domingo, 12 de abril de 2026

Elefante en la habitación

 (este artículo se publicó originalmente en Business Insider el día 7 de abril de 2026)

(este artículo se publicó originalmente en Business Insider el día 7 de abril de 2026)

Desde que el ser humano se sentaba alrededor del fuego en una cueva, las historias y los cuentos le han acompañado como las herramientas más potentes para trasladar conceptos complejos. Mucho antes de la imprenta, la radio, la televisión o las redes sociales y encima han sobrevivido a todas ellas. Prueba a contar una historia y verás como se recuerda frente a cualquier presentación corporativa o hasta personal que se olvida inmediatamente o, peor aún, siquiera se presta atención. En cambio, las historias son poderosas. Los anglosajones, tan dados a inventar conceptos sintetizados en una única palabra, lo han llamado storytelling y es la herramienta que cualquier CEO ha de dominar. Pero no basta con contar una historia cualquiera, si no serás un cuentista en su peor acepción del diccionario. Hay que atreverse a contar lo que verdaderamente importa, ser valiente para prepararse ante las verdades incómodas.

Miles de años después de que se acuñaran, algunas historias siguen siendo igual de útiles para explicar lo que preferimos ignorar o lo que nadie se atreve a decir. Entre esos cuentos que atraviesan culturas y siglos está el del elefante en la habitación, un paquidermo que todos ven y nadie tiene arrestos de reconocer.

Al parecer su origen está en la India antigua, cinco siglos antes de Cristo. En un cuento budista, varios hombres ciegos tocan distintas partes de un elefante y cada uno describe una realidad distinta: una serpiente -por la textura de la piel- una columna -por la fortaleza de las patas-, un abanico -por las grandes orejas- o una lanza -por el puntiagudo cuerno-. Ninguno miente, pero tampoco acierta. La enseñanza del cuento es que la verdad puede estar delante de nosotros y aun así no verla completa. Esa imagen viajó durante siglos desde Asia a Rusia, de ahí al Reino Unido documentándose en sus respectivas literaturas hasta transformarse gracias a un periódico de Nueva York en la expresión que hoy todos conocemos: “el elefante en la habitación” Con ella se describe una verdad evidente, incómoda o problemática que todos ven, pero nadie quiere mencionar. Su fuerza está en la imagen, algo tan grande como un elefante sería imposible de ignorar salvo que uno prefiera hacerlo deliberadamente.

En el mundo corporativo, los elefantes suelen ser problemas estratégicos, tensiones internas, decisiones aplazadas o riesgos reputacionales que se esconden bajo la alfombra esperando que desaparezcan solos. Nunca lo hacen. Un CEO que no afronta sus elefantes está condenado a tropezar con ellos en el peor momento. Llegará un consejo de administración, una entrevista con un medio de comunicación o una crisis y por no haber reconocido a tiempo ese elefante no sabrá qué decir...lesionará inevitablemente su futuro como primer ejecutivo. En todos los despachos de los consejeros delegados debería haber una pizarra con los elefantes de la empresa y los argumentos para contrarrestarlos. La audacia de reconocerlos será premiada cuando lleguen los malos tiempos, que llegarán, porque nadie puede esconder un elefante, y menos en los tiempos que nos ha tocado vivir.

Hay más historias, que también superan varios siglos, que redundan en el mismo concepto, lo que demuestra que desde siempre el hombre ha estado preocupado por la necesidad de la audacia y de atreverse a decir la verdad. El genial escritor danés Hans Christian Andersen escribió en 1837 un cuento titulado “El traje nuevo del emperador”. Un presumido monarca buscando siempre los mejores tejidos para sus vestidos, es engañado por unos comerciantes que le ofrecen una tela tan ligera y delicada que solo las mentes más sofisticadas pueden verla. Le cobran un dineral por nada, ya que le hacen creer que el tejido es invisible a ojos necios y en realidad no hay tela alguna.

Un día desfila convencido de llevar un traje magnífico, cuando en realidad va desnudo, mientras todo el mundo calla por miedo a pasar por gañanes al no apreciar el delicado material. Hasta que un niño dice lo obvio, “el Rey va desnudo” y toda la muchedumbre comienza a reír. Una recordable imagen del peligro de dejarse llevar por lo que todo el mundo piensa y por la cobardía de no reconocer un problema que es obvio. La audacia del niño es una potente metáfora de cómo el CEO en una empresa no puede abandonar la ingenuidad del primer día para acabar convirtiéndose en el Rey del cuento cegado por el ego y la soberbia del poder corporativo. Al mismo tiempo, emplaza al primer ejecutivo de la compañía a contar con equipos honestos que no teman decirle que está desnudo por miedo a echar por tierra sus carreras.

Estas historias, tan distintas en origen y época, comparten una misma enseñanza: la verdad permanece, aunque nadie quiera verla. Y en un mundo donde la comunicación es tan estratégica como las finanzas, los líderes no pueden permitirse ignorar. Un CEO que quiera ejercer un liderazgo audaz debe conocer sus elefantes —los propios y los de su empresa— antes de que lo hagan los periodistas, los reguladores o los mercados. Debe anticipar las preguntas incómodas, no temerlas. Debe escuchar y agradecer a quien se atreve a señalar las evidencias, incluso cuando duelan.

Porque las organizaciones no tropiezan por la coyuntura, sino por no encarar la verdad de cada momento. Y la verdad, como los elefantes, ocupa mucho espacio. Solo los líderes audaces se atreven a nombrarla como el primer paso para vencerla.

Iñaki Ortega es doctor en economía en UNIR y LLYC

viernes, 3 de abril de 2026

Monstruos

 (este artículo se publicó originalmente en el periódico 20 Minutos el día 30 de marzo de 2026)

Imagínate. Tienes cerca de cincuenta años y éxito. Todo el mundo habla de ti y trabajas en lo que te apasiona. Un día caes enfermo y te quedas sordo de por vida. Para colmo en tu país las ideas de libertad empiezan a flaquear. Es en ese momento cuando Goya escribe esta frase: “el sueño de la razón produce monstruos”. El artista aragonés quería describir así los cuadros que estaba pintando en 1799. Un mundo luminoso y optimista que no acaba de morir -el que le había llevado a triunfar- y otro mundo que no terminaba de nacer, -el de una cercana guerra civil -. No es el primero ni el último genio que ha usado esta metáfora de los monstruos para referirse al ser humano en los momentos de cambio. Hobbes y el viejo adagio latino del hombre es un lobo para el hombre a las puertas de una contienda en el Reino Unido allá por el siglo XVII. Porque cuando las normas dejan de aplicarse o la razón no puede con las pasiones, aparecen esos monstruos. Da igual la educación, no importa el sentido común o hacer las cosas bien, solo vale el odio y el interés personal.

Monstruos hay muchos en este momento que estamos viviendo. Por supuesto. La guerra, las crisis, la polarización los genera a mansalva. Basta y sobra con ver las noticias y los identificarás fácilmente, aquí y en todo el mundo. Pero quiero hablarte de un monstruo que conozco bien y que está más fuerte que nunca. Quizás al ser joven no sepas de que te hablo o por no ver el engendro cerca de ti igualmente te sorprenderá. Es el monstruo del asesinato. Sí, porque no puede calificarse de otra manera cuando algunos se empeñan en poner el terror en la cúspide de los valores de una sociedad. Me explico: España venció a la banda ETA hace más de una década, los asesinos acabaron con sus huesos en la cárcel, tras ser juzgados con todas las garantías. Y la democracia permitió que las ideas de sus seguidores pudiesen defenderse siempre que respetasen la legalidad. Hasta ahí todo bien, pero como Goya y Hobbes alertaron llegaron los tiempos en que se oscureció la razón, la ley o la ética. El brazo político de los terroristas se convirtió en un partido con votos suficientes para condicionar la gobernabilidad de España. “Presos por presupuestos”. Dicho y hecho, los encarcelados empezaron a salir de las prisiones sin cumplir su condena, ni arrepentirse y mucho menos colaborar en que se aclarasen sus crímenes. Se buscaron vericuetos en la ley para obtener beneficios penitenciarios y hasta los más sanguinarios asesinos se fueron acogiendo a permisos administrativos, concedidos por los mismos que necesitan sus votos.

Si era monstruoso ver a los asesinos paseando libremente por las calles de donde habían matado, es ya una película de terror lo vivido estas pasadas semanas. Una carrera popular para niños y familias que defiende el uso de un idioma vernáculo, se convierte en una homenaje al tiro en la nuca. Y nadie dice nada. La marcha popular protagonizada por estudiantes es encabezada en varios pueblos por los excarcelados terroristas. Sí, el mismo que mató a bocajarro; el que escondió en su maletero a un vecino para matarle en vida en un infame secuestro; el que guardaba en casa explosivos para hacer saltar por los aires un coche con jóvenes o el que informaba de las rutinas de un concejal para ser posteriormente ejecutado, es jaleado como un héroe del pueblo delante de todos esos niños. Aquí y ahora. Año 2026. Monstruoso.
Iñaki Ortega es doctor en economía en UNIR y LLYC