viernes, 20 de marzo de 2026

Sacar petróleo

(este artículo se publicó originalmente en el periódico La Información Económica el día 24 de marzo de 2026)

El petróleo ha sido siempre el oro negro. Ahora también, en este contexto de guerras e intervenciones en Irán y Venezuela, pero también desde hace más de cien años. En la segunda revolución industrial cuando comienza a sustituirse el carbón por el petróleo, se convierte en el material más preciado. Una riqueza igual que el oro, pero en color negro y además milagrosa porque salía del suelo, de debajo de las piedras. El petróleo permitía sacar prosperidad donde no había nada, un desierto -el Golfo Pérsico- o un terreno árido texano.

Por eso en España usamos la expresión “sacar petróleo de las piedras” para referirnos a esa habilidad de convertir lo improbable en ventaja. Con el tiempo se ha reducido el modismo a “sacar petróleo”. Resume muy bien como en ocasiones, por suerte o casualidad, con poco esfuerzo se consigue un gran resultado. Es una expresión que ha triunfado, por ejemplo, en el fútbol, la mezcla de talento y picaresca de un jugador le puede permitir marcar un gol tras un mal control del rival. También en la teoría económica tiene sentido cuando se estudian los empresarios conocidos como oportunistas o ventajistas que transforman un fallo de mercado en un rentable modelo de negocio.

Imposible estos días no seguir el precio del petróleo con la crisis del estrecho de Ormuz, pero la frase hecha que titula este artículo me ha venido a la cabeza tras las elecciones de Castilla y León. El PSOE ha sacado petróleo, los que odian a Vox también y de paso el PP ha encontrado crudo. Por una serie de circunstancias -hay quien se ha atrevido a llamar carambolas- el PSOE ha conseguido dos representantes más en las Cortes de Castilla y León. Sin quitar ni un ápice al mérito del candidato socialista de lograr un escaño más en su Soria natal, la coincidencia con la inopinada guerra de Irán le supuso el otro diputado a costa de dejar sin representación a la izquierda del PSOE. ¡Petróleo! Al mismo tiempo el PP se beneficia de la decisión del partido de Alvise de presentarse a las elecciones castellanas y con ello restar votos a Vox para frenar su imparable ascenso de los últimos meses. Por supuesto que el resultado del PP es potente, subir en votos y porcentaje después de cuatro décadas de gobierno, pero el freno de Vox es algo que no esperaba y que la irrupción de SALF apuntaló. ¡Más petróleo!

Donde no hay casualidades es en la economía global. La guerra en Irán ha inhabilitado el paso del estrecho de Ormuz de modo y manera que la oferta de crudo se ha reducido drásticamente. Un estrecho de apenas 54 kilómetros por donde circula una quinta parte del petróleo mundial. De ahí la subida del precio del hidrocarburo ante el eventual desabastecimiento que rápidamente se ha trasladado a la inflación. Una más que creíble amenaza de crisis global con cientos de miles de empleos en juego. Pura teoría del caos: un aleteo de una mariposa en un extremo del planeta provoca un huracán en las antípodas.

Pocas metáforas son tan literales como la que hoy protagoniza Oriente Medio, donde sacar petróleo no es una expresión, sino el centro mismo del tablero global. La crisis en Irán ha devuelto al mundo a una realidad que parecía superada: la dependencia extrema del crudo, en plena era de las energías renovables. Cada vez que la tensión aumenta en esa zona, los mercados tiemblan. Las consecuencias económicas se sienten de inmediato. Europa, que aún no ha terminado de digerir la crisis energética derivada de la guerra en Ucrania, vuelve a comprobar su vulnerabilidad. Y para colmo los bancos centrales occidentales, que empezaban a ver la luz al final del túnel de la inflación, temen que un repunte del coste de la energía retrase la normalización monetaria.

Pero si alguien ha sacado petróleo en esta guerra es Rusia que ha visto como el embargo a su producción de crudo se ha levantado por parte de Estados Unidos para permitir que esa nueva oferta limite la subida de los precios. Ucrania y Europa debilitadas por arte de birlibirloque. Literalmente los rusos han sacado petróleo y de paso dado sentido a la expresión castellana. En un mundo interdependiente, donde un estrecho a miles de kilómetros puede encarecer la factura de la luz en Madrid, la clave ya no es solo sacar petróleo de las circunstancias, sino evitar que otros lo hagan a costa nuestra. La crisis de Irán nos recuerda que la energía y la seguridad siguen siendo los grandes factores de poder del siglo XXI y que, mientras no completemos la transición hacia un modelo más diversificado y sostenible, y al mismo tiempo dispongamos de recursos para nuestra defensa y soberanía industrial seguiremos viviendo pendientes de un lejano pasaje en manos de fanáticos. Los resultados de las elecciones castellanas, en cambio, exigirán esperar a la cita con las urnas en Andalucía para poder sacar lecciones y comprobar si las casualidades son causalidades. Habrá que tener paciencia para ver quién saca de verdad petróleo, además de Rusia.

Iñaki Ortega es doctor en economía en UNIR y LLYC

lunes, 16 de marzo de 2026

Pertrechados

(este artículo se publicó originalmente en el periódico 20 Minutos el día 16 de marzo de 2026)

Ahora que las guerras han vuelto a nuestra vida y por lo que parece también a nuestro bolsillo, es conveniente recordar el vocabulario bélico. Los pertrechos son el armamento y otros instrumentos militares de los ejércitos. El origen de la palabra se pierde en el tiempo, pero lo que ha ido cambiando es su uso. En la Edad Media los pertrechos eran las máquinas de asedio a los castillos como las catapultas. Con la llegada de la pólvora, pasó a referirse a la munición y las armas de fuego. Hoy en día, el término es sinónimo de logística militar y abarca todo lo que un ejército necesita para operar, desde chalecos, cascos, visores nocturnos y herramientas electrónicas a alimentos, agua o tiendas de campaña.

Y como muchas palabras de nuestro idioma evolucionó para acabar siendo sinónimo de utensilios imprescindibles, de hecho, se habla de los pertrechos de pesca o de viaje para hablar de una caña, el cebo o bien un neceser o un cepillo. Pero aún hay más.

Ante la sucesión de guerras que nos está tocando vivir no va a haber más remedio que tener que pertrecharse todos y cada uno. Abastecerse de las herramientas necesarias para hacer frente a tanto estruendo. Y no me refiero a tener un casco o una metralleta en casa, tampoco a comprar por internet un dron para defender nuestro salón de un misil, sino a algo más mundano. Las guerras, sean en Ucrania o en Irán, atacan nuestro bolsillo. Sus consecuencias no son tan inmediatas y ruidosas como un bombardeo a Kiev o a Teherán, pero a medio plazo pueden ser devastadoras, por silenciosas y punitivas. La subida de precios causada por la interrupción del comercio internacional es sigilosa y se traslada a nuestra economía familiar con una cesta de la compra encarecida. La reducción de la oferta global de petróleo, siguiendo las leyes de mercado, causa alzas de los combustibles sólidos que permiten el funcionamiento de la economía y nuestra movilidad. Por eso ante el auge de los costes, las empresas reducen gastos, trasladando ese ajuste al flujo económico causando pérdidas en sus proveedores y a medio plazo despidos en todas esas compañías.

Los pertrechos para un país ya sabemos que suponen dotarse de un ejército que te proteja, pero esos utensilios de guerra para una familia normal serán otros. Por ejemplo, dejar para más adelante ese viaje o un capricho que te ibas a dar y así ahorrar ante lo que venga. Cuidar más que nunca tu puesto de trabajo ante previsibles ajustes de empleo. Estudiar para estar preparado ante eventuales crisis en tu sector o incluso país, que te hagan moverte a otros desempeños o geografías.

Y no solo eso. Hemos de pertrecharnos con valores que nos protejan de lo que siempre acompaña a la guerra: odio, sectarismo y más violencia. La única manera de protegernos y no contagiarnos del aullido, el señalamiento o la pancarta es la tolerancia, el diálogo y la mente fría. Sin renunciar a tus principios, pero sin caer en la trampa de acabar considerando como enemigo al que no piensa como tú. Pertrechados en la convivencia y en el Estado de Derecho para no caer en una trinchera de la que no se sale bien jamás, en la guerra o en tu ciudad. 

Iñaki Ortega es doctor en economía en UNIR y LLYC

martes, 10 de marzo de 2026

El discurso del ascensor

 (este artículo se publicó originalmente en la revista Business Insider el día 10 de marzo de 2026)

Por estos lares las conversaciones de ascensor son charlas intrascendentes sobre el tiempo atmosférico para ocupar silencios incómodos en un reducido espacio. Pero poco a poco y por la influencia americana el discurso del ascensor ha pasado a ser una forma de captar la atención que haga posible seguir hablando cuando se acabe el trayecto. Es curioso aquí esas palabras cruzadas en el ascensor son irrelevantes y en países con una mayor tradición emprendedora una oportunidad que puede cambiar el destino. Cuánto qué aprender.

No hay unanimidad al respecto de cuándo empezó a usarse el término de discurso del ascensor como técnica de persuasión en el mundo empresarial. Algunos hablan de Nueva York en los años 90 con trabajadores que eran incapaces de hablar con sus jefes para transmitirles sugerencias o nuevos proyectos. La ocupada agenda de esos directivos o simplemente la pereza por la cita con el empleadillo, hacía que la reunión para conocer las propuestas del subalterno de turno nunca llegase a producirse. Hasta que un día, no se sabe si por un encuentro fortuito o buscado por el avispado empleado, coincide en el ascensor con CEO. En ese momento el meritorio aprovecha los escasos segundos de una planta a otra para lanzarle la idea. Por supuesto lo hizo de una manera rápida y lo suficientemente atractiva para despertar la atención del jefazo y éste acabó dándole una cita para conocer mejor esa brillante ocurrencia.

Otra teoría sitúa en el cambio de siglo con el auge de las empresas tecnológicas en Silicon Valley, el éxito de este discurso como una herramienta comercial. En el boom de internet, la competencia por conseguir inversión de los fondos era feroz. Los mejores talentos del planeta competían por conseguir levantar fondos para sus startups. Se cuenta que los emprendedores, desesperados por captar la atención de inversores extremadamente solicitados, los emboscaban literalmente en los ascensores de sus oficinas en Sand Hill Road, conocido como el epicentro del capital riesgo. Da igual si era en un ascensor, la cola del supermercado, la barra de un bar o el gimnasio, la probabilidad de coincidir un inversor con un emprendedor era altísima en ese valle entre San José, Cupertino y Palo Alto. 

En esos fugaces encuentros, de no más de treinta segundos, el emprendedor tenía una irrepetible oportunidad para soltar su idea. Si no lograba generar interés antes de que se abrieran las puertas del ascensor o el inversor se fuese con su cerveza, perdía la oportunidad de financiación y de que cambiase su vida. Por eso además de agudizar el ingenio para encontrar una gancho con el que llamar la atención, había que ensayar mucho esa presentación para que cuando el encuentro se produjera el discurso fluyera como si fuese espontáneo. De modo y manera que el discurso del ascensor llegó a convertirse en todo un rito de iniciación. No se trataba sólo de una técnica de ventas, sino de una prueba de fuego, si no podías explicar tu modelo de negocio de forma sencilla y rápida, los inversores asumían que no tenías las ideas claras o que tu proyecto era demasiado complejo para ser rentable. Y era mejor que te dedicases a otra cosa o cogieses el billete de vuelta a tu casa.

Ahora sigue siendo aplicable, por mucho que estemos a 10.000 kilómetros de distancia de Silicon Valley o no seas emprendedor ni busques financiación para una idea de negocio. Saber presentarse de una manera breve y recordable, tener la habilidad para contar concisa y de manera atractiva a qué se dedica tu empresa es algo que siempre vendrá bien. Da igual que estés recién llegado a la empresa, quieras ascender o cambiar de trabajo; incluso si estás buscando empleo es indispensable saber venderte. Y además que cumpla las reglas de las tres eses: short, sweet y sexy. Cuenta tu idea en corto tiempo, con conceptos fáciles y atractivos. Si preparas tu presentación, insisto personal o profesional, siguiendo esa regla y ensayas lo suficiente, tus objetivos estarán más cerca.

Para colmo la tecnología ha hecho que los ascensores cada vez vayan más rápidos o si se prefiere el tiempo de atención ha bajado. Se habla ya de que a los seis segundos perdemos el interés cuando hace unas décadas era en minutos. Las redes sociales y el scroll infinito nos han llevado a ser tan poco pacientes.

También los elevadores llevan cada vez a más gente que competirá contigo, es lo que en comunicación se llama ruido: tendrás muchas dificultades para que tu mensaje llegue al receptor. La conocida como "infoxicación", neologismo que une las palabras información e intoxicación explica muy bien que competimos no sólo con candidatos que lo harán mejor que nosotros sino con propuestas que llegan a nuestro prescriptor por multitud de medios. Hace apenas unos años las únicas vías de contacto eran físicas, una entrevista o un dossier, ahora son incontables gracias a la hiperconexión que todos tenemos. No pienses solo en redes sociales, sino en aplicaciones para comunicarte o en las plataformas de entretenimiento. Algunos ya se lo aplican y si no piensa en la política, nada hay más corto, fácil y atractivo que el No a la Guerra de Pedro Sánchez o el Make America Great Again de Donald Trump.

Por eso, urge tener nuestro discurso del ascensor. Pensarlo, escribirlo y ensayarlo. Ya se que suena ridículo o incluso que piensas que tu no lo necesitas. No te equivoques, todos tenemos que ser capaces de sintetizar nuestras ideas, un currículo o la historia de tu empresa. En la era de la hiperconectividad o te molestas en resumir de manera atractiva lo que te importa y comienzas a contarlo en ascensores y en donde estés o te quedarás por debajo del umbral de atención. Serás invisible. Y eso no es ningún superpoder, es la irrelevancia.

Iñaki Ortega es doctor en economía en UNIR y LLYC

jueves, 5 de marzo de 2026

Seguir la corriente

(este artículo se publicó originalmente en el periódico 20 Minutos el día 2 de marzo de 2026)

Es lo fácil. Unirte al pensamiento único. Seguir lo que la mayoría piensa y adoptar las opiniones políticamente correctas. Porque así no hay apenas que pensar y ni mucho menos encontrar argumentos para defender tus opiniones. Si apuestas por las ideas mayoritarias, tu vida será más sencilla ya que te sentirás miembro de una amplia comunidad que piensa como tú. Jamás discutirás porque serán dogma tus puntos de vista sobre todo lo que sucede en la sociedad, sea una guerra, un lance deportivo o cualquier debate político. No te hará falta elegir qué leer, qué película ver o a quien admirar u odiar… Harás lo que hace todo el mundo.

Por eso no te plantearás tu voto, tampoco tus causas sociales y ni mucho menos los pines que poner en tu chaqueta o la bandera que colgar en tu ventana. Simplemente te dejarás llevar por la corriente. Será agradable porque sin apenas esfuerzo, como un barco en un río, verás que avanzas impulsado por la corriente, cada vez más rápido y acompañado por muchos como tú. Será cómodo sentir que formas parte de la mayoría.

El problema vendrá si por alguna razón parte de las convenciones que defiende la masa, no te acaban de convencer. Quizás porque en tu familia alguien piensa diferente, o porque el que lidera el pensamiento único no te parece creíble. O simplemente porque has padecido en tus propias carnes la incoherencia de los que pontifican la doctrina. Entonces te pondrás a trastear en internet y encontrarás otra forma de pensar; otras personas que siguen lo que para ti antes ni existía o bien era anatema. Intentarás defender esos nuevos argumentos y te costará mucho, no estarás entrenado para contrarrestar los argumentos mayoritarios.

Además, como en el río, salirse de la corriente es peligroso. Puedes volcar y exige mucho esfuerzo. Remar a contracorriente exige una pericia y una fuerza que cualquiera no tiene. Te agotarás y tendrás la tentación de volver a la comodidad de dejarte llevar. Te rendirás y decidirás dejarte de líos y seguir la corriente. De hecho, el castellano ha adoptado esa expresión para referirse a aquellas situaciones en las que para evitar una discusión o a un pesado, se decide darle la razón.

Si este fin de semana viste el 40 aniversario de los Goya porque te gusta el cine quizás lo anterior te inspire. Lo fácil era ponerse el pin de Free Palestine, lo difícil hablar de los derechos humanos en Cuba o Venezuela. La corriente llevaba a hablar de la dictadura de Franco y lo impensable recordar la que sufrió hace mucho menos tiempo nuestro país con el terrorismo de ETA. Lo natural llamar dictadores a Milei o Trump aunque hayan ganado ampliamente elecciones democráticas, lo inadmisible atacar a tiranos que no respetan los derechos humanos como Putin o Xi Jinping. Lo unánime obviar la corrupción gubernamental, lo inaudito que ni uno solo de los premiados denunciase el caos ferroviario o las carreteras llenas de baches por tantas mordidas. Lo normal que nos preocupemos por la violencia sexual en El Congo; lo increíble es que a nadie le indignase la violencia de género que afecta al partido del presidente sentado en las primeras filas: Koldo, Ábalos, Salazar y el DAO nunca han existido.

Muchos espectadores se sintieron cómodos con lo anterior y no les chocó nada; otros siguieron la corriente porque su amor al cine está por encima de consideraciones políticas. También están los que cambiaron de canal. Si no te sitúas en ningún grupo de esos y seguiste viendo los galardones, la desazón estaba asegurada. En los ahogamientos en las playas, los socorristas siempre defienden que te dejes llevar por la corriente hasta que encuentres un momento adecuado en el que salir de la marea para volver sano y salvo a tierra firme. Pues eso.

Iñaki Ortega es doctor en economía en UNIR y LLYC