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domingo, 5 de mayo de 2024

Mientras tanto…

(este artículo se publicó originalmente en el periódico económico La Información el 6 de mayo de 2024)


El miércoles 24 de abril a las siete de la tarde se paró el país. Durante cinco días solamente se habló del estado de ánimo del presidente del gobierno, de sus cuitas matrimoniales y de la decisión que finalmente tomaría el lunes por la mañana.

Todos los medios de comunicación durante más de cien horas intentando escudriñar la mente del presidente y buscando explicación a un suceso tan extraordinario en un estado de derecho como que su presidente interrumpa casi una semana sus obligaciones. De hecho, esta decisión de Pedro Sánchez arrastró a su gobierno y a los partidos que le apoyan a salir en tromba a la calle, medios de comunicación y redes sociales, desatendiendo sus responsabilidades de servicio público en ministerios o altos cargos de la administración.

Mientras tanto, aunque parezca mentira, el mundo no se paró y ni mucho menos la economía. La inflación, el desempleo, la deuda, la inversión o la fiscalidad no consultaron esos días manuales de psicología o de estrategia política, sino que, tozudas, siguieron con su preocupante tendencia.

España ha registrado en abril una tasa de inflación estimada del 3,4%, dos décimas más que en el mes de marzo, y ha escalado hasta ser el tercer país con la tasa de inflación más alta de la Eurozona, tras Bélgica (4,9%), Croacia (4,7%).  El Banco de España alertó la semana pasada que las subidas de tipos de interés dejan a más de un millón de hogares (el 7,2% del total) sin poder pagar los gastos básicos.

Durante el retiro espiritual del presidente también hemos conocido los resultados de la Encuesta de Población Activa (EPA) publicada por el Instituto Nacional de Estadística (INE). España ha perdido 139.700 ocupados en el primer trimestre del año, lo que supone la mayor destrucción de empleo para este periodo de enero a marzo desde el año 2020. Este dato ha ido acompañado de un incremento en el número de parados en España de 117.000, con lo que el número total de desempleados en el país se sitúa casi en los tres millones (2.977.800) y la tasa de paro ha escalado hasta situarse en el 12,3%, desde el 11,8% en que se encontraba a cierre de 2023.

Respecto a nuestro endeudamiento, estos mismos días Bruselas ha advertido que España es el país de la Unión Europea donde más aumentará el gasto en pensiones, debido al impacto de las reformas del sistema, que según la Comisión Europea supondrán un incremento del gasto de hasta 4,6 puntos porcentuales del PIB en el periodo de proyección, que abarca hasta 2070.  De hecho, según nuestro supervisor bancario, España necesitará 25 millones de inmigrantes en 2053 para mantener las pensiones.

La inversión extranjera en España es otra pieza que encaja -por desgracia- en este puzle. En 2023 cayó un 18,7% con respecto al año anterior, siendo esta más de un 50% inferior al nivel máximo alcanzado en 2018. No hace falta recordar que en una economía como la española el peso de lo público en la inversión es considerable, no solo por el esfuerzo presupuestario sino por las facilidades que puedan darse desde la regulación. Respecto a lo primero sabemos, desde la convocatoria de las elecciones catalanas, que no tendremos Presupuestos Generales del Estado este año y respecto a lo segundo hay que mencionar el papel gubernamental en la nueva regulación para la inversión extranjera. Un mecanismo puesto en marcha hace unos meses para autorizar determinadas inversiones en sectores estratégicos que está ralentizando muchas operaciones. Naturgy, Telefónica o Talgo han visto cómo los sucesos de estos días retrasaban más aún la toma de decisiones que puede hacer que huya el dinero extranjero.

Lo cierto es que mientras Sánchez meditaba, la economía sufría. Cepsa, la segunda petrolera en España, anunció esos días que había alcanzado un resultado neto negativo de ocho millones de euros en el primer trimestre de este año fruto del impuesto a los beneficios caídos del cielo que el gobierno puso en marcha en plena crisis energética. El CEO de la compañía ha explicado que al mismo tiempo en febrero pagaron más de 122 millones por el primer tramo del impuesto lo que ralentiza, sin duda, sus planes de inversión para convertir España en un hub mundial de hidrógeno. El Gobierno lleva meses planteándose cambios en este tributo para preservar estas inversiones verdes pero la agenda medioambiental, a la vista del retraso, es menos importante que la política.

Qué decir de las empresas patrias que por mucho que empatizasen con la aparente desazón del presidente no dejaron ni un minuto de mirar sus cuentas de resultados amenazadas por nuevos impuestos y contribuciones extraordinarias. No pocos accionistas hicieron caso omiso de este culebrón, porque lo que les ocupaba -y ahora más todavía- era saber si el Estado finalmente tomará el control de compañías bandera españolas, bien directamente con la SEPI o con la colaboración de Criteria. Y a la vez millones de españoles con un ojo en la televisión y el otro en la declaración de la renta en la que pagarán este año más porque se no han deflactado las tarifas.

Actuar tiene consecuencias, no actuar también.


Iñaki Ortega es doctor en economía en UNIR y LLYC

lunes, 4 de marzo de 2024

Aristóteles y Ábalos

(Este artículo se publicó originalmente en el periódico La Información el 2 de abril de 2024)

Lo sé. Parece un anatema el título de este artículo, pero con un poco de paciencia el lector encontrará la conexión entre las academias de la Antigua Grecia y las marisquerías de Valencia en nuestros días. Aristóteles además de a la filosofía, la física y la astronomía dedicó parte de su producción científica a la oratoria, en concreto a criticar a los sofistas y sus teorías de persuasión. Para el genio heleno los sofistas usaban la palabra para engañar, tejían una tela de araña con trucos retóricos en la que lo importante era cazar a la audiencia y no perseguir la verdad. A Aristóteles, pero también a Platón les indignaba el relativismo de los sofistas que solamente creían en la persuasión, es decir en una inteligencia práctica frente a la búsqueda de la sabiduría o una inteligencia ética.

Aristóteles se reveló, por tanto, contra las falacias y artimañas sofistas. Las más eficaces redes de araña o trampas mentales las resumió en tres: ethos (el comportamiento social), logos (los datos lógicos) y pathos (los sentimientos). Y es aquí donde aparece la actualidad y el caso Koldo para ayudarnos a entender a Aristóteles. José Luis Ábalos ha comparecido en el Congreso compungido y con cara de circunstancias (pathos), paseado por platós y estudios de radio para defender su honorabilidad aduciendo que no está ni imputado ni condenado (logos) y finalmente alardeando de ser un hombre normal y corriente, sin apenas recursos, aplastado por el poder (ethos).

El exministro Ábalos, convertido en un experto sofista manejando las herramientas de la persuasión que tanto le molestaban a Aristóteles. Dicho y hecho, ha salido vivo de los directos con reconocidos periodistas escabulléndose detrás de sentencias y de boletines oficiales (logos). Al mismo tiempo que interrumpía una entrevista en prime time para atender a un familiar que se le habían olvidado las llaves de casa (ethos) o ahogaba unas lágrimas de congoja por sentirse abandonado por sus amigos (pathos).

El diputado valenciano, defiende con aplomo y voz profunda que jamás tirará de la manta y traicionará a los suyos (ethos) aunque eso le suponga un gran sacrificio personal por no tener medios para vivir fuera de la política (pathos) porque no hay prueba, indicio o dictamen de la justicia que le implique en ningún delito (logos).

Aristóteles hubiese sentido lo mismo escuchando al ex vicesecretario de organización del PSOE que cuando asistía a las clases de retórica de los sofistas en Atenas. No se puede defender cualquier cosa con la palabra, es inadmisible usar trucos retóricos para engañar a la audiencia, pensaría el sabio. Hoy como ayer, un sofista es un embaucador y a la vista de las informaciones que estamos conociendo sobre los desmanes de los colaboradores cercanos del exministro, Ábalos está más cerca de la categoría de farsante que la de un ateniense que usaba la oratoria para llegar a la verdad.

Nuestro alumno aventajado de Gorgias, el más conocido de los sofistas, utiliza la calma en sosegadas respuestas como haría alguien que no miente (pathos), viste con la dignidad del traje y la corbata (logos) y conecta con una audiencia antisanchista por haberse atrevido a desafiar al todopoderoso presidente del Gobierno (ethos). Ábalos sigue a pies juntillas uno de los pronunciamientos del maestro clásico “el discurso es un amo poderoso”.

A diferencia de Aristóteles, a otro genio de la época como Sócrates lo acusaron de prácticas sofistas por lo que fue juzgado. Justo antes de ser sentenciado señaló que, de quedar libre tras el juicio, seguiría haciendo lo que había hecho hasta entonces, sabiendo que sería condenado de nuevo y por ello ejecutado. Sócrates finalmente se suicidó con cicuta precisamente por defender su verdad antes de aceptar los atajos que poderosos amigos le ofrecían. No hay quizás convicción más absoluta, más irreversible que ésta. Ábalos ha elegido las argucias cognitivas de la escuela de Sofos y así se ha despojado de su pasado y optado por vivir una nueva vida -en el grupo mixto y fuera del PSOE- que no le gusta demasiado. Veremos lo que le dura (con permiso de la justicia) pero esa propia opción y las formas con las que la ha tomado son ya todo un mensaje. En cualquier caso, la comunicación, una vez más, aparece como la palanca clave ante cualquier situación de crisis.


Iñaki Ortega es doctor en economía en UNIR y LLYC

jueves, 21 de abril de 2022

Emprendedor o depredador

 

(este artículo se publicó originalmente en el periódico 20 Minutos el día 18 de abril de 2022)


En primero de carrera, a los economistas nos enseñan el concepto de destrucción creativa. Fue formulado el siglo pasado por Schumpeter, austriaco de nacimiento que se mudó a la Universidad de Harvard para ejercer como profesor. La teoría defiende como los auténticos emprendedores a aquellos que con sus innovaciones destruyen la competencia porque consiguen una mejora imbatible. El ejemplo que explico en mis clases es el de la industria de la música: los suecos de Spotify han arruinado a las discográficas americanas pero los usuarios estamos encantados porque la música es más accesible que nunca. También si piensas en cómo ha evolucionado la fotografía o la industria del cine, encontrarás el mismo concepto y cómo hemos ganado con las innovaciones de pioneros emprendedores.

Otros investigadores han complementado los rasgos del empresario y han incluido el riesgo y también el estar alerta. Eso sí, en todas esas definiciones encontraremos el elemento común de Schumpeter: la creación de valor. Y no solo para los que ejercen la actividad empresarial sino también para la sociedad a la que sirven. En la era de la pandemia es un buen ejemplo el de los emprendedores turco-alemanes -inventores de la vacuna de Pfizer- que les ha hecho ganar dinero, pero además ha salvado millones de vidas.

Por desgracia, la pandemia nos ha traído contraejemplos que ocupan estos días las noticias de supuestos empresarios que ni han innovado, ni creado valor, pero que se han lucrado en plena tragedia. En marzo de 2020 cuando morían miles de personas cada día, los gobiernos necesitaban conseguir mascarillas y pagaron lo que fuese por conseguirlas. En Madrid por supuesto, como nos cuenta la fiscalía anticorrupción, pero en otras muchas administraciones de España pasó exactamente lo mismo. Aunque no ocupe los titulares, en cada localidad española un pícaro creyó que era su momento, haciendo gala de que el Lazarillo de Tormes es antepasado de todos nosotros. Llamar al primo del alcalde, al hermano de la presidenta, pero seguro que también al cuñado sindicalista o al camarada del partido que trabaja en la Moncloa, para ofrecer mascarillas fue lo habitual en plena emergencia sanitaria

Alguien dirá que los hoy investigados aprovecharon una oportunidad y que no hay culpa en ello, por eso desde aquí animo a que repasen los manuales de economía porque no crearon valor para nadie, más que para ellos mismos. No son emprendedores sino ventajistas, que el diccionario dice que son aquellos que tratan de obtener beneficio en todos sus asuntos, aunque tengan que recurrir al engaño. Ese ardid funcionó -ni tenían experiencia en China ni en productos sanitarios y el material fue defectuoso- aun así, cobraron millones por las mascarillas. Pero no deberían librarse de la justicia tampoco aquellos que inflaron los precios para lucrarse en plena tragedia, aunque las mascarillas no se rompiesen tras su primer uso. Cada euro de sobreprecio impedía que una protección llegase a un enfermo. En la conciencia de todos esos supuestos emprendedores quedará si actuaron como tales o simplemente como depredadores que saquearon a los de su misma especie.

Iñaki Ortega es doctor en economía en La Universidad de Internet UNIR y LLYC 

domingo, 13 de marzo de 2022

Ética y épica de Pablo Casado.

(este artículo se publicó originalmente en el diario La Información el día 1 de marzo de 2022)


El auge y caída del presidente del PP en apenas unos meses es digno de estudio. En octubre de 2021 Pablo Casado se situaba en todas las quinielas como presidente del gobierno in pectore, pero la sucesión de una serie de errores de comunicación en el mes febrero, ha hecho que todos los cadáveres de su gestión se hayan levantado de sus tumbas, hasta empujarle a su deserción. La pregunta que me ronda la cabeza es si esto hubiese pasado hace unos años o es fruto de los tiempos líquidos que nos ha tocado vivir.
El coronavirus ha precipitado un cambio que hace ya unas décadas preconizó el polaco Zygmunt Bauman, este filósofo acuñó el término líquido para definir el estado fluido y volátil de la sociedad actual, sin valores demasiado sólidos y en la que la incertidumbre por la vertiginosa rapidez de los cambios ha debilitado los vínculos humanos. Están haciendo aguas muchas cosas, desde los Estados hasta las familias, pasando por los partidos políticos, los gobiernos que ya no mandan, los puestos de trabajo que no sabemos si durarán hasta mañana.

Hoy, frente ayer, los actos tienen consecuencias inmediatas. Si algún adjetivo define el momento actual es la inmediatez. En unos pocos segundos puedes acceder al entretenimiento que quieras; en unos minutos en casa la comida deseada y en apenas unas horas la ropa que quieres ponerte mañana. Al mismo tiempo los contenidos quedan olvidados de un día para otro. Pero esta inmediatez es un arma de doble filo. Todo es muy rápido y la información llega hasta el último hogar. En un abrir y cerrar de ojos esa opinión pública, instruye tu caso, te juzga y condena.  Y además sin posibilidad de recurso alguno. Casi sin datos, sin tiempo para razonar y argumentar, simplemente desde las emociones. Lo llaman posverdad.

Hoy, frente ayer, no hay segundas oportunidades y si fallas en los momentos de la verdad, estás perdido. Esos instantes, conocidos también como "moments of truth" fueron etiquetados así hace décadas por el directivo sueco Jan Carlzon para explicar esas ocasiones en las que una empresa se la juega con su cliente. En los tiempos convulsos de hoy en día las organizaciones en función de cómo comuniquen se la juegan. Guerras, pandemias, crisis económicas que no son sencillas de gestionar desde las empresas pero tampoco desde otras instituciones. El cliente de Carlzon ha pasado a ser los agentes de interés en el que también están los proveedores, empleados, accionistas y la sociedad en general. El cliente de Casado en sus “momentos de la verdad” del viernes 17 de febrero eran sus afiliados y votantes y no supo alinearse con ellos.

Hoy, frente ayer, no puedes minusvalorar a tus rivales internos y externos porque el poder ya no es imbatible como antes. El economista Moisés Naim lo dejó escrito en su libro “El fin del poder” mostrando las grietas de las actuales estructuras del poder que ya no pueden hacer lo que les de la real gana. Las reglas del juego han cambiado y Pablo Casado debería haber sabido que por muy presidente que sea del partido político español más presidencialista, su puesto estaba en juego cada día. Tus actos siendo presidente del PP tienen consecuencias y tu inacción también.

Hoy, frente ayer, un líder sin los pertrechos del momento está llamado a durar poco. El pensador libanés Nassim Taleb en su libro “Jugarse la piel” habla de que la sociedad cada vez más desconfía de esos individuos que no se juegan nada a la hora de trasladar sus opiniones porque el resultado de sus equivocaciones siempre es pagado por otros que no tienen su poder. En cambio, seguimos a los abrasados, a los que han sufrido para llegar donde están. Pedro Sánchez, Santiago Abascal y también Isabel Diaz Ayuso tienen esa épica y parece que los votantes piensan igual. Casado se jugó también la piel en las primarias de su partido, pero pronto se quitó ese traje de invitado no esperado para querer enfundarse el de líder de toda la vida. Qué error. Renunció a la ilusión del insurgente de julio de 2018 para convertirse en un incumbente, pensando que eso le permitiría ser admitido en el club de los poderosos. Quizás hace una década, me temo que hoy las circunstancias han cambiado y sino echemos un vistazo a los líderes que han sobrevivido al último lustro.

Hay que recordar que Casado tuvo a su favor la épica y la ética. David (Pablo) ganó a Goliat (Soraya y Cospedal) porque se apoyó en la ética (romper con el pasado), pero en el camino de su mandato pareció olvidar ambas.  En su funesta entrevista en la COPE Casado pareció elegir la ética creyendo que era más poderosa que la épica, pero ya era tarde y sus votantes y bases optaron por la épica de Isabel Diaz de Ayuso. Como en lo libros de caballerías da igual si las hazañas del héroe (en este caso heroína) son verdad, lo importante es su batalla y lo que hace que te adhieras a su causa son unos enemigos comunes. Ayuso desde la épica ganó a la supuesta ética de Casado. Mucho antes de que los barones o la cascada de dimisiones empujasen al patíbulo al presidente del PP, el corifeo Ayuso tenía detrás a millones de votantes y militantes.

La épica y la ética comparten casi todas las letras y un origen heleno. Y muchas cosas más aunque estos días de crisis del PP algunos hayan pensado que son conceptos excluyentes. Un mandato ético puede ser épico; un discurso épico no debe renunciar a la ética. La épica es la leyenda, el coraje, lo imposible y la ética es lo bien hecho. Pero también la ética son unos hábitos (ethos en griego), algo que permanece y no se exhibe en determinadas ocasiones. Si se une épica y ética, todo es posible. Si no, hoy, nada puede lograrse.

 

Iñaki Ortega es doctor en economía en La Universidad de Internet (UNIR) y LLYC

jueves, 1 de julio de 2021

El G7 se olvidó de la corrupción

(este artículo se publicó originalmete el día 29 de junio de 2021 en el diario La Información)


Allá por el año 1973, un secretario del tesoro de Estados Unidos preocupado por el derrumbe de las instituciones monetarias de la posguerra (Bretton Woods) convocó a sus homólogos alemanes, franceses, japones y británicos. Las reuniones se institucionalizaron anualmente y antes de que terminase la década se había unido al grupo los responsables de las finanzas de Italia y Canadá. Al mismo tiempo adquirieron categoría de cumbres internacionales al asistir no solo los ministros sino los presidentes de esas siete naciones. Así nació lo que se conoce como el grupo de los siete (G7) que se ha vuelto a reunir este mes de junio en la localidad inglesa de Cornualles.

Conviene recordar que la caída del muro de Berlín a la vez que la unión política europea ganaba peso llevó a invitar a estas citas a los altos representantes de Rusia y de la Comisión Europea. Si la participación de los segundos se ha consolidado, la de Rusia ha corrido otra suerte. Unas veces por las injerencias militares de los rusos en sus vecinos, otras por las sospechas de espionaje del resto de socios, pero siempre por la negativa a firmar los pactos de libre comercio, Rusia no ha consolidado su asiento en el selecto club de los países más ricos del planeta.

La cumbre de Cornualles de este año tenía un guion preestablecido más allá de la curiosidad por el estreno del presidente Biden en el G7 o por la despedida de la canciller Merkel. Coronavirus, Clima y Comercio. Las tres C estaban marcadas en todos los prontuarios de los estadistas. No puede olvidarse que la cita del año 2020 fue suspendida por la pandemia y que la Covid19 ha sumido al mundo en la mayor crisis desde la recesión financiera de 2008. En no pocos países del mundo no se recordaban caídas de la actividad económica desde la parálisis de las guerras mundiales del siglo pasado. Una epidemia ha tenido que demostrar las fragilidades de las democracias liberales que supuestamente, citando a Fukuyama, resolvían todas las necesidades del hombre para siempre. La realidad es que los sistemas sanitarios de estos países no han podido parar la tragedia de millones de infectados. Pero en una suerte de deja vu de la primera cumbre de 1973 cuando se consiguió salvar la desaparición del patrón oro, los ministros de finanzas del G7 se pusieron de acuerdo (virtualmente) el año pasado en rescatar la economía con un potente escudo de gasto público.

Clima, es la segunda palabra de los dosieres preparados para los mandatorios. Clima o ESG como ahora prefieren referenciar los inversores. El nuevo grial que perseguir se resume en ese acrónimo: sostenibilidad en materia medio ambiental, social y de gobierno corporativo. No se trata solamente de parar la degradación del medio ambiente sino también evitar el alejamiento de la sociedad con la economía de mercado, que ha dado sentido al G7. Economías y empresas con alma social es la forma de reinventar el capitalismo hacia uno que se base en el propósito. Otra palabra mágica para frenar el descontento creciente en las clases populares ante tanta desigualdad.

Y el tercer vocablo con la letra c, es el comercio. Término que no ha dejado de estar presente en todas y cada una de las 47 cumbres celebradas.  El fallido acuerdo de la posguerra para reducir aranceles aduaneros, GATT, dio paso en la década de los noventa a la OMC (organización mundial del comercio) pero los países del G7 han sufrido los cambios de rumbo de potencias como Rusia o China en esta materia. Por no mencionar a Estados Unidos, ora Trump ora Nixon, defendiendo en cumbres del G7 el proteccionismo en función de su agenda doméstica. Ahora los vientos soplan a favor y en la “Declaración de Carbis Bay” que cerró la cumbre se coló un recado para la política comercial china.

Sin embargo, el fuerte viento que de vez en cuando azota la costa sur de Inglaterra se llevó una palabra de los apuntes de los jefes de estado. No eran tres las letras c, sino cuatro. Corrupción es la palabra que un vendaval marino o la miopía de los grandes estados, hizo desaparecer de la cumbre. Es verdad que en las conclusiones que tomaron por nombre la bahía de Cornualles, se hablaba de la protección del planeta, la solidaridad ante la pandemia, la reconstrucción y los valores…pero nada de luchar contra la corrupción. Pero la realidad es tozuda y apenas unos días después el ministro de sanidad del Reino Unido ha tenido que dimitir por saltarse la ley. Al mismo tiempo la justicia francesa ha pedido seis meses de cárcel para el expresidente Sarkozy; dos diputados alemanes son investigados por comerciar ilegalmente con mascarillas y un ministro japonés admite que compró votos para que su esposa fuese legisladora. Por no hablar del primer ejecutivo de la empresa americana Pfizer que, a pesar de sofisticadas legislaciones de control, vende el 62% de sus acciones por valor de 5,6 millones de dólares el mismo día que anuncia los resultados de eficacia de la vacuna. Podríamos seguir levantando alfombras en cada país del G7, pero quizás es mejor empezar desde ya a reclamar que el año que viene en Alemania, donde se volverán a reunir los mandatarios, la corrupción no se vuele de las conclusiones. Nos conviene a todos.

 

Iñaki Ortega es doctor en economía y profesor de la Universidad Internacional de La Rioja


miércoles, 24 de marzo de 2021

Pandenomics

(este artículo se publicó originalmente en el periódico La Información el día 23 de marzo de 2021)

El cambio del milenio trajo la vana ilusión de conseguir alinear empresa y sociedad. En la agenda, súbitamente, en 1999, apareció la Responsabilidad Social Corporativa (RSC) y los objetivos del milenio (ODM) de Naciones Unidas. También, ese año, nació el índice Dow Jones Sustainability y Global Compact, el pacto mundial por la sostenibilidad. Michael Porter comienza entonces a formular desde lo que llamó filantropía corporativa, su teoría del valor compartido. Básicamente el profesor de la Universidad de Harvard defendía alinear el éxito de la empresa con el éxito de la comunidad en la que se opera, para ello hay que retribuir a la sociedad con parte de los beneficios de la compañía. La realidad es más tozuda y este intento de socializar el capitalismo se quedó en estético y la RSC en una cortina de humo. La brecha entre empresa y sociedad lejos de reducirse se agrandó. No es fácil. Son muchos siglos en los que la economía y el humanismo han sido dos ríos que nunca llegaban a juntarse.

La economía, desde que existe como tal, defiende la existencia de ventajas competitivas. Adam Smith en el siglo XVIII matizó en su libro “La Riqueza de las Naciones” esa ventaja por la existencia de una mano invisible (el mercado) que llevaba al bien común. En el siglo XX, para Schumpèter, esa ventaja reside en la fuerza creativa de los emprendedores y para Keynes es el Estado en que garantiza que el ventajismo no genere desigualdad. Pero Milton Friedman en 1970 acuña su célebre frase que aún permanece en la mente de muchos directivos, “la única responsabilidad social de los empresarios es incrementar sus ganancias”. Aunque en 1993 el nobel Douglas North postuló la importancia de las instituciones, entre ellas las empresas, para evitar las injusticias económicas, la corriente de la escuela de Chicago de Friedman siguió ganando adeptos en las corporaciones durante todo el siglo XX. 

Ya desde Aristóteles, la filosofía ha reflexionado sobre el humanismo. Tomás de Aquino postulando por la dignidad del ser humano; Rousseau con su “contrato social “que inspiró la Revolución Francesa frente al absolutismo o la defensa de las libertades civiles en el nacimiento de los Estados Unidos de América frente al dogmatismo de la metrópoli, permitieron el surgimiento en la Organización de las Naciones Unidas (ONU) en 1948 de Declaración Universal de los Derechos Humanos. Pero por más que en 1999 se intentó seguir esa línea con los objetivos de desarrollo del milenio y en 2015 los ODS (objetivos de desarrollo sostenible), todavía la economía y la sociedad seguían caminos diferentes.

Pasaron los años y el tercer milenio avanzó inexorablemente hasta la crisis del 2008 que agrandó la brecha entre la empresa y la gente. El mejor caldo de cultivo para un populismo que comenzó a hacerse notar en el mundo y también en nuestro país. El Brexit, la era Trump o el auge de los movimientos antisistema como los chalecos amarillos en Francia o el 15-M en España alertó a muchos directivos a retomar una agenda del cambio. De modo y manera que en 2019 la patronal American Business Round Table pide redefinir las reglas del capitalismo; el periódico Financial Times exige al mismo tiempo reinventar el capitalismo y en el foro de Davos de ese año solo se habla de un nuevo capitalismo del propósito. Los acontecimientos se precipitan y el primer ejecutivo del mayor fondo de inversión del mundo, BlackRock, amenaza con dejar de invertir en empresas que no sean sociales y en España se traspone la directiva comunitaria que exige, por ley, dar información sobre la labor social de las empresas (ley 11/18 de información no financiera y diversidad). Nace el acrónimo ESG (sostenibilidad en materia medio ambiental, social y de gobierno corporativo) como mantra que han de seguir las empresas que quieran sobrevivir en la nueva economía. Hasta la CNMV en la modificación de su código de buen gobierno en 2020 decide sustituir la RSC por la sostenibilidad de la ESG. 

Y de repente la pandemia. La economía de la pandemia o pandenomics ha venido para quedarse. En Argentina el catedrático Javier Milei idéntica pandenomics con mega recesión, inflación y crisis global. En España, la economista jefe de Singular Bank, Alicia Coronil usa pandenomics como sinónimo de inestabilidad ante el auge de China y la desaparición de Abe en Japón y Merkel en Alemania. Yo prefiero una visión más optimista. La economía de la pandemia permitirá el milagro de que los dos ríos condenados a no juntarse nunca -la economía y la sociedad- finalmente lo hagan. La emergencia sanitaria logró que en la fábrica de SEAT de Martorell los motores de los parabrisas se convirtieran en respiradores. El confinamiento permitió comprobar lo sencillo que era tener ciudades con el aire respirable, si conducimos menos. Los fondos públicos bien usados, como en España con los ERTEs y los ICOs salvan a empresas que así mantienen los empleos. Los tenedores de grandes locales comerciales rebajaron los alquileres a los comercios sin actividad. Al mismo tiempo, sin trabas públicas ni organizativas, pudo diseñarse en tiempo récord una vacuna que salva millones de vidas todos los días. Se concilió vida profesional y laboral, con los niños y padres en videoconferencias. Nadie se quedó sin luz o conexión telefónica y de datos. 

Pero lo mejor está por llegar en pandenomics. Europa con el plan de su presidenta Úrsula Von der Leyen, Green New Deal o pacto verde, para hacer que Europa sea climáticamente neutral en 2050. O los fondos Next Generation que ayudarán a que empresas de la mano de la administración modernicen nuestra economía. El capital privado de todo el mundo movilizado para invertir en tecnologías que frenen el cibercrimen, mejoren la salud global o eliminen la huella de carbono. Tecnológicas y startups con nuevos marcos amistosos promovidos por los gobiernos, conseguirán una economía competitiva que genere empleo de calidad y no deje a nadie atrás. Llámenme iluso. Pero la economía de la pandemia puede obrar el milagro. El dolor de este año nos ha hecho descubrir que solo desde la unión de lo público y lo privado, lo económico y los social, se conseguirá vencer al coronavirus pero sobre todo construir un mundo mejor.

Iñaki Ortega es director de Deusto Business School y profesor de la UNIR

lunes, 10 de febrero de 2020

No robarás



(este artículo se publicó originalmente en el periódico 20 Minutos el día 10 de febrero de 2020 

Es el número siete de una lista de diez que millones de cristianos, musulmanes y judíos intentan cumplir en su día a día. Los diez mandamientos resumen las bases morales de estas tres religiones que a su vez han conformado la ética de todos los que vivimos en esta parte del mundo. «No robarás» ocupa el séptimo lugar del decálogo y nos recuerda que no se deben usurpar los bienes ajenos. Pero también ha permitido consagrar el respeto a la propiedad privada en la que se basa la economía de mercado. 


Según la Biblia el profeta Moisés, hacia el siglo XIV aC, subió al monte Sinaí y el mismo Dios le entregó unas tablas con esos diez mandatos que ayudarían a los hombres a convivir en paz y a armonía. Varios miles de años después, por desgracia, conviene seguir recordando lo que está bien y lo que no. La semana pasada, otra Biblia, esta vez económica, como es el periódico Financial Times, informaba que un directivo del banco americano Citi había sido despedido por robar comida en la cantina de la oficina. En el mismo artículo se contaba que el máximo ejecutivo de una entidad financiera japonesa había corrido la misma suerte por sustraer una pieza de la bicicleta de un colega aparcada en la propia oficina. Para terminar con los despropósitos, se contaba que un cargo muy bien remunerado del fondo de inversión BlackRock había sido expulsado de la compañía tras comprobarse que se colaba todos los días en el Metro de Londres. En nuestro país nos hemos enterado también estos días como según la Fiscalía un grandísimo banco español «robó» fondos de la entidad para espiar y chantajear a sus rivales de la mano de un conocido comisario. Y acaso no están robando también esas empresas tan modernas y tecnológicas, en las cuales todo el mundo quiere trabajar, cuando usan nuestros datos sin permiso.


Que tire la primera piedra el que esté libre de pecado, decía el Nuevo Testamento. Por eso en esta fea lista está la política española que durante los últimos 40 años ha demostrado como el séptimo mandamiento puede ser pisoteado sistemáticamente, sin que ningún partido político ni ideología se libre. Pero también miles de españolitos a la luz de los informes que por ejemplo tasan en 500 millones el valor de los hurtos de los empleados en los supermercados o en 40.000 millones el fraude fiscal de la economía sumergida.


Pero a la vez, y aquí la buena noticia para terminar, está surgiendo con fuerza un movimiento desde las empresas que quieren perfeccionar el capitalismo para hacerlo más inclusivo y así siga generando oportunidades para todos. Porque cumplir el séptimo mandamiento también supone pagar mejor a los empleados, no discriminar a nadie por su edad o comprometerse con los problemas más cercanos. La otra opción para obligarnos a hacer las cosas bien no parece muy recomendable y la aplican en Singapur hace muchos años, cortar la mano al que roba. 


Iñaki Ortega Cachón es director de Deusto Business School y profesor de la UNIR


martes, 13 de septiembre de 2016

Panamá, Soria y los nuevos empleos

        (este artículo fue publicado originalmente el 13 de septiembre de 2016 en el diario El Economista)
"John Doe ‎finalizó su manifiesto destacando la importancia del acceso ciudadano al conocimiento y a la información, anunciando con optimismo que ha comenzado una nueva era y que la próxima revolución será digitalizada" Estas palabras podrían ser las de cualquier gurú de la llamada industria 4.0 que pontifica sobre cómo nuestro empleo lo ocupará un robot. Pero no es así. John Doe no es profesor de Harvard ni candidato al nobel de economía, es simplemente el pseudónimo que utilizó la fuente anónima que desveló los papeles de Panamá en abril de este año. Esa frase fue su motivación última para desatar una tormenta global causada por el descubrimiento de miles de empresarios y políticos que ocultaban bienes en sociedades opacas.
Los papeles de Panamá han vuelto estos días a la actualidad con el posible nuevo trabajo del ex ministro Soria en el Banco Mundial. Aprovechemos la polémica para poner algo de luz al sombrío panorama que se nos pinta, esta vez con la llegada de la inteligencia artificial y otras disruptivas tecnologías. Los primeros meses del 2016 estuvieron marcados por la difusión por parte del periódico alemán Süddeutsche Zeitung  de una gigantesca base de datos del bufete Mossack Fonseca con información de personalidades, entre ellas el señor José Manuel Soria, que presuntamente habrían defraudado al fisco usando sociedades residenciadas en el istmo centroamericano. Casi a la vez en el tiempo y en el espacio, el Foro Económico Mundial desde Davos, Suiza, alertaba de que la mitad de los empleos actuales serán sustituidos por robots‎ en menos de una década.
Pero qué tiene que ver los papeles de Panamá y un ministro cesante con la llamada tercer revolución industrial. Pues mucho y si continúan leyendo lo descubrirán. Porque para que los papeles de Panamá se convirtieran en noticia mundial fueron necesarias algunas cuestiones, inéditas hasta ese momento, que están muy relacionadas también con el nuevo empleo que viene y habrá que cumplir para no caer en el foso de la llamada brecha digital:
‎1. Manejo de la Tecnología‎. La cantidad ingente de información “robada” del bufete panameño solo pudo purgarse gracias al uso del big data. Los periodistas involucrados en la investigación han tenido que ser a la vez tecnólogos para responder con éxito al desafío de bucear en esas bases de datos con millones de registros.‎  En el futuro próximo la mayoría de profesiones se hibridaran con la tecnología, tendremos periodistas-tecnólogos así como abogados-programadores o economistas-matemáticos‎.
2. Autónomos, startups y grandes empresas trabajando juntos. 400 periodistas de 109 medios tan diferentes como la BBC o Le Monde pero también decenas de profesionales independientes y nuevos medios de comunicación todos movilizados en el Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación que lideró el trabajo de la exclusiva. El fenómeno wikipedia llegará a multitud de especialidades usando el potencial del crowdsourcing, también conocido como conocimiento abierto. Las empresas pasarán de tener sus laboratorios de I+D protegidos por patentes a fichar expertos en innovación abierta.
3. Economía colaborativa.  De igual a igual, P2P (peer to peer) lo llaman los expertos. En el proceso de descubrir estas sociedades off shore, no importó colaborar a medios que eran competidores o de lugares tan diferentes como Alemania y Nigeria o Canadá y Bolivia por citar solo algunos de los 76 países en los que se publicó la investigación de este fraude masivo. La economía colaborativa ha llegado para quedarse y desembarcará cada año a más industrias como ya estamos viendo que ha ocupado los medios de comunicación pero también la hotelera o la del trasporte. ‎La propiedad dejará paso al uso, y nos igualaremos con las empresas fabricando desde casa. Como ha pronosticado Jeremy Rifkin seremos "prosumidores", productores y consumidores a la vez y las grandes corporaciones querrán atraer a ese tipo de nuevos profesionales
4. Fin social. Ni la "garganta profunda" ni los medios de comunicación del casopanameño buscaban ganar dinero con la denuncia. Pero tampoco querían que les fuese gravoso y buscaron conjuntamente la vía de hacer sostenible económicamente el objetivo último de evitar la evasión fiscal. La innovación social será una potente fuente de generación de igualdad de oportunidades con los emprendedores sociales liderando el proceso. La RSC de las empresas dejará de ser asistencialismo para situarse en el core business de las compañías y los que tengan esas habilidades encontrarán trabajo rápidamente. Lo social vuelve a primera plana porque la sociedad se ha empoderado y el poder ya no podrá actuar a su libre albredio. La candidatura de Soria decayó por‎que hoy las sociedades tienen memoria.

5. Colaboración público-privada. Toda la información fue puesta a disposición de las autoridades competentes por parte del consorcio privado de investigación dando lugar a investigaciones gubernamentales en una treintena de países. La existencia de verdaderos ecosistemas de conocimiento en los territorios donde cooperen las administraciones públicas, las universidades y las empresas será sinónimo de dinamismo económico. Pasará a la historia el laissez faire pero también el colectivismo. 
En definitiva, nunca podrá sustituir una máquina a un trabajador que sea capaz de inventar eficiencias en procesos sobre la base de sus contactos y experiencias previas en otras empresas o sectores. La interacción entre personas será una barrera insalvable para robots frente a los trabajos manuales y repetitivos en los que será muy fácil irrumpir para la inteligencia artificial.

La desazón que sienten muchos ciudadanos en todo el mundo por el temor a perder su empleo ante la catastrofista amenaza de la irrupción de la tecnología llevó hace unas semanas al mismísimo presidente Obama a pedir calma y a armarse de conocimiento para esa batalla. Por mi parte solo me atrevo a pedir a los lectores preocupados que se apliquen el cuento de los papeles de Panamá ycomprueben si están a tiempo de adaptarse a ser tan buen profesional como tecnólogo,  a tener las habilidades necesarias para pactar con el diferente yconciliar lo económico con lo social. Pero también no olviden que mentir tiene siempre consecuencias porque está sociedad ya no olvida. Es el mundo que viene.

Iñaki Ortega es doctor en economía y Director de Deusto Business School