(este artículo se publicó originalmente en el periódico 20 Minutos el día 6 de julio de 2026)
Es un invento reciente. A finales del siglo XIX en las cárceles de Estados Unidos se decide sustituir la horca por un método en el que sufriera menos el preso y de paso evitar el morbo de las ejecuciones al aire libre con el condenado agonizando. En ese momento la electricidad era sinónimo de modernidad, permitía iluminar ciudades y alimentar fábricas. De ahí que se les ocurriese a los americanos esa silla de madera en la que sentar al reo y aplicarle unos electrodos con una corriente que rápidamente provocaba la muerte, todo ello en la discreción de una sala del penal.
Hoy la silla eléctrica ya ha pasado a la historia y no se usa en ningún lugar del planeta para imponer la pena de muerte, pero de alguna manera sigue muy presente en nuestras vidas.
Muchos trabajos son sillas eléctricas. Llegas a un puesto, te sientas, comienzas con tu desempeño y al cabo de un tiempo te das cuenta de que ese empleo es arriesgado para tu salud y la de tu familia. Objetivos inalcanzables, compañeros tóxicos, organizaciones ineficientes o simplemente inadecuada cualificación que aboca a que alguien, algún día, o incluso tú mismo aprietes el letal interruptor. Pasa mucho con los directivos, toda la vida preparándose para llegar a una posición de consejero delegado y sentarse el sillón del despacho que pone en la puerta una placa con el título de CEO, y resulta que el oficio es absolutamente estresante hasta el extremo de amargar la vida por vivir obsesionado con que o bien los dueños o bien los resultados acaben accionando la palanca de la corriente eléctrica.
Y qué comentar de tantas decisiones de compra. Te sientas en tu nueva casa satisfecho por la amplitud y ubicación, pero la desorbitada hipoteca, por no hablar de los gastos asociados a tantos metros, te van poco a poco erosionando como la corriente alterna de esos electrodos. O ese coche del que presumir tanto, comprado con una financiación apurada por los pelos que al cabo de unos pocos meses te ahoga y no permite siquiera llenar el depósito o asumir los caros mantenimientos del automóvil.
Hay más sillas eléctricas, desde los estudios que elegimos, a la ciudad en la que vivir y los amigos o pareja que nos tocan en suerte (o desgracia). Una vocación temprana -en ocasiones inmadura- por una disciplina profesional en la que al final y a la postre no hay salida laboral alguna más que ocasionales y precarios encargos. Una obsesión por un destino geográfico donde cumplir tus sueños sin darse cuenta de la dificultad de vivir sin el soporte familiar o los inasumibles altísimos costes de la vida. Esos amigos que en la infancia eran divertidos por gamberros que con el paso del tiempo se convierten en malas compañías o esa pareja que por idealizada te impide ver que te está llevando al patíbulo.
Gracias a Dios ya no se fabrican sillas eléctricas, por eso ahora nos toca aparcar las sillas eléctricas que aun persisten en nuestras vidas. Se puede.
Iñaki Ortega es doctor en economía en UNIR y LLYC

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