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lunes, 3 de junio de 2024

El fentanilo de los gobiernos

(este artículo se publicó originalmente en el periódico económico La Información el 3 de junio de 2024)

La semana pasada el periódico londinense Financial Times se hizo eco del último libro de uno de sus columnistas estrella, Ruchir Sharma. Bajo el sugerente título ¿Por qué no va bien el capitalismo? el inversor indio explica en su último manual cómo el gasto público no ha parado de crecer en el último siglo en Estados Unidos y en todo el mundo, provocando que la economía de mercado ya no funcione correctamente.

Sharma, afincado desde hace dos décadas en Nueva York, es un gran defensor de las políticas públicas en especial la educación y pone como ejemplo que hoy en Estados Unidos diez de los CEOs de las 100 mayores empresas americanas son indios, gracias a su capacitación. Pero al mismo tiempo explica que ya no funciona el estado del bienestar.

Ilustra, con datos que, a pesar de lo que se cree, ni siquiera los gobiernos conservadores de Ronald Reagan o Margaret Thatcher redujeron el tamaño de lo público, sino que simplemente lo que hicieron fue bajar los impuestos con sus políticas económicas neoliberales. La promesa de un gobierno pequeño se quedó en eso. Más bien al contrario, fueron un eslabón más de un proceso de crecimiento ingente de las finanzas estatales.

El articulista que de profesión es banquero de inversión, explica que el resultado de este proceso de aumento del peso del gasto público en la economía, en Estados Unidos se ha pasado de un 4% del PIB en 1930 a cerca del 40% en nuestros días, son gobiernos cada vez más gigantescos en todo el mundo. Una inercia que la postpandemia con programas como el del socialdemócrata Joe Biden, IRA (Inflaction Reduction Act) a ese lado del Atlántico y el de la democristiana Ursula von der Leyen, Next Generation (Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia) en este, ha acelerado. Da igual si uno es de izquierdas y la otra de derechas, el resultado es el mismo: más gasto.

Un gasto imposible ya de financiar solamente vía impuestos y que ha provocado que se dispare la deuda pública. Pero, sobre todo, ha acabado funcionando como una especie de analgésico de mala calidad, que esconde los dolores sin actuar sobre la causa del malestar.

Una especie aspirina caducada porque maquilla las cifras de crecimiento de la actividad medida por el PIB, con transferencias de renta sin actuar sobre el verdadero problema de unas economía poco productivas e inclusivas, como se demuestra tras el análisis de más tres años de los programas públicos de impulso económica que anteriormente se han mencionado, que no han traído las ansiadas reformas de la competitividad. Seguimos con el problema de la deuda, la inflación y el desempleo.

Pero Ruchir Sharma dice algo más que me dejó más preocupado que lo anterior. Y es que este ingente gasto público se comporta como el temido fentanilo. Recordará el lector las imágenes de los adictos a esa droga deambulando moribundos por las calles de cualquier suburbio en Estados Unidos. Pero lo que igual no tiene en la cabeza es que el medicamento OxyContin, recetado como sustitutivo de la morfina, durante años en esa parte del mundo, tenía fentanilo para hacer adicto a un elefante. Prescrito durante años para dolores de todo tipo hoy, ya provoca más muertes en USA que cualquier otra causa, al ser una de las drogas ilegales vendidas masivamente por las mafias.

¿Çómo es posible comparar el gasto del estado del bienestar con una droga tan adictiva y letal? La explicación es sencilla. Los humanos, con las boticas y con los subsidios, nos acostumbramos rápidamente al efecto estimulante inmediato, sin darnos cuenta de que acaba generando una dependencia de la que nunca se sale, sino que siempre va a peor.

Este gasto desbocado es fentanilo para las finanzas públicas porque las mata ya que provoca déficits que han de pagarse con deuda pública. Un gasto que funciona como esta morfina mala porque tiene de efecto secundario una inflación que destruye la economía de las familias y las empresas. No solo porque les hace más pobres sino porque encarece el apalancamiento que hace que las personas y las compañías prosperen.

Pero el incremento exponencial de los presupuestos públicos también es OxyContin ilegal para la salud de la libertad económica de cualquier país. El escritor indio recuerda que en USA la libertad económica, medida por el ranking de Heritage Foundation, ha bajado las dos últimas décadas del cuarto al puesto 25, paralelamente al auge de peso del estado del bienestar. Un análisis que nadie ha hecho para España, tampoco Sharma, pero que es coherente con las cifras que estos días hemos conocido del informe de libertad económica del Instituto de Estudios Económicos (IEE) en el que España desciende varias posiciones hasta situarse en la posición 31 de los 38 países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo (OCDE). Una tendencia en caída simultánea al imparable ascenso del gasto público, impuestos y déficit público.

Malas recetas que siguen aplicándose, por lo menos, en la economía y que nadie se atreve a denunciar, con la honrosa excepción del brillante financiero indio.

Iñaki Ortega es doctor en economía en UNIR y LLYC

miércoles, 21 de septiembre de 2022

Fuera de servicio

(este artículo se publicó originalmente en el periódico 20 Minutos el día 19 de septiembre de 2022)

No me gustan los ascensores. Hace un tiempo, con un grupo de alumnos, nos quedamos encerrados en el viejo montacargas del edificio Telefónica de la Gran Vía de Madrid. Unos años antes, siendo mi hijo muy pequeño, por un descuido mío, el ascensor se cerró y le llevó por varios pisos mientras yo bajaba las escaleras como un poseso. Desde entonces frecuento las escaleras. Las hay impolutas y sucias; iluminadas y oscuras; modernas y desvencijadas; solitarias y frecuentadas por fumadores o cafeteros. Eso sí, en todas ellas se sube y se baja sin incidencias, aunque suponga algún resoplido en función de la altura del piso de tu destino.

Hoy quiero hablarte de otro ascensor. La expresión ascensor social ha triunfado, pero tampoco me gusta y trataré de explicarme. Se refiere de una manera muy gráfica a las políticas que permiten ascender en la escala socioeconómica. Esas actuaciones de movilidad social que funcionan como un ascensor son, entre otras, la educación, la actividad emprendedora, la cultura financiera, los subsidios o las becas. De modo y manera que según la OCDE en países como Dinamarca en apenas dos generaciones se consigue pasar de estar en la parte baja de la pirámide económica, a escalar a la parte alta; en cambio en otros como Colombia, haría falta la friolera de once generaciones.

No me gusta lo de ascensor social porque evoca a que el esfuerzo lo hacen otros por ti. Si gracias a un buen sistema de redistribución de la riqueza, te subes en el elevador, ya tienes la vida resuelta. Te esmeras hasta que subes en el ascensor y luego que la fuerza la haga la máquina porque tú has cumplido tu objetivo: estás dentro. La realidad no es esa. El propio informe de la OCDE recuerda que en función de la coyuntura económica ese ascensor se puede parar, reducir la velocidad -el caso actual de España- o incluso desplomarse como sufre desde hace décadas en Venezuela.

Yo prefiero las escaleras. Las escaleras te hacen subir -en la pirámide social- más despacio y con mucho más esfuerzo. Igual llegas más tarde que los del ascensor, pero acabas alcanzando tu meta. Si el ascensor social se para, te quedas encerrado y no puedes hacer nada más que esperar que cambie la coyuntura mientras echas a perder unos años maravillosos. En cambio, en la escalera eres tú y tus piernas (capacidades) las que te hacen avanzar hasta el siguiente piso. Y, he aquí lo mejor, cuantas más escaleras subes, no estás más cansado sino más entrenado, y cada vez cuesta menos subir. En la escalera social, perderás el empleo en ocasiones o no te promocionarán, pero siempre estarás entrenado para seguir adelante, en ocasiones más deprisa, en otras con menos energía. Claro, que hay días que mirarás con envidia a los del ascensor: sin una gota de sudor, algunos colegas ascienden en modernas cristaleras refrigeradas. En ese momento de debilidad recuerda que en la escalera eres dueño de tu destino. En el ascensor, otros, y no tú, deciden poner el letrero de “fuera de servicio”.

Iñaki Ortega es doctor en economía en La Universidad de Internet (UNIR) y LLYC