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lunes, 3 de junio de 2024

El fentanilo de los gobiernos

(este artículo se publicó originalmente en el periódico económico La Información el 3 de junio de 2024)

La semana pasada el periódico londinense Financial Times se hizo eco del último libro de uno de sus columnistas estrella, Ruchir Sharma. Bajo el sugerente título ¿Por qué no va bien el capitalismo? el inversor indio explica en su último manual cómo el gasto público no ha parado de crecer en el último siglo en Estados Unidos y en todo el mundo, provocando que la economía de mercado ya no funcione correctamente.

Sharma, afincado desde hace dos décadas en Nueva York, es un gran defensor de las políticas públicas en especial la educación y pone como ejemplo que hoy en Estados Unidos diez de los CEOs de las 100 mayores empresas americanas son indios, gracias a su capacitación. Pero al mismo tiempo explica que ya no funciona el estado del bienestar.

Ilustra, con datos que, a pesar de lo que se cree, ni siquiera los gobiernos conservadores de Ronald Reagan o Margaret Thatcher redujeron el tamaño de lo público, sino que simplemente lo que hicieron fue bajar los impuestos con sus políticas económicas neoliberales. La promesa de un gobierno pequeño se quedó en eso. Más bien al contrario, fueron un eslabón más de un proceso de crecimiento ingente de las finanzas estatales.

El articulista que de profesión es banquero de inversión, explica que el resultado de este proceso de aumento del peso del gasto público en la economía, en Estados Unidos se ha pasado de un 4% del PIB en 1930 a cerca del 40% en nuestros días, son gobiernos cada vez más gigantescos en todo el mundo. Una inercia que la postpandemia con programas como el del socialdemócrata Joe Biden, IRA (Inflaction Reduction Act) a ese lado del Atlántico y el de la democristiana Ursula von der Leyen, Next Generation (Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia) en este, ha acelerado. Da igual si uno es de izquierdas y la otra de derechas, el resultado es el mismo: más gasto.

Un gasto imposible ya de financiar solamente vía impuestos y que ha provocado que se dispare la deuda pública. Pero, sobre todo, ha acabado funcionando como una especie de analgésico de mala calidad, que esconde los dolores sin actuar sobre la causa del malestar.

Una especie aspirina caducada porque maquilla las cifras de crecimiento de la actividad medida por el PIB, con transferencias de renta sin actuar sobre el verdadero problema de unas economía poco productivas e inclusivas, como se demuestra tras el análisis de más tres años de los programas públicos de impulso económica que anteriormente se han mencionado, que no han traído las ansiadas reformas de la competitividad. Seguimos con el problema de la deuda, la inflación y el desempleo.

Pero Ruchir Sharma dice algo más que me dejó más preocupado que lo anterior. Y es que este ingente gasto público se comporta como el temido fentanilo. Recordará el lector las imágenes de los adictos a esa droga deambulando moribundos por las calles de cualquier suburbio en Estados Unidos. Pero lo que igual no tiene en la cabeza es que el medicamento OxyContin, recetado como sustitutivo de la morfina, durante años en esa parte del mundo, tenía fentanilo para hacer adicto a un elefante. Prescrito durante años para dolores de todo tipo hoy, ya provoca más muertes en USA que cualquier otra causa, al ser una de las drogas ilegales vendidas masivamente por las mafias.

¿Çómo es posible comparar el gasto del estado del bienestar con una droga tan adictiva y letal? La explicación es sencilla. Los humanos, con las boticas y con los subsidios, nos acostumbramos rápidamente al efecto estimulante inmediato, sin darnos cuenta de que acaba generando una dependencia de la que nunca se sale, sino que siempre va a peor.

Este gasto desbocado es fentanilo para las finanzas públicas porque las mata ya que provoca déficits que han de pagarse con deuda pública. Un gasto que funciona como esta morfina mala porque tiene de efecto secundario una inflación que destruye la economía de las familias y las empresas. No solo porque les hace más pobres sino porque encarece el apalancamiento que hace que las personas y las compañías prosperen.

Pero el incremento exponencial de los presupuestos públicos también es OxyContin ilegal para la salud de la libertad económica de cualquier país. El escritor indio recuerda que en USA la libertad económica, medida por el ranking de Heritage Foundation, ha bajado las dos últimas décadas del cuarto al puesto 25, paralelamente al auge de peso del estado del bienestar. Un análisis que nadie ha hecho para España, tampoco Sharma, pero que es coherente con las cifras que estos días hemos conocido del informe de libertad económica del Instituto de Estudios Económicos (IEE) en el que España desciende varias posiciones hasta situarse en la posición 31 de los 38 países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo (OCDE). Una tendencia en caída simultánea al imparable ascenso del gasto público, impuestos y déficit público.

Malas recetas que siguen aplicándose, por lo menos, en la economía y que nadie se atreve a denunciar, con la honrosa excepción del brillante financiero indio.

Iñaki Ortega es doctor en economía en UNIR y LLYC

martes, 26 de diciembre de 2023

London Calling

(este artículo se publicó originalmente en el periódico 20 Minutos el día 25 de diciembre de 2023)


El título de esta canción del grupo The Clash escrita en 1979 hacía referencia a la manera en la que los locutores de la BBC durante la Segunda Guerra Mundial comenzaban los boletines informativos “aquí Londres llamando al mundo”. Una especie de alerta, de SOS al resto del planeta desde un país bombardeado por los nazis.  El guitarrista de la banda británica cuenta que el mismo año que sacaron la canción, un periódico  había alertado sobre la posibilidad de que el río Támesis se desbordara e inundara Londres. El miedo a esta distopía inspiró la letra de esta melodía que en 2024 muchos millones de ciudadanos del mundo tendrán muy presente ante tanta guerra y despropósito.

El profesor sueco Rudolf Kjellén acuñó en 1899 el término geopolítica para explicar la influencia sobre la política de los estados de las cuestiones geográficas. Una disputa por una frontera, la lucha por acceder al mar o el dominio de una ruta, son ejemplos que en el 2024 seguirán muy vivos y marcarán la agenda de las corporaciones. El conflicto en la franja de Gaza continuará impactando en el precio del petróleo, la Guerra en Ucrania cumplirá en febrero de 2024 dos años distorsionando el mercado de los alimentos; por último los ataques de los hutíes contra barcos mercantes en el Mar Rojo amenazan con estrangular el comercio internacional.  La geopolítica para las empresas de todo el mundo es geoeconomía y será una de las grandes preocupaciones en 2024.

En una encuesta realizada estos días por LLYC a los primeros ejecutivos de un centenar de empresas, el contexto económico internacional es el principal desafío que afrontar en el nuevo año que empieza. Las derivadas de este escenario tan volátil se traducen para las empresas en que en opinión de un 75% el auge de los precios en 2024 afectará negativamente a sus márgenes y ventas; un 58% cree que la hiper regulación fruto de la inestabilidad del mundo impactará en su actividad mercantil y para el 57% ante tanta incertidumbre habrá muchas más dificultades para financiar las inversiones y por tanto para el crecimiento de su actividad empresarial.

Parece mentira que hace muy pocos años pensáramos con Fukuyama que la historia había llegado a buen puerto y que nos esperaba una época de abundancia y paz. Ahora nos frotamos los ojos al releer las crónicas de hace nafa del triunfo de la globalización y el auge de la liberalización del comercio internacional. Porque estamos en el proceso contrario desde que la pandemia nos encerró en casa. Vivimos si no en una desglobalización en una ralentización de la globalización (slowbalitation) que ha despertado en todas las naciones un proteccionismo inédito en este siglo que recuerda a los peores momentos de nuestra historia económica. Ahora le llamamos de una manera eufemística como soberanía industrial (homeland economics), pero no es otra cosa que volver a la autarquía, a no depender de los de fuera en tus necesidades básicas. A las empresas europeas acostumbradas a exportar la mayor parte de sus producciones, esto les suena como la distopía de la canción que titula este artículo.

Y mientras tanto zombis del pasado vuelven a ocupar la escena internacional con la Rusia de la guerra fría, la China de la república popular o el Irán que atacaba embajadas; también viejos sátrapas como Maduro en Venezuela o Ortega en Nicaragua ciscándose diariamente en los derechos humanos. Una alerta para las empresas y por tanto para todos nosotros.

Iñaki Ortega es doctor en economía en UNIR y LLYC

viernes, 1 de septiembre de 2023

La vuelta al cole (de la economía)

(este artículo se publicó originalmente en el periódico económico La Información el día 1 de septiembre)


Este año vamos a padecer el arranque del curso escolar más caro de la historia de nuestro país. La vuelta al colegio en septiembre, según la Organización de Consumidores y Usuarios, supondrá de media unos 500 euros por niño. Prácticamente un 30% más que la de 2021. La OCU explica que su cálculo tiene en cuenta los libros de texto (los de aquí son los más caros de Europa) así como los uniformes, calzado, papelería, mochila y estuche. Pero si le sumásemos los gastos de trasporte y comedor, que la OCU no incluye, el resultado sería más dramático aún. Muchos niños han de desplazarse en autobús y quedarse a comer en colegio, y precisamente esos dos capítulos son los que más sufren el alza de precios. La gasolina ha vuelto a los niveles de 2022 que justificaron la bonificación de 20 céntimos por litro que ahora "ni está ni se le espera" Y qué decir de los precios de los alimentos con subidas del aceite, el arroz y las patatas muy por encima del 20%. Quizás con estos datos se entiende mejor la razón por la cual la tasa de natalidad en España sigue cayendo y es que para las familias se ha convertido en una tarea hercúlea sufragar los gastos de crianza. Pero volvamos a la vuelta el cole de este año.

Porque si la economía fuese un niño en edad escolar también se encontraría con tantas dificultades como las familias que ahora repasan incrédulas el presupuesto de sus gastos. La economía española se va a encontrar en septiembre, al mismo tiempo que miles de chavales estrenan sus mochilas, con no pocos problemas que paso a enumerar.

La inflación fuera de control. El Banco de España ya habla de un 3.2% y la subyacente sigue por encima del 6%. La esperanza de tener el IPC en niveles razonables del 2% a  fianales de año se ha esfumado y la sensación es que el alza de precios se ha enquistado o como dicen los anglosajones es tan pegajosa que no hay quien la despegue de las arterias de nuestra economía. Para colmo “el efecto base” de este año ha desaparecido, es decir que ya no calcularemos la subida del IPC en relación con las alzas de hace un año que eran de dos dígitos y por tanto ya no tendremos datos de aparentes bajadas. A partir de ahora nos quedaremos igual o subiremos porque la comparación será con las cifras de los últimos meses del 2022.

Los costes de la deuda desbocados. Las autoridades monetarias no han quitado el pie del acelerador de los tipos de interés. Hay que seguir hasta dominar la inflación y no parece que el final de la subida del precio del dinero esté cerca. En cualquier caso, pase lo que pase en las próximas semanas tras el conclave de Jackson Hole, el rally de las alzas de los tipos por el BCE de los últimos 12 meses será recordado en los libros de historia. En Europa o en Estados Unidos la financiación se está encareciendo para enfriar la economía, cueste lo que cueste. Y esos costes se miden ya en un menor crecimiento por la ausencia de financiación y por tanto menos oportunidades para las empresas. Para las familias un estrangulamiento de sus cuentas por el alza brutal de los costes hipotecarios.

El gasto público en solfa. Bruselas ha cerrado la barra libre y a partir de 2024 los países europeos tendrán que volver a cumplir con las reglas de estabilidad fiscal -suspendidas en su día para facilitar la recuperación pospandemia-. En Europa, con el BCE a la cabeza de la manifestación, ha triunfado la teoría de que tanto gasto público alimenta la espiral inflacionista. Conviene recordar que al día de hoy España no cumpliría con el 3% de déficit y ni mucho menos con la deuda que supera el 60% del PIB. De modo y manera que desde este mismo ejercicio las autoridades europeas nos obligarán a tomar medidas y abandonar los presupuestos expansivos, de otra manera acabarían llegando las sanciones o lo que os peor, paralizandose los planes de Next Generation EU.

Una nueva amenaza de desaceleración. Ya aparecen los números rojos en los análisis de varios institutos económicos españoles. Y es que las señales no son pocas. Las quiebras han aumentado más de un 80% en los dos últimos años, la caída de la producción agraria y de las exportaciones, el enfriamiento del mercado inmobiliario o la debilidad de las cifras de inversión. Al mismo tiempo la facturación empresarial se ha desplomado según el INE y media Europa tiene el PIB estancado anticipando lo que puede pasar a este lado de los Pirineos.

Un mercado laboral dopado por el turismo. Se acaba la temporada alta y los despidos comenzarán, en cambio lo que no será novedad es que seguirá creciendo el subempleo en nuestro país. Empleos de baja calidad que se demuestran con el auge imparable del pluriempleo y las horas trabajadas por debajo que las de hace años a pesar del récord de afiliación a la seguridad social. Por no hablar de los dichosos fijos discontinuos que seguirán en la agenda de este otoño, pese a quien pese.

Me temo que es una mochila muy cargada para este mes de septiembre. Esperemos que la economía española pueda cargar con tanto lastre. Conviene no olvidar que una buena forma física ayuda a cargar peso, pero también que hace años se inventó la mochila con ruedas que facilita enormemente esta tarea.  Dejo a la imaginación del lector si nuestra economía ha sido capaz de muscularse estos años que han trascurrido desde la pandemia o incluso si esas ruedas (ayudas públicas) que aligeran el peso de nuestras debilidades seguirán rodando o no este curso escolar que ahora comienza

 

Iñaki Ortega es doctor en economía en UNIR Y LLYC

jueves, 23 de febrero de 2023

En deuda

(este artículo se publicó originalmente en el periódico 20 Minutos el día 20 de febrero de 2023)

El Banco de España acaba de anunciar que nunca en la historia de nuestro país hemos tenido tanta deuda pública. 1.503 billones de euros que han gastado de más las diferentes administraciones públicas. Muchos ceros seguidos que quizás se comprenden mejor calculando que tocamos a más de 31.000 euros por español. Antes de que algún lector se ponga nervioso por la parte que le toca, la deuda no ha de pagarse este año ni el siguiente, ni Hacienda mandará una carta a cada español con un apremio para sufragarla. La deuda se devolverá, pero no por esta generación de contribuyentes sino por las siguientes. No nos equivocamos si afirmamos que los gastos de hoy en pensiones y sanidad serán pagados mañana a costa de una menor capacidad pública para afrontar esos mismos conceptos.

También esta semana el gobernador del Banco de España ha alertado sobre la escalada de las hipotecas fruto de la política monetaria. De todos los créditos hipotecarios vivos, el 70% tiene un tipo de interés variable, por lo que más de cuatro millones de españoles este año verán como, de media, subirá 300 euros al mes lo que pagan al banco para financiar su casa. Un drama para los ya más que ajustados presupuestos familiares fruto de la crisis y la inflación. Algo inimaginable para una mayoría que pidió la hipoteca en la última década con los tipos por los suelos.

La realidad es que vivimos endeudados. Los ayuntamientos porque de otra manera no podrían afrontar la limpieza y la recogida de basuras. Las comunidades autónomas a causa de la sanidad que exige cantidades ingentes de dinero. El estado con la factura de las pensiones y los subsidios al desempleo que no dejan de crecer, porque este en un país de votantes envejecidos y parados. Y empeñadas también las personas porque queremos comprar una casa, tener el último modelo de móvil o viajar aunque no tengamos dinero. Todos en deuda con alguien; nosotros con el banco; las administraciones públicas con el Banco Central Europeo e inversores extranjeros

Pero hay otra deuda de la que se habla infinitamente menos y es más importante. El déficit público y la hipoteca tarde o temprano ha de pagarse, la que quiero contar nunca se termina de pagar. Las deudas de dinero quedan reflejadas en un contrato, esta otra nunca. Me refiero a la deuda con ese profesor sin el cual no hubieras seguido estudiando, la deuda con las madrugadas en vela de tus padres, con tu hermano que hacía los deberes contigo o con tus hijos que miran para otro lado cuando no estás a la altura. Estamos en deuda con los amigos que nos sacaron del pozo de los desengaños amorosos, con los compañeros de trabajo que lo dan todo, aunque su contrato no sea ni de lejos como el tuyo, con los vecinos que te guardan las llaves cuando te las dejas puestas o en mi caso con los cientos de alumnos que solo recuerdan tus aciertos. Una deuda que no vale dinero, sino que vale mucho más: la diferencia entre vivir y malvivir.

Iñaki Ortega es doctor en economía en La Universidad de Internet (UNIR) y LLYC



lunes, 1 de agosto de 2022

Cuidado con la dosis de la medicina

(este artículo se publicó originalmente en el periódico 20 Minutos el día 25 de julio 


Que la economía no va bien, lo saben todos los españoles. Igual no son capaces de recitar con exactitud el indicador que mide la inflación o la tasa de crecimiento económico, pero que la cosa está negra es un secreto a voces. Otro asunto bien diferente es que sabiendo que hay una crisis a la vuelta de la esquina, hagamos como si no pasase nada. De otro modo es difícil de explicar que el turismo y la hostelería estén batiendo récords o que según las encuestas las medidas populistas del gobierno de Pedro Sánchez contra la banca y las energéticas hayan sido recibidas con alharacas. La psicología del comportamiento económico lo ha llamado “Efecto Titanic”. Confiamos en que todo siempre saldrá bien, pero en ocasiones como con el famoso crucero, eso no sucede. El barco se hundió y algunos pasajeros optaron en lugar de salvarse por hacer que no pasaba nada y seguir levantando su copa para brindar por la orquesta.

No quiero amargar el verano a nadie, pero la semana pasada el Banco Central Europeo (BCE) anunció la mayor subida de tipos de interés en 22 años, una señal muy clara de que algo muy gordo está sucediendo en nuestro continente. La subida de cincuenta puntos básicos del precio del dinero es una dosis muy alta de la medicina con la que se quiere curar la enfermedad de la inflación que nos ha atacado con mucha fuerza. Las autoridades monetarias suben los tipos para que no gastemos. Suben los tipos para que no pidamos préstamos. Suben los tipos para que las empresas no inviertan. Suben los tipos, en definitiva, para enfriar la economía y con eso lograr parar la escalada de precios que lleva todo el año en el entorno de los dos dígitos. Pero la decisión del BCE no sólo hará que las ganas de consumir se retraigan, sino que las hipotecas de los españolitos suban, que los créditos de muchas empresas no sean refinanciados y tengan que cerrar. Al mismo tiempo, nuestro Gobierno que lleva cuatro años montado en el Titanic, con una deuda desbocada que no le preocupaba porque los tipos de interés eran de risa, verá como las tornas han cambiado. Ahora ya no será tan barato financiar lo que debemos como Estado y tendremos que pagar cada vez más por enjugar nuestro déficit. Es decir que el gasto público no podrá dedicarse a hospitales, carreteras o educación sino a pagar intereses, a compensar a los que han financiado estos años en los que el Gobierno ha gastado por encima de nuestras posibilidades, haciendo caso omiso a las autoridades económicas que no lo venían advirtiendo.

Esto es lo que viene con la decisión de política monetaria tomada en Frankfurt el jueves pasado. Una posología alta de 0,5 del medicamento contra la inflación que ojalá no nos provoque diarrea sino nos sane. Por si acaso, habrá que hacer caso al prospecto y practicar una vida normal sin excesos.

Iñaki Ortega es doctor en economía en UNIR, La Universidad de Internet y LLYC

domingo, 19 de junio de 2022

Si no entiendes nada

(este artículo se publicó originalmente en el periódico 20 Minutos el día de 13 junio de 2022)


Año tras año, la educación financiera en España aparece como una asignatura pendiente. Esta disciplina no supone ser un experto economista sino tener unos conocimientos básicos sobre conceptos como el ahorro, la inversión, el crédito, los gastos y el presupuesto familiar. Aquellos países con ciudadanos bien educados en estas lides soportan mejor las crisis. Veamos porqué.

La pandemia supuso que muchos de los afectados por el cierre de la actividad tuviesen que recurrir a la hucha del cerdito para sobrevivir. La guerra en Ucrania está haciendo que las inversiones de los ahorros de una vida se estén desplomando. La subida del precio del gas la notamos los que tenemos coche al pasar por la gasolinera y sin excepción la inflación de dos dígitos se sufre en la cesta de la compra A todos nos atañen los conceptos de la educación financiera.

Por ello conocer el significado de la última subida del IPC del 8,7% es importante no solo para los macroeconomistas sino para cualquier paisano que viva en un país con inflación. Las cosas cuestan más, los sueldos no suben los mismo, pagamos impuestos de más, el resultado es que somos más pobres debido a ese guarismo del IPC y encima sin darnos cuenta.

Entender una subida de 0,25% de los tipos de interés anunciada en Frankfurt por el BCE, es clave para los banqueros, pero sobre todo para los que tenemos una hipoteca. Europa sube el precio del dinero y por tanto los bancos cobrarán más por habernos prestado el dinero para nuestra casa. Con un presupuesto familiar muy ajustado en el que apenas ahorramos, un cambio en una de las partidas más importantes -la hipoteca- puede hacer que las pasemos canutas.

Estar al día de la prima de riesgo -también conocida como el diferencial respecto al bono alemán- es un dato esencial para los gestores públicos y por supuesto para los que reciben una beca por estudios, una pensión por jubilación o una baja por maternidad. Un país que gasta mucho más de lo que ingresa tiene déficit y esa diferencia -acumulada año tras año- ha de pedírsela a alguien que es la deuda. A cambio se les paga unos intereses por ello. Si eres fiable (como Alemania) pagas x, si eres menos fiable pagas algo más, por eso se llama prima. En la actual coyuntura cada vez pagaremos más intereses, por ello habrá menos dinero para los gastos públicos de los que nos beneficiamos.

Si no entiendes nada de lo que te estoy contando, piensa que formas parte de una mayoría de españoles, según los datos de la encuesta global Standard&Poor de educación financiera. Pero al mismo tiempo con muy poca dedicación podrías estar en el otro grupo de españoles (45%) que gestionará mejor las incertidumbres económicas. Hay margen para ello. Cada año pasamos más de 1500 horas delante del televisor y por lo menos 700 horas en las redes sociales. Nuestra vida depende de nuestros ingresos, ahorros y gastos, por eso no estaría mal dedicar alguna horilla a estar al día de la economía que tanto nos afecta.

Iñaki Ortega es doctor en economía en UNIR y LLYC

jueves, 2 de diciembre de 2021

La palabra del año para Cambridge (y para la economía española)

(Este artículo se publicó originalmente en el diario La Información el día 30 de noviembre de 2021)


Los diccionarios por estas fechas eligen una palabra que acumula méritos para ser considerada la del año. Oxford busca siempre un término o significado nuevo, Cambridge que se haya buscado mucho en su diccionario online y en España, la Fundeu prioriza que forme parte del debate social de ese año. Palabras como confinamiento, cuarentena o posverdad han tenido ese honor en los últimos tiempos.

Este año Cambridge nos ha sorprendido eligiendo a la perseverancia. Ni vacuna, ni criptomonedas y tampoco apagón se han buscado tanto como el nombre de la misión espacial a Marte. Las búsquedas de la palabra se dispararon después de que el vehículo de nombre Perseverance hiciera su descenso al planeta rojo el 18 de febrero del 2021. En la página web de Cambridge se ha encontrado más de 243.000 veces durante 2021. El diccionario inglés ha definido estos días la perseverancia como "el esfuerzo continuado para hacer o conseguir algo, incluso cuando esto es difícil o lleva mucho tiempo". Los expertos han explicado que es normal lo que ha sucedido con esa palabra porque perseverancia no es una palabra común y los usuarios del diccionario, estudiantes de inglés en su mayoría, han debido de buscarla para entender su significado. Pero lo más interesante de la elección de la palabra este año es que los editores consideraron que era perfecta dados los desafíos a los que se ha enfrentado el mundo en 2021. "Al igual que se necesita perseverancia para hacer aterrizar una nave en Marte, se necesita para afrontar los retos y la interrupción de nuestras vidas a causa de Covid-19, los desastres climáticos, la inestabilidad política y los conflictos".

Por mucho que la NASA usase perseverance para bautizar su misión a Marte, es una palabra de origen latino, en concreto del verbo perseverare. En español y para la RAE es la acción de mantenerse constante en la prosecución de lo comenzado, en una actitud o en una opinión. Por eso, aunque nadie me lo ha pedido, me atrevo a considerarla la palabra del año también para la economía española.

Perseverancia para lograr los fondos europeos y que no pasen de largo -como en los años 40 del siglo pasado el plan Marshall- porque no cumplíamos las condiciones que puso el general americano. Ahora Next Generation son 140.000 millones de euros de los cuales 72.000 millones en subvenciones no reembolsables y 68.000 en créditos, pero sobre todo es un 11 por ciento del PIB de nuestro país y el doble de fondos que hemos recibido en los últimos seis años. Unas ayudas claves para un nuevo modelo económico que nos permita competir y crear empleo sostenible en el tiempo. Pero que exigen constancia de nuestro tejido, a la vista de los retrasos, pero también de los gestores europeos para no desesperarse ante las batallas de los socios del gobierno español.

Perseverancia para vencer a la inflación a pesar de las decisiones políticas que han elevado la factura de las pensiones o la incapacidad para frenar la escalada de los precios de la energía que ya se ha trasladado a los costes industriales con parones y cierres de la actividad en sectores como la automoción o la construcción.

Perseverancia para superar la crisis de suministros porque no somos soberanos desde un punto de vista industrial y nadie pensó en ello en los últimos treinta años. Sin factorías de microchips o de baterías, pero importando provisiones de manera sistemática, estamos condenados a depender del tablero de la geopolítica global en el que no somos nadie.

Perseverancia para que la reconstrucción no pase exclusivamente por los fondos europeos, ni por planes gubernamentales o por sofisticados proyectos privados que necesitan al BOE sino por cientos de miles de talentos que trabajen y emprendan en nuestro país. Por acciones concertadas que democraticen el acceso a las tecnologías emergentes también a las pymes. Con estrategias publico-privadas para tener más españoles preparados, respetados y admirados; más emprendedores e innovadores que hagan grandes nuestras empresas y nuestro país.

Perseverancia para no caer en el enfrentamiento y mantener los acuerdos que nos han hecho disfrutar del mayor periodo de prosperidad en la historia de nuestro país. O fuerza suficiente para que nuestra democracia no caiga ante los ataques populistas y nacionalistas. Si prefieren, persistencia para no caer en la trampa de reformar nuestra carta magna que ha hecho posible que seamos uno de los mejores países del mundo para vivir. En definitiva, mantener el rumbo de los acuerdos entre diferentes, sean políticos o empresarios y sindicatos, para reconstruir juntos la España que nos ha dejado la pandemia.

Gracias, por tanto, a la NASA por habernos dado, sin querer, una lección de economía y demostrarnos que, sí a Marte se puede llegar con un coche de nombre perseverancia, también podemos llegar a tiempo para firmar en Bruselas las reformas que hagan posible la llegada de esos fondos europeos que cambiarán el destino de nuestro país.

Iñaki Ortega es doctor en economía y profesor de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR)

lunes, 14 de junio de 2021

¿Qué le debo?

 

(este artículo se publicó originalmente en el diario 20 Minutos el 14 de junio de 2021)


Hay expresiones que pertenecen a otra época y me temo que la que titula este artículo es una de ellas. No sólo ha dejado de usarse eso del “qué le debo” (acabo de comprobarlo con mis hijos adolescentes) sino que ya ni siquiera nos lo preguntamos quizás porque pensamos que nos merecemos todo, creemos que hemos alcanzado la sociedad del gratis total.

Todas estas ideas me vinieron a la cabeza la semana pasada en la cola para vacunarme contra la covid19. Viendo todo tan organizado, celadores esperándote para aclarar dudas, instalaciones impolutas, carteles indicativos novísimos, sistemas informáticos con diligentes funcionarios comprobando tus datos, enfermeros pinchándote un vial y salas de espera con médicos de retén, era difícil no pensar que tenía un coste.

Pero ni mi vacunación ni nada es gratis. Todo tiene un precio y ese precio muchas veces es económico, tiene un valor monetario. Pero incluso cuando no somos capaces de calcularlo en euros, posee un valor en esfuerzo personal o en el coste de dejar de haber hecho otras cosas por ello. Los economistas lo llamamos "coste de oportunidad", Samuelson, premio nobel de economía decía que "toda elección implica un costo" y por ello nada en la vida es gratis.

Por supuesto que se podría calcular el precio de los apenas tres minutos que estuve en el hospital vacunándome. Tendríamos que sumar lo que la administración ha pagado a los laboratorios por las vacunas, pero también agujas, vendas y esparadrapo, añadir los sueldos de todo el personal, los costes de las instalaciones sanitarias incluyendo construcción y mantenimiento, no obstante, sería incompleto. De justicia parece sumar también el valor de todas las actuaciones públicas estos meses para frenar la expansión del coronavirus incluyendo nuevos hospitales; la factura de todo un sistema sanitario volcado en atender a cientos de miles de contagiados y por supuesto las personas que se han dejado la vida por llegar a esta situación, me refiero a funcionarios como médicos o policías y los miles de ciudadanos que murieron durante la pandemia por la ausencia de protección o por decisiones que minusvaloraron la amenaza vírica.

Y aún más. Siguiendo a Samuelson habría que incluir en esta imaginaria cuenta a satisfacer el coste de oportunidad de no tener una industria farmacológica en España o la ausencia de políticas de apoyo a la investigación que nos hubiera permitido tener antes a muchas más personas inmunizadas y por tanto haber salvado de la muerte a miles de españoles. Pero no se acaba la lista aquí porque no puede obviarse el coste que sufren y sufrirán las personas que han perdido su empleo por la crisis pandémica o los enfermos que han debido retrasar sus tratamientos por la alarma sanitaria. Por no hablar del brutal impacto emocional que tendrá consecuencias que se trasladarán a la sociedad y a la economía en términos de absentismo, bajas laborales o atenciones médicas.

Pero, a pesar de todo ello, me fui del hospital con mi brazo dolorido y sin decirle a nadie ¿qué le debo por la vacuna?

 

Iñaki Ortega es doctor en economía y profesor en la Universidad Internacional de La Rioja UNIR

 

lunes, 28 de diciembre de 2020

La cuarentena presidencial

 (este artículo se publicó originalmente en el diario económico La Información el día 27 de diciembre de 2020)

El pasado 14 de diciembre el presidente del Gobierno de España compartió jornada de trabajo y almuerzo con Emmanuel Macron en París. Pedro Sánchez viajó a la ciudad de la luz para participar en el 60 aniversario de la OCDE, pero pocas horas después se supo que el jefe de estado francés había dado positivo por covid-19, obligándole a guardar cuarentena hasta esta Nochebuena. Diez días de cuarentena en los que Sánchez no ha tenido agenda pública y ha estado confinado en el Palacio de la Moncloa.

Se conocen cuarentenas desde hace 25 siglos para evitar contagios de la lepra. Pero no es hasta el siglo XIV cuando las cuarentenas se popularizan como medida de protección, precisamente porque la peste negra llegaba a Venecia en los barcos que arribaban. Quaranta giorni que en italiano significa “cuarenta días” era el tiempo que los marineros habían de permanecer aislados sin contacto con nadie. Hoy los epidemiólogos recomiendan apenas entre 10 y 15 días de aislamiento desde la fecha del contacto con el contagiado ya que es el tiempo medio de incubación del virus.

Diez días son muchas horas sin entablar contacto con nadie, exactamente 240 horas. Si le restamos el tiempo de descanso y una jornada de trabajo media aún así quedan 80 horas libres. En esas 80 horas Pedro Sánchez habrá recordado que en la OCDE solo se hablaba de las 4Ps (Public, Planet, Prosperity y People) y habrá sonreído porque su agenda política va alineada con la de los países más desarrollados del mundo reunidos en París. En esas sesiones los embajadores de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico, apostaron por planes de recuperación “Fuertes, Resilientes, Verdes e Inclusivos” y el presidente Sánchez habrá vuelto a poner una mueca de alegría porque esas mismas palabras siempre las usa en sus comparecencias públicas. Pero también en esos días de reuniones parisinas se recordó la frase de aquella comisaria europea que apoyó que hay que gastar en plena pandemia, pero guardar los recibos. El gesto se le torcería entonces al presidente, porque le vendría a la cabeza el informe de la AIReF que acaba de ojear en el que Cristina Herrera reclamaba “hacer lo que haga falta para reducir la deuda” porque en lo que lleva Sánchez en la Moncloa la deuda pública se ha disparado en 150.000 millones de euros. “Guardar los recibos” o lo que es lo mismo que habrá que devolver lo prestado y que si no somos nosotros serán nuestros hijos los que se verán privados de inversiones para su futuro. Pero cuando la mandíbula de Pedro Sánchez empezaría con el bruxismo es al recordar el informe de estos días del Banco de España. Para el supervisor bancario, España lideró la tasa de paro en la eurozona con un dramático 25% frente al 15% de media de nuestros vecinos. El lugar donde más empleo se destruyó en todo Europa durante los meses de confinamiento forzado fue el país que presido, quizás se le pasó por la cabeza. El informe pone en evidencia la fragilidad del mercado laboral español, lo que no cuadra con medidas como la pretendida subida del salario mínimo. Más rechinar de dientes.

En la mesa presidencial descansa el dossier del Consejo Europeo y la Eurocámara en la que se condicionan las ayudas de 140.000 millones a cumplir satisfactoriamente con una serie de reformas económicas. Nuestro presidente no quiere leerlo y mira su móvil para saber los días que le quedan de encierro y solo ve los mensajes de sus ministros enzarzados en batallas por la reforma del CGPJ, los desahucios o las pensiones. Qué ganas de salir y poder jugar al baloncesto; eso quita todos los males, pensaría. “Pero la verdad es que últimamente no duermo muy bien, quizás por las tensiones asociadas al cargo”. Pedro Sánchez no se preocupa porque le consta que, desde Suarez, pasando por González o Aznar sufrieron los rigores de la presidencia en su salud. “En cuanto termine la cuarentena volveré a hacer deporte y se pasará el insomnio” piensa en la soledad del encierro. “Sí, la verdad que exageré un poco el 20 de septiembre de 2019 cuando en la Sexta dije que no dormiría tranquilo con inexpertos de Podemos en el Gobierno”, reflexiona para sus adentros mientras se ríe con las chiquilladas de Pablo Iglesias que la ha tomado con el Rey. “Seguro que cuando acabe la cuarentena, volveré a dormir a pierna suelta y se le habrá pasado el calentón a mi socio de Podemos”. Si estuviésemos en Italia hace siete siglos el confinamiento de Sánchez hubiese sido cuatro veces más largo. En breve veremos si apenas diez días han servido no solo para garantizar que Macron no le contagió sino también para que Sánchez y ese “95% de españoles que no podrán dormir con Podemos en el Gobierno” volvamos a descansar sin desvelarnos por el futuro de nuestras familias.

Iñaki Ortega es director de Deusto Business School y profesor de la UNIR