miércoles, 17 de agosto de 2016

270

(este artículo se publicó originalmente el día 17 de agosto en los periódicos del grupo Vocento)

Pitágoras situó en el número 7 un cúmulo de increíbles cualidades para ser considerado como mágico. El 666 solo con ser mencionado en una oscura sala de cine te provoca un demoniaco escalofrío. El 10, para los que disfrutamos hace muchos años viendo jugar al futbol a Maradona, nos evoca nuestra infancia y esa mítica camiseta albiceleste. Incluso algún colega matemático todavía se empeña, para demostrar su memoria, en recitar la interminable lista de decimales  del número π. Los números han generado atracción desde que alguien hace 37.000 años grabase en un hueso los primeros ordinales. Nuestra particular lista de números mágicos podría completarse con el 3, por la Santísima Trinidad o el 13 por la mala suerte entre otros muchos pero este año en el planeta Tierra vamos a tener que incorporar el 270.

Las elecciones presidenciales en Estados Unidos están alcanzando velocidad de crucero con las celebraciones de las convenciones del partido demócrata y el republicano en estas últimas semanas.  El número mágico con el que sueñan los candidatos y sus equipos de campaña es el 270.  Según la Constitución americana, cada uno de los Estados solo puede elegir a un candidato, de modo y manera que el total de los votos asignados al Estado y basados en los censos de población, irá a parar a una u otra candidatura ganadora.  Es decir, o consigues todos los votos o ninguno.

Según la última encuesta publicada por el Toss-up Map 2016, la candidatura de Hillary Clinton cuenta con 217 votos electorales a su favor. Entre los Estados que serán favorables a la candidatura de Clinton, destacan los de la costa oeste con California a la cabeza sumando 55 votos electorales, y el Estado de Nueva York con 29 votos, donde la señora Clinton fue senadora.  Le faltarían 53 votos para alcanzar el número mágico.

La candidatura de Donald Trump tiene 191 votos asegurados.  Prácticamente todo el sur con Texas a la cabeza con 38 votos, y todo el mid-west, con Estados grandes en extensión, pero bajos en población, como, Montana, Nebraska o Kansas.  Al polémico empresario le faltarían 61 votos para alcanzar los ansiados 270 votos.

Teniendo en cuenta lo anterior los equipos de campaña están dedicando todo sus recursos e imaginación a influir sobre los Estados indecisos que más peso tienen sobre los futuros votos electorales. El territorio con dudas por excelencia, que ya decidió pasadas elecciones presidenciales, y que tiene el mayor número de votos de este grupo es Florida con 39.  Le sigue Pensilvania con 20 votos, Carolina del Norte con 15 y Virginia con 13. 

Es ahí donde se va a desarrollar la batalla a pesar de lo que pensemos desde Europa con nuestra visión sesgada sobre la realidad americana que se circunscribe a ambas costas. A día de hoy y según diferentes estudios demoscópicos quedan 130 votos a repartir de dichos Estados indecisos.
No es casualidad que el equipo de Clinton haya celebrado su convención en Filadelfia, la capital de Pensilvania, en busca de protagonismo para alcanzar los 20 votos de los phillies.  La elección de Tim Kaine, en el ticket con Hillary Clinton como candidato a vicepresidente, tampoco es gratuita si tenemos en cuenta que fue gobernador de Virginia y al mismo tiempo un referente en la populosa y cada vez más influyente  comunidad hispana.                                                      
Por otro lado, la estrategia del equipo de Trump parece ir encaminada a robarle los Estados de Illinois y Michigan a los demócratas aprovechando los malos tiempos que atraviesa la industria de automoción en esos lares, culpabilizando de dicha situación a las decisiones tomadas por la administración Obama en la que Hillary fue Secretaria de Estado.

La pelea política por alcanzar los 270 se presenta apasionante.  Serán los temas escogidos para ganar la batalla en dichos Estados, los fallos ajenos así como la presencia física y en medios, los que decidan el futuro del país más influyente del mundo.

Una vez que el número 3 ha desaparecido como esperanza de los observadores europeos y se ha desvanecido absolutamente la opción del ex alcalde de Nueva York, Michael Bloomberg, como tercero en liza, solo nos queda encomendarnos a los poderes mágicos de los números y que quien alcance el 270 consiga que la capacidad de influencia de Estados Unidos de América sirva para conseguir un mundo más humano.


Iñaki Ortega es director de Deusto Business School y profesor de la Universidad Internacional de la Rioja UNIR.

Gregorio Bustos es directivo de empresa y  actualmente está cursando un posgrado en Harvard Kennedy School of Government

domingo, 14 de agosto de 2016

La economía de lo raro

(este artículo se publicó originalmente en el diario económico CINCO DÏAS día 12 de agosto de 2016)

Este verano en España, sin tener en cuenta el culebrón de los pactos, estamos sufriendo dos polémicas que tienen mucho que ver con el libro que el economista americano Steven Levitt público en 2005 con el título de Freaknomics. La negativa a ponerle el nombre de Lobo a un niño en un registro de Madrid y las meteduras de pata de un candidato a presidir la primera potencia del mundo que tiene el mismo nombre que un célebre, por torpe, personaje de Disney están protagonizando las noticias estivales. 

Steven D. Levitt, es un prestigioso economista de Harvard que junto al periodista Stephen J. Dubner publicaron un libro rápidamente se convirtió en un bestseller y que podríamos traducir como La economía de lo raro‎. En el libro dedicaron su sexto capítulo al original asunto de los patrones socioeconómicos de los distintos nombres de las personas. ‎Los autores defienden y demuestran en su manual infiriendo datos desde modelos económicos, la importancia que tiene el nombre en el futuro de un bebé.‎ Estudiando los nombres de miles de californianos llegaron a la conclusión que aquellos niños con nombres menos vinculados a la raza negra tenían más posibilidades de éxito, incluso si el análisis se hacía solo teniendo en cuenta a niños de color. Su conclusión es que Si un Estado quiere velar por el bienestar de un niño, más que prohibir ciertos nombres, tiene que procurar que todos los niños tengan acceso a las mismas oportunidades. Con una buena educación, hasta alguien llamado Lobo podrá hacer algo grande en la vida.


Lo que nos lleva a la segunda noticia del verano. Las supercherías de Donald Trump, siguiendo la teoría anterior, tienen mucho que ver con la decisión que tomaron sus padres cuando le bautizaron en el año 1946 con el mismo nombre que el famoso pato de Disney. Conviene recordar que la primera aparición del pato Donald fue en el año 1934 y que en los años 40 ya era todo un fenómeno en estados unidos del que no se pudieron abstraer los padres del polémico empresario al ponerle su nombre. El Pato Donald es un personaje de Disney, caracterizado como un pato blanco que generalmente viste una camisa de estilo marinero y un sombreroDonald suele intentar ver las cosas con positivismo y alegría, aunque la mayoría de las veces acaba montando en cólera cuando se le tuercen las cosas. Uno de sus movimientos más característicos es su singular manera de saltar sobre uno de sus pies cuando se enfada, a la vez que grita de manera incoherente.


‎Así ha debido reaccionar el candidato Trump en la intimidad al ver que sus colegas republicanos le afeaban en masa sus desprecios a la familia del soldado americano de origen musulmán o cuando los economistas cercanos al partido del elefante se han hartado de criticar sus alegatos en contra de la economía de mercado, por no mencionar lo que los cientos de miles de votantes latinos del partido de Bush le han hecho saber por sus xenófobos comentarios. Al igual que al personaje de la factoría Disney a Trump no le basta con ser ocurrente para que la gent‎e le siga sino que, como se está viendo y sin duda leeremos en lo que queda de campaña, sus frivolidades le están saliendo muy caras. La economía de lo raro también fructifica en nuestro personaje cuando vemos como inopinadamente toda la izquierda mundial acaba coincidiendo con el icono de la derecha ultramontana americana en su odio al nuevo acuerdo de libre comercio entre Europa y USA conocido por sus siglas en inglés TTIP

Es poco probable que el nombre marque diferencia alguna, pero los padres al menos pueden sentirse mejor al saber que, desde el principio, hicieron todo lo posible" concluyen Levitt y Dubner, en algún momento de su estudio. Así lo debieron de pensar los señores Rodham cuando pusieron a su hija el nombre de origen latino, Hilaria, que significa "la que es alegre", y que como pronostica esta "teoría de lo raro" puede ser todo un indicio de que nos alegrará con políticas a favor de la igualdad de oportunidades, la apertura de fronteras al libre comercio y la defensa de un orden mundial más humano. Lo raro no es malo per se sino que lo raro, por incoherente, sería echar por tierra años de envidiadísimas políticas de apoyo a la atracción de talento que han hecho de Estados Unidos de América desde hace más de un siglo el mejor lugar del mundo para poder poner en marcha un proyecto empresarial y personal. Lo raro crece en nuestro mundo, lo acabamos de explicar en el caso americano pero también con el Brexit, o con los millones de jóvenes persiguiendo pokemon por las ciudades o con nuevos partidos políticos como el Movimiento Cinco Estrellas en Italia. Pero lo raro siempre tiene explicación e incluso la economía puede ayudarnos a entender que en ocasiones la frivolidad tiene consecuencias irreparables.

Iñaki Ortega es doctor en economía y profesor de la Universidad de Deusto


lunes, 8 de agosto de 2016

El vals se acabó

(este artículo se publicó originalmente en el diario Cinco Días el día 8 de agosto de 2016)

‎El vals es un elegante baile del cual podemos disfrutar en la ópera y en el ballet, aunque desde hace unos años y gracias a las películas de Disney también con nuestros hijos en el cine viendo Blancanieves. La palabra vals es un galicismo valse, que a su vez procede del verbo alemán wälzen,  que significa girar o rodar. La clave del vals, desde que se convirtió en todo un fenómeno social entre la nobleza de Viena en el siglo XVIII, es ser capaz de girar armónicamente. El vals exige bailar a ritmo lento con tu pareja como si se tratase de un único cuerpo siguiendo los compases de las piezas musicales compuestas por Chopin o Tchaikovsky‎.

La legislación mercantil sitúa al Consejo de Administración como  el máximo órgano de gobierno de una sociedad, que opera como un instrumento de supervisión y control de la gestión de las empresas, con el ánimo de equiparar los intereses del equipo de dirección con los de los accionistas. Actuar a la vez, consejeros y directivos, pero sin estorbarse ha sido la norma en las grandes empresas desde que la propiedad se separó de la gestión. La empresa y sus consejeros han ‎acompasado sus actuaciones, como el vals, de un modo armónico auspiciado por las sucesivas recomendaciones de buen gobierno corporativo. La elegancia del baile vienés sirve para resumir estas relaciones y ni uno ni otro se han pisado durante sus mandatos. Ni la empresa decía que no a ninguna petición de los consejeros y ni mucho menos los miembros de los consejos eran capaces de poner en aprietos a las corporaciones que generosamente les acogían en sus máximos órganos de gobierno.

‎Pero la crisis del 2008 hizo que las melodías de Strauss dejasen de sonar y el vals de los consejeros y las empresas se acabase. La ausencia de control de los consejos de administración sobre las erróneas decisiones corporativas que cebaron la crisis; la falta de preparación de muchos consejeros para ejercer como tales y la consideración por parte de alta dirección como mero atrezo de esos órganos lo han cambiado todo. Sirvan como ejemplo ‎la reforma de la Ley de Sociedades del 2014 o la del Código Penal de 2015 que eleva las penas de los consejeros por la comisión de delitos en el seno de la empresa. Las últimas sentencias que no eximen de responsabilidad a los miembros de los consejos por las decisiones tomadas por sus directivos y también los últimos fichajes de consejeros ultraformados con brillante futuro profesional por delante nos ponen, de nuevo, en la pauta de cómo están cambiando las relaciones entre la empresa, sus directivos y los representantes de la propiedad de la misma.

La evolución de la tecnología nos puede ayudar a entender mejor este cambio de paradigma en el gobierno corporativo. La ciberseguridad se ha convertido en unos pocos años en una de las principales amenazas para las empresas. Da igual que sea grande o pequeña, de un sector u otro, todas están bajo el punto de mira de los cibercriminales. La candidata demócrata a la Casa Blanca ha sufrido este verano la peor crisis en su larga campaña porque según el FBI “envió  información clasificada a través de una cuenta de correo personal”. Para la agencia americana el problema residía en que Hillary Clinton dejó una puerta abierta a los terroristas de todo el mundo usando un correo sin seguridad. Si ahora pensamos en los consejeros de las empresas más importantes y la información que manejan en sus dispositivos móviles no daremos cuenta que, como sus nietos o sobrinos, cualquier hacker del mundo o la propia competencia podría acceder a ella sin mucha sofisticación.

De modo y manera que este nuevo riesgo va a impactar en la relación empresa y consejeros exigiendo, de nuevo, abandonar la armonía del vals. La empresa  va a obligar a los consejeros a cumplir con ‎protocolos muy estrictos  de ciberseguridad que eviten fugas de información incluso llegando a usar jaulas Faraday en las sesión del Consejo. Ya no bastará con ser nominado para formar parte del Consejo sino será imprescindible pasar un examen de la propia empresa que garantice que no es un potencial riesgo cibernético para la compañía por su falta de cualificación tecnológica. Pero también, a su vez,  el consejero deberá exigir a la empresa una auditoría de ciberseguridad antes de tomar posesión para calibrar la fiabilidad de la empresa que va a representar. Si acepta formar parte de consejo deberá pedir la comparecencia en el mismo del responsable de riesgos de la empresa para que informe del plan de seguridad.‎ Así mismo instará a la dirección a disponer de formación y un seguro específico en estas lides.‎ 

Los intereses de consejeros y empresa no tienen por que ser los mismos y de hecho en ese balanceo entre propiedad y gestión reside la buena gobernanza de las organizaciones. Ya nunca más volveremos a bailar vals sin pisarnos pero eso no quiere decir que la relación empresa y consejeros sea una guerra, simplemente cada uno ejercerá sus responsabilidades y ambos habrán de hacer posible que sean conciliables para el bien de la organización y por ende de la sociedad a la que prestan innumerables beneficios.


Iñaki Ortega es doctor en economía y profesor en Deusto Business School
José Luis Moreno es director en EY

martes, 28 de junio de 2016

Ecosistema versus Egosistema

(este artículo se publicó originalmente en el periódico Expansión el  27 de junio de 2016)



El término ecosistema proviene de la biología y fue acuñado en 1930 por el botánico inglés Roy Clapham. Un ecosistema es un sistema de organismos vivos interdependientes que comparten el mismo hábitat.‎ La gran aportación del concepto a la ciencia de la naturaleza residía en la interrelación de los organismos que viven en el sistema; si se rompe un eslabón de esa cadena es muy difícil recuperar el equilibrio y afectará seriamente a su sostenibilidad.

La literatura económica ha incorporado ese concepto para explicar las características de los territorios más dinámicos. En coherencia con la escuela institucionalista del premio Nobel de economía Douglass North, los países con ecosistemas emprendedores egresan continuamente nuevas empresas con capacidad de crecer y crear empleos, innovando en bienes, servicios y modelos de negocio. Y lo hacen porque los gobiernos, instituciones de conocimiento y grandes empresas orquestan sus actuaciones para conseguir más actividad emprendedora en el país.

Los ecosistemas de la naturaleza son una serie de cadenas de interdependencia. También en economía. Por ello, cualquier programa de fomento en materia de emprendimiento ha de fortalecer el ecosistema y no romper el equilibrio entre sus agentes. Actuar buscando el rédito a corto plazo y el protagonismo unilateral es síntoma de que no se está respetando ese equilibrio sino que al contrario, del ecosistema estamos migrando a un egosistema.
Como documenta todos los años desde 1999 el informe GEM, actualmente ya en más de sesenta países, el cambio tecnológico y la innovación de la mano de los emprendedores son las formas principales en que la civilización ha progresado a lo largo de la historia.

GEM recomienda como de vital relevancia estudiar el ecosistema emprendedor, o lo que es lo mismo analizar la fotografía de las condiciones del entorno para emprender de cara al diseño de las actuaciones de las instituciones en este terreno. Los 36 expertos entrevistados este año en el informe español han vuelto a poner de manifiesto en una puntuación de 1 a 5, que seguimos por debajo del 3, y pese a una ligera mejoría todavía es difícil emprender en nuestro país.

En 2011, coincidiendo con la larga campaña electoral que llevó a Mariano Rajoy a ser presidente, irrumpió en la agenda pública de España el emprendimiento y los emprendedores. Desde entonces es difícil encontrar un gobierno, fundación, gran empresa o incluso un medio de comunicación que no haya lanzado un programa de apoyo a startups.

Pero todavía vamos muy lentos. El informe GEM  de 2015 sitúa en 5,7 la tasa de actividad emprendedora en nuestro país frente al 11,9 de USA o el 8,5 de media de las llamadas economías basadas en la innovación. Precisamente por el unilateralismo en las actuaciones que he bautizado en estas líneas como egosistema emprendedor. Una docena de leyes autonómicas‎ para apoyar a los emprendedores sin coordinarse entre ellas. La obsesión por patrimonializar el concepto de emprendimiento en los autónomos enfrentándolo a las llamadas empresas de base tecnológica. La persistencia y creación de grandes infraestructuras para la innovación desconectadas‎ de los emprendedores y sus necesidades.

La sobreactuación sin el mínimo análisis previo motivada por la agenda política o económica. El autismo de las grandes empresas a la hora de colaborar en sus programas de emprendimiento corporativo. La continua promoción de espacios para emprendedores desde lo público en claro ejercicio de competencia desleal. La inexistencia de una gran fundación público-privada al estilo de Startup América impulsada por el presidente Obama con la ayuda de las más importantes empresas americanas. La utopía de disponer de una auténtica unidad de mercado‎ es también otro ejemplo de actuaciones en contra del ecosistema.

No obstante soy optimista porque en materia de emprendimiento hay mucho más que nos une que lo que nos separa. Esta primavera un grupo de profesores de Deusto e ICADE Business School estudiamos los programas electorales de las cuatro principales fuerzas políticas y constatamos que es unánime el apoyo a esta figura. Eso mismo explica que Barack Obama haya decidido que su visita de julio a nuestro país esté dedicada a un tema que genera unidad y orgullo en España y USA: los emprendedores.

Por todo lo anterior las elecciones del 26 de junio son una oportunidad para recuperar ecosistema y huir de un egosistema donde sólo se piensa en los intereses particulares sino, como en las cadenas de la naturaleza, ser capaces de alinear todos esos intereses para lograr un país donde sea más fácil crear una empresa, escalarla y así crear empleo, riqueza y bienestar.


Iñaki Ortega es profesor de Deusto Business School e investigador del Global Entrepreneurship Monitor (GEM)


domingo, 26 de junio de 2016

Humanizar la tecnología

(este artículo se publicó originalmente en el especial de la revista DKV TresvSeseenta con ETHIC del mes de junio)

R2-D2, C-3PO o BB-8 representan la esperanza de nuestra economía, según los expertos reunidos este mes de enero en Davos. Pero también esos acrónimos indescifrables son los causantes de la saga con más éxito en la historia del cine. 

La Guerra de las Galaxias no se entiende sin esos entrañables androides con nombre de clave de tarjeta de crédito, que acompañan a Luke Skywalker o la princesa Laia en sus aventuras interestelares. Causan estragos, capítulo tras capítulo, entre los más fieles seguidores de Star Wars; son un semillero inagotable porque no hay niño que vea la película que no se convierta en fan de esos increíbles robots. Desde que en 1977 apareció el primero de ellos, George Lucas, no ha dejado de usarlos sin saber que casi 40 años después, en una pequeña localidad suiza serían los protagonistas de las conversaciones de los tipos más poderosos del planeta.

Allí, en la estación de esquí de Davos, cada año se reúnen en el Foro Económico Mundial los más importantes directivos y gobernantes para hablar del mundo que‎ viene y cómo responder a los retos que se plantean. Este año la protagonista ha sido la cuarta revolución industrial. La también conocida como industria 4.0. será la de las fábricas inteligentes y tomará el relevo de la primera revolución del siglo XIX y la máquina de vapor, de la segunda y tercera con la producción masiva y la incorporación de los ordenadores, respectivamente. Esta nueva economía será la de las máquinas inteligentes. 
En opinión de Klaus Schaw, en los próximos diez años vamos a ser testigos de transformaciones más profundas que las experimentadas en todo un siglo. La tecnología va a cambiar radicalmente la forma en la que hacemos negocios, compramos y producimos, pero también cómo nos relacionamos, accedemos a la información e influimos en la sociedad. Todos estos avances científicos suponen una excelente oportunidad para la creación de nuevas empresas que solucionen problemas de nuestro mundo. Termina el informe del viejo profesor alemán, fundador del Foro, alertando de que está revolución traerá en el corto plazo una importante destrucción de ‎empleo por la sustitución de infinidad de tareas cotidianas por máquinas mucho más eficientes.

A muchos de los lectores les parecerá que el World Economic Forum se ha convertido en una pandilla de cinéfilos fanáticos de la ciencia ficción porque las máquinas no deciden hoy nuestras vidas. Por ello no está de más dedicar unas líneas a explicar qué hay detrás de los conceptos que han robado los principales titulares de la prensa económica estos años. Big Data, Cloud Computing, 3D, internet de las cosas...con la demostración palmaria de que la ley de Moore se está cumpliendo: tecnología cada más potente y más barata. Tal es así que hoy cualquier pyme puede dar vida a sus máquinas con el IoT (internet of things), fabricar desde casa objetos en tres dimensiones, almacenar nosotros mismos y gratis en un espacio virtual más información que la que jamás se ha generado en toda la historia de la humanidad o conocer el resultado de las próximas elecciones analizando los millones de datos disponibles en la red sobre los electores. Son sofisticadas máquinas las que están detrás de todas estas megatendencias.

Pero si aun así quedase algún escéptico, como dicen que todavía queda algún español sin haber visto un solo minuto de la Guerra de las Galaxias, aquí van dos o tres datos más. En Estados Unidos los llamados roboadvisors, robots financieros que a través de algoritmos crean una cartera específica para cada tipo de inversor, cobrando comisiones tres veces inferiores, son ya una amenaza real para los asesores financieros tradicionales.

Watson, el sistema de inteligencia artificial de IBM, ‎arrasó en el Cifras y Letras yanqui, ante los mejores concursantes incluso sin usar conexión a Internet. Por último más de 60.000 corazones en todo el mundo están controlados por marcapasos que gestionan dos empresas operadas por infalibles algoritmos que esperemos que nunca sean hackeadas por los mismos que cada años roban millones de dólares a las multinacionales aun disponiendo, estas, de los más avanzados sistemas de ciberseguridad.
Este nuevo mundo no escandaliza a los jóvenes que están hoy educándose en las aulas. Es su mundo, se han socializado con internet como aliado y sus amigos y parejas vienen de la red; se han educado encontrado respuesta a sus incógnitas en los buscadores y están reventando el statu quo de todos los sectores de la economía y también de la política. La llamada Generación Z, además de haber llenado esta Navidad las salas de cine para ver las naves espaciales de una película que tiene su origen en la época de sus abuelos, sabe que el mundo está lleno de oportunidades. Ellos están inventándose nuevos empleos como los hacker buenos; encontrando soluciones a problemas enquistados como la financiación del emprendimiento con el crowdfunding o demostrando que sigue mereciendo la pena luchar por causas tan nobles como la ecología, la igualdad y la lucha contra el terrorismo, ahora usando las redes sociales. Son la esperanza de que un mundo dominado por la tecnología será un mundo más humano.

No podemos poner freno a ese torrente de nuevas ideas que ebullicionan en las cabezas de los nuevos millennials. Y nuestra ceguera, cuando no nuestros miedos, para asimilar la disrupción tecnológica‎, han de transformarse en la catapulta que necesitan. Nuestra generación domina el mundo, manda en las empresas, gobiernos e instituciones. Estamos a tiempo de usar ese poder, que aún tenemos, para darles el impulso que necesitan para hacer un mundo mejor.

Iñaki Ortega es doctor en economía y profesor universitario

martes, 14 de junio de 2016

La Universidad en la encrucijada

(este artículo se publicó originalmente en la revista univerSIdad el 20 de junio de 2016)

Mucho se habla de los cambios que han de producirse en la universidad española para que logre adaptarse a lo que se espera de ella en el siglo XXI como centro generador de talento. Casi siempre la constante presión por revisar la educación superior se sustenta en causas que se hallan fuera del núcleo de la comunidad universitaria; en las empresas y la propia economía que demandan nuevas competencias y campos de especialización; en el avance dentro del marco asentado por Bolonia y el Espacio Europeo de Educación; en la necesidad de cerrar la brecha con los estándares de calidad internacionales, etc.

Sin embargo, no somos todavía plenamente conscientes de que buena parte de las transformaciones que deben producirse  en la universidad tienen una raíz endógena, que se corresponde con el salto generacional que está aconteciendo en las sucesivas promociones de jóvenes que ingresan en los programas de grado.

La teoría generacional nos dice que las coordenadas culturales, económicas, sociales y políticas en que los niños y jóvenes se hallan inmersos acaban condicionando la forma que tienen de percibir y entender el mundo. Se trata de unos rasgos compartidos en mayor o menor medida por quienes crecieron en un contexto particular que les une entre sí y les diferencia de quienes conocieron otras circunstancias en sus primeras etapas de la vida.

Los cambios en las sociedades modernas se producen cada vez más rápido y el tiempo que tarda en aparecer una nueva generación se acorta. Los jóvenes del Milenio ya mostraron una personalidad colectiva diferente respecto a la Generación X debido a circunstancias hasta el fin del siglo pasado inéditas; la quiebra del comunismo como alternativa a la economía de mercado, la inversión de los flujos migratorios tradicionales, la aparición de nuevos modelos de familia o la saturación del mercado de trabajo con diplomados y licenciados.

A diferencia de lo que se viene pensando, la irrupción de Internet y las nuevas tecnologías solo ha conformado de manera un tanto superficial la personalidad generacional de los llamados millennials, ya que su contacto con los dispositivos digitales ha sido más bien tardío.  Quizá por esto, y por las oportunidades que todavía brindaba la economía cuando aún estaban en su adolescencia, la absorción de estos jóvenes no supuso un gran desafío para la universidad, más allá de la sempiterna cuestión del bajo nivel de conocimientos con el que salen de los institutos.

Pero a los millennials les ha sucedido la Generación Z, que son quienes poco a poco van a obligar a revisar profundamente la enseñanza superior. Los jóvenes Z, los nacidos entre 1994 y 2010, constituye la primera generación que ha incorporado Internet en las fases más tempranas de su aprendizaje y socialización, y también aquella a la que la crisis ha marcado más directamente su personalidad.

Las nuevas tecnologías han condicionado su forma de aprender: gracias a Internet se han acostumbrado desde pequeños a no depender tanto de padres y docentes para adquirir el conocimiento; a utilizar de manera inmediata fuentes tan dispares en su naturaleza como indiferenciadas en la forma de acceder a ellas; a recibir cantidades ingentes de datos y a discriminarlos con arreglo a su propio criterio.

Lo anterior se traduce en que la capacidad para organizar y transmitir la información de estos jóvenes es extremadamente flexible, fusionable y compartida. Algo que les hace estar muy preparados para ser no solo ciudadanos en la era digital, sino también para ocupar las nuevas profesiones e integrarse en entornos de trabajo multiculturales y globales.

La Generación Z ha llegado a los referentes culturales no solo a través de libros, sino también de soportes interactivos y multimedia conectados a Internet. En consecuencia, el conocimiento para ellos pierde su carácter lineal para convertirse en una realidad nebulosa donde la información no está jerarquizada y, de estarlo, es el criterio comercial y no el académico el que prima en la ordenación de los contenidos. Una nube en la que todas las opiniones valen lo mismo, y en la que cada pieza de información puede ser alterada, adaptada o modificada por el usuario, que, a su vez puede producir información nueva y globalmente accesible.

La otra cara de la moneda es que, desaparecido el principio de autoridad e instalados en la creencia de que toda voz merece ser escuchada y tenida en cuenta, es posible que estemos ante una generación peor informada que la anterior, pese a su gran facilidad de acceso a fuentes del saber de todo tipo.

Los alumnos Z parecen tener menor capacidad para la educación teórica y demandan una enseñanza más práctica y flexible, menos formal, orientada a experiencias y habilidades que les ayuden a afrontar un futuro laboral caracterizado por la incertidumbre y el cambio, con profesiones novedosas y vinculadas a proyectos colectivos de trabajo en red con la creatividad como componente principal.
Han vivido en un contexto caleidoscópico en cuanto a culturas,  ideas y estilos de vida y con un dispositivo siempre a su alcance para estar en contacto con amigos y conocidos. Lo que les hace tener buena disposición para el trabajo en equipo y para respetar e interesarse por la opinión del otro. Serán sin duda la generación menos sexista y racista de la historia, uniéndoles además un marcado sentimiento de insatisfacción hacia la educación formal, poco preparada para formar a los profesionales del futuro.

Los jóvenes Z saben que buena parte de las profesiones a las que dedicarán su tiempo no existen todavía y que, por tanto, prepararse para ellas con un itinerario preestablecido no tiene tanto sentido como lo tuvo para las generaciones anteriores. El corolario que extraen es que es mejor tomar la educación como un camino y no como un objetivo, supliendo las limitaciones del currículo académico con aquellos aspectos vocacionales que les gustan o para los que tienen mayor talento. Su desarrollo personal no se basa tanto en la búsqueda de su lugar en la sociedad como en una vía de autoafirmación. En un mundo con certezas cada vez menos consistentes, el éxito individual no es sino ser sincero con uno mismo y aportar soluciones encaminadas a mejorar el planeta o la sociedad desde lo genuino.

Hasta la fecha, los argumentos más visibles a favor de los cambios en la universidad provienen de agentes ajenos a ella, quienes, además de manejar planteamientos sólidos,  gozan de la visibilidad y la fortaleza institucional para dominar los debates que la cuestión suscita. Sin embargo, conviene que en la agenda que debe conducir a la reinvención de las instituciones de enseñanza superior no nos olvidemos de los propios alumnos, cuyas motivaciones, aspiraciones y hábitos están cada vez más alejados de los de las promociones anteriores.

La Generación Z es ya una realidad en las aulas que debe ser tenida en cuenta a la hora de repensar todo el edificio organizativo sobre el que estas se sustentan. No hacerlo, además de dar la espalda quienes deberían ser los  principales stakeholders de la universidad, puede hacer que cualquier reforma destinada a modernizar la institución se quede solo a medio camino.

Iñaki Ortega es doctor en economía y profesor de la Universidad de Deusto

Iván Soto es investigador asociado de Deusto Business School


Los millennials se han hecho mayores

(este artículo fue publicado originalmente en la revista Bez el 13 de junio de 2016)

Cuando creías que ya lo sabías todo porque te enteraste que los millennials no son lectores empedernidos de la saga de novelas Millennium de Stieg Larsson, ha aparecido una nueva generación, la llamada generación z, que te ha vuelto a dejar anticuado.

‎Los millennials también conocidos como la "generación y" son aquellos jóvenes nacidos entre finales de los setenta y mediados de los noventa del siglo pasado; su diferente forma de comportarse como empleados y consumidores hizo sonar todas las alarmas en las grandes empresas de medio mundo. Se les ha analizado desde todos los puntos de vista: cómo viajan, qué leen, si ahorran o no, su ocio, qué estudian y hasta qué comen. Pero el tiempo pasa inexorablemente también para esos jóvenes y ya está aquí la siguiente generación, son los nacidos entre 1994 y 2010. Y de nuevo son objeto de estudio porque como reza la sexta acepción de la palabra generación en el diccionario de la Real Academia de la Lengua, son una cohorte de edad que han recibido una misma educación e influjos culturales que les ha hecho tener unos comportamientos afines.

La generación z, a diferencia de los millennials, se han educado y socializado con internet absolutamente desarrollado en sus casas y en los móviles de sus padres, con libre acceso para ellos desde que tienen uso de razón: son los verdaderos nativos digitales. En la red han encontrado respuestas a sus preguntas sin recurrir a padres o profesores y eso les ha llevado a ser autodidactas frente a la obsesión de los títulos académicos de la “generación y”.  A un clic tienen acceso a todo el conocimiento del mundo y además de la mejor forma que nunca antes se había dado: los tutoriales han jubilado las clases magistrales. Es por ello fácil de entender su irreverencia con la autoridad ya sea paterna, docente o incluso profesional. Poner en cuestión lo que dicen sus mayores ya no es un rasgo de inmadurez sino que es la forma de ser de una generación que sabe que domina las herramientas de la nueva economía y del nuevo mundo que ellos van a liderar.

Trabajar es un medio y no un fin en sí mismo, de modo y manera que a lo largo de su vida serán freelance, otras veces  trabajadores por cuenta ajena ‎y también buscarán meses sabáticos para disfrutar de un ocio cada vez más barato. Recientemente hemos conocido la encuesta a realizada a 8000 jóvenes por GAD3 con la Fundación Axa, los universitarios españoles quieren emprender cuando terminen de estudiar y por primera vez es una opción que compite con trabajar en una gran empresa o ser funcionario. Esa precocidad para el emprendimiento contrasta con los millennials que esperaban a tener experiencia y bastante más de 30 años para crear su primera empresa según nos dice el informe Global Entrepreneurship Monitor (GEM).

La inmediatez es también rasgo característico de estos adolescentes aprendida en su uso compulsivo de redes sociales y en la capacidad de las nuevas multinacionales, las llamadas GAFA (Google, Apple, Facebook y Amazon) a responder rápida y eficazmente a sus demandas.


Esta generación ha dejado obsoleto el lema de la innovación de estos años "think out the box" porque la caja del conocimiento se ha roto, se ha dispersado libremente por la red y los jóvenes que están saliendo de las universidades tendrán que construir su propia caja‎, elegir e hibridar sus conocimientos y ser polímatas, tener varias habilidades. No es ciencia ficción y hoy ya para ser periodista hay que saber de tecnología como nos recuerda la revista Forbes y los periódicos de Vocento que ya utilizan robots para muchas de sus informaciones. Los nuevos abogados y consultores además de leyes y economía tendrán que dominar el mundo del hacking y las nuevas monedas basadas en la tecnología blockchain. ‎Agricultores que aplicarán algoritmos para que sus tractores sean autónomos o banqueros que utilizan la robótica para invertir el dinero de sus clientes. Qué decir de los profesores que ya estamos cambiando la tiza por las flipped classroom y los MOOCs.

Estos cambios se notan ya en las empresas. En poco tiempo hemos pasado de grandes corporaciones exigiendo a sus empleados la trasformación digital,  a trabajadores de la “generación z” exigiendo a sus empresas herramientas para poder aplicar todo su talento de nativos digitales. En plena década del masivo desempleo juvenil uno de los grandes problemas es la atracción y retención del nuevo talento. Los estadísticos e informáticos tienen tasas de empleabilidad total y los dobles grados en matemática y física han arrasado este año entre los chavales que quieren empezar la universidad.

Vivimos tiempos ‎de cambios rápidos y profundos así que si todavía crees que estás a la última porque has aprendido a usar Facebook y estas enganchado a Whastapp… te recomiendo que hables con chicos y chicas que están estudiando en la universidad ahora mismo, así lo hemos hecho en Deusto Business School y Atrevia en nuestra reciente investigación "Generación z. La última generación". Te sorprenderá saber que para ellos Facebook es cosa de padres porque “lo que de verdad funciona es Snapchat”.


Iñaki Ortega es doctor en economía y profesor de Deusto Business School, en 2014 publicó el libro ”Millennials, inventa tu empleo” (Ediciones UNIR)