lunes, 21 de septiembre de 2020

Vida en Venus

 (este artículo se publicó originalmente el día 21 de septiembre en el diario 20 Minutos)


Esta semana se ha hecho público que la astrofísica Clara Sousa Silva ha encontrado en el planeta Venus indicios de vida. Venus, también conocido como el lucero del alba, porque puede verse al amanecer, es el planeta con mayor temperatura en el sistema solar. Y eso no es solo por su proximidad al Sol (otro planeta como Mercurio está más cerca aún) sino por la presencia de numerosos gases entre ellos azufre y ácido sulfúrico que elevan a 400 grados la temperatura en su superficie.

En realidad, la científica lo que han descubierto es que puede haber vida en las nubes del planeta. Las condiciones en la superficie de Venus hacían imposible la mera posibilidad, en cambio, en las nubes hay 30 grados y sobre todo existe un elemento de nombre fosfina. Este gas funciona como un biomarcador, es decir, que, a partir de una determinada concentración, como la que ha encontrado la investigadora, solo puede explicarse por la existencia de microorganismos. La NASA ya anunciado una misión al astro que junto a la Luna y el Sol más se ve desde la Tierra y a pesar de los prudentes mensajes de la comunidad científica, la emoción de encontrar vida extraterrestre se palpaba esta semana en las declaraciones de todos ellos.

Igual no lo recuerdas, pero Venus es de un tamaño similar al planeta Tierra. Compartimos además ser los únicos planetas con nombre femenino y los expertos también afirman que poseen parecida densidad. Además, estarás conmigo, que las condiciones de vida en la superficie de ambos planetas se han vuelto muy parecidas en los últimos meses. En esta parte del planeta, a la vista de lo acalorado de las discusiones políticas, la temperatura va camino de los 400 grados de Venus; los ataques entre las administraciones llevan tanto azufre como el de la atmósfera venusiana y las medidas contra la pandemia son tan corrosivas para nuestra convivencia y economía como el acido sulfúrico que hay en el planeta con nombre de diosa.

Por eso, estos días que todo son malos augurios para nuestro bolsillo y amenazas para nuestra salud, al devorar las crónicas sobre este descubrimiento con la ilusión de que se confirme que no somos los únicos con vida en el universo, he encontrado también un motivo de esperanza. Si los milagros son posibles y en Venus con tanto calentamiento y tanto veneno, puede surgir la vida, por qué no aquí.

Si en un planeta como Venus, donde si no te mata el calor es el azufre quien lo hace, hay indicios de vida, cómo en España no vamos a tener la esperanza de que pueda haber vida -inteligente- entre nosotros. En medio de la catástrofe, con la economía por los suelos, medio país confinado, el otro acongojado o liándola parda, hay como en Venus, posibilidad de que surja, un poco de esperanza que demuestre que todavía podemos sobrevivir como país.

Iñaki Ortega es director de Deusto Business School y profesor de la UNIR

martes, 15 de septiembre de 2020

Ojalá

 

(este artículo se publicó originalmente en el diario 20 Minutos el 7 de septiembre de 2020)

 

Los colegios permanecerán abiertos durante todo el curso y los niños no contagiarán a sus familias. En octubre, el pico de todos los años de la gripe no se notará apenas, gracias a las medidas preventivas por la pandemia. Los ERTEs se prorrogarán hasta 2021 y todos los trabajadores volverán a sus empleos una vez que pase la crisis. Los bares y los pequeños negocios volverán a la normalidad con el nuevo año. Los bosques no arderán. Las empresas de sectores como el turismo y el transporte recuperarán sus ingresos porque volveremos a viajar. Nunca nadie minusvalorará el sufrimiento de las víctimas del terrorismo. Las residencias de mayores serán los lugares más protegidos frente al coronavirus. Iñigo volverá a sus partidos de futbol de los sábados por la mañana. Los gobiernos pactarán las políticas con la oposición. Ningún adulto mayor estará solo este otoño porque se organizarán redes de voluntarios para acompañarlas. Oscar volverá sin miedo a la oficina. Los sanitarios tendrán todos los medios materiales para luchar contra esta epidemia. La paz llegará al Líbano. Todos seguiremos fielmente las recomendaciones de las autoridades para evitar contagios. Ninguna mascarilla estará tirada por el suelo. Nadie empuñará un arma contra nadie. La vacuna para la covid19 se dispensará antes de Navidad a cientos de miles de compatriotas. No habrá botellas de plástico en las playas o ríos. Mi hija jugará con sus amigas en el patio todo el año. Los homenajes a los terroristas serán prohibidos.  Los tratamientos para curar la SARS-CoV-2 serán eficaces y estarán disponibles en todos y cada uno de los hospitales del país. España volverá a ser el destino preferido en el mundo para pasar las vacaciones, estudiar y trabajar. El Rey volverá de Abu Dabi. Los centros de día para los enfermos de Alzheimer no bajarán la persiana. Ningún policía volverá a matar un indefenso joven de color. Los abuelos besarán de nuevo a sus nietos. Las chicas no serán menos que los chicos. Volverán los conciertos.

 La psicología ha dedicado mucho más tiempo a estudiar los aspectos negativos del comportamiento del ser humano (la ansiedad, la depresión o el pesimismo) que a enfocarse en aquellos que redundan en el bienestar humano. A finales del siglo pasado la llamada psicología positiva vino a cubrir este vacío centrándose en el estudio de las bases del bienestar humano. Martin Seligman, uno de los autores más destacados de esta escuela, concluye que la felicidad tiene mucha relación con estar contentos y para ello hay un elemento clave: la positividad. Adoptar un punto de vista optimista y asumir una visión positiva de lo que ha pasado y lo que va a suceder, nos acerca a la felicidad. Pero, además, como todos sabemos, si apostamos firmemente porque algo pase, en ocasiones se consigue. Así que, no tenemos nada que perder, seamos optimistas este curso que ahora empieza.

 Iñaki Ortega es director de Deusto Business School y profesor de la UNIR

domingo, 13 de septiembre de 2020

Falacias impositivas

(este artículo se publicó originalmente en el periódico El Correo el día 6 de septiembre de 2020 en una sección titulada ¿Qué hacemos con los impuestos?)

 


Nassim Taleb acuñó el término Cisne Negro es su libro homónimo de 2007. Resumiendo, es un suceso altamente improbable con gravísimas consecuencias socioeconómicas. Nadie previó la crisis sanitaria del coronavirus y en unos pocos meses ha traído la mayor destrucción económica de toda la historia de nuestro país. Si en la última crisis, el PIB cayó entre 2008 y 2013 un total del 8,6%, solamente este año el producto se hundirá el doble; la tasa de paro, entonces del 8%, ahora habrá que multiplicarla por dos; la deuda pública era de un 40% y en 2020 estará por encima del triple. 

 

Que esta pandemia es un ejemplo de cisne negro es muy conocido pero lo que no es tanto es que la definición de Taleb dice algo más y es que una vez pasado el hecho, se tiende a racionalizar haciendo que parezca predecibleEs esta segunda parte de la definición la que interesa más en este momento: las trampas de la mente en situaciones dramáticas. Las ilusiones han sido muy estudiadas en economía; el nobel, Daniel Kahneman, explicó esta falsa percepción cognitiva que llamó sesgo retrospectivo. Nuestra cabeza -impactada por algo que ha generado mucha atención- nos hace creer que lo sabíamos desde el principio, que era “obvio” y de “sentido común”. Este estudio tiene muchos siglos detrás y Aristóteles, en su manual contra los sofistas, abundó en lo que el identificaba como falacias. Una falacia no es otra cosa que un raciocinio errado que intenta pasar como verdadero. Un ardid basado en argumentos supuestamente “obvios” o de “sentido común” para convencer a la audiencia.

 

Ahora, en pleno inventario de daños de nuestra economía, aparece como milagrosa solución una falacia aristotélica que encajaría en la conocida como falso dilema. Hay que subir los impuestos, de lo contrario el país se hundirá. Los partidarios de aumentar la presión fiscal ocultan que no hemos dejado de hacerlo; si seguimos comparando indicadores con la anterior crisis, el IVA ha pasado del 16% al 21%; se ha recuperado el impuesto del patrimonio y el tipo máximo del IRPF en territorio común ha pasado de 43% al 49%. Repiten sin parar que hay que ser solidarios, como si hasta ahora no lo hubiéramos sido. Además, usan otro dilema, a saber: como estamos muy endeudados o subimos los impuestos o no podremos mantener el estado del bienestar. Pero no deja de ser un sofisma, porque se pueden obtener más recursos sin subir los impuestos o incluso bajándolos si aumenta la actividad económica. Olvidan conscientemente que, subiendo los impuestos, se lesiona al muy dañado tejido productivo que verá imposible su recuperación y se multiplicarán los cierres patronales y despidos. También antes de tomar decisiones tan arriesgadas debería racionalizarse el ingente gasto público y hacer más eficiente la recaudación. La solución fácil y demagógica es exigir que paguen más las empresas (que nunca han estado peor que ahora) y exprimir más a los cada vez menos trabajadores (no está de más recordar el último informe de la AIREF que sitúa en solo uno de cada tres españoles los que no viven de lo público). Pero lo difícil y valiente sería recortar gastos superfluos, luchar contra el fraude, eliminar duplicidades e implantar la evaluación de hasta el último euro del erario. Nuestros vecinos europeos parece que leen más a Aristóteles que nosotros y Francia, Alemania y Reino Unido no han caído en la trampa mental y sus planes de reconstrucción que vamos conociendo incluyen lo contrario que por aquí, un atractivo marco fiscal para los creadores de riqueza que son las empresas.

 

Iñaki Ortega es profesor de Deusto Business School

domingo, 6 de septiembre de 2020

Schumpeter vivió otra pandemia. Salvemos nuestros campeones nacionales

(este artículo se publicó originalmente en Actualidad Económica, el suplemento de Economía de El Mundo el día 6 de septiembre de 2020)




El economista austro-americano Joseph Alois Schumpeter ha pasado a la historia por su producción académica en el ámbito de la innovación. Nacido en 1883, vivió en Centroeuropa hasta que en 1932 fue fichado por la Universidad de Harvard y no abandonó hasta su muerte los Estados Unidos de América.

Para Schumpeter, encontrar nuevas combinaciones de factores de producción es parte del proceso de descubrimiento del emprendedor que le convierte en el principal motor del desarrollo económico. Estas nuevas combinaciones constituyen la mejor forma de responder a la demanda existente o de crear nuevas demandas, aunque por otro lado provoquen obsolescencia en los productos y tecnologías, lo llamó “proceso de destrucción creativa”. Schumpeter se une a así a la teoría de las olas largas de los ciclos y el crecimiento económico de su coetáneo Kondrátiev; estos ciclos son el resultado de la innovación que consiste en la generación de una nueva idea y su implementación en un nuevo producto, proceso o servicio. La innovación de los emprendedores, por tanto, no solo crea valor para ellos mismos, sino que hace posible el crecimiento económico e incrementa el empleo.

Esa constatación de que son las rupturas tecnológicas provocadas por los emprendedores las que modifican el equilibrio económico provoca un sentimiento agridulce porque hace que cierren empresas. Pero este hecho no es malo siempre que sea a causa de los cambios introducidos por otros empresarios en su búsqueda de beneficios. De hecho, si eso sucede, si se da la destrucción creativa, el flujo circular de la economía avanza hacia un estadio superior. Los empresarios se convierten en el factor de producción clave de cualquier país por encima de los clásicos de la tierra, trabajo y capital.

Un dato poco conocido de la biografía de este economista es que fue ministro de Hacienda en su país, Austria. El mismo año que la gripe española asolaba Estados Unidos, 1919, Schumpeter ocupaba esa alta responsabilidad. A pesar de ello o precisamente por eso no cambió ni un ápice su teoría y su apuesta por las empresas. Es verdad que el impacto que causó la pandemia de principios del siglo pasado apenas se notó en las economías de los países desarrollados, un reciente estudio situó en 0,4 puntos del PIB la recesión por esa gripe en la economía de Canadá. Hoy, en cambio, el impacto de la pandemia de nuestros días multiplica por 100 esa cifra en muchas geografías y son miles las liquidaciones y cierres de empresas. Por ello, aunque Schumpeter viviese otra pandemia, su apuesta por las empresas está más viva que nunca en esta otra epidemia sanitaria y económica más de 100 años después.

Que industrias españolas como Duro Felguera cierren por el impacto del coronavirus no responde a ninguna destrucción creativa y no traerá nada bueno a Asturias. Que empresas de emprendedores del sector turístico vayan a concurso de acreedores no será porque otro competidor les ha desplazado sino por un virus que vino de China y que llevará pobreza a Baleares o Canarias. Que campeones de la aeronáutica como Aciturri dejen de facturar no será porque un emprendedor mirandés como Ginés Clemente haya dejado de hacer bien su trabajo sino porque una enfermedad ha congelado los viajes en avión y únicamente provocará desánimo en Castilla y León. Esta misma semana leía en Expansión cómo Duro Felguera conseguía un nuevo contrato millonario en Brasil compitiendo con las mejores ingenierías del mundo. Empresas españolas como las que acabo de citar y otras muchas en sectores como el comercio minorista o las infraestructuras, solo han podido alcanzar su posición gracias a su desempeño, la complicidad con su clientela y su capacidad de reinventarse y adaptarse a la era digital. Han seguido fielmente las teorías del economista de Harvard y han innovado para liderar sus mercados. Por eso si Schumpeter hoy fuese ministro en España haría todo lo posible por evitar que todas estas excelentes compañías españolas que tanta riqueza y empleo han creado estos años cerrasen sus puertas. Alemania y Francia tienen desde el minuto uno de la covid19 las herramientas públicas para salvar a sus campeones nacionales. España ha tardado más, pero dispone gracias al acierto de la SEPI de un Fondo de Apoyo a la Solvencia de Empresas Estratégicas y el ICO gestiona capital europeo suficiente para salvar a empresas tractoras de nuestra economía. ¿A qué esperamos para apostar por lo que Schumpeter bautizó como el cuarto factor productivo? La otra opción es condenar al subsidio a regiones enteras de nuestro país y además nos saldrá más caro.

Iñaki Ortega es director de Deusto Business School y profesor de la Universidad Internacional de la Rioja (UNIR)

 


miércoles, 2 de septiembre de 2020

Un premio al civismo para los mayores

(este artículo se publicó originalmente en el medio especializado 65yMas el día 2 de septiembre de 2020)

La primera ola de la pandemia ha sido especialmente dura con las cohortes nacidas antes de 1959. En concreto desde los inicios de la COVID-19, diversos informes internacionales apuntaron a los adultos mayores como el principal foco de riesgo de muerte. Esta circunstancia se ha puesto de manifiesto de forma muy evidente en el caso de España a la luz de los datos conocidos -a fecha de julio de 2020-. Conforme estos números, sin duda, el conjunto de población que más ha sufrido el coronavirus, en términos de mortalidad, en nuestro país ha sido el de aquellas personas cuya edad superaba los 74 años, el 82,04 % de los fallecidos se han concentrado en ese rango de edad. El segundo grupo de edad más afectado es el de aquellas personas cuya edad estaba comprendida entre los 65 y los 74 años, concentrando el 11,62% de los fallecidos. Por último, el grupo de edad de personas menores de 65 años en su conjunto han concentrado tan solo el 6,34% de los fallecidos o si se prefiere así: el 93,66% de las víctimas mortales por el virus tenían más de 65 años.

 

Pero el verano trajo el fin del confinamiento en España y la llamada “nueva normalidad” impuso una serie de medidas de prevención ante eventuales contagios que se resumieron en las tres “M”. A saber, mascarilla, metros de distancia social y limpieza de manos.  Ahora que estamos ya terminando el estío y asistimos estupefactos al aumento desbocado de brotes a los largo y ancho de toda nuestra geografía no podemos caer en el error de pensar que las tres “M” no han funcionado. El Instituto de Salud Carlos III dependiente del Ministerio de Sanidad, publica periódicamente los informes de la Red Nacional de Vigilancia Epidemiológica (Renave). Si vemos los últimos datos del 27 de agosto en lo que se refiere a contagios por edad en personas con inicio de síntomas y diagnóstico no queda otra que felicitar a las personas mayores que viven en España. Si a principios de mayo, todavía en estado de emergencia, la mediana de la edad de los contagiados era 60 años (el 56% de todos los casos) hoy, después de tres meses de nueva normalidad, esa edad ha bajado a los 37 años. O lo que es lo mismo los contagiados ahora mayoritariamente están en el entorno de los cuarenta años frente al principio de la pandemia que se situaban en los sesenta. El rejuvenecimiento de los enfermos por el SARS-COV-2, conforme a Renave, se incrementa en comparación con los datos de hace cuatro meses. En pleno confinamiento atacaba a los mayores, uno de cada cuatro era mayores de 80 años. Ahora esa ratio es para los jóvenes entre 15 y 29 años. Incluso si se amplía la cohorte de edad hasta los 59 años se comprueba que siete de cada diez nuevos infectados no ha superado los sesenta años. La buena noticia es que los mayores de 80 años solo suponen el 5% de contagiados, pero, por desgracia, eso se traslada en un 22% de hospitalizados frente a los menores de 30 años que solo tienen un 1 % de ingresos hospitalarios.

 

Con todas las reservas por ser esta una situación inédita, podemos afirmar que las personas con más de sesenta años en España han sido ejemplares a la hora de cumplir las recomendaciones para evitar contagios y están aplicando fielmente las tres “M”. Los mayores salen, pero se relacionan con prudencia con terceras personas, lo hacen con mascarilla y se encargan de que la higiene sea norma en su vida cotidiana. El ministro Salvador Illa afirmó hace unos días que “son un espejo en el que mirarse”, a mi me gustaría dar un paso más y reclamar una proporcionalidad a los medios de comunicación. Si en plena emergencia solamente se alertaba de residencias y de ancianos fallecidos, ahora tendría que dedicarse la misma atención y los mismos titulares a reconocer a la población adulta mayor española su ejemplar civismo y cómo sin su comportamiento estaríamos ahora de nuevo en un confinamiento con las consecuencias sanitarias, pero también económicas que todos conocemos. Por ello, desde aquí, mi reconocimiento a todos ellos.



Iñaki Ortega es director de Deusto Business School y profesor de la UNIR


Fuente. Renave de IC3 sobre noticia Diario Vasco 30 agosto de 2020

lunes, 31 de agosto de 2020

¿Quién cuida a las empresas? Las catástrofes que no se ven

 (este artículo se publicó originalmente el 31 de agosto de 2020 en el diario 20 Minutos)


El final de agosto ha traído inundaciones e incendios; casas anegadas por las tormentas, pueblos desalojados por las llamas, pero por suerte también bomberos trabajando a destajo. Miedo y destrucción mitigada por policías, bomberos y miembros del ejército. Sin embargo, en las noticias de este verano además de catástrofes naturales he encontrado otros fenómenos que también están ya generando miedo en España y -si no hacemos nada- también destrucción. No pienses que hablo de los rebrotes de la pandemia, una suerte de espada de Damocles que nos ha acompañado estos meses impidiéndonos como en el mito griego disfrutar de los banquetes de Siracusa (las vacaciones) por el temor a que la afilada arma (el coronavirus) sostenida por un único pelo de la crin de un caballo (la gestión de la crisis sanitaria) se cayese sobre nuestra cabeza (un nuevo confinamiento). No. A fuerza de leer contagios y observar nuevas medidas nos hemos acostumbrado a vivir con esa amenaza porque además confiamos en que los médicos con los nuevos tratamientos y los científicos con la vacuna nos salven. Me refiero a una catástrofe quizás menos evidente pero igualmente destructiva si nadie nos ayuda. La destrucción del tejido empresarial español.

Por mi trabajo no dejo de leer la actualidad empresarial cada día y he seguido con tristeza las noticias de una gran empresa española en apuros. Duro Felguera forma parte de la historia empresarial de nuestro país. Fundada en Asturias a mediados del siglo XIX ha sido capaz de evolucionar con los tiempos, de la extracción del carbón a la siderurgia pasando por la producción de bienes de equipo y en la actualidad la gestión de complejos proyectos energéticos. No sin problemas, Duro Felguera ha sobrevivido a guerras, crisis, éxitos y fracasos. Pero ahora un virus de nombre covid19 puede acabar con mas 160 años de historia y lo que es peor dejar sin empleo a más de 2400 familias y privar a España y Asturias de una empresa multinacional e innovadora que ganaba dinero antes de la pandemia.

El coronavirus tiene a los médicos, las catástrofes a los bomberos, pero quién atiende a las empresas en apuros. Francia ha anunciado esta misma semana un plan de 100.000 millones para salvar empresas. Alemania ha aumentado estos días la dotación a su fondo billonario para salvar sus industrias nacionales. España creó a finales de julio el Fondo de Apoyo a la Solvencia de las Empresas para aquellas compañías con fuerte aportación social y económica afectadas en su continuidad por la pandemia. Tenemos la suerte de vivir, como reza nuestra Constitución, en un estado social y de derecho; o lo que es lo mismo que la ley es garante del bien común. Por eso tenemos médicos y policías, hospitales y pensiones; pagadas por los impuestos de todos los que trabajamos. Pero sin empresas en las que emplearse nada de eso sería posible. Qué buena oportunidad para consolidar nuestro Estado del Bienestar salvando empresas como Duro Felguera u otras que como las del sector aeronáutico ya no aguantarán mucho más la crisis del turismo. Qué buena oportunidad para demostrar que las empresas sí tienen quien les cuide cuando vienen malas. Qué buena oportunidad para entender que el bien común se construye desde la colaboración público-privada.

 

Iñaki Ortega es director de Deusto Business School y profesor de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR)

domingo, 30 de agosto de 2020

Qué difícil trabajar en España en agosto

(este artículo se publicó originalmente el 28 de agosto de 2020 en el diario La Información)


El mes de agosto es propicio para los excesos. El calor junto al bajón de la actividad lleva a medio país durante el día a sestear o estar en remojo y en cambio aprovechar el fresco de la noche para todo tipo de actividades. Es un mes en el que predomina el hedonismo y este año, a pesar de la pandemia, ha seguido siendo así. Pocas dudas caben que detrás de una gran mayoría de rebrotes de la covid19 han estado las celebraciones en pueblos y ciudades de las ferias agosteñas o las fiestas nocturnas de jóvenes y no tan jóvenes. Pero, como en el mito, nos hemos dejado engañar por los cantos de sirenas que nos pedían disfrutar del verano como siempre y ahora nos ahogaremos. La realidad es que nos teníamos que haber atado al mástil como lo hizo Ulises para no caer en la tentación del hedonismo. Las sirenas del mito griego regalaban los oídos de los marineros que embelesados querían acercarse más y más a las ninfas marinas para finalmente morir ahogados. Por eso el dios heleno pidió ser atado en el palo mayor para jamás bajar al mar con las sirenas. Pero este verano parece que hasta hemos interpretado mal el ejemplo de la tripulación de Ulises que se pusieron tapones de cera para sobrevivir y hemos estado sordos, pero no para la llamada al disfrute sino para escuchar los avisos que nos alertaban del peligro.

Y no han sido pocos. Primero fue el informe de coyuntura con los datos del desplome del PIB en más de un 18%, luego el adelanto de la caída de la recaudación en casi un 20%, el informe de la CEOE tasó en un millón y medio los empleos perdidos por el confinamiento y finalmente la AIREF alertó que más de 22 millones de españoles viven del Estado (3.5 millones de funcionarios, 10 millones de pensionistas, 4 millones de trabajadores en ERTEs y cerca de 5 millones de desempleados cobrando subsidios o nuevas ayudas). Pero nosotros con tapones de cera no oíamos nada porque lo importante era divertirse en agosto.

 

Detrás de este comportamiento de los españoles este verano quizás hay algo más que despreocupación, por ello convendría, a la luz de los datos de la AIREF, repasar algunas viejas teorías para entender mejor qué puede estar pasando en nuestro país. La ética del trabajo es la creencia en que el trabajo en sí es un valor moral. Desde el siglo XVIII polímatas como Benjamín Franklin o ya en el XX filósofos como Max Weber defendieron que el trabajo bien hecho es una virtud ya que tiene un beneficio social y una capacidad inherente para fortalecer el carácter. De modo y manera que aquellas sociedades que priorizan el trabajo y lo ponen en el centro de la vida individual y social están llamadas a lograr ambiciosas metas frente a los territorios hedonistas destinados al fracaso más absoluto. Los países con amor por el trabajo tienen ciudadanos (empleados) satisfechos y respetables que alinean sus objetivos individuales con los sociales.

 

Para el alemán Max Weber esa ética explica el comportamiento exitoso del empresario capitalista en territorios con fuerte implantación del protestantismo. De modo y manera que la actividad emprendedora tradicionalmente ha tenido mayor auge en aquellas áreas geográficas en las que predominaba la ética calvinista debido a que -frente a los católicos- la asunción de riesgos y la búsqueda del enriquecimiento están bien valorados socialmente. Weber lo llamó racionalismo económico que puede resumirse en el deber profesional o si se quiere en el gusto por el trabajo y por el ahorro.

 

El conocido como padre de la patria en Estados Unidos, Franklin, es citado en la obra de Weber “La ética protestante y el espíritu del capitalismo” para reafirmar su argumentación. Para el fundador de los Estados Unidos actuales, la tarea de aumentar constantemente el patrimonio es un deber moral, no como un medio para obtener placer y disfrute, sino como un fin en sí mismo. Este hecho para Benjamín Franklin tiene un origen religioso, de hecho, menciona un pasaje de la Biblia para ilustrar sus ideas: «si ves a un hombre atento en su profesión, ése puede presentarse ante los reyes». Esto explica que una profesión, como una actividad por la cual se obtiene cada vez más dinero, es vista en esta teoría “como la expresión de la entrega total no solo al trabajo, sino también como un deber revelado por Dios y como suma virtud religiosa”.

 

Volviendo al informe de la Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal qué difícil será, más allá del componente religioso, promover una cultura de la ética del trabajo en nuestro país con tan pocos españoles trabajando. Lo grave no es que en agosto casi nadie haya trabajado, bien sea por las vacaciones o por la crisis del turismo, sino que la tormenta perfecta (que explica magistralmente el economista Ignacio Marco-Gardoqui) está ya aquí. A saber: desempleo masivo, pobreza máxima, envejecimiento poblacional, recaudación mínima y recesión inaudita. Si traducimos esto a números, la realidad hoy en día es que la mitad de los 47 millones de españoles viven de lo público, exactamente el Estado es el empleador/pagador de 22,650 millones de personas, que suponen el 48'90% de la población española. Mientras tanto la población ocupada -sin contar los funcionarios- apenas son 14 millones, es decir solo una de cada tres personas trabaja en nuestro país o si lo prefieren el 70% o vive del Estado o de su familia, pero no de su trabajo. Difícil no, imposible, promover así una ética del trabajo. Difícil no, imposible lograr, en este mes de agosto de la pandemia, un país emprendedor y decente (en su cuarta acepción de la RAE). Difícil no, imposible jugárnoslo todo a la ficha del plan europeo Next Generation. Porque el problema seguirá ahí y no es otro que cada vez es más difícil trabajar en nuestro país.

 

Iñaki Ortega es director de Deusto Business School y profesor de la UNIR