miércoles, 21 de septiembre de 2022

Fuera de servicio

(este artículo se publicó originalmente en el periódico 20 Minutos el día 19 de septiembre de 2022)

No me gustan los ascensores. Hace un tiempo, con un grupo de alumnos, nos quedamos encerrados en el viejo montacargas del edificio Telefónica de la Gran Vía de Madrid. Unos años antes, siendo mi hijo muy pequeño, por un descuido mío, el ascensor se cerró y le llevó por varios pisos mientras yo bajaba las escaleras como un poseso. Desde entonces frecuento las escaleras. Las hay impolutas y sucias; iluminadas y oscuras; modernas y desvencijadas; solitarias y frecuentadas por fumadores o cafeteros. Eso sí, en todas ellas se sube y se baja sin incidencias, aunque suponga algún resoplido en función de la altura del piso de tu destino.

Hoy quiero hablarte de otro ascensor. La expresión ascensor social ha triunfado, pero tampoco me gusta y trataré de explicarme. Se refiere de una manera muy gráfica a las políticas que permiten ascender en la escala socioeconómica. Esas actuaciones de movilidad social que funcionan como un ascensor son, entre otras, la educación, la actividad emprendedora, la cultura financiera, los subsidios o las becas. De modo y manera que según la OCDE en países como Dinamarca en apenas dos generaciones se consigue pasar de estar en la parte baja de la pirámide económica, a escalar a la parte alta; en cambio en otros como Colombia, haría falta la friolera de once generaciones.

No me gusta lo de ascensor social porque evoca a que el esfuerzo lo hacen otros por ti. Si gracias a un buen sistema de redistribución de la riqueza, te subes en el elevador, ya tienes la vida resuelta. Te esmeras hasta que subes en el ascensor y luego que la fuerza la haga la máquina porque tú has cumplido tu objetivo: estás dentro. La realidad no es esa. El propio informe de la OCDE recuerda que en función de la coyuntura económica ese ascensor se puede parar, reducir la velocidad -el caso actual de España- o incluso desplomarse como sufre desde hace décadas en Venezuela.

Yo prefiero las escaleras. Las escaleras te hacen subir -en la pirámide social- más despacio y con mucho más esfuerzo. Igual llegas más tarde que los del ascensor, pero acabas alcanzando tu meta. Si el ascensor social se para, te quedas encerrado y no puedes hacer nada más que esperar que cambie la coyuntura mientras echas a perder unos años maravillosos. En cambio, en la escalera eres tú y tus piernas (capacidades) las que te hacen avanzar hasta el siguiente piso. Y, he aquí lo mejor, cuantas más escaleras subes, no estás más cansado sino más entrenado, y cada vez cuesta menos subir. En la escalera social, perderás el empleo en ocasiones o no te promocionarán, pero siempre estarás entrenado para seguir adelante, en ocasiones más deprisa, en otras con menos energía. Claro, que hay días que mirarás con envidia a los del ascensor: sin una gota de sudor, algunos colegas ascienden en modernas cristaleras refrigeradas. En ese momento de debilidad recuerda que en la escalera eres dueño de tu destino. En el ascensor, otros, y no tú, deciden poner el letrero de “fuera de servicio”.

Iñaki Ortega es doctor en economía en La Universidad de Internet (UNIR) y LLYC

sábado, 17 de septiembre de 2022

No les llames pensionistas, son séniors.

(este artículo se publicó originalmente en el Periódico de Cataluña el día 4 de septiembre de 2022)


A las puertas de la temida estanflación, o lo que es lo mismo una recesión económica conviviendo con altas tasas de inflación, Bruselas nos va a obligar a ajustar las pensiones de millones de jubilados españoles. En el contexto de los conocidos como pactos de rentas en los que trabajadores y empresarios habrán de comprometerse a moderar sus salarios y beneficios, Europa (y la teoría antinflacionaria) exigirá también que los gastos pensionarios dejen de crecer al mismo tiempo que los precios.

Hasta que llegue ese momento, que llegará, conviene recordar cómo ha cambiado el colectivo de jubilados en España. Tanto que habrá que rebautizarles y dirigirse a ellos ya no como pensionistas sino como séniors. Este cambio de nombre no es caprichoso, sino que obedece a la necesidad de modificar la mirada sobre el colectivo de los mayores en España. Una cohorte de edad que es más numerosa que la de los jóvenes en edad de trabajar y con unos ingresos sustancialmente mayores y más estables. Las causas son ya conocidas, pero no por ello hay que dejar de poner en valor las excelentes infraestructuras sanitarias españolas que nos ha permitido ser uno de los países del mundo con mayor esperanza de vida. Al mismo tiempo gozamos de unos de los sistemas de pensiones más generosos del mundo, envidia de los mayores franceses o alemanes. Por desgracia, el mercado laboral patrio tiene pocas razones para presumir: generamos parados y empleos precarios entre los jóvenes y ha arraigado un nuevo fenómeno en la última década que ha vaciado de talento senior las empresas españolas.

Los informes del centro de investigación ageingnomics han demostrado que los mayores españoles gozan de un patrimonio y unos ingresos inéditos en la historia que las empresas pueden aprovechar. Aunque, todo hay que decirlo, en España una vez que superan los 55 años trabajamos menos que nuestros pares europeos. Peores tasas de ocupación y de actividad en este colectivo, también mayores tasas de desempleo y líderes en paro femenino en comparación con países como Italia, Portugal, Francia, Alemania, Polonia o Suecia.

Si queremos dejar de hablar del envejecimiento o de las pensiones como un problema y en cambio centrarnos en el potencial de los 18 millones de españoles, urge hablar de seniors en lugar de viejos.

Hablar de seniors, como recuerda el profesor Benigno Lacort, es tener en cuenta el talento que pueden seguir aportando a la sociedad los mayores, bien sea con el trabajo por cuenta ajena, cuenta propia o el voluntariado. Hablar de seniors es mejorar la fórmula para compatibilizar pensión y trabajo, penalizar las jubilaciones anticipadas, así como las prejubilaciones. Si pensamos en seniors en lugar de en pensionistas, las empresas encontrarán en este colectivo palancas de crecimiento con nuevos clientes y bienes y servicios. Seniors que demandarán a las empresas a las que compran, que midan y hagan público su impacto social no solamente en los aspectos medioambientales y de género sino también en lo que concierne a la diversidad generacional. Las personas seniors querrán voluntariamente prolongar su actividad por encima de la edad de jubilación, quizás explorando la fórmula del trabajo a tiempo parcial. El trabajo por cuenta propia y el emprendimiento de los seniors podría fomentarse con atractivas bonificaciones fiscales, ayudas públicas y reducciones de las cuotas de autónomos. Y las empresas siguiendo el ejemplo de compañías pioneras de otros lares deberían propiciar esta fórmula como vía para alargar la vida laboral de sus antiguos empleados y hacer real “segundas carreras”.

Por último, un senior lo será si sigue formándose a lo largo de la vida. Los datos del Banco de España sobre la distancia de los empleados mayores españoles respecto a sus pares europeos en actividades formativas realizadas, exige una actuación concertada para fomentar con instrumentos público-privados nuevos programas de recualificación profesional (reskilling y upskilling)

Los mayores se han convertido en el más importante grupo en el campo económico (consumo y patrimonio) pero también político (censo electoral) aunque esta realidad no es conocida por la opinión pública. Una suerte de activismo senior en España, no solo visibilizaría el colectivo, sino que haría inviables actuaciones flagrantemente edadistas de la administración y empresas. Pero nada de lo anterior servirá de nada si los propios mayores no se conciencian de que por muy atractivo que parezca adelantar la edad oficial del retiro, es inviable económicamente y perjudicial para su salud física y emocional, dejar de trabajar con más de treinta años por delante de vida. Entonces, sí se podrá decir en nuestro país “no me llames jubilado, llámame senior”.

Iñaki Ortega es doctor en economía en La Universidad de Internet (UNIR) y LLYC

martes, 13 de septiembre de 2022

No hay otoño

(este artículo se publicó originalmente en el periódico 20 Minutos el día 5 de septiembre de 2022)


Da igual lo que diga el calendario, hoy empieza el invierno. El sol seguirá calentando y las hojas seguirán en los árboles, pero en nuestra cabeza ya se ha instalado el frío y la oscuridad. Aunque el mar, el monte y las terrazas siguen abiertas, nuestro nuevo hábitat es el autobús, el atasco y la oficina o las aulas. Siempre ha sido así, la diferencia es que este año nos hemos saltado el otoño. La naturaleza es sabia, nos prepara poco a poco para los cambios de clima. Salvo este año.

Todo tiene una explicación. Hemos vivido el primer verano de verdad tras la pandemia y nos lo hemos tomado en serio. Así somos. Que había que confinarse y ponerse mascarilla, se obedecía; que había que tomarse el mes de agosto como si nos hubiera tocado la lotería, también se ha cumplido. Las playas a reventar, colas hasta en el Himalaya -literal-, carteles de “no hay mesas” en todos los chiringuitos. Los hoteles por las nubes e inopinadamente llenos, los hielos para las copas racionados y el marisco agotado por exceso de demanda. Pero no todo el mundo se ha puesto chanclas o alpargatas estos meses: la guerra no se ha cogido vacaciones, ni la inflación, tampoco la crisis de suministros tecnológicos y ni mucho menos las gestorías que despiden a cientos de miles de trabajadores. Verano del 2022.

Y ahora los economistas nos encargamos de recordar lo que viene. Rusia ha cortado el suministro de gas a Alemania, lo que hará que se paren demasiadas industrias por el auge de los precios de la energía. Nuevos parados no tardarán en llegar. Las recientes y las previstas subidas de los tipos de interés por el BCE provocarán que cientos de miles de familias no lleguen a fin de mes por el encarecimiento de la hipoteca o por las letras de estas vacaciones; las pymes no podrán financiar sus deudas y el Gobierno de España tendrá que tomar decisiones complicadas con las pensiones porque las cuentas ya no cuadran.

Nos saltaremos la tristeza y la nostalgia tranquila de todos los otoños, para entrar de golpe en una suerte de invierno de cabreo, movilizaciones e insultos. La crisis que viene ya ha empezado en nuestras cabezas y en la de los que toman las decisiones que afectan a nuestras vidas. Y aunque las tardes continúen siendo largas y la nómina siga llegando, la niebla y la preocupación por nuestras familias se ha instalado en nuestro estado de ánimo. Los empresarios tampoco están mucho mejor que nosotros con tantos frentes abiertos: los suministros que no les llegan, los pedidos que se han desplomado y los costes -los nuevos y los de siempre- que no dejan de subir. Y qué decir de los que nos gobiernan. Los “marrones” se acumulan en la mesa presidencial, las encuestas por los suelos, la calle enfadada, la factura de la luz incontrolable, los socios enfrentados y lo que es peor ya no hay presupuesto con el que darse alegrías al cuerpo cada consejo de ministros porque Bruselas ya ha llevado al tiente los trajes de los hombres de negro. Invierno del 2022.

Iñaki Ortega es doctor en economía en La Universidad de Internet (UNIR) y LLYC


jueves, 1 de septiembre de 2022

Metaversismo

(este artículo se publicó originalmente en el periódico La Información el día 1 de septiembre de 2022)

El sufijo ismo se usa en el lenguaje castellano para describir una situación que puede considerarse una tendencia o incluso una doctrina. El impresionismo en la pintura, el nacionalismo en la política o el puritanismo en la sociedad son ejemplo de lo anterior.  No se me ocurre un mejor neologismo que Metaversismo para describir el momento en el que este nuevo universo virtual se ha convertido en omnipresente. Ora en un encuentro masivo de criptomonedas, ora para mis siguientes zapatillas, ora para adquirir una propiedad digital. Vayamos por partes porque la complejidad del concepto lo exige.

El metaverso ha penetrado en nuestras vidas sin darnos cuenta. Desde que, en octubre de 2021, Mark Zuckerberg anunciara el cambio de nombre de Facebook a Meta, no han parado de sucederse noticias relacionadas con el término metaverso -que como afirma el emprendedor Jesús Moradillos- es la candidata más fuerte a la palabra del año. Es difícil encontrar en el 2022 un día sin noticia sobre el palabro, un sector sin un plan o una prueba piloto para posicionarse allí o un profesional que supuestamente no vaya a necesitarlo para trabajar. ¡Internet ha muerto, viva el metaverso!

Pero el concepto, a pesar del momento álgido en el que está, no es nuevo ni lo ha inventado el fundador de Facebook. La profesora de la Universidad Autónoma de Barcelona, Inma Haro, nos recuerda que ya en 1992, Neal Stephenson escribió la novela ciberpunk “Snow Crash”, en la que se acuñaban conceptos básicos para este nuevo entorno digital como metaverso o avatar. Unos años más tarde, en 2003, apareció “Second Life”, un rudimentario antecedente del metaverso que nació antes de tiempo a la vista de su fracaso.

Y qué es el metaverso. Si vamos a su etimología nos encontramos las raíces griegas meta (más allá) y verso (de universo). En la novela ya citada se hace referencia a un espacio lineal, algo parecido a una enorme calle, con microespacios creados por particulares y empresas. Quizás ayude el siguiente paralelismo. El continente sería el metaverso, en cualquier de las plataformas que ya hoy existen, es decir lo que hoy es internet. Y el contenido, serían los metaversos que cada agente promueve que en el actual internet son las páginas webs.

Si aún así queremos definir metaverso hay que saber que no hay un consenso sobre la definición y que seguro que evolucionará en los próximos años. Podemos tomar la definición del libro de Oscar Peña y para este autor es una “representación tridimensional, inmersiva y conectada de Internet. Un universo virtual persistente -seguirá existiendo estemos o no en él-, social -podemos relacionarnos e interactuar con otros- y descentralizado -no están en manos de una única entidad o plataforma- en el que los consumidores son capaces de saltar entre diferentes experiencias virtuales, o entre la representación virtual y real del mundo físico”.

Para Marlene Gaspar el metaverso permite ofrecer experiencias inmersivas mejoradas desde cualquier dispositivo (tabletas, móviles o gafas) y hacer casi cualquier cosa como en el mundo físico, llámese entretenimiento, compras, trabajar o socializar. Incluso poseer elementos virtuales únicos, gracias a los NFT y pagarlos mediante criptomoneda.

Eso sí, antes de que empecemos a dar por muerta a nuestra querida red de redes, hay que tener muy claro que estamos todavía en un estadio inicial del metaverso. Hoy no podemos hablar realmente de un metaverso, solo de “protoversos” (universos independientes iniciales al estilo de “Second Life”) y realidades inmersivas (entornos virtuales que permiten tener experiencias mediante avatares) que se encuentran en un momento de lo que en su día fueron las primeras webs.

No sabemos si el metaverso sustituirá, o más probablemente, convivirá con el internet actual en una suerte de internet 3.0. Pero, en lo que sí hay consenso es que ha venido para quedarse. Y ahí está la causa de las expectativas puestas en su desarrollo futuro. Patricia Cavada y Luis Martín han recopilado varios estudios para poner negro sobre blanco lo anterior. Gartner, ha predicho que en 2026 el 25% de las personas pasará al menos una hora al día en este entorno y, de acuerdo con Statista, el tamaño del mercado actual roza los 47.000 millones de dólares en 2022 y la proyección es que alcance la burrada de 679.000 millones en 2030. Otros informes afirman que la economía del metaverso podría estar tasada en mucho más, entre 8 y 13 billones de dólares en 2030, con hasta 5.000 millones de usuarios. Pero llegar a ese nivel de mercado requeriría, según los analistas de Citi, una considerable inversión en infraestructuras. Para Analysis Group, dentro de una década el metaverso podría aportar 3 billones de dólares, un 2,8 % al PIB mundial, si en términos de adopción evoluciona de la misma manera que la tecnología móvil. Este estudio también concluye que en Europa la expansión del mundo virtual podría suponer una contribución del 1,7% -o lo que es lo mismo 417 000 millones de euros- a la economía del continente en 10 años. Curiosamente, uno de los sectores en los que el movimiento del mercado relacionado con el metaverso ha sido más espectacular ha sido el inmobiliario. En 2021, las compraventas en el mundo virtual alcanzaron los 500 millones de dólares y la cifra podría doblarse en 2022 y llegar a los 1.000 millones de dólares.

Estas mareantes cifras traerán más sectores y operadores que los hoy dominantes, Microsoft y Meta; también un mayor escrutinio por parte de los reguladores. La actuación de la CMNV alertando del encuentro MundoCrypto de Madrid es un anticipo de lo que vendrá. Será inevitable que este crecimiento del mercado virtual provoque que los supervisores y los gobiernos aborden cuestiones como las normas contra el blanqueo de dinero, el uso de las finanzas descentralizadas y los derechos de propiedad, en lo ya se ha bautizado como una futura y necesaria meta-ley.

Más allá de lo mercantil, algunos profesores como el catedrático Alfonso Castillo Pérez, se han atrevido a considerarlo como la nueva imprenta por el impacto disruptivo que tendrá en nuestra civilización. En concreto pronostica que el metaverso es una nueva forma de comunicación, similar a lo que fue la imprenta, el cinematógrafo o los discos de vinilo. De modo y manera que gracias al metaverso se alcanzará la más sofisticada comunicación, por ejemplo, de mente a mente. Ojito que al mismo tiempo no faltan los escépticos que catalogan el metaverso como un soufflé tecnológico o peor aún una zona opaca para delincuentes.

En cualquier caso, la realidad es que hoy ya tiene aplicaciones en empresas de la industria del deporte, textil, complementos, pero también en la energía, las finanzas y como ya se ha mencionado en el inmobiliario. Aunque con una apariencia rudimentaria y con la ayuda de gafas, es mejor estar presente como empresas o profesionales en el metaverso y fallar que criticarlo y quedarse fuera.

Si aún no te ha quedado claro la virtualidad del nuevo término metaversismo, te animo a que pienses si no estamos ya todos de algún modo viviendo en un metaverso. En la política parece que algunos gobiernan un universo paralelo sin darse cuenta de la falta de apoyo popular. En la economía este verano hemos gastado con furor tapándonos los ojos ante la crisis venidera. Y qué decir de todos esos que vuelcan en redes sociales una apariencia de éxito y felicidad tan alejada de la realidad.

Termino como empecé, hablando de ismos. Porque es tal la tentación de usar un juego de palabras con ese sufijo para terminar este artículo que no he podido resistirme. Lo siento. Aquí va. Que nadie se equivoque y confunda metaversismo con travestismo. Porque con tanto metaverso y realidad virtual podemos acabar creyéndonos lo que no somos. Como en el travestismo, usar prendas del sexo contrario no te convierte automáticamente en otro género. De la misma manera, estar en el metaverso con un determinado rol no te inhabilita tener que volver, sí o sí, a tu vida analógica. Así que no queda otra que seguir teniendo una pata en ambos mundos sin confundir lo que realmente somos.

Iñaki Ortega es doctor en economía en La Universidad de Internet (UNIR) y LLYC

jueves, 25 de agosto de 2022

El efecto pluma

(este artículo se publicó originalmente en el periódico 20 minutos el día 23 de agosto de 2022)


A los economistas nos gusta usar metáforas para definir situaciones extrañas que en ocasiones suceden en los mercados. Quizás porque somos incapaces de explicarlas de una manera inteligible, quizás porque como reza el dicho “una imagen vale más que mil palabras”. Por eso, seguro que has oído alguna vez expresiones como “cisnes negros” -para referirse a hechos impredecibles de gran impacto- o “aleteo de la mariposa” -cuando un nimio acontecimiento provoca una catástrofe-.

Este verano la cotización del barril de petróleo no ha dejado de bajar e inopinadamente se ha notado muy poco en el precio de los combustibles. En cambio. cuando el crudo hace unos meses estaba por las nubes, inmediatamente provocaba un alza en la gasolina o el gasoil. Para encontrar sentido a esta situación en la ciencia económica se recurre al conocido como “efecto pluma”. A saber: si dejas caer una pluma al vacío, verás que no se precipita con rapidez, sino que muy lentamente va descendiendo como si planease.

Este “efecto pluma” consiste, por tanto, en un fenómeno económico por el que se dan reducciones muy lentas de los precios de un producto final, a pesar de que bajen los costes de las materias primas de las que se compone. Estamos, por tanto, ante una situación ilógica pero habitual en mercados de todo el mundo La caída drástica en el precio de la materia prima debería, en principio, reflejarse en bajadas significativas en los precios de los productos finales. Cuando eso no pasa la explicación reside fundamentalmente en que los mercados de materias primas no funcionan de la misma manera que los de productos finales. Hay otros elementos que pueden impactar como el tipo de cambio, ya que la materia prima puede cotizar, por ejemplo, en dólares y el producto terminado en euros. Los impuestos, también pueden influir, que en el caso de los hidrocarburos es una parte importante de su precio final. Por último, el poder de las empresas sobre el mercado en cuestión, en ocasiones impide las bajadas del precio por la ausencia de competencia.

Aunque no te hayas dado cuenta, este “efecto pluma” nos lo encontramos también en muchas ocasiones en nuestra vida cotidiana. Cuando en el trabajo cometes un error y se para en seco tu desarrollo profesional, pero en cambio los altos desempeños no vienen acompañados de ascensos. O en el futbol en el que una entrada a destiempo puede suponer una expulsión y en cambio temporadas de juego limpio no suponen premio alguno. También en las relaciones de pareja una inoportuna discusión puede acabar con años de pacífica convivencia.

Pero no te preocupes porque los economistas también tenemos explicación para estas situaciones y al “efecto pluma” se contrapone el “efecto cohete”. Determinadas situaciones hacen reaccionar exageradamente, por ejemplo, los precios. Estamos teniendo efecto cohete con la guerra de Ucrania y la energía, por eso cuesta entender tanto el alza de la factura de la luz. Solo nos queda el consuelo de saber que siempre que hay plumas, hay cohetes. Y tenemos que ser capaces de encontrar nuestro cohete. En el trabajo sabiendo escoger los empleos y las empresas en las que ascender rápidamente; también en tus ahorros eligiendo aquellos productos que te hagan ganar dinero con rapidez. Dejo para tu reflexión si existen estos cohetes en otros campos de tu vida. Igual sí los hay y no los estamos usando. Así que a por ellos.

Iñaki Ortega es doctor en economía en La Universidad de Internet (UNIR) y LLYC

martes, 9 de agosto de 2022

Los otros pinchazos del verano

(este artículo se publicó originalmente en el periódico 20 Minutos el día 8 de agosto de 2022)

 

Es el tema del verano. Más de sesenta pinchazos en España y por lo menos dos mil sucesos de este tipo en Europa. Los ataques denunciados por todas esas chicas siguen un mismo patrón: fiesta, noche y gentío. En medio del jolgorio sienten en el brazo o en la pierna como un picotazo. En ocasiones es solo eso, una molestia, pero en otras parece que viene acompañado de una sensación de debilidad lo que ha llegado a concluir que pueden buscar la sumisión química. Nada nuevo más allá de la fórmula usada esta vez. El alcohol, las drogas o medicamentos han sido utilizados todos los veranos por desalmados para abusar de chicas en estos meses de ocio nocturno. Esta vez, gracias a la atención que le están dando los medios de comunicación, estamos avisados y por tanto prevenidos. Que toda la fuerza de la justicia caiga sobre los agresores.

Pero, hay otros pinchazos que están pasando desapercibidos y también son malas noticias ante las que estar alerta. Me refiero a algunas cifras económicas que por dolorosas se sienten como aguijones clavándose en la piel.

La inflación del mes de julio se situó en un 10,8% o lo que es lo mismo que tus 1000 euros de ahorros ahora valen menos de 900 euros. Una extracción de riqueza en toda regla en la economía familiar de los españoles.

Los nefastos datos de destrucción de empleo en el mes julio, en plena campaña veraniega, suponen el pinchazo de la creación de empleo en España. Hacía dos décadas que no se destruía empleo en verano y por desgracia se ha frenado la tendencia de los últimos 16 meses de crecimiento de puestos de trabajo.

El desplome de los pedidos industriales en España anunciado el primer día de agosto es otra aguja clavada en la economía española. Este indicador se elabora encuestando a los responsables de cientos de empresas manufactureras y pone de manifiesto el pesimismo de las compañías y por tanto el adelanto de una crisis.

Pero fuera de nuestras fronteras hemos conocido más pinchazos. La economía de Estados Unidos ha entrada en recesión técnica al acumular dos trimestres con crecimientos negativos. El Reino Unido se encamina a la misma situación a la luz de los informes del Banco de Inglaterra en los que se ha basado para subir los tipos de interés. Y Alemania, conforme a datos de la patronal de la industria bávara, perdería más de un 12% de su riqueza -medida por el PIB- si Rusia le corta el suministro de gas este invierno como ha anunciado Putin.

Muchos boquetes en la economía como para no preocuparse por mucho que estemos en verano. Cómo me gustaría que estos pinchazos también ocupasen los programas de televisión y las redes sociales, porque eso nos permitiría como con los ataques machistas de este verano, estar preparados para lo que viene. Cuanta más gente conozca que la economía está convirtiéndose con tantos pinchazos en un queso gruyere, tomaremos mejores decisiones. por ejemplo, con nuestros gastos- y así afrontaremos mejor la crisis a la que parece que vamos abocados.

Iñaki Ortega es doctor en economía en La Universidad de Internet (UNIR) y LLYC


lunes, 1 de agosto de 2022

Recolectar o sembrar. La duda hispánica

(este artículo se publicó en el diario La Información el día 1 de agosto de 2022)

Los nuevos impuestos a la banca y a las energéticas han irrumpido en la economía española coincidiendo con el periodo vacacional. Más allá de las implicaciones políticas de estas decisiones, el objetivo es recaudar 7.000 millones en dos años que ayuden a enjugar el agujero ocasionado en las cuentas públicas por la indexación de las pensiones. La excusa son los llamados “windfall profiits” o beneficios caídos del cielo, ocasionados por la subida de los precios de la energía y por el aumento de tipos de interés.

Esta terminología de ingresos extraordinarios es una traducción de una expresión inglesa que a alude a la caída de gran cantidad de fruta por una ráfaga de viento, o lo que es lo mismo una importante recolección sin esfuerzo alguno. El gobierno de España, por tanto, ha optado por una nueva fiscalidad para recaudar/recoger esos frutos generados esta convulsa temporada por la banca y la energéticas. Recientemente varios profesores hemos escrito una reflexión académica que precisamente recomendaba lo contrario. La siembra frente a la recolección. Capital semilla frente a impuestos confiscatorios.

En la terminología empresarial, el capital semilla o financiación semilla es una inversión externa realizada en los primeros estadios de la vida de una empresa que permite solventar el conocido como “valle de la muerte” en el que la mayoría de las nuevas compañías han de cerrar por no tener ingresos que compensen los numerosos gastos. Los inversores semilla confían en la potencialidad del negocio incipiente y así asumen pérdidas con la confianza de que, gracias a su ayuda, los emprendedores saldrán de los apuros iniciales para lograr grandes éxitos futuros. Quiero pensar, junto a mis colegas Paloma Baena y Luís Socias, que los fondos europeos pospandémicos son ese inversor ángel que aportará la palanca financiera que España necesita para modernizar su economía en ámbitos como la transición verde, la industrialización o la educación.

Ningún plan europeo ha despertado tanta atención como Next Generation EU. A estas alturas ya es sabido por toda la población que este proyecto nace para luchar contra la crisis económica causada por la pandemia; algunos menos conocen que busca al mismo tiempo acelerar la transición verde y digital. Apenas se menciona en la conversación pública la capacidad del Plan Español de Recuperación, Transformación y Resiliencia (PRTR) de ser una suerte de capital semilla -un alto volumen de recursos no nacionales concentrados en un plazo limitado de tiempo- que, unido a los esfuerzos privados, escale nuestro país. Casi tarea imposible, prestar atención también a las eventuales derivadas geopolíticas del PRTR y sus consecuencias para el posicionamiento de España en el mundo. Someramente me atrevo a resumir el carácter semilla y de paso el geopolítico del PRTR en tres ámbitos capitales para nuestro país: la energía, la industria y la educación.

Transición verde

Independientemente del monto final que España decida dedicar a este nuevo capítulo, la oportunidad es clara y crucial para los intereses a medio y largo plazo de nuestro país. Recientemente, la Agencia Internacional de Energía Renovable (IRENA) señala el alto potencial de España como productora de hidrógeno verde, lo que se suma a nuestro posicionamiento en energía solar o eólica. El retorno a estas inversiones aceleradas puede ser diferencial para nuestra economía a largo plazo. Estamos ante la posibilidad de desempeñar, como país, un rol protagonista en un nuevo sector de actividad económica y empleo, que además de modificar nuestro modelo productivo, contribuirá a aumentar la autonomía energética, y fortalecer nuestro peso en el nuevo escenario geopolítico que la transición energética del siglo XXI va a dibujar. El equilibrio de poderes con nuestros socios europeos -en especial Francia y Alemania-; la relación con nuestros vecinos del norte de África; el papel ante las grandes potencias como China o Estados Unidos e incluso poder mirar a los ojos al régimen ruso, dependerá de las decisiones que tomemos estos meses para orientar Next Generation EU hacia cuestiones como los gaseoductos, las renovables o los acumuladores de energía. ¿Sabremos aprovecharlo? Next Generation EU aporta el capital semilla necesario para incentivar esta transición acelerada. Pero como señalamos al inicio, necesitamos acción concertada para hacer posible el cambio y movilizar los complejos acuerdos necesarios entre el sector público, el privado, y la sociedad civil. Por un lado, el sector público debe considerar todas las medidas a su alcance para facilitar trámites administrativos, facilitar información que permita anticipar al sector privado y acelerar la resolución de convocatorias. Por otro lado, el sector privado debe contribuir a la agilidad administrativa presentando proyectos viables con capacidad de ejecución completa en los plazos que marca Next Generation EU. Y también cada uno de nosotros debe hacer suyo este reto de transición, que implica cambios importantes en nuestros hábitos y preferencias de consumo. Acelerar la transición energética es la única alternativa que tenemos para actuar sobre la principal fuente de emisiones de CO2. Estamos ante una oportunidad decisiva de transformar nuestro modelo económico y la composición de nuestro producto interior bruto, generando nuevos sectores de actividad industrial y empleo y disminuyendo los riesgos de dependencia y de pobreza y exclusión energética, al tiempo que se procura la sostenibilidad de nuestra economía. Debemos aprovechar la oportunidad que nos ofrece el capital semilla de Next Generation EU para mirar a largo plazo con confianza y ambición. El objetivo: una hoja de ruta compartida que nos permita trabajar conjuntamente en la transformación energética que necesitamos acelerar.

Industrialización

El reto es garantizar un buen aprovechamiento de dichos fondos, de forma que las cadenas de valor industriales, tanto en el caso de grandes empresas como de pymes, puedan acceder a ellos, impulsando así la transformación de nuestra industria y, de una vez por todas, un mayor peso en el PIB nacional. Para ello, con el objetivo de lograr una mayor presencia de la industria en el PIB, es necesario poner en marcha algunas mejoras en la ejecución de los fondos europeos. Por ejemplo, como recientemente ha propuesto CEOE, sería interesante fortalecer el equilibrio entre, por un lado, grandes proyectos tractores y, por otro lado, subvenciones para PYMES y autónomos, con convocatorias menos atomizadas; impulsar el papel de nuestras empresas en los IPCEIS europeos; explorar la figura del proyecto tractor territorial; incorporar bajadas de impuestos e incentivos fiscales con cargo a los fondos europeos; o implicar al sector financiero para ganar agilidad y asegurar la capilaridad de las ayudas. Por otro lado, en un contexto en el que todos los países europeos avanzan hacia el impulso a su industria, cuenta con un alto interés identificar buenas prácticas que permitan orientar la apuesta de España en este ámbito. Un buen ejemplo de ello lo encontramos en la apuesta por la industria que recoge el Plan “France Relance”, puesto en marcha por el gobierno galo para la ejecución de los fondos europeos. En concreto, la reindustrialización del territorio, junto con el refuerzo a la competitividad de las empresas y la aceleración de la transición ecológica, constituye uno de sus tres ejes fundamentales. En esta etapa inicial de ejecución de los fondos en Francia, el comité independiente para la evaluación del Plan, integrado por agentes de primer nivel y presidido por el prestigioso economista Benoît Coeuré, hace una primera lectura positiva de su impacto en materia de reindustrialización. Así, es destacable que la canalización de las ayudas del Plan ya ha tenido efectos de impulso de la industria gala. Por un lado, ya han recibido ayudas para desarrollar actividades en torno a 10 500 empresas (un tercio de las empresas industriales galas), con una inversión superior a 14 000 millones de euros. Este impulso ha sido especialmente notable en PYMES. Y, por otro lado, han puesto en marcha una bajada de los impuestos a la producción, que se estima en 10 000 millones de euros en 2021, favoreciendo el crecimiento de las empresas industriales. En definitiva, nos encontramos ante una oportunidad histórica en donde la industria, de una vez por todas, debe tener el papel destacado que nuestro país necesita. Especialmente, ante un escenario global tan convulso como el actual y en un entorno europeo en el que muchos países han situado la soberanía industrial como una auténtica prioridad nacional, para evitar estar al albur de potencias extranjeras con intereses espurios. No podemos olvidar los peores momentos del confinamiento en el que la solidaridad de los socios europeos nos salvó de la ruina, pero al mismo tiempo la dependencia industrial de terceros países nos dejó inermes ante la amenaza vírica y sus consecuencias económicas.

Educación

La crisis pandémica, lejos de parar la transformación del mercado laboral, la ha precipitado. Cualquier agente económico, público o privado, ha de tener en cuenta que su impacto social en los próximos años ha de pasar por la recualificación o el reciclaje, conocidos como reskilling y upskilling en su terminología anglosajona. No es opinable: sin formación a lo largo de la vida, no habrá espacio en el mercado de trabajo. Es la vía para luchar por la inclusión social. Next Generation EU es una oportunidad inédita para acelerar, como si de un capital semilla se tratase, no sólo una mejor formación de los trabajadores españoles, sino una nueva industria de la educación a lo largo de la vida con sede en España.

No se conoce que el 30% de la demanda laboral en España no se satisface porque no hay trabajadores cualificados en el mercado. Es un contrasentido en un país como el nuestro, en el que cerca de uno de cada dos jóvenes está en paro. Sólo cabe una solución ante este panorama: la educación. No conviene lamentarse, sino recordar lo que el foro de Davos ha afirmado respecto a España y la necesidad de reciclar a miles de personas. El World Economic Forum ha tasado en un aumento del PIB español de 6,7 % de aquí al 2030 y una nada despreciable cifra de 230 000 nuevos trabajos si se mejorasen las competencias digitales. España dispone ya de una base instalada para que este capital semilla fructifique. Universidades públicas y privadas con prestigio y alumnado internacional. Exitosos profesionales formados en nuestro país dirigiendo empresas en todo el mundo. Un destino seguro y de calidad para estudiantes castellanohablantes de toda Latinoamérica que ven en nuestro país la puerta natural a Europa. Un tejido emprendedor local que ha despertado el interés de todo el mundo en la enseñanza superior, por no hablar de la disruptiva disciplina de edtech con jóvenes empresas españolas ya de referencia global. Sin olvidar el histórico prestigio de instituciones educativas privadas y un puñado de universidades públicas que compiten en los rankings internacionales. Un buen indicador de la salud de la industria local en este terreno es que los fondos de inversión han empezado a poner la vista en las empresas educativas españolas con operaciones sonadas

Una potente industria educativa española no solo permitiría generar riqueza, empleo de calidad y sentar las bases del futuro económico del país sino también una fortaleza política. Formar cientos de miles de personas de todo el mundo, atraer a los mejores talentos como docentes o que el capital más innovador invierta en nuestras instituciones educativas es un arma geopolítica de primer nivel. Las complicidades logradas con esas cohortes de egresados y profesores serán una externalidad positiva que naciones con hubs educativos como el Reino Unido o Estados Unidos han usado a lo largo de su historia reciente. Esto tendría importantes repercusiones para España. Primero, un cambio de percepción respecto al talento “educated in Spain” que sirva para generar nuestro propio hub educativo. En el medio plazo, y siempre con la necesaria colaboración público-privada, aparece la posibilidad de generar investigación e innovación propia de calidad reconocida.

Para finalizar esta reflexión que busca sembrar frente a la extracción, quiero recordar que los años 20 de este siglo nos han hecho despertar del sueño de Francis Fukuyama y su idílico fin de la lucha de las ideologías. La geopolítica seguirá siempre impactando en la economía, pero para España -si tomamos las decisiones adecuadas- es posible que la economía impacte en la geopolítica, y además para bien.

 

Iñaki Ortega es doctor en economía en la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR) y en LLYC