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miércoles, 1 de diciembre de 2021

Ómicron

(este artículo se publicó originalmente en el periódico 20 Minutos el día 29 de noviembre de 2021)


Es una de las letras del alfabeto heleno y lo lleva siendo durante los últimos dos mil años. Ómicron en griego es la letra “o” breve, frente a omega que es la larga. Ojalá que en unas semanas no tengamos que incorporar en el diccionario otro significado para esta palabra, porque eso supondrá que la nueva variante del coronavirus, bautizada así por las autoridades sanitarias, ha caído en el olvido.

Cuando se descubrió el virus causante de la pandemia, se le puso el nombre de covid19 por el año en cuestión-2019- acompañado de las iniciales de coronavirus y enfermedad en inglés (disease). Pero conforme este virus mutaba, el término Covid19 quedó obsoleto y los expertos decidieron añadir una letra griega. Alpha ante la variante inglesa o Delta por la cepa norteamericana y así hasta este viernes pasado en el que Ómicron ha entrado en escena. La OMS emitió un comunicado avisando de la peligrosidad de la nueva mutación con origen africano y como si fueran piezas de dominó fueron cayendo, una tras otra, las cotizaciones de todas las empresas del planeta, especialmente las vinculadas a los viajes y el turismo. La altísima trasmisibilidad de esta variación del virus es tal que en apenas unas horas ya se han detectado infectados en Estados Unidos, Bélgica, Alemania, Reino Unido o Italia lo que ha acelerado la vuelta en muchos países a las restricciones sanitarias más duras.

Esta desconocida letra griega no solo ha hecho perder en la Bolsa cientos de millones a las empresas, sino que puede frenar en seco la recuperación económica que ya venía languideciendo. Los precios no han parado de subir por la presión de la demanda insatisfecha y ayudados por la escalada de los costes energéticos. Las trabas al comercio internacional en China primero dejaron sin superconductores -chips- a las industrias occidentales y luego les tocó el turno a otras provisiones clave para sectores como la construcción y las manufacturas. La economía real se resintió con rapidez porque fábricas de coches, juguetes y móviles -entre otras- se pararon por la falta de componentes, al mismo tiempo que miles de proveedores y empleados. La electricidad decidió entrar en este cóctel elevando los costes a las compañías lo que hizo que algunas también decidieran dejar de producir al no compensarles esos gastos. Y en esas estábamos, esperando las ayudas europeas que nos salven, cuando Ómicron apareció.

Nadie puede asegurar si este nuevo virus será una falsa alarma o una catástrofe, pero sí podemos certificar lo absurdo de los debates de estas semanas en los que consumimos nuestras fuerzas. Una prebenda más para mi comunidad o una subvención para diferenciarme de mis vecinos. No acabaremos con la pandemia -ni con la crisis que la acompaña- mirándonos al ombligo sino cooperando. No enfrentando territorios sino trabajando codo con codo. Solo funcionando como una orquesta, no desafinaremos. De qué sirve sacar pecho por tener más del 80% de vacunados si nuestros vecinos africanos no lo están. O nos salvamos todos o ninguno se salvará.

Iñaki Ortega es doctor en economía y profesor de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR)

lunes, 14 de junio de 2021

¿Qué le debo?

 

(este artículo se publicó originalmente en el diario 20 Minutos el 14 de junio de 2021)


Hay expresiones que pertenecen a otra época y me temo que la que titula este artículo es una de ellas. No sólo ha dejado de usarse eso del “qué le debo” (acabo de comprobarlo con mis hijos adolescentes) sino que ya ni siquiera nos lo preguntamos quizás porque pensamos que nos merecemos todo, creemos que hemos alcanzado la sociedad del gratis total.

Todas estas ideas me vinieron a la cabeza la semana pasada en la cola para vacunarme contra la covid19. Viendo todo tan organizado, celadores esperándote para aclarar dudas, instalaciones impolutas, carteles indicativos novísimos, sistemas informáticos con diligentes funcionarios comprobando tus datos, enfermeros pinchándote un vial y salas de espera con médicos de retén, era difícil no pensar que tenía un coste.

Pero ni mi vacunación ni nada es gratis. Todo tiene un precio y ese precio muchas veces es económico, tiene un valor monetario. Pero incluso cuando no somos capaces de calcularlo en euros, posee un valor en esfuerzo personal o en el coste de dejar de haber hecho otras cosas por ello. Los economistas lo llamamos "coste de oportunidad", Samuelson, premio nobel de economía decía que "toda elección implica un costo" y por ello nada en la vida es gratis.

Por supuesto que se podría calcular el precio de los apenas tres minutos que estuve en el hospital vacunándome. Tendríamos que sumar lo que la administración ha pagado a los laboratorios por las vacunas, pero también agujas, vendas y esparadrapo, añadir los sueldos de todo el personal, los costes de las instalaciones sanitarias incluyendo construcción y mantenimiento, no obstante, sería incompleto. De justicia parece sumar también el valor de todas las actuaciones públicas estos meses para frenar la expansión del coronavirus incluyendo nuevos hospitales; la factura de todo un sistema sanitario volcado en atender a cientos de miles de contagiados y por supuesto las personas que se han dejado la vida por llegar a esta situación, me refiero a funcionarios como médicos o policías y los miles de ciudadanos que murieron durante la pandemia por la ausencia de protección o por decisiones que minusvaloraron la amenaza vírica.

Y aún más. Siguiendo a Samuelson habría que incluir en esta imaginaria cuenta a satisfacer el coste de oportunidad de no tener una industria farmacológica en España o la ausencia de políticas de apoyo a la investigación que nos hubiera permitido tener antes a muchas más personas inmunizadas y por tanto haber salvado de la muerte a miles de españoles. Pero no se acaba la lista aquí porque no puede obviarse el coste que sufren y sufrirán las personas que han perdido su empleo por la crisis pandémica o los enfermos que han debido retrasar sus tratamientos por la alarma sanitaria. Por no hablar del brutal impacto emocional que tendrá consecuencias que se trasladarán a la sociedad y a la economía en términos de absentismo, bajas laborales o atenciones médicas.

Pero, a pesar de todo ello, me fui del hospital con mi brazo dolorido y sin decirle a nadie ¿qué le debo por la vacuna?

 

Iñaki Ortega es doctor en economía y profesor en la Universidad Internacional de La Rioja UNIR