(este artículo se publicó originalmente en El Periódico de Cataluña el día 6 de abril de 2024)
lunes, 8 de abril de 2024
¿Qué les pasa a los europeos?
martes, 5 de marzo de 2024
Nos quieren muertos
(este artículo se publicó originalmente en el periódico 20 Minutos el día 4 de marzo de 2024)
Bastó unos sorbos de té para producirle un coma mortal. Era el año 2020 y Aleksei Navalny ya era el principal opositor al régimen de Putin. Ingresado de urgencia en un hospital de Siberia comienzan las especulaciones a la vez que el mundo teme por su vida. Los médicos rusos descartan el envenamiento y al mismo tiempo Alemania flota un avión medicalizado que le traslada a Berlín. Un laboratorio germano confirma la intoxicación con un compuesto químico aunque semanas después el activista ruso, gracias a los cuidados recibidos en esta parte del mundo, logra recuperarse.
2014, un joven reunido con la cúpula de su partido, salva la vida gracias a un casco de moto que le oculta la identidad ante la policía política bolivariana que le viene a detener. No corrieron la misma suerte varios de los simpatizantes de Voluntad Popular que fueron asesinados a sangre fría unas horas antes. Leopoldo López pasa a la clandestinidad mientras se convierte en la presa a cazar por la autoridades venezolanas y comienza un sufrimiento infinito de su familia, hoy a salvo en Madrid.
Ambos políticos, con órdenes de búsqueda y captura por gobiernos acusados de violar sistemáticamente los derechos humanos, deciden -inopinadamente para el comun de los mortales- entregarse para defender su inocencia. Con nada que esconder y mucho que temer, Aleksei y Leopoldo, se presentan ante la policía para ser detenidos. Rápidamente se organizan juicios farsa donde son condenados a años de cárcel y enviados a las peores prisiones del planeta. Una sentencia de muerte planificada.
Yulia y Lilian, casadas con ellos pero también con sus causas, como en su día lo hizo Ofelia, repiten a sus maridos y todos sus compañeros de fatigas que tengan cuidado porque "nos quieren muertos". Ofelia es la viuda del opositor cubano Oswaldo Payá y lo recuerda estos días en el que se han celebrado las exequias por Navalny tras aparecer muerto en extrañas circunstancias en un siniestro penal de los Urales. Una mañana de julio de 2012 se despidió en La Habana de su marido con un beso y no le volvió a ver. Un accidente de coche inducido le llevó a la muerte en una inhóspita carretera cubana. Payá amenazaba la omertá de la isla caribeña, una ley de silencio que oculta el hambre y los asesinatos.
Los dictadores de Cuba y Rusia debilitaron con sus muertes la oposición y la defensa de las libertades. Leopoldo pasó más de cuatro largos años encerrado y torturado -explicados magistralmente en el libro de Javier Moro que está semana tuve el honor de presentar-. Sin embargo su causa sigue viva. Maria Corina Machado en su país, también condenada, y otros intrépidos han cogido el testigo en Nicaragua, Irán, Ruanda, Azerbaiyán y también en Rusia. Les quieren muertos como a la democracia, como a la justicia, como a las libertades.
Acabamos de enterrar a Navalny y las imágenes de esos valientes haciendo cola en la iglesia moscovita golpean en nuestra conciencia, mientras vemos las noticias en el calor de nuestro hogar y nuestra democracia. Esos rusos esperando -muertos de miedo- en la fila de la Iglesia nos emplazan a que la libertad siempre gana cuando hay quien la defienda.
Iñaki Ortega es doctor en economía en UNIR y LLYC
lunes, 10 de julio de 2023
Wagner, no solo en Rusia
(este artículo se publicó originalmente en el periódico económico La Información el 8 de julio de 2023)
martes, 13 de septiembre de 2022
No hay otoño
(este artículo se publicó originalmente en el periódico 20 Minutos el día 5 de septiembre de 2022)
Da igual lo que diga el calendario, hoy empieza el invierno. El sol seguirá calentando y las hojas seguirán en los árboles, pero en nuestra cabeza ya se ha instalado el frío y la oscuridad. Aunque el mar, el monte y las terrazas siguen abiertas, nuestro nuevo hábitat es el autobús, el atasco y la oficina o las aulas. Siempre ha sido así, la diferencia es que este año nos hemos saltado el otoño. La naturaleza es sabia, nos prepara poco a poco para los cambios de clima. Salvo este año.
Todo tiene una explicación. Hemos vivido el primer verano de verdad tras la pandemia y nos lo hemos tomado en serio. Así somos. Que había que confinarse y ponerse mascarilla, se obedecía; que había que tomarse el mes de agosto como si nos hubiera tocado la lotería, también se ha cumplido. Las playas a reventar, colas hasta en el Himalaya -literal-, carteles de “no hay mesas” en todos los chiringuitos. Los hoteles por las nubes e inopinadamente llenos, los hielos para las copas racionados y el marisco agotado por exceso de demanda. Pero no todo el mundo se ha puesto chanclas o alpargatas estos meses: la guerra no se ha cogido vacaciones, ni la inflación, tampoco la crisis de suministros tecnológicos y ni mucho menos las gestorías que despiden a cientos de miles de trabajadores. Verano del 2022.
Y ahora los economistas nos encargamos de recordar lo que viene. Rusia ha cortado el suministro de gas a Alemania, lo que hará que se paren demasiadas industrias por el auge de los precios de la energía. Nuevos parados no tardarán en llegar. Las recientes y las previstas subidas de los tipos de interés por el BCE provocarán que cientos de miles de familias no lleguen a fin de mes por el encarecimiento de la hipoteca o por las letras de estas vacaciones; las pymes no podrán financiar sus deudas y el Gobierno de España tendrá que tomar decisiones complicadas con las pensiones porque las cuentas ya no cuadran.
Nos saltaremos la tristeza y la nostalgia tranquila de todos los otoños, para entrar de golpe en una suerte de invierno de cabreo, movilizaciones e insultos. La crisis que viene ya ha empezado en nuestras cabezas y en la de los que toman las decisiones que afectan a nuestras vidas. Y aunque las tardes continúen siendo largas y la nómina siga llegando, la niebla y la preocupación por nuestras familias se ha instalado en nuestro estado de ánimo. Los empresarios tampoco están mucho mejor que nosotros con tantos frentes abiertos: los suministros que no les llegan, los pedidos que se han desplomado y los costes -los nuevos y los de siempre- que no dejan de subir. Y qué decir de los que nos gobiernan. Los “marrones” se acumulan en la mesa presidencial, las encuestas por los suelos, la calle enfadada, la factura de la luz incontrolable, los socios enfrentados y lo que es peor ya no hay presupuesto con el que darse alegrías al cuerpo cada consejo de ministros porque Bruselas ya ha llevado al tiente los trajes de los hombres de negro. Invierno del 2022.
Iñaki Ortega es doctor en economía en La Universidad de Internet (UNIR) y LLYC
jueves, 25 de agosto de 2022
El efecto pluma
(este artículo se publicó originalmente en el periódico 20 minutos el día 23 de agosto de 2022)
A los economistas nos gusta usar metáforas para definir situaciones extrañas que en ocasiones suceden en los mercados. Quizás porque somos incapaces de explicarlas de una manera inteligible, quizás porque como reza el dicho “una imagen vale más que mil palabras”. Por eso, seguro que has oído alguna vez expresiones como “cisnes negros” -para referirse a hechos impredecibles de gran impacto- o “aleteo de la mariposa” -cuando un nimio acontecimiento provoca una catástrofe-.
Este verano la cotización del barril de petróleo no ha dejado de bajar e inopinadamente se ha notado muy poco en el precio de los combustibles. En cambio. cuando el crudo hace unos meses estaba por las nubes, inmediatamente provocaba un alza en la gasolina o el gasoil. Para encontrar sentido a esta situación en la ciencia económica se recurre al conocido como “efecto pluma”. A saber: si dejas caer una pluma al vacío, verás que no se precipita con rapidez, sino que muy lentamente va descendiendo como si planease.
Este “efecto pluma” consiste, por tanto, en un fenómeno económico por el que se dan reducciones muy lentas de los precios de un producto final, a pesar de que bajen los costes de las materias primas de las que se compone. Estamos, por tanto, ante una situación ilógica pero habitual en mercados de todo el mundo La caída drástica en el precio de la materia prima debería, en principio, reflejarse en bajadas significativas en los precios de los productos finales. Cuando eso no pasa la explicación reside fundamentalmente en que los mercados de materias primas no funcionan de la misma manera que los de productos finales. Hay otros elementos que pueden impactar como el tipo de cambio, ya que la materia prima puede cotizar, por ejemplo, en dólares y el producto terminado en euros. Los impuestos, también pueden influir, que en el caso de los hidrocarburos es una parte importante de su precio final. Por último, el poder de las empresas sobre el mercado en cuestión, en ocasiones impide las bajadas del precio por la ausencia de competencia.
Aunque no te hayas dado cuenta, este “efecto pluma” nos lo encontramos también en muchas ocasiones en nuestra vida cotidiana. Cuando en el trabajo cometes un error y se para en seco tu desarrollo profesional, pero en cambio los altos desempeños no vienen acompañados de ascensos. O en el futbol en el que una entrada a destiempo puede suponer una expulsión y en cambio temporadas de juego limpio no suponen premio alguno. También en las relaciones de pareja una inoportuna discusión puede acabar con años de pacífica convivencia.
Pero no te preocupes porque los economistas también tenemos explicación para estas situaciones y al “efecto pluma” se contrapone el “efecto cohete”. Determinadas situaciones hacen reaccionar exageradamente, por ejemplo, los precios. Estamos teniendo efecto cohete con la guerra de Ucrania y la energía, por eso cuesta entender tanto el alza de la factura de la luz. Solo nos queda el consuelo de saber que siempre que hay plumas, hay cohetes. Y tenemos que ser capaces de encontrar nuestro cohete. En el trabajo sabiendo escoger los empleos y las empresas en las que ascender rápidamente; también en tus ahorros eligiendo aquellos productos que te hagan ganar dinero con rapidez. Dejo para tu reflexión si existen estos cohetes en otros campos de tu vida. Igual sí los hay y no los estamos usando. Así que a por ellos.
Iñaki Ortega es doctor en economía en La Universidad de Internet (UNIR) y LLYC
domingo, 19 de junio de 2022
La religión de los datos
(este artículo se publicó originalmente en el periódico Cinco Días el día 16 de junio de 2022
El gobierno del Reino Unido ha acusado a Rusia de tener una fábrica de trols (usuarios de internet que publican mensajes ofensivos) para llenar las redes sociales con propaganda del Kremlin. Los rusos están “difundiendo mentiras en las redes sociales” a través de personas contratadas por la empresa Cyber Front Z con sede en San Petersburgo. Un salario de 600 euros al mes por poner 200 comentarios diarios en Instagram y YouTube a favor de Putin y así engañar al mundo sobre la tragedia de Ucrania. Esta vez han sido activistas, pero en otras ocasiones son algoritmos en Internet que llevan a cabo tareas repetitivas de desinformación (bots). Esta guerra en internet busca debilitar la estabilidad de las democracias occidentales. De hecho, datos pagados por el Kremlin han sido difundidos masivamente en las últimas elecciones que enfrentaron a Biden y Trump, en el Brexit o en la consulta ilegal de Cataluña.
La digitalización de la economía también ha hecho que la realidad empresarial sea un lugar donde en ocasiones campen por sus respetos la desinformación o la manipulación. El caso de Cambridge Analytica en 2018 en el que Facebook hizo un uso indebido de la información personal de aproximadamente 50 millones de usuarios, abrió la puerta a lo que Harari ha llamado el dataísmo. Yuval Noah Harari es un historiador que ha arrasado con sus libros en todo el mundo con títulos como ‘Sapiens’ u ‘Homo Deus’. En su obra alerta de que hemos llegado a creer que somos dioses y que podemos resolver cualquier problema, pero la realidad es otra. Harari explica que hemos sustituido a Dios por una suerte de nueva religión conocida como dataísmo. Una especie de ideología emergente que «no venera ni a dioses ni al hombre: adora los datos». El nuevo término ha sido utilizado para describir la importancia absoluta que tiene ahora disponer e interpretar los datos.
En estos momentos, las cinco empresas que se sitúan a la cabeza de la facturación mundial ya no son petroleras, sino plataformas que están relacionadas con la tecnología. Es un consenso que el petróleo del siglo XXI son los datos. Para el presidente de Telefónica, José María Álvarez-Pallete, la explosión de los datos y la consiguiente posibilidad de generar conocimiento se va a multiplicar. Todos los productos y sistemas de transporte, incluso la ropa, van a estar conectados a internet emitiendo información. Las previsiones de la consultora IDC nos indican que, en menos de cinco años desde la fecha de publicación de estas líneas, se multiplicarán por cinco los datos almacenados.
Esas empresas obtienen datos masivamente de sus usuarios, y en ocasiones los proporcionan de manera inconsciente. Es cierto que todas estas compañías piden formalmente permiso a los usuarios, pero necesitaríamos más de media hora para leer esas condiciones y como no queremos quedarnos aislados prestamos nuestro consentimiento inmediatamente. Mucha de la información que queda en manos de estas empresas son datos personales que incluyen salud, ocio, ideario político o religioso del presente, del pasado e incluso de futuro, a través de nuestra agenda. Así, al final, algunas de esas plataformas, que ya son más poderosas que los gobiernos de algunas de las grandes naciones del mundo, saben más de nuestra vida que nosotros mismos. De nuevo Harari alerta de que la inteligencia artificial puede ser capaz de saber la orientación sexual de un adolescente antes que él mismo, simplemente por los datos acumulados de su navegación en internet o redes sociales.
No solo las personas sino también empresas y gobiernos hemos ido generando cantidades ingentes de datos, pero -por desgracia- no se han sabido aprovechar para un buen uso. Gartner ha estimado que el 65 por ciento de los datos almacenados están desorganizados y, por tanto, con uso muy limitado. Es verdad que la pandemia ha permitido dar un salto de gigante y según diferentes analistas hemos avanzado en apenas unos meses lo que nos hubiera costado por lo menos un lustro. La rapidez en el diseño de la vacuna del coronavirus es un buen ejemplo de lo anterior.
Las tecnologías de la información son el presente y no deben alarmarnos. Sin embargo, es preocupante que un uso indebido de los grandes conjuntos de datos personales recolectados gracias a ellas pueda lesionar la privacidad, la reputación e incluso la dignidad del ser humano. Los usuarios en ocasiones tenemos la sensación de que hemos perdido el control de nuestros datos, por ello es importante retomarlo.
Más de la mitad del tráfico de datos no se realiza entre humanos sino con máquinas (bots). Y, de estos, la mitad están dedicados al cibercrimen. Se necesita la misma transparencia en el mundo digital que la que hay en el mundo real. Las fake news prorrusas son el síntoma que ha de servir para que empecemos a preocuparnos y ocuparnos. Es el momento por ello de la regulación, pero también del autocontrol, de una suerte de juramento hipocrático para los tecnólogos que trabajan en las empresas Esta década que iba a ser una reedición de los felices años 20 del siglo pasado, nos está demostrado que no somos dioses sino seres frágiles que necesitamos de buenos datos gestionados desde el humanismo para que nos protejan, nos den salud y hagan mejor el mundo.
Iñaki Ortega es doctor en Economía y director senior de Educación Directiva en LLYC
David Ruiz es sociólogo industrial y profesor en The Valley
miércoles, 1 de junio de 2022
La desglobalización de Davos
(este artículo se publicó originalmente en el periódico económico La Información el 31 de mayo de 2022)
Conviene tomar nota de este término porque va camino de ser una de las palabras del año, por lo menos en lo que se refiere a la economía. La desglobalización aparece en todos los informes de coyuntura y no hay analista que no la incluya en su conversación. En los pasillos de Davos era un secreto a voces: vivimos el final de tres décadas de globalización.El economista Klaus Schwab,
fundador hace más de treinta años del Word Economic Forum (WEF) ha tenido que
escuchar por boca del primer ejecutivo de Procter & Gamble que la
globalización está "temporalmente en pausa". La biblia que acompaña
al café de los desayunos de Davos, Financial Times, ha entrevistado a una
selección de directivos para titular con la muerte de la globalización. Hasta el presidente del Bundesbank ha situado
la desglobalización en la triada de palabras con la letra “d” causantes de la
inflación, junto a descarbonización y la demografía. Para colmo, el número de
mayo de la revista The Economist ha atragantado el Martini a los asistentes al
Foro Económico Mundial con su macabra portada sobre una hambruna por la
ausencia de trigo en el mundo.
Por supuesto que la evolución del
comercio mundial continúa lastrada por la invasión rusa y las restricciones de
movilidad en el puerto de Shanghái. La economista Alicia Coronil lo confirma
con los principales indicadores de la OMC sobre la evolución y perspectivas de
los intercambios comerciales de mercancías a nivel global que reflejan una
pérdida de dinamismo. Pero hay algo más que no dicen esos guarismos. Keynes lo
llamó los espíritus animales. O la existencia de un factor psicológico en el
ser humano que le lleva a tomar decisiones con alto componente emocional que a
la postre provocan variaciones en la economía.
Y los humanos ahora estamos en
modo pánico. El escenario de incertidumbre presenta demasiados nubarrones. La
economista jefe de Singular Bank nos los recuerda, a saber; las tensiones
inflacionistas en máximos en las últimas décadas; la guerra en Ucrania, más
allá de sus graves consecuencias socioeconómicas, por las implicaciones en el
suministro energético y de otras materias primas; la pandemia, ante la última
ola del coronavirus en China y el retraso de la normalización de las cadenas de
valor; los posibles shocks financieros fruto de las subidas de tipos de interés
y la reducción de balances de los bancos centrales de las principales
economías; la mencionada crisis alimentaria por las disrupciones en la cadena
de suministro y una menor producción a nivel global; un aterrizaje más abrupto
de lo esperado del crecimiento económico global, en parte agravado por la
desaceleración de la economía china; sin olvidar otros riesgos como los
geopolíticos, climáticos, sanitarios y de seguridad.
Todo esto ha calado en la mente
de los directivos, pero también de los gobiernos. Nadie quiere volver a la
casilla de marzo de 2020. De modo y manera que en medio mundo, desde hace
meses, se está repatriando la producción, nacionalizando industrias
estratégicas y prohibiendo exportaciones con la excusa de la salud nacional. El
resto ya lo conocemos: más aranceles, fletes más caros y más trabas a la
inversión extranjera en empresas estratégicas. En Francia están felices porque
llevaban años predicando en el desierto con este asunto que es consustancial a
su chauvinismo. Es una mala noticia para el profesor alemán afincado en Suiza que
ha hecho de la bandera de la globalización el sentido de su exitoso Foro
Económico Mundial. Pero antes de que alguno empiece a preparar el entierro del
octogenario presidente del WEF, el Dr. Schwab ha resucitado su vieja predicción
“no tendremos nada, pero seremos felices”. En el 2030 no nos importará la
ausencia de bienes porque nadie tendrá nada en propiedad, todo será gratis o
casi, ya que la eficiencia de la economía habrá conseguido ese mundo
ideal. En fin, mientras llega ese 2030,
los que no hemos ido a Davos ni iremos nunca, lo mejor que podemos hacer es
seguir rezando para no perder el trabajo y que la hipoteca no suba mucho el mes
que viene. Con o sin desglobalización.
Iñaki Ortega es doctor en
economía en la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR) y en LLYC
domingo, 3 de abril de 2022
El nuevo polonio ruso son los datos
(este artículo se publicó originalmente en el diario La Información el día 29 de marzo de 2022)
Hace pocos días se supo la noticia de la muerte en Kiev de la periodista rusa Oksana Baulina fruto de un misil de precisión lanzado por sus compatriotas. Oksana, conocida por sus críticas al régimen de Putin, no estaba en una “zona caliente” de la guerra sino en un enclave seguro junto a informadores internacionales. Falleció mientras visitaba, en una caravana de periodistas, un arrasado centro comercial de la capital ucraniana. Cuando grababa imágenes de la destrucción provocada por la invasión rusa, su coche fue alcanzado por un proyectil que acabó con su vida al instante. Ningún otro vehículo de la expedición resultó dañado. Oksana, era corresponsal en Ucrania de un medio digital americano, pero antes trabajó para la Fundación Anticorrupción del opositor ruso Alexei Navalni. Después de que la organización fuera catalogada como una organización extremista, tuvo que abandonar Rusia para poder seguir informando sobre la corrupción del gobierno ruso.
Navalny, con este atentado, habrá vuelto a recordar desde su cárcel rusa aquel 20 de agosto de 2020 en Siberia en el que fue hospitalizado en estado grave. Su familia denunció que había sido envenenado, pero los médicos rusos se negaron a aceptar esa hipótesis y por tanto a iniciar un tratamiento. Entonces, Alemanía movilizó un avión medicalizado que logró trasladarle a Berlín. Unos días después el gobierno germano confirmó que las pruebas de toxicología eran «inequívocas» respecto del envenenamiento con Novichok, un veneno diluido en un té que Navalny tomó en el aeropuerto siberiano.
En noviembre de 2006, Alexander Litvinenko, pide también un té en un hotel de Londres. Tres semanas después, este antiguo espía ruso arrepentido, muere en un hospital británico. Dos días antes de fallecer, científicos atómicos confirmaron que dio positivo en envenenamiento por la radiación de polonio.
Oksana ha sido la penúltima víctima del Kremlin, pero esta vez no ha hecho falta un veneno en la taza de té. Ha bastado, probablemente, que la periodista rusa aceptase las cookies de alguna web para que su teléfono fuese rastreado por el ejercito ruso. Sea por eso, o por uno de los miles virus informáticos que pueden alojarse en cualquier móvil, Oksana fue localizada y el resto lo hizo un cohete de alta precisión. Hoy tus datos personales se pueden convertir, por tanto, en tan malignos como ese polonio que usa la KGB.
Hace un par de años Jim Balsillie, el que fue CEO de la matriz de los míticos teléfonos BlackBerry, testificó ante el comité canadiense de privacidad y democracia internacional y dejó para los anales esta frase “los datos no son el nuevo petróleo, son el nuevo plutonio”. En la declaración más extensa explica que los datos de carácter personal gestionados inadecuadamente tienen el potencial de causar un tremendo daño. Por supuesto que Jim no sabía lo que iba a suceder años después en Kiev con el asesinato de la periodista, pero sí conocía la historia de la segunda guerra mundial. Como explicó Adolfo Corujo en un recomendable podcast, el exterminio judío, puede explicarse también por el uso de datos personales. Holanda fue el país donde fueron asesinados un mayor porcentaje de judíos, 74%, pero en cambio en Francia esa cifra no llegó al 25% ¿Dónde reside fue la diferencia? Los nazis cuando invadían un país acudían a los registros municipales, para localizar a los judíos y otras víctimas. Holanda, antes de la invasión, había aprobado una norma para recopilar todo tipo de datos que ayudasen en sus políticas públicas. Uno de esos datos que disponían y tenían actualizado era la religión de las personas. Cuando, en mayo del 1940 el ejército nacional socialista invade el país de los tulipanes, solo tuvieron que ir al censo para encontrarse una exacta base de datos del número de judíos con sus direcciones. En el caso de Francia esa información no se almacenaba por cuestiones de privacidad. El ejército alemán no encontró en Francia esa información y gracias a ello, cientos de miles salvaron sus vidas.
No es nuevo, por tanto, que los datos de carácter personal son plutonio. Lo que sí es nuevo es que la tecnología ha permitido generar sistemas que recolectan estos datos con una eficiencia y a una escala astronómica a nivel global. Y esos datos, en malas manos, puede provocar un asesinato, un ataque a una infraestructura crítica o llevar a la bancarrota a una empresa. Sí, todo por un dato personal.
El plutonio es un material tóxico y radiactivo. El principal tipo de radiación que emite es la “radiación alfa” que ingerida o inhalada puede causar cáncer de pulmón o envenenamiento mortal. También el plutonio es un elemento que se utiliza en la fabricación de armas nucleares. Por eso este elemento químico está sujeto a todo tipo de restricciones en su uso, transporte y almacenamiento. Pero al mismo tiempo, el plutonio se utiliza en marcapasos que evitan infartos de miocardio y en los combustibles de los reactores de las centrales nucleares que están salvando, por ejemplo, a Francia, de la crisis energética que vivimos actualmente
Hay datos que son plutonio. Para bien y para mal. Por ello el debate no es prohibir su uso sino regularlo. Cada vez se habla más de una cuarta generación de derechos humanos ante los abusos de la mala tecnología. Los primeros derechos humanos, con la libertad y la igualdad, nos protegieron frente al poder absolutista gracias a la Revolución francesa. La segunda generación, con el derecho al empleo y la sanidad, permitió que hubiese un Estado que nos defendiese. La tercera oleada de derechos fundamentales fue coherente con la globalización y consagró el pacifismo Se necesita, por tanto, una cuarta, la de los derechos fundamentales en la era digital. El derecho a ser olvidados, el derecho a la identidad digital, la imparcialidad de la red y por supuesto el control de nuestros datos personales para evitar usos tan perversos ahora y en el futuro.
Iñaki Ortega es doctor en economía en La Universidad de Internet (UNIR) y LLYClunes, 21 de marzo de 2022
La guerra, nuestra guerra
(este artículo se publicó originalmente en el periódico 20 Minutos el día 21 de marzo de 2022)
Ahora que parece que ya nos hemos cansado de devorar las imágenes de la invasión de Ucrania es cuando comienza nuestra guerra. En la cuarta semana de ataques rusos, nuestros ojos se han acostumbrado a los resplandores de las bombas y a las caras de pánico de los ucranianos. Pero ahora sí, la guerra de verdad está llegando a España.
Aunque en las noticias Ucrania ocupe cada menos tiempo, en nuestras vidas va a suceder justo lo contrario. La globalización de la que tanto nos hemos beneficiado y que la masacre rusa ha puesto en cuestión, supone que todo está interconectado. Nunca ha sido tan fácil como ahora comprar cualquier producto de cualquier parte del mundo. Viajar, informarse o tener amigos de todas las culturas. Pero detrás de este fenómeno había unas cadenas de suministro que funcionaban como relojes suizos y que las bombas del Kremlin han colapsado. Esta globalización, como si fuese esas construcciones hechas de piezas de dominó, es muy frágil. Ha bastado con que Rusia invada Ucrania para que cayese la primera ficha del dominó que ha arrastrado a la siguiente y así sucesivamente, hasta que la guerra se ha plantado en nuestras vidas. Ya no es una imagen de destrucción que olvidas al apagar tu móvil. Es algo más profundo que ha venido para quedarse.
Nuestra guerra la vemos ya en las baldas vacías del supermercado, en la factura de la luz que no para de subir o cuando llenes el depósito de tu coche esta semana e incrédulamente constates que son 20 euros de más. Ya ven esta guerra los empleados de la automoción que no pueden seguir trabajando porque los cables de Ucrania imprescindibles para producir un coche ya no llegan. Se han dado cuenta de la guerra los obreros de las acerías que les han mandado a casa porque no compensa seguir con la fábrica abierta con el aumento del coste de la energía. Esos hijos que este fin de semana no han celebrado el día del padre, porque a muchos militares les han movilizado en nuestro propio país. O los taxistas que no pueden subir precios, pero en la gasolinera no piensan lo mismo; o los ganaderos que ya no tienen pienso para sus animales y que por ello han descubierto que venía de las llanuras ucranianas. Por no hablar de las familias de vaqueros que no tienen donde almacenar la leche porque los camioneros hartos de pagar los platos rotos de la guerra han decidido plantarse. Prueba a preguntar a las familias que viven del turismo si saben lo que es la guerra de Ucrania y comprobarás que está guerra ya nos está salpicando en cancelaciones de viajes y vuelta a los ERTEs y al desempleo de cientos de miles de compatriotas. Uno de cada diez euros de los ahorros de toda tu vida se habrá esfumado antes de que termine el año por la inflación también cebada desde Moscú.
Ahora sí, la guerra está aquí.
Iñaki Ortega es doctor en economía en La Universidad de Internet UNIR y LLYC
martes, 15 de marzo de 2022
Morituri te salutant
(este artículo se publicó originalmente en el periódico 20 Minutos el 7 día de marzo de 2022)
Se cuenta que los gladiadores justo antes de luchar en el circo romano saludaban al Cesar con la expresión latina “los que van a morir, te saludan”. Han tenido que pasar mas de dos mil años para que otro luchador, esta vez ucraniano y presidente de su país, salude al mundo con el mismo mensaje.
Los rudimentarios discursos de Zelesnky grabados con su propio teléfono son un ataque al ejército ruso, mucho más contundente que cualquier misil. El presidente ucraniano, objetivo número uno de Putin, con su supervivencia insufla ánimos a sus compatriotas y pone en evidencia el poderío militar de sus vecinos. Esos videos caseros, cada día desde un diferente escondrijo, son esperados por todo el planeta, como prueba de que sigue vivo. Cada nueva imagen del mandatario en camiseta kaki, no es solo un día más de vida de Zelensky, sino una bofetada en la cara de Vladimir Putin. Cada pieza es una obra maestra de cómo comunicar “mensajes de la verdad”. Esta expresión que fue acuñada en un homónimo libro hace 30 años, se refería a aquellas situaciones en las que te juegas el futuro y es preciso decir la verdad con todas las consecuencias. Es difícil encontrar más verdades por segundo que en cualquier video del ucraniano. Sin escenarios grandiosos, ni trucos efectistas, desde la autenticidad y la honestidad ha conseguido ser el maestro de la comunicación de nuestros días.
Los gladiadores, no sin cinismo, saludaban cortésmente al emperador que los llevaba a la muerte en los juegos romanos. Hoy Zelensky recuerda al mundo que puede morir sin que hagamos nada por defender su vida y la de su patria masacrada por un tirano. Rusia ataca a Ucrania y todos pegados al televisor. Dos mil años de distancia. pero todo es igual.
Un Cesar que se entretiene con guerreros y fieras. Esta vez es un oligarca ruso, que juega desde su palacio con las piezas de la guerra; un día masacra una ciudad, al otro amenaza la seguridad nuclear o bombardea corredores humanitarios.
El público que abarrota el circo. Esta vez todo el planeta en sus casas, siguiendo desde sus dispositivos el espectáculo de luces, sirenas, sangre y llantos de la contienda.
Los luchadores que mueren en la arena, esclavos y presos de la peor calaña. Esta vez son ciudadanos libres cuya única culpa fue nacer en la latitud equivocada en el peor momento de tiempo, pero que morirán igual de injustamente.
En Roma los gladiadores se convirtieron en ídolos, las personas con más honor de su civilización adorados por todos los romanos. Por mucho poder que acumulase el Cesar y a pesar de que el emperador sobrevivía y los guerreros morían en el circo cada día de los juegos, el pueblo consagró a los gladiadores como sus héroes y no a los emperadores. Ojalá no tengamos que esperar a que muera Zelensky para convertirlo en un referente. Ojalá no sobreviva Putin a Zelenski. Ojalá no llegué el día en el que la ausencia del video del presidente ucraniano sea la noticia. Ojalá no lamentemos haber hecho caso omiso de sus agónicas peticiones porque estábamos muy ocupados poniendo la bandera de Ucrania en nuestro perfil de Twitter.
Iñaki Ortega es doctor en economía en la Universidad en Internet UNIR y LLYC
jueves, 1 de julio de 2021
El G7 se olvidó de la corrupción
(este artículo se publicó originalmete el día 29 de junio de 2021 en el diario La Información)
Allá por el año 1973, un secretario del tesoro de Estados Unidos
preocupado por el derrumbe de las instituciones monetarias de la posguerra
(Bretton Woods) convocó a sus homólogos alemanes, franceses, japones y
británicos. Las reuniones se institucionalizaron anualmente y antes de que
terminase la década se había unido al grupo los responsables de las finanzas de
Italia y Canadá. Al mismo tiempo adquirieron categoría de cumbres
internacionales al asistir no solo los ministros sino los presidentes de esas
siete naciones. Así nació lo que se conoce como el grupo de los siete (G7) que
se ha vuelto a reunir este mes de junio en la localidad inglesa de Cornualles.
Conviene recordar que la caída del muro de Berlín a la vez
que la unión política europea ganaba peso llevó a invitar a estas citas a los
altos representantes de Rusia y de la Comisión Europea. Si la participación de
los segundos se ha consolidado, la de Rusia ha corrido otra suerte. Unas veces
por las injerencias militares de los rusos en sus vecinos, otras por las
sospechas de espionaje del resto de socios, pero siempre por la negativa a
firmar los pactos de libre comercio, Rusia no ha consolidado su asiento en el
selecto club de los países más ricos del planeta.
La cumbre de Cornualles de este año tenía un guion
preestablecido más allá de la curiosidad por el estreno del presidente Biden en
el G7 o por la despedida de la canciller Merkel. Coronavirus, Clima y Comercio.
Las tres C estaban marcadas en todos los prontuarios de los estadistas. No
puede olvidarse que la cita del año 2020 fue suspendida por la pandemia y que
la Covid19 ha sumido al mundo en la mayor crisis desde la recesión financiera
de 2008. En no pocos países del mundo no se recordaban caídas de la actividad
económica desde la parálisis de las guerras mundiales del siglo pasado. Una
epidemia ha tenido que demostrar las fragilidades de las democracias liberales
que supuestamente, citando a Fukuyama, resolvían todas las necesidades del
hombre para siempre. La realidad es que los sistemas sanitarios de estos países
no han podido parar la tragedia de millones de infectados. Pero en una suerte
de deja vu de la primera cumbre de 1973 cuando se consiguió salvar la
desaparición del patrón oro, los ministros de finanzas del G7 se pusieron de
acuerdo (virtualmente) el año pasado en rescatar la economía con un potente
escudo de gasto público.
Clima, es la segunda palabra de los dosieres preparados para
los mandatorios. Clima o ESG como ahora prefieren referenciar los inversores.
El nuevo grial que perseguir se resume en ese acrónimo: sostenibilidad en
materia medio ambiental, social y de gobierno corporativo. No se trata
solamente de parar la degradación del medio ambiente sino también evitar el
alejamiento de la sociedad con la economía de mercado, que ha dado sentido al
G7. Economías y empresas con alma social es la forma de reinventar el
capitalismo hacia uno que se base en el propósito. Otra palabra mágica para
frenar el descontento creciente en las clases populares ante tanta desigualdad.
Y el tercer vocablo con la letra c, es el comercio. Término
que no ha dejado de estar presente en todas y cada una de las 47 cumbres
celebradas. El fallido acuerdo de la
posguerra para reducir aranceles aduaneros, GATT, dio paso en la década de los
noventa a la OMC (organización mundial del comercio) pero los países del G7 han
sufrido los cambios de rumbo de potencias como Rusia o China en esta materia.
Por no mencionar a Estados Unidos, ora Trump ora Nixon, defendiendo en cumbres
del G7 el proteccionismo en función de su agenda doméstica. Ahora los vientos
soplan a favor y en la “Declaración de Carbis Bay” que cerró la cumbre se coló
un recado para la política comercial china.
Sin embargo, el fuerte viento que de vez en cuando azota la
costa sur de Inglaterra se llevó una palabra de los apuntes de los jefes de
estado. No eran tres las letras c, sino cuatro. Corrupción es la palabra que un
vendaval marino o la miopía de los grandes estados, hizo desaparecer de la
cumbre. Es verdad que en las conclusiones que tomaron por nombre la bahía de
Cornualles, se hablaba de la protección del planeta, la solidaridad ante la
pandemia, la reconstrucción y los valores…pero nada de luchar contra la
corrupción. Pero la realidad es tozuda y apenas unos días después el ministro
de sanidad del Reino Unido ha tenido que dimitir por saltarse la ley. Al mismo
tiempo la justicia francesa ha pedido seis meses de cárcel para el expresidente
Sarkozy; dos diputados alemanes son investigados por comerciar ilegalmente con
mascarillas y un ministro japonés admite que compró votos para que su esposa
fuese legisladora. Por no hablar del primer ejecutivo de la empresa americana
Pfizer que, a pesar de sofisticadas legislaciones de control, vende el 62% de
sus acciones por valor de 5,6 millones de dólares el mismo día que anuncia los
resultados de eficacia de la vacuna. Podríamos seguir levantando alfombras en
cada país del G7, pero quizás es mejor empezar desde ya a reclamar que el año
que viene en Alemania, donde se volverán a reunir los mandatarios, la
corrupción no se vuele de las conclusiones. Nos conviene a todos.
Iñaki Ortega es doctor en economía y profesor de la
Universidad Internacional de La Rioja


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