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viernes, 4 de noviembre de 2022

Frankfurt dice la verdad

(este artículo se publicó originalmente en el periódico La Información el día 4 de noviembre de 2022)

La semana pasada desde Frankfurt se anunció la medida más dura de política monetaria de la historia del Banco Central Europeo (BCE), una decisión que a ningún político del mundo le gustaría tomar, pero por estos lares estamos celebrando nuestros datos de coyuntura.

Ministros, vicepresidentas y hasta el propio presidente del gobierno, han ocupado las tribunas mediáticas para, sin quitarse la sonrisa de la boca y la ropa desenfadada, trasladar que en España todo va bien. Nada que preocuparse. La excepción ibérica de la energía también lo es en los precios que, según ellos, están controlados; el desempleo no ha de ocuparnos y nuestra economía crece más que ninguna. Alemanes, franceses e italianos nos envidian, nos dicen desde el gobierno.

La realidad es que, desde la ciudad alemana sede del BCE, en apenas 90 días, se ha multiplicado por cuatro el precio del dinero y encarecido las condiciones para dar liquidez a los bancos continentales. Una dura e inédita decisión que solamente se explica por la gravedad de la situación económica. La inflación se ha instalado en la economía y es lo peor que podía pasarnos.

En una economía de mercado los precios están sujetos a cambios, en ocasiones aumentan y otras veces disminuyen. Pero solamente cuando se produce un aumento generalizado y sostenido en el tiempo de los precios es cuando se habla de inflación. La consecuencia de la inflación para una persona es que con el mismo presupuesto puede comprar menos cantidad de bienes; igualmente sucede con los ahorros que acaban perdiendo valor, por tanto, todos esos ciudadanos se empobrecen. A nivel macroeconómico los países que sufren la inflación tienen monedas que cada vez valen menos, les cuesta más dinero importar bienes y se pierde competitividad y por tanto ventas, si el alza de precios se mantiene en el tiempo.

Aunque al gobierno no le guste que se recuerde, una inflación alta como la que tenemos (muy lejos de la asumible del 2%) es considerada como el peor impuesto de los más pobres, ya que siempre afecta más a las rentas más bajas. Por ejemplo, una inflación del 8% significa que, de media, el precio de un producto que hace un año costaba 100 euros ahora has de pagar 108. Al mismo tiempo supone que con un sueldo de 1000 euros o con unos ahorros de 1000 euros puedes comprar menos bienes y servicios ya que el “coste de la vida” ha subido un 8%.

Tampoco les hará gracia a nuestros economistas gubernamentales mencionar que la inflación es considerada el veneno de la economía ya que se cuela lentamente en el sistema productivo para acabar matándolo. Un país con precios descontrolados no puede mantener su producción y ni mucho menos invertir en su futuro; al mismo tiempo su balanza de pagos se resiente y se destruye empleo. Así ha sido a lo largo de la historia económica y seguirá siendo, les guste o no, a quienes llevan los mandos de nuestras finanzas públicas.

Los países por todo lo anterior utilizan herramientas de política económica para luchar contra sus efectos. Las más conocidas son la deflactación de los impuestos -rebajar las tarifas de los impuestos para evitar que por el efecto inflación los contribuyentes paguen más- y los pactos de rentas -acuerdos entre empresas y administraciones para evitar efectos de segunda ronda a través de la contención de precios, salarios y beneficios-. Ambas han sido una quimera en nuestro país porque el gobierno ha primado sus intereses y pactos electorales a la ortodoxia económica.

Pero ahora el gobierno español ya no tiene margen porque ha entrado en juego la política monetaria. Todos los bienes y servicios de la economía tienen precio, incluso también el dinero. Cuando se presta dinero se cobra un precio que viene a explicar el valor que el propietario del dinero otorga a dejar de disfrutarlo o si se prefiere, lo que está dispuesto a pagar quien no tiene dinero por poseerlo. Ese valor es el tipo de interés, es decir el precio del dinero. Los bancos centrales establecen los tipos de interés para propiciar las mejores condiciones económicas que se conocen como política monetaria. Si se aumenta el tipo de interés, la cantidad de dinero baja porque el crédito se encarece y por eso se habla de política monetaria restrictiva. En cambio, con tipos de interés bajos, el dinero es barato y aumenta su cantidad, en lo que se conoce como política monetaria expansiva.

El control de estos resortes monetarios con motivo de la globalización de la economía y con nuestra incorporación plena a Europa ya no nacional. De hecho, en Europa la política monetaria está controlada por el BCE, organismo supranacional no sujeto a vaivenes electorales y con un mandato claro, los precios no pueden superar el 2%. Por eso, cuando ha estado claro que Europa terminará el año con un 8% de inflación, todo un drama, en Frankfurt han decidido actuar sin contemplaciones. Así de claro, porque cuando se suben tanto los tipos de interés, hemos pasado de un 0,5% en julio al 2% en octubre, es una política monetaria restrictiva. Y es catalogada así no sólo porque reduce el dinero en los mercados sino porque ralentiza la actividad económica, perjudicando a las familias, empresas y gobiernos endeudados que verán cómo suben los pagos por intereses y a toda la sociedad en general por el parón económico que causa dificultar el crédito.

Por si fuera poco ayer se conoció el dictamen del Banco Central Europeo sobre el nuevo impuesto a la banca que están tramitando en el Congreso los partidos que apoyan al gobierno. Desde Frankfurt se ha hecho una enmienda a la totalidad al mismo. Básicamente porque contradice las normas comunitarias, añade incertidumbre y perjudica a la competencia, a la economía (ya que provocará disminuciones del crédito) y lesiona la política monetaria del propio BCE.

Nos guste o no en esta parte del mundo, esta política monetaria ha comenzado y sus efectos no tienen marcha atrás. España no será una excepción como ha expresado Fernando Monar, el jefe de riesgos del BCE “la recesión es inevitable fruto del enfriamiento económico (…) también en España”. Y entonces cuando ya no pueda ocultarse la crisis, los mismos que por estas latitudes nos han contado que todo iba bien, cambiarán el discurso triunfalista y nos dirán circunspectos, ya vestidos muy formales y de oscuro, que los culpables no están en su gobierno sino a miles de kilómetros en Alemania, Ucrania o Rusia. Lo verán estos ojos.

Iñaki Ortega es doctor en economía en La Universidad de Internet (UNIR) y LLYC

martes, 14 de julio de 2015

In extremis

(este artículo se publicó en el Diario Cinco Días el día 14 de junio de 2015)

El lingüista Ferdinand de Saussure, a comienzos del siglo XX, concibió  la posibilidad de la existencia de una ciencia que estudiara los signos «en el seno de la vida social», a la cual denominó semiología, del griego semeion ("signo"). En nuestro país en la educación obligatoria se enseña la diferencia entre la semántica y la semiótica, siendo la primera la que estudia el significado de las palabras y la segunda los signos. Pues bien, respecto al acuerdo de Grecia merece la pena que recordemos que para la semiótica hay tres posibilidades de ordenar la narración de los hechos. Ab ovo,  la más intuitiva, indicaría que la historia se desarrolla desde su inicio, siguiéndose un orden cronológico. La segunda posibilidad, in medias res, señala que la narración empieza en medio de los hechos, pudiéndose hacer una rememoración o vuelta atrás. En la tercera posibilidad, in extremis, la narración se empieza por el final, empieza por el desenlace.

Después de una maratoniana reunión de 16 horas por fin se ha llegado  a un acuerdo entre los jefes de Estado de la zona Euro y Grecia para negociar el tercer rescate por valor de 86.000 millones de euros y una duración de tres años. Los negociadores helenos han optado por subirse al tren de la Unión en el último vagón. No tenían más remedio. Lo contrario habría significado su salida del euro, con unas repercusiones casi catastróficas para su pueblo y una peligrosa incertidumbre sobre el futuro para el resto de Europa.

El acuerdo al que ahora se ha plegado Gracia incluye a la Unión Europea pero también al Fondo Monetario Internacional muy a pesar de los negociadores griegos. Las medidas aceptadas para optar al rescate son mucho más exigentes de las que se sometieron a votación en referéndum hace más de una semana, por lo que el gobierno griego, tiene ante sí una difícil papeleta para lograr vender el acuerdo a los habitantes de su país.
Entre las nuevas exigencias se incluyen una reforma completa de las pensiones, el aumento de la edad de jubilación, la subida del IVA y la independencia de la oficina oficial de estadística (ELSTAT) y del consejo fiscal, Pero lo más significativo del acuerdo es la creación del fondo de privatizaciones para que se vendan bienes públicos por valor de unos 50.000 millones de euros de los que la mitad irán destinados a la recapitalización de los bancos y el resto a partes iguales en inversiones productivas y el pago a los vencimientos de la deuda.

Pero el proceso no está totalmente cerrado ya que el primer ministro Alexis Tsipras tiene hasta mañana miércoles para someter a votación el acuerdo y recibir el respaldo del parlamento. En principio no debería tener problemas, aunque ya en la última votación de hace unos días hubo diecisiete diputados de su partido que se opusieron a llegar a un acuerdo con la Unión Europea. En este momento Atenas tiene una urgencia en recibir fondos ya que tiene unas necesidades de unos doce mil millones de euros de aquí a mitad de agosto.

Alejar el fantasma del Grexit y evitar la bancarrota del sistema financiero heleno ha supuesto finalmente para Tsipras aceptar unas condiciones implacables que, muy probablemente, desembocarán en la necesidad de que Grecia celebre unas nuevas elecciones generales a lo largo de 2015, ya que el actual partido del Gobierno, Syriza, no sólo no ha conseguido implementar la mayoría  las medidas que planteaba en su programa electoral, sino que ahora no tendrá más remedio que dar marcha atrás en algunas de las medidas ya aprobadas y puestas en marcha durante su mandato.

Es importante recalcar que ahora debería empezar una nueva etapa para los griegos. Pero el tiempo perdido no solo ha ahondado el sufrimiento del pueblo griego, sino que ha incrementado aún más si cabe, la desconfianza sobre el país.

De haberse implementado las reformas que ahora se han acatado durante el primer rescate, hace ya varios años, Grecia nos habría ahorrado inestabilidad económica al resto de miembros de la Unión, a los mercados financieros y una salida de la crisis mucho menos costosa para el pueblo griego, que es el principal afectado.

Pero no todo tiene una lectura negativa. Es cierto que es previsible que los próximos años sean muy duros para los habitantes del país heleno, que tendrán una menor renta disponible. Además, tendrán que reducir el endeudamiento de las familias y poner orden a sus finanzas públicas. Pero si cumplen podrán disfrutar de las mieles al final del camino. Nosotros, los españoles, hemos vivido una situación similar, salvando las distancias, pero ahora empezamos a decir que los sacrificios no han sido en balde.

Como decíamos al principio la semiótica viene de la palabra griega “signo”, y no somos pocos lo que en Europa vemos hoy este acuerdo como una esperanza no solo para el futuro de la Unión si no para el de cada una de las naciones que lo componen. Este acuerdo aunque “in extremis” ha de ser como nos recuerda la lingüística, no el final sino el inicio de una historia basada en los vectores de la nueva sociedad que nos ha tocado vivir: la ejemplaridad, la solidaridad, el talento y el esfuerzo.

Luis Sánchez de Lamadrid. Director General en España de Pictet & Cie

Iñaki Ortega, es doctor en economía y director de Deusto Business School en Madrid