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martes, 26 de diciembre de 2023

London Calling

(este artículo se publicó originalmente en el periódico 20 Minutos el día 25 de diciembre de 2023)


El título de esta canción del grupo The Clash escrita en 1979 hacía referencia a la manera en la que los locutores de la BBC durante la Segunda Guerra Mundial comenzaban los boletines informativos “aquí Londres llamando al mundo”. Una especie de alerta, de SOS al resto del planeta desde un país bombardeado por los nazis.  El guitarrista de la banda británica cuenta que el mismo año que sacaron la canción, un periódico  había alertado sobre la posibilidad de que el río Támesis se desbordara e inundara Londres. El miedo a esta distopía inspiró la letra de esta melodía que en 2024 muchos millones de ciudadanos del mundo tendrán muy presente ante tanta guerra y despropósito.

El profesor sueco Rudolf Kjellén acuñó en 1899 el término geopolítica para explicar la influencia sobre la política de los estados de las cuestiones geográficas. Una disputa por una frontera, la lucha por acceder al mar o el dominio de una ruta, son ejemplos que en el 2024 seguirán muy vivos y marcarán la agenda de las corporaciones. El conflicto en la franja de Gaza continuará impactando en el precio del petróleo, la Guerra en Ucrania cumplirá en febrero de 2024 dos años distorsionando el mercado de los alimentos; por último los ataques de los hutíes contra barcos mercantes en el Mar Rojo amenazan con estrangular el comercio internacional.  La geopolítica para las empresas de todo el mundo es geoeconomía y será una de las grandes preocupaciones en 2024.

En una encuesta realizada estos días por LLYC a los primeros ejecutivos de un centenar de empresas, el contexto económico internacional es el principal desafío que afrontar en el nuevo año que empieza. Las derivadas de este escenario tan volátil se traducen para las empresas en que en opinión de un 75% el auge de los precios en 2024 afectará negativamente a sus márgenes y ventas; un 58% cree que la hiper regulación fruto de la inestabilidad del mundo impactará en su actividad mercantil y para el 57% ante tanta incertidumbre habrá muchas más dificultades para financiar las inversiones y por tanto para el crecimiento de su actividad empresarial.

Parece mentira que hace muy pocos años pensáramos con Fukuyama que la historia había llegado a buen puerto y que nos esperaba una época de abundancia y paz. Ahora nos frotamos los ojos al releer las crónicas de hace nafa del triunfo de la globalización y el auge de la liberalización del comercio internacional. Porque estamos en el proceso contrario desde que la pandemia nos encerró en casa. Vivimos si no en una desglobalización en una ralentización de la globalización (slowbalitation) que ha despertado en todas las naciones un proteccionismo inédito en este siglo que recuerda a los peores momentos de nuestra historia económica. Ahora le llamamos de una manera eufemística como soberanía industrial (homeland economics), pero no es otra cosa que volver a la autarquía, a no depender de los de fuera en tus necesidades básicas. A las empresas europeas acostumbradas a exportar la mayor parte de sus producciones, esto les suena como la distopía de la canción que titula este artículo.

Y mientras tanto zombis del pasado vuelven a ocupar la escena internacional con la Rusia de la guerra fría, la China de la república popular o el Irán que atacaba embajadas; también viejos sátrapas como Maduro en Venezuela o Ortega en Nicaragua ciscándose diariamente en los derechos humanos. Una alerta para las empresas y por tanto para todos nosotros.

Iñaki Ortega es doctor en economía en UNIR y LLYC

domingo, 3 de diciembre de 2023

A quién le importa

(este artículo se publicó originalmente el día 2 de diciembre de 2023 en el periódico La Información)

Corría el año 1986 cuando la cantante mexicana Alaska arrasó en España con su canción “A quién le importa”. Rápidamente se convirtió en un himno para esa generación que ha llegado a nuestros días porque sigue levantando pasiones, no sólo por su ritmo irrefrenable, sino también por una letra que defiende la libertad individual frente a las convenciones sociales.

Aunque han pasado muchos años, casi 40, desde que el compositor Carlos Berlanga escribiese la letra, los economistas nos acordamos perfectamente de esa época de la historia de España en la que los precios de los alimentos sufrieron una subida similar a la que estamos padeciendo en España esta temporada de inflación desbocada. Era el año 1986 y la inflación de la cesta de la compra estaba en el 10% pero desde el año 1973 las tasas no habían bajado de ese guarismo llegando a alcanzar el 30% de carestía. Aquí y ahora, el dato adelantado del IPC de octubre ha confirmado un alza de los precios en los alimentos del 9,5% en el último año y un acumulado de más del 20% desde el comienzo de la escalada inflacionista por la Guerra en Ucrania. El alza del IPC se ha pegado a las arterias de la economía española, de la misma manera que sucedió en la década en la que triunfó la cantante Olvido Gara con su grupo Los Pegamoides.

Estos días me he acordado de la pegadiza canción no solo por lo anterior sino especialmente por el escaso eco que han tenido los nuevos indicadores económicos que confirman unas previsiones muy preocupantes que se unen a una mala coyuntura que consagra inflación y pérdida de renta per cápita. Ahora parece que, como el título de la canción, a nadie le importa ya la economía en España.

La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) ha rebajado la previsión de crecimiento para España en 2024. Pasando del 2,3% que auguraban en septiembre, al 1,4% que pronostican ahora. Casi un punto de diferencia, nada más y nada menos. El informe, emitido por la organización, advierte de la necesidad de un ajuste presupuestario para poder mantener controlada la deuda. Una conclusión que confirma un crecimiento muy frágil que dificultará la creación de empleo y los avances en las reformas de competitividad para reducir la brecha con Europa. Al mismo tiempo se constata que el motor de Europa, la economía alemana, sigue parado y no arranca, lo que lleva a pensar que es algo más que una situación transitoria sino un problema de más calado.

Mientras la inflación se enquista, como el colesterol a nuestras venas, la economía española sufre porque no es capaz de mejorar su competitividad, aunque a nadie le importe, a la vista de los debates públicos donde la economía ha desaparecido. Todo ello mientras Europa sigue sin controlar el alza de precios lo que llevará al Banco Central Europeo a mantener su política monetaria restrictiva. Sin esperanza, por tanto, de bajadas de los actuales tipos de interés las dificultades de financiación para las empresas y los hogares serán cada vez mayores, aunque de esto no se hable en el Congreso de los Diputados.

La OCDE no es el único organismo que ha revisado a la baja el crecimiento de España para 2024. BBVA Research lo ha hecho hasta el 1,5%. Esta previsión aleja un escenario de creación de riqueza y bienestar para el país en un contexto del año 2024 en el que las reglas fiscales serán de nuevo muy estrictas y las políticas expansivas de subsidios desaparecerán.

Aunque está de moda acusar siempre a los políticos de todos los males, en este caso, me permito repartir las culpas. Por supuesto que como no hay elecciones en el corto plazo, los temas que afectan a los bolsillos de los ciudadanos han perdido interés para los cargos públicos, pero algo de culpa tenemos también los economistas. A nadie le importa la economía porque, quizás también nos ha sucedido algo parecido a lo que cuenta la fábula atribuida a Esopo del lobo y el pastor.  Dos años diciendo que venía una situación económica difícil pero no termina de hacerlo. Bien sea por las inyecciones de ayudas europeas, bien por las políticas expansivas del Gobierno que ha regado de subsidios el país o porque los españoles están utilizando sus ahorros para capear la situación. Sea por lo que sea, la crisis no ha llegado y ahora a nadie le importan los avisos de esos agoreros economistas. Pero, ay, hasta que nos encontremos de bruces con ella y como en el cuento ya no haya tiempo de reaccionar.

Iñaki Ortega es doctor en economía en UNIR y LLYC

viernes, 1 de septiembre de 2023

La vuelta al cole (de la economía)

(este artículo se publicó originalmente en el periódico económico La Información el día 1 de septiembre)


Este año vamos a padecer el arranque del curso escolar más caro de la historia de nuestro país. La vuelta al colegio en septiembre, según la Organización de Consumidores y Usuarios, supondrá de media unos 500 euros por niño. Prácticamente un 30% más que la de 2021. La OCU explica que su cálculo tiene en cuenta los libros de texto (los de aquí son los más caros de Europa) así como los uniformes, calzado, papelería, mochila y estuche. Pero si le sumásemos los gastos de trasporte y comedor, que la OCU no incluye, el resultado sería más dramático aún. Muchos niños han de desplazarse en autobús y quedarse a comer en colegio, y precisamente esos dos capítulos son los que más sufren el alza de precios. La gasolina ha vuelto a los niveles de 2022 que justificaron la bonificación de 20 céntimos por litro que ahora "ni está ni se le espera" Y qué decir de los precios de los alimentos con subidas del aceite, el arroz y las patatas muy por encima del 20%. Quizás con estos datos se entiende mejor la razón por la cual la tasa de natalidad en España sigue cayendo y es que para las familias se ha convertido en una tarea hercúlea sufragar los gastos de crianza. Pero volvamos a la vuelta el cole de este año.

Porque si la economía fuese un niño en edad escolar también se encontraría con tantas dificultades como las familias que ahora repasan incrédulas el presupuesto de sus gastos. La economía española se va a encontrar en septiembre, al mismo tiempo que miles de chavales estrenan sus mochilas, con no pocos problemas que paso a enumerar.

La inflación fuera de control. El Banco de España ya habla de un 3.2% y la subyacente sigue por encima del 6%. La esperanza de tener el IPC en niveles razonables del 2% a  fianales de año se ha esfumado y la sensación es que el alza de precios se ha enquistado o como dicen los anglosajones es tan pegajosa que no hay quien la despegue de las arterias de nuestra economía. Para colmo “el efecto base” de este año ha desaparecido, es decir que ya no calcularemos la subida del IPC en relación con las alzas de hace un año que eran de dos dígitos y por tanto ya no tendremos datos de aparentes bajadas. A partir de ahora nos quedaremos igual o subiremos porque la comparación será con las cifras de los últimos meses del 2022.

Los costes de la deuda desbocados. Las autoridades monetarias no han quitado el pie del acelerador de los tipos de interés. Hay que seguir hasta dominar la inflación y no parece que el final de la subida del precio del dinero esté cerca. En cualquier caso, pase lo que pase en las próximas semanas tras el conclave de Jackson Hole, el rally de las alzas de los tipos por el BCE de los últimos 12 meses será recordado en los libros de historia. En Europa o en Estados Unidos la financiación se está encareciendo para enfriar la economía, cueste lo que cueste. Y esos costes se miden ya en un menor crecimiento por la ausencia de financiación y por tanto menos oportunidades para las empresas. Para las familias un estrangulamiento de sus cuentas por el alza brutal de los costes hipotecarios.

El gasto público en solfa. Bruselas ha cerrado la barra libre y a partir de 2024 los países europeos tendrán que volver a cumplir con las reglas de estabilidad fiscal -suspendidas en su día para facilitar la recuperación pospandemia-. En Europa, con el BCE a la cabeza de la manifestación, ha triunfado la teoría de que tanto gasto público alimenta la espiral inflacionista. Conviene recordar que al día de hoy España no cumpliría con el 3% de déficit y ni mucho menos con la deuda que supera el 60% del PIB. De modo y manera que desde este mismo ejercicio las autoridades europeas nos obligarán a tomar medidas y abandonar los presupuestos expansivos, de otra manera acabarían llegando las sanciones o lo que os peor, paralizandose los planes de Next Generation EU.

Una nueva amenaza de desaceleración. Ya aparecen los números rojos en los análisis de varios institutos económicos españoles. Y es que las señales no son pocas. Las quiebras han aumentado más de un 80% en los dos últimos años, la caída de la producción agraria y de las exportaciones, el enfriamiento del mercado inmobiliario o la debilidad de las cifras de inversión. Al mismo tiempo la facturación empresarial se ha desplomado según el INE y media Europa tiene el PIB estancado anticipando lo que puede pasar a este lado de los Pirineos.

Un mercado laboral dopado por el turismo. Se acaba la temporada alta y los despidos comenzarán, en cambio lo que no será novedad es que seguirá creciendo el subempleo en nuestro país. Empleos de baja calidad que se demuestran con el auge imparable del pluriempleo y las horas trabajadas por debajo que las de hace años a pesar del récord de afiliación a la seguridad social. Por no hablar de los dichosos fijos discontinuos que seguirán en la agenda de este otoño, pese a quien pese.

Me temo que es una mochila muy cargada para este mes de septiembre. Esperemos que la economía española pueda cargar con tanto lastre. Conviene no olvidar que una buena forma física ayuda a cargar peso, pero también que hace años se inventó la mochila con ruedas que facilita enormemente esta tarea.  Dejo a la imaginación del lector si nuestra economía ha sido capaz de muscularse estos años que han trascurrido desde la pandemia o incluso si esas ruedas (ayudas públicas) que aligeran el peso de nuestras debilidades seguirán rodando o no este curso escolar que ahora comienza

 

Iñaki Ortega es doctor en economía en UNIR Y LLYC

domingo, 2 de julio de 2023

Menos macro y más micro

 (este artículo se publicó originalmente en El Periódico de España el día 30 de junio de 2023)

Se ha contado muchas veces, pero hay que volver a hacerlo a la vista de la estrategia de Pedro Sánchez de sacar a pasear a Nadia Calviño con el cuadro macroeconómico. La ministra y sus comparecencias con tablas Excel nos han transportado a la campaña americana de Bush contra Clinton. Corría el año 1992 y en el cuartel general de los demócratas un asesor de nombre James Carville colgó un gran cartel que inopinadamente fue clave para que Clinton ganase las presidenciales. Solo había una frase escrita, sencilla y recordable para vencer al poderoso presidente texano, una simple idea frente a los grandes éxitos en política exterior de Bush padre. Simple porque aludía a la vida cotidiana de los votantes americanos y sus necesidades más perentorias. “Es la economía, estúpido” era la sentencia puesta en ese cartel que se convirtió en un eslogan oficioso de la campaña de Clinton que le llevó a la Casa Blanca al identificarse precisamente con las preocupaciones más acuciantes de los votantes americanos. Desde entonces la frase se ha instalado en la cultura electoral de todo el mundo para poner la atención en lo esencial de determinados momentos históricos.

En España tenemos nuestra versión local de esta mítica frase. “Mas Soria y menos Siria” parece que fue dicha por el ministro Posadas a José María Aznar para reclamarle más atención a los asuntos locales que a la agenda internacional. El consejo del viejo amigo del presidente funcionó porque el PP ganó esas elecciones con una aplastante mayoría absoluta. No se si en la planta séptima de la sede de Génova 13, algún asesor ha pintado esa frase en alguna pizarra ante la obsesión por las citas en el extranjero del presidente Sánchez, pero de lo que estoy seguro es que tampoco estará la sentencia de Carville.

La economía española dispone de unas cifras macroeconómicas que Alemania envidiaría. Un PIB que crece al 2%, un empleo que no deja de crecer hasta rozar los 21 millones de cotizantes y sobre todo una inflación en el entorno del 3%. Si a esto añadimos un sector exterior pujante con exportaciones rompiendo techos históricos, los guarismos son para enmarcar. Quizás por todo lo anterior alguien ha querido resucitar esa campaña de Clinton, aunque igual antes de ponerse a imprimir carteles hay que recordar que las variables macro se complementan con los datos de déficit y deuda en los cuales estamos entre los cuatro peores países de la Unión con un 113% de deuda respecto al PIB y cerca del 5% de déficit. Lejos de las recomendaciones del 60% y el 3% respectivamente.  Aunque no lo diga el cuadro macroeconómico, en la cabeza de todos los analistas y en los bolsillos de los españoles está que seguimos sin alcanzar el nivel de PIB prepandemia o lo que es lo mismo que hemos tirado a la basura tres años de nuestra economía. El Banco de España lo acaba de contar de otra manera, pero no menos dramática: la riqueza per cápita española sigue por debajo de la europea y no hemos reducido ni un euro en los últimos tiempos la brecha con nuestros vecinos.

En primero del grado de economía enseñamos que la microeconomía estudia variables individuales, mientras la macroeconomía se centra en las variables agregadas o nacionales. A la micro lo que le interesa no es la deuda de España sino la deuda de los españoles; le ocupa no la renta del país sino la renta de los paisanos; le obsesiona no la inflación nacional sino las inflaciones sectoriales. La microeconomía analiza las decisiones de los agentes individuales, por qué se compra, por qué se busca trabajo o por qué se pide un préstamo. Y ahí es donde el balance de estos años de gobierno no se sostiene. La comida desde la pandemia ha subido un 27%, las hipotecas un 361%, el paro no ha bajado si descontamos los fijos discontinuos, el empleo creado es de menor calidad por la cantidad de horas contratadas, la presión fiscal ha subido más de un 20% y por todo lo anterior el poder adquisitivo del españolito medio ha caído más de un 5%. Si a esto sumamos que las ayudas sociales no llegan a los hogares -como ha confirmado la AIREF- y que las pymes no han ingresado nada del supuesto maná de Next Generation, el balance individual para los españoles es lamentable.

No tengo claro que el equipo de campaña de Ferraz se atreva a poner un letrero que rece “Es la microeconomía, estúpida” por temor a la reacción de la aludida y su mentor, pero en muchas agrupaciones locales del PSOE lo estarán pensando cada vez que la ministra de economía se vanagloria de su gestión. Al mismo tiempo a Nuñez-Feijóo -que entre su círculo de confianza tiene muchos aznaristas- seguro que le ronda en la cabeza la frase del ministro soriano y quizás la haya adaptado con su pragmatismo a “Menos macro y más micro”. Sea como fuere, la campaña electoral no será la de los indicadores económicos sino la de los indicadores de cabreo y en estos tampoco puede hacer un buen balance el gabinete de Sánchez ya que es difícil encontrar un colectivo a su derecha y a su izquierda, nacionalista o españolistas,  en las pymes o en las grandes empresas que no fume en pipa esta temporada.

Iñaki Ortega es doctor en economía en UNIR y LLYC

domingo, 9 de abril de 2023

Un chicle en el zapato

(este artículo se publicó originalmente en el diario 20 Minutos el día 3 de abril de 2023)

Seguro que te ha pasado alguna vez. De repente notas que has pisado algo blando. Un par de pasos después el zapato se queda pegado al suelo. Por más que lo intentes, el chicle sigue ahí. Si además hace calor, es misión imposible quitártelo de la planta del pie. La goma de mascar te acompañará haciendo muy incómodo ese rato y dejando perdido de trozos de pegajoso chicle todo tu camino. De nada servirá nada de lo que hagas, el chicle se resistirá a dejar tu zapato.

Los economistas anglosajones califican así a la inflación que estamos viviendo. Pegajosa, como un chicle en una calle de Sevilla. Es aquella situación en la que determinados precios inician una carrera alcista que acaban contagiando a toda la economía. Y cuando esa inflación se introduce en un país, como es España, poco se puede hacer. Y lo estamos viendo. De nada han servido todas las medidas puestas en marcha por el Gobierno, el alza de precios, por ejemplo, se ha incrustado en la cesta de alimentos alcanzando hasta el 20% en el año 2022. La esperanza del gobierno de Pedro Sánchez es que, como un chicle en un zapato, tarde o temprano se despegará de la economía y podrá seguir tranquilamente con su hoja de ruta.

Pero hay más chicles para este gobierno. A Podemos se la ha pegado en el zapato, Yolanda Diaz con Sumar y cada vez les será más difícil disimular como si no pasase nada. Los nacionalistas catalanes tienen el chicle de Puigdemont desde que en 2017 huyó a Bruselas que cada poco tiempo les recuerda que sigue pegado al zapato de la política catalana. El PNV lleva toda la legislatura con el pegote en la suela de Bildu pactando en Madrid y aspirando a sustituirlos.

Hay un truco para quitarte el chicle del zapato. Quizás te acuerdes, yo tengo en la cabeza a mi madre diciéndomelo. No es otra cosa que poner frío, un hielo, sobre la superficie en la que se ha pegado el chicle. Al enfriarse se pondrá duro y ya será fácil despegarlo. Pero hay que hacer toda esta operación rápidamente porque en cuanto se caliente de nuevo, volverá a ser un amasijo pegajoso. La sabiduría de los trucos de las madres podría inspirarnos. En Europa y Estados Unidos sus bancos centrales han seguido este viejo truco y han decidido enfriar la economía subiendo los tipos de interés para acabar con la inflación. En España bastaría con bajar la temperatura de la política, dejarse de descalificaciones, buscar acuerdos entre diferentes y promover grandes pactos de Estado, para lograr el mismo efecto que el hielo sobre el chicle. Enfriar el debate político en nuestro país en favor de los intereses de todos los ciudadanos, permitiría, sin duda, que algunos de los grandes problemas que padecemos: la escalada de precios, el futuro del trabajo y la educación o el sistema de pensiones, fuesen resolubles.

Iñaki Ortega es doctor en economía en La Universidad Internacional de La Rioja (UNIR) y LLYC

domingo, 2 de abril de 2023

La “pegajosa” política económica

(este artículo se publicó originalmente en el Periódico de Cataluña el día 31 de enero de 2023)

En economía la ley de oferta y demanda es como la constitución para una democracia, su norma suprema. De modo y manera que los precios son la consecuencia del acuerdo entre los demandantes y los oferentes. Por eso cuando la demanda sube y la oferta no se adapta rápidamente, los precios también suben, ya que los que más pagan consiguen satisfacer sus deseos. Si la oferta se reduce drásticamente, pero la demanda es la misma, los precios irán hacia arriba igualmente por el mismo razonamiento. Cuando este mecanismo no funciona se habla de precios rígidos o bienes inelásticos. Y todo empieza a fallar, de igual manera que si la ley de leyes en un país no se cumple, comienzan los problemas y las tensiones antidemocráticas.  

En coyunturas económicas como la actual nos encontramos estas rigideces en Estados Unidos, con un alza de precios fruto de una fortísima demanda y un resiliente mercado laboral, a pesar de la restrictiva política monetaria de la Reserva Federal (inflación de demanda). Y también en Europa, con una inflación de oferta, o lo que es mismo, unos precios que suben no porque la demanda esté fuerte sino por el alza de los suministros y las materias primas de los propios bienes fruto de las debilidades continentales entre ellas el precio de la energía.

Por eso en Estados Unidos ante la persistencia de los precios que se resisten a bajar califican a la inflación como “pegajosa”. Sticky prices o precios pegajosos, es una forma de referirse a la resistencia de los precios de mercado a cambiar rápidamente, a pesar de las alteraciones en la economía general que recomendarían otro precio de equilibrio. Las malas noticias de los índices de inflación de estas semanas en Estados Unidos y a este lado del Atlántico han llevado a las autoridades monetarias a anunciar que hay que seguir con la política dura de subir los tipos con la esperanza de despegar la inflación de los precios. Da igual si hay que rescatar bancos a los dos lados del atlántico, la política monetaria no se toca. El término “pegajoso” es fácil de entender si comparamos la inflación con el colesterol. Si hay demasiado colesterol en la sangre, se forman depósitos que se pegan en las paredes de la arteria que acaban estrechándola, corriendo el riesgo de un coágulo mortal. Con precios que no bajan, la actividad económica se estrecha porque el poder adquisitivo de los consumidores disminuye y las empresas cierran porque no ganan dinero.

Pero en España además de la inflación hay más elementos “pegajosos” de la economía. El ministro Escrivá ha aprobado su reforma para la sostenibilidad del sistema de pensiones que supondrá un incremento adicional de 15.000 millones de euros en cotizaciones sociales. O lo que es lo mismo para cuadrar el desfase entre gastos e ingresos de la Seguridad Social, se subirán los costes empresariales. La creciente factura de las pensiones se compensará con más cargas a los empresarios y autónomos, con un alza de un 38% en las cotizaciones sociales de aquí al 2050. Este nuevo impuesto se suma al aumento de la presión fiscal que vienen sufriendo los empresarios, de modo y manera que es otro “pegajoso” coste incrustado en la actividad empresarial que funcionará como el colesterol taponando la circulación económica. La economía fluye cuando hay incentivos para ganar dinero, con trabas como la creciente fiscalidad el mercado de trabajo se secará.

“Pegajosa” porque también se han instalado en nuestra economía y no hay quien lo despegue, es la obsesión por subir el salario mínimo, con un alza cercana al 50% en cuatro años.  O la negativa a modificar el fraudulento sistema de los fijos discontinuos que hace que cerca de 500.000 españoles en paro no aparezcan en la tasa oficial de desempleo. También la subida continua de las cuotas de autónomos que está provocando el desplome del número de trabajadores por cuenta ajena o la permanente campaña de desprestigio de los empresarios. Y lo mismo podríamos decir de la resistencia numantina a indexar la fiscalidad a pesar de la evidencia de que se está con ello subiendo los impuestos a la clase media.

"Pegajoso" es un término económico que puede aplicarse a cualquier variable que sea resistente al cambio. Por eso y en base a todo lo anterior, me atrevo a calificar así la política económica de este gobierno. No funciona, no ha conseguido que recuperemos la actividad económica de antes de la pandemia, tampoco que los precios bajen ni que se cree empleo, la pobreza ha aumentado por la caída del poder adquisitivo y el empleo sólo crece nominalmente porque la realidad es que la mitad de los trabajadores no tiene una jornada completa. Aun así, no se cambia. No se mueve ni un milímetro la hoja de ruta. Como si las políticas fuesen pegamento y del fuerte, cuando deberían ser de aceite para engrasar el sistema.

Iñaki es doctor en economía en La Universidad Internacional de La Rioja (UNIR) y LLYC

viernes, 31 de marzo de 2023

La inflación. Un monstruo que viene a verte

 (este artículo se publicó originalmente en el diario La Información el día 31 de marzo de 2023)


Ya lo había dicho anteriormente, pero esta vez Christine Lagarde eligió el momento en el que más repercusión podía tener. Alto y claro, en la rueda de prensa del 16 de marzo tras subir los tipos de interés y en plena tormenta financiera con bancos quebrando a ambos lados del Atlántico. «La inflación es un monstruo que golpearemos hasta que baje al 2%». Un monstruo que se ha hecho fuerte, a la vista de las cifras del último IPC armonizado europeo de un 8,5%. La alimaña, a pesar de las actuaciones de Frankfurt, no da muestras de debilidad con la inflación subyacente resistiéndose a bajar del 7%. Para colmo unos días después de la amenaza de la presidenta del BCE, el monstruo ha contratacado con los precios que más duelen a los gobiernos, los de la cesta de la compra. Los alimentos en el último año han subido de media en Europa un 20.7% y aquí el Banco de España alerta de que seguirán subiendo por lo menos un 12.2% este año. Millones de europeos que verán como sus euros cada vez valen menos en el supermercado y que volcaran su enfado en sus respectivos gobernantes.

No son pocos los economistas que se han abonado a la teoría de que la política monetaria de la última década ha alimentado al monstruo. Hace años se atribuyó al entonces presidente del PNV una frase que puede ayudar a entender la tesis de que los bajos tipos de interés han cebado esta inflación, así como el retraso en acabar con el dinero gratis. Xabier Arzallus defendía -refiriéndose al nacionalismo radical- que si entrenas a una bestia para atacar, un día te acaba mordiendo a ti. El BCE ha cebado a la inflación durante más de diez años con su política monetaria y ahora quien sufre sus ataques son ellos mismos. Porque el arma para matar al bicho, subir los tipos de interés, se ha revuelto contra el propio BCE. Un endeudamiento más caro, unas hipotecas más altas y más problemas para los bancos que han visto como sus bonos referenciados a los tipos de hace un año se convertían en pura dinamita.

El monstruo ha tomado posiciones por todo el territorio del euro. Por ejemplo, en España, los datos de consumo ya se están viendo afectados con un preocupante desplome, al mismo tiempo que el ahorro embalsado en la pandemia se agota, son datos de BBVA Research ratificados por Funcas. Nuestro país padece, por ello, el mayor proceso de empobrecimiento continental (Eurostat. PIB per cápita en paridad).

En Francia, la excusa de la reforma de las pensiones, ha sido el acicate para que el malestar ciudadano contra la economía, tome las calles y arda medio país. El monstruo está detrás de las barricadas porque con inflaciones de dos dígitos, la historia nos ha enseñado especialmente en Europa, que el populismo se hace fuerte. El Hexágono afronta una primavera con la congoja de saber que el gobierno de Emmanuel Macron está muerto pero la alternativa sería la muerte de la V República.

En Alemania, país que acoge la residencia de la señora Lagarde, han visto como los sagrados postulados de su gobierno se convertían en papel mojado, y el monstruo ha tenido algo que ver. El ecologismo de poco vale en epoca de crisis y menos si acaba con la industria nacional del automóvil y hace perder millones de puestos de trabajo. La lucha contra el cambio climático no puede hacerse sin contar con quien mantiene la economía alemana y el canciller Olaf Scholz ha tenido que parar los planes comunitarios para acabar con el coche movido por combustibles fósiles, si no quería ver como el que tenía que irse era él.  

En Bélgica estos días se ha reunido el Consejo de Europa y todos los líderes han apoyado la declaración de Lagarde sobre la fortaleza del sector bancario al mismo tiempo que se desplomaba la cotización del Deutsche Bank. El monstruo seguía haciendo de las suyas y atacaba un símbolo de Alemania, el mismo país que lleva más de diez años oponiéndose a completar la unión bancaria con la creación de un fondo de garantía de depósitos común. Qué ironía, con lo bien que le hubiera venido al país germano ese escudo europeo ahora en plena tormenta financiera.

Concentrados en seguir donde nos lleva el monstruo, los europeos no le hemos prestado atención a cómo Putin ha respondido a la orden de detención de un tribunal internacional con sede en los Países Bajos, anunciando que desplegará armas nucleares en Bielorrusia. Tampoco a China le ha preocupado mucho la resolución de La Haya y se han fotografiado en el Kremlin los presidentes de ambos países. Les preocupa poco el monstruo, con una economía intervenida y una opinión pública anestesiada, y la seguridad de que en esta parte del mundo seguiremos poniendo desde los gobiernos pero también desde las grandes empresas, la alfombra roja al gigante chino. Risa le habrá dado a Xi Jinping la prohibición francesa de no poder descargarse Tik Tok en los móviles de la administración, mientras sigue siendo el proveedor que más crece.

“Un monstruo viene a verme” fue una exitosa película dirigida por el español Juan Antonio Bayona en 2016.  Todas las noches un monstruo se aparece a un niño que está pasando un drama familiar. El monstruo finalmente le ayuda a recuperar la fortaleza con sus enseñanzas. Ojalá, como en la película, Europa aprenda del monstruo de la inflación y consigamos vencer los problemas que nos azotan.


Iñaki es doctor en economía en La Universidad Internacional de La Rioja (UNIR) y LLYC

domingo, 26 de febrero de 2023

Píldoras contra la escasez

(este artículo se publicó originalmente en El Periódico de Cataluña, El Levante y el Periódico de España el día 24 de febrero de 2023)

La economía es una ciencia que nace para explicar la escasez. Los recursos son limitados pero no así las necesidades y deseos de las personas, por ello y para evitar la pobreza los agentes han de tomar decisiones. La economía utiliza modelos estadísticos y datos matemáticos a fin de que esas decisiones sean las más adecuadas. Pero no todo siempre es ciencia. Los economistas clásicos como Smith o Hume y más recientemente Keynes, se quejaban de que muchas veces las decisiones económicas son irracionales, casi como si estuviésemos poseídos por espíritus animales que nos llevan a actuar al margen de la lógica y los datos.

Un siglo después de que el economista inglés lamentase los impulsos primarios de muchos actores económicos, en España la emoción vence a la razón en la economía. Las interpretaciones gubernamentales de las cifras del PIB, el empleo, la inflación, los tipos de interés, los salarios, las pensiones o los impuestos, siempre son las mismas. Da igual lo que diga el dato, el guion es siempre idéntico: “qué buena situación la de la economía española gracias a la excelente gestión del gobierno”.

Cerramos el año 2022 con una subida del PIB del 5,5% y el titular dictado por el gobierno es que crecemos más que nadie en Europa, obviando que somos el único país de la eurozona que no ha recuperado el PIB prepandemia. La economía española en febrero de 2023 es más pequeña que en febrero de 2020.  Tres años perdidos.

Superamos la cifra de veinte millones de empleados y la euforia se instala en la sala de prensa del consejo de ministros sin analizar que las horas trabajadas hoy son menos que las de hace tres años o que la factura del desempleo es mayor que antes del covid. Perdemos productividad, pero lo celebramos como si España fuese la nueva Suiza cuando seguimos siendo la pareja de baile de Grecia.

La inflación subyacente se dispara en nuestro país pese a las acciones desesperadas de política económica y los portavoces de los partidos que apoyan al gobierno repiten el argumentario oficial de que somos el oasis europeo de los precios. Poco les importa que en la cola de los supermercados crece la indignación o que el Banco Central Europeo no entienda de fronteras locales y siga subiendo los tipos de interés para frenar el IPC continental. El discurso triunfalista sobre nuestra supuesta ventaja inflacionaria se derrumba cuando los ciudadanos comprueban en sus cuentas las subidas de la cuota de la hipoteca o la ruina de una cesta de la compra por las nubes.

El salario mínimo alcanza en cuatro años una subida del 47% y hay que felicitarse porque somos el país del mundo que más ayuda a los trabajadores con menores ingresos. Quién paga esta decisión del BOE, es lo de menos. Parece muy fácil subir el sueldo por decreto a dos millones de empleados cuando los que pagan las nóminas no trabajan en los ministerios. Pero es muy difícil concluir que cuando suben el precio de un bien (y el salario es el precio del trabajo) estamos provocando que baje la demanda del mismo en el medio plazo. ¿De qué sirve un SMI alto, si lo que se consigue es desincentivar la creación de empleo?

Las pensiones suben con la inflación y celebramos que somos la nación con más dignidad de Occidente con sus mayores. Nada en las soflamas del fin de semana de que la presión fiscal en España es ya de las más altas de Europa o que nuestro gasto social está como el de Suecia o Alemania, sin serlo en nuestra capacidad de generar riqueza. Tampoco se encontrará en esos mítines una sola palabra de reconocimiento a los empresarios que han tenido que asumir una brutal subida de las cotizaciones para pagar la indexaciòn de las jubilaciones. En cambio, el hostigamiento a los empresarios se ha convertido en habitual. No hay día que un ministro ataque a la empresa, cuando la razón indica que solo con muchos emprendedores, España podrá generar la suficiente actividad que acabe con la pobreza que nos ha traído esta crisis.

Pedro Sánchez es doctor en economía y Nadia Calviño economista del estado, por lo que no me cabe duda de que conocen bien la teoría keynesiana. Saben de lo que hablan. No confunden emociones y datos. No están poseídos de ningún espíritu animal. Pero como en la película de ciencia ficción, Matrix, en la que el protagonista vive en una distopía y ha de elegir entre tomar una pastilla azul que le mantendrá en un mundo de plácida fantasía o una pastilla roja para ser consciente de la dolorosa realidad, ambos han tomado una decisión. Los españoles nos merecemos esa pastilla azul, por lo menos este año 2023.  Así, van a hacer todo lo que este en su mano para ello y no es poco, con un presupuesto público inflado por los fondos Next Generation y la recaudación no deflactada.  Los demás no tendremos más remedio que optar entre vivir tranquilos pero engañados o intranquilos pero informados. No será sencillo pero yo lo tengo claro.

Iñaki es doctor en economía en La Universidad de Internet (UNIR) y LLYC


lunes, 14 de noviembre de 2022

Torturas en la contabilidad nacional

(este artículo se publicó originalmente en El Periódico el día 11 de noviembre de 2022)

Se atribuye al economista británico Ronald Coase la repetida frase de que «si torturas los datos por suficiente tiempo, confesarán lo que sea». A este insigne miembro de la escuela de Chicago no le concedieron el Premio Nobel de Economía en el año 1991 por su ocurrente sentencia sino por demostrar la importancia de las instituciones en las transacciones.

Pero cómo no acordarse de Coase estas semanas en las que, para un mismo dato económico, la interpretación del gobierno difiere radicalmente de la del consenso de todos los analistas.

Los precios en octubre siguen al alza con un 7,3% y aunque llevamos 13 meses con subidas que superan el 5%, los mensajes triunfalistas desde las tribunas oficiales equiparan subir menos con bajar. Para el gobierno, España no tiene un problema de precios, pero sí Alemania e Italia, obviando que las medidas para luchar contra la inflación son europeas con la política monetaria del BCE.

La economía española arrastra los pies con una escuálida subida trimestral del 0.2% y el gobierno habla de la gran fortaleza de nuestra economía. Pero, aun así, el dato no es malo para el ministerio, porque a pesar de la guerra de Ucrania “la resistencia de la actividad española es sorprendente”. Del frenazo de las exportaciones y de la caída de la inversión no se habla porque para qué estropear un buen titular.

La tasa de desempleo aumenta hasta alcanzar un 12,6% o lo que es lo mismo casi 3 millones de españoles que quieren trabajar, pero no encuentran empleo. Y desde el Gobierno lo celebran porque justifican el aumento de la tasa de paro por mor de la matemática, ya que la tasa es un cociente y no solo aumenta el denominador -los parados- sino también el numerador - “fuerte incremento de la población activa”-. Eso significa que hay más personas buscando un empleo porque ha aumentado “la confianza de los trabajadores” en el mercado de trabajo.

El premiado economista con su flema inglesa, ante esta situación, hubiese bromeado con que alguien en el Ministerio de Economía está torturando al IPC, a la EPA y al PIB. Casi estoy viendo la imagen que tanto haría reír a Coase. En un remoto despacho del Paseo de la Castellana, técnicos comerciales del estado, nombrados por la vicepresidenta Nadia Calviño, aplicando electrodos, luces cegadoras y música ensordecedora a los pobres indicadores de contabilidad nacional que exhaustos acaban firmando una declaración sobre la buena situación de la economía patria. Ese siempre riguroso IPC, después de horas sin dormir, reconoce que, en España, con un 7,3% de inflación y una subyacente del 6,2%, no tenemos problemas con los precios por mucho que se haya aprobado una agresiva subida de los tipos de interés para toda la zona euro. El viejo pero confiable PIB no tiene otro remedio que confesar, ante la amenaza de más descargas, que, aunque no hemos recuperado los niveles pre-COVID el año que viene con una aumento -que nadie se cree- del 2% estaremos ya como en 2019. Y la pobre tasa de desempleo, agotada tras el interrogatorio, tiene que asumir el papelón de minusvalorar los más de 60.000 parados de este verano y poner en cambio el foco en los miles de empleos que se han creado por el sector público.

A Coase ya no le hubiera hecho tanta gracia los cambios en la dirección de instituciones como el Instituto Nacional de Estadística (INE) que emiten los principales indicadores económicos de nuestro país. Ni tampoco que instituciones como la AIREF haya puesto en solfa los informes económicos sobre los que se diseñan los presupuestos. No en vano el premiado economista fue el fundador de la conocida como Nueva Economía Institucional que defiende el papel clave de las instituciones sociales (leyes, contratos reguladores, supervisores y administraciones públicas entre otras) en el comportamiento de los agentes económicos. Imagino su cara de desagrado al contarle que en España el responsable del organismo público CIS es un militante del partido del gobierno que emite encuestas electorales que no coinciden con las de ningún instituto demoscópico. Pero ya le hubiera indignado sobremanera, a la luz de sus estudios sobre las leyes contractuales, conocer que las instituciones españolas no son capaces de desbloquear el gobierno de los jueces que sigue dependiendo de los partidos políticos.

Torturando la contabilidad nacional, los argumentarios de los consejos de ministros están consiguiendo mantener la vana ilusión de que la economía española está libre de problemas. Igual que los martirios del señor Tezanos a las encuestas acaban generando mayorías incontestables para su jefe de partido. Pero, esos suplicios a los datos, tarde o temprano se acaban descubriendo. Las medidas aprobadas por el Banco Central acabarán congelando definitivamente la economía continental; empezarán los despidos y ya no podrán pagar las hipotecas muchas familias. Al mismo tiempo llegarán las elecciones y las urnas dirán verdades y no deseos. Y los indicadores de contabilidad nacional recuperarán su tranquilidad y su fiabilidad.

Iñaki Ortega es doctor en economía en la UNIR y LLYC

 

 

 


viernes, 4 de noviembre de 2022

Frankfurt dice la verdad

(este artículo se publicó originalmente en el periódico La Información el día 4 de noviembre de 2022)

La semana pasada desde Frankfurt se anunció la medida más dura de política monetaria de la historia del Banco Central Europeo (BCE), una decisión que a ningún político del mundo le gustaría tomar, pero por estos lares estamos celebrando nuestros datos de coyuntura.

Ministros, vicepresidentas y hasta el propio presidente del gobierno, han ocupado las tribunas mediáticas para, sin quitarse la sonrisa de la boca y la ropa desenfadada, trasladar que en España todo va bien. Nada que preocuparse. La excepción ibérica de la energía también lo es en los precios que, según ellos, están controlados; el desempleo no ha de ocuparnos y nuestra economía crece más que ninguna. Alemanes, franceses e italianos nos envidian, nos dicen desde el gobierno.

La realidad es que, desde la ciudad alemana sede del BCE, en apenas 90 días, se ha multiplicado por cuatro el precio del dinero y encarecido las condiciones para dar liquidez a los bancos continentales. Una dura e inédita decisión que solamente se explica por la gravedad de la situación económica. La inflación se ha instalado en la economía y es lo peor que podía pasarnos.

En una economía de mercado los precios están sujetos a cambios, en ocasiones aumentan y otras veces disminuyen. Pero solamente cuando se produce un aumento generalizado y sostenido en el tiempo de los precios es cuando se habla de inflación. La consecuencia de la inflación para una persona es que con el mismo presupuesto puede comprar menos cantidad de bienes; igualmente sucede con los ahorros que acaban perdiendo valor, por tanto, todos esos ciudadanos se empobrecen. A nivel macroeconómico los países que sufren la inflación tienen monedas que cada vez valen menos, les cuesta más dinero importar bienes y se pierde competitividad y por tanto ventas, si el alza de precios se mantiene en el tiempo.

Aunque al gobierno no le guste que se recuerde, una inflación alta como la que tenemos (muy lejos de la asumible del 2%) es considerada como el peor impuesto de los más pobres, ya que siempre afecta más a las rentas más bajas. Por ejemplo, una inflación del 8% significa que, de media, el precio de un producto que hace un año costaba 100 euros ahora has de pagar 108. Al mismo tiempo supone que con un sueldo de 1000 euros o con unos ahorros de 1000 euros puedes comprar menos bienes y servicios ya que el “coste de la vida” ha subido un 8%.

Tampoco les hará gracia a nuestros economistas gubernamentales mencionar que la inflación es considerada el veneno de la economía ya que se cuela lentamente en el sistema productivo para acabar matándolo. Un país con precios descontrolados no puede mantener su producción y ni mucho menos invertir en su futuro; al mismo tiempo su balanza de pagos se resiente y se destruye empleo. Así ha sido a lo largo de la historia económica y seguirá siendo, les guste o no, a quienes llevan los mandos de nuestras finanzas públicas.

Los países por todo lo anterior utilizan herramientas de política económica para luchar contra sus efectos. Las más conocidas son la deflactación de los impuestos -rebajar las tarifas de los impuestos para evitar que por el efecto inflación los contribuyentes paguen más- y los pactos de rentas -acuerdos entre empresas y administraciones para evitar efectos de segunda ronda a través de la contención de precios, salarios y beneficios-. Ambas han sido una quimera en nuestro país porque el gobierno ha primado sus intereses y pactos electorales a la ortodoxia económica.

Pero ahora el gobierno español ya no tiene margen porque ha entrado en juego la política monetaria. Todos los bienes y servicios de la economía tienen precio, incluso también el dinero. Cuando se presta dinero se cobra un precio que viene a explicar el valor que el propietario del dinero otorga a dejar de disfrutarlo o si se prefiere, lo que está dispuesto a pagar quien no tiene dinero por poseerlo. Ese valor es el tipo de interés, es decir el precio del dinero. Los bancos centrales establecen los tipos de interés para propiciar las mejores condiciones económicas que se conocen como política monetaria. Si se aumenta el tipo de interés, la cantidad de dinero baja porque el crédito se encarece y por eso se habla de política monetaria restrictiva. En cambio, con tipos de interés bajos, el dinero es barato y aumenta su cantidad, en lo que se conoce como política monetaria expansiva.

El control de estos resortes monetarios con motivo de la globalización de la economía y con nuestra incorporación plena a Europa ya no nacional. De hecho, en Europa la política monetaria está controlada por el BCE, organismo supranacional no sujeto a vaivenes electorales y con un mandato claro, los precios no pueden superar el 2%. Por eso, cuando ha estado claro que Europa terminará el año con un 8% de inflación, todo un drama, en Frankfurt han decidido actuar sin contemplaciones. Así de claro, porque cuando se suben tanto los tipos de interés, hemos pasado de un 0,5% en julio al 2% en octubre, es una política monetaria restrictiva. Y es catalogada así no sólo porque reduce el dinero en los mercados sino porque ralentiza la actividad económica, perjudicando a las familias, empresas y gobiernos endeudados que verán cómo suben los pagos por intereses y a toda la sociedad en general por el parón económico que causa dificultar el crédito.

Por si fuera poco ayer se conoció el dictamen del Banco Central Europeo sobre el nuevo impuesto a la banca que están tramitando en el Congreso los partidos que apoyan al gobierno. Desde Frankfurt se ha hecho una enmienda a la totalidad al mismo. Básicamente porque contradice las normas comunitarias, añade incertidumbre y perjudica a la competencia, a la economía (ya que provocará disminuciones del crédito) y lesiona la política monetaria del propio BCE.

Nos guste o no en esta parte del mundo, esta política monetaria ha comenzado y sus efectos no tienen marcha atrás. España no será una excepción como ha expresado Fernando Monar, el jefe de riesgos del BCE “la recesión es inevitable fruto del enfriamiento económico (…) también en España”. Y entonces cuando ya no pueda ocultarse la crisis, los mismos que por estas latitudes nos han contado que todo iba bien, cambiarán el discurso triunfalista y nos dirán circunspectos, ya vestidos muy formales y de oscuro, que los culpables no están en su gobierno sino a miles de kilómetros en Alemania, Ucrania o Rusia. Lo verán estos ojos.

Iñaki Ortega es doctor en economía en La Universidad de Internet (UNIR) y LLYC

Para que lo entienda todo el mundo

 (este artículo se publicó originalmente en el periódico 20 Minutos el día 31 de octubre de 2022)

Europa está enferma, vive una crisis económica que tiene por síntomas una inflación desbocada y crecimientos en el entorno de cero. Estanflación lo llamamos en la doctrina económica. Se han probado desde el Banco Central Europeo (BCE) tratamientos para bajar la fiebre de los precios y no han funcionado. Por eso hay que endurecer la terapia: de las aspirinas y antibióticos usadas hasta ahora con leves efectos secundarios se ha pasado a una agresiva quimioterapia (intereses que se han cuadruplicado en unos pocos meses y encarecimiento del crédito a los bancos) que puede frenar la inflación, pero que tiene un gravísimo efecto secundario. La consecuencia no deseada es parar la economía, porque con los préstamos caros se cae la inversión y el consumo privado, se desploman las hipotecas y y comenzarán las dificultades para las familias que verán como no pueden pagar sus obligaciones con los bancos o peor aún los despidos llegarán porque las empresas ya no aguantarán más.

Pero en España estamos a otra cosa. Solo en la semana pasada tres ejemplos para demostrar que en nuestro país hemos decidido hacer caso omiso de lo anteriores

Los precios siguen subiendo, un 7% es el dato de octubre, pero se traslada a la opinión pública como si fuese una buena noticia porque ya no estamos en dos dígitos de inflación. cuando lo que habría que celebrar sería que no crezcan los precios, no que aumenten menos que el mes anterior.

La economía española se arrastra por los suelos con una pírrica subida trimestral del 0.2% y el gobierno habla de la gran fortaleza de nuestra economía, ¿fuertes, cuando si se desglosa el dato se ve el desplome de la inversión y las exportaciones.

En verano, hemos disfrutado de una excelente campaña turística que no ha sido capaz de crear empleo neto y los ministros, a pesar del aumento del desempleo, nos cuentan que son positivos estos datos para el país ¿60.000 nuevos parados cada verano es lo que queremos?

Año tras año la educación financiera aparece como uno de los grandes lastres de nuestro bienestar. Una reciente encuesta demostró que más de la mitad de los españoles suspendemos en un sencillo examen sobre qué es la inflación o el interés compuesto. Estamos a la cola de los países desarrollados en este campo y eso tiene graves consecuencias porque aquí estamos menos preparados para afrontar las crisis ya que tomamos decisiones en épocas de bonanza, como endeudarnos o consumir en exceso, sin tener en cuenta que en el futuro habrá cambios de coyuntura y no seremos capaces de asumir esos compromisos. No entendemos nada de economía y acabamos tomando decisiones erróneas.

Pero qué podemos esperar si desde el gobierno y otros altavoces que priman más la ideología que las noticias veraces, se sigue alimentando la desinformación y lo que es más preocupante las falsedades al respecto del rumbo económico del país. La realidad es que hace unos pocos días el BCE ha anunciado la medida más dura de política monetaria de su historia, una decisión que a nadie le gustaría tomar. Esa quimioterapia que puede curar o matar.

Y entonces, cuando llegue ese momento que todos tememos, las sonrisas, la vestimenta desenfadada y los mensajes edulcorados de nuestros líderes se tornarán en gestos adustos, corbatas negras, trajes oscuros e impostadas declaraciones, pero será tarde y pagarán los de siempre, los que no saben diferenciar un tipo de interés simple de uno compuesto.

Iñaki Ortega es doctor en economía en UNIR y LLYC

miércoles, 5 de octubre de 2022

No son ricos

(este artículo se publicó originalmente en el periódico 20 Minutos el día 3 de octubre de 2022)


Esa abogada que parece que vive en el despacho porque a la hora del día que vayas, hasta los sábados, está impecable con su carmín y su traje de chaqueta. Ya ha contratado a varios graduados en derecho, mucho mayores que ella y a una docena de auxiliares, al mismo tiempo que está cursando por las noches su enésimo máster sobre fiscalidad. Los domingos los dedica a viajar a las seis ciudades donde ha abierto delegaciones.

Ese amigo del colegio que por las tardes estudiaba alemán mientras los demás estábamos callejeando, acabó graduándose en ingeniería, aunque la mayoría de sábados no le veíamos por la noche porque siempre tenía que “empollar”. Pidió un crédito para estudiar en MBA en la mejor escuela de negocios y le fichó muy pronto una empresa americana. Se casó y empezó a viajar por todo el mundo, los niños llegaron y él seguía viviendo en un avión. Ahora, es directivo de esa compañía. Pasa más noche al año fuera de casa que con su familia.

Ese zapatero a punto de jubilarse que te sigue atendiendo con una sonrisa, pese a que ya casi no le visitas. Empezó con un almacén de calzado, repartiendo por toda la ciudad género que traía desde Alicante. Madrugar con los pedidos y trasnochar con las devoluciones fue su vida durante cuarenta años. La primera tienda la abrió con los nuevos barrios de la ciudad, luego llegaron una docena más, que ahora gestionan sus hijos.

Esa doctora de la seguridad social que ha curado todos los catarros de tus hijos y ahora los achaques de tus padres. De joven, empezó por las tardes en una consulta privada que le hacía llegar a casa muy tarde. Los fines de semana, atendía guardias en varias clínicas, para ahorrar y tener su propia consulta. Hoy sigue trabajando más de 12 horas, seis días a la semana, pero tiene su negocio en propiedad.

Ese bisabuelo que harto de la miseria de su pueblo, se enroló como polizonte en un carguero hacia América. En México entró de aprendiz con un herrero que hacía cajas de caudales. 15 años de ferrería le sirvieron para conocer el oficio y empezar a vender ese producto por todo el país. Cada hotel nuevo disponía de cientos de esas cajas, 50 años en la carretera le convirtieron en el principal proveedor de cajas de seguridad de los hoteles de esa parte del mundo. Sus hijos, nietos y bisnietos heredaron su patrimonio; con prudencia y ahorro lo mantienen hoy en día.

Dentistas, arquitectos, industriales, comerciantes, ganaderos… esas historias y muchas más que seguro conoces, tienen un denominador común: esfuerzo, riesgo y ahorro. No son personas ricas, son españoles que generaron riqueza e hicieron mejor su vida y la de mucha gente a su alrededor. Por eso cuando oigas eso de que hay que subir los impuestos a los ricos, no te fíes. Piensa si no sería más importante dedicar los debates a cómo tener menos pobres, a cómo conseguir más biografías de éxito y no a poner trabas a los que generan riqueza con su dedicación. Pero si, aun así, crees que esos ricos no merecen lo que tiene, te animo a que lo intentes tú mismo. Verás que no es tan fácil.

Iñaki Ortega es doctor en economía en La Universidad de Internet (UNIR) y LLYC

martes, 13 de septiembre de 2022

No hay otoño

(este artículo se publicó originalmente en el periódico 20 Minutos el día 5 de septiembre de 2022)


Da igual lo que diga el calendario, hoy empieza el invierno. El sol seguirá calentando y las hojas seguirán en los árboles, pero en nuestra cabeza ya se ha instalado el frío y la oscuridad. Aunque el mar, el monte y las terrazas siguen abiertas, nuestro nuevo hábitat es el autobús, el atasco y la oficina o las aulas. Siempre ha sido así, la diferencia es que este año nos hemos saltado el otoño. La naturaleza es sabia, nos prepara poco a poco para los cambios de clima. Salvo este año.

Todo tiene una explicación. Hemos vivido el primer verano de verdad tras la pandemia y nos lo hemos tomado en serio. Así somos. Que había que confinarse y ponerse mascarilla, se obedecía; que había que tomarse el mes de agosto como si nos hubiera tocado la lotería, también se ha cumplido. Las playas a reventar, colas hasta en el Himalaya -literal-, carteles de “no hay mesas” en todos los chiringuitos. Los hoteles por las nubes e inopinadamente llenos, los hielos para las copas racionados y el marisco agotado por exceso de demanda. Pero no todo el mundo se ha puesto chanclas o alpargatas estos meses: la guerra no se ha cogido vacaciones, ni la inflación, tampoco la crisis de suministros tecnológicos y ni mucho menos las gestorías que despiden a cientos de miles de trabajadores. Verano del 2022.

Y ahora los economistas nos encargamos de recordar lo que viene. Rusia ha cortado el suministro de gas a Alemania, lo que hará que se paren demasiadas industrias por el auge de los precios de la energía. Nuevos parados no tardarán en llegar. Las recientes y las previstas subidas de los tipos de interés por el BCE provocarán que cientos de miles de familias no lleguen a fin de mes por el encarecimiento de la hipoteca o por las letras de estas vacaciones; las pymes no podrán financiar sus deudas y el Gobierno de España tendrá que tomar decisiones complicadas con las pensiones porque las cuentas ya no cuadran.

Nos saltaremos la tristeza y la nostalgia tranquila de todos los otoños, para entrar de golpe en una suerte de invierno de cabreo, movilizaciones e insultos. La crisis que viene ya ha empezado en nuestras cabezas y en la de los que toman las decisiones que afectan a nuestras vidas. Y aunque las tardes continúen siendo largas y la nómina siga llegando, la niebla y la preocupación por nuestras familias se ha instalado en nuestro estado de ánimo. Los empresarios tampoco están mucho mejor que nosotros con tantos frentes abiertos: los suministros que no les llegan, los pedidos que se han desplomado y los costes -los nuevos y los de siempre- que no dejan de subir. Y qué decir de los que nos gobiernan. Los “marrones” se acumulan en la mesa presidencial, las encuestas por los suelos, la calle enfadada, la factura de la luz incontrolable, los socios enfrentados y lo que es peor ya no hay presupuesto con el que darse alegrías al cuerpo cada consejo de ministros porque Bruselas ya ha llevado al tiente los trajes de los hombres de negro. Invierno del 2022.

Iñaki Ortega es doctor en economía en La Universidad de Internet (UNIR) y LLYC


jueves, 25 de agosto de 2022

El efecto pluma

(este artículo se publicó originalmente en el periódico 20 minutos el día 23 de agosto de 2022)


A los economistas nos gusta usar metáforas para definir situaciones extrañas que en ocasiones suceden en los mercados. Quizás porque somos incapaces de explicarlas de una manera inteligible, quizás porque como reza el dicho “una imagen vale más que mil palabras”. Por eso, seguro que has oído alguna vez expresiones como “cisnes negros” -para referirse a hechos impredecibles de gran impacto- o “aleteo de la mariposa” -cuando un nimio acontecimiento provoca una catástrofe-.

Este verano la cotización del barril de petróleo no ha dejado de bajar e inopinadamente se ha notado muy poco en el precio de los combustibles. En cambio. cuando el crudo hace unos meses estaba por las nubes, inmediatamente provocaba un alza en la gasolina o el gasoil. Para encontrar sentido a esta situación en la ciencia económica se recurre al conocido como “efecto pluma”. A saber: si dejas caer una pluma al vacío, verás que no se precipita con rapidez, sino que muy lentamente va descendiendo como si planease.

Este “efecto pluma” consiste, por tanto, en un fenómeno económico por el que se dan reducciones muy lentas de los precios de un producto final, a pesar de que bajen los costes de las materias primas de las que se compone. Estamos, por tanto, ante una situación ilógica pero habitual en mercados de todo el mundo La caída drástica en el precio de la materia prima debería, en principio, reflejarse en bajadas significativas en los precios de los productos finales. Cuando eso no pasa la explicación reside fundamentalmente en que los mercados de materias primas no funcionan de la misma manera que los de productos finales. Hay otros elementos que pueden impactar como el tipo de cambio, ya que la materia prima puede cotizar, por ejemplo, en dólares y el producto terminado en euros. Los impuestos, también pueden influir, que en el caso de los hidrocarburos es una parte importante de su precio final. Por último, el poder de las empresas sobre el mercado en cuestión, en ocasiones impide las bajadas del precio por la ausencia de competencia.

Aunque no te hayas dado cuenta, este “efecto pluma” nos lo encontramos también en muchas ocasiones en nuestra vida cotidiana. Cuando en el trabajo cometes un error y se para en seco tu desarrollo profesional, pero en cambio los altos desempeños no vienen acompañados de ascensos. O en el futbol en el que una entrada a destiempo puede suponer una expulsión y en cambio temporadas de juego limpio no suponen premio alguno. También en las relaciones de pareja una inoportuna discusión puede acabar con años de pacífica convivencia.

Pero no te preocupes porque los economistas también tenemos explicación para estas situaciones y al “efecto pluma” se contrapone el “efecto cohete”. Determinadas situaciones hacen reaccionar exageradamente, por ejemplo, los precios. Estamos teniendo efecto cohete con la guerra de Ucrania y la energía, por eso cuesta entender tanto el alza de la factura de la luz. Solo nos queda el consuelo de saber que siempre que hay plumas, hay cohetes. Y tenemos que ser capaces de encontrar nuestro cohete. En el trabajo sabiendo escoger los empleos y las empresas en las que ascender rápidamente; también en tus ahorros eligiendo aquellos productos que te hagan ganar dinero con rapidez. Dejo para tu reflexión si existen estos cohetes en otros campos de tu vida. Igual sí los hay y no los estamos usando. Así que a por ellos.

Iñaki Ortega es doctor en economía en La Universidad de Internet (UNIR) y LLYC

martes, 9 de agosto de 2022

Los otros pinchazos del verano

(este artículo se publicó originalmente en el periódico 20 Minutos el día 8 de agosto de 2022)

 

Es el tema del verano. Más de sesenta pinchazos en España y por lo menos dos mil sucesos de este tipo en Europa. Los ataques denunciados por todas esas chicas siguen un mismo patrón: fiesta, noche y gentío. En medio del jolgorio sienten en el brazo o en la pierna como un picotazo. En ocasiones es solo eso, una molestia, pero en otras parece que viene acompañado de una sensación de debilidad lo que ha llegado a concluir que pueden buscar la sumisión química. Nada nuevo más allá de la fórmula usada esta vez. El alcohol, las drogas o medicamentos han sido utilizados todos los veranos por desalmados para abusar de chicas en estos meses de ocio nocturno. Esta vez, gracias a la atención que le están dando los medios de comunicación, estamos avisados y por tanto prevenidos. Que toda la fuerza de la justicia caiga sobre los agresores.

Pero, hay otros pinchazos que están pasando desapercibidos y también son malas noticias ante las que estar alerta. Me refiero a algunas cifras económicas que por dolorosas se sienten como aguijones clavándose en la piel.

La inflación del mes de julio se situó en un 10,8% o lo que es lo mismo que tus 1000 euros de ahorros ahora valen menos de 900 euros. Una extracción de riqueza en toda regla en la economía familiar de los españoles.

Los nefastos datos de destrucción de empleo en el mes julio, en plena campaña veraniega, suponen el pinchazo de la creación de empleo en España. Hacía dos décadas que no se destruía empleo en verano y por desgracia se ha frenado la tendencia de los últimos 16 meses de crecimiento de puestos de trabajo.

El desplome de los pedidos industriales en España anunciado el primer día de agosto es otra aguja clavada en la economía española. Este indicador se elabora encuestando a los responsables de cientos de empresas manufactureras y pone de manifiesto el pesimismo de las compañías y por tanto el adelanto de una crisis.

Pero fuera de nuestras fronteras hemos conocido más pinchazos. La economía de Estados Unidos ha entrada en recesión técnica al acumular dos trimestres con crecimientos negativos. El Reino Unido se encamina a la misma situación a la luz de los informes del Banco de Inglaterra en los que se ha basado para subir los tipos de interés. Y Alemania, conforme a datos de la patronal de la industria bávara, perdería más de un 12% de su riqueza -medida por el PIB- si Rusia le corta el suministro de gas este invierno como ha anunciado Putin.

Muchos boquetes en la economía como para no preocuparse por mucho que estemos en verano. Cómo me gustaría que estos pinchazos también ocupasen los programas de televisión y las redes sociales, porque eso nos permitiría como con los ataques machistas de este verano, estar preparados para lo que viene. Cuanta más gente conozca que la economía está convirtiéndose con tantos pinchazos en un queso gruyere, tomaremos mejores decisiones. por ejemplo, con nuestros gastos- y así afrontaremos mejor la crisis a la que parece que vamos abocados.

Iñaki Ortega es doctor en economía en La Universidad de Internet (UNIR) y LLYC


lunes, 1 de agosto de 2022

Cuidado con la dosis de la medicina

(este artículo se publicó originalmente en el periódico 20 Minutos el día 25 de julio 


Que la economía no va bien, lo saben todos los españoles. Igual no son capaces de recitar con exactitud el indicador que mide la inflación o la tasa de crecimiento económico, pero que la cosa está negra es un secreto a voces. Otro asunto bien diferente es que sabiendo que hay una crisis a la vuelta de la esquina, hagamos como si no pasase nada. De otro modo es difícil de explicar que el turismo y la hostelería estén batiendo récords o que según las encuestas las medidas populistas del gobierno de Pedro Sánchez contra la banca y las energéticas hayan sido recibidas con alharacas. La psicología del comportamiento económico lo ha llamado “Efecto Titanic”. Confiamos en que todo siempre saldrá bien, pero en ocasiones como con el famoso crucero, eso no sucede. El barco se hundió y algunos pasajeros optaron en lugar de salvarse por hacer que no pasaba nada y seguir levantando su copa para brindar por la orquesta.

No quiero amargar el verano a nadie, pero la semana pasada el Banco Central Europeo (BCE) anunció la mayor subida de tipos de interés en 22 años, una señal muy clara de que algo muy gordo está sucediendo en nuestro continente. La subida de cincuenta puntos básicos del precio del dinero es una dosis muy alta de la medicina con la que se quiere curar la enfermedad de la inflación que nos ha atacado con mucha fuerza. Las autoridades monetarias suben los tipos para que no gastemos. Suben los tipos para que no pidamos préstamos. Suben los tipos para que las empresas no inviertan. Suben los tipos, en definitiva, para enfriar la economía y con eso lograr parar la escalada de precios que lleva todo el año en el entorno de los dos dígitos. Pero la decisión del BCE no sólo hará que las ganas de consumir se retraigan, sino que las hipotecas de los españolitos suban, que los créditos de muchas empresas no sean refinanciados y tengan que cerrar. Al mismo tiempo, nuestro Gobierno que lleva cuatro años montado en el Titanic, con una deuda desbocada que no le preocupaba porque los tipos de interés eran de risa, verá como las tornas han cambiado. Ahora ya no será tan barato financiar lo que debemos como Estado y tendremos que pagar cada vez más por enjugar nuestro déficit. Es decir que el gasto público no podrá dedicarse a hospitales, carreteras o educación sino a pagar intereses, a compensar a los que han financiado estos años en los que el Gobierno ha gastado por encima de nuestras posibilidades, haciendo caso omiso a las autoridades económicas que no lo venían advirtiendo.

Esto es lo que viene con la decisión de política monetaria tomada en Frankfurt el jueves pasado. Una posología alta de 0,5 del medicamento contra la inflación que ojalá no nos provoque diarrea sino nos sane. Por si acaso, habrá que hacer caso al prospecto y practicar una vida normal sin excesos.

Iñaki Ortega es doctor en economía en UNIR, La Universidad de Internet y LLYC

lunes, 4 de julio de 2022

Lo que vino con Biden

(este artículo se publicó originalmente en el diario La Información el día 1 de julio de 2022)

La deseada instantánea con el presidente americano por fin ha llegado, pero a la vez otras cosas han desembarcado desde el otro lado del Atlántico que a Pedro Sánchez no le van a suponer tanta alegría.

El álbum de fotos de la Moncloa se va a quedar pequeño con tantos retratos que incluir, Sánchez con Biden, Begoña con la primera dama y también con Joe, nuestro presidente posando en el Prado, de anfitrión supervisando los trabajos en IFEMA o bromeando en el Palacio Real y hasta las nietas del mandatario en chándal tendrán su hueco… Lo que, me temo, no le va a gustar tanto son las noticias que han llegado al mismo tiempo con la delegación americana.  

En Torrejón aterrizaba el Air Force One y los dosieres en las mesas del avión destacaban las palabras de Jerome Powell de la Reserva Federal reconociendo su incapacidad en estos meses para frenar la inflación, todo ello tras la mayor subida de tipos desde hace tres décadas. El riesgo de que la inflación se cuele en la primera economía del mundo provocando destrucción de empleo, es ya una realidad. A ningún político le gusta el paro y menos a uno americano tan acostumbrado al pleno empleo.

Mientras la limusina de Biden conocida como “La Bestia” circulaba por el Paseo de la Castellana, los asesores del presidente le ponían al día de las últimas noticias de la comisión de investigación de la Cámara de Representantes sobre el ataque al Capitolio. Un miembro del gabinete de Trump había reconocido que el anterior presidente ordenó quitar los detectores de metales porque los alborotadores armados “no me van a atacar a mí”. Lejos de provocar un hundimiento de Trump en las encuestas, le cuentan a Biden sus asistentes a punto de llegar al Paseo de Recoletos, estas noticias hacen que aumente la popularidad del empresario hotelero, en una suerte de sima que se agranda, la mitad de la nación le odia y la otra le idolatra.

Dos crisis, a cuál peor, se han enquistado en Estados Unidos y avanzan peligrosamente hacia esta parte del mundo. La economía americana sufre una inflación inédita que tiene su origen -a diferencia de la europea- en un shock de demanda o lo que es lo mismo un aumento voraz del consumo que las empresas no pueden atender y que lleva a que los compradores paguen más por satisfacer sus necesidades. Pero como si de un ser vivo se tratase, la inflación allí ha ido mutando y ahora es tan importante la originada por la demanda como la tiene su origen en la oferta. Si quieren entender un poco mejor esta realidad los animo a seguir al economista de ING, Paco Quintana. Básicamente, el alza de los precios de la energía, el trasporte internacional pero también la falta de trabajadores (la archiconocida “Gran Dimisión”) han tensionado los precios provocando un nuevo shock, ahora de oferta. Para llorar sin trabajas en la Reserva Federal, cuyo único mandato es política monetaria para mantener precios estables.

La división irreconciliable de la sociedad americana no se ha difuminado con la llegada de Biden a la Casa Blanca. La penúltima demostración ha sido la decisión del Tribunal Supremo de anular la sentencia de 1973 que garantizaba el derecho al aborto. Para unos un retroceso en los derechos de la mujer, para otros se fortalece la democracia representativa ya que los jueces dejan en manos de las cámaras estatales la decisión última. Citando a Adolfo Corujo desde su atalaya de Miami, en Estados Unidos se vive la realidad como si el pueblo estuviese en dos salas de cine diferentes. Unos, que pueden ser votantes demócratas, luchan por la igualdad y defienden la cultura de la cancelación (boicotear a todos los que osen ir en contra de lo políticamente correcto). Otros, que apoyan un neoconservadurismo, se apalancan en el descontento social para derribar consensos como la libre circulación de personas y mercancías. Cada uno ve, lee y escucha sus noticias y la brecha entre ambos no deja de aumentar.

Cuando el bedel de la Moncloa guarde la última bandera de las barras y estrellas, Sánchez hará un respingo porque sabe lo que viene ahora. Biden se ha ido, pero ha dejado en España dos problemas que no dejan de crecer y que sufre el amigo americano. La inflación y el adanismo. Los precios están desbocados en nuestro país y ninguna de las medidas del gobierno son capaces de frenar la escalada.  Para colmo la subida de tipos del Banco Central Europeo aprieta más la soga a los españoles por el encarecimiento de las hipotecas. El verano será el más caro de la historia y a nuestra inflación basada en un shock de oferta (los productos se han encarecido porque las materias primas y la energía que utilizan las empresas son más caras por la Guerra y la reseca pandémica) se retroalimentará porque estamos agotados de tantas malas noticias y vamos a gastar en vacaciones como si no hubiese un mañana (shock de demanda).

Adán, dice la Biblia, fue el primer hombre en la faz de la Tierra. Y así se sienten algunos en Estados Unidos, pero también en España. Como si fuesen los primeros que defienden la democracia o los pioneros en escuchar a los desfavorecidos.  Ese adanismo que divide al pueblo americano ha fructificado en España. Despreciamos las ideas de los demás, se gobierna sin tener en cuenta la experiencia de los que te precedieron, hasta llegamos a pensar que hemos inventado la democracia o pensamos que somos los únicos que pueden gestionar los problemas y, por supuesto, la culpa de todo siempre la tienen los demás. Ese adanismo patrio, alimenta un populismo en tus seguidores y al mismo tiempo el de tus adversarios. Si las cosas van bien, no hay mayor problema, pero ¡ay! si la coyuntura es mala como la actual.  Gobernar creyéndose Adán y con la economía en contra, tiene un final conocido que no es otro que ser expulsado del jardín del Edén, como en las sagradas escrituras. Sánchez tiene un año por delante para enmendarlo sino enfilará la carretera de La Coruña en dirección a Madrid, eso sí con su álbum de fotos bajo el brazo.

 

Iñaki Ortega es doctor en economía en UNIR y LLYC