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domingo, 2 de abril de 2023

La “pegajosa” política económica

(este artículo se publicó originalmente en el Periódico de Cataluña el día 31 de enero de 2023)

En economía la ley de oferta y demanda es como la constitución para una democracia, su norma suprema. De modo y manera que los precios son la consecuencia del acuerdo entre los demandantes y los oferentes. Por eso cuando la demanda sube y la oferta no se adapta rápidamente, los precios también suben, ya que los que más pagan consiguen satisfacer sus deseos. Si la oferta se reduce drásticamente, pero la demanda es la misma, los precios irán hacia arriba igualmente por el mismo razonamiento. Cuando este mecanismo no funciona se habla de precios rígidos o bienes inelásticos. Y todo empieza a fallar, de igual manera que si la ley de leyes en un país no se cumple, comienzan los problemas y las tensiones antidemocráticas.  

En coyunturas económicas como la actual nos encontramos estas rigideces en Estados Unidos, con un alza de precios fruto de una fortísima demanda y un resiliente mercado laboral, a pesar de la restrictiva política monetaria de la Reserva Federal (inflación de demanda). Y también en Europa, con una inflación de oferta, o lo que es mismo, unos precios que suben no porque la demanda esté fuerte sino por el alza de los suministros y las materias primas de los propios bienes fruto de las debilidades continentales entre ellas el precio de la energía.

Por eso en Estados Unidos ante la persistencia de los precios que se resisten a bajar califican a la inflación como “pegajosa”. Sticky prices o precios pegajosos, es una forma de referirse a la resistencia de los precios de mercado a cambiar rápidamente, a pesar de las alteraciones en la economía general que recomendarían otro precio de equilibrio. Las malas noticias de los índices de inflación de estas semanas en Estados Unidos y a este lado del Atlántico han llevado a las autoridades monetarias a anunciar que hay que seguir con la política dura de subir los tipos con la esperanza de despegar la inflación de los precios. Da igual si hay que rescatar bancos a los dos lados del atlántico, la política monetaria no se toca. El término “pegajoso” es fácil de entender si comparamos la inflación con el colesterol. Si hay demasiado colesterol en la sangre, se forman depósitos que se pegan en las paredes de la arteria que acaban estrechándola, corriendo el riesgo de un coágulo mortal. Con precios que no bajan, la actividad económica se estrecha porque el poder adquisitivo de los consumidores disminuye y las empresas cierran porque no ganan dinero.

Pero en España además de la inflación hay más elementos “pegajosos” de la economía. El ministro Escrivá ha aprobado su reforma para la sostenibilidad del sistema de pensiones que supondrá un incremento adicional de 15.000 millones de euros en cotizaciones sociales. O lo que es lo mismo para cuadrar el desfase entre gastos e ingresos de la Seguridad Social, se subirán los costes empresariales. La creciente factura de las pensiones se compensará con más cargas a los empresarios y autónomos, con un alza de un 38% en las cotizaciones sociales de aquí al 2050. Este nuevo impuesto se suma al aumento de la presión fiscal que vienen sufriendo los empresarios, de modo y manera que es otro “pegajoso” coste incrustado en la actividad empresarial que funcionará como el colesterol taponando la circulación económica. La economía fluye cuando hay incentivos para ganar dinero, con trabas como la creciente fiscalidad el mercado de trabajo se secará.

“Pegajosa” porque también se han instalado en nuestra economía y no hay quien lo despegue, es la obsesión por subir el salario mínimo, con un alza cercana al 50% en cuatro años.  O la negativa a modificar el fraudulento sistema de los fijos discontinuos que hace que cerca de 500.000 españoles en paro no aparezcan en la tasa oficial de desempleo. También la subida continua de las cuotas de autónomos que está provocando el desplome del número de trabajadores por cuenta ajena o la permanente campaña de desprestigio de los empresarios. Y lo mismo podríamos decir de la resistencia numantina a indexar la fiscalidad a pesar de la evidencia de que se está con ello subiendo los impuestos a la clase media.

"Pegajoso" es un término económico que puede aplicarse a cualquier variable que sea resistente al cambio. Por eso y en base a todo lo anterior, me atrevo a calificar así la política económica de este gobierno. No funciona, no ha conseguido que recuperemos la actividad económica de antes de la pandemia, tampoco que los precios bajen ni que se cree empleo, la pobreza ha aumentado por la caída del poder adquisitivo y el empleo sólo crece nominalmente porque la realidad es que la mitad de los trabajadores no tiene una jornada completa. Aun así, no se cambia. No se mueve ni un milímetro la hoja de ruta. Como si las políticas fuesen pegamento y del fuerte, cuando deberían ser de aceite para engrasar el sistema.

Iñaki es doctor en economía en La Universidad Internacional de La Rioja (UNIR) y LLYC

viernes, 31 de marzo de 2023

La inflación. Un monstruo que viene a verte

 (este artículo se publicó originalmente en el diario La Información el día 31 de marzo de 2023)


Ya lo había dicho anteriormente, pero esta vez Christine Lagarde eligió el momento en el que más repercusión podía tener. Alto y claro, en la rueda de prensa del 16 de marzo tras subir los tipos de interés y en plena tormenta financiera con bancos quebrando a ambos lados del Atlántico. «La inflación es un monstruo que golpearemos hasta que baje al 2%». Un monstruo que se ha hecho fuerte, a la vista de las cifras del último IPC armonizado europeo de un 8,5%. La alimaña, a pesar de las actuaciones de Frankfurt, no da muestras de debilidad con la inflación subyacente resistiéndose a bajar del 7%. Para colmo unos días después de la amenaza de la presidenta del BCE, el monstruo ha contratacado con los precios que más duelen a los gobiernos, los de la cesta de la compra. Los alimentos en el último año han subido de media en Europa un 20.7% y aquí el Banco de España alerta de que seguirán subiendo por lo menos un 12.2% este año. Millones de europeos que verán como sus euros cada vez valen menos en el supermercado y que volcaran su enfado en sus respectivos gobernantes.

No son pocos los economistas que se han abonado a la teoría de que la política monetaria de la última década ha alimentado al monstruo. Hace años se atribuyó al entonces presidente del PNV una frase que puede ayudar a entender la tesis de que los bajos tipos de interés han cebado esta inflación, así como el retraso en acabar con el dinero gratis. Xabier Arzallus defendía -refiriéndose al nacionalismo radical- que si entrenas a una bestia para atacar, un día te acaba mordiendo a ti. El BCE ha cebado a la inflación durante más de diez años con su política monetaria y ahora quien sufre sus ataques son ellos mismos. Porque el arma para matar al bicho, subir los tipos de interés, se ha revuelto contra el propio BCE. Un endeudamiento más caro, unas hipotecas más altas y más problemas para los bancos que han visto como sus bonos referenciados a los tipos de hace un año se convertían en pura dinamita.

El monstruo ha tomado posiciones por todo el territorio del euro. Por ejemplo, en España, los datos de consumo ya se están viendo afectados con un preocupante desplome, al mismo tiempo que el ahorro embalsado en la pandemia se agota, son datos de BBVA Research ratificados por Funcas. Nuestro país padece, por ello, el mayor proceso de empobrecimiento continental (Eurostat. PIB per cápita en paridad).

En Francia, la excusa de la reforma de las pensiones, ha sido el acicate para que el malestar ciudadano contra la economía, tome las calles y arda medio país. El monstruo está detrás de las barricadas porque con inflaciones de dos dígitos, la historia nos ha enseñado especialmente en Europa, que el populismo se hace fuerte. El Hexágono afronta una primavera con la congoja de saber que el gobierno de Emmanuel Macron está muerto pero la alternativa sería la muerte de la V República.

En Alemania, país que acoge la residencia de la señora Lagarde, han visto como los sagrados postulados de su gobierno se convertían en papel mojado, y el monstruo ha tenido algo que ver. El ecologismo de poco vale en epoca de crisis y menos si acaba con la industria nacional del automóvil y hace perder millones de puestos de trabajo. La lucha contra el cambio climático no puede hacerse sin contar con quien mantiene la economía alemana y el canciller Olaf Scholz ha tenido que parar los planes comunitarios para acabar con el coche movido por combustibles fósiles, si no quería ver como el que tenía que irse era él.  

En Bélgica estos días se ha reunido el Consejo de Europa y todos los líderes han apoyado la declaración de Lagarde sobre la fortaleza del sector bancario al mismo tiempo que se desplomaba la cotización del Deutsche Bank. El monstruo seguía haciendo de las suyas y atacaba un símbolo de Alemania, el mismo país que lleva más de diez años oponiéndose a completar la unión bancaria con la creación de un fondo de garantía de depósitos común. Qué ironía, con lo bien que le hubiera venido al país germano ese escudo europeo ahora en plena tormenta financiera.

Concentrados en seguir donde nos lleva el monstruo, los europeos no le hemos prestado atención a cómo Putin ha respondido a la orden de detención de un tribunal internacional con sede en los Países Bajos, anunciando que desplegará armas nucleares en Bielorrusia. Tampoco a China le ha preocupado mucho la resolución de La Haya y se han fotografiado en el Kremlin los presidentes de ambos países. Les preocupa poco el monstruo, con una economía intervenida y una opinión pública anestesiada, y la seguridad de que en esta parte del mundo seguiremos poniendo desde los gobiernos pero también desde las grandes empresas, la alfombra roja al gigante chino. Risa le habrá dado a Xi Jinping la prohibición francesa de no poder descargarse Tik Tok en los móviles de la administración, mientras sigue siendo el proveedor que más crece.

“Un monstruo viene a verme” fue una exitosa película dirigida por el español Juan Antonio Bayona en 2016.  Todas las noches un monstruo se aparece a un niño que está pasando un drama familiar. El monstruo finalmente le ayuda a recuperar la fortaleza con sus enseñanzas. Ojalá, como en la película, Europa aprenda del monstruo de la inflación y consigamos vencer los problemas que nos azotan.


Iñaki es doctor en economía en La Universidad Internacional de La Rioja (UNIR) y LLYC

viernes, 9 de diciembre de 2022

La economía dopada

(este artículo se publicó originalmente en el diario La Información el día 8 de diciembre de 2022)

El uso de sustancias estimulantes para potenciar el rendimiento del organismo de un deportista está prohibido. Con los esteroides se consigue más musculatura, con la EPO eliminar la fatiga y con los narcóticos ya no hay dolor, pero no es legal ni ético y además perjudica la salud. El dopaje solamente está perseguido en el deporte, pero a la vista de los últimos indicadores económicos quizás se debería extender a la política económica.

Las cifras del desempleo registrado se desploman en España porque no se contabilizan los fijos discontinuos sin actividad o los empleados en ERTE que no están trabajando. Al mismo tiempo los cotizantes crecen con decenas de miles de empleos promovidos por el sector público. Se consigue artificialmente tener menos parados, muy parecido a los boxeadores que toman diuréticos antes de subirse a la báscula y así rebajar su peso.

Cuando los presupuestos generales del estado no cuadran porque los gastos superan los ingresos, basta con introducir en el cuadro macroeconómico un supuesto optimista de crecimiento del PIB del 2,1%, aunque todas las previsiones de los analistas lo sitúen en la mitad. De modo y manera que se consigue equilibrar la cuenta, pero eso sí, con los ingresos hinchados, como los músculos del atleta americano Ben Johnson cuando consiguió la plusmarca de los cien metros lisos, gracias a los esteroides.

Si los sueldos son bajos o nadie contrata a los mayores de 52 años, el BOE viene al rescate subiendo el salario mínimo interprofesional en más de un 30% o estableciendo a los seniors un subsidio vitalicio de 500 euros. Más deuda pública para evitar sentir el dolor de un tejido productivo que no crea empleo de calidad asfixiado por trabas e impuestos. Tampoco sentían dolor en sus piernas tantos ciclistas que recordamos -como el mítico Pantani- porque corrían dopados con anfetaminas pero que luego lo pagaron con sus vidas.

Si, aún así, los compromisos de gasto siguen creciendo fruto de las exigencias de socios insaciables y no hay ingresos que los soporten, siempre se puede recurrir a nuevos impuestos a la banca o a las energéticas. ¿Que no es suficiente? pues se inventa un tributo para los ricos o se suben las contribuciones a los empresarios. Da igual si son legales o no, incluso si finalmente no se recauda ni un euro tras ser desautorizada por los tribunales. Cuántos atletas se han quedado por el camino tras descubrirse por las autoridades que consumían sustancias prohibidas, pero la ambición por ganar les llevó a truncar sus carreras.

No es nuevo. La política monetaria del Banco Central Europeo con los tipos en negativo durante seis años permitió el dinero gratis para los bancos, alimentando enfermizamente una demanda continental. Ahora los fondos Next Generation EU, creen que harán posible lo imposible, como la soberanía industrial o la autonomía energética en Europa. Una lluvia de millones, esta vez sí caída del cielo, porque parece que es gratis. Todo cuesta y las reformas estructurales en nuestro país no se consiguen de la noche a la mañana. A la tenista María Sharapova y al ciclista Lance Armstrong sí les costó y mucho, usar atajos para ganar, y tras descubrirse nunca volvieron a ser los mismos.

Pero pobre del que se atreva a denunciar algo de la anterior, sea un funcionario, un economista o un político. Fascista, trumpista o catastrofista serán los calificativos recibidos, cuando no jubilado o despedido de su posición en la administración. Exactamente igual como cuando hace años un médico o un periodista descubrían el dopaje de un famoso deportista y eran linchado por lesionar el prestigio del ídolo.

La mayoría de las sustancias catalogadas como dopantes son medicinas utilizadas para aliviar enfermedades, por tanto, no son malas per se. Simplemente cuando se usan para otros fines o con otras dosis, es cuando son problemáticas. Exactamente igual sucede con la política económica. Los subsidios son necesarios para corregir fallos de mercado, la política fiscal garantiza la redistribución de la riqueza y la monetaria el acceso al crédito. Pero siempre con la dosis y con el fin adecuado, que en economía es la satisfacción de las necesidades humanas y no ganar elecciones.

Las leyes antidopaje tardaron en llegar, pero finalmente se consiguieron. Lo que antes era legal o por lo menos alegal, hoy está prohibido. Esperemos que más pronto que tarde, una ley impida también el dopaje de la política económica.

Iñaki Ortega es doctor en economía en UNIR y LLYC

lunes, 14 de noviembre de 2022

Torturas en la contabilidad nacional

(este artículo se publicó originalmente en El Periódico el día 11 de noviembre de 2022)

Se atribuye al economista británico Ronald Coase la repetida frase de que «si torturas los datos por suficiente tiempo, confesarán lo que sea». A este insigne miembro de la escuela de Chicago no le concedieron el Premio Nobel de Economía en el año 1991 por su ocurrente sentencia sino por demostrar la importancia de las instituciones en las transacciones.

Pero cómo no acordarse de Coase estas semanas en las que, para un mismo dato económico, la interpretación del gobierno difiere radicalmente de la del consenso de todos los analistas.

Los precios en octubre siguen al alza con un 7,3% y aunque llevamos 13 meses con subidas que superan el 5%, los mensajes triunfalistas desde las tribunas oficiales equiparan subir menos con bajar. Para el gobierno, España no tiene un problema de precios, pero sí Alemania e Italia, obviando que las medidas para luchar contra la inflación son europeas con la política monetaria del BCE.

La economía española arrastra los pies con una escuálida subida trimestral del 0.2% y el gobierno habla de la gran fortaleza de nuestra economía. Pero, aun así, el dato no es malo para el ministerio, porque a pesar de la guerra de Ucrania “la resistencia de la actividad española es sorprendente”. Del frenazo de las exportaciones y de la caída de la inversión no se habla porque para qué estropear un buen titular.

La tasa de desempleo aumenta hasta alcanzar un 12,6% o lo que es lo mismo casi 3 millones de españoles que quieren trabajar, pero no encuentran empleo. Y desde el Gobierno lo celebran porque justifican el aumento de la tasa de paro por mor de la matemática, ya que la tasa es un cociente y no solo aumenta el denominador -los parados- sino también el numerador - “fuerte incremento de la población activa”-. Eso significa que hay más personas buscando un empleo porque ha aumentado “la confianza de los trabajadores” en el mercado de trabajo.

El premiado economista con su flema inglesa, ante esta situación, hubiese bromeado con que alguien en el Ministerio de Economía está torturando al IPC, a la EPA y al PIB. Casi estoy viendo la imagen que tanto haría reír a Coase. En un remoto despacho del Paseo de la Castellana, técnicos comerciales del estado, nombrados por la vicepresidenta Nadia Calviño, aplicando electrodos, luces cegadoras y música ensordecedora a los pobres indicadores de contabilidad nacional que exhaustos acaban firmando una declaración sobre la buena situación de la economía patria. Ese siempre riguroso IPC, después de horas sin dormir, reconoce que, en España, con un 7,3% de inflación y una subyacente del 6,2%, no tenemos problemas con los precios por mucho que se haya aprobado una agresiva subida de los tipos de interés para toda la zona euro. El viejo pero confiable PIB no tiene otro remedio que confesar, ante la amenaza de más descargas, que, aunque no hemos recuperado los niveles pre-COVID el año que viene con una aumento -que nadie se cree- del 2% estaremos ya como en 2019. Y la pobre tasa de desempleo, agotada tras el interrogatorio, tiene que asumir el papelón de minusvalorar los más de 60.000 parados de este verano y poner en cambio el foco en los miles de empleos que se han creado por el sector público.

A Coase ya no le hubiera hecho tanta gracia los cambios en la dirección de instituciones como el Instituto Nacional de Estadística (INE) que emiten los principales indicadores económicos de nuestro país. Ni tampoco que instituciones como la AIREF haya puesto en solfa los informes económicos sobre los que se diseñan los presupuestos. No en vano el premiado economista fue el fundador de la conocida como Nueva Economía Institucional que defiende el papel clave de las instituciones sociales (leyes, contratos reguladores, supervisores y administraciones públicas entre otras) en el comportamiento de los agentes económicos. Imagino su cara de desagrado al contarle que en España el responsable del organismo público CIS es un militante del partido del gobierno que emite encuestas electorales que no coinciden con las de ningún instituto demoscópico. Pero ya le hubiera indignado sobremanera, a la luz de sus estudios sobre las leyes contractuales, conocer que las instituciones españolas no son capaces de desbloquear el gobierno de los jueces que sigue dependiendo de los partidos políticos.

Torturando la contabilidad nacional, los argumentarios de los consejos de ministros están consiguiendo mantener la vana ilusión de que la economía española está libre de problemas. Igual que los martirios del señor Tezanos a las encuestas acaban generando mayorías incontestables para su jefe de partido. Pero, esos suplicios a los datos, tarde o temprano se acaban descubriendo. Las medidas aprobadas por el Banco Central acabarán congelando definitivamente la economía continental; empezarán los despidos y ya no podrán pagar las hipotecas muchas familias. Al mismo tiempo llegarán las elecciones y las urnas dirán verdades y no deseos. Y los indicadores de contabilidad nacional recuperarán su tranquilidad y su fiabilidad.

Iñaki Ortega es doctor en economía en la UNIR y LLYC

 

 

 


viernes, 4 de noviembre de 2022

Frankfurt dice la verdad

(este artículo se publicó originalmente en el periódico La Información el día 4 de noviembre de 2022)

La semana pasada desde Frankfurt se anunció la medida más dura de política monetaria de la historia del Banco Central Europeo (BCE), una decisión que a ningún político del mundo le gustaría tomar, pero por estos lares estamos celebrando nuestros datos de coyuntura.

Ministros, vicepresidentas y hasta el propio presidente del gobierno, han ocupado las tribunas mediáticas para, sin quitarse la sonrisa de la boca y la ropa desenfadada, trasladar que en España todo va bien. Nada que preocuparse. La excepción ibérica de la energía también lo es en los precios que, según ellos, están controlados; el desempleo no ha de ocuparnos y nuestra economía crece más que ninguna. Alemanes, franceses e italianos nos envidian, nos dicen desde el gobierno.

La realidad es que, desde la ciudad alemana sede del BCE, en apenas 90 días, se ha multiplicado por cuatro el precio del dinero y encarecido las condiciones para dar liquidez a los bancos continentales. Una dura e inédita decisión que solamente se explica por la gravedad de la situación económica. La inflación se ha instalado en la economía y es lo peor que podía pasarnos.

En una economía de mercado los precios están sujetos a cambios, en ocasiones aumentan y otras veces disminuyen. Pero solamente cuando se produce un aumento generalizado y sostenido en el tiempo de los precios es cuando se habla de inflación. La consecuencia de la inflación para una persona es que con el mismo presupuesto puede comprar menos cantidad de bienes; igualmente sucede con los ahorros que acaban perdiendo valor, por tanto, todos esos ciudadanos se empobrecen. A nivel macroeconómico los países que sufren la inflación tienen monedas que cada vez valen menos, les cuesta más dinero importar bienes y se pierde competitividad y por tanto ventas, si el alza de precios se mantiene en el tiempo.

Aunque al gobierno no le guste que se recuerde, una inflación alta como la que tenemos (muy lejos de la asumible del 2%) es considerada como el peor impuesto de los más pobres, ya que siempre afecta más a las rentas más bajas. Por ejemplo, una inflación del 8% significa que, de media, el precio de un producto que hace un año costaba 100 euros ahora has de pagar 108. Al mismo tiempo supone que con un sueldo de 1000 euros o con unos ahorros de 1000 euros puedes comprar menos bienes y servicios ya que el “coste de la vida” ha subido un 8%.

Tampoco les hará gracia a nuestros economistas gubernamentales mencionar que la inflación es considerada el veneno de la economía ya que se cuela lentamente en el sistema productivo para acabar matándolo. Un país con precios descontrolados no puede mantener su producción y ni mucho menos invertir en su futuro; al mismo tiempo su balanza de pagos se resiente y se destruye empleo. Así ha sido a lo largo de la historia económica y seguirá siendo, les guste o no, a quienes llevan los mandos de nuestras finanzas públicas.

Los países por todo lo anterior utilizan herramientas de política económica para luchar contra sus efectos. Las más conocidas son la deflactación de los impuestos -rebajar las tarifas de los impuestos para evitar que por el efecto inflación los contribuyentes paguen más- y los pactos de rentas -acuerdos entre empresas y administraciones para evitar efectos de segunda ronda a través de la contención de precios, salarios y beneficios-. Ambas han sido una quimera en nuestro país porque el gobierno ha primado sus intereses y pactos electorales a la ortodoxia económica.

Pero ahora el gobierno español ya no tiene margen porque ha entrado en juego la política monetaria. Todos los bienes y servicios de la economía tienen precio, incluso también el dinero. Cuando se presta dinero se cobra un precio que viene a explicar el valor que el propietario del dinero otorga a dejar de disfrutarlo o si se prefiere, lo que está dispuesto a pagar quien no tiene dinero por poseerlo. Ese valor es el tipo de interés, es decir el precio del dinero. Los bancos centrales establecen los tipos de interés para propiciar las mejores condiciones económicas que se conocen como política monetaria. Si se aumenta el tipo de interés, la cantidad de dinero baja porque el crédito se encarece y por eso se habla de política monetaria restrictiva. En cambio, con tipos de interés bajos, el dinero es barato y aumenta su cantidad, en lo que se conoce como política monetaria expansiva.

El control de estos resortes monetarios con motivo de la globalización de la economía y con nuestra incorporación plena a Europa ya no nacional. De hecho, en Europa la política monetaria está controlada por el BCE, organismo supranacional no sujeto a vaivenes electorales y con un mandato claro, los precios no pueden superar el 2%. Por eso, cuando ha estado claro que Europa terminará el año con un 8% de inflación, todo un drama, en Frankfurt han decidido actuar sin contemplaciones. Así de claro, porque cuando se suben tanto los tipos de interés, hemos pasado de un 0,5% en julio al 2% en octubre, es una política monetaria restrictiva. Y es catalogada así no sólo porque reduce el dinero en los mercados sino porque ralentiza la actividad económica, perjudicando a las familias, empresas y gobiernos endeudados que verán cómo suben los pagos por intereses y a toda la sociedad en general por el parón económico que causa dificultar el crédito.

Por si fuera poco ayer se conoció el dictamen del Banco Central Europeo sobre el nuevo impuesto a la banca que están tramitando en el Congreso los partidos que apoyan al gobierno. Desde Frankfurt se ha hecho una enmienda a la totalidad al mismo. Básicamente porque contradice las normas comunitarias, añade incertidumbre y perjudica a la competencia, a la economía (ya que provocará disminuciones del crédito) y lesiona la política monetaria del propio BCE.

Nos guste o no en esta parte del mundo, esta política monetaria ha comenzado y sus efectos no tienen marcha atrás. España no será una excepción como ha expresado Fernando Monar, el jefe de riesgos del BCE “la recesión es inevitable fruto del enfriamiento económico (…) también en España”. Y entonces cuando ya no pueda ocultarse la crisis, los mismos que por estas latitudes nos han contado que todo iba bien, cambiarán el discurso triunfalista y nos dirán circunspectos, ya vestidos muy formales y de oscuro, que los culpables no están en su gobierno sino a miles de kilómetros en Alemania, Ucrania o Rusia. Lo verán estos ojos.

Iñaki Ortega es doctor en economía en La Universidad de Internet (UNIR) y LLYC

Para que lo entienda todo el mundo

 (este artículo se publicó originalmente en el periódico 20 Minutos el día 31 de octubre de 2022)

Europa está enferma, vive una crisis económica que tiene por síntomas una inflación desbocada y crecimientos en el entorno de cero. Estanflación lo llamamos en la doctrina económica. Se han probado desde el Banco Central Europeo (BCE) tratamientos para bajar la fiebre de los precios y no han funcionado. Por eso hay que endurecer la terapia: de las aspirinas y antibióticos usadas hasta ahora con leves efectos secundarios se ha pasado a una agresiva quimioterapia (intereses que se han cuadruplicado en unos pocos meses y encarecimiento del crédito a los bancos) que puede frenar la inflación, pero que tiene un gravísimo efecto secundario. La consecuencia no deseada es parar la economía, porque con los préstamos caros se cae la inversión y el consumo privado, se desploman las hipotecas y y comenzarán las dificultades para las familias que verán como no pueden pagar sus obligaciones con los bancos o peor aún los despidos llegarán porque las empresas ya no aguantarán más.

Pero en España estamos a otra cosa. Solo en la semana pasada tres ejemplos para demostrar que en nuestro país hemos decidido hacer caso omiso de lo anteriores

Los precios siguen subiendo, un 7% es el dato de octubre, pero se traslada a la opinión pública como si fuese una buena noticia porque ya no estamos en dos dígitos de inflación. cuando lo que habría que celebrar sería que no crezcan los precios, no que aumenten menos que el mes anterior.

La economía española se arrastra por los suelos con una pírrica subida trimestral del 0.2% y el gobierno habla de la gran fortaleza de nuestra economía, ¿fuertes, cuando si se desglosa el dato se ve el desplome de la inversión y las exportaciones.

En verano, hemos disfrutado de una excelente campaña turística que no ha sido capaz de crear empleo neto y los ministros, a pesar del aumento del desempleo, nos cuentan que son positivos estos datos para el país ¿60.000 nuevos parados cada verano es lo que queremos?

Año tras año la educación financiera aparece como uno de los grandes lastres de nuestro bienestar. Una reciente encuesta demostró que más de la mitad de los españoles suspendemos en un sencillo examen sobre qué es la inflación o el interés compuesto. Estamos a la cola de los países desarrollados en este campo y eso tiene graves consecuencias porque aquí estamos menos preparados para afrontar las crisis ya que tomamos decisiones en épocas de bonanza, como endeudarnos o consumir en exceso, sin tener en cuenta que en el futuro habrá cambios de coyuntura y no seremos capaces de asumir esos compromisos. No entendemos nada de economía y acabamos tomando decisiones erróneas.

Pero qué podemos esperar si desde el gobierno y otros altavoces que priman más la ideología que las noticias veraces, se sigue alimentando la desinformación y lo que es más preocupante las falsedades al respecto del rumbo económico del país. La realidad es que hace unos pocos días el BCE ha anunciado la medida más dura de política monetaria de su historia, una decisión que a nadie le gustaría tomar. Esa quimioterapia que puede curar o matar.

Y entonces, cuando llegue ese momento que todos tememos, las sonrisas, la vestimenta desenfadada y los mensajes edulcorados de nuestros líderes se tornarán en gestos adustos, corbatas negras, trajes oscuros e impostadas declaraciones, pero será tarde y pagarán los de siempre, los que no saben diferenciar un tipo de interés simple de uno compuesto.

Iñaki Ortega es doctor en economía en UNIR y LLYC

lunes, 1 de agosto de 2022

Cuidado con la dosis de la medicina

(este artículo se publicó originalmente en el periódico 20 Minutos el día 25 de julio 


Que la economía no va bien, lo saben todos los españoles. Igual no son capaces de recitar con exactitud el indicador que mide la inflación o la tasa de crecimiento económico, pero que la cosa está negra es un secreto a voces. Otro asunto bien diferente es que sabiendo que hay una crisis a la vuelta de la esquina, hagamos como si no pasase nada. De otro modo es difícil de explicar que el turismo y la hostelería estén batiendo récords o que según las encuestas las medidas populistas del gobierno de Pedro Sánchez contra la banca y las energéticas hayan sido recibidas con alharacas. La psicología del comportamiento económico lo ha llamado “Efecto Titanic”. Confiamos en que todo siempre saldrá bien, pero en ocasiones como con el famoso crucero, eso no sucede. El barco se hundió y algunos pasajeros optaron en lugar de salvarse por hacer que no pasaba nada y seguir levantando su copa para brindar por la orquesta.

No quiero amargar el verano a nadie, pero la semana pasada el Banco Central Europeo (BCE) anunció la mayor subida de tipos de interés en 22 años, una señal muy clara de que algo muy gordo está sucediendo en nuestro continente. La subida de cincuenta puntos básicos del precio del dinero es una dosis muy alta de la medicina con la que se quiere curar la enfermedad de la inflación que nos ha atacado con mucha fuerza. Las autoridades monetarias suben los tipos para que no gastemos. Suben los tipos para que no pidamos préstamos. Suben los tipos para que las empresas no inviertan. Suben los tipos, en definitiva, para enfriar la economía y con eso lograr parar la escalada de precios que lleva todo el año en el entorno de los dos dígitos. Pero la decisión del BCE no sólo hará que las ganas de consumir se retraigan, sino que las hipotecas de los españolitos suban, que los créditos de muchas empresas no sean refinanciados y tengan que cerrar. Al mismo tiempo, nuestro Gobierno que lleva cuatro años montado en el Titanic, con una deuda desbocada que no le preocupaba porque los tipos de interés eran de risa, verá como las tornas han cambiado. Ahora ya no será tan barato financiar lo que debemos como Estado y tendremos que pagar cada vez más por enjugar nuestro déficit. Es decir que el gasto público no podrá dedicarse a hospitales, carreteras o educación sino a pagar intereses, a compensar a los que han financiado estos años en los que el Gobierno ha gastado por encima de nuestras posibilidades, haciendo caso omiso a las autoridades económicas que no lo venían advirtiendo.

Esto es lo que viene con la decisión de política monetaria tomada en Frankfurt el jueves pasado. Una posología alta de 0,5 del medicamento contra la inflación que ojalá no nos provoque diarrea sino nos sane. Por si acaso, habrá que hacer caso al prospecto y practicar una vida normal sin excesos.

Iñaki Ortega es doctor en economía en UNIR, La Universidad de Internet y LLYC

domingo, 19 de junio de 2022

Si no entiendes nada

(este artículo se publicó originalmente en el periódico 20 Minutos el día de 13 junio de 2022)


Año tras año, la educación financiera en España aparece como una asignatura pendiente. Esta disciplina no supone ser un experto economista sino tener unos conocimientos básicos sobre conceptos como el ahorro, la inversión, el crédito, los gastos y el presupuesto familiar. Aquellos países con ciudadanos bien educados en estas lides soportan mejor las crisis. Veamos porqué.

La pandemia supuso que muchos de los afectados por el cierre de la actividad tuviesen que recurrir a la hucha del cerdito para sobrevivir. La guerra en Ucrania está haciendo que las inversiones de los ahorros de una vida se estén desplomando. La subida del precio del gas la notamos los que tenemos coche al pasar por la gasolinera y sin excepción la inflación de dos dígitos se sufre en la cesta de la compra A todos nos atañen los conceptos de la educación financiera.

Por ello conocer el significado de la última subida del IPC del 8,7% es importante no solo para los macroeconomistas sino para cualquier paisano que viva en un país con inflación. Las cosas cuestan más, los sueldos no suben los mismo, pagamos impuestos de más, el resultado es que somos más pobres debido a ese guarismo del IPC y encima sin darnos cuenta.

Entender una subida de 0,25% de los tipos de interés anunciada en Frankfurt por el BCE, es clave para los banqueros, pero sobre todo para los que tenemos una hipoteca. Europa sube el precio del dinero y por tanto los bancos cobrarán más por habernos prestado el dinero para nuestra casa. Con un presupuesto familiar muy ajustado en el que apenas ahorramos, un cambio en una de las partidas más importantes -la hipoteca- puede hacer que las pasemos canutas.

Estar al día de la prima de riesgo -también conocida como el diferencial respecto al bono alemán- es un dato esencial para los gestores públicos y por supuesto para los que reciben una beca por estudios, una pensión por jubilación o una baja por maternidad. Un país que gasta mucho más de lo que ingresa tiene déficit y esa diferencia -acumulada año tras año- ha de pedírsela a alguien que es la deuda. A cambio se les paga unos intereses por ello. Si eres fiable (como Alemania) pagas x, si eres menos fiable pagas algo más, por eso se llama prima. En la actual coyuntura cada vez pagaremos más intereses, por ello habrá menos dinero para los gastos públicos de los que nos beneficiamos.

Si no entiendes nada de lo que te estoy contando, piensa que formas parte de una mayoría de españoles, según los datos de la encuesta global Standard&Poor de educación financiera. Pero al mismo tiempo con muy poca dedicación podrías estar en el otro grupo de españoles (45%) que gestionará mejor las incertidumbres económicas. Hay margen para ello. Cada año pasamos más de 1500 horas delante del televisor y por lo menos 700 horas en las redes sociales. Nuestra vida depende de nuestros ingresos, ahorros y gastos, por eso no estaría mal dedicar alguna horilla a estar al día de la economía que tanto nos afecta.

Iñaki Ortega es doctor en economía en UNIR y LLYC

martes, 14 de julio de 2015

In extremis

(este artículo se publicó en el Diario Cinco Días el día 14 de junio de 2015)

El lingüista Ferdinand de Saussure, a comienzos del siglo XX, concibió  la posibilidad de la existencia de una ciencia que estudiara los signos «en el seno de la vida social», a la cual denominó semiología, del griego semeion ("signo"). En nuestro país en la educación obligatoria se enseña la diferencia entre la semántica y la semiótica, siendo la primera la que estudia el significado de las palabras y la segunda los signos. Pues bien, respecto al acuerdo de Grecia merece la pena que recordemos que para la semiótica hay tres posibilidades de ordenar la narración de los hechos. Ab ovo,  la más intuitiva, indicaría que la historia se desarrolla desde su inicio, siguiéndose un orden cronológico. La segunda posibilidad, in medias res, señala que la narración empieza en medio de los hechos, pudiéndose hacer una rememoración o vuelta atrás. En la tercera posibilidad, in extremis, la narración se empieza por el final, empieza por el desenlace.

Después de una maratoniana reunión de 16 horas por fin se ha llegado  a un acuerdo entre los jefes de Estado de la zona Euro y Grecia para negociar el tercer rescate por valor de 86.000 millones de euros y una duración de tres años. Los negociadores helenos han optado por subirse al tren de la Unión en el último vagón. No tenían más remedio. Lo contrario habría significado su salida del euro, con unas repercusiones casi catastróficas para su pueblo y una peligrosa incertidumbre sobre el futuro para el resto de Europa.

El acuerdo al que ahora se ha plegado Gracia incluye a la Unión Europea pero también al Fondo Monetario Internacional muy a pesar de los negociadores griegos. Las medidas aceptadas para optar al rescate son mucho más exigentes de las que se sometieron a votación en referéndum hace más de una semana, por lo que el gobierno griego, tiene ante sí una difícil papeleta para lograr vender el acuerdo a los habitantes de su país.
Entre las nuevas exigencias se incluyen una reforma completa de las pensiones, el aumento de la edad de jubilación, la subida del IVA y la independencia de la oficina oficial de estadística (ELSTAT) y del consejo fiscal, Pero lo más significativo del acuerdo es la creación del fondo de privatizaciones para que se vendan bienes públicos por valor de unos 50.000 millones de euros de los que la mitad irán destinados a la recapitalización de los bancos y el resto a partes iguales en inversiones productivas y el pago a los vencimientos de la deuda.

Pero el proceso no está totalmente cerrado ya que el primer ministro Alexis Tsipras tiene hasta mañana miércoles para someter a votación el acuerdo y recibir el respaldo del parlamento. En principio no debería tener problemas, aunque ya en la última votación de hace unos días hubo diecisiete diputados de su partido que se opusieron a llegar a un acuerdo con la Unión Europea. En este momento Atenas tiene una urgencia en recibir fondos ya que tiene unas necesidades de unos doce mil millones de euros de aquí a mitad de agosto.

Alejar el fantasma del Grexit y evitar la bancarrota del sistema financiero heleno ha supuesto finalmente para Tsipras aceptar unas condiciones implacables que, muy probablemente, desembocarán en la necesidad de que Grecia celebre unas nuevas elecciones generales a lo largo de 2015, ya que el actual partido del Gobierno, Syriza, no sólo no ha conseguido implementar la mayoría  las medidas que planteaba en su programa electoral, sino que ahora no tendrá más remedio que dar marcha atrás en algunas de las medidas ya aprobadas y puestas en marcha durante su mandato.

Es importante recalcar que ahora debería empezar una nueva etapa para los griegos. Pero el tiempo perdido no solo ha ahondado el sufrimiento del pueblo griego, sino que ha incrementado aún más si cabe, la desconfianza sobre el país.

De haberse implementado las reformas que ahora se han acatado durante el primer rescate, hace ya varios años, Grecia nos habría ahorrado inestabilidad económica al resto de miembros de la Unión, a los mercados financieros y una salida de la crisis mucho menos costosa para el pueblo griego, que es el principal afectado.

Pero no todo tiene una lectura negativa. Es cierto que es previsible que los próximos años sean muy duros para los habitantes del país heleno, que tendrán una menor renta disponible. Además, tendrán que reducir el endeudamiento de las familias y poner orden a sus finanzas públicas. Pero si cumplen podrán disfrutar de las mieles al final del camino. Nosotros, los españoles, hemos vivido una situación similar, salvando las distancias, pero ahora empezamos a decir que los sacrificios no han sido en balde.

Como decíamos al principio la semiótica viene de la palabra griega “signo”, y no somos pocos lo que en Europa vemos hoy este acuerdo como una esperanza no solo para el futuro de la Unión si no para el de cada una de las naciones que lo componen. Este acuerdo aunque “in extremis” ha de ser como nos recuerda la lingüística, no el final sino el inicio de una historia basada en los vectores de la nueva sociedad que nos ha tocado vivir: la ejemplaridad, la solidaridad, el talento y el esfuerzo.

Luis Sánchez de Lamadrid. Director General en España de Pictet & Cie

Iñaki Ortega, es doctor en economía y director de Deusto Business School en Madrid