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sábado, 17 de septiembre de 2022

No les llames pensionistas, son séniors.

(este artículo se publicó originalmente en el Periódico de Cataluña el día 4 de septiembre de 2022)


A las puertas de la temida estanflación, o lo que es lo mismo una recesión económica conviviendo con altas tasas de inflación, Bruselas nos va a obligar a ajustar las pensiones de millones de jubilados españoles. En el contexto de los conocidos como pactos de rentas en los que trabajadores y empresarios habrán de comprometerse a moderar sus salarios y beneficios, Europa (y la teoría antinflacionaria) exigirá también que los gastos pensionarios dejen de crecer al mismo tiempo que los precios.

Hasta que llegue ese momento, que llegará, conviene recordar cómo ha cambiado el colectivo de jubilados en España. Tanto que habrá que rebautizarles y dirigirse a ellos ya no como pensionistas sino como séniors. Este cambio de nombre no es caprichoso, sino que obedece a la necesidad de modificar la mirada sobre el colectivo de los mayores en España. Una cohorte de edad que es más numerosa que la de los jóvenes en edad de trabajar y con unos ingresos sustancialmente mayores y más estables. Las causas son ya conocidas, pero no por ello hay que dejar de poner en valor las excelentes infraestructuras sanitarias españolas que nos ha permitido ser uno de los países del mundo con mayor esperanza de vida. Al mismo tiempo gozamos de unos de los sistemas de pensiones más generosos del mundo, envidia de los mayores franceses o alemanes. Por desgracia, el mercado laboral patrio tiene pocas razones para presumir: generamos parados y empleos precarios entre los jóvenes y ha arraigado un nuevo fenómeno en la última década que ha vaciado de talento senior las empresas españolas.

Los informes del centro de investigación ageingnomics han demostrado que los mayores españoles gozan de un patrimonio y unos ingresos inéditos en la historia que las empresas pueden aprovechar. Aunque, todo hay que decirlo, en España una vez que superan los 55 años trabajamos menos que nuestros pares europeos. Peores tasas de ocupación y de actividad en este colectivo, también mayores tasas de desempleo y líderes en paro femenino en comparación con países como Italia, Portugal, Francia, Alemania, Polonia o Suecia.

Si queremos dejar de hablar del envejecimiento o de las pensiones como un problema y en cambio centrarnos en el potencial de los 18 millones de españoles, urge hablar de seniors en lugar de viejos.

Hablar de seniors, como recuerda el profesor Benigno Lacort, es tener en cuenta el talento que pueden seguir aportando a la sociedad los mayores, bien sea con el trabajo por cuenta ajena, cuenta propia o el voluntariado. Hablar de seniors es mejorar la fórmula para compatibilizar pensión y trabajo, penalizar las jubilaciones anticipadas, así como las prejubilaciones. Si pensamos en seniors en lugar de en pensionistas, las empresas encontrarán en este colectivo palancas de crecimiento con nuevos clientes y bienes y servicios. Seniors que demandarán a las empresas a las que compran, que midan y hagan público su impacto social no solamente en los aspectos medioambientales y de género sino también en lo que concierne a la diversidad generacional. Las personas seniors querrán voluntariamente prolongar su actividad por encima de la edad de jubilación, quizás explorando la fórmula del trabajo a tiempo parcial. El trabajo por cuenta propia y el emprendimiento de los seniors podría fomentarse con atractivas bonificaciones fiscales, ayudas públicas y reducciones de las cuotas de autónomos. Y las empresas siguiendo el ejemplo de compañías pioneras de otros lares deberían propiciar esta fórmula como vía para alargar la vida laboral de sus antiguos empleados y hacer real “segundas carreras”.

Por último, un senior lo será si sigue formándose a lo largo de la vida. Los datos del Banco de España sobre la distancia de los empleados mayores españoles respecto a sus pares europeos en actividades formativas realizadas, exige una actuación concertada para fomentar con instrumentos público-privados nuevos programas de recualificación profesional (reskilling y upskilling)

Los mayores se han convertido en el más importante grupo en el campo económico (consumo y patrimonio) pero también político (censo electoral) aunque esta realidad no es conocida por la opinión pública. Una suerte de activismo senior en España, no solo visibilizaría el colectivo, sino que haría inviables actuaciones flagrantemente edadistas de la administración y empresas. Pero nada de lo anterior servirá de nada si los propios mayores no se conciencian de que por muy atractivo que parezca adelantar la edad oficial del retiro, es inviable económicamente y perjudicial para su salud física y emocional, dejar de trabajar con más de treinta años por delante de vida. Entonces, sí se podrá decir en nuestro país “no me llames jubilado, llámame senior”.

Iñaki Ortega es doctor en economía en La Universidad de Internet (UNIR) y LLYC

lunes, 17 de mayo de 2021

No hay chips

 

(este artículo se publicó originalmente en el periódico 20 Minutos el día 17 de mayo de 2021)


Los economistas, como todas las profesiones, tenemos nuestro mundo paralelo. Desvelos que no siempre coinciden con el resto de los mortales; un lenguaje que solo nosotros entendemos o aficiones que cualquiera en su sano juicio definiría como friqui. La diferencia con otras ocupaciones es que lo nuestro al impactar sobre el bolsillo de las personas nos empeñamos en que se conozca, aunque en demasiadas ocasiones nadie entienda nada.

Por eso, hoy te quiero hablar de los chips. No de las patatas fritas de bolsa, sino de las diminutas placas de semiconductores que están detrás de la mayoría de los aparatos. Coches, ordenadores, lavadoras, móviles los usan, pero sobre todo las fábricas que producen bienes de consumo dependen de ellos. Los chips se patentaron por la empresa alemana Siemens en los años 50 pero la americana Intel fue quién los popularizó con la famosa ley de su fundador, Gordon Moore. Este científico convertido a empresario se atrevió a predecir en 1965 que cada año los microprocesadores doblarían su capacidad y en cambio serían la mitad de caros. Esta ley se ha ido cumpliendo y permite entender porque los baratos microchips han democratizado el acceso a la tecnología, con internet como su mayor logro. Por si no lo sabes, el principal componente de estas plaquitas es el silicio. Un mineral que además es el elemento más abundante en la Tierra después del oxígeno. De ahí que en California en los años 70 se bautizó como Silicon Valley al territorio cercano a la Universidad de Stanford, dónde siguen estando las empresas basadas en chips más importantes del mundo: Google o Apple, pero también Hewlett Packard Enterprise o Tesla.

Hoy quiero contarte que a pesar de que hay tanto silicio en el mundo, debido a que los productores de los semiconductores se han ido deslocalizando a Asia, periódicamente hay desabastecimiento. Y nunca ha sido tan grave como ahora. La conjunción de la guerra comercial chino-americana, la crisis de los contenedores de Suez y la reactivación tras el parón pandémico, han colapsado el mercado de semiconductores. Empresas como Renault o Ford han tenido que parar por ello su producción y aumentado pérdidas. Las consolas de Nintendo y PlayStation han previsto fuertes caídas de sus ventas y hasta se ha retrasado el lanzamiento del nuevo iPhone; no porque no tengan clientes, sino porque no hay chips.

Pero no siempre fue así. En los años 70, el 90% de la producción de semiconductores estaba en Europa y Estados Unidos. El presidente Joe Biden ha promovido Chips of América para lograr una industria local de semiconductores que evite estar en manos de terceros. En Europa a pesar de los esfuerzos de Macron seguimos sin entender que sin industrias nacionales no hay soberanía. Invertir en ciencia, financiar a nuestros emprendedores o promover ayudas para los productores locales son las recetas que aquí no aplicamos. Por eso del “no hay respiradores” o “no hay mascarillas” pasamos al “no hay vacunas” de este año. Condenados de por vida a la escasez, por no actuar.

 

Iñaki Ortega es doctor en economía y profesor de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR)