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lunes, 23 de agosto de 2021

La distopía del Iphone

(este artículo se publicó originalmente en el periódico El Economista el 18 de agosto de 2021)


Cuando George Orwell puso el título de 1984 a su novela no pudo imaginar que sus cálculos para situar un “Gran Hermano” no estaban tan equivocados. Apple es la empresa más grande del planeta (si usamos como indicador la capitalización bursátil) pero además con sus productos es una de las compañías más influyentes en todo el mundo puesto que se estima que está presente en dos de cada diez hogares. Este mes de agosto la empresa tecnológica ha anunciado que el nuevo iPhone tendrá un sistema que analizará las imágenes que se hagan con todos sus dispositivos en busca de material inapropiado. Tal y como ha anunciado la compañía con sede en Cupertino, esta nueva tecnología escaneará las imágenes buscando coincidencias con fotografías de abusos de referencia. Así, de modo automático y, en caso de que se encuentre alguna coincidencia o una imagen sea sospechosa, la alerta saltará y una persona se encargará de evaluar la instantánea, para ponerla, en su caso, en conocimiento de las fuerzas de seguridad. Miles de millones de usuarios de Apple podrán ser vigilados permanentemente. La empresa fundada por Steve Jobs defiende que la aplicación es para hacer el bien, pero expertos de universidades de Stanford, John Hopkins o Cambridge han alertado que bastará con cambiar algunos parámetros en el algoritmo para permitir encontrar otro tipo de fotos.  Por ejemplo, los gobiernos pedirán colaboración para luchar contra el terrorismo, la industria de la música contra el pirateo, Hacienda contra la defraudación, las empresas contra el absentismo, la policía contra manifestaciones no autorizadas, el cine y el futbol para defender sus derechos de exclusividad, los nacionalismos para garantizar el uso de idiomas vernáculos…la lista sería interminable siempre para supuestas buenas causas que nos llevarían al personaje del libro de Orwell.

Gran Hermano es el ente omnipresente que gobierna el mundo en el año 1984 usando una implacable e invasiva vigilancia de todos y cada uno de los habitantes. Para ello se vale de Ministerios como el de Verdad o el de la Felicidad, eufemismos de mecanismos represivos para manipular, vigilar y reprimir masivamente. Esta forma social que imagina la novela escrita en 1947 se ha acuñado como “sociedad orwelliana” y es un ejercicio de prospección del escritor inglés basado en los sistemas totalitarios de la época, comunismos y fascismos.

La noticia de la empresa dirigida por Tim Cook ha generado una enorme preocupación en torno a la privacidad de los usuarios, ya que se cree que esta misma tecnología podría usarse para buscar cualquier tipo de información en los teléfonos. De hecho, expertos del prestigio de David Thiel creen que podría ser utilizada por gobiernos autoritarios para espiar a sus ciudadanos o buscar personas que piensan de manera diferente. Gran Hermano no en 1984 pero sí en 2021.

Una década antes de que Orwell entregara su manuscrito, otro autor también anglosajón de nombre Aldous Huxley, publicó “Un mundo feliz” que describe una sociedad aparentemente perfecta en la que para asegurar la paz y la riqueza global ha de pagarse el precio de asumir la manipulación, prescindir de la libertad de elección y limitar las expresiones emocionales e intelectuales. Apple busca, con buena intención, un mundo mejor, pero nos apuntamos a las dudas de los expertos de estar muy alerta ante sofisticados sistemas basados en inteligencia artificial que acaben tomando decisiones que afecten a las libertades individuales.

El pensador americano Raymond Kurzweil lleva un tiempo hablando de estas cuestiones, lo llama “singularidad”. En el análisis matemático se usa este término para aludir a ciertas funciones que presentan comportamientos inesperados cuando se asignan determinados valores a las variables independientes. La singularidad tecnológica se supone que se da en un hipotético punto a partir del cual una civilización sufre una aceleración del progreso técnico que provocaría la incapacidad de predecir sus consecuencias. En 2030 conforme al increíble desarrollo que está viviendo la inteligencia artificial, una máquina tendrá capacidad de crear inteligencia muy superior al control y la capacidad intelectual del ser humano.

Nos quedan unos años por delante para que estas distopías no se hagan realidad. La clave, como siempre, reside en las personas. La esperanza es que conforme a nuestra experiencia cada vez más compañías apuestan por directivos no sólo capacitados y con experiencia sino con estándares éticos que aplican en su día a día. La buena tecnología triunfará con ellos.

 

 

Iñaki Ortega es doctor en economía y profesor de la Universidad Internacional de La Rioja

Ignacio Pascual es socio-director de la empresa de consultoría de alta dirección Alexander Hughes


lunes, 30 de noviembre de 2020

Distópico

(este artículo se publicó originalmente en el periódico 20 Minutos el día 30 de noviembre de 2020)


Un año más la Real Academia Española (RAE) ha presentado la actualización del diccionario de la lengua en la que se han incorporado más de 2500 nuevas voces.  Aunque en 2020 hemos usado palabras como desescalada, desconfinar o coronavirus hasta este mes de noviembre no estaban reconocidas por la academia. Tampoco distópico. Pero cientos de miles de personas en plena alerta sanitaria buscaron el significado de este término. Para muchos hispanohablantes lo vivido estos meses de pandemia era distópico, es decir muy relacionado con una distopía. Una distopía para la RAE es lo opuesto a una utopía. Si utópica es una sociedad idílica; distópica es la representación de un mundo que solo causa degradación. Para gran parte de los 500 millones de hablantes de español en el mundo, la crisis sanitaria está siendo como hacer real el peor de los sueños.

Pero hay otra distopía que estamos viviendo que también ha puesto el foco en España; quizás no nos demos cuenta, pero ya la estamos sufriendo. El reciente documento del Banco de España titulado “La situación laboral de los de los licenciados universitarios” pone de manifiesto que existe una elevada tasa de desempleo de los titulados españoles en relación con nuestros pares europeos. El mayor paro de los universitarios de nuestro país no responde a que los jóvenes elijan titulaciones con menores salidas laborales, sino simplemente que los egresados por estos lares trabajan en puestos de baja cualificación. Los investigadores del banco central concluyen que esto podría obedecer a la menor calidad de la educación superior española. El porcentaje de universitarios en paro ha crecido en los últimos 12 años más de cuatro puntos provocando que la tasa de desempleo de los licenciados españoles sea el doble que los graduados de la zona euro.

Esta semana también he leído en el informe de CaixaBank sobre desigualdad que la cohorte de edad en la cual los ingresos más han caído por el coronavirus son los jóvenes. El “escudo social”, con herramientas como los ERTEs o la renta mínima vital, no ha llegado a los jóvenes y de media sus ingresos han bajado casi a la mitad. El banco con sede en Valencia ha analizado las nóminas de sus clientes menores de 29 años y ha llegado también a la conclusión que uno de cada tres no ha tenido ingreso alguno durante el confinamiento para concluir que únicamente los que tienen trabajos con mayor cualificación se han librado de la caída de poder adquisitivo.

Vivir peor que sus padres es la distopía de las generaciones españolas nacidas después de 1980. Una pesadilla que no se acabará cuando llegue la vacuna. La covid19 se irá, pero la precariedad del empleo, la baja calidad de nuestro sistema educativo y el abandono escolar no terminarán cuando estemos todos inmunizados. La novedad es que la solución a esta pandemia no está en manos de laboratorios extranjeros, sino que depende de nosotros mismos. Para bien y para mal.

Iñaki Ortega es director de Deusto Business School y profesor de la UNIR