martes, 13 de octubre de 2026

Lo que nos queda por vivir.

 (este artículo se publicó originalmente en el periódico 20 minutos el 13 de octubre de 2026)


Christa Pike es una presa de Tennessee de la que todo el mundo habla. El 30 de septiembre entró escoltada en la cámara de ejecuciones de la cárcel estatal de máxima seguridad y se tumbó en la camilla. Le ajustaron las correas y delante de varios testigos le inyectaron el líquido letal. Unos minutos después perdió la consciencia, pero el monitor cardiaco detectó que su corazón seguía latiendo. Algo pasaba. Christa seguía viva por lo que el Alcaide pidió una nueva dosis. La jeringa con el veneno volvió a introducirse por segunda vez en las venas de la condenada y el resultado fue el mismo. La convicta se resistía a morir y tras el recurso de su abogado fue enviada de urgencia en una ambulancia al hospital de Nashville.
Pike había pasado los últimos treinta años en prisión condenada a pena de muerte por un asesinato que cometió siendo una adolescente. Su equipo legal pleiteó durante tres décadas para evitar la pena capital, incluso hasta el mismo día de la ejecución. Pero lo que no consiguieron en los tribunales lo han logrado en la enfermería. Todo parece indicar que la Constitución americana con su prohibición de un castigo inusual, le permitirá seguir viva el resto de su vida, aunque sea entre rejas. Ya no habrá más inyecciones letales porque la mala salud vascular de la presa impide que la toxina haga su efecto. Qué ironía.

El estricto protocolo de la pena de muerte establece que los presos tienen derecho a una última petición. Un menú especial para cenar el día anterior a la ejecución, Christa renunció a la cena. También es costumbre que el alcaide ofrezca un micrófono para unas últimas palabras que nuestra protagonista también rechazó.

Christa ha salido del hospital y vuelto a su celda. No tengo claro que lamente haber pedido una deliciosa pizza. Tampoco el no haber pronunciado un discurso que todo el mundo recordaría ahora. Sigue viva y eso es lo importante, pensará. De lo que estoy seguro es que la vida le ha regalado un tiempo que no esperaba y lo aprovechará. Leeremos sus memorias y la veremos en televisión. Ojalá que también lo que le queda por vivir sirva para evitar mas dolor como el que ella misma causó.

En nuestra vida en demasiadas ocasiones nos sentimos condenados y desahuciados como la convicta. La lección de estas semanas del presidio de Nashville podemos aplicarla casi a diario si le damos una pensada. Cada uno que la tome por donde quiera. Algunos que no hay que desaprovechar los buenos momentos aun en la adversidad, como una suculenta cena. Otros, que la justicia divina existe también para los que no se la merecen. Jamás decir que no a una oportunidad de trascender, aunque sea unas breves palabras. A mí me gustaría creer que somos muchos más los que pensamos que los años que nos quedan por vivir, no pueden dedicarse a esperar lo inevitable como Christa en el corredor de la muerte. Lo que nos queda es para luchar, para ilusionarnos, para cambiar, para empezar de nuevo, para dejar huella y para reír. También por supuesto para cenar y hacer discursos, que esperemos no sean camino del patíbulo.

Iñaki Ortega es doctor en economía y profesor en UNIR y CUNEF

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