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martes, 13 de septiembre de 2022

No hay otoño

(este artículo se publicó originalmente en el periódico 20 Minutos el día 5 de septiembre de 2022)


Da igual lo que diga el calendario, hoy empieza el invierno. El sol seguirá calentando y las hojas seguirán en los árboles, pero en nuestra cabeza ya se ha instalado el frío y la oscuridad. Aunque el mar, el monte y las terrazas siguen abiertas, nuestro nuevo hábitat es el autobús, el atasco y la oficina o las aulas. Siempre ha sido así, la diferencia es que este año nos hemos saltado el otoño. La naturaleza es sabia, nos prepara poco a poco para los cambios de clima. Salvo este año.

Todo tiene una explicación. Hemos vivido el primer verano de verdad tras la pandemia y nos lo hemos tomado en serio. Así somos. Que había que confinarse y ponerse mascarilla, se obedecía; que había que tomarse el mes de agosto como si nos hubiera tocado la lotería, también se ha cumplido. Las playas a reventar, colas hasta en el Himalaya -literal-, carteles de “no hay mesas” en todos los chiringuitos. Los hoteles por las nubes e inopinadamente llenos, los hielos para las copas racionados y el marisco agotado por exceso de demanda. Pero no todo el mundo se ha puesto chanclas o alpargatas estos meses: la guerra no se ha cogido vacaciones, ni la inflación, tampoco la crisis de suministros tecnológicos y ni mucho menos las gestorías que despiden a cientos de miles de trabajadores. Verano del 2022.

Y ahora los economistas nos encargamos de recordar lo que viene. Rusia ha cortado el suministro de gas a Alemania, lo que hará que se paren demasiadas industrias por el auge de los precios de la energía. Nuevos parados no tardarán en llegar. Las recientes y las previstas subidas de los tipos de interés por el BCE provocarán que cientos de miles de familias no lleguen a fin de mes por el encarecimiento de la hipoteca o por las letras de estas vacaciones; las pymes no podrán financiar sus deudas y el Gobierno de España tendrá que tomar decisiones complicadas con las pensiones porque las cuentas ya no cuadran.

Nos saltaremos la tristeza y la nostalgia tranquila de todos los otoños, para entrar de golpe en una suerte de invierno de cabreo, movilizaciones e insultos. La crisis que viene ya ha empezado en nuestras cabezas y en la de los que toman las decisiones que afectan a nuestras vidas. Y aunque las tardes continúen siendo largas y la nómina siga llegando, la niebla y la preocupación por nuestras familias se ha instalado en nuestro estado de ánimo. Los empresarios tampoco están mucho mejor que nosotros con tantos frentes abiertos: los suministros que no les llegan, los pedidos que se han desplomado y los costes -los nuevos y los de siempre- que no dejan de subir. Y qué decir de los que nos gobiernan. Los “marrones” se acumulan en la mesa presidencial, las encuestas por los suelos, la calle enfadada, la factura de la luz incontrolable, los socios enfrentados y lo que es peor ya no hay presupuesto con el que darse alegrías al cuerpo cada consejo de ministros porque Bruselas ya ha llevado al tiente los trajes de los hombres de negro. Invierno del 2022.

Iñaki Ortega es doctor en economía en La Universidad de Internet (UNIR) y LLYC


lunes, 21 de marzo de 2022

La guerra, nuestra guerra

(este artículo se publicó originalmente en el periódico 20 Minutos el día 21 de marzo de 2022)



Ahora que parece que ya nos hemos cansado de devorar las imágenes de la invasión de Ucrania es cuando comienza nuestra guerra. En la cuarta semana de ataques rusos, nuestros ojos se han acostumbrado a los resplandores de las bombas y a las caras de pánico de los ucranianos. Pero ahora sí, la guerra de verdad está llegando a España.

Aunque en las noticias Ucrania ocupe cada menos tiempo, en nuestras vidas va a suceder justo lo contrario. La globalización de la que tanto nos hemos beneficiado y que la masacre rusa ha puesto en cuestión, supone que todo está interconectado. Nunca ha sido tan fácil como ahora comprar cualquier producto de cualquier parte del mundo. Viajar, informarse o tener amigos de todas las culturas. Pero detrás de este fenómeno había unas cadenas de suministro que funcionaban como relojes suizos y que las bombas del Kremlin han colapsado. Esta globalización, como si fuese esas construcciones hechas de piezas de dominó, es muy frágil. Ha bastado con que Rusia invada Ucrania para que cayese la primera ficha del dominó que ha arrastrado a la siguiente y así sucesivamente, hasta que la guerra se ha plantado en nuestras vidas. Ya no es una imagen de destrucción que olvidas al apagar tu móvil. Es algo más profundo que ha venido para quedarse.

Nuestra guerra la vemos ya en las baldas vacías del supermercado, en la factura de la luz que no para de subir o cuando llenes el depósito de tu coche esta semana e incrédulamente constates que son 20 euros de más. Ya ven esta guerra los empleados de la automoción que no pueden seguir trabajando porque los cables de Ucrania imprescindibles para producir un coche ya no llegan. Se han dado cuenta de la guerra los obreros de las acerías que les han mandado a casa porque no compensa seguir con la fábrica abierta con el aumento del coste de la energía. Esos hijos que este fin de semana no han celebrado el día del padre, porque a muchos militares les han movilizado en nuestro propio país. O los taxistas que no pueden subir precios, pero en la gasolinera no piensan lo mismo; o los ganaderos que ya no tienen pienso para sus animales y que por ello han descubierto que venía de las llanuras ucranianas. Por no hablar de las familias de vaqueros que no tienen donde almacenar la leche porque los camioneros hartos de pagar los platos rotos de la guerra han decidido plantarse. Prueba a preguntar a las familias que viven del turismo si saben lo que es la guerra de Ucrania y comprobarás que está guerra ya nos está salpicando en cancelaciones de viajes y vuelta a los ERTEs y al desempleo de cientos de miles de compatriotas. Uno de cada diez euros de los ahorros de toda tu vida se habrá esfumado antes de que termine el año por la inflación también cebada desde Moscú.

Ahora sí, la guerra está aquí.

Iñaki Ortega es doctor en economía en La Universidad de Internet UNIR y LLYC