miércoles, 21 de febrero de 2018

Sí a la longevidad, no al envejecimiento.

(este artículo se publicó originalmente el 20 de febrero de 2018 en el diario La Información dentro de la columna #serendipias)

La semana pasada se presentó en Madrid la edición en castellano del libro de los profesores Gratton y Scott  “La vida de 100 años. Vivir y trabajar en la era de la longevidad”. El ensayo de los docentes de London Business School, editado en 2016, acumula desde entonces premios y excelentes críticas hasta convertirse en un fenómeno a escala global. “The 100-year life” dibuja un futuro cercano en el que viviremos hasta alcanzar la centuria y además no será una maldición sino un regalo. Pero para que esto sea así, los escritores nos sugieren actuar y dejar de procrastinar.

En los últimos tiempos el debate sobre el envejecimiento de la población ha alcanzado tintes cuasi apocalípticos, en buena parte debido a los mensajes relacionados con la sostenibilidad de nuestro modelo de asistencia social. Esta misma semana a la vez que ese bestseller se presentaba en España, los medios de comunicación se inundaban de alarmistas titulares sobre un escenario de pobreza para los pensionistas. De hecho es realmente muy difícil no encontrar en la agenda diaria de los últimos años un informe de un organismo internacional alertando sobre el negro panorama que se cierne sobre nuestros territorios.

Por eso, no puedo estar más de acuerdo con los profesores británicos, en que se antoja imprescindible para gestionar los cambios en la pirámide poblacional dejar de hablar sobre los problemas y riesgos para empezar a poner el acento en las soluciones. La salud y el turismo, las finanzas y los seguros, el urbanismo y la vivienda y hasta el mercado laboral son ámbitos que se transformarán en íntima conexión con la tecnología para adaptarse a la irrupción de la longevidad, abriendo todo una ventana de oportunidad para emprendedores e incumbentes además de para los territorios que hagan esa apuesta. Por ello Mapfre y Deusto Business School acuñaron el año pasado el neologismo Ageingnomics para resumir una visión constructiva y abierta a las oportunidades económicas en torno al envejecimiento demográfico.


La longevidad entendida como el fenómeno de alcanzar edades avanzadas es muy reciente. Existen sólidos indicios de que se originó a principios del siglo XIX en Europa. De hecho la esperanza de vida en el mundo se mantuvo constante en la cifra de 31 años durante 8.000 generaciones. En Suecia en el año 1800 la esperanza de vida al nacer era de 32 años. No obstante en los albores del siglo pasado la mejora en las condiciones de los alumbramientos y las vacunas supusieron el inicio de una reducción drástica de la tasa de mortalidad infantil y por tanto el inicio de la actual longevidad. Según las estimaciones de la Organización Mundial de la Salud la esperanza de vida a nivel global ha venido creciendo desde 1950 hasta el año 2000 a un ritmo de más de tres años por cada década. A partir de entonces  y hasta el 2015 se ha incrementado en una media de cinco años. Ya se habla sin temor a equivocarse que la mitad de los niños que nacen hoy en España vivirán más de 100 años. Pero, por si acaso el lector ve esto muy lejano, recientes investigaciones nos confirman que uno de cada dos cuarentones europeos viviremos hasta los 95 años.

La longevidad cambiará el mundo tal y como lo conocemos y propiciará la aparición de nuevas industrias vinculadas al ocio y la salud pero también unas nuevas finanzas o un nuevo urbanismo (hoy,  dos de cada tres viviendas por ejemplo, no son accesibles)  que bien aprovechadas pueden generar importantes oportunidades económicas.

Además surgirá un nuevo orden social que sustituirá al obsoleto de las tres etapas vitales de Modigliani: aprendizaje, trabajo y jubilación. La edad de retiro se fijó hace más de un siglo y sigue en los 65 años. Entonces la supervivencia más allá de los 65 años era de apenas 8 años, hoy en España estamos cerca de 20 años. En apenas diez años, esa supervivencia superará los 30 años es decir casi la vida laboral completa de un millennial. Surgirá, por tanto, una nueva etapa vital entre la jubilación de hoy y el retiro definitivo -que muchos científicos lo sitúan en un umbral dinámico de 15 años antes de la esperanza de vida, es decir hacia los 80 años si es que vivimos en el entorno de los 100. Una etapa en la que compatibilizaremos trabajo y ocio, no solo para mantener unos ingresos sino para seguir siendo y sintiéndonos útiles.

El reto es inmenso y ha de comenzar por poner el foco en esos millones de habitantes del mundo que ya tienen más de 65 años. Según la OCDE en 2050 un grupo de países entre los que están España, Portugal, Japón y Corea, el 40% de la población tendrá más de 65 años. Una tarea para la que estamos llamados todos para superar la perorata de la juventud, que monopoliza las noticias o las campañas de publicidad. Aunque sea por puro pragmatismo, algunos de esos expertos en marketing deberían recordar que hoy el 40% del consumo mundial lo realizan los mayores de 65 años. Hace unos días el gerente de un hospital andaluz recibía por parte de una corporación una generosa propuesta de donación para montar un parque infantil, pero tuvo que rechazar no sin antes recordarle al directivo que la mayoría de sus pacientes son septuagenarios y ninguna empresa se acuerda de ellos.


Un primer paso es empezar a llamar a las cosas por su nombre. Para la Real Academia de la Lengua Española, la palabra longevidad viene del latín longus –largo- y aevum -tiempo- y es la cualidad para vivir mucho tiempo. Envejecimiento, en cambio  es la acción de volverse deslucido o estropeado. Tenemos la suerte de vivir en el segundo país del mundo con mayor esperanza de vida al nacer, además nuestro sistema público de salud, ayudado  por la cada vez más extendida vida activa y equilibrada dieta,  nos permite cumplir años con calidad de vida. No seremos viejos más tiempo, sino jóvenes más años. Por ello, para adaptarnos a esa nueva sociedad con la pirámide poblacional invertida repitan conmigo: sí a la longevidad, no al envejecimiento.

miércoles, 14 de febrero de 2018

La inmediatez irrumpe también en la universidad


(este artículo se publicó originalemente el 13 de febrero de 2018 en  el periódico El Economista)


Hace ya dos años que Amazon anunció un sistema de reparto premium en Madrid mediante el cual en menos de una hora desde el pedido online el producto estaría en tu casa. Atrás quedaron los tiempos en que encargabas un producto en la tienda de tu barrio y habías de esperar un mes para recibirlo. La rapidez es algo con lo que ha convivido desde que nacieron los jóvenes que se incorporan a la universidad, son la llamada generación z. Descargas online inmediatas, velocidad de navegación inaudita o conversaciones simultaneas con varios amigos es lo normal para estos universitarios. El gigante de la distribución, Amazon, nace precisamente el mismo año que esta cohorte de edad, en el 1994. El hoy líder indiscutible del comercio minorista ha visto como los nuevos universitarios asumieron con naturalidad la entrega en el día. También cómo los millennials, hace un lustro, consideraron un triunfo poder disponer de cualquier producto del mundo en menos de dos semanas en su casa. Pero el fundador de la tienda en línea, Jeff Bezos, formó parte de una generación, la x, que estaba acostumbrada a solo poder comprar lo que se vendía en el supermercado de su ciudad y que exclusivamente gracias a un amigo viajero podía disponer un par de veces al año de algún producto exótico. Pasar del reparto en un año a en una hora es algo que hay que tener en cuenta para entender como la educación superior ha de responder al reto de la inmediatez.

Hace unos meses varios profesores de las universidades de Deusto, ICADE, ESADE y Loyola se juntaron en Madrid en un seminario sobre las nuevas generaciones de alumnos. Algunas de las cuestiones que se comentaron eran por ejemplo la exigencia de los estudiantes a los profesores de respuestas rápidas a sus dudas, de mayor velocidad en la corrección de los trabajos y los exámenes así como poder agendar tutorías presenciales con los docentes con apenas unas horas de antelación. Da igual que el docente tenga 10 o 300 alumnos, o que imparta varias asignaturas en varios cursos, los z quieren la velocidad de internet, la rapidez de Amazon en todas las facetas de su vida. Hoy el reto para la educación superior es superar el estupor ante estas demandas para usar la tecnología como herramienta que mejore la conexión entre estudiantes y alumnos antes de que sea demasiado tarde. Por suerte la madurez de la tecnología nos permite hoy afrontar ese desafío con garantías; de hecho, las universidades que no lo hagan desaparecerán.

Deusto Business School ha emprendido esta aventura adaptando temarios, formatos y hasta soportes a su enseñanza ejecutiva. Programas sobre big data, cibeseguridad, fintech o hasta sobre blockchain se han convertido en las nuevas estrellas de la señera universidad vasca frente a los clásicos MBAs. Nuevos cursos de posgrado con menos horas presenciales pero más contenido online y más pegado a la actualidad nos anuncian el auge de los llamados programas blended. Además la irrupción de nuevas formas de enseñar, como la clase invertida o flipped classroom nos enseñan el camino para seguir innovando en la educación superior.

El teléfono necesitó 75 años para alcanzar los 100 millones de usuarios, el móvil en cambio apenas necesitó 16 años. Internet logró esos usuarios en siete años y Facebook solo precisó de cuatro años. Instagram lo hizo en dos pero Candy Crush en solo uno. Esa rapidez para crecer tiene una doble cara, que es la increíble velocidad también para desaparecer. Que nadie lo olvide en un sector como el universitario que aun con más de 700 años de vida puede desaparecer de un plumazo.

Iñaki Ortega es doctor de economía y director de Deusto Business School

martes, 13 de febrero de 2018

La arruga, para las empresas, no es bella

(este artículo se publicó originalmente el 12 de febrero de 2018 en el diario La Información dentro de la columna #serendipias)

El 17 de enero de 1979, el mismo día que cumplía 50 años, Ricardo recibió una llamada del accionista de referencia de la empresa de la que era Director General, en la que se le despedía. Tras una exitosa carrera como directivo de multinacionales, Ricardo se encontró con cuatro hijos, sin trabajo, en un país en crisis que destruía empleo y deslocalizaba inversiones. Consultó la indemnización a la que tenía derecho, la sumó a sus ahorros y con esa información juntó a toda su familia esa misma tarde en su casa de Barcelona para decirles que a partir de ese momento todos serían vendedores porque iban a crear su propia empresa.

La aventura emprendedora del cincuentón catalán poco tenía que ver con el sector en el que había trabajado hasta entonces, la alimentación, de hecho solo le sirvió un pequeño detalle al final de sus 30 años de experiencia en esa industria. Ricardo, en aquella fría mañana de enero de finales de los 70, se despidió uno a uno de los operarios de la empresa de hidrolizados de proteínas que acababa de darle el finiquito. Estrechando las manos de los empleados que manipulaban las proteínas surgió la serendipia. La piel tan suave e hidratada de las manos de todos y cada uno de esos trabajadores, con independencia de su edad y condición,  le llevaron a pensar que los activos que manipulaban debían tener algún beneficio para la piel. Acabó por darse cuenta de que lo que había que hacer era romper la cadena de la proteína consiguiendo que los aminoácidos mantuvieran sus proporciones. Con ayuda de unos amigos médicos aplicaron esos activos a una base de crema e hicieron unas pruebas ciegas con 500 personas en el hospital Vall d’Hebron. Todos esos voluntarios que participaron en el experimento mostraron su plena satisfacción por una piel nutrida y sin arrugas como nunca antes habían tenido lo que llevó a Ricardo Fisas Mulleras a crear, la hoy multinacional de la estética, Natura Bissé. Hoy la empresa  tiene filiales en Estados Unidos, México, Emiratos Árabes Unidos y Gran Bretaña, y  opera en más de 35 países, exporta el 80% de su producción, tiene 500 empleados y una facturación millonaria. Líder en el sector de la cosmética de alta gama, está presente en los mejores hoteles, grandes almacenes y centros de belleza del mundo hasta Beyoncé ha dedicado una canción a sus cremas y su poder anti arrugas. Pero nada de esto hubiera sucedido sin esa chispa que surgió de un casual roce de manos en una triste mañana de enero.

En la historia de Ricardo Fisas, al que tuve la suerte de conocer, hay casualidad pero sobre todo causalidad. Ricardo se educó en los jesuitas y ejerció como tal hasta los treinta años, en los que abandonó la orden para casarse y fundar una familia. Gracias a su manejo del inglés y sus dotes de liderazgo, dedicó las siguientes décadas de su vida a trabajar y viajar por el mundo con multinacionales de la alimentación. Su humanismo a la hora de dirigir esas empresas le permitió tejer una red de amigos que en el momento que pierde su trabajo se convierte en el mejor aliado para crear y escalar su emprendimiento. La clarividencia de Fisas al optar por arriesgar sus ahorros en lugar de buscar trabajo por cuenta ajena, tiene su explicación en su contacto con los mercados internacionales. El mundo de los negocios desde 1973 padecía el alza del precio de petróleo, pero no así España que en plena transición política no podía permitirse el coste político de ajuste alguno y trató de evitarlo con actuaciones de política monetaria hasta que en el mismo año que despiden a nuestro protagonista, 1979, la crisis irrumpe con toda su crudeza en nuestro país. Nadie hubiese contratado a ese ejecutivo en paro, y él lo sabía, pero arriesgando sus ahorros y los de sus amistades no solo consiguió empleo sino pasar a la historia de la empresa española. El resto de la vida de Ricardo Fisas hasta que muere en 2012 en un accidente de tráfico con 83 años puede leerse en su autobiografía “Pinceladas de una vida” editada un año antes de su fallecimiento. Tampoco es casualidad que los últimos años de su vida los dedicase a su fundación para ayudar con microcréditos a mujeres en Bolivia o creando productos de cosmética para enfermos de cáncer.

Hoy no cabe más que frotarse los ojos cuando vemos que empresas de todo sector y en todo el mundo siguen prejubilando a sus empleados con cincuenta años. Perder el talento de personas de la edad en la que Fisas o el fundador de la empresa suiza de relojes Swatch crearon sus empresas, no parece muy lógico y menos en un país como el nuestro que está a la cabeza del mundo en esperanza de vida, para la OMS,  pero también con uno de los sistemas de pensiones, según la OCDE, más insostenible. Parece, ironías de la vida, que la única enseñanza aprendida de la trayectoria de Ricardo Fisas por parte de muchos presidentes de compañías que despiden o no contratan a mayores de 50 años es que la arruga no es bella.

jueves, 8 de febrero de 2018

La princesa Leonor y su generación


(este artículo se publicó originalmente el 5 de febrero de 2018 en el diario La Información dentro de la columna #serendipias)


Llevo un tiempo escribiendo sobre las generaciones y su influencia en el mundo de la empresa. Como es sabido una generación es un grupo de personas que por nacer en una misma época tuvieron unos influjos culturales y educativos similares que les lleva a comportarse de un modo diferente. En el año 2014 publiqué el primer libro en castellano sobre los millennials, los jóvenes que se hicieron mayores con el nuevo milenio también conocidos como la generación y. Los millennials revolucionaron el mundo del marketing con su frustración y rebeldía ante lo establecido. Desde hace dos años un equipo de Deusto Business School y Atrevia ha investigado otra generación, los chicos y chicas que se educaron con internet en sus hogares, el resultado llegó a finales del año pasado cuando presentamos el libro generación z, una guía práctica para entender a esta cohorte de edad. En breve le tocará el turno a los babyboomers porque sin duda la longevidad es uno de los asuntos más trascendentes para los próximos años y esa generación que no se jubilará a los 65 años, está llamada a ser protagonista de inéditos cambios económicos pero también sociales.

Para el firmante de esta columna, por tanto, es habitual encontrarse con las generaciones en su día a día durante los últimos tiempos. Pero la semana pasada se sucedieron dos hechos, sin conexión aparente, en los que el término generación inopinadamente fue protagonista que hicieron que la extrañeza y de paso la serendipia apareciesen en mi cabeza y hoy en este artículo.

El  28 de enero, se celebró en todas las universidades y colegios católicos del mundo la fiesta de su patrón, Tomás de Aquino. El pensador y santo italiano del siglo XIII pasó a la historia como doctor de la iglesia entre otras muchas cosas por su estudio de la obra de Aristóteles, hasta entonces considerado incompatible con la fe cristiana. La Universidad de Deusto lo celebró este lunes pasado en Bilbao entregando sus títulos de doctores y estrenando paraninfo después de meses de obras. En las palabras que el rector José María Guibert pronunció ante la comunidad universitaria con menciones a San Ignacio pero también glosando la obra del dominico escolástico, se coló la generación z. Los recién remozados lienzos del paraninfo en los que aparece un Carlos V de Zurbarán si pudiesen expresar su sorpresa seguro que lo harían al escuchar en tan solemne intervención cómo el rector de Deusto recomendó a todos los profesores presentes no esgrimir excusas para no estar en twitter o aprender de la inmediatez y la obsesión por internet de los jóvenes nacidos a partir de 1994, en lugar de proscribirla.

Al día siguiente, 30 de enero, el rey Felipe VI cumplió 50 años y para celebrar su efeméride convocó en el salón de columnas del Palacio Real a los principales poderes del Estado, con los presidentes del Gobierno, Congreso, Senado, Tribunal Constitucional y Tribunal Supremo a la cabeza. Pero no fue un cumpleaños más por muy redonda que fuese la cifra ya que el rey quiso darle una trascendencia especial al imponer el collar del toisón de oro a su hija y heredera al trono, la princesa Leonor. La insigne orden del toisón de oro se creó en 1430 pero fue el emperador Carlos V quien comenzó a nombrar caballeros de la misma entregándoles el collar que esta pasada semana ha recibido la nieta del rey Juan Carlos. “Deberás respetar a los demás, sus ideas y creencias; y amarás la cultura, las artes y las ciencias, pues ellas nos dan la mejor dimensión humana para ser mejores y ayudar a progresar a nuestra sociedad (…) servirás a España con humildad y consciente de tu posición institucional; y harás tuyas todas las preocupaciones y las alegrías, todos los anhelos y los sentimientos de los españoles” fueron algunas de las palabras que el rey pronunció delante de su familia y autoridades. Pero entre esa insigne audiencia un grupo de veinte niños desconocidos llamaba tanto la atención como las palabras del rector vasco el día anterior. Esos niños habían  nacido cerca del año 2005 como Leonor de Borbón y venían de todas las comunidades autónomas. La Casa Real quiso hacer llegar más lejos los consejos del rey a la princesa con la imagen de esos niños y no del collar del vellocino de oro. Con sus 12, 13 y 14 años posaron para todas las cámaras junto a la princesa y acapararon las noticias de medio mundo con su simpatía. Esos chicos y chicas pertenecen a la generación que se ha educado con internet en sus casas y se socializa en las tan criticadas redes sociales. Son la generación z pero la prensa les bautizó como la generación de Leonor.

En Bilbao y Madrid, la generación z en apenas unas horas irrumpió en la formalidad de actos académicos y protocolarios para recordarnos en las palabras que resonaron en el paraninfo deustense y en el palacio real que el amor a la ciencia, la vocación de servicio, la tolerancia y el humanismo no están pasados de moda sino que estos jóvenes y niños los necesitan para crecer en una España donde merezca la pena vivir.


miércoles, 31 de enero de 2018

La buena noticia del bitcoin

(este artículo se publicó originalmente el 29 de enero de 2018 en el diario La Información dentro de la columna #serendipias)




“Cuando los limpiabotas empiezan a invertir en Bolsa es momento de vender todo”. La frase atribuida al mayor millonario de la historia, el empresario del petróleo John D. Rockefeller, ha sido frecuentemente usada para explicar cómo las burbujas económicas son causadas por cientos de miles ciudadanos desinformados invirtiendo equivocadamente.  Lo más parecido a Rockefeller en nuestros días, por lo menos en riqueza, es el viejo inversor Warren Buffet. Precisamente el llamado “oráculo de Omaha” ha manifestado estos días de enero que jamás invertirá en bitcoins y que muy pronto la aventura de la criptomoneda terminará mal.  El primer mandamiento del decálogo de buen inversor de Buffet es “nunca inviertas en un negocio que no puedes entender” así que simplemente ha sido coherente en su reciente ataque contra la moneda virtual.

Las burbujas en economía son procesos especulativos en los que compradores lo hacen aspirando a vender por mucho más.  Rápidamente estas situaciones derivan en inauditas espirales de subida hasta un momento, en el que por alguna razón, hay  ventas masivas pero no compradores suficientes. Es entonces cuando explota la burbuja dejando en la ruina a miles de inversores.

Rockefeller vivió la Gran Depresión que puso fin a una década de euforia conocida como los felices años 20. El jueves negro del año 1929 en Wall Street desató el pánico con millones de órdenes de venta que provocaron el estallido de la burbuja bursátil y la primera crisis global.

 Warren Buffet sobrevivió a la burbuja de internet del año 2000 en la que empresas sin actividad, solo por expectativas, llegaron a tener un mayor valor que grandes corporaciones en sectores industriales como General Motors. La burbuja de las puntocom se pinchó simplemente cuando  se puso frente al espejo a esas compañías sin facturación y claramente sobrevaloradas.

También todos nosotros hemos padecido de alguna manera la crisis inmobiliaria de 2008 bien porque nos hipotecarnos por encima de nuestra posibilidades o bien por tener que sufragar la factura de la mayor recesión de la historia reciente de España.

Casi al mismo tiempo que Rockefeller desde Nueva York nos recordase que  todos podemos ser limpiabotas, en Dinamarca Hans Christian Andersen  escribió su famosa fábula “El traje nuevo del emperador”.  Un rey muy preocupado por su vestuario es convencido por unos embaucadores para comprar una sofisticada y carísima tela que solo podía ser apreciada por las personas inteligentes ya que  para el resto de los mortales sería invisible.  El rey que no quiere quedar como estúpido, a pesar de que no ve vestido alguno, sale a desfilar por la capital de su reino con el imaginario vestido. El pueblo que conoce el origen del vestido y que no quiere parecer necio tampoco dice nada hasta que un niño grita que el rey va desnudo. En ese momento el rey y el pueblo se dan cuenta del engaño dando por finalizado el desfile.


Estos días hemos visto como las caídas de la valoración del bitcoin continuaban alcanzando ya un 40% frente a su meteórico ascenso del 1300% en el 2017. No solo Buffet sino también la CNMV y la SEC han alertado de su peligro y hasta algunas sociedades de inversiones han puesto en marcha corralitos para evitar males mayores con las inversiones en criptomonedas. Todo nos empieza a recordar a esas burbujas que acabamos de mencionar. Pero esta vez los limpiabotas no vamos a necesitar un niño como el cuento de Andersen que nos haga ver la cruda realidad. No será preciso esperar a que la sobrevaloración reviente las costuras del mercado y que la explosión  arrase con todo. Soy optimista y mi esperanza reside en que esta vez detrás de las burbujas hay mucha curiosidad. Ningún comprador en los años 90 quiso saber qué tecnología había detrás de la rápida construcción de cientos de miles de edificios. Tampoco hubo interés por parte de los accionistas de las puntocom en conocer los protocolos que daban sentido a internet sin los cuales no hubiera habido  nueva economía.  Por supuesto ningún periódico en los años 20 estudió la técnica que disponía la Bolsa de Nueva York para comprar y vender acciones en el día. Pero hoy, en cambio es muy difícil encontrar un directivo, periodista o profesor que no esté estudiando o escribiendo sobre el blockchain. La cadena de bloques, por su término en castellano, es la tecnología que da sentido al bitcoin y otras criptomonedas. Es una gigantesca base de datos distribuida formada por cadenas de bloques que no pueden alterarse lo que permitió crear el bitcoin y otros contratos inteligentes. De hecho todas las grandes empresas del mundo están dedicando recursos a investigar las aplicaciones del blockchain en otros campos como la energía, los servicios profesionales y los seguros además de las finanzas. Casi podríamos hablar de una nueva burbuja pero de conocimiento sobre esta tecnología, pero con una pequeña diferencia que esta vez no será mala sino que nos salvará.

martes, 23 de enero de 2018

Cuatro manzanas y un folio


(este artículo se publicó originalmente el 22 de enero de 2018 en el diario La Información dentro de la columna #serendipias)



La historia de la manzana e Isaac Newton es quizás la serendipia más conocida. El golpe recibido en su cabeza al caer la manzana del árbol le sirvió a Newton para entender que el universo se basa en un juego de contrafuerzas. A petición de varios lectores de esta columna traigo de nuevo a mi reflexión semanal alguna de esas famosas casualidades de las que pueden extraerse conclusiones extraordinarias. Isaac Newton ha pasado a la historia como uno de los científicos más importantes y la manzana por haber ayudado a que el genio inglés desarrollase la teoría de la gravedad. Pero lo que es menos conocido es que era un gran tecnólogo para su tiempo. Fue admirado por sus contemporáneos también por sus inventos y gadgets que desarrolló hasta su muerte. Molinos de viento, relojes solares, carricoches, linternas instaladas en cometas y por supuesto telescopios son algunos de sus experimentos con la tecnología de la época. En las líneas siguientes, inspirados en esa serendipia demostraremos que la manzana de Newton sigue haciendo posible aprender lecciones inesperadas y casuales. 

Si hoy pidiésemos, como en esos test de personalidad que nos hacían en el colegio, una respuesta inmediata a la asociación de dos conceptos como manzana y tecnología, pocos dirían Newton pero en cambio, estará el lector conmigo, que muchos habríamos respondido Apple. La compañía tecnológica con su famoso logotipo de la manzana mordida es el símbolo de la nueva economía con su deseado iPhone en la cúspide. 

Nueva York sería la segunda respuesta más pronunciada. No sólo porque Gran Manzana es la forma de referirse a Nueva York en medio mundo sino porque no se entiende el crecimiento de la tecnología y de sus empresas bandera sin la financiación obtenida en el mercado de valores con sede en Times Square, conocido como NASDAQ. Google, Apple, Facebook  Amazon, los famosos GAFA, consiguieron crecer gracias a la financiación del mercado de valores tecnológico de la gran manzana. 

Se cuenta que el torero El Gallo dijo “Tié q’haber gente pa’tó” cuando le presentaron a Ortega y Gasset como un señor que se dedicaba a pensar. Pues en nuestra particular encuesta seguro que encontraríamos alguien que respondería con la palabra gusano. Gusano es lo que todos nos hemos encontrado alguna vez en una manzana pero también es uno de los malware más temidos en ciberseguridad. 

Estas cuatro posibles respuestas nos permiten avanzar hacia el sentido último  de este artículo. La tecnología ha alcanzado un increíble grado de madurez y financiación sin duda gracias a las empresas citadas que les ha permitido alcanzar beneficios espectaculares y escalar los puestos de las compañías más destacadas. Pero la vez, esa sofisticación de la tecnología apoyada en esas corporaciones está creando problemas que no habríamos imaginado en la peor de nuestras pesadillas. La inteligencia artificial, los dispositivos conectados, el coche autónomo o el blockchain están dando lugar a inéditos conflictos y violaciones de derechos. El ciberacoso, la ciberguerra, el cibercrimen, las ciberadiciones,  las fakenews y la posverdad han irrumpido paralelamente a la demanda de nuevos derechos como el derecho al olvido, el derecho a la neutralidad de la red, el derecho a la muerte digital o el derecho a la inviolabilidad de los dispositivos.

A lo largo de la historia cada impulso relevante en la defensa de los derechos humanos ha surgido como respuesta de la sociedad civil a manifiestos abusos del poder. Ante la monarquía absolutista, la declaración de derechos de Virginia del año 1776 o la declaración de derechos del hombre y la ciudadanía en Francia en 1789. Ante el auge de los totalitarismos la declaración universal de los derechos humanos de la asamblea de naciones unidas del año 1948. Ahora ante el auge exponencial  de tantas violaciones de derechos en el mundo digital a qué esperamos para actualizar esa lista e incluso para incluir nuevos derechos. Bastaría un folio para poner negro sobre blanco que internet ha traído nuevos problemas y amenazas que impactan en el bienestar del ser humano y necesitamos reinventar el derecho natural. Cuántas manzanas más tienen que caer en nuestras cabezas o en la de nuestros gobernantes para ello.

domingo, 21 de enero de 2018

La letra que mide la alta capacidad

(este artículo fue publicado originalmente el día 19 de enero de 2018 en la revista Claves de Comunicación)

Cada año generamos más contenidos que todos los que se habían creado en 2.000 años de civilización. Recientemente, unos científicos cuantificaron la información disponible. Para medir esa ingente cantidad de información usaron zettabytes. Si no sabes qué es un zettabyte no pasa nada, quédate con que es sinónimo de alta capacidad. El prefijo de los zettabyte coincide con el nombre con el que se conoce a la cohorte de chicos y chicas educados con internet en sus hogares. Es decir, la llamada generación z, los nacidos a partir de 1994, fecha consensuada por los informáticos como el inicio del internet moderno. Irreverentes, inmediatos, son toda una incertidumbre para las marcas y empleadores, pero también para sus padres y profesores. Un zettabyte es un 1 byte seguido de 21 ceros. Está demostrado que a partir de cierta cantidad de ceros nuestra mente es incapaz de poner en perspectiva una cifra tan elevada. Si no entiendes los zettabytes pero tampoco a tus colegas de trabajo y clientes más jóvenes te animamos a que leas nuestro nuevo libro sobre la generación z.

“Nunca consideres el estudio como una obligación, sino como una oportunidad para entrar en el mundo del saber”. La frase, atribuida a Eisntein, no fue nunca tan cierta como con la generación que ha dejado antiguos a los millennials. Los chicos y chicas que hoy tienen veinte años no han considerado la tecnología como una asignatura, a diferencia de los que superamos la treintena. Para ellos, los conocimientos técnicos en programación, por citar un ejemplo, no suponen una obligación sino una expresión del mundo en el que se desenvuelven desde que tienen uso de razón. Si quieres comunicarte con ellos has de hablar su idioma, y su idioma hoy es la tecnología. Los expertos insisten en que entre 2030 y 2050 la ficción se hará realidad y la inteligencia artificial superará al ser humano. La automatización está penetrando en actividades tan humanas como el razonamiento o la percepción, desplazándose, por tanto, desde el sector manufacturero al de servicios. El blockchain dejará sin trabajo a los notarios. Los chatbots están ya vaciando de personal los departamentos de atención al público. La impresión aditiva cambiará la vida de las factorías. Por ello y volviendo al principio de esta brve reflexión basta con que recuerdes que zettabytes es una medida para almacenar datos y que además sus primeras letras son el apelativo con el que se conoce a una nueva generación. Ambos, esa medida y esos jóvenes son sinónimos de altas capacidades y ambos no se explican sin la importancia de los cambios tecnológicos. Así que no habrá más remedio que abrazar la tecnología de la mano de la nueva generación de clientes, empleados y ciudadanos.

Nuria Vilanova es presidenta y fundadora de ATREVIA

Iñaki Ortega es profesor y director de DEUSTO BUSINESS SCHOOL