jueves, 16 de marzo de 2017

La empresa humanista

(este artículo fue publicado originalmente el día 16 de marzo de 2017 en el diario El Correo)

Las dos palabras que titulan este artículo han llegado a ser consideradas como un oxímoron. El fin último del humanismo, el bienestar del ser humano, ha estado muy lejos del comportamiento de algunos casos judiciales que nos vienen a la cabeza, lo que convirtió en antagónicas esas palabras. Pero si repasamos la obra de un humanista como Alfred Marshall autor en 1890 del que se considera el primer manual de economía, veremos que esas malas praxis empresariales son la excepción que confirma la regla. Para Marshall la economía de mercado conseguía maximizar el bienestar siempre que se cumpliesen fielmente algunas condiciones como disponer de muchos demandantes y oferentes, igualdad de información de esos agentes y la no existencia de barreras de entrada y salida a los mercados. En caso de que no se observen sabemos, por desgracia, lo que puede ocurrir.

Los economistas han investigado profusamente las consecuencias de la actividad empresarial, por ello hoy no hay duda de que las empresas son las responsables de la creación de empleo, la riqueza, la competitividad, la innovación y hasta la cohesión social. Estas externalidades positivas que tanto bien han causado a la humanidad, sin embargo hoy se enfrentan a un mundo donde los problemas crecen a mayor rapidez que las soluciones. El terrorismo, la pobreza o la exclusión social nos lo recuerdan a diario. 

Pero la buena noticia es que hoy disfrutamos de un auge de las llamadas empresas humanistas. El surgimiento del cuarto sector y la llamada revolución de emprendimiento lo están haciendo posible. Pero esto solamente podría haber sucedido en un momento histórico en el que han coincidido dos hechos muy relevantes. En primer lugar la mayor crisis económica de los últimos 75 años y en segundo término la disrupción de la tecnología que ha popularizado el acceso a herramientas maduras que facilitan la desaparición de barreras de entradas a la mayoría de los mercados. 

El cuarto sector, aquellos agentes económicos que no son públicos, ni empresas privadas al uso, pero tampoco ONG, son empresas que buscan conciliar sus fines sociales con la disciplina mercantil. Desde que en los años 60, Bill Drayton fundador de Ashoka, hablase de los emprendedores sociales son muchas las empresas que han puesto en práctica ese nuevo humanismo empresarial. La ONCE o Ecoembes pero también el grupo Mondragón en el País Vasco o la marca de alimentación La Fageda en Cataluña, entre muchos otros, han demostrado que se puede ayudar a colectivos en riesgo de exclusión, cuidar el medio ambiente o promover el desarrollo del territorio siendo competitivo.

La revolución de las startups basada en la resolución de viejos problemas con innovadoras soluciones apoyadas en la tecnología ha conseguido no sólo democratizar el acceso al mundo de la empresa y atraer el mejor talento al emprendimiento sino, lo que es más importante, conseguir un consenso político al respecto de esta figura y su apoyo por las instituciones públicas. 

Por todo lo anterior es muy probable que la próxima vez que alguien junte los vocablos empresa y humanismo ya no recurra a un recurso literario como el oxímoron para definir esa unión, sino a las ciencias naturales y aquel fenómeno mediante el cual dos especies se necesitan para sobrevivir, también conocido como simbiosis.


Iñaki Ortega y Jordi Albareda son profesores de Deusto Business School

jueves, 9 de marzo de 2017

Acemoglu y las instituciones inclusivas

(este artículo se publicó originalmente en el periódico Expansión el 9 de marzo de 2017)

El 21 de febrero la Fundación BBVA anunció que el premio Fronteras del Conocimiento en su categoría de economía había recaído en el economista turco y profesor del MIT Daron Acemoglu. Para el jurado del premio el catedrático del Instituto Tecnológico de Massachusetts «fue el primero en demostrar que existen instituciones que generan prosperidad y otras que perjudican el desarrollo; la obra del galardonado ha abierto todo un campo en el que los investigadores pueden medir y cuantificar el efecto del modelo institucional en el desarrollo de una sociedad a distintas escalas».

Para el gran público Acemoglu se dio a conocer por el bestseller escrtito en 2012 junto al profesor James A. Robinson y que rápidamente se convirtió en un fenómeno global. «Por qué fracasan los países» permitió que cientos de miles de lectores en todo el mundo conociesen algo que no era nuevo pero que hasta ese momento no había usado la literatura divulgativa como vehículo.  La clave de porqué unos territorios triunfan y otros fallan no reside en el ADN de sus habitantes ni la latitud del país y ni mucho menos los recursos naturales de los que dispone, sino de las instituciones que se ha dotado. En concreto los autores clasifican las instituciones en extractivas e inclusivas. Las primeras abocan a sus habitantes al subdesarrollo con la ausencia de democracia  e impidiendo los cambios sociales. Las instituciones inclusivas, en cambio, otorgan igualdad de oportunidades, promueven las libertades y garantizan con ello la redistribución de la riqueza.

El concepto de institución utilizado por Acemoglu es muy amplio y comprende el conjunto de “reglas formales e informales que rigen las interacciones humanas, desde el derecho laboral a la protección de la propiedad y los contratos -seguridad jurídica-, pasando por los costes de transacción, los derechos de propiedad, las infraestructuras o el sistema educativo como medio de ampliar las posibilidades de las personas”. También las empresas son instituciones inclusivas siempre que sigan los viejos principios de competencia perfecta del economista inglés Alfred Marshall y así maximicen el bienestar económico. Las externalidades de las empresas como instituciones son conocidas por todos, más empleo, más riqueza, más innovación y mayor cohesión social.
El institucionalismo es una escuela que supera lo económico impregnando la historia y la ciencia política. Desde el siglo XIX han sido numerosos los investigadores que han puesto en valor las instituciones –entendidas como las reglas de juego y los jugadores de un territorio-  a la hora de explicar los cambios sociales o económicos. La academia sueca premió en 1993 con el Nobel a uno de los principales representantes de la actualización del insititucionalismo, el economista e historiador estadounidense Douglash North.. En aquella ocasión los académicos reunidos en Estocolmo valoraron “sus estudios sobre los cambios institucionales que permitieron concluir que son más relevantes que los tecnológicos para explicar el desarrollo económico.” Para North los factores políticos, sociales y económicos inciden sobre las instituciones y los grupos sociales siendo aquellos grupos que ocupan posiciones sociales dominantes los que, si detectan que las instituciones no responden a sus intereses, han de forzar los cambios.
Que las empresas son instituciones claves para el desarrollo económico es una tautología pero gracias a investigadores como los citados hoy sabemos que sin ellas no hay democracia y tampoco bienestar social. El propio Marshall allá por el año 1890 incluso dejó escrito en su obra Principios de Economía "como fuerza social, un individuo con una idea vale por noventa y nueve con un solo interés"
A nuestro economista premiado, nacido en Estambul pero afincado en Estados Unidos, le ha tocado vivir una época donde las instituciones están sufriendo la incertidumbre. En los dos países de Acemoglu  gobiernos con fuertes liderazgos personales sacuden diariamente las bases de esas instituciones inclusivas, ora deteniendo a opositores turcos indiscrimindamente, ora cerrando fronteras a la inmigración. Pero esa fiebre se ha extendido rápidamente por el mundo y hasta la tierra que vio nacer a Marshall pone trabas a la libre circulación de personas y mercancías. La vieja Europa también padece la amenaza de populismos que no creen en la libertad de empresa sino que al contrario acusan a estas instituciones de todos los males posibles. Por ello hoy toca volver a leer la obra de institucionalistas como el premiado Acemoglu y repetir con ellos “solo es posible la prosperidad de las naciones siendo sociedades abiertas”

Iñaki Ortega es doctor en economía y director de Deusto Business School.

domingo, 5 de marzo de 2017

¿Estudias o trabajas?” y tres preguntas más de educación

(este artículo fue publicado originalmente en el diario El Mundo el sábado 4 de marzo de 2017)

¿Estudias o trabajas? La manida pregunta para romper el hielo, cualquier noche, entre los veinteañeros ha quedado desfasada. No solo porque los millennials, nacidos a partir de los años 80, sufren el desempleo como ninguna otra generación, sino porque el mundo laboral se está reorganizando. El trabajo y el estudio serán en la era digital completamente diferentes a los de la era industrial. En el mundo anglosajón se ha bautizado a este modelo como la “gig economy”, la economía del trabajo precario –pero que podemos traducir como temporal, por proyectos o como freelance. En Estados Unidos esta amalgama de trabajadores representa el 35% de la fuerza laboral en 2016. La pregunta para ligar ha cambiado: ¿qué estudias y dónde trabajas ahora?, será mucho más frecuente.

La tecnología ha hecho posible que viajar y tener amigos en todo el mundo esté al alcance de todos. También estudiar: la enseñanza online y los cursos gratuitos (MOOCs) han dado sentido a la etimología de la palabra universidad. La educación superior está reinventándose y hoy en el pueblo más remoto del planeta un joven con inquietudes puede formarse en especialidades tan novedosas como el big data o la ciberseguridad, certificado por las universidades más prestigiosas del mundo. El mundo hacia el que vamos obliga a descartar la idea de que la educación sea un pasaporte que se adquiere en la juventud para entrar en el mercado laboral, y se abandona a continuación.

¿Está nuestra sociedad preparada para un cambio así? Las nuevas generaciones son conscientes de la velocidad de los cambios y al igual que sus smartphones precisan actualizaciones para funcionar. Los demás nos tenemos que ir quitando de la cabeza la idea de que la formación y el mundo del trabajo sean etapas de la vida o espejos de nuestra identidad. Hasta ahora uno no sólo estudiaba, sino que era un estudiante. Concluir la formación superior significaba acceder a la identidad adulta, marcada por la independencia económica. En los próximos lustros, será habitual volver con cuarenta años a la universidad, para estudiar un grado completamente diferente de la primera carrera. En general, el mundo laboral y el formativo estarán mucho más conectados: cruzar del uno al otro será bastante habitual y muchos bucearemos en  ambos océanos a la vez.

El hasta ahora mundo estático de la economía y la empresa está moviéndose cada vez más rápido. La reciente muerte del filósofo polaco Bauman nos evoca la sociedad líquida que nos ha tocado vivir, para bien y para mal. La mayoría de los empleos que tendrán nuestros hijos aún no existen, según el Foro de Davos. No obstante la mitad de nuestros trabajos será sustituido por máquinas antes de 2025. Pero que la transformación digital se haya convertido en el lugar común de las conversaciones en los consejos de administración y de los demandantes de empleo no impide que muchos sigan actuando como si nada hubiese cambiado y el mundo siguiera siendo rígido. Con sus actuaciones, aunque no con sus palabras, niegan el cambio del paradigma de la economía y eso les aboca al fracaso más rotundo, en sus empresas o en su búsqueda de trabajo. Asumir que la disrupción tecnológica ha llegado y tratarla como algo estético sin trasladarla al corazón de tu propia capacitación es como ir marcha atrás en quinta velocidad.

¿Estás en la centrifugadora? Uno de los rasgos característicos de nuestra época es la aceleración del tiempo histórico. Todo sucede tan deprisa que, a menudo, cuando aún se está desarrollando una tecnología, ya ha aparecido la siguiente, que convierte la anterior en obsoleta. En este contexto de corto plazo, ¿cómo encaja la educación que, por su propia naturaleza, requiere planificación y tiempo? Los grados dobles, las titulaciones mixtas, los programas executive, MOOCs o cursos de foco y experienciales, son algunas de las herramientas para obtener una formación de calidad, muy especializada y situar a los estudiantes ante problemas reales para que aprendan a tomar decisiones y solucionar problemas.

El tiempo dedicado a aprender nuevas habilidades se dejará de ver como un complemento a las horas de trabajo, y se integrará como parte esencial de nuestra dedicación a él. En este contexto, cada vez cobrará más relevancia una cualidad hasta ahora menor: la disposición a aprender. Puesto que uno no puede saber durante cuánto tiempo seguirán siendo válidos sus conocimientos, tener una mente abierta y el deseo de aprender a lo largo de toda la vida será una habilidad muy valorada, pues constituirá la garantía de una continua adaptación al cambio.

Esto nos obliga a repensar los estadios más elementales de la educación obligatoria, donde se deben cultivar actitudes que hagan apasionante el hecho mismo de aprender: estimular la curiosidad, la autonomía, el pensamiento crítico, la capacidad de formular las preguntas adecuadas, la creatividad… Todo esto requerirá un enorme esfuerzo en la formación básica. El estado volátil de la sociedad exige también que la educación luche para definir valores sólidos que impidan que la incertidumbre por la vertiginosa rapidez de los cambios debilite aún más los vínculos humanos. Necesitamos que la educación plante cara al individualismo reinante y apueste por un humanismo cada día más necesario.

¿Y esto quién lo paga? Una formación a lo largo de la vida obliga también a replantearse la forma de financiarla. No solo cada uno de nosotros deberemos involucrarnos más en estar al día, sino que las propias empresas han de asumir esta tarea. Para ello, habrán de seguir la estela de las empresas más avanzadas con sus universidades corporativas y sus programas in-company.

Por otro lado, numerosos empleados por cuenta propia simultanearán dos o tres trabajos, repartidos a lo largo de sus semanas laborales, y realizados desde su puesto de coworking o en el hogar. ¿Quién va a pagar la formación de esos trabajadores no vinculados a una empresa? Un problema similar se encontrarán las pymes que carecen de músculo para proporcionar a sus empleados la formación constante, pero que sin ella están abocadas a morir. Por último debemos pensar en el reciclaje de los trabajadores cuyas tareas sean realizadas por los robots, otro desafío que unido a los anteriores ocupa ya a actuarios y fiscalistas de medio mundo.
  
Son muchos los retos por delante pero hay algo que no cambiará. Además de constituir la llave para el mercado laboral, la educación seguirá siendo la herramienta más eficaz para formar ciudadanos, disminuir la desigualdad y garantizar la movilidad y la cohesión social. Si los gobiernos y todos los agentes de la cadena de valor de la educación no entienden su responsabilidad en preparar a los ciudadanos para el mundo en el que van a vivir, y no para el que está en trance de desaparecer, el sistema educativo quedará obsoleto, con enormes consecuencias sociales y políticas. 

Irene Lozano es escritora e Iñaki Ortega es profesor

jueves, 12 de enero de 2017

El mundo líquido de Bauman

(este artículo fue publicado originalmente en el diario Cinco Días el día 12 de enero de 2017)

La muerte de Zygmunt Bauman se ha colado en los telediarios como un paréntesis de filosofía entre tragedias y terrorismo sin darnos cuenta que la vida del pensador polaco y su obra no fueron precisamente ajenas a esas lacerantes realidades. 

Bauman usó la metáfora del jardinero para explicar su visión del mundo moderno, pensaba que habíamos pasado de ser guardabosques a jardineros.  La tarea principal de un guardabosque es proteger el territorio a su cargo de cualquier interferencia humana, defender y preservar el equilibrio del ecosistema natural. Ese era el mundo premoderno que había dado paso a una modernidad con jardineros. El jardinero da por sentado que no habría orden en su jardín si no fuera por sus cuidados. Diseña en su cabeza las plantas que crecerán y su  disposición y luego lo convierte en realidad arrancando las «malas hierbas».

Bauman fue siempre una mala hierba, en su Polonia natal cuando tuvo que huir primero del totalitarismo nazi y luego del stalinismo. Mala hierba también por criticar, siendo judío, el sionismo y mala hierba en los últimos días de su vida desde su cátedra de Leeds viendo muy de cerca el retorno del odio al extranjero con el Brexit.

En 2014 visitó nuestro país y en la Fundación Rafael del Pino siguen tronando sus palabras: “somos indiferentes a los pobres porque hemos ahogado el impulso natural a ayudar al otro, las normas éticas están en crisis total porque lo que prima ahora es la competencia” . Una “competencia” que Bauman introdujo en su metáfora como los cazadores, aquellos que en el jardín luchan encarnizadamente por obtener presa porque no saben hacer otra cosa. No batallan por sobrevivir, ni siquiera por mantener un orden natural o artificial sino que cazan, compiten por inercia sin tener en cuenta sus consecuencias. El mundo posmoderno para nuestro protagonista es mucho peor y se le ha borrado el rostro humano.

Poco le hubiera gustado al viejo pensador leer este artículo que analiza su obra sin incluir luces y sombras.  De hecho  Bauman pontificó contra la superficialidad del momento, tanta información y tan poco tiempo para profundizar, tanto tuit y tan poca base detrás. Su propio pensamiento sufrió el momento que tanto criticó y su concepto “mundo líquido” se ha convertido en un eslogan que cada uno interpreta a su manera. De ahí la controversia con respecto a su figura puesto que dedicó toda su vida a luchar contra el totalitarismo pero sus ideas acabaron inspirando populismos de nuevo cuño o criticó con fuerza al propio capitalismo que con su sistema de libertades permitió que se convirtiese en un icono global o tampoco fue capaz de superar el diágnostico del momento actual, magistral por cierto, y llevarlo a soluciones concretas para nuestras sociedades.

Es sabido que el filósofo acuñó el término de mundo líquido para definir el estado fluido y volátil de la actual sociedad, sin valores demasiado sólidos, en la que la incertidumbre por la vertiginosa rapidez de los cambios ha debilitado los vínculos humanos. Están haciendo aguas, desde los Estados a las familias, pasando por los partidos políticos, gobiernos que ya no mandan, los puestos de trabajo que antes nos daban seguridad y que ahora no sabemos si durarán hasta mañana. El mundo está inmerso en lo que se ha venido a llamar la cuarta revolución industrial y en una disrupción tecnológica que junto con indudables avances también está produciendo intensos desafíos de todo tipo: sociales, económicos y por supuesto personales. Varios investigadores americanos le han bautizado como un mundo VUCA ( del inglés Volatility, Uncertainty, Complexity, Ambiguity) y nos son pocas las organizaciones que han grabado ese acrónimo en lo más vistoso de sus planes estratégicos.

Alguien puede pensar que el diágnostico de Bauman no es nuevo pero nadie duda hoy de su clarividencia y desde que formuló su teoría en el año 2000 en su libro Liquid Modernity. a nuestros días esa liquidez lo ha impregnado todo. Para Bauman la peor consecuencia de todo ello es el individualismo reinante y la renuncia a un humanismo que cada día se hace más necesario volver a abrazar solamente estando unos minutos delante del mismo televisor que nos anunció su muerte esta semana.

Iñaki Ortega es doctor en economía y director de Deusto Business School



martes, 3 de enero de 2017

Problemas resolubles

(Este artículo fue publicado originalmente en el periódico La Rioja el día 2 de enero de 2017)


Mucho se habla sobre cómo se está reinventando el mundo que conocíamos hasta ahora. El sector financiero con la llegada de nuevos operadores digitales y del pago con móvil . El turismo con la tecnología que ha acercado todo lo que parecía tan lejano como viajar en avión barato o alojarse en localizaciones inimaginables. La venta minorista que ha visto como tiendas globales y online que no existían hace apenas unos años hoy son la referencia para los consumidores de cualquier localidad sea grande o pequeña. Los coches eléctricos compartidos ya se ven en muchas ciudades de nuestro país y no son elucubraciones de los gurús empresariales.  Son todos ellos ejemplos en el ámbito económico de un fenómeno que afecta a multitud de sectores como pueden corroborar aquellos que trabajen en la energía, la industria manufacturera o hasta en la música.

La política también, en todo el mundo, está en este proceso de reinvención. La democracia española ha demostrado su madurez incorporando a dos nuevas fuerzas políticas con capacidad de hacer cosas buenas por el país. Hoy en España, pese a las encuestas y las presiones a un lado y otro del espectro ideológico, mediático y hasta empresarial, tenemos un Presidente del Gobierno que es puesto como ejemplo en Europa de estabilidad y buen hacer.  Los diferentes plebiscitos en el Reino Unido, Colombia e Italia además del resultado de las elecciones americanas nos demuestran, como lo citado anteriormente,  que el futuro no está escrito cuando hay urnas por medio y ciudadanos que ejercen su voto informados y siendo conscientes de su capacidad de influencia.

No hay sector que quede fuera de la modernización que exige el momento. Y mucho menos puede serlo uno que es el pilar de nuestro estado social y de derecho, como cita nuestra Constitución del 78. Las políticas sociales suponen hoy ya más del 50% de los presupuestos generales del Estado y no pueden seguir implementándose como si nada hubiera pasado en los últimos 40 años. Hoy nadie duda que nuestro territorio es uno de los más avanzados del planeta a la hora de propiciar la igualdad de oportunidad y luchar contra la exclusión social. Hemos sido pioneros en implantar programas de atención a los más desfavorecidos pero es preciso dar más pasos. La innovación ha llegado a las políticas sociales en países como Alemania,  Países Bajos o el Reino Unido; Barack Obama incluso creó en su mandato una oficina presidencial para poder acelerar su implantación. El argumento es sencillo, los gobiernos gastan cientos de millones para responder a retos sociales pero a la vez hay una dramática falta de soluciones probadas, sostenibles y escalables. Los problemas crecen a una velocidad que apenas da tiempo para encontrar soluciones desde lo público pero mucho menos para pensar o invertir recursos en la prevención. La obesidad, la inmigración, el envejecimiento activo, las familias en riesgo de exclusión, son solo algunos de los campos en los que se necesitan nuevas soluciones a problemas que no dejan de crecer. Para ello y de la mano de emprendedores han nacido iniciativas implantadas ya con resultados exitosos como son los llamados “BONOS DE IMPACTO SOCIAL”.  Desde su creación en 2010 han demostrado un gran potencial de mejorar resultados de intervención social porque dirigen los fondos públicos hacia aquellas políticas que demuestren claramente su impacto en asuntos prioritarios con resultados rigurosamente medidos y trasfiriendo el riesgo de fracaso al sector privado. Esto se consigue gracias a un proceso de hibridación de empresas innovadoras y sector público. Los bonos son un mecanismo de financiación de servicios sociales que combina los pagos por éxito y la disciplina del mercado para responder a retos sociales. Los gobiernos contratan, con este modelo, a entidades para determinados servicios sociales con unos hitos y objetivos a conseguir;  si la organización no los consigue la administración pública no pagará un euro. Los fondos desembolsados inicialmente por la entidad contratada los logra a través de capital privado (filantrópico o mercantil) que proporciona la financiación para la implantación de los programas sociales a cambio de una rentabilidad obtenida de los futuros pagos si se consiguen objetivos. Las administración públicas trasfieren el riesgo de innovar en este campo a inversores privados. Michigan, Denver, localidades de Reino Unido, Alemania o Austria lo están probando con éxito gracias a un ecosistema innovador de gobiernos, inversores y emprendedores sociales.

Hace unos años un investigador de la universidad de Edimburgo formuló una teoría que bautizó como la triple hélice.  El profesor Etzkowitz pensaba que la fórmula mágica para conseguir que las economías creciesen era alinear las acciones de los gobiernos, las empresas y las instituciones de conocimiento. Nunca pudo imaginar, cuando publicó en 1966 su tesis, que muchos años después  encontraría sentido también para resolver problemas sociales que hasta ahora pensábamos irresolubles, basta poner en marcha esas tres hélices con el impulso de lo público, los innovadores y el capital privado, para obtener resultados increíbles.

Conrado Escobar es Consejero de Políticas Sociales, Familia y Justicia del Gobierno de La Rioja

Iñaki Ortega es director de Deusto Business School y profesor de la Universidad Internacional de La Rioja.

NOTA: Este artículo fue inspirado por Manu Uriarte en una conversación sobre los bonos de impacto social y UpSocial

viernes, 23 de diciembre de 2016

¿Robots con toga? Los litigios electrónicos

(este artículo se publicó originalmente en el periódico Expansión el  23 de diciembre de 2016)

Antes de que acabe el año los ayuntamientos de toda España habrán emitido más de 36 millones de recibos de IBI. Los recibos se habrán generado de manera automática por programas de gestión y recaudación tributaria a partir de los datos del padrón catastral. En caso de reclamación, un abogado podrá acceder al valor catastral, y a partir de este dato podrá aplicar los coeficientes y demás operaciones necesarias para calcular la cuota. Si el resultado de los cálculos es discrepante tratará de encajar las alegaciones y planteará el recurso.

En los semáforos de nuestras ciudades ya hay cámaras y radares capaces de poner centenares de multas en un solo día. La máquina toma la imagen y otra máquina calcula la multa. El ciudadano o su abogado intentarán defenderse accediendo a un expediente que es un archivo electrónico, viendo si la imagen es correcta, si el aparato de medición se encuentra en estado de revista y otras alegaciones para valorar presentar un recurso.

Los dos casos anteriores tienen en común la existencia de una máquina que produce un acto de relevancia jurídica que perjudica de manera directa y ejecutiva al patrimonio de los afectados. Si queremos que la defensa despliegue los argumentos jurídicos de manera completa debe conocer el funcionamiento de las máquinas y programas que originan la actuación para poder alegar contra sus defectos y sus debilidades.

Un buen análisis de la máquina nos lo puede proporcionar otra máquina. A partir del diagnóstico que esta nos dé, el jurista podrá aplicar las categorías jurídicas correspondientes a cada uno de los fallos detectados y, si el fallo es recurrente, el jurista podrá ordenar a otra máquina que lo combata de forma automatizada llegando incluso a adaptarse al ritmo de producción del emisor de las resoluciones. Naturalmente, se produce un efecto recíproco y el primer emisor valorará si procede o no estimar las alegaciones y responder en consecuencia generando cuantas respuestas automatizadas sean necesarias.

Así es como están naciendo los primeros litigios electrónicos y así es como se resolverá en el futuro una parte importante de los conflictos originados por la actuación de las grandes organizaciones. Se vislumbra así un gran futuro para la utilización de sistemas informáticos para el diagnóstico jurídico y el desarrollo los mediadores electrónicos de conflictos o sistemas ODR (Online Dispute Resolution), al menos en su fase amistosa o extrajudicial. Algunas corporaciones de la llamada nueva economía ya lo están haciendo. Las empresas con base en Silicon Valley, PayPal o eBay utilizan estos sistemas. Esta última ya resuelve más de 60 millones de conflictos entre compradores y vendedores al año como nos recuerdan los profesores, padre e hijo, Susskind en su reciente y recomendable libro “El futuro de las profesiones”.

Pero también las Administraciones Públicas. La Comisión Europea lanzó a principios de este año su propia plataforma de resolución de litigios en línea en materia de consumo, si bien poniendo más el énfasis en la resolución alternativa de conflictos que en su automatización.  Los sistemas ODR tienen un funcionamiento común. Si una de las partes tiene una queja, abre el caso y expone el problema. La otra parte recibe la notificación y tiene un plazo para contestar. El sistema ODR se ocupa del resto promoviendo en primer lugar la negociación automatizada y al mismo tiempo se modelizan conflictos y se identifican controversias típicas con soluciones óptimas. Todos ellos culminan, en su caso, con mediación o arbitraje pero a nadie se le escapa que también ayudarán a “desastacar” los saturados tribunales de justicia.

Los bancos llevan años alarmados por la amenaza de las empresas fintech, la educación superior ha mejorado con la llegada de las nuevas universidades online, algoritmos programables ya escriben muchísimas noticias en periódicos de todo el mundo, el turismo ya no se entiende sin las hasta hace poco startups como Amadeus o Airbnb… No hay sector que no esté sufriendo la disrupción tecnológica y el derecho no iba a ser una excepción. Bienvenidos los robots con toga.


Iñaki Ortega es doctor en economía y profesor de la Universidad de Deusto

Pedro Gonzalez es doctor en derecho y profesor de la Universidad Autónoma


miércoles, 21 de diciembre de 2016

La era de la colaboración

(Este artículo fue publicado originalmente en el periódico La Nueva España, La Opinión de Tenerife, La Provincia de Las Palmas el día 21 y 22 de diciembre de 2016)

Cuando la crisis nos obligó a renunciar a viajar o coger un taxi surgieron unos emprendedores que primando el uso frente a la propiedad y con el impulso de la tecnología nos daban una solución. Así nació la economía colaborativa con empresas como Uber o Blablacar para compartir coche en las grandes urbes o alojarte en apartamentos de particulares gracias a AirBnb. El movimiento de la economía P2P (entre iguales, peer to peer en inglés) es imparable porque gracias al consumo compartido se puede acceder a bienes y servicios que de otro modo sería imposible, de hecho se ha extendido ya a industrias como la música, con spotify, la textil, con la moda de segunda mano o  las finanzas con los préstamos colectivos también conocidos como crowfunding.

Esa colaboración es lo que explica algunos avances tecnológicos que disfrutamos hoy. Emprendedores programando en un código suministrado por Apple o Google porque la inteligencia colectiva llega más lejos que la corporativa. Grandes empresas recurriendo a startups para encontrar soluciones a sus problemas porque ya sus departamentos de I+D son incapaces de tener la velocidad que exige el momento. E industrias beneficiándose de los investigaciones de otras ha venido pasando con  los microprocesadores, las cámaras digitales o el reconocimiento de voz.

Los empleos  tampoco se entienden sin la colaboración. La mitad de los trabajadores del prestigioso ranking Forbes 500 desarrollan sus tareas en equipos y como ha vaticinado el World Economic Forum en 2020 una mayoría de nosotros estaremos involucrados profesionalmente en sistemas de colaboración abierta. Los trabajos del futuro estarán más cerca de la experiencia cooperativa de wikipedia que de la soledad de un investigador encerrado en un laboratorio.

La universidad también se ha beneficiado de la corriente de colaboración. Los cursos masivos y gratuitos (los  llamados MOOCs), los grupos multidisciplinares e internacionales de investigación, por no hablar del polémico pero pionero emprendedor español del rincón del vago. De hecho la cooperación ha estado siempre en el ADN de la educación superior, precisamente este año la escuela de negocios de la Universidad de Deusto celebró su centenario con una clase magistral en Madrid del presidente del Banco Central Europeo, Mario Draghi, flanqueado por el antiguo máximo dirigente del PSOE, Joaquín Almunia, y el actual presidente del PP, Mariano Rajoy. Igual que sin la colaboración entre ambos dirigentes políticos no hubiera sido posible tener al banquero italiano en el aniversario de Deusto Business School la legislatura que acaba de empezar exigirá como estamos viendo ceder y dialogar en asuntos como la educación, el mercado de trabajo o la fiscalidad.

Vivimos una época en la que el acceso a la tecnología se ha democratizado. Pero a la vez, hoy los ciudadanos, se han convertido en palabras de Moises Naim, en micropoderes que exigen trasparencia y ejemplaridad. Con nuestro móvil todos podemos cambiar el mundo y desde las redes sociales todos podemos llevar la contraria al poder. Aunque suene idílico, en muchos países ya está pasando y pronto no quedará ningún territorio libre de tiranos gracias al empoderamiento ciudadano. España disfruta de una democracia bien engrasada como lo demuestra la irrupción de dos nuevas fuerzas políticas que han mediatizado la formación de gobiernos en los dos últimos años. La fórmula mágica para afrontar con garantías el futuro de nuestro Estado de Derecho será, como acabamos de ver en la economía, hablar mucho y cesiones entre diferentes, en definitiva pactos por el bien de España. Si no como ha vaticinado el profesor Brandenbrurger, para las empresas que no colaboren con otras, tendremos que cerrar la persiana.


Iñaki Ortega es doctor en economía y director de Deusto Business School