornualles de este año tenía un guion preestablecido más allá de la curiosidad por el estreno del presidente Biden en el G7 o por la despedida de la canciller Merkel. Coronavirus, Clima y Comercio. Las tres C estaban marcadas en todos los prontuarios de los estadistas. No puede olvidarse que la cita del año 2020 fue suspendida por la pandemia y que la Covid19 ha sumido al mundo en la mayor crisis desde la recesión financiera de 2008. En no pocos países del mundo no se recordaban caídas de la actividad económica desde la parálisis de las guerras mundiales del siglo pasado. Una epidemia ha tenido que demostrar las fragilidades de las democracias liberales que supuestamente, citando a Fukuyama, resolvían todas las necesidades del hombre para siempre. La realidad es que los sistemas sanitarios de estos países no han podido parar la tragedia de millones de infectados. Pero en una suerte de deja vu de la primera cumbre de 1973 cuando se consiguió salvar la desaparición del patrón oro, los ministros de finanzas del G7 se pusieron de acuerdo (virtualmente) el año pasado en rescatar la economía con un potente escudo de gasto público.

Clima, es la segunda palabra de los dosieres preparados para los mandatorios. Clima o ESG como ahora prefieren referenciar los inversores. El nuevo grial que perseguir se resume en ese acrónimo: sostenibilidad en materia medio ambiental, social y de gobierno corporativo. No se trata solamente de parar la degradación del medio ambiente sino también evitar el alejamiento de la sociedad con la economía de mercado, que ha dado sentido al G7. Economías y empresas con alma social es la forma de reinventar el capitalismo hacia uno que se base en el propósito. Otra palabra mágica para frenar el descontento creciente en las clases populares ante tanta desigualdad.

Y el tercer vocablo con la letra c, es el comercio. Término que no ha dejado de estar presente en todas y cada una de las 47 cumbres celebradas.  El fallido acuerdo de la posguerra para reducir aranceles aduaneros, GATT, dio paso en la década de los noventa a la OMC (organización mundial del comercio) pero los países del G7 han sufrido los cambios de rumbo de potencias como Rusia o China en esta materia. Por no mencionar a Estados Unidos, ora Trump ora Nixon, defendiendo en cumbres del G7 el proteccionismo en función de su agenda doméstica. Ahora los vientos soplan a favor y en la “Declaración de Carbis Bay” que cerró la cumbre se coló un recado para la política comercial china.

Sin embargo, el fuerte viento que de vez en cuando azota la costa sur de Inglaterra se llevó una palabra de los apuntes de los jefes de estado. No eran tres las letras c, sino cuatro. Corrupción es la palabra que un vendaval marino o la miopía de los grandes estados, hizo desaparecer de la cumbre. Es verdad que en las conclusiones que tomaron por nombre la bahía de Cornualles, se hablaba de la protección del planeta, la solidaridad ante la pandemia, la reconstrucción y los valores…pero nada de luchar contra la corrupción. Pero la realidad es tozuda y apenas unos días después el ministro de sanidad del Reino Unido ha tenido que dimitir por saltarse la ley. Al mismo tiempo la justicia francesa ha pedido seis meses de cárcel para el expresidente Sarkozy; dos diputados alemanes son investigados por comerciar ilegalmente con mascarillas y un ministro japonés admite que compró votos para que su esposa fuese legisladora. Por no hablar del primer ejecutivo de la empresa americana Pfizer que, a pesar de sofisticadas legislaciones de control, vende el 62% de sus acciones por valor de 5,6 millones de dólares el mismo día que anuncia los resultados de eficacia de la vacuna. Podríamos seguir levantando alfombras en cada país del G7, pero quizás es mejor empezar desde ya a reclamar que el año que viene en Alemania, donde se volverán a reunir los mandatarios, la corrupción no se vuele de las conclusiones. Nos conviene a todos.

 

Iñaki Ortega es doctor en economía y profesor de la Universidad Internacional de La Rioja


lunes, 28 de junio de 2021

Juegos muy serios


(este artículo se publicó originalmente en el periódico 20 Minutos el día 28 de junio de 2021)


Ahora que comienzan las vacaciones escolares, si tienes cerca un adolescente (y conexión wifi) es muy probable que le oigas gritar, reír y hasta patalear a solas encerrado en su cuarto. No te alarmes, no está poseído por el demonio. Tampoco te enfades pensando que ha montado una fiesta en tu casa. Simplemente está jugando.

Jugar es consustancial a la edad infantil. Y menos mal. Los psicólogos aseguran que los juegos infantiles facilitan la creatividad y el aprendizaje. Además, fomentan la autoestima, hacen sonreír, focalizan la atención y segregan endorfinas, la hormona de la felicidad. Pero a pesar de todo eso, algunos adultos nos hemos empeñado desde hace unas décadas en que jugar es malo. Me explico. Todo comenzó a mediados de los ochenta del siglo pasado cuando, gracias a la tecnología, los videojuegos llegaron a los hogares. Los videojuegos se habían inventado un poco antes, pero el paso de jugar al Comecocos en los salones recreativos a hacerlo en casa con la irrupción de los ordenadores portátiles marcó todo un hito. La generación de la EGB se acostumbró a videojuegos como Super Mario Bros con las famosas consolas de Nintendo o los Spectrum. Y jugar que había sido una sana costumbre para los niños a lo largo de la civilización, comenzó a ser vista como una amenaza para su futuro. Los padres de entonces (y los de ahora) despotricaban de esos chismes que distraían a los chavales de estudiar y labrarse un buen futuro. Nada más lejos de la realidad. Me cuenta el profesor madrileño José Cuesta que hoy la tecnología que soporta los videojuegos es una herramienta clave para la competitividad de las empresas ya que les ayuda en su transformación digital. Por ejemplo, usando la realidad virtual de los videojuegos se posibilita la monitorización de una planta industrial. Pero si agrupamos el uso de tecnología de los videojuegos en las empresas aparecen tres grandes campos: la selección de personal, el entrenamiento de habilidades y las simulaciones virtuales. Y esto no ha hecho más que empezar porque gracias a que millones de jugadores se divierten, se ha creado una industria que no deja de crecer e invertir en mejorar hasta límites insospechados los videojuegos. Esa sofisticación de los juegos digitales tiene aplicaciones en la salud, con las cirugías en remoto o en la seguridad del mundo, usando la realidad virtual para evitar catástrofes o atentados terroristas. El cine y las nuevas plataformas de televisión actuales tampoco se entenderían sin la calidad técnica de los videojuegos.

Esta afición exige destrezas como la rapidez de respuesta, la memoria visual o la concentración. Y por si fuera poco la tecnología de hoy permite jugar con tus amigos, aunque cada uno esté en su casa, fomentando el trabajo en equipo. Hay quien se ha atrevido a bautizar como “juegos serios” este fenómeno porque mezcla aprendizaje y diversión. Por eso cuando oigas ese jaleo en la habitación del adolescente, alégrate porque está preparándose para la economía digital y el nuevo mercado laboral.

 

Iñaki Ortega es doctor en economía y profesor de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR)