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domingo, 4 de febrero de 2024

Espejo roto

(este artículo se publicó originalmente en el periódico 20 Minutos el 22 de enero de 2024)

Son muchos, más de 16 millones, uno de cada tres españoles, que no entienden nada.  Se miran en el espejo y la imagen que les devuelve no es la suya. Tienen buen ánimo. salud y dinero, pero se ha instaurado un estereotipo sobre ellos de fragilidad y tristeza.

El filósofo José Luis Aranguren defendía que los medios de comunicación, la opinión publicada, son un espejo de la sociedad. Hoy la imagen que recibe la sociedad de los mayores de cincuenta y cinco años es muy diferente de la realidad. El espejo se ha roto y así lo sienten millones de mayores que no dan crédito a lo que ven. Cumplir años en nuestro país es una condena en el imaginario social que no se compadece con la realidad. Me explico.

Si pensamos en personas mayores inmediatamente nos viene a la cabeza obsolescencia tecnológica, enfermedad y miseria. Cuando lo cierto y verdad es que nunca en la historia de nuestro país los mayores han tenido mejor salud, más ingresos y más ganas de comerse el mundo. Hace unas semanas se conoció una nueva edición del barómetro de consumo sénior en la que se ha demostrado como el 78% de los mayores tienen una presencia activa en internet, 12 millones de internautas con canas que compran, se informan y socializan con amigos y familias en la red de redes. Cada año, desde hace cuatro, un millón más de mayores se digitalizan lo que llevará a cerrar la brecha digital en un lustro. Pero seguimos viendo a los mayores como incapaces de afrontar los cambios tecnológicos, vencidos por el progreso.

La misma encuesta explicaba que apenas van al médico porque se cuidan. El 79,7% van menos de una vez al mes a un centro sanitario y una mayoría cuida su alimentación y practica ejercicio físico. Muy coherente con el dato de que somos uno de los países del mundo con mayor esperanza de vida que ronda ya los ochenta y cinco años.  En cambio, la publicidad nos devuelve una imagen de mayores enfermos cuando no impedidos. Pero los gimnasios se abarrotan de mayores y es el grupo de edad que más ganas tiene de viajar.

Si hablamos ahora de su capacidad económica los datos vuelven a ser muy diferentes al mantra que se ha instalado sobre la precariedad de los mayores. Tienen casa en propiedad y pagada -qué sueño para el resto de generaciones-, dos ingresos en el hogar, lo que les lleva a poder ahorrar y ayudar generosamente a sus descendientes. Esta fortaleza en lo económico se ha trasladado en un optimismo abrumador de los mayores con su futuro con un 68% que cree que su situación será igual o mejor.

Por eso cada mañana al levantarse y ven ese espejo roto, piensan que la imagen que se refleja de ellos nada tiene que ver con lo que ellos sienten. Amanece un nuevo día y sin mirarse en ese cristal se lanzan a la calle con la idea en la cabeza de saber que viven en un país envidiado en todo el mundo por la calidad de vida de sus mayores.

Iñaki Ortega es doctor en economía en UNIR y LLYC

sábado, 17 de septiembre de 2022

No les llames pensionistas, son séniors.

(este artículo se publicó originalmente en el Periódico de Cataluña el día 4 de septiembre de 2022)


A las puertas de la temida estanflación, o lo que es lo mismo una recesión económica conviviendo con altas tasas de inflación, Bruselas nos va a obligar a ajustar las pensiones de millones de jubilados españoles. En el contexto de los conocidos como pactos de rentas en los que trabajadores y empresarios habrán de comprometerse a moderar sus salarios y beneficios, Europa (y la teoría antinflacionaria) exigirá también que los gastos pensionarios dejen de crecer al mismo tiempo que los precios.

Hasta que llegue ese momento, que llegará, conviene recordar cómo ha cambiado el colectivo de jubilados en España. Tanto que habrá que rebautizarles y dirigirse a ellos ya no como pensionistas sino como séniors. Este cambio de nombre no es caprichoso, sino que obedece a la necesidad de modificar la mirada sobre el colectivo de los mayores en España. Una cohorte de edad que es más numerosa que la de los jóvenes en edad de trabajar y con unos ingresos sustancialmente mayores y más estables. Las causas son ya conocidas, pero no por ello hay que dejar de poner en valor las excelentes infraestructuras sanitarias españolas que nos ha permitido ser uno de los países del mundo con mayor esperanza de vida. Al mismo tiempo gozamos de unos de los sistemas de pensiones más generosos del mundo, envidia de los mayores franceses o alemanes. Por desgracia, el mercado laboral patrio tiene pocas razones para presumir: generamos parados y empleos precarios entre los jóvenes y ha arraigado un nuevo fenómeno en la última década que ha vaciado de talento senior las empresas españolas.

Los informes del centro de investigación ageingnomics han demostrado que los mayores españoles gozan de un patrimonio y unos ingresos inéditos en la historia que las empresas pueden aprovechar. Aunque, todo hay que decirlo, en España una vez que superan los 55 años trabajamos menos que nuestros pares europeos. Peores tasas de ocupación y de actividad en este colectivo, también mayores tasas de desempleo y líderes en paro femenino en comparación con países como Italia, Portugal, Francia, Alemania, Polonia o Suecia.

Si queremos dejar de hablar del envejecimiento o de las pensiones como un problema y en cambio centrarnos en el potencial de los 18 millones de españoles, urge hablar de seniors en lugar de viejos.

Hablar de seniors, como recuerda el profesor Benigno Lacort, es tener en cuenta el talento que pueden seguir aportando a la sociedad los mayores, bien sea con el trabajo por cuenta ajena, cuenta propia o el voluntariado. Hablar de seniors es mejorar la fórmula para compatibilizar pensión y trabajo, penalizar las jubilaciones anticipadas, así como las prejubilaciones. Si pensamos en seniors en lugar de en pensionistas, las empresas encontrarán en este colectivo palancas de crecimiento con nuevos clientes y bienes y servicios. Seniors que demandarán a las empresas a las que compran, que midan y hagan público su impacto social no solamente en los aspectos medioambientales y de género sino también en lo que concierne a la diversidad generacional. Las personas seniors querrán voluntariamente prolongar su actividad por encima de la edad de jubilación, quizás explorando la fórmula del trabajo a tiempo parcial. El trabajo por cuenta propia y el emprendimiento de los seniors podría fomentarse con atractivas bonificaciones fiscales, ayudas públicas y reducciones de las cuotas de autónomos. Y las empresas siguiendo el ejemplo de compañías pioneras de otros lares deberían propiciar esta fórmula como vía para alargar la vida laboral de sus antiguos empleados y hacer real “segundas carreras”.

Por último, un senior lo será si sigue formándose a lo largo de la vida. Los datos del Banco de España sobre la distancia de los empleados mayores españoles respecto a sus pares europeos en actividades formativas realizadas, exige una actuación concertada para fomentar con instrumentos público-privados nuevos programas de recualificación profesional (reskilling y upskilling)

Los mayores se han convertido en el más importante grupo en el campo económico (consumo y patrimonio) pero también político (censo electoral) aunque esta realidad no es conocida por la opinión pública. Una suerte de activismo senior en España, no solo visibilizaría el colectivo, sino que haría inviables actuaciones flagrantemente edadistas de la administración y empresas. Pero nada de lo anterior servirá de nada si los propios mayores no se conciencian de que por muy atractivo que parezca adelantar la edad oficial del retiro, es inviable económicamente y perjudicial para su salud física y emocional, dejar de trabajar con más de treinta años por delante de vida. Entonces, sí se podrá decir en nuestro país “no me llames jubilado, llámame senior”.

Iñaki Ortega es doctor en economía en La Universidad de Internet (UNIR) y LLYC

domingo, 7 de noviembre de 2021

De los zeta a los silvers (la ruta para salir de la crisis)

(este artículo se publicó originalmente en el blog de Vida Silver el día 3 de noviembre de 2021)

 

Han pasado más de cinco años desde la primera investigación que dirigí sobre la “Generación Z”, entonces tenía la convicción de que estos jóvenes digitales liderarían el mundo. La irrupción de los nacidos después de 1995 había demostrado la necesidad de adaptar una economía, pero también nos enfrentó a una sociedad que arrastraba los pies frente a los rápidos cambios tecnológicos.

Hasta marzo de 2020 los virus que más nos preocupaban eran los informáticos, pero todo cambió esa primavera marcada por la covid19. No obstante, en plena crisis sanitaria, la tecnología nos permitió sobrevivir. Hizo posible que la atención médica en remoto salvase vidas, garantizó el suministro alimentario y evitó también un colapso de las infraestructuras. A la vez y en tiempo récord, se pudo diseñar unas vacunas que ya han salvado millones de vidas y que apuntalarán la reconstrucción. Ha tenido que ser el coronavirus el que nos ha hecho ver cómo la tecnología nos ha cambiado la vida para bien y no hay marcha atrás.  Los zeta seguían dando pasos para ser la generación clave, pero al mismo tiempo la pandemia ha puesto de manifiesto la fortaleza de un grupo de edad, los mayores de 55 años, que sufrió como nadie pero que son invisibles para el mercado laboral y en muchas ocasiones para las empresas y gobiernos, a pesar de lo que representan.

Ya son varios los informe, como los de CENIE, el Círculo de Empresarios o el centro de investigación ageingnomics, que han demostrado que la mayoría del consumo y el patrimonio recae en España en los seniors. Incluso se ha llegado a tasar en un 26% la aportación de la llamada economía plateada al PIB. Además de suponer ya uno de cada tres habitantes de nuestro país y que con seguridad en 2050 serán ya la mitad de la población.

Sigo pensando que los zeta son una generación clave para liderar el mundo, pero no lo van a hacer solos. Los silvers, es decir, los seniors que superan los 55 años están empezando a aparecer en esta ecuación. Una cohorte de edad sin complejos, decidida a seguir siendo un pilar fundamental a pesar de que los usos y costumbres les quieren apartar, jubilándoles laboral y socialmente. Mi apuesta es que los zeta y los silvers, dos generaciones muy diferentes, son el motor oculto de una sociedad que necesita reinventarse ante los últimos acontecimientos que han puesto en jaque todas nuestras certezas y a las que nos hemos enfrentado con improvisación.

Cada época histórica ha tenido una cohorte etaria que ha sido motor de desarrollo. Los jóvenes en los años 60, las mujeres con la democracia o la inmigración en el nuevo milenio. La combinación de pandemia y avances científicos hace que sean dos generaciones en la sombra (los menores de 25 años y los mayores de 55 años) los llamados a liderar el mundo. Los zeta y los silvers, hasta ahora “invisibles” y damnificados emergerán. Es imposible seguir soportando altísimas tasas de desempleo y de precariedad en el empleo de los jóvenes. Nuestro país tampoco se merece que prácticamente la única forma de seguir empleado a partir de los cincuenta sea ser autónomo. Este abandono de los mayores y los jóvenes que representan el 60% del censo electoral, tarde o temprano tendrá sus consecuencias. Quizás algo tiene que ver que poco más del 30% de los diputados del Congreso están en esas franjas de edad.

La generación Z se puso de moda, como en su día lo hicieron los millennials, pero, con lo que no contábamos en aquel momento, era que iban a compartir el liderazgo con los silvers. Pero la sabiduría popular siempre lo tuvo claro. Conviene recordar algunos refranes que se pierden en el tiempo para entender cómo ambos, zetas y silvers, pueden ser la combinación perfecta para una reactivación económica y social tan necesaria en estos tiempos. “La juventud tiene la fuerza y la vejez la prudencia”. Pero más castiza aún es “A caballero nuevo, caballo viejo”. Ambas nos llevan a entender que la experiencia y resiliencia de la persona madura debe encauzar la osadía e intrepidez de la juventud. Los mayores son quienes mejor pueden guiar a los jóvenes, por su experiencia, sabiduría, ese conocimiento tan importante para acertar en las decisiones y evitar errores. Los jóvenes, a su vez, retando a los mayores con sus innovaciones que ponen en cuestión lo hecho hasta ahora.

La convivencia intergeneracional en las empresas, pero en general en nuestro país traería ventajas indudables. Compañías que entenderían mejor a su público y por tanto serían más rentables y administraciones que servirían mejor a sus administrados, por no hablar de un abanico de oportunidades para generar nuevos bienes y servicios que generen creación de valor y creen empleo. Los profesores David Ruiz y Carlos Arciniega están aplicando con éxito modelos de este tipo en grandes compañías utilizando el tratamiento masivo de datos.

Hasta ahora todos estos retos económicos siempre descansaban en las élites que tenían acceso a información privilegiada o gozaban de insalvables barreras de entrada. Pero una vez que se ha puesto de manifiesto para el gran público este caudal de nuevos negocios, no hay excusas para que emprendedores patrios se beneficien de estas nuevas oportunidades económicas. Tampoco hay ningún impedimento para que nuevos bienes y servicios se ofrezcan a estos silvers y zetas que no han visto satisfechas hasta ahora gran parte de sus necesidades.

Nuestra economía en crisis pide a gritos que empresas, ciudadanos y administraciones se comprometan a situar la economía de la diversidad en la más alta prioridad. Dar alas a dos generaciones, los mayores y los jóvenes, rompiendo estereotipos y miradas sesgadas, buscando las sinergias, pero tomando decisiones valientes.

Iñaki Ortega es doctor en economía, profesor de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR) y coautor del libro reciénpublicado “De los zetas a los silvers”


martes, 9 de marzo de 2021

No funciona la centrifugadora

 

(este artículo se publicó originalmente en el diario 20 Minutos el día 9 de marzo de 2021)


Igual todavía te acuerdas de cuando estudiábamos la fuerza centrípeta. Las leyes de Newton demostraban que existía una fuerza hacía el centro en la trayectoria circular de un objeto. La pandemia no ha hecho más que consolidar una potente tendencia socioeconómica de situar todo el protagonismo en las cohortes centrales de edad, es decir entre los 25 y los 55 años. Una fuerza centrípeta imparable que deja fuera del foco a los jóvenes de la generación z y a los seniors. Me explicaré.

Acaban de conocerse los datos de desempleo juvenil y España lidera esta estadística en Europa con más de un 40%, casi triplicando la media de los países desarrollados (14% en la OCDE). Somos el peor país de nuestro continente para encontrar trabajo entre los 16 y 24 años. Al mismo tiempo 2020 terminó como uno de los peores de la historia para el talento senior. Trabajar y tener más de 55 años es casi ya una utopía en nuestro país con la tasa de actividad en esta cohorte de edad más baja de Europa.

La crisis social que ha traído la covid19 también ha seguido fielmente esta fuerza centrípeta. La población que está en la edad central, por debajo de los 50 años, asiste cómodamente al espectáculo de criticar todos los fines de semana a los inconscientes jóvenes que hacen lo que todos hicimos a su edad. De la misma forma que con un miope paternalismo defienden medidas más estrictas para los que superan los 55 años y así protegerles del virus. Simple y llanamente edadismo o discriminación por edad lo han bautizado los expertos.

¿Cómo es posible que la mitad de la población quede fuera de las prioridades de nuestras autoridades y de la lógica de la economía? No se entiende, pero así es. Más de 25 millones de españoles que no están en esa franja de edad central, de entre los 25 y los 55 años, y por tanto no diseñan las políticas públicas, no elaboran los presupuestos ni tampoco las campañas de publicidad y por supuesto no participan de las estrategias empresariales.

Junto a la fuerza centrípeta en el colegio nos enseñaban la centrífuga. La fuerza centrífuga como su etimología indica -huir del centro- es la tendencia a alejarse del eje sobre el cual gira. Las aplicaciones de esta fuerza son muchas, pero la que más usamos es la función de su mismo nombre en las lavadoras. Las rápidas vueltas del tambor permiten eliminar la humedad y por tanto secar la ropa.

A la luz de los tristes datos económicos y sociales de los más jóvenes y los adultos mayores, tenemos que gritar que la centrifugadora en España no funciona. No hay planes, políticas ni actuaciones público-privadas para luchar con esa fuerza que prioriza las edades centrales y que discrimina a la generación z y a los conocidos como silvers. No nos queda otra que arreglar la centrifugadora en nuestro país, lograr una fuerza que nos saque de la inercia y así tener en cuenta a los jóvenes y los seniors.

 

Iñaki Ortega es director de Deusto Business School y profesor de la UNIR

miércoles, 3 de marzo de 2021

La nueva aritmética vital

(este artículo fue publicado originalmente el día 25 de febrero de 2021 en el diario Cinco Días) 

Los recientes datos de la EPA han confirmado que el año de la pandemia, 2020, ha sido maldito, no sólo para la salud de los mayores de 55 años, sino también para su empleo. El número de desempleados de esta cohorte de edad ha crecido el año pasado hasta alcanzar la cifra total de 936.200 personas. Y, además, el 43% de ellos lleva sin ocupación dos o más años, según el INE.

No hay nada peor que triunfe una idea sencilla pero falaz. Y parece que la vinculación de cambio tecnológico y ausencia de preparación de las personas de más edad ha calado en la sociedad. Sin embargo, la ciencia nos confirma que las neuronas no dejan de regenerarse a lo largo de la vida. A su vez, economistas como Acemoglu y Restrepo defienden hasta una relación positiva entre implantación de la robótica y trabajadores longevos. Está demostrado que los seres humanos somos capaces de seguir aprendiendo y creando durante la mayor parte de nuestra vida. Basta con repasar la edad de los fundadores de empresas como Swatch o Natura Bissé o de las más brillantes obras de Beethoven o Cervantes. Por lo tanto, las razones del descrédito de las personas de más edad han de buscarse no en la naturaleza, sino en los prejuicios (propios y ajenos).  Grandes empresas que aligeran plantillas mirando la fecha de nacimiento y no el nivel de desempeño. O séniors que a medida que cumplen años –y perciben la losa del ostracismo-ven la salida anticipada como una liberación.

Frente a los sesgos engañosos nosotros defendemos aportar la luz de los datos de una nueva aritmética vital. Modigliani fue galardonado con el premio Nobel de Economía por su teoría del ciclo vital, escrita en 1966. Explicaba que los ingresos a lo largo de su vida tienen forma de campana, bajos al inicio, altos en la edad central y de nuevo bajos tras la jubilación. Por tanto, hay solo tres fases vitales: la previa al inicio la vida laboral, la etapa de actividad laboral y la del retiro. En la primera de ellas, el nivel de ingreso es inferior a las necesidades de consumo, las cuales se financian a través de crédito o transferencias familiares (des-ahorro). En la segunda, llamada de vida laboral, el ingreso permite cubrir las necesidades de consumo y mantener un excedente bajo la forma de ahorro. Y en la etapa de retiro se presenta un proceso de des-ahorro mediante el cual el individuo emplea el ahorro generado para satisfacer las necesidades de consumo que de otra forma sus nuevos niveles de ingreso le impedirían alcanzar.

La esperanza de vida se está acercando sin darnos cuenta a los 90 años (86 años las mujeres al día de hoy). Cuando el economista Modigliani empezó a escribir su teoría de los tres ciclos estaba por debajo de los 70 años. Más de quince años ganados a la vida lo que exige reajustar los diferentes hitos de esta nueva vida. Partiendo del cada vez más largo periodo de formación hasta los 25 años, se abrirá otro de vida profesional y recualificación hasta por lo menos los 70 años. Permaneceremos activos aproximadamente 45 años, es decir, la mitad de nuestra existencia. Estos 45 años de vida activa no se pueden considerar como uniformes, ya que atravesarán situaciones muy diversas del ciclo personal y profesional. Por ello tendremos que dividir, a su vez, en tres tercios la vida laboral total. A saber, de los 25 a los 40 años; de los 40 a los 55 y de los 55 a los 70. El primer tercio se caracteriza por ser un periodo de capacitación ligada al itinerario laboral escogido y a la acumulación de las experiencias laborales diversas. El segundo, de los 40 a los 55 abarca quizás el segmento más fructífero con hitos relevantes para una trayectoria profesional siempre ligada a la formación continua fruto de una inquietud permanente. El último tercio, comprendido entre los 55 y los 70, lejos de ser, como en la actualidad, el periodo de salida acelerada de la vida activa, se convertirá en una etapa fecunda en el que capitalizar la experiencia acumulada y la ambición por seguir siendo útil. Esta última etapa vital, a la que denominamos “activos de gran experiencia”, actualmente afecta solamente a unos pocos empleados y emprendedores, pero afirmamos con rotundidad que con el desarrollo de un marco legal adecuado y flexible, guiado por un imperativo cambio cultural, podría implicar a una gran mayoría.

Esta nueva aritmética vital exige una transformación radical de la manera de entender la vida laboral por parte de los individuos, pero también para las empresas. La buena noticia de la disrupción de la demografía nos impide seguir poniendo excusas, bien como empleadores, bien como empleados. Y por si fuera poco las evidencias se acumulan en todo el mundo sobre el dividendo económico que ello puede suponer, que se ha bautizado como economía plateada. Un futuro cercano en el que viviremos hasta alcanzar la centuria y además no será una maldición sino un regalo. Lynda Gratton y Andrew Scott, profesores de London Business School, nos recuerdan que “Quienquiera que seamos, dondequiera que vivamos y tengamos la edad que tengamos, necesitamos comenzar a pensar ahora sobre las decisiones que debemos tomar para poder sacar provecho de esta vida más larga. Lo mismo sucede a las empresas para las que trabajamos y a la sociedad en la que vivimos”. dibuja un futuro cercano en el que viviremos hasta alcanzar la centuria y además no será una maldición sino un regalo

Tomás Arrieta es presidente de la Fundación Activos de Gran Experiencia

Iñaki Ortega es profesor de Deusto Business School