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domingo, 4 de febrero de 2024

La psique de los políticos

(este artículo se publicó originalmente en el periódico La Información el 27 de enero de 2024)

La anécdota ha pasado desapercibida para el gran público. Me permito recordarla, como economista, pero con un fin exclusivamente psicológico porque ilustra a la perfección el estado de ánimo de esta Europa del año 2024. Davos, 16 de enero, el presidente Pedro Sánchez, tras meses de desencuentros, convoca a los directivos españoles que asisten al foro económico mundial. A la cita, en una pequeña sala, acuden todos los primeros ejecutivos de las grandes compañías patrias presentes esos días en Suiza. Se cierran las puertas y se escucha inopinadamente un aplauso atronador. En la reunión, el presidente de Ferrovial acusado por el gobierno de antipatriota por trasladar la sede social a Ámsterdam, también su colega de Iberdrola -el más vilipendiado por los ministros de la coalición-, Josu Jon Imaz de Repsol -ahora negacionista del cambio climático para la vicepresidente Teresa Rivera- y los primeros ejecutivos de los “malvados” bancos que padecen un nuevo impuesto que se ha justificado desde el ejecutivo por los injustos beneficios que generan para sus accionistas. El equipo de comunicación de Moncloa tras escuchar la ovación comienza a contar a los periodistas acreditados que Sánchez es recibido en olor de multitudes por los empresarios. La realidad era bien diferente, ya que los aplausos eran para el CEO de Cepsa -también presente en la reunión- que acababa de ser reconocido por Forbes como uno de los mejores ejecutivos globales. Un fallo lo tiene cualquiera y rápidamente el equipo presidencial rectifica y cuenta el verdadero motivo de semejante homenaje.

Lo realmente relevante no es el error, sino qué es lo que lleva a alguien a interpretar ese aplauso de los empresarios como un reconocimiento a Pedro Sánchez. La explicación reside en la conocida como economía del comportamiento en la que su máximo exponente es el premio Nobel de economía Daniel Kanheman. En su libro “Pensar rápido, pensar despacio” este psicólogo defiende la necesidad de pensar antes de actuar. La mente nos engaña muchas veces y parece que los asesores del presidente español cayeron en el “sesgo de confirmación” que se explica en este manual superventas. A saber, la tendencia a interpretar la información para confirmar las propias creencias. Sánchez bueno, empresarios malos. El problema no es la anécdota de Davos sino que esos prejuicios cognitivos se muestran todos los días en las políticas públicas con nefastas consecuencias en nuestra economía. Más regulaciones y más impuestos provocan menos empresas y por tanto menos riqueza.

Pero España no es la excepción del territorio europeo de este fenómeno psicológico.  En un año electoral en el continente europeo, de tanto hablar de la amenaza de la ultraderecha y cebar su discurso con estrategias ininteligibles, estamos acabando por conseguir que se cumpla. Profecía autocumplida es otra forma de llamarlo. De nuevo una trampa de nuestra psique que tendrá consecuencias económicas. Como recuerda la profesora Alicia Coronil los últimos datos del PIB estadounidense abonan una posible revisión al alza de sus perspectivas de crecimiento en 2024; coyuntura contraria a la de la de la Eurozona en la que aumentan las señales de polarización en el continente europeo ante una crisis agraria, que ha llevado a los funcionarios de Bruselas a reunirse con el sector en busca de soluciones y por la preocupación de que esta ola de protestas se extienda al resto de Estados miembros. Un hecho que, más allá de las implicaciones sobre las cadenas de suministros y los precios de los alimentos, podría condicionar los resultados de las próximas elecciones europeas, en las que Fico, LePen y Orban acudirán con viento a favor.

La solución a estos sesgos es pensar despacio antes de actuar como defiende Kahneman y todos los seguidores de la heurística o capacidad de las personas para resolver problemas mediante la creatividad o pensamiento lateral. Se trata de aplicar un conjunto de reglas simples que permiten explicar los procesos de toma de decisiones y la solución de problemas, cuando estos son complejos o no se cuenta con la información completa sobre los mismos y así evitar caer en las trampas que nuestra cabeza (con nuestra ideología) nos pone.

El profesor de la Voxel School, José Cuesta defiende para lo anterior un talento híbrido fundamentado en la creatividad. Esa mezcla ganadora, es una combinación perfecta de habilidades blandas con conocimientos técnicos que podría contribuir, desde la empresa o el gobierno, a la competitividad de la economía aportando ideas innovadoras fundamentadas en la razón y no en el prejuicio.

Iñaki Ortega es doctor en economía en UNIR y LLYC

 

jueves, 10 de agosto de 2023

Qué mentirosos somos

 (este artículo se publicó originalmente en el periódico 20 Minutos el día 8 de agosto de 2023)

La semana pasada se conocieron los resultados de varias encuestas que el CIS realizó unos pocos días antes de las elecciones generales. Cinco de cada diez encuestados creían que Feijóo sería el próximo presidente del Gobierno, mientras que tres de cada diez consideraban que sería Sánchez. La realidad es que la mayoría votó para que no gobernase el gallego. Al mismo tiempo la intención de voto indicada por los encuestados otorgaba al PSOE el 28% de los apoyos, y al PP un 24%. Finalmente, el resultado de las elecciones indica que el 33 % votó a los populares y el 31% a los socialistas. Pero es que también el 83,2 % de los encuestados afirmó que iría a votar con toda seguridad, aunque la participación se quedó en el 70,4 %. Mentimos como bellacos.

La mentira fue la palabra que protagonizó la campaña electoral. Los candidatos se acusaban de mentirosos y los periodistas en sus entrevistas les sacaron los colores por ello. Pero a la vista de la última encuesta de Tezanos también los electores mienten y mucho. Ninguna encuesta, ni siquiera la que más recursos tiene, acertó y no es por la mala calidad de los centros demoscópicos sino porque en la naturaleza humana está mentir y los sondeos no iban a ser la excepción.

Mentimos por vergüenza, mentimos por miedo e incluso mentimos por el gusto de hacerlo. No nos apetece decirle a nadie nuestro voto, y mucho menos a un anónimo que te llama por teléfono. Votamos con las tripas -no con la cabeza- y eso es mejor tenerlo bien escondido. Antes de que empecemos a pensar mal de nuestra calidad democrática como país, tengo que tranquilizar al lector, porque esto de mentir no lo hacemos solo cuando votamos.

Como ha demostrado David Ruiz Uceta de The Valley, los consumidores no hacen siempre lo que piensan. Apoyándose en la ciencia del dato y en la economía del comportamiento, ha comprobado que compramos de una manera no racional, influenciados por numerosos sesgos y prejuicios. Decimos públicamente que tenemos unas preferencias y unos umbrales de precios para nuestras compras, pero luego no las cumplimos. Nos mentimos nosotros mismos. Para este profesor son tres los sesgos cognitivos que nos llevan a engañarnos a la hora de consumir. Primero, el sesgo de presente que por ejemplo nos hace no ahorrar porque ante la decisión de elegir entre una hipotética ventaja futura o una gratificación inmediata, los seres humanos tienden a quedarse con el aquí y el ahora, minusvalorando los beneficios futuros.

En segundo lugar, el sesgo de riesgo cero que nos lleva a contratar seguros de hechos muy improbables, por ejemplo, cuando viajamos al extranjero el riesgo de que nos operen de algo, solo por ganar tranquilidad. Es decir que preferimos reducir un pequeño riesgo hasta el 0% de probabilidad, en vez de reducir en mayor cantidad (aunque sin reducirlo al 0%) un riesgo más probable.

Por último, el sesgo de capacidad que consiste en considerar que es más importante la posibilidad de perder algo que la posibilidad de conseguir algo de igual valor. Debido a este sesgo, muchas personas consideran que perder tiene más impacto que ganar, incluso en aquellas circunstancias donde ganar o perder puede ocurrir con las mismas probabilidades. Nos espanta perder lo logrado y eso nos hace no afrontar cambios, aunque sean más beneficiosos.

No se si lo anterior servirá de consuelo ante estas mentiras puestas de manifiesto en los sondeos electorales, pero tengo que reconocer que la explicación científica de estas trampas mentales, a mí por lo menos me ha ayudado a dejar de dar vueltas a qué narices pasó con las encuestas el 23 de julio. Mentimos y mucho porque está en nuestra naturaleza como seres humanos. Simplemente porque nuestra mente busca protegernos.

Iñaki Ortega es doctor en economía en UNIR Y LLYC

lunes, 10 de julio de 2023

Wagner, no solo en Rusia

 (este artículo se publicó originalmente en el periódico económico La Información el 8 de julio de 2023)

Los atajos siempre han existido, son consustanciales al ser humano. Salirse de la seguridad del camino señalizado para llegar antes, aunque eso suponga transitar por una vereda inhóspita, es habitual. La fortísima tentación de ahorrar tiempo, aun sabiendo que en ocasiones no compensa, bien porque te pierdes, bien porque llegas agotado. El peligro está cuando atajar ha funcionado en anteriores ocasiones porque nuestra mente cae en la trampa de que los éxitos pasados aseguran éxitos futuros.

Algo así le ha pasado a Putin con el ejército Wagner, pero no solo a él.  El primer atajo liderado por Prigozhin, líder de los mercenarios, fue hace ocho años para conquistar la región ucraniana de Dombás y funcionó. Luego asistieron a las fuerzas separatistas de las auto declaradas repúblicas populares de Donetsk y Lugansk y también salió bien. A partir de ahí este ejército de matones participó en guerras civiles donde Rusia tiene intereses, Siria, Libia, Centroáfrica y Malí. La trampa mental se había instalado en el Kremlin y no había razón para pensar que iba a salir mal en la operación especial de Ucrania. Pero este atajo compuesto de expresidiarios y pandilleros ha conseguido poner en jaque al oligarca ruso.

A Pablo Iglesias también le han gustado los atajos. Derrotar en una asamblea del partido a los díscolos es agotador y exige tiempo. Expulsar a los críticos es rápido y mientras Podemos estaba en auge, no tenía desgaste alguno en las elecciones. Por eso fueron cayendo uno a uno todos los fundadores del partido de Pablo Iglesias, desde Errejón a Bescansa pasando por Luis Alegre o Ramón Espinar. El siguiente atajo era cambiar la imagen de Podemos con el trampantojo de Yolanda. Este sesgo cognitivo de que lo que ha funcionado antes volverá a funcionar (y la admiración maoísta de muchos de ellos) llevó a pensar a los directivos podemitas que las purgas periódicas nunca tendrían consecuencia en votos, pero en el 28M se quedaron sin representación en media España. El Wagner de Podemos ha sido Yolanda Diaz con Sumar que se ha revuelto contra Iglesias antes de que fuese ella misma apartada. Para ello, al igual que Prigozhin ha tenido que tomar decisiones drásticas como sacar de las listas a Irene Montero. Putin no olvidará los blindados a las puertas de Moscú, Iglesias tampoco.

Todo lo que acabamos de ver tiene un término que lo resume: la heurística. Es la capacidad que tiene el ser humano para crear o inventar algo, con la finalidad de proporcionar estrategias que ayuden a la resolución de un problema. La RAE va más allá y considera que la heurística, en algunas ciencias, es la manera de buscar la solución de un problema mediante métodos no rigurosos.

En la economía moderna es habitual el uso de la heurística. En concreto en el contexto de la conocida como economía del comportamiento que analiza las razones por las cuales el ser humano no toma siempre las decisiones racionales. Después de estudiar miles de comportamientos fallidos, estos economistas concluyeron que nuestras emociones nos engañan. Y de ahí surgió la fe en la heurística entendida como una serie de reglas de la toma de decisiones rápidas que usamos para simplificar nuestras elecciones diarias y que a menudo funcionan bien, pero en ocasiones crean sesgos o trampas mentales. En otras palabras, en determinadas situaciones, la heurística nos lleva a cometer errores sistemáticos, pero si la usamos adecuadamente puede ayudarnos para bien.


Kahneman y Thaler han recibido respectivamente el premio de la academia sueca por su trabajo en este ámbito.  Existen dos tipos de cerebros, el reptiliano y el racional. El primero es rápido y el segundo es lento. Pero estamos diseñados para funcionar con el primero que es inmediato y no exige esfuerzo como el segundo y eso nos hace tomar decisiones equivocadas. Los atajos son parte de ese pensamiento reptiliano que nos hace fallar tanto. La buena noticia es que estas trampas mentales se pueden vencer e incluso utilizarlas para engañar al cerebro y permitir que se tomen buenas decisiones.

Ahora piensa si en tu empresa se usan atajos para cumplir los planes operativos. O si en tu sector a veces se utilizan métodos no rigurosos para conseguir vender más o a mejor precio situándose en los márgenes de las leyes de competencia. Incluso si en tu desarrollo profesional te has apoyado en atajos para alcanzar antes una determinada posición, aunque por el camino haya quedado una vieja amistad. Hasta el partido político que vas a votar en las próximas elecciones, sea el que sea, quizás en alguna ocasión optó por la vía rápida y sencilla de ocultar sus planes al electorado. Wagner no solo existe en Rusia.


Iñaki Ortega es doctor en economía en UNIR Y LLYC





martes, 27 de octubre de 2020

Manuales de psicología para gestionar la crisis.

(este artículo se publicó originalmente el día 27 de octubre de 2020 en el diario La Información)



La economía española no se recuperará en forma de V. China será el único país que crecerá en 2020. Pablo Casado votará “no” a la moción de censura de Vox. Los ERTEs durarán hasta final de año. El Real Madrid ganará al Barca tras sufrir dos humillantes derrotas con desconocidos equipos. Joaquín Sabina sobrevivirá a su mala vida. José Luis Martínez-Almeida sustituirá a Manuela Carmena en la Alcaldía de Madrid. Tik Tok será más popular que Instagram. Un Papa de la Iglesia reconocerá las uniones homosexuales La segunda ola de la covid19 se cebará con España. Trump se acabará poniendo mascarilla. Habrá un toque de queda a las 10 de la noche… Podría seguir con afirmaciones que eran improbables hace unos pocos meses y que han acabado sucediendo. No obstante, si las leemos ahora -y no hace un tiempo- nos parecen absolutamente normales. Así es. Nuestra mente necesita ciertas “trampillas” para no bloquearse y tiende a olvidar lo pasado para centrarse en lo presente. Los investigadores de la llamada economía del comportamiento, una suerte de campo de conocimiento entre la psicología y la empresa, llaman a esos atajos: sesgos cognitivos. Pero conviene no olvidar que son trampas y por tanto pervierten el proceso de toma de decisión.

Un sesgo es un efecto de la mente que da lugar a un juicio inexacto motivado por la interpretación no correcta de la información disponible. En demasiadas ocasiones nuestro cerebro es incapaz de procesar tantísima cantidad de información y tiende a filtrarla en base a diferentes criterios. Por desgracia este cribado puede conducir a tomar decisiones erróneas inconscientemente. Los filtros que usamos para entender nuestro mundo son variados, pero uno de ellos, muy usado por estos lares, es el de retrospectiva. Básicamente es la inclinación que tenemos para considerar los eventos pasados como predecibles y explica porqué ahora nos parecen obviedades las afirmaciones del primer párrafo de este artículo.

El sesgo retrospectivo también conocido como sesgo a posteriori no es más que una ilusión mental. Es sabido que nuestro cerebro no puede recordar todo y muchas veces solo nos acordamos de lo que nos interesa, así sucede con esta trampa cognitiva. Hay un hecho que no se sabe a ciencia cierta si va a suceder, pero cuando pasa nos inventamos retrospectivamente que eso era exactamente lo que pensábamos. El primero que logró demostrarlo fue Baruch Fischhoff. Este profesor americano realizó un experimento con motivo de una gira del presidente Nixon a China; preguntó varias cuestiones de política internacional a un grupo de voluntarios antes de la misión presidencial. Al regresar Nixon de sus viajes, pidieron a las mismas personas que recordaran la probabilidad que originalmente habían asignado a cada uno de los posibles resultados. Y lo que resultó fue muy claro. Si un posible acontecimiento se había producido, los encuestados exageraron la probabilidad que le habían asignado anteriormente. Y si el acontecimiento no se había producido, los participantes recordaron equivocadamente que siempre lo habían considerado improbable.

Pedro Sánchez ganará las primarias del PSOE. La moción de censura contra Rajoy será un éxito. Las sucesivas convocatorias electorales reforzarán al actual presidente del Gobierno. El pacto con Podemos no lesionará la popularidad presidencial. Las apariciones televisivas de Sánchez impulsarán su imagen como líder… ¿Estas afirmaciones achacadas a la gestión en bambalinas del estratega Iván Redondo son también consecuencia del sesgo retrospectivo?

Daniel Khaneman es un psicólogo que sigue ejerciendo como profesor con 84 años. En 2002 ganó el premio Nobel de economía por demostrar que los individuos cuando toman decisiones en entornos de incertidumbre se apartan de los principios de la lógica. A este tipo de decisiones las denominó atajos heurísticos; una de las manifestaciones más típicas de esos atajos es la retrospectiva. En su famoso libro “Pensar rápido, pensar despacio” expone esta interpretación, que igual te ayuda a responder a la pregunta que te acabo de hacer.

“Aunque la retrospección (…)  fomenta el temor al riesgo, también proporciona inmerecidas recompensas a quienes de manera irresponsable buscan el riesgo, como un general o un empresario que hacen una apuesta temeraria y ganan. Los jefes y dirigentes que han tenido suerte nunca son sancionados por haber asumido riesgos excesivos. Por el contrario, se piensa que gracias a su olfato y previsión anticiparon su éxito, y las personas sensibles que dudaban de ellos son vistas retrospectivamente como mediocres, tímidas y pusilánimes. Unas cuantas apuestas insensatas pueden conferir a un líder insensato un halo de audacia”.

Los países hispanohablantes no tendremos un nobel de economía como Khaneman pero sí poseemos el refranero en castellano. Y este párrafo de Khaneman sobre aquellos gurús que se benefician del sesgo de retrospectiva, nosotros en español, lo resumimos en “Crea fama y échate a dormir”.  El Instituto Cervantes sitúa en 1540 la primera vez que aparece en nuestra literatura con lo que podemos concluir que llevamos cinco siglos conociendo personajes que se crean una cierta reputación que, una vez ganada, será difícil de cambiar. No obstante, esta fama sirve no solo para un contexto positivo, es decir, si por suerte o trabajo duro las personas respetan tu trabajo, después de un tiempo no necesitarás probarlo más.  Se aplica también en sentido negativo, si transmites que careces de criterio y dices una cosa y la contraria, aunque un día ya no lo hagas va a ser difícil cambiar la opinión de la gente, porque ya creaste una reputación. Igual ahora alguien se anima en el Palacio de la Moncloa a releer los sesgos cognitivos o simplemente a hablar con sus mayores, que siempre recuerdan estos refranes.

Iñaki Ortega es director de Deusto Business School y profesor de la UNIR

jueves, 26 de marzo de 2020

Pedro y el lobo


(este artículo se publicó originalmente en el diario La Información el día 26 de marzo de 2020)

Nadie puede decir que no estábamos avisados. Recientemente hemos conocido que en un informe conjunto de la Organización mundial de la salud (OMS) y el Banco Mundial, fechado en septiembre de 2019 con el título “Un mundo en riesgo”, se alertaba de una pandemia causada por un virus desconocido que traería el pánico y colapsaría la economía mundial.

Pero es que no hacía falta seguir estos papers porque en la mente de todos estaba la cercana epidemia del Ébola con once mil víctimas entre el año 2014 y 2016. Unos años antes, en 2009, la gripe Aviar causó la muerte de por lo menos medio millón de personas en todo el mundo según algunas fuentes, aunque no menos de ciento cincuenta mil para los más optimistas. ¿Alguien acaso se acuerda de las vacas locas? Más difícil aún será recordar el llamado virus SARS que en los años 2002 y 2003 en China, Singapur y Hong Kong, pero también en Canadá, se cobró setecientas vidas a causa de una neumonía hasta entonces de origen desconocido. No hablamos de lejanas pestes en la Edad Medía ni de la gripe española, pandemia de hace más de doscientos años, sino de brotes víricos mortales que han sucedido en el último quindenio. en plena era de la globalización. Cómo no pudimos darnos cuenta.

La economía del comportamiento explica los fallos de la mente humana que nos llevan a tomar decisiones estúpidas, como las que ahora padecemos por no haber actuado antes contra el coronavirus. Son los sesgos cognitivos. Varios premios nobel de economía como Thaler en 2017 o Kahneman en 2002 han formado parte de esta escuela económica conocida como economic behavioral que estudia los mecanismos heurísticos que nos llevan a tomar decisiones automáticas, en ocasiones absurdas. Son muchos los sesgos que nos hacen distorsionar la visión de la realidad y varios los que probablemente han causado que estemos en esta dramática situación. Me atrevo a elegir uno:  el sesgo cognitivo de correlación ilusoria. Este fallo cognitivo consiste en creer que dos acontecimientos están relacionados cuando en realidad no tenemos ninguna prueba de que sea así. Que la gripe Aviar causase apenas unas muertes en Occidente no era garantía alguna de que el covid19 fuese a ser igual de benigno. Que ninguna epidemia en dos siglos hubiese pasado de unos miles de muertos fuera de esta parte del mundo, no era argumento irrefutable para que sucediese lo contrario. Un castizo traduciría este sesgo como “venirse arriba”. Nuestra sociedad llegó a creerse “ilusoriamente” mejor de lo que era, que sabía más de que lo realmente se ha demostrado. Ahora estamos pagando las consecuencias.

Si hablamos de trampas mentales, el ministro Duque podría explicar también en primera persona alguna que viene al caso. Son los llamados lapsus freudianos. Fallos o errores cognitivos en los discursos que según los psicoanalistas revelan una interferencia de la parte inconsciente de la mente en el comportamiento, causados muchas veces por el cansancio. Seguro que el ministro de Ciencia cuando compareció el pasado 20 de marzo llevaba días preocupado por su salud y la de su familia -compartir Consejo de Ministros con tantos infectados no es fácil- y su mente le jugó una mala pasada. Reconocer que a principios de febrero de 2020 ya había previsto la pandemia, liberando partidas presupuestarias para una eventual vacuna, ¡un mes antes de la convocatoria de la famosa manifestación del 8 de marzo!, es todo un lapsus linguae.

Esopo vivió cinco siglos antes de Cristo y no pudo leer nada de Freud ni de Kahneman, pero dejó escrita la famosa fábula de “El pastor mentiroso” que tiene mucho de actos fallidos de la mente. Un pastor aburrido de cuidar su rebaño decide gastar una broma a sus vecinos gritando con todas sus fuerzas: ¡¡Socorro, que viene el lobo!! El pueblo, dejando a un lado todos sus quehaceres, acude a la llamada del pastor que se muere de la risa al verlos llegar. El joven vuelve a hacerlo una segunda vez y van en su ayuda, aunque nuevamente no era más que una burla. Pero en ese momento aparece el lobo y grita de nuevo, sin embargo, el pueblo ya no cree sus avisos, por lo que la fiera devora todas las ovejas. Correlación ilusionaría. Si dos veces es mentira, la tercera también ha serlo. Si no pasó nada con el Ébola o las vacas locas, tampoco con el corona. Seguro que algún lector está pensando que en este cuento, e incluso en la crisis sanitaria que vivimos en España, hay más mentiras que fallos cognitivos. Que la moraleja que nos contaron de pequeños era no mentir. Por eso antes de terminar esta columna quiero recordar que este cuento del pastor en España es conocido también como “Pedro y el lobo”. Serendipia o mera casualidad, Pedro (Sánchez) es nuestro presidente y el lobo de nuestros días es el coronavirus.

Iñaki Ortega es director de Deusto Business School y profesor de la UNIR

martes, 17 de marzo de 2020

Señor Escrivá, un empujoncito, por favor

(este artículo se publicó originalmente en el diario El Mundo el 12 de marzo de 2020)



Lo diga o no lo diga un ministro, parece claro que los cambios demográficos implican que el monto del ahorro generado a lo largo de la etapa laboral terminará resultando insuficiente para sostener el ritmo de consumo en la parte final de nuestro ciclo de vida. Es un hecho incontestable que cuando nacieron los sistemas actuales de pensiones, sistemas de reparto en los que los trabajadores pagan la pensión de los retirados, la supervivencia más allá de los 65 años era de apenas unos pocos años; hoy en España superan los 20 años. Conforme a datos oficiales los años efectivos de percepción de la pensión en nuestro país superan los 23, lo que ilustra el esfuerzo de ahorro que ha de hacerse durante la vida laboral para sostener tantos años de jubilación. De hecho, según el BBVA, en España todas las aportaciones al sistema público de pensiones que ha hecho un trabajador que se jubilase ahora mismo se agotarían tras 12 años de pensión, cuando conforme a la esperanza de vida, le quedarían otros 9 años de vida.

Lo diga o no lo diga un ministro, por tanto, la tasa de sustitución o lo que es lo mismo el porcentaje de la pensión sobre el último sueldo se irá reduciendo en las próximas décadas del 80% actual a un 50% si hacemos caso a numerosos informes independientes. “Tan largo me lo fiais” ha sido desde Tirso de Molina algo muy nuestro, por eso desde aquí queremos cambiar esa costumbre tan española e invocamos a la llamada generación Z, es decir a los trabajadores más jóvenes, los nacidos a partir de 1994. Los z, conforme a nuestros datos, deberían ahorrar todos los meses unos 200 euros para compensar el previsible desgaste del sistema público y obtener una pensión vitalicia extra de 1.000 euros mensuales a partir de la edad de jubilación y hasta su muerte. La cifra de ahorro se eleva a casi 300 para los millennial (nacidos entre 1980 y 1993) y se incrementa por encima de los 500 y los 1.000 euros, respectivamente, para los integrantes de la generación X (entre 1961-1979) o los babyboomers (antes de 1960). Ahorrar esas cantidades supone, sin duda,  un esfuerzo. Pero si retrasamos la decisión, el sacrificio será prácticamente imposible.

Para algunos el problema para conseguir ahorrar está relacionado con un sueldo insuficiente, pero para otros muchos es más mental: subestiman la longitud de su vida y sobreestiman lo que les durará su dinero. Siguiendo la escuela de behavioral economics y a uno de sus máximos exponentes, Robert Thaler, premio Nobel de Economía de 2017, nosotros creemos que hay que dar algunos empujoncitos para que haya cambios. Thaler bautizó como nudge (empujoncito en inglés) estas imprescindibles actuaciones para fomentar el incremento del ahorro a largo plazo. Dinamarca, Australia y Holanda «empujan» haciendo la inclusión semiobligatoria en esquemas privados de pensiones. Tendencia a la que se sumó en 2012 el Reino Unido. La semiobligatoriedad (o afiliación automática) consiste en que los empresarios están obligados a suscribir un fondo de pensiones para los trabajadores. Los británicos, por ejemplo, destinan cada año un 5 por ciento de su salario a generar su propia pensión complementaria, siendo su empresa y el Estado quienes ponen otro 3 por ciento; es decir, cada británico termina el año ahorrando un 8 por ciento más que un español. El «empujoncito» reside en que el trabajador tiene un mes para salirse del fondo, y si no lo hace, permanece por defecto, con lo que se consigue automáticamente un ahorro complementario a la pensión pública. El gobierno del Reino Unido llevó a la práctica, de ese modo, el plan Save More Tomorrow que el profesor Thaler formuló teóricamente en 2004. Países cercanos a España, como Francia o Alemania, han introducido también adicionalmente a sus modelos públicos de reparto incentivos para que sus ciudadanos complementen sus pensiones con planes de jubilaciones personales. En el caso germano, dependiendo del trabajador, la empresa incluye en el contrato una contribución mensual a un plan de pensiones privado. Otra vía es que el empleador solamente pague los costes de mantenimiento de dicho plan de pensiones. Son todos ellos conocidos como planes de pensiones de empleo que el ministro Escrivá anunció en su comparecencia parlamentaria.

En España también se dispone de una «pata» privada para la construcción de un sistema mixto, pero por desgracia no ha contado con el suficiente impulso institucional ni en el seno de las empresas, con la notable excepción del País Vasco. Desde 1983 lleva probándose con éxito este sistema mixto promovido por las propias empresas vascas con importantes ventajas de todo tipo para sus aportantes. Hoy, prácticamente la mitad de los trabajadores vascos se benefician de ese ahorro extra, por lo que cuando se jubilen disfrutarán de media unas pensiones totales mucho mayores que en el resto de España.

Cuando se habla de los empujoncitos, cabría referirse a las reticencias que siempre despierta un incremento de la contribución de las empresas para mejorar el ahorro privado de sus trabajadores, y que solo las empresas grandes están en condiciones de hacer. La realidad española es ésta: pocas empresas medianas y prácticamente ninguna pequeña tienen contribuciones adicionales para sus trabajadores. Por ello, en las futuras negociaciones salariales, los agentes sociales podrían llevar incluidos los dos conceptos, incremento salarial directo, algo menor a lo usual, y una contribución directa al fondo de capitalización del empleado, de forma que la suma de ambos sea mayor y sea un incentivo que «llame» al ahorro individual; a la contribución individual del empleado.

Lo diga o no lo diga un ministro si se confía exclusivamente en una fuente de renta pública para el futuro, uno se aboca a una pobreza de nuevo cuño. Por eso nosotros, apostamos por un sistema basado en los tres pilares del ahorro: el sistema público; el ahorro vinculado a la vida laboral que ahora necesita un “empujoncito”, y el puramente individual y directamente relacionado con sus ingresos y voluntad de ahorro, éste último puesto en cuestión estos días por el Gobierno.


Iñaki Ortega es director de Deusto Business School y coautor del libro La Revolución de las Canas

miércoles, 1 de mayo de 2019

Sesgos electorales


(este artículo se publicó originalmente en el diario económico La Información el día 30 de abril de 2019 )




Actualizando mis apuntes de “Economía de la Empresa” de cara al curso que viene, me he topado con el cuarto tema de la asignatura titulado “La toma de decisiones”. El manual explica que elegir es la esencia de una empresa, pero también de la vida de cualquier persona, sea o no directivo. Todos los gerentes de una compañía aspiran a tomar buenas decisiones, es decir elegir entre dos o más alternativas de un modo óptimo. Por ello intentamos enseñar a los alumnos matriculados, diferentes técnicas para la toma racional de decisiones o lo que es lo mismo herramientas para una elección entre alternativas lógicas, consistentes y que maximicen el valor. Son las llamadas reglas generales de administración y dirección de empresa o heurísticas (perdón por el palabro). La experiencia nos indica que no siempre hay tiempo para examinar todas las alternativas de un modo exhaustivo, por eso desde hace un tiempo en la empresa se habla de la racionalidad limitada. El fundador de Netflx lo llama “intuición informada”, de hecho, Reed Hasting ha llegado a afirmar que “en el crecimiento internacional invertimos muchos recursos en analizar datos pero que esa información es tan importante como la intuición”. Es decir, que la experiencia, los sentimientos y los juicios acumulados nos ayudan tanto a tomar decisiones como la mera lógica. Hemos evolucionado, por tanto, de huir de la emotividad en la toma de decisiones a incluirla junto a la racionalidad en la fórmula mágica para acertar.

Lo dicho hasta ahora sirve para dirigir empresas, pero si repasan las líneas anteriores comprobarán que este domingo los españoles hemos seguido fielmente -sin saberlo- mi asignatura. Y los electores como los directivos han de saber que tomando decisiones de modo absolutamente racional o hibridando con la intuición, no están libres de padecer los llamadas sesgos cognitivos que el premio nobel Kahneman describió magistralmente en un artículo en Harvard Business Review en 2011.

Los sesgos no son mas que errores o prejuicios que nos llevan a distorsionar la realidad o a juicios inexactos o interpretaciones ilógicas. Algunos de esos sesgos que nos llevan a la irracionalidad son los siguientes:

1. Exceso de confianza, cuando los responsables de tomar decisiones tienden a pensar que saben más de lo que realmente saben.

2. Gratificación inmediata, lo sufren aquellos individuos que siempre buscan los beneficios rápidos frente a las opciones en que la gratificación es mayor, pero en el largo plazo.

3. Efecto ancla, cuando es más importante la información primera que se recibe (aunque sea incompleta) frente a una posterior de calidad.

4. Confirmación, se busca información parcial que reafirme nuestras decisiones y se huye de los datos que nos contradicen.

5. Disponibilidad, solamente recordamos para tomar decisiones los sucesos recientes, olvidando los más antiguos, de modo y manera que distorsionamos la realidad.

6. Representatividad, o lo que es lo mismo hacer analogías o ver situaciones idénticas en donde no existen.

7. Casualidad o serendipia que da título a esta columna en La Información, que no es otra cosa que hacer categoría de una simple casualidad.

8. Egoísmo, aquellas personas que alardean de sus éxitos inmediatos y culpan a cualesquiera factores externos de sus fracasos

9. Retrospectiva o la tendencia a creer erróneamente que hubiera podido predecir con exactitud el resultado de un evento, una vez que ya se conoce el resultado.

10. Y aunque Kahneman no la menciona exactamente, no puedo dejar de citar las profecías autocumplidas, que usan los autores de las fake news. Quizás la más famosa es aquel bulo que hablaba de la insolvencia de un banco, que al propagarse genera el pánico en los clientes de la entidad financiera que retiran sus fondos provocando de ese modo la banca rota.

No siempre razonamos correctamente, por supuesto. Y ninguna de nosotros está libre de ello. Pero como nos recuerda el premio nobel de economía de 2005, simplemente si somos conscientes de esos sesgos y luchamos contra ellos por ejemplo formándonos o simplemente prestando algo de atención a esta lista corta, el desempeño de las instituciones en las que trabajamos aumentaría en el entorno del 10 por ciento. Y esto vale para las empresas, pero también para grandes decisiones colectivas como las de este domingo.

Si se han quedado con ganas de profundizar más en estos sesgos les animo a que lean el libro "Nuestra mente nos engaña. Sesgos y errores cognitivos que todos cometemos", de Helena Matute, catedrática de Psicología Experimental de la Universidad de Deusto. Pero si además tienen curiosidad de situar circunstancias concretas de estas elecciones generales en el decálogo anterior de sesgos tendrán (como en los crucigramas) que ojear esta leyenda tan particular como que solo la suscribo yo y no las instituciones que me honran siendo docente.


1. Ley D´Hondt 2. Debates electorales 3. Moción de censura 4. Programas electorales 5. Situación económica 6. Elecciones andaluzas y generales 7. El bolso de Soraya en el escaño de Rajoy 8. Clase política 9. Tertulias políticas 10. Redes sociales

Iñaki Ortega es director de Deusto Business School y profesor de la UNIR

lunes, 11 de junio de 2018

Pedro Sánchez, un jinete sobre un elefante


(este artículo se publicó originalmente el 11 de junio de 2018 en el diario La Información en la columna semanal #serendipia)

El profesor Jonathan Haidt de la Universidad de Nueva York es un psicólogo americano considerado por la revista Foreign Policy uno de los principales pensadores del momento. En el libro La rectitud de la mente explica su teoría de los fundamentos morales a través de un estudio muy detallado del comportamiento moral para concluir que los juicios morales basados en la rectitud del comportamiento no son una invención social, sino innatos al ser humano.

“Las intuiciones vienen primero, el razonamiento estratégico viene después”. Para explicar este principio usa la metáfora de un jinete (razonamiento) montado en un elefante (intuición). El jinete es la racionalidad consciente –la corriente de palabras e imágenes de las cuales somos del todo conscientes. El elefante es el otro 99% de nuestros procesos mentales que ocurren fuera de nuestra consciencia pero que en  realidad gobiernan la mayor parte de nuestro comportamiento.


Porque imaginémonos cómo sería nuestra vida si en cada momento, en cada situación, elegir lo correcto para hacer o decir fuese como elegir la mejor lavadora entre diez opciones, minuto a minuto, día tras día. Acabaríamos locos o dedicando tiempo increíble a decisiones que no lo merecen. Por ello el razonamiento requiere de las pasiones. Pero también, en sentido contrario, la gente sigue cometiendo estupideces como fumar o comer en exceso sabiendo que es perjudicial para la saludo. El profesor neoyorkino se inspira en  la escuela la economía del comportamiento de los premios nobeles Khaneman y Thaler para concluir que no siempre tomamos las decisiones más racionales a pesar de tener la información adecuada.

Ahora llevémoslo a la actualidad política española donde el lado emocional es un elefante (fuerte y pesado, compuesto por 171 escaños y ocho partidos unidos por su odio al PP) y por otro lado la parte racional, un jinete, de nombre Pedro Sánchez.  El jinete ha dirigido con  pericia al elefante estos días, nombrando un gobierno atractivo y capacitado. El paquidermo que es lento por naturaleza no ha reaccionado o por lo menos nadie se ha dado cuenta.

La metáfora de Haidt continúa un poco más que la hasta ahora breve historia del gabinete Sanchez y para el profesor, por muy hábil que sea el jinete que dirige al elefante, termina teniendo poco control sobre el animal, que es robusto e impulsivo.
En otras palabras, nuestras emociones suelen determinar nuestras decisiones, pero nuestro lado racional puede guiarnos en el camino correcto. La teoría de los fundamentos morales no nació para explicar las ideologías sino las variaciones en el razonamiento moral de las culturas a lo largo de la historia, pero la fascinación de Haidt sobre la política y sus análisis sobre los partidos americanos lo hicieron posible.

Jonathan Haidt se crió y educó rodeado de liberales (izquierdistas en el lenguaje político de los Estados Unidos) por eso es considerado como muy cercano al partido demócrata, sin embargo ha defendido que «hay que despertar bruscamente a los progresistas porque entienden mucho peor a los conservadores de lo que los conservadores les entienden a ellos». Haidt es un soplo de aire fresco que ayuda a ver más allá del humo del partidismo americano. La esencia de la democracia está en continuo intercambio de ideas opuestas, no con el objetivo de que una venza a la otra, sino de escuchar todas las perspectivas, respetar la pluralidad y lograr encontrar un punto medio donde todas las partes salgan satisfechas. Por eso Haidt nos pide que no perdamos el tiempo en discutir con el jinete sino más bien encontrar la manera de cautivar al elefante, porque si se mueve no hay quien lo pare, como se ha visto con la moción de censura. Hoy nos ciega todavía la destreza de Pedro Sánchez en sus primeros pasos como presidente del Gobierno pero no debemos olvidar el elefante que le ha llevado a la Moncloa. Ese elefante, como todos los de su especie, no olvida y si se pone en marcha se llevará todo por delante incluso al habilidoso jinete.