jueves, 16 de enero de 2020

La báscula


(este artículo se publicó originalmente en el periódico 20 minutos el día 13 de enero de 2020)

Se cuenta que el origen de las básculas está en Egipto, aparecieron hace miles de años por la necesidad de pesar con exactitud piedras de oro. El sistema usado era muy precario, un brazo de madera colgado de una cuerda con dos platos, uno en cada extremo; en uno se ponía la mercancía y en el otro, diferentes pesas. El palo oscilaba si en los dos platos no había el mismo peso; quitando y poniendo pesas se conseguía el equilibrio y de paso el peso exacto.

Aunque las básculas ahora son eléctricas, siguen siendo tan útiles como en la Antigüedad y más en estos días de resaca navideña. Ocultas en los baños de las casas, las básculas en enero son redescubiertas por miles de paisanos que les hacemos trabajar a destajo. Con timidez y algo de miedo, una vez que pasa el día de Reyes, nos atrevemos a subir a la báscula para después maldecir el resultado y achacarlo o bien a la cantidad de ropa que llevamos encima, a la hora del día o que el aparato ya no funciona correctamente. Al día siguiente, a hurtadillas, repetimos la operación, esta vez nada más levantarnos y en pijama, logrando un resultado similar. A la tercera va la vencida, tras dejar pasar unos días, la báscula, testaruda, confirma que hemos cogido unos kilos en estas fiestas. A partir de ahí, algunos esconden a los aparatos hasta el año que viene, otros “torturan” durante meses a la báscula hasta lograr el peso prenavideño.

La báscula solamente informa y por eso si estás entre los que has tenido tentaciones de tirar la báscula a la basura tienes que saber que la noticia, con o sin máquina en el baño, sigue muy viva. Por eso, hoy quiero decirte que necesitamos muchas básculas, no solo para medir tus excesos con la comida en estas fiestas, sino porque como decía, hace dos siglos, el físico Lord Kelvin “lo que no se mide, no se puede mejorar; lo que no se mejora, se degrada siempre”. Básculas que pesen los “excesos” del número de ministros en el nuevo gobierno de España que acabamos de conocer; básculas que pesen los “aumentos desorbitados” de los sueldos de los altos directivos en comparación con los de los trabajadores; básculas que pesen “las gruesas palabras” que cada vez más se dedican los políticos en nuestro país; básculas que pesen “el tiempo que pasamos en redes sociales” en lugar de estar con nuestros seres queridos; básculas que pesen los esfuerzos que dedicamos a “nuestro propio bienestar” frente a trabajar por un mundo sin que nadie se quede atrás.
Es casi tan vieja como la báscula, la expresión “matar al mensajero, igual te acuerdas de que en la Antigua Grecia se cortaba la cabeza a los heraldos que comunicaban malas noticias, generalmente una guerra. Por favor, en este 2020, no “matemos” a ninguna báscula, periódico, profesor, amigo o familiar que nos recuerde que algo no va bien.

Iñaki Ortega es director de Deusto Business School y profesor de la UNIR

jueves, 26 de diciembre de 2019

El «efecto Sassoli»

(este artículo se publicó originalmente el día 26 de diciembre de 2019 en el diario La Información)

El efecto del que quiero hablarles podría tener el apellido del presidente italiano del Parlamento europeo que autorizó dar el acta provisional de diputado a Puigdmont, David Sassoli. Pero también serviría el efecto Lenaerts, como el juez belga que un día antes leyó la sentencia que reconocia a Junqueras unos supuestos derechos en plena instrucción por los sucesos del 1 de Octubre de 2017. Tampoco le vendría mal el nombre de efecto Lladoners, tomado de la prisión en la que cumplen condena por rebelión los ex consellers que más parece el vestíbulo de un hotel o en ocasiones un estudio de radiotelevisión. Pero no se preocupen, no hace falta seguir buscando nombres para bautizar la sensación de desamparo que una gran mayoría de españoles sentimos estos dias al conocer la sentencia de la Corte de Luxemburgo. El término ya existe desde hace muchos años. Y ademas tiene un matiz positivo que da sentido a esta columna con la que quiero terminar, con buen sabor de boca,  este año marcado por el juicio del «procés». 

El momento histórico en el que un país sufre una gran decepción pero es capaz de convertir esa frustración en éxitos, se conoce como «efecto Sputnik». Situénse en plena guerra fría en los años 50 del siglo pasado. Estados Unidos y Rusia compiten por demostrar al mundo cuál de los dos países es más poderoso y dispone del mejor talento y tecnología. Inopinadamente el 4 de octubre de 1957, la Unión Soviética lanza el Sputnik, el primer satélite artificial de la historia. Esta noticia sacudió a la opinión pública estadounidense que hasta entonces disfrutaba plácidamente de la percepción de una supuesta supremacía no sólo militar y tecnológica sino ética ante la URSS. El "efecto Sputnik", despertó a los americanos y les alertó ante una inminente amenaza soviética. Si los rusos estaban colocando satélites en órbita tenían también la capacidad de lanzar misiles nucleares a gran distancia. A partir de ese momento científicos, políticos, empresarios, académicos y funcionarios de Estados Unidos se movilizaron con el impulso, sin matices, de diferentes Presidentes hasta conseguir pasar a la posteridad con la llegada del primer hombre a la Luna en ,,!!1969. 

La historia nos ha regalado otros efectos Sputnik para inspirarnos. En nuestro país la pérdida de las últimas colonias del imperio español en 1898 dio lugar, como reacción, a una de las mayores concentraciones de talento artístico, la generación del 98. Pero al principio de ese siglo la dramática guerra de la independencia española hizo posible, unos años después, una de las mejores constituciones que se recuerdan, la Pepa de Cádiz de 1812. O tras décadas de dictadura franquista, sorprendimos al mundo con una modélica transición que ha hecho posible el mayor periodo de bienestar económico de los últimos cinco siglos. 

Incluso quién sabe si en los primeros días de enero de 2020 varios ministros dimitirán en protesta por las cesiones a los independentistas catalanes y cae el gabinete Sánchez que es inmediatamente sustituido por Josep Borrell. El nuevo presidente con el apoyo de Merkel y Macron pero también del PP, Cs y PSOE afronta dos años de estabilidad para ser sustituido por otros dos años de gobierno del PP con los mismo apoyos. Mientras tanto las reformas necesarias en España se implementan y se reestablece el Estado de Derecho en Cataluña. La economía española recupera un vigor que nos regala una década de bienestar. Todo un «efecto Sassoli» que sería recordado. Difícil? Si. Pero no imposible y ya que estamos en Navidad, déjenme soñar.

Iñaki Ortega es director de Deusto Business School y profesor de la UNIR

martes, 17 de diciembre de 2019

La España Rellenada

(esta columna se publicó originalmente el día 16 de diciembre de 2019 en el diario 20 minutos)


A mi amiga Ángeles no le gusta nada lo de la España vaciada. Aunque la expresión ha triunfado para referirse al proceso de pérdida de habitantes que sufren muchas comarcas, le parece que es ofensiva. Ángeles es de Palencia donde la despoblación se ha cebado; la semana pasada me contó que han desapareció más de 300 comercios en los últimos cuatro años y que es la provincia en la que más autónomos cierran sus negocios. Pero Orense, Burgos y Huesca están en una situación parecida, aunque fueron los vecinos de Soria y Teruel los causantes del apotegma de La España Vaciada. En marzo de este año recordarás la manifestación que trajo a Madrid más de 100.000 personas para protestar por la falta de atención. Los convocantes demandaban más inversiones en carreteras, ferrocarriles, pero también en servicios básicos como sanidad, educación y por supuesto internet. Guadalajara, Cuenca y Zamora, aunque se hable menos de ellas, también sufren ser parte de la España vacía. Este fue precisamente el título del libro que dio origen al término que le enfada tanto a mi amiga. En 2016 Sergio del Molino escribió La España vacía para llamar la atención sobre el retraso social y económico que estaba causando el desigual reparto de la población. Su obra, dicen, fue el desencadenante de todo, pero en la pancarta de la marcha lo que se puso fue España vaciada. Se pretendía denunciar que España está vacía porque ha sido vaciada, es decir que años de desatención de los poderes públicos nos han llevado a esta situación.

Estas cosas le cuento a Ángeles para explicarle porqué ha tenido tanto éxito el aforismo, pero no le convenzo. Le recuerdo que desde noviembre el lema hasta tiene un escaño en el Congreso con Teruel Existe. Pero ella insiste. Le parece un desprecio a su tierra y a los que viven allí todavía.  “Los pueblos de Palencia no están vacíos ni vaciados” me dice. “Son muchas las familias que seguimos en esta parte de España y no queremos irnos; es más, si la gente conociese nuestros pueblos estoy segura de que se replantearían su vida urbana”. Mi amiga un día leyó un periódico en el que se reivindicaba La España Rellenada y desde entonces se lo cuenta a todo el mundo. Defiende que dejemos de hablar de despoblación y empecemos a hablar de repoblación. Apuesta por el teletrabajo y educar a los niños en el campo. Apoya que millennials de todo el mundo emprendan desde el agro para parar el cambio climático. Aunque lo que terminó de hacerme entrar en razón fue lo que me contó sobre la Copa del Rey. Para ella hay que seguir el ejemplo de la Federación Española de Futbol que sí que hace algo de verdad por frenar la despoblación. El 19 de diciembre de este año el Club Deportivo Becerril, un municipio al norte de Palencia de 700 habitantes, se enfrentará a la Real Sociedad y recibirá el bullicio y la atención de miles de españoles. El sorteo de la Copa todos los años hace posible, por un día, que pequeños municipios sean la España Rellenada.

Iñaki Ortega es director de Deusto Business School y profesor de la UNI

jueves, 12 de diciembre de 2019

Un futuro de oportunidades

(este artículo se publicó originalmente en el diario Expansión el día 11 de diciembre de 2019)

“En tres tiempos se divide la vida: presente, pasado y futuro. De éstos, el presente es brevísimo, el futuro dudoso y el pasado cierto”. La reflexión de Séneca, a pesar de haber sido formulada hace 2.000 años, es más actual que nunca para nuestras vidas, pero también para la de nuestro país, España.

Vivimos un mundo cambiante, marcado por grandes disrupciones socioeconómicas, geopolíticas, tecnológicas, demográficas y medioambientales a las que habrá que dar respuesta. Todo ello en un entorno marcado por la desaceleración económica sincronizada, el debilitamiento del orden multilateral, la crisis de liderazgo, las consecuencias del Brexit y las crecientes tensiones políticas y sociales en Oriente Medio, América Latina y Hong Kong, entre otros factores. Un presente al que España no es ajeno ya que, si bien nuestro país continúa liderando el crecimiento entre las grandes economías europeas, la OCDE ha advertido de que nuestra coyuntura se deteriora a mayor ritmo que en el conjunto de la unión monetaria y también del riesgo creciente que conlleva la actual inestabilidad política. Una incertidumbre que no parece que vaya a despejarse ante el previsible Gobierno de coalición PSOE-Unidas Podemos, forjado con un acuerdo programático en torno a tres ideas fuerza: más gasto público, apoyado en una mayor carga impositiva sobre las empresas y las familias; más intervencionismo en detrimento de la necesaria libertad de empresa; y más fragmentación frente a la ansiada y necesaria unidad de mercado económica y equilibrio interterritorial. Un conjunto de medidas que impactarán negativamente no solo sobre el crecimiento económico, sino también sobre la sostenibilidad del Estado de Bienestar, la igualdad de oportunidades de los españoles y el futuro de las próximas generaciones. 

Y a pesar de que Séneca nos alertó de que lo único cierto es el pasado, no recordamos apenas datos de nuestra historia reciente que ponen de manifiesto que España y su democracia son un caso de éxito. Desde 1978, se ha multiplicado por 14 el gasto en educación, por 13 el gasto social y por 15 el PIB per cápita, en un contexto en el que se ha duplicado la población activa, principalmente por la incorporación de siete millones de mujeres al mercado laboral. A su vez, el modelo productivo se ha terciarizado, como en el resto de las economías avanzadas, concentrando el sector servicios el 75% del empleo (42% en 1978). Las exportaciones, por su parte, han aumentado de un 13,3% a un 34,3% del PIB, destacando el papel de las multinacionales españolas líderes a nivel mundial. Además, en la actualidad, nuestro país lidera el ranking de Competitividad de Turismo del WEF, y ha sido clasificado como la nación más saludable del mundo por Bloomberg que, a su vez, sitúa nuestro sistema sanitario en tercera posición a nivel global en función de su eficiencia, entre otros hechos relevantes. Todo ello, sin olvidar que la integración al proyecto europeo ha impulsado la atracción de inversión extranjera y dotado a nuestra economía de una mayor estabilidad de precios y de tipos de interés. Y sumado a estos datos económicos, en el plano social, los españoles hemos sorprendido al mundo por nuestra capacidad para trabajar en equipo, por nuestro talento y creatividad; bien sea para coordinar la mejor red de trasplantes de órganos del planeta, o bien por ser el país más longevo de la Tierra.

Pero el futuro es una duda, no solo porque lo afirmara el filósofo cordobés, sino porque la recuperación española no ha sido suficiente para resolver los problemas estructurales que hoy persisten. A los elevados niveles de paro, especialmente el de larga duración y el juvenil, de endeudamiento público y de economía sumergida, se unen la ineficiencia de nuestro sistema educativo, el aumento de la desigualdad, el reto demográfico y el deterioro de la calidad institucional. Circunstancias que, coincidentes en el tiempo con un cambio de coyuntura internacional, nos hacen pensar que el futuro será incierto, pero no por ello ingestionable. En demasiadas ocasiones se nos olvida que la incertidumbre no solo forma parte de nuestras vidas, sino también de la historia de los países. Así, cada generación de españoles ha tenido que superar momentos decisivos, como fue el de la transición de una dictadura hacia un sistema democrático, en la que prevaleció una visión generosa, vertebradora y de largo plazo. En estos días, marcados por la incertidumbre que genera el escenario político español en el que los líderes políticos se cierran a debatir y consensuar con sus oponentes ideológicos las reformas que nuestro país necesita, es urgente recordar que, si bien el futuro siempre es una duda que abre oportunidades, las épocas de progreso en España han estado vinculadas a proteger nuestro legado común.



Iñaki Ortega es director de Deusto Business School y Alicia Coronil es directora de Economía del Círculo de Empresarios

martes, 3 de diciembre de 2019

Escape Room

(este artículo se publicó originalmente el 2 de diciembre de 2019 en el diario 20 minutos)

Se ha puesto de moda. Todo el mundo lo practica. Un «escape room» es un juego de escape que sirve tanto para celebrar un cumpleaños de un niño de 12 años,  como para una despedida de soltera o incluso para inculcar sentimiento de equipo entre altos directivos de grandes empresas. Básicamente es una actividad lúdica que consiste en que un grupo de personas puedan «escapar de un encierro» resolviendo un enigma a través de varias pistas.

Los «escape rooms» nacen hace una década en Japón y desde entonces se han extendido hasta al último rincón del mundo, aunque donde realmente arrasan es en el sudeste asiático. Hay muchas variedades del juego pero en todas ellas los participantes, una media docena, se enfrentan en un local cerrado durante algo más de una hora y con la presencia de un árbitro o «game master» al reto de «escaparse». El juego ha enganchado a personas de toda edad y condición porque para poder ganar hay que esforzarse, no físicamente, sino mentalmente  -en grupo y a título individual- para encontrar la solución a un difícil acertijo. De hecho, equipos de alto rendimiento del mundo del deporte pero también de las corporaciones empresariales juegan a ser escapistas para mejorar el desempeño grupal, ya que penaliza los individualismos y premia el trabajo cooperativo. Pero también muchas cuadrillas de amigos, sin más motivación que pasar un buen rato, colapsan los locales de «escape room» todos los fines de semana en cientos de ciudades de todo el planeta. En Madrid y Barcelona, el montado por la empresa Atresmedia, inspirado en la serie de televisión "La casa de papel" sigue teniendo el cartel de "no hay entradas" tras decenas de miles de visitantes de todas las edades.

Incluso se habla ya en ciencias sociales como la educación de la gamificación del aprendizaje. Una nueva disciplina pedagógica que usa este tipo de juegos para lograr increíbles resultados. Por eso, si funciona para directivos, estudiantes y equipos deportivos que habían probado otras soluciones sin éxito, por qué no aplicarlo para el principal problema de nuestro país. El desgobierno que vivimos tras cuatro años con cuatro elecciones quizás se solucionaría con una buena dosis de «escape room» para nuestra clase politica. Por qué no animar a Pedro Sánchez, Pablo Casado, Santiago Abascal, Pablo Iglesias e Inés Arrimadas a entrar en una de estas «salas de escape» con la condición de no salir hasta que resuelvan el mayor enigma hoy de España que no es otro que cómo conseguir un acuerdo estable de gobierno que represente a una mayoría de españoles. Si lo piensas no es tan descabellado y de algún modo en la historia reciente algunos acuerdos relevantes se consiguieron así, forzando un encierro para lograr un acuerdo. De esta manera nació el Banco Mundial y la Organización Mundial del Comercio, con los principales líderes y pensadores del mundo acantonados en Bretton Woods. O la Constitución española con sus «padres» alojados en el Parador de Gredos aislados por la nieve. Y todos los acuerdo europeos sólo se consigue a altas horas de la madrugada tras agotadoras reuniones en Bruselas que no pueden finalizar sin acuerdo. Cualquier cosa antes que otras elecciones, ¿no crees?

Iñaki Ortega es director de Deusto Business School y profesor de la UNIR

domingo, 1 de diciembre de 2019

España, más fuerte que los españoles

(este artículo se publicó originalmente en el diario La Información el día 29 de noviembre de 2019)

La incertidumbre se ha instalado en España. La cercanía de un gobierno de Unidas Podemos-PSOE ha hecho saltar todas las alarmas por lo que supondría de empeoramiento de las condiciones para la actividad económica en nuestro país: más gasto público y por tanto más impuestos; más intervencionismo en detrimento de la necesaria libertad de empresa y más poder para el nacionalismo frente a la ansiada unidad de mercado. Lo peor es que llueve sobre mojado porque la crisis catalana ha trasladado al exterior la peor imagen inimaginable y a su vez, desde hace meses, no hay un organismo internacional que no presagie que la economía española se está enfriando. Si a lo anterior unimos un mundo que parece que se ha vuelto loco con el Brexit, los chalecos amarillos en Francia o los disturbios en Chile, Colombia o Bolivia pero también Hong Kong, nos acercamos a una tormenta perfecta.

Pero entre tanta mala noticia de nuevo la serendipia me ayuda a escribir este artículo y de paso ser optimista. La semana pasada tuve el placer de escuchar a un directivo honrado y discreto como es el presidente de Bankia recordar que España tiene las hipotecas más bajas de Europa o que las pymes españolas se financian de un modo más barato que las alemanas. José Ignacio Goirigolzarri ayuda a refrescar un discurso de otro directivo patrio al recoger el premio de directivo del año. José María Álvarez-Pallete explica siempre que puede y yo me empeño en replicarlo, que en los últimos 40 años, España ha multiplicado por 14 su gasto en educación, por 13 el gasto social y por 15 el PIB per cápita.  En estos pocos años de democracia, si los ponemos en relación con la larga historia de nuestra nación, se ha doblado la población activa, aumentado en siete millones las mujeres que trabajan y ocho veces el número de universitarios.

Por tanto, somos muy afortunados por vivir en España. Pero precisamente por ser españoles tenemos que convivir con la incertidumbre porque es consustancial a nuestra historia. Acaso la Transición fue un periodo tranquilo o el Siglo de Oro de nuestras letras estuve exento de conflictos. Estos días se han cumplido 200 años de la creación del Museo del Prado, una de las más importantes colecciones de arte de la humanidad. El viejo caserón del Paseo del Prado ha acogido estos dos siglos las más excelsas muestras de genialidad de españoles universales, pero a la vez vivido guerras civiles, golpes de estado, regímenes violentos y dictatoriales, magnicidios y la peor de las bandas terroristas de Europa. Pero triunfó la creatividad frente la fatalidad y hoy tenemos en Madrid las obras de Goya y Velázquez, pero ningún terrorismo vivo.

Todos los años, a pesar de los pesares, un organismo internacional certifica, por ejemplo, que nuestro país es el segundo más visitado del mundo o que disfrutamos de la red sanitaria universal con las mayores coberturas del mundo. Los españoles seguimos sorprendiendo con nuestra capacidad de trabajar en equipo bien sea para coordinar la mejor red de trasplantes de órganos del planeta o para ganar el campeonato del mundo de Baloncesto. 

Así es. La metáfora del deporte vuelve a venir al caso, hoy,  para el futuro de España. Hace unos pocos días, al mismo tiempo que medio país discutía con el otro medio por un gobierno, un puñado de españoles con humildad y superando las peores adversidades como es la muerte de un padre, nos volvieron a demostrar, esta vez ganando la Copa Davis de tenis, que España es más fuerte que los españoles. 

Iñaki Ortega es director de Deusto Business School y profesor de la UNIR

lunes, 25 de noviembre de 2019

Casandra y las pensiones


(este artículo se publicó originalmente en el diario El Correo el día 24 de noviembre de 2019 )

El síndrome de Casandra es aquella situación en la que alguien predice un hecho certero, pero nadie le cree. Se habla de ese síndrome cuando no nos atrevemos a ser sinceros por las consecuencias que puede tener. Casandra era una sacerdotisa del templo del dios Apolo. Éste, para conseguir su amor, le ofrece el don de la profecía. En el momento que recibe la capacidad de adivinar el futuro, Casandra rechaza a Apolo, lo que lleva al dios a vengarse de su amada incluyendo en el don otra característica: nadie creerá sus pronósticos. Casandra vaticinó la caída de Troya, pero nadie le dio crédito; previó su propia desgracia, pero tampoco pudo evitarla. A los autores de este artículo el mito de Casandra se nos viene a la cabeza cada vez que explicamos el futuro de las pensiones en España.

El sistema de pensiones es uno de los grandes éxitos de nuestro Estado del Bienestar porque ha conseguido que la vejez no sea sinónimo de pobreza. Las sociedades avanzadas organizaron en los últimos años del siglo XIX sistemas para garantizar que cuando las personas dejaban de trabajar a causa de la edad dispusieran de, al menos, una renta básica mensual. Entre otros aspectos se fijaron los 65 años como la edad para dejar de trabajar. Pero hoy el problema en todos los países avanzados es de fondo y se resume en cómo adaptarse a las tendencias demográficas para seguir ofreciendo pensiones adecuadas.

A principios del siglo pasado apenas 1 persona de cada 100 llegaba a los 65 años; hoy son 9 de cada 10.  En España, en 2030 el 25 por ciento de la población tendrá derecho a una pensión porque superará los 65 años, de manera que la previsión es que en 2050 cada trabajador tendría que sostener a un pensionista, exactamente un pensionista por cada 1,34 trabajadores. En la Alemania de Bismarck -el primer país que puso en marcha el actual sistema de pensiones- se estimaba como mucho una supervivencia de una década, hoy la esperanza de vida germana a los 65 años supera los 20 años. En España conforme a datos del INE, los años efectivos de percepción de la pensión superan los 23. De hecho, según BBVA, en España todas las aportaciones al sistema público de pensiones que ha hecho un trabajador que se jubile ahora mismo se agotan tras 12 años de pensión, cuando le quedarían, conforme a su esperanza de vida, otros 9 años de vida.

Como Casandra, los autores de este artículo queremos atrevernos a decir la verdad, aunque esperamos tener más predicamento que la joven helena. Las pensiones cada año serán más bajas y de una tasa de reposición menor. Es decir, en un par de décadas el porcentaje del último sueldo que cubre la pensión pasará del 80% actual a un 50% de este. Pero aún estamos a tiempo de revertir este proceso si aplicamos dos soluciones. Por una parte, incrementar la tasa de ahorro de los españoles y, por la otra, la necesidad de extender en parte el período de vida laboral. Si asumimos que las pensiones públicas irremediablemente serán más bajas, la gran mayoría de la población tendrá un serio problema ya que sólo tiene esa fuente de renta en su retiro. Pero existe una medida para garantizar el nivel de vida de las personas tras su jubilación, y es diversificar las fuentes de renta de los futuros jubilados cuando tienen capacidad de ir acumulando; es decir, mientras trabajan. En resumen, habrá que ahorrar más. En este sentido, la mayoría de los países de nuestro entorno han creado mecanismos de ahorro, más o menos obligatorios, para que grandes capas de la población vayan constituyendo un patrimonio complementario a la pensión pública. España es uno de los pocos que aún no lo ha hecho. Este retraso no es inocuo, a lo largo de toda la vida labora cada mes un español está ahorrando 100 euros menos que un sueco, alrededor de 80 menos que un británico o un holandés, o 44 euros menos, cada mes a lo largo de toda la vida, que un ciudadano que viva en Francia. No es una quimera conseguirlo. En nuestro país, en Guipúzcoa, la exitosa experiencia de GEROA, con los planes de pensiones de empleo, nos anima a defender estos pilares alternativos de ahorro. De hecho, hoy dos de cada tres trabajadores de ese territorio se benefician de una pensión complementaria a la pública que les iguala en ingresos para la vejez con sus vecinos franceses.

Trabajar más es la segunda medida que, como Casandra, nosotros nos atrevemos a reivindicar también en esta reflexión. No hablamos solamente del desplazamiento progresivo de la edad de retiro hasta los 67 años que la mayoría de los países europeos estamos implementando. Nos referimos a la necesidad de parar el edadismo, o la discriminación que sufren los mayores en el mercado laboral. Si conseguimos revertir ese proceso y acercarnos a tasas de actividad de los trabajadores mayores de 55 años equivalentes a economías como Nueva Zelanda o Suecia, no solo conseguiremos mayores ingresos para afrontar el futuro, sino una economía más grande que soporte mejor nuestro sistema del bienestar.

Iñaki Ortega es director de Deusto Business School y Antonio Huertas es presidentre de MAPFRE. Ambos son autores del libro LA REVOLUCIÓN DE LAS CANAS