domingo, 31 de mayo de 2020

La generación COVID


(este artículo se `publicó originalmente el día 29 de mayo de 2020 en el diario La Información)



Mientras cerca de diez millones españoles mayores de 60 años vivieron con angustia los picos de la emergencia sanitaria, otros diez millones de compatriotas pasaban las horas confinados sin preocupación alguna.  La latencia de la COVID19 para los menores de 25 años era inexistente en su cohorte de edad frente a las tasas de dos cifras de los adultos mayores.

La pandemia ha situado a los ancianos como los principales damnificados, 9 de cada 10 fallecidos superaban los 60 años o casi 20.000 mayores han muerto en residencias. En los momentos peores de la crisis vírica se comprobó que no todas las vidas valen los mismo, el sistema sanitario aplicó el triaje sin miramientos y muchas personas de edad avanzada -ya sea en las residencias o en la soledad de su hogares- fueron abandonados a su suerte. Es por ello por lo que el Papa Francisco, ha denunciado esta “cultura del descarte” que ha privado a los mayores de su condición de persona.

El edadismo es la discriminación que sufren las personas por la edad, Hasta ahora esta palabra, quizás porque es un calco del inglés ageism estaba vinculado al envejecimiento. El conjunto de prejuicios o estereotipos que perjudican a los mayores, especialmente en el ámbito laboral, era la demostración más evidente. De hecho, España ostenta el triste récord, como nos recuerda el profesor Rafael Puyol, de ser el país europeo con menor tasa de actividad y mayor desempleo de los mayores de 55 años. Pero la COVID19 ha acentuado esa identificación de edadismo con vejez puesto que, en los peores momentos, si eras mayor, tenías menos posibilidades de ser atendido en los hospitales. A su vez se ha extendido en los medios de comunicación un infantil paternalismo para referirse a estas personas, basado en torpes estereotipos.

Pero si se consulta la Fundéu se puede comprobar que el edadismo no entiende de edades. La discriminación que define esta nueva palabra no afecta solo a los mayores, sino que es un trato a causa de la edad, sea cual sea esta última. Por eso, aunque en los primeros meses de la epidemia los mayores han sido los más perjudicados, los jóvenes (aunque aún no lo sepan) serán a partir de ahora los que se llevarán la peor parte.

El Banco de España nos anuncia más precariedad y menores sueldos para los jóvenes. Las estadísticas oficiales certifican que la mitad del empleo destruido por la pandemia corresponde a los jóvenes. Financial Times alertaba esta semana que una de cada tres ofertas en el Reino Unido para recién graduados se ha esfumado o que en Estados Unidos el 40% de los contratos de prácticas están en entredicho. La Universidad de Cambridge con ocho siglos de historia detrás no ha podido con el virus y ha suspendido sus clases el curso que viene. Universidades e instituciones de enseñanza superior de todo el mundo quebrarán dejando a cientos de miles de jóvenes colgados, lo que ha llevado al lobby de universidades británicas a pedir el “rescate” a su Gobierno. La Organización Internacional del Trabajo (OIT) ha constatado que uno de cada seis jóvenes en el mundo ha perdido su empleo, datos escalofriantes si tenemos en cuenta que la crisis económica no ha hecho más que empezar. La OIT, incluso, para España ha alertado del peligro de que el paro juvenil se convierta en algo estructural.

Desplome de las ofertas de trabajo, destrucción de empleo, estudios interrumpidos o desaparición de las prácticas son el resumen de las consecuencias que ya conocemos y que ha llevado a bautizar a los menores de 25 años como la generación COVID. Los hasta ahora conocidos como generación z, precisamente porque eran la cohorte subsiguiente a los millennials (generación y) se enfrentará a la peor coyuntura económica en España desde la Guerra Civil. Una caída de por los menos un 10% del PIB, cientos de miles de empresas en banca rota y un desempleo en el entorno del 30% no son la mejor forma para empezar una vida profesional y estos jóvenes es lo que se encontrarán en nuestro país. 

Son nativos digitales y por ello el confinamiento no les ha afectado como al resto de la población, pero quizás tantas horas en Netflix o Fortnite y la ausencia de víctimas entre sus iguales, no les ha dejado ver el drama que les viene encima. Ahora se anuncia por el Gobierno la prórroga de los ERTEs, más préstamos ICO y el ingreso mínimo vital. El peligro será que este paquete de ayudas se comporte como una anestesia que quite los síntomas, pero no la causa del dolor. Qué drama sería para una generación de españoles si las oficinas del SEPES en el desescalado toman el relevo al WIFI en el confinamiento. Porque tarde o temprano la generación COVID tendrá que enfrentarse -sin anestesia- a la realidad de un panorama económico desolador. Para ello es imprescindible pertrecharse, cuanto antes, con herramientas como la recualificación, los idiomas, el emprendimiento o el voluntariado.

El asintomatismo de los jóvenes contagiados por el virus impidió que fueran conscientes de la gravedad de la pandemia, esperemos que las medidas para luchar contra los síntomas de la crisis económica que ya tenemos encima no provoquen el mismo efecto.

Iñaki Ortega es director de Deusto Business School y profesor de la UNIR

jueves, 28 de mayo de 2020

El virus normativo que ha pasado desapercibido

(este artículo se publicó originalmente en el diario Expansión el 27 de mayo de 2020)


La crisis del covid19 se ha cobrado la vida de decenas de miles de compatriotas, millones perderán su empleo y sus negocios, pero a todos nos ha caído encima -aunque aún muchos no se hayan dado cuenta- una ingente losa legislativa.

Desde que se decretó el estado de alarma, el Boletín Oficial del Estado ha demostrado que es la herramienta mejor engrasada de la economía española. Es la única industria que no ha dejado de trabajar, día y noche, en laborable o festivo, sin importarle la fase de la desescalada. La publicación en el BOE de las órdenes, reales decretos, instrucciones, resoluciones y por supuesto correcciones de errores es un tsunami normativo que se lleva por delante hasta las mentes más preclaras. Cientos de miles de páginas -imposibles de digerir- con la intención de crear un marco jurídico para afrontar la pandemia con reformas y medidas específicas en el ámbito laboral, sanitario, fiscal o económico.

Pero existe el riesgo de que tantas nuevas regulaciones acaben convirtiéndose en un pesado lastre que nos impida salir a flote. Ciudadanos que no conocen los detalles de cómo y cuándo moverse en su territorio sin incumplir lo acordado por las autoridades.  Empleados que ya no saben dónde encontrar la solución a las dudas sobre el ERTE que padecen. Autónomos que desconocen la letra pequeña de esa solicitud sobre su subsidio que nunca le acaban de responder. Pymes desconcertadas porque no tiene un euro en la cuenta, pero el ICO les deniega la financiación por defecto de forma. Asociaciones empresariales que ven como sus representados no pueden ejercer, pero actividades similares a la suya son autorizadas.  Y por supuesto las miles de empresas que tienen que responder a inéditas transformaciones económicas y al mismo tiempo cumplir con un nivel de regulación inusitado. Todos, además, con el coste de oportunidad (que explicamos en nuestras clases de economía) de dedicar un precioso tiempo a bucear en las oscuras aguas del océano legislativo en lugar de sacar adelante el país. Por no hablar del otro coste de oportunidad de solicitar la subvención equivocada y haber dejado vacante la que realmente merecía la pena.

Es imprescindible que todos los administrados aprovechemos con eficiencia los recursos facilitados desde el sector público para paliar la complejísima coyuntura, pero -por desgracia- la actividad de las administraciones con tantas páginas de BOE está cebando la incertidumbre. Hoy encontrar una solución en la norma para tu problema es una proeza, seas un padre que quiere pasear a su hijo, una hija que sueña con poder visitar a su madre enferma o un pequeño empresario que duda sobre si la norma le permite operar y hasta una gran corporación que no sabe si podrá operar fuera de nuestras fronteras.

Desde el año 2015, la CEOE publica un informe anual que señala las dificultades que las regulaciones inestables, desproporcionadas e incluso discriminatorias, ocasionan para las empresas. Millones de páginas de producción legislativa cada año que, durante estos meses de estado de alarma, está creciendo exponencialmente. Si nadie duda de que la crisis sanitaria ha podido superarse gracias a la abnegación y buen hacer de los sanitarios españoles ahora en la hora de la recuperación económica se nos antoja que otros profesionales habrán de tomar el relevo a los médicos. No solo será imprescindible el espíritu emprendedor y de superación de los españoles, sino que ante este alud normativo se necesitará un ejército de profesionales que desenmarañen el ovillo regulatorio. Laboralistas, expertos fiscalistas y administrativistas, abogados y economistas que nos ayuden a interpretar las nuevas legislaciones, pero también, y esta es la novedad en nuestro país, profesionales de los asuntos públicos. Deberán ser estos últimos en especial, los encargados de acercar los intereses públicos y privados para facilitar la búsqueda y posible concertación de soluciones duraderas y efectivas cuando superemos el estado de alarma y llegue la hora de la sociedad civil.

Los asuntos púbicos, entendidos como la gestión por las empresas de su relación con las administraciones públicas como reguladoras y últimas condicionantes del ámbito y de los mercados en los que ejercen su actividad económica, son un instrumento imprescindible para las mismas. defender sus intereses legítimos con transparencia y capacidad de rendición de cuentas por lo hecho, informar sobre sus proyectos, y comunicarse con todas las personas, agentes económicos, organizaciones o instancias interesadas o afectadas por su actividad económica, los llamados stakeholders.

La hora, por tanto, de muchos profesionales que ayuden a la reconstrucción de nuestro país reorientando ese aluvión normativo a los cauces de la trasparencia y la igualdad de oportunidades.

Iñaki Ortega es director del programa de asuntos públicos y relaciones gubernamentales de Deusto Business School

lunes, 18 de mayo de 2020

Envejecimiento, economía y senior housing. Una oportunidad en el sector inmobiliario

(este artículo se publicó originalmente en la revista Andalucia Inmobiliaria en su número del mes de mayo de 2020)



La economía plateada

La Unión Europea (inspirada en la OCDE y en el World Economic Forum) ha definido la economía plateada con el título de «silver economy» o «economía de las canas». Son el conjunto de las oportunidades derivadas del impacto económico y social de las actividades realizadas y demandadas por la población mayor de 55 años. Conforme datos oficiales supondrán en 2025 casi el 40%de los empleos europeos y uno de cada tres euros de la riqueza medida por el PIB. Sin duda será un gran revulsivo salir al encuentro de las necesidades de la población mayor.

Cada día más personas viven más tiempo en mejores condiciones, estamos ganando años y calidad de vida.  En 30 años la población de personas mayores se duplicará y, según la ONU, en 2050 España será el país más viejo del mundo, con 40% de su población mayor de 65 años. Habrá más personas mayores de 65 años que jóvenes menores de 15.

Pero ¿a qué nos referimos con los términos de tercera edad, mayores o ancianos? El umbral de envejecimiento se encuentra descontando 10 o 15 años a la esperanza de vida. Con una esperanza de 90 años el envejecimiento empezaría entre los 75 y 80 años, y en una vida de más de 100 años, como a la que nos aproximamos, esto será a partir de los 85 o 90.

Antes la vida distinguía tres etapas, juventud, madurez y ancianidad. Hoy ya es muy diferente, quizás empecemos hablar de cuatro edades, hay una nueva tercera edad de mayor realización personal y aparece una cuarta edad de vejez asistida, de dependencia.

Esta generación es la más numerosa de la historia, la mejor educada y formada profesionalmente. Tienen las cosas claras, saben lo que quieren y como lo quieren y, por supuesto, saben lo que se pueden o no permitir, con ganas de vivir plenamente. Les queda una vida repleta de tiempo, con miles de cosas por aprender y por hacer, sin prisas y liberados de responsabilidades familiares y que valoran la calidad de vida y el bienestar personal.
Después de la tradicional vida laboral resta mucho tiempo para cambiar de actividad, saborear nuevas experiencias, planificarnos y disfrutar activamente, todo ello entrañará cambios sustanciales en la organización de la sociedad en la relación entre generaciones y en la ecuación entre trabajo y ocio.
Hay una nueva generación de mayores, un nuevo modelo de sociedad, que demanda nuevas formas de vida durante esa etapa. El envejecimiento poblacional, nuevos roles familiares y el deseo de una vida independiente, de autonomía, van en la línea de “continuar” viviendo frente al concepto de “retiro”.
A esto se une el desafío de los mayores como productores y consumidores. El futuro de la economía está en los mayores, su capacidad económica y de consumo. La generación de las canas ya no quiere esperar pacientemente a la muerte sino vivir con intensidad esos años, de hecho, hoy el 40% del gasto en ocio tiene su origen en mayores de 55 años, que son los que disponen de más del 70% de la renta
La ciudad de las canas

En España, dos de cada tres viviendas no son accesibles, si a este dato le añadimos que nueve de cada diez jubilados tienen una vivienda en propiedad nos indica el ingente reto que hay que afrontar para conseguir espacios dignos donde envejecer. Los mayores de 60 años disponen, por lo tanto, de una vivienda, pero no sirve para los dependientes cuando la tendencia es permanecer en el hogar, ya que el entorno familiar es el mejor método para un envejecimiento saludable. Adaptar la vivienda, compartirla, adquirir una nueva, alquilar una adaptada o vivir en residencias para mayores o en apartamentos tutelados son algunas de las soluciones que darán una oportunidad a la industria inmobiliaria y de la construcción.

El año 2020 pasará a la historia por la pandemia del coronavirus. El Covid-19 se ha cebado con los mayores siendo 9 de cada 10 fallecidos personas de más de 65 años. Los datos han sido especialmente escalofriantes para los mayores alojados en residencia de ancianos, que se han convertido en la zona cero de la catástrofe sanitaria. No obstante, habrá que seguir construyendo y gestionando residencias de mayores. En España existen algo más de 4.000 residencias privadas con una capacidad que no llega a 300.000 personas, que representan una parte muy pequeña de la población sénior, no de mañana sino de hoy, en concreto un 3 por ciento del número de mayores de 65 años.

En este sentido, y sin duda espoleados por esta epidemia, surgirá una nueva generación de estas instalaciones con nuevos modelos de diseños arquitectónicos y fórmulas organizativas y de gestión lo más similares al hogar. Lugares de vida donde se garantice la intimidad, se personalice el cuidado y en los que se evite la continua rotación de profesionales. Por ejemplo, la cifra de alemanes jubilados que residen fuera de su país de nacimiento se estima que llega a unos 200.000; algunos de ellos residen incluso enTailandia, donde se han construido complejos hoteleros destinados especialmente al cuidado de alemanes y al tratamiento de enfermedades mentales como la demencia senil o el Alzheimer. Empieza a hacerse realidad el sueño de aquellos jubilados británicos que en la película El exótico Hotel Marigold buscaban en la India un idílico retiro.

La vejez debe tener cabida en nuestra sociedad, igual que la discapacidad, con la dignidad de una etapa más de la vida. La segregación de la vejez y su desconexión del día a día, hoy ya no tiene sentido, necesitamos una ciudad para todas las edades. No es razonable la exclusión física del espacio compartido de los mayores segregándolos en ámbitos propios. La convivencia de distintas edades, economías, intereses y formas de vida es la riqueza de la ciudad mediterránea, de su calidad de vida y sociabilidad.
La sociedad está cada vez más concienciada de las necesidades diversas de las personas. La accesibilidad no es sólo para discapacitados, sino universal. Un porcentaje de mayores experimenta problemas de movilidad, el radio de acción en su cotidianeidad de una persona mayor de 70 años es inferior a 2 km. La ciudad para todas las edades precisa de mayor densidad, atomización de servicios y equipamientos repartidos de manera homogénea en una sociedad intergeneracional.
No basta la eliminación de barreras arquitectónicas, debemos ir adaptando nuestros espacios públicos y privados a las necesidades de hoy y futuras. El diseño del entorno determina la calidad de vida en la vejez y afecta tanto a la capacidad de desarrollar su vida de forma independiente como al mantenimiento de relaciones sociales. Entornos físicos accesibles, amigables y tecnológicamente avanzados, promueven el envejecimiento activo y saludable, con buena calidad de vida sin limitar sus capacidades.
Necesitamos una ciudad con un mobiliario urbano y aseos accesibles, espacios para descansar, con vegetación y sombra. Una ciudad con servicios a la carta, con información y orientación inclusiva e integradora, sistemas de alarma, pavimentos inteligentes que se adapten a las decisiones de usuario y que sean flexibles y reversibles en sus soluciones.
La vivienda constituye un factor determinante de la calidad de vida, junto a indicadores como el bienestar físico, emocional y material, o las relaciones personales y la socialización con amigos, vecinos y familia. Una vivienda inadecuada constituye un factor agravante de la fragilidad y la dependencia. El objetivo debe ser aumentar la independencia y mejorar el desempeño de la vida diaria.
Las respuestas a las necesidades de alojamiento de los mayores no han de ser siempre las mismas. En ese sentido, cada vez más aparecerán fórmulas para compartir vivienda, en especial con carácter intergeneracional: los mayores poseen casas y los jóvenes necesitan un hogar donde vivir. También, y de forma paralela a la red de plazas residenciales tradicionales, han surgido diversas alternativas de alojamiento para personas mayores con necesidades especiales, pero con niveles de autonomía personal importantes. Estos alojamientos reciben diversas denominaciones: viviendas comunitarias, viviendas tuteladas, pisos tutelados, unidades de convivencia o alojamientos polivalentes
El parque de viviendas y el entorno de construcción no están preparados para satisfacer las necesidades de los mayores. Existen dos vertientes de actuación en las que, tanto las administraciones como la iniciativa privada, tienen un reto y oportunidad de intervención que puede resolverse con la tan deseada colaboración público-privada. La adaptación o reforma, ya comentada y la nueva oferta que llamamos senior housing.
El senior housing es un elemento de valor y un gran reto para el sector inmobiliario y la industria de la construcción, por tratarse de una oferta especializada y heterogénea para personas con necesidades diferentes o que precisan de ciertos servicios. Existe un nicho de mercado en personas mayores no dependientes o en grado muy bajo, y falta un cambio de mentalidad que desarrolle nuevas alternativas. 
Pero en definitiva hablamos de vivienda, del equilibrio entre lo íntimo y lo social, entre la función y la emoción, entre el como queremos vivir y como queremos que nos vean. La casa es motivadora de una forma de vida, conforma conductas y debemos empezar a alejarnos de patrones antiguos.
Las nuevas necesidades no solo serán cuantitativas, los aspectos cualitativos y diferenciales que aporten las nuevas viviendas senior tendrán cada vez mayor importancia. Son sustanciales los valores de diseño, calidad del espacio, flexibilidad, confort, luz y la integración natural y paisajista de vivir en armonía con la naturaleza. A ellos se unen los de funcionalidad, accesibilidad, tecnología y sostenibilidad, íntimamente unidos a la calidad de la arquitectura.
Existe una dinámica de transformación de la oferta residencial orientada a seniors en EE. UU., Canadá, Dinamarca, Holanda o Reino Unido, en modelos como viviendas asistidas, cohousing, complejos intergeneracionales, certificación senior-friendly, no son un invento nuevo y son referencia hace más de 50 años. 
Frente a las residencias de tercera edad, de carácter asistencial, los modelos de senior housing se basan en un modelo de «envejecimiento en casa». Permite conservar la autonomía y el bienestar y calidad de vida de vivir en comunidad, en un modelo equilibrado y capacitante de las personas, al maximizar las competencias y compense, con apoyo y estímulos, el proceso de envejecimiento.
Si las Senior Homes son apartamentos con servicios especializados, en el cohousing hay una reflexión previa de los residentes sobre el lugar y la actividad que quieren desarrollar, siendo ellos los creadores del entorno donde vivirán integrados y de acuerdo con sus preferencias. Está regulado con normativa de vivienda, forma jurídica y financiación específica con participación público-privada. Retoma ideas del urbanismo de ciudades-jardín, vivir en comunidad en pequeños núcleos autogestionados, con industria, servicios, y espacios públicos.
La diferencia entre cohousing y los “apartamentos con servicios” no está solamente en su arquitectura. El diseño debe asegurar la privacidad e intimidad a la vez que facilita la vida activa en comunidad, un equilibrio entre vida privada y comunitaria. Viviendas de uso privativo en torno a unas zonas comunes donde se desarrollan actividades comunitarias, que en el caso del cohousing tiene además una componente social de participación y autogestión desde la fase de diseño.
Se trata de generar un entorno favorecedor de la actividad y estimulante, basado en la flexibilidad para adaptarse a las necesidades cambiantes del proceso de envejecimiento y de cada comunidad a su contexto cultural particular. Es pues una alternativa al residencial tradicional de alta calidad y sostenible.
La economía plateada en el inmobiliario
En el último MIPIM de Cannes (sin saber la tragedia que se cernía con la pandemia) los delegados en la reunión sobre inversiones en vivienda y atención sanitaria de Real Asset Media, escucharon que los países del sur de Europa son los que tienen los mercados por desarrollar y ofrecen las mejores oportunidades a los inversores,citando a Italia y España como los países que ofrecen más oportunidades. Hay una seria falta de producto y un cambio de actitud.
Los inversores están cambiando de ofertas residenciales más tradicionales a nuevos tipos, con niveles de servicio fuertemente integrados en la oferta inmobiliaria. El senior housing es un claro ejemplo, combinando tanto el elemento de propiedad como el de gestión. Hay diferentes modelos y es demasiado pronto para decir cuál prevalecerá, pero los primeros en moverse, en un mercado potencialmente grande, estarán en una óptima posición.
El turismo residencial se enfoca a quienes vienen a vivir aquí cuando se retiran o simplemente cambian de actividad. Es la oportunidad de servicios especializados con un componente sanitario, y que sea diferencial por la capacidad de combinar actividad económica, social y cultural, de carácter intergeneracional con intereses comunes, en un país óptimo para mayores, en lugar de guetos aislados.
La costa mediterránea reúne las condiciones de clima, servicios, calidad de vida e infraestructuras de salud y comunicación para un cliente senior, nacional o internacional, de alto poder adquisitivo, conocimiento y experiencia, que seguirá trabajando y que demanda producto y servicios por desarrollar en un nuevo entorno adaptado y no aislado, sino imbricado en entornos de ciudades medias.
Andalucía cuenta con administraciones alineadas con la innovación en el ámbito local y autonómico y es objetivo prioritario de actuaciones europeas para hibridar infraestructuras y capital riesgo internacional. Hace falta un nuevo marco normativo jurídico, fiscal y urbanístico que, desde las administraciones, permita generar una oferta que responda a una nueva demanda muy diversa. Iniciativas para desarrollos innovadores en suelos con usos mixtos, dotacionales o residenciales.
Frente al monocultivo de oferta inmobiliaria en la Costa del Sol, se abre una oportunidad para el desarrollo de nuevos modelos que atiendan esa demanda. Existe un amplio campo de desarrollo, investigación e innovación, tanto en la arquitectura, tipologías de vivienda y diseño urbano, como en los formatos de explotación y gestión, régimen de uso o propiedad. Algunos ya estamos trabajando en ello.
Este inmobiliario especializado es un sector puntero para inversores internacionales. Con la certeza de una demanda consolidada, hay liquidez, capital y apetito inversor con rendimientos ajustados. Si contamos con el apoyo y la voluntad política de las administraciones, solo faltan operadores especializados con integración de servicios.
Conclusión
La mezcla de todo lo anterior y una nueva generación de las canas que, empoderada (por su cada vez mejor salud y mayores recursos económicos), tomará decisiones inteligentes que afecten a su bienestar, como, por ejemplo, en qué ciudad querrá vivir los últimos años de su vida. Es un cocktail que los gestores de las ciudades, pero también el ecosistema empresarial han de tener en cuenta para que no se convierta en molotov. Ciudades caras con deficientes provisiones de servicios para los mayores serán abandonadas en el nuevo mundo que ya ha llegado en beneficio de territorios amables con los mayores.

Autores:
José Antonio Granero es socio Fundador de CGR Arquitectos y Entreabierto
Iñaki Ortega es director de Deusto Business School y profesor de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR)




Cuando baja la marea

(este artículo se publicó originalmente en el diario 20 Minutos el día 18 de mayo de 2020)

Será nostalgia por no pisar la playa o que el mar ayuda a plasmar sentimientos complejos, pero llevo toda la crisis del coronavirus acordándome de las mareas. Como nací en el Norte estoy acostumbrado a que para llegar a la orilla tengas que andar cientos de metros o apenas unos pasos en función de la hora del día que visites la playa. Recuerdo como en septiembre llegaban las mareas vivas y en la bajamar la playa se volvía inmensa para al cabo de unas pocas horas desaparecer hasta el último grano de arena por la pleamar.
La pandemia ha cambiado nuestras vidas y hemos descubierto muchas cosas que hasta entonces estaban ocultas. Como si antes del Covid19 viviéramos en un permanente estado de pleamar en el que la inmensidad del agua ocultaba todo lo que había debajo. Pero de repente el confinamiento ha hecho que ese mar se retirase y dejase al descubierto, como en esas playas del Cantábrico, algas y rocas puntiagudas, blancas arenas, viejas barcas hundidas o sucios lodos.
En esta marea baja que ha traído este maldito virus han emergido verdades olvidadas como que es mejor tener una buena casa que un buen coche, que los ahorros sirven porque son para estas situaciones, que se puede mantener amigos aunque no los veas, que la tecnología no es tan fría sino que puede hasta ser entrañable o que pasábamos demasiado tiempo corriendo de un lado para otro y muy poco con los que más queremos. Que los juegos de mesa hacen familia y la cocina también. Que el wifi en casa no es un gasto sino una inversión porque te permite trabajar, estudiar o divertirte. Que vivíamos como ricos y en realidad éramos pobres o que los viejos álbumes de fotos eran las redes sociales de antaño. Que ahora sabes con qué pocos puedes contar y antes, cuando todo era más fácil, eran multitud (y que esta verdad no solo aplica solo para tus amistades sino también en el trabajo). Que tener un empleo es un tesoro, que ser autónomo una profesión de alto riesgo, que hay muchos buenos empresarios y que tener un médico cerca es más importante que ganar mucho dinero. Que se puede rendir sin necesidad de tener a tu jefe encima o que el escaqueador de antes lo sigue haciendo ahora. Que el que llegaba tarde por el atasco sigue haciendo esperar a todos en las reuniones por Internet o que no echamos de menos cosas que hace dos meses hubiéramos matado por ellas.
Las mareas más vivas se dan con la llamada superluna es decir cuando este astro, el sol y la Tierra se encuentran perfectamente alineados y la gravitación es tan fuerte que el mar puede llegar a bajar y subir hasta cuatro metros de altura. Este supervirus también con su fuerza destructiva nos ha dado, como la marea baja, una nueva perspectiva de nuestras vidas que ojalá nunca olvidemos.
Iñaki Ortega es director de Deusto Business School y profesor de la UNIR

domingo, 10 de mayo de 2020

No quiero salir



(este artículo se publicó originalmente el día 4 de mayo de 2020 en el diario 20Minutos)


España ha disfrutado por primera vez en dos meses de un fin de semana casi normal. Cientos de miles de compatriotas han podido, por fin, salir de casa para pasear, andar en bici o simplemente tomar el aire. En esta fase del plan de desconfinamiento los niños ya pueden patinar, los padres correr y los abuelos callejear y nadie ha querido perdérselo. ¿Nadie? Alejandro tiene once años y no quiere salir porque dice que el virus está flotando en el aire. El hijo de Pedro prefiere quedarse en casa y después de siete semanas todavía no se hartado de jugar al FIFA en su consola. María ha decidido seguir en el sofá viendo la televisión porque saliendo igual se trae el covid19 en la suela de sus zapatos. Nieves se ha pasado el puente de mayo con reuniones urgentes y así terminar el informe para el Consejo que le ha pedido su jefe.

Por si no lo sabías Erving Goffman es considerado uno de los sociólogos más importantes de la historia. Su aportación a la ciencia fue el concepto de instituciones totales que viene al caso estos días de pandemia. Para este canadiense una institución total es un lugar de residencia donde los individuos, aislados de la sociedad por un periodo apreciable de tiempo, comparten en su encierro una rutina diaria. En estos lugares, que en su investigación eran cárceles, psiquiátricos u orfanatos se rompe el ordenamiento social básico porque no se distingue entre los espacios de juego, descanso y trabajo. Todo en el mismo sitio y con la misma autoridad. Los que conviven en ellas acaban padeciendo síntomas de inferioridad, miedo e inseguridad lo que se llevó a calificarlas como instituciones absorbentes y totalitarias.

Ahora piensa si tu encierro estos días en casa no ha sido tal y como lo define Goffman: comer, trabajar, dormir y divertirse en las misma cuatro paredes con las mismas personas durante 50 días. No debe extrañarnos, por tanto, que estos días algunos no quieran salir casi como si padeciesen un síndrome de Estocolmo o incluso que otros vean demasiados peligros en la calle, como el preso de esa película que delinque para volver a prisión porque sólo allí se encuentra seguro. Fortnite puede ser tan adictivo como Zoom si has abusado de ese videojuego o del teletrabajo en este confinamiento.

Pero antes de que te pongas a compadecer y buscar tratamiento farmacológico a los que no han querido salir a la calle aún, piensa que igual están más cuerdos que tú. Que sólo se están revelando ante un nuevo mundo que traerá más paro y miseria que nunca. Que no quieren esa «nueva normalidad» cimentada sobre 25.000 fallecidos y millones de ancianos damnificados. Igual por eso muchos no quieren salir, y lo que quieren es volver al mundo de siempre, al de antes del coronavirus.  Yo me apuntaría a ello.

miércoles, 29 de abril de 2020

España, a media asta


(este artículo se publicó originalmente en el diario 65yMás el día 27 de abril de 2020)


Los países, en todo el mundo, expresan el luto oficial haciendo ondear sus banderas a media asta. Para ello la bandera se iza por completo y luego se arría para que pueda ondear más abajo, a una distancia similar al ancho de la propia bandera, lo cual no siempre es la mitad de la altura del mástil, aunque la expresión induce a pensarlo así. Esta distancia tiene una explicación no muy conocida y es para dejar sitio a una imaginaria bandera que ondeará por encima, la “bandera invisible de la muerte”, una bandera que no se ve pero que es la que realmente indica la tristeza y homenaje a los fallecidos.

En nuestro país las banderas ondean en lo más alto sin hueco alguno para esa invisible bandera que represente a los fallecidos. Como si en esta parte del mundo no hubiese tristeza ni consideración por los caídos. El luto oficial que está regulado por ley es que el establece la obligatoriedad de las banderas a media asta. No voy a entrar a discutir, por mi condición de economista, si toca ahora decretar el luto o esperar al fin de la pandemia. Pero sí cabe recordar al filósofo Zygmunt Bauman que dejó escrito en su manual “Mortalidad, inmortalidad y otras estrategias de la vida” cómo las diferentes culturas se retratan ante la importancia que dan a la muerte. Y ahí no nos salva ninguna interpretación legal u oportunidad política. Nos estamos retratando.

Más de 23.000 muertos en dos meses, una media de casi 400 muertos diarios y la seguridad de que morirán muchos miles más. La muerte se ha posado en España y millones de españoles la llevan sintiendo muy cerca las últimas semanas. Amigos, hermanos, colegas, parejas, padres o tíos han fallecido víctimas de la pandemia. Pero, además, diez millones de compatriotas que superan los 60 años se levantan pensando que un día más jugarán a la ruleta rusa con la muerte. Porque cuando el 95% de todos los fallecidos por el covid19 están en tu cohorte de edad; la letalidad entre tus coetáneos es uno de cada cuatro; el triaje en las urgencias tiene tu nombre o la mitad de todos los que fallecen viven una residencia de ancianos, tu vida -si eres mayor-pende de un hilo.

Mientras tanto los telediarios ocupados en banalidades para que no veamos la realidad como si fuésemos una sociedad menor de edad. La radio televisión pública, como si tuviese oyentes infantes a los que proteger, no habla de muertos, no entrevista a las familias de los damnificados, sólo trasmite un impostado florilegio de noticias felices. El Gobierno, con el presidente a la cabeza, se empeña durante siete semanas en hablarnos por televisión como un entrenador de colegio a los niños antes de afrontar el partido de los sábados.

Las noticias de los aplausos de las ocho, los emprendedores con sus apps para frenar la epidemia, las empresas de 3D que fabrican respiradores, los niños que dibujan mensajes de ánimo o los abnegados sanitarios entrevistados ya no son capaces de tapar el ruido de un país que llora. Un llanto por los muertos, un quejido por lo que morirán y muchas lágrimas por los mayores que viven muertos de miedo. Un inmenso silencio atronador por los miles de ancianos muertos en la absoluta soledad sin ningún familiar al que darle la mano, por los cientos de miles de españoles que no han podido dar el último adiós a sus padres o por el pánico que hoy sienten los que tienen más de 60 años porque no llega la ansiada vacuna.

A pesar de eso, los crespones negros que se usaron en situaciones menos dramáticas parece que ya no son necesarios. El luto ha sido ocultado por una naif moral de victoria, como si bastase con eso para vencer a la enfermedad más letal en dos siglos. Y las banderas siguen sin estar a media asta.

La versión más aceptada sobre el origen de la expresión “a media asta” reside en la tradición greco-romana que representa a la muerte con una columna rota sobre la tumba de la persona. Algo así como que la vida del fallecido ha sido sesgada antes de tiempo. Dicen los estudiosos de esa época que este tipo de columnas “a media asta” en los cementerios significaban la tristeza por una existencia truncada. Pero también la ruina de los que sobreviven ante la descomposición de los pilares que nos sustentan.

Precisamente como esos griegos nos sentimos muchos hoy en España. Tristes por tantas muertes, pero descompuestos ante el estado en el que se encuentran los pilares que nos sustentan: la familia, el trabajo y la libertad. ¿Acaso no se están desmoronando las familias con tantas muertes; nuestra economía con tanto confinamiento o nuestras libertades con tanto estado de alarma? Asi que, por favor, quienes tengan la responsabilidad pongan la bandera a media asta.

Iñaki Ortega es director de Deusto Business School y profesor de la UNIR

lunes, 27 de abril de 2020

La casa del terror.


(este artículo se publicó originalmente el domingo 26 de abril en el suplemento Actualidad Económica del periódico El Mundo)

Desde que comenzaron los contagios por coronavirus en China se puso de manifiesto que el grupo más vulnerable era el de las personas mayores. La pandemia del Covid-19 se ha cebado especialmente con los adultos nacidos con anterioridad a 1960, como por desgracia hemos comprobado en nuestro país. Los datos de letalidad en España, pero también en Italia, demuestran que el 95% de los fallecidos por el virus, durante el mes de marzo, tenían más de 60 años, aunque esa cohorte sea menos de la mitad de los casos confirmados.

Italia y España son dos de los países con la mayor esperanza de vida del mundo según la OMS, además de sociedades con un porcentaje superior al 20% de mayores de 65 años sobre el total de la población.  Ambos países gozan también de sólidos sistemas sanitarios y de previsión social lo que, unido a su clima y dieta, les ha situado en cualquier estadística como los mejores países para envejecer junto a Japón o Suiza.

Pero la pandemia ha deformado esta realidad como esos espejos de los parques de atracciones. Lo que antes era longevidad, hoy es letalidad. Lo que hace muy poco era el país con mayor calidad de vida del mundo para The Guardian, se ha convertido en el que más muertos por habitante tiene por coronavirus. El envidiado sistema de cuidados ha pasado a ser garantía de contagio. La atención sanitaria universal se ha trasformado en el triaje para los ancianos. El respeto por los mayores ha mutado en dramática discriminación por la edad. Lo que era seña de identidad de esta parte de Europa, la gran familia, se ha trasfigurado en mayores muriendo en la más absoluta soledad.

La primavera de 2020 será recordada como aquellos meses que convirtieron a España (pero también a Italia, Francia o Bélgica) en la Casa del Terror. Semanas y semanas con centenares de mayores de 60 años fallecidos cada día hasta sumar -a la fecha de este artículo- más de quince mil. En Madrid cinco mil ancianos muertos solamente en residencias de ancianos y en Cataluña el virus ha infectado a 600 centros del millar existentes. La pandemia ha trasformado el país que según Bloomberg era el más saludable del mundo, en el territorio de los horrores. Mientras millones de españoles e italianos sin dolencia alguna zanganeaban en Netflix, sus padres agonizaban solos en abarrotados hospitales. A la vez que los menores de 50 años consumíamos compulsivamente absurdos memes, nuestras madres o tías eran desahuciadas en oscuras habitaciones de residencias. El mundo al revés: los sanos en casa calentitos y los ancianos en la fría calle. Como esas atracciones en las que entras y los espejos te devuelven tu imagen deformada, nuestro idílico país trasmutado en un monstruo.

El coronavirus ha puesto en evidencia la fragilidad de las instituciones que nos hemos dotado para gestionar el imparable envejecimiento de la población. Mayores conviviendo con cadáveres en residencias de la tercera edad, la negativa a atender a adultos mayores en muchos hospitales, los cuidados paliativos como único tratamiento recibido por los enfermos de edades altas, la muerte de muchos de ellos en sus casas -solos- sin recibir atención alguna, el aislamiento forzado ante el duelo, o en general el edadismo imperante nos alertan de la necesidad de actuar.

No puede olvidarse que en países como España dos de cada diez personas ya tienen más de 65 años, pero en diez años estas cifras alcanzarán el 30% de la población. Entonces los que en esta crisis sanitaria hemos respirado tranquilos porque no somos viejos, ya perteneceremos a esa cohorte de edad. ¿Quién nos asegura que otra enfermedad global no volverá a surgir en muy poco tiempo? Si eso pasa y sólo nos dedicamos a pagar las facturas de esta crisis -que no serán pocas- los recursos serán mucho menores que ahora además de repartirse entre mucha más población envejecida. Entonces, nosotros, los que hoy nos consideramos a salvo del virus sólo por la fecha de nacimiento de nuestro DNI seremos los siguientes inquilinos de los tanatorios.

Esta lacerante situación ha de suponer un aldabonazo para promover cambios por ejemplo, renovados servicios que permitan una mejor atención a la dependencia en la vejez o normas que impidan la discriminación por edad. Qué duda cabe que aquellas instituciones que se adelanten a esta tendencia serán premiadas por la historia.

También habrá que analizar y aprender porqué italianos y españoles hemos sufrido más que los suizos o japoneses. Ahora no podemos responder si por las decisiones de nuestros gobiernos, nuestra indisciplina social, por un sistema de cuidados masificado o un modelo de macroresidencias inasumible, sin olvidar la ausencia de profesionales y servicios de calidad para la vejez. O quizás como afirman en la Universidad de Bonn simplemente porque las personas de entre 30 y 49 años que viven con sus padres superan el 20% en nuestros países mientras que en Alemania son poco más del 10%.

La casa del terror de cualquier feria de pueblo español da pánico a los niños que la visitan precisamente porque está abandonada. Fue una gran mansión con todos los lujos, pero por alguna razón empezó a echarse a perder y se convirtió en un lugar inhóspito en el que la vida y la alegría ha sido sustituida por la muerte y la zozobra. Ojalá que esta pesadilla del coronavirus nos permita arreglar nuestra casa para que el terror de estos días sea sustituido por el bien común.

Iñaki Ortega es director de Deusto Business School y ha publicado recientemente el libro La Revolución de las Canas.