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domingo, 25 de julio de 2021

La vivienda se “silveriza”

 (este artículo se publicó originalmenteel día 13 de julio de 2021 en Idealista News)

El reto demográfico se ha convertido en una de las macrotendencias a tener en cuenta para la agenda de cualquier economía del planeta. Por ejemplo, en España, en apenas un siglo hemos ganado a la vida 40 años, es decir que se ha doblado la esperanza de vida de los 41 años de 1920 a algo más de 81 en la actualidad.  A principios del siglo pasado solo un español de cada cien superaba los 65 años, hoy es el 99%. El resultado es que en la actualidad 15 millones de españoles son seniors, es decir que una de cada tres personas que viven en nuestro país tienen más de 55 años.

Este cambio ha sido tan rápido -no puede olvidarse que durante miles de años la esperanza de vida no superaba los 30 años, y en los últimos siglos estábamos anclados en los 40 años- que no ha dado tiempo a adaptarse. Las instituciones en sentido amplio -empresas y administraciones- pero tampoco las personas hemos asimilado que viviremos más allá de los 80 años. Eso explica muchos de los retos que tenemos por delante. Por ejemplo, las carreras profesionales serán mucho más largas porque tenemos mejor salud y además viviremos más años, pero nos empeñamos en acortarlas con salidas tempranas del mercado laboral sin darnos cuenta de que es inviable estar más años cobrando una pensión que trabajando. Otra demostración de la falta de adecuación a la nueva demografía es el surgimiento de una nueva edad a caballo entre la ancianidad y la edad adulta, pero la oferta de bienes y servicios sigue anclada en modelos obsoletos que ven a los seniors como personas frágiles y analógicas. A su vez la aportación de los adultos mayores al bienestar de las familias con el trabajo no remunerado -voluntariado- no ha dejado de aumentar, pero seguimos anclados en una visión paternalista y asistencial de los mayores cuando la realidad es que son un grupo de edad resiliente y muy activo.

Por todo lo anterior ha surgido el concepto de la silver economy o economía plateada. Son el conjunto de oportunidades para los territorios, empresas y ciudadanos vinculadas a una nueva cohorte de edad con el pelo plateado y necesidades insatisfechas. Los seniors necesitan productos a su medida y además tienen una posición económica más sólida que otros grupos de edad (en España la pensión media es más alta que el sueldo medio). Al mismo tiempo las empresas necesitan conocer mejor a esta nueva clientela y una adecuada gestión de la diversidad en sus plantillas, de la mano del talento senior; les puede ayudar. Por último, también es economía plateada cuando los territorios fomentan las mejores condiciones para retener ya atraer personas mayores con políticas amables con este colectivo. Las personas, empresas y naciones que abracen la silver economy recogerán los réditos en términos de creación de empleo y generación de riqueza.

La silver economy supone explorar nuevos ámbitos en la industria de ocio -los mayores son el colectivo que más crece como usuarios de gimnasios o plataformas para citas-, en las finanzas -con nuevos productos de ahorro o para hacer líquido el patrimonio inmobiliario-, en los bienes de consumo -coches para mayores, móviles para mayores o ropa a su medida-, pero también en la vivienda.

Todos los estudios indican que una gran mayoría de personas queremos permanecer en nuestra casa hasta el final de nuestra vida. Pero el paso de los años lleva a que las circunstancias que rodean a las personas cambien. Los hijos se independizan, puede surgir la soledad o la dependencia en diferentes grados es probable que aparezca. Pero también con el paso de los años hay una mayor libertad para viajar o desaparecen servidumbres como la cercanía al lugar de trabajo. Es en este contexto dónde han aparecido oportunidades en la industria de la vivienda para renovar inmuebles para la dependencia, adaptar las casas a los largos cuidados o explorar nuevos modelos de convivencia como el coliving. También surgirá un nuevo mercado para los seniors que quieran adaptar su nueva vida con una casa a su medida. Las soluciones residenciales aceleradas por la pandemia migrarán a un modelo más parecido al hogar y aparecerán casas tuteladas o con servicios especializados y para todo lo anterior no solo se necesitará adaptar la oferta sino también nuevas empresas que entiendan que hay pocos mercados donde la demanda esté asegurada que aumente dos dígitos en los próximos años.

Un mercado silver para la vivienda que tiene otra ventaja y es su capacidad de autofinanciarse. En España por primera vez en la historia y según datos del barómetro de consumo senior de la Fundación MAPFRE, una mayoría de los seniors tienen vivienda en propiedad. Fórmulas, hasta ahora inéditas en nuestro país para hacer líquido ese patrimonio inmobiliario, aparecerán como la vivienda inversa, la nuda propiedad y la hipoteca inversa, para permitir que los silvers vivan a su manera.

El profesor de ESIC, Juan Carlos Alcaide, ha acuñado el término de silverizar la economía en el sentido de adaptar la producción a una realidad demográfica en la que predominan las canas. El sector de la vivienda no será una excepción y también se está silverizando a marchas forzadas para adaptarse a las nuevas necesidades de la cohorte plateada. La buena noticia es que siguiendo esta vez a Renee Mouborgne de INSEAD, el mercado es una océano azul -apenas hay operadores que han visto la oportunidad del envejecimiento en la industria de real estate- y los pioneros se beneficiarán de ello. España está en la mejor posición: la mayor esperanza de vida, altos estándares del sistema de protección socio-sanitari, agentes en el mercado de calidad, tradición inversora en la industria y territorios además de instituciones financieras buscando nuevas palancas de desarrollo. ¿A qué esperamos para silverizar la vivienda española?

 

Iñaki Ortega es profesor de la Universidad Internacional de La Rioja UNIR

Luis de Ulibarri es vicepresidente de Almagro Capital

jueves, 18 de febrero de 2021

Ya no enseñaremos el DNI

 (este artículo se publicó originalmente como post en el mes de marzo de 2021 en el blog del centro de envejecimiento AGEINGNOMICS de la Fundación Mapfre)


La edad cronológica se está convirtiendo en una rémora del pasado. Cada vez son más los expertos de todos los campos que diferencian la edad cronológica (la suma de años que han transcurrido desde el nacimiento) de la biológica (la edad que tienen los sistemas, tejidos y células de un organismo con relación a su normal funcionamiento).

Algo que, por otra parte, siempre ha estado ahí, por ejemplo, cuando nos dicen «aparentas menos edad», en realidad nos están transmitiendo que nuestro aspecto (nuestros tejidos, pero también nuestra actitud) se mantenían mejor que la norma de nuestra edad. Pero ahora el estudio de la longevidad y la irrupción de la conocida como economía senior lo están terminando de demostrar.

En el año 2010, los demógrafos Sergei Scherbov y Warren Sanderson trataron en un artículo publicado en Science de dar respuesta a cuándo se inicia la vejez. Para ello acuñaron el concepto de edad prospectiva, que mide la vejez en función de los años que nos quedan de vida y no de los que ya hemos cumplido.  La edad prospectiva se fija en las características personales, como por ejemplo la esperanza de vida restante. Estos autores proponen considerar que una persona alcanza la vejez a la edad en la que su esperanza de vida restante es de 15 años, independientemente de la edad cronológica que tenga en ese momento. Proponen medir así el envejecimiento y adaptar nuestras instituciones, por tanto, a los años que nos quedan de vida y no los que ya hemos cumplido.

La economía senior también es un fenómeno reciente, trae su nombre de la voz latina senior, más viejo. Su contrario es júnior cuyo origen es también romance, de iunior, más joven.  Ambas palabras se han revitalizado por influjo anglosajón, de hecho, en las ofertas de empleo es habitual esta clasificación. Se añade júnior o sénior a un puesto para hacer referencia al nivel de conocimiento del candidato. Un trabajador júnior es un principiante; un empleo catalogado como sénior es para un profesional que acumula experiencia. Los puestos de trabajo con esa seniority no se alcanzan hasta los cincuenta años y es por ello la edad en que comenzamos a formar parte de esa nueva economía. Un conjunto de oportunidades derivadas del impacto económico y social de las actividades realizadas y demandadas por la población mayor de 55 años.

En MAPFRE desde hace más de un lustro se lleva investigando en este campo hasta crearse en diciembre del año pasado en el seno de su fundación un centro de investigación que ha tomado por nombre “ageingnomics”. Un neologismo que surge de la unión de las palabras envejecimiento (ageing) y economía (economics) para defender que los efectos producidos por el alargamiento de la vida podrían más que compensar los negativos y propiciar un estímulo al crecimiento económico. Algunos hallazgos del nuevo centro de investigación nos ayudan ya a acabar con el mito de la edad cronológica. La mayoría de los seniors españoles compran por internet, usan banca electrónica, hacen ejercicio y apenas van al médico, a pesar de lo que dice su DNI. Por eso se acerca el día en que no nos pedirán el documento de identidad para conocer nuestra edad sino simplemente cuál es nuestra actitud ante el resto de vida que nos quede por delante.

Parte de este texto forma parte del debate DIALOGO ABIERTO. PROGRAMA PARA UNA SOCIEDAD LONGEVA promovido por el CENIE (centro internacional sobre el envejecimiento) https://cenie.eu/es/observatorio/dialogo-abierto

 

Iñaki Ortega es director de Deusto Business School y profesor de la UNIR

 


viernes, 18 de diciembre de 2020

La economía de las canas

(este artículo de opinión se publicó originalmente el día 17 de diciembre de 2020 en el blog de vida silver)

Las canas son el resultado del paso del tiempo, el primer síntoma externo de que nos hacemos mayores. Surgen por la pérdida de melanina en el pelo y, aunque la genética e incluso algún shock pueden provocar su aparición precoz, a la mayoría nos brotan discretamente en la frontera de los 40 y al superar los 55 todos peinamos canas. Nadie se libra, ni siquiera Barack Obama, que entró por primera vez en la Casa Blanca con el pelo negro y abandonó la presidencia de Estados Unidos con la cabeza casi blanca a los 56 años. Por lo tanto, todos hacia los 55 años, con el pelo gris, comenzamos a formar parte de la cohorte que se conoce como generación plateada, precisamente por el color plata de las canas.

La inercia de siglos en los que superar los sesenta años era prácticamente la antesala de la muerte ha provocado que estos individuos hayan sido casi invisibles para la economía y, por tanto, para los medios de comunicación. Para acabar con este sinsentido es indispensable cuantificar su peso en la sociedad. Cuántos son y cuánto aportan a la economía. Hoy los mayores de 55 años son 1.300 millones de personas en el mundo y 15 millones en España, o lo que es lo mismo, más del 30% de la población en nuestro país.

El conjunto de las oportunidades que derivan del impacto de las actividades realizadas y demandadas por los mayores de 55 años se ha bautizado como economía plateada o silver economy. Actualmente ya representa el 25% del PIB, pero esto no ha hecho más que empezar, ya que en 2025 la previsión es que el peso de los mayores de 55 en la economía de la Unión Europea sea del 31,5% del PIB y del 37,8% del empleo. En Francia, los mayores de 55 años ya suponen mucho más de la mitad de todo el consumo nacional y en España se estima que son dueños del 50% del patrimonio.

Con la invisibilidad corremos el riesgo no solo de ignorar las oportunidades, sino de pasar a la estigmatización. Pero qué poco se conocen estos datos y en cambio qué rápido se propagan otros. No olviden a aquel ministro japonés que pidió a los nonagenarios que, por el bien de su país, hiciesen el favor de morirse porque el gasto sanitario causado por el envejecimiento era inasumible. Si alguien considera una rareza la afirmación del mandatario nipón, lo animo a que revise la cantidad de “expertos” que piden confinar estos meses a los ancianos para así no parar la economía. Con la invisibilidad corremos el riesgo no solo de ignorar las oportunidades, sino de pasar a la estigmatización.

“Delante de las canas te levantarás y honrarás el rostro del anciano”. Esta frase de la Biblia nos sirve también para recordar que los mayores de 60 años representan en España uno de cada tres votantes, cuya tasa de abstención es la más baja, y que pueden hacer ganar o perder elecciones. Por si los argumentos económicos no convencen, quizás este otro pueda servir para impulsar en nuestro país la economía plateada.

Iñaki Ortega, director de Deusto Business School y profesor de la UNIR.

viernes, 28 de junio de 2019

Talento sénior, un oxímoron


(este artículo se publicó originalmente el 26 de junio de 2019 en el diario Expansión)

Talento senior son dos palabras que siempre han ido unidas. A lo largo de la historia, los mayores han sido respetados y escuchados por talentosos, ya que acumulaban experiencias y conocimientos necesarios para la sociedad. Incluso etimológicamente ambos vocablos son sinérgicos. La palabra talento tiene su origen en las antiguas monedas romanas de oro del mismo nombre, de modo y manera que su significado evolucionó hasta atesorar una aptitud. Por otro lado, los seniors eran los mayores, los más sabios, los que más virtudes reunían y por ello pertenecían al Senado de la Antigua Roma.

Pero en muy poco tiempo y sin darnos cuenta, talento senior se ha convertido en un oxímoron. Dos palabras que en su conjunto acumulan mucho valor, han pasado a tener un significado contradictorio cuando no opuesto. Si eres senior, el mercado laboral ya no valora tu talento. Y si tienes talento para que alguien pague por él, es porque no has llegado a cumplir los 50. En España hay cerca de un millón y medio de desempleados mayores de 50 años y un porcentaje muy elevado de los curriculums en esta cohorte de edad acaban directamente en la papelera de los empleadores, lo que en muchos casos representa un duro golpe para la dignidad personal y el bienestar familiar. Por si fuera poco, siete de cada diez empresas del IBEX reconocen que no saben qué hacer con sus empleados cuando superan los 50 años, como se pone de manifiesto en el último informe de la Fundación Compromiso y Transparencia que tuvimos el honor de presentar recientemente en un acto organizado por Deusto Business School.

Si a lo largo de la historia nunca se menospreció la valía de los mayores, menos sentido tendría hacerlo ahora que se ha demostrado que los sexagenarios tienen la salud física e intelectual de los trabajadores que tenían cuarenta años a mediados del siglo pasado. En España, más de ocho millones de empleados con edades comprendidas entre los 55 y 70 años, disfrutan de una alta calidad de vida y de conocimientos acumulados que pocas empresas, a la luz de los datos existentes, quieren seguir utilizando. Gracias a una legislación que promovió las prejubilaciones pensando que ayudaba a luchar contra el desempleo juvenil, en apenas unas décadas hemos construido este oxímoron que vulnera el principio de equidad entre trabajadores y dilapida un valor enorme para nuestra economía. Las empresas, por su parte, respaldadas por una legislación complaciente, optaron por sanear sus cuentas cambiando salarios elevados por puestos para jóvenes con menor nivel salarial. Como consecuencia, han emergido en nuestro imaginario social falsos estereotipos que nos hacen aceptar con naturalidad que los trabajadores mayores tienden a ser improductivos y a estar desactualizados.

A pesar de que el envejecimiento de la población parece inexorable y por tanto sabemos que no habrá más remedio que trabajar muchos más años para poder financiar nuestro sistema de pensiones, la inercia de ese proceso de sustitución de empleo senior por joven parece imparable. De hecho, España ya es un país de prejubilados pues más del del 50% de los trabajadores se retira antes de los 65 años. En 2018 se jubilaron más de 141.000 personas que no habían cumplido los 65 años y este año, probablemente, terminaremos con más prejubilaciones que nunca. Tenemos dudas de si muchos de los mismos expertos que claman contra el déficit de la Seguridad Social se mostrarían dispuestos a renunciar a ser incluidos en algún plan generoso de prejubilación.

Si la longevidad es un dividendo al que ningún país debiera renunciar, en qué cabeza cabe que al mismo tiempo se desperdicie el talento y el capital de millones de trabajadores que atesoran valores como la capacidad de gestionar conflictos, la superación personal y el compromiso con sus empleadores. Hagan el cálculo de lo que supondría para cualquier economía si toda esa fuerza de trabajo dejase de ser invisible y pasase a la función productiva. Todo un bono demográfico para los países que se atrevan a hacerlo. Algunas empresas como las alemanas Thyssen o Mercedes-Benz ya lo están ensayando. En Japón y Corea llevan años vinculando las indemnizaciones de los mayores a su capitalización en proyectos de emprendimiento. Canadá e Irlanda acaban de lanzar ambiciosos programas públicos con ese objetivo.

En nuestra mano está en hacer algo parecido en España. Con leyes que fomenten la empleabilidad de todas las personas que deseen seguir ocupadas y limiten, por tanto, la discriminación que sufren los mayores de 50 años en el mercado laboral. Con gobiernos que garanticen el derecho a seguir trabajando más allá de los 50 con nuevas actuaciones que incentiven fiscal pero también social y culturalmente el trabajo senior. Con empresas que apliquen las mejores prácticas internacionales para retener y reorientar a sus empleados de más edad. Pero también con ciudadanos responsables que asuman que vivirán largas carreras profesionales con altibajos y diferentes dedicaciones que les exigirá formarse a lo largo de la vida. En cualquier caso, solo se podrá avanzar si todos los agentes implicados, Administración, empresa, sindicatos y los propios trabajadores aúnan esfuerzos y trabajan en la misma dirección.

España tenía una esperanza de vida en 1950 de 60 años; hoy, superamos los 80. Si hemos conseguido en tan poco tiempo ganarle a la vida dos décadas, cómo no vamos a conseguir que el dúo talento senior vuelva a ser lo que ha sido durante las últimas 3.000 generaciones, una fórmula de éxito.


Iñaki Ortega – Director de Deusto Business School
Juan Carlos Delrieu – Director de Estrategia y Sostenibilidad en la AEB




viernes, 21 de junio de 2019

La longevidad, el inesperado dividendo


(este artículo se publicó originalmente en el número de junio de 2019 de la revista Mundo Empresarial)


Un dividendo es siempre motivo de alegría para un accionista. Por eso en demografía un dividendo también es algo que hay que celebrar. La definición de la ciencia de la población para este dividendo es una cohorte de personas que constituyen una fuerza de trabajo potencial que en un momento determinado puede hacerse efectiva mejorando con ello la producción de bienes y servicios. A lo largo de la historia reciente han existido tres grandes dividendos demográficos. El de las mujeres, que se hizo realidad cuando se incorporaron masivamente al trabajo en los años setenta del siglo pasado. El de los jóvenes en las sociedades en desarrollo, que gracias a su educación y a las reformas institucionales en sus países fueron claves para impulsar sus economías. Y finalmente el de la población emigrante que se ha incorporado a las sociedades más ricas aportando mano de obra y rejuvenecimiento poblacional.

Ahora sin darnos cuenta ha llegado el dividiendo de los mayores en los países desarrollados, personas entre los 55 y 75 años, que gozan de buena salud y que quieren y pueden seguir trabajando, aun cuando no siempre encuentran las oportunidades para ello. Los «dividendos de longevidad» son tan recientes que datan de 2006. Un artículo en la revista The Scientist, escrito por cuatro experimentados investigadores de universidades americanas, llamó urgentemente a ralentizar el envejecimiento ya que crearía riqueza. Este nuevo concepto resumía los beneficios que suponen para una sociedad los aumentos alcanzados en la esperanza de vida. En concreto, defienden que «la gente se mantendrá más tiempo en el mercado laboral, los ahorros personales aumentarán, bajará el absentismo y habrá menor presión para el sistema de salud». De hecho en las sociedades cuya evolución demográfica se define por una escasez de jóvenes debido a la caída de la natalidad y la abundancia de mayores, estos «viejos que se mantienen jóvenes» podrían jugar un papel fundamental en unos mercados de trabajo que van a necesitar más trabajadores. Muchos ya son contratados puntualmente para trabajos esporádicos, la llamada gig economy, también conocida como economía de los pequeños encargos. Otros se convierten en emprendedores sin que la edad sea un impedimento para iniciar una nueva actividad. Un grupo importante desarrolla tareas de voluntariado, bien en el seno de sus propias familias o en instituciones de proyección social. Y muchos desearían seguir realizando un trabajo formal, quizá a tiempo parcial, en el mismo o en otro sector de la actividad empresarial y con un salario redefinido.

Otra perspectiva del dividendo de la longevidad es la que ofrece las Naciones Unidas. Para esta institución, ese período durante el cual un país disfruta de una población de adultos en edad de trabajar relativamente grande en comparación con la totalidad de su población, ofrece también una ventana atractiva para acelerar el crecimiento económico. De manera particular, este dividendo puede sentar las bases para incrementar el ahorro para el retiro, ya que existe un número mayor de trabajadores generando ingresos, ahorrando e invirtiendo en una economía más dinámica. En condiciones ideales, el efecto de onda expansiva de este ciclo virtuoso conduce a numerosos beneficios sociales en todo un país, incluidos mejores niveles de vida y una mejor preparación para el retiro. A su vez, este incremento en el ahorro y la inversión pueden generar mayores beneficios macroeconómicos, haciendo realidad la esperanzadora promesa del dividendo demográfico.

Pero, desgraciadamente, este deseo no encuentra en la sociedad, la empresa y los gobiernos la suficiente sensibilidad y mantenemos viejas estructuras y estereotipos que es imprescindible superar.

De modo y manera que este bono demográfico que suponen los trabajadores séniores no podrá serlo mientras no se eliminen algunos estereotipos respecto a los trabajadores mayores que una reciente encuesta ha conseguido echar por tierra. Los séniores no son más absentistas, pero sí son más disciplinados, no tienen resistencia a aprender cosas nuevas, ni son menos productivos ni tienen más accidentes. En cambio, sí son más leales y tienen más experiencia y ética en el trabajo. No será fácil conseguir estos cambios culturales, empresariales e institucionales pero sin duda merecerá la pena el esfuerzo.



Iñaki Ortega, director Deusto Business School

miércoles, 21 de noviembre de 2018

La Revolución de las canas

(este artículo se publicó originalmente en el periódico Expansión el día 20 de noviembre de 2018)

Keynes dejó escrito que “la dificultad no estriba en las ideas nuevas, sino escapar de las viejas”. Es muy viejo despreciar la edad y adorar la juventud. Aunque no siempre fue así, de hecho en las llamadas zonas azules del mundo, aquellos territorios del globo donde se alcanzan los mejores registros de longevidad, el denominador común es el respeto a la edad. El Senado romano es otro ejemplo de que las civilizaciones más relevantes de la historia tuvieron en cuenta la sabiduría de los más mayores. Pero sin irnos tan lejos, en los pueblos donde vivieron los abuelos de los autores de este artículo ser mayor siempre fue algo importante que merecía gran respeto. 

Ahora, siguiendo la sentencia de Keynes, la superación de una economía que envejece solo podrá hacerse jubilando esas ideas tan caducas que nos alarman sobre la nueva demografía. Nuestro modelo económico se ha hecho viejo, no porque haya aumentado la esperanza de vida, envejece porque no prescindimos de viejos dogmas que nos impiden ver las oportunidades de un nuevo mundo en el que viviremos muchos más años y, además, disfrutaremos de altos grados de bienestar gracias a los avances técnicos, si tomamos las decisiones correctas –como territorios y como personas-.  

La salud y la economía se convertirán en la asociación que garantice el futuro de las sociedades más dinámicas. Por ello, habrá que ser capaces de conciliar las revoluciones que se están dando en ambas especialidades. Recordémoslas someramente.  

El catedrático de Historia de la Medicina, Diego Gracia, habla de tres revoluciones por las cuales hoy disfrutamos de la longevidad. La primera la revolución terapéutica, con el descubrimiento de las sulfamidas y los antibióticos. La segunda, la biológica, gracias a la manipulación del código genético y por último, la revolución tecnológica, con la irrupción en las ciencias de la salud de la informática y las modernas tecnologías médicas. De hecho, en los últimos diez años sabemos más del cáncer que en los cien años precedentes y no nos equivocamos si afirmamos que los niños que hoy juegan en los parques vivirán por encima de los cien años. 

Klaus Schwab es un economista alemán conocido por ser el fundador del Foro Económico Mundial de Davos. En su formidable libro sobre la cuarta revolución industrial, afirma que no es únicamente un conjunto de tecnologías emergentes como el big data, la inteligencia artificial o el internet de las cosas, sino una transición hacia un nuevo mundo. Eso sí, con una velocidad de cambio, alcance e impacto inédito en la historia de la civilización que modificará nuestra forma de vivir, trabajar y relacionarnos. Pero nada de esto sería posible si no hubiera habido una primera revolución industrial entre 1760 y 1830, con la introducción de las máquinas en la cadena de montaje. O una segunda, a mediados del siglo XIX que con la electricidad hizo posible la manufactura en masa. Finalmente la tercera, ya avanzado el siglo XX, permitió con las tecnologías de la información y comunicación, la llamada globalización. 

Hace tiempo que las revoluciones no se dan solamente en las instituciones políticas. Hemos pasado de estudiar la Revolución Francesa o la rusa a las de carácter empresarial. Acabamos de ver esas involuciones en la economía y en la medicina, por ello defendemos que en la medida que ambos procesos se alineen estaremos ante otra revolución, la de las canas. El elemento común de ambos procesos disruptivos es el alargamiento de la vida de modo y manera que, en muy poco tiempo, el 40% de la población tendrá más de 55 años y dispondrá de todas las herramientas, además de la experiencia vital, para seguir aportando y generando valor. La revolución de las canas traerá un cambio radical porque permitirá que millones de personas sigan trabajando, sigan creando, sigan consumiendo. Permitirá que nazcan nuevas industrias para servirles y que nuevos emprendedores encuentren oportunidades donde nadie pensó que podía haberlas.  

Pocas dudas caben de que nuestro sistema económico envejece y genera cada vez mayor desencanto en muchos estratos de la sociedad que sienten que se ha quedado fuera del mismo. El reto es rejuvenecer la economía con una población que peina canas. Aunque parezca una contradicción, la cohorte de edad situada entre los 55 y 70 años que hoy las empresas y la legislación han expulsado del mercado laboral, tiene en sus manos salvar la economía. Esta generación de las canas suponen la nada despreciable cifra de 897 millones en el mundo, de los cuales 140 millones en Europa, 59 millones de personas en Estados Unidos, más de 26 millones en Brasil frente a los 12,5 millones de México y los 9,2 millones de turcos o los casi 8 millones y medio de españoles. Todo un potencial de actividad, experiencia y creatividad desaprovechado. Por un momento piensen en los revolucionarios efectos que supondría incluir todos esos millones de almas en nuestra economía. Una auténtica revolución de las canas. 

Antonio Huertas, presidente de Mapfre e Iñaki Ortega, director de Deusto Business School publican en noviembre el libro La Revolución de las Canas con la editorial Planeta.