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domingo, 20 de diciembre de 2020

Un barómetro que medirá otra presión

(este artículo se publicó originalmente el día 20 de diciembre de 2020 en el blog de la Fundación MAPFRE)

 

La Real Academia de la Lengua define barómetro como cualquier índice o medida de un determinado proceso o estado. El Centro de Investigación Ageingnomics de Fundación MAPFRE ha nacido este mes de diciembre de 2020 con un barómetro. Un informe que mide el estado de la población mayor de 55 años en España a través de su consumo, pero también -siguiendo a la RAE- un proceso. Las futuras ediciones anuales de este barómetro permitirán conocer la evolución del imparable proceso de alargamiento de la vida que llevará a España a ser el país más longevo del planeta y con la más numerosa población con edad.

 Qué buena noticia para los que vivimos en España, pero qué pena que se haya trasladado a la sociedad como una pesada carga. “Invierno demográfico” o “tsunami poblacional” se han usado peyorativamente para calificar el envejecimiento español olvidando que España es uno de los países del mundo con mayor calidad de vida, también para los mayores.

 Un barómetro no solo es un informe, sino que el origen del término reside en el instrumento que mide la presión atmosférica. Los primeros barómetros datan del siglo XVIII y tomaron su nombre del griego, baro “pesadez” y metro “medida”.  Pesada, como la raíz de esta palabra, es la insistencia en vincular el increíble alargamiento de la vida con dramáticas consecuencias sin tener en cuenta las externalidades positivas. Presión, como la que mide el barómetro atmosférico, es lo que los directores del estudio, Juan Fernández Palacios y yo mismo, pretendemos conseguir con este informe para que la sociedad española conozca la realidad de la población mayor, a través de sus hábitos de consumo, y pueda aprovecharse de las oportunidades que se abren para empresas y profesionales. Aquellos territorios que se adelanten a la conocida como economía plateada o silver economy recogerán sus frutos.

Con esta primera edición del Barómetro del Consumidor Sénior hemos conocido la realidad del colectivo de mayores de 55 años en España. Frente a los estereotipos que se han instalado en nuestra sociedad, fruto de siglos y siglos en los que la vida activa y sana finalizaba con los sesenta años, el estudio del Centro de Investigación Ageingnomics demuestra una realidad bien distinta. Los adultos mayores españoles compran por internet y apenas acuden al médico. Son optimistas con su futuro, pero a la vez prudentes y ahorradores. Nunca hubo una población mayor que se cuide tanto y con tanto patrimonio e ingresos. Tienen la intención de vivir muchos años en su hogar, aunque tendrán que renovarlo porque la mayoría no están adaptados a la dependencia. Apenas hay mayores desconectados y su ocio, como el del resto de cohortes, está vinculado a los restaurantes, comprar y turismo; una garantía para cuando llegue la vacuna y estos sectores tan dañados por la pandemia, necesiten su impulso, pero también para otros emprendedores que comenzaran a emprender en la economía plateada.

 

Iñaki Ortega es director de Deusto Business School y profesor de la UNIR

lunes, 25 de noviembre de 2019

Casandra y las pensiones


(este artículo se publicó originalmente en el diario El Correo el día 24 de noviembre de 2019 )

El síndrome de Casandra es aquella situación en la que alguien predice un hecho certero, pero nadie le cree. Se habla de ese síndrome cuando no nos atrevemos a ser sinceros por las consecuencias que puede tener. Casandra era una sacerdotisa del templo del dios Apolo. Éste, para conseguir su amor, le ofrece el don de la profecía. En el momento que recibe la capacidad de adivinar el futuro, Casandra rechaza a Apolo, lo que lleva al dios a vengarse de su amada incluyendo en el don otra característica: nadie creerá sus pronósticos. Casandra vaticinó la caída de Troya, pero nadie le dio crédito; previó su propia desgracia, pero tampoco pudo evitarla. A los autores de este artículo el mito de Casandra se nos viene a la cabeza cada vez que explicamos el futuro de las pensiones en España.

El sistema de pensiones es uno de los grandes éxitos de nuestro Estado del Bienestar porque ha conseguido que la vejez no sea sinónimo de pobreza. Las sociedades avanzadas organizaron en los últimos años del siglo XIX sistemas para garantizar que cuando las personas dejaban de trabajar a causa de la edad dispusieran de, al menos, una renta básica mensual. Entre otros aspectos se fijaron los 65 años como la edad para dejar de trabajar. Pero hoy el problema en todos los países avanzados es de fondo y se resume en cómo adaptarse a las tendencias demográficas para seguir ofreciendo pensiones adecuadas.

A principios del siglo pasado apenas 1 persona de cada 100 llegaba a los 65 años; hoy son 9 de cada 10.  En España, en 2030 el 25 por ciento de la población tendrá derecho a una pensión porque superará los 65 años, de manera que la previsión es que en 2050 cada trabajador tendría que sostener a un pensionista, exactamente un pensionista por cada 1,34 trabajadores. En la Alemania de Bismarck -el primer país que puso en marcha el actual sistema de pensiones- se estimaba como mucho una supervivencia de una década, hoy la esperanza de vida germana a los 65 años supera los 20 años. En España conforme a datos del INE, los años efectivos de percepción de la pensión superan los 23. De hecho, según BBVA, en España todas las aportaciones al sistema público de pensiones que ha hecho un trabajador que se jubile ahora mismo se agotan tras 12 años de pensión, cuando le quedarían, conforme a su esperanza de vida, otros 9 años de vida.

Como Casandra, los autores de este artículo queremos atrevernos a decir la verdad, aunque esperamos tener más predicamento que la joven helena. Las pensiones cada año serán más bajas y de una tasa de reposición menor. Es decir, en un par de décadas el porcentaje del último sueldo que cubre la pensión pasará del 80% actual a un 50% de este. Pero aún estamos a tiempo de revertir este proceso si aplicamos dos soluciones. Por una parte, incrementar la tasa de ahorro de los españoles y, por la otra, la necesidad de extender en parte el período de vida laboral. Si asumimos que las pensiones públicas irremediablemente serán más bajas, la gran mayoría de la población tendrá un serio problema ya que sólo tiene esa fuente de renta en su retiro. Pero existe una medida para garantizar el nivel de vida de las personas tras su jubilación, y es diversificar las fuentes de renta de los futuros jubilados cuando tienen capacidad de ir acumulando; es decir, mientras trabajan. En resumen, habrá que ahorrar más. En este sentido, la mayoría de los países de nuestro entorno han creado mecanismos de ahorro, más o menos obligatorios, para que grandes capas de la población vayan constituyendo un patrimonio complementario a la pensión pública. España es uno de los pocos que aún no lo ha hecho. Este retraso no es inocuo, a lo largo de toda la vida labora cada mes un español está ahorrando 100 euros menos que un sueco, alrededor de 80 menos que un británico o un holandés, o 44 euros menos, cada mes a lo largo de toda la vida, que un ciudadano que viva en Francia. No es una quimera conseguirlo. En nuestro país, en Guipúzcoa, la exitosa experiencia de GEROA, con los planes de pensiones de empleo, nos anima a defender estos pilares alternativos de ahorro. De hecho, hoy dos de cada tres trabajadores de ese territorio se benefician de una pensión complementaria a la pública que les iguala en ingresos para la vejez con sus vecinos franceses.

Trabajar más es la segunda medida que, como Casandra, nosotros nos atrevemos a reivindicar también en esta reflexión. No hablamos solamente del desplazamiento progresivo de la edad de retiro hasta los 67 años que la mayoría de los países europeos estamos implementando. Nos referimos a la necesidad de parar el edadismo, o la discriminación que sufren los mayores en el mercado laboral. Si conseguimos revertir ese proceso y acercarnos a tasas de actividad de los trabajadores mayores de 55 años equivalentes a economías como Nueva Zelanda o Suecia, no solo conseguiremos mayores ingresos para afrontar el futuro, sino una economía más grande que soporte mejor nuestro sistema del bienestar.

Iñaki Ortega es director de Deusto Business School y Antonio Huertas es presidentre de MAPFRE. Ambos son autores del libro LA REVOLUCIÓN DE LAS CANAS

domingo, 27 de mayo de 2018

Los 60 años de hoy son los nuevos 40

(este artículo se publicó originalmente el 21 de mayo de 2018 en el diario La Información en la columna semanal #serendipias)

Juan se disponía a abrir el regalo de sus hijos después de soplar las velas por su sesenta cumpleaños. No tuvo que fingir, su alegría era sincera, eran unas botas de fútbol, eso sí con tacos para césped artificial, el campo en el que semanalmente juega con una docena de colegas.

Diez años antes, Antonio, con la misma edad que hoy tiene Juan, contó a su familia que ya no tendría que volver a trabajar. Había sido prejubilado. Sus hijos se alegraron pero rápidamente le dijeron: “qué pena, Papá, que con lo bien que estás con sesenta años, tu empresa no quiera que sigas”.

Juan es uno de los principales directivos del sector seguros en España, practica un deporte tan exigente como el futbol y además no piensa en ningún momento en retirarse. Antonio volvió a trabajar en 2012 para formar parte del comité de dirección de uno de los principales cinco bancos de nuestro país, donde sigue al día de hoy con sus más de setenta años, y más contento que nunca.

Lucila en plena transición española ayudó a crear uno de los principales think tanks de nuestro país; en 1989 le tocó fundar otra asociación de directivos a la que sigue ligada con la máxima dedicación a pesar de que el calendario le exigiría no estar en activo.

Juan, Antonio y Lucila no son personajes inventados. Existen y son reflejo de una realidad que cada vez tiene más fuerza. De hecho si miramos a nuestro alrededor veremos que no son excepción y que la gran mayoría de sexagenarios no solo están en forma sino que les queda suficiente fuerza para seguir trabajando fuera o en casa –ayudando a la familia-.

La vida ha cambiado mucho en pocos años. Para los padres de nuestros protagonistas la vida activa comenzaba a terminar cuando entraban en la década de los sesenta y de hecho se hablaba de que pasaban a la tercera edad, después de la juventud y la madurez. La tercera edad era la última y además la más corta de esas etapas vitales, baste recordar que en 1960 la esperanza de vida al nacer  en España era de 67 años.  Hoy en cambio una persona que supera los 60 años tiene por delante un mínimo de 20 años de vida pero además con una calidad, economía y autonomía inimaginable el siglo pasado.

El prestigioso Instituto Max Planck propone acuñar el concepto de cuarta edad porque los 72 años de ahora equivalen a los 30 años de hace 2.000 años. Yo no me atrevo a ir tan lejos en el tiempo y simplemente quiero recordar que no son pocos los científicos que suscriben al respecto de la vejez la teoría de la edad prospectiva. Para Scherbov y Sanderson la clave son los años que nos quedan de vida, no los que ya hemos cumplido. La edad prospectiva, por tanto, no se fija en tu fecha de nacimiento sino que ,para estos expertos en demografía, la vejez comienza una docena de  años antes de morirte. Si en España la esperanza de vida hoy supera los 83, pero en apenas una década estaremos en los 90 años, estaremos en disposición de trabajar (porque no seremos viejos) hasta los 75 años.

No solo el indicador de la esperanza de vida nos lleva a la tesis que titula este artículo, también el progresivo aumento de la edad de jubilación, las cada vez mejores estadísticas sanitarias, la edad de los turistas y el protagonismo en el consumo de esta cohorte de edad. Cumplir hoy 60 años supone tener por lo menos una década por delante de actividad profesional y buena salud, exactamente igual que a mediados del siglo pasado suponía cumplir 40 años.

El barómetro VidaCaixa retrataba hace unos meses a los jubilados españoles en el que la edad media de jubilación es 62 años y siete de cada diez se sienten jóvenes para hacer todo tipo de actividades y aprender cosas nuevas. De modo y manera que las personas con más experiencia están en disposición de seguir aportando y mucho a la sociedad, también en la actividad profesional. La Fundación San Prudencio ha ayudado a ello con una reciente encuesta a directivos en la que demostró que los trabajadores seniors no son más absentistas, pero sí son más disciplinados, no tienen resistencia a aprender cosas nuevas ni son menos productivos ni tienen más accidentes. En cambio sí son más leales y tienen más experiencia y ética en el trabajo.

Es ya una tendencia en el Reino Unido y en Estados Unidos contratar a mayores de 55 años en las compañías, no solo se valora la experiencia, sus redes de contactos y conocimiento sino también las nuevas fórmulas de flexibilidad que abaratan sus costes para la empresas y sobre todo la motivación y fidelidad frente a otras generaciones.

Por todo lo anterior podemos afirmar con Juan, Antonio y Lucila, sin temor a equivocarnos, que los 60 de nuestros días son los nuevos 40.






lunes, 19 de marzo de 2018

Trabajo Permanente Revisable

(este artículo se publicó originalmente el 19 de marzo en el diario La Información en columna semanal serendipias)

En muchas ocasiones nos quejamos que los debates en el Congreso de los Diputados están muy alejados de las preocupaciones de la ciudadanía así que cuando pasa lo contrario hay que reconocerlo. Esta semana los partidos políticos debatieron en Cortes Generales dos asuntos que a una mayoría nos quitan el sueño y que afectan al futuro de los más débiles. El bienestar de las personas mayores con la sostenibilidad de las pensiones y la seguridad de nuestros hijos con la prisión permanente revisable. La Carrera de San Jerónimo se ha hecho eco de las discusiones y cuitas que los españoles hemos tenido esta semana en nuestras casas pero también en la calle. Buena noticia.

Los dos asuntos están pegados a la actualidad pero más allá de la coyuntura que nadie dude que serán estructurales en los próximos años. Me explicaré. Los demógrafos nos recuerdan que cada año ganamos tres meses de esperanza de vida, de modo y manera que si hoy en España alcanzamos de media los 84 años, será una realidad que los que nacimos en los años 70 vivamos hasta los 95 años. Una vida tan larga no estaba prevista por nuestro sistema de previsión social, diseñado cuando pocas personas (y pocos años) sobrevivían a la jubilación. Tampoco el código penal se diseñó pensando en vidas casi centenarias. Cumplir condenas de muchos años de cárcel suponía un tercio de la vida en el siglo pasado y de facto una cadena perpetua; hoy es muy diferente y por las buenas noticia de los avances médicos y la mejora de la calidad de las instituciones penitenciarias, ponerse al día con la justicia no es incompatible con tener largos años posteriores de vida en libertad. 

Dejando de un lado las connotaciones éticas del debate,  me centraré en esta reflexión semanal en otras consecuencias económicas que tiene el alargamiento de la vida. Porque no sólo afectará al sistema de la seguridad social, que parece evidente, sino que como acabamos de ver hay más asuntos sobre los que impactará que no son tan previsibles. La salud, el ocio y el consumo pueden estar en ese primer bloque de asuntos que tenemos en la cabeza porque como reza un reciente informe de BNP Paribas en el año 2020 el 40% del consumo mundial vendrá de los mayores de 65 años pero también hay que recordar que la tasa de dependencia será en España en 2040 de un 79% frente al 53 % actual. Por ello entre los asuntos que se verán afectados por el alargamiento de la vida y quizás no tenemos todavía en la cabeza estarán la formación y los empleos. En el mundo, nos dice la ONU, hay 900 millones de personas que superan los 65 años pero en 2050 serán 2100 millones. Solamente en España hoy son el doble los mayores de 50 años que los menores de 18 años.

La longevidad exigirá más años de vida laboral –porque nos lo podremos permitir por salud y nos lo exigirá nuestro bolsillo- lo que unido a la velocidad de los cambios tecnológicos hará imposible trabajar sin actualizar la formación recibida en la universidad. De hecho volveremos cada pocos años de nuevo a las aulas incluso siendo sexagenarios porque será la única vía para seguir en el mercado laboral. Surgirán nuevos empleos para adaptar las ciudades a una población envejecida por ejemplo con casas inteligentes, coches autónomos y hasta exoesqueletos. Las administraciones no tendrán otro remedio que penalizar las jubilaciones anticipadas e incentivar que los más mayores sigan en activo con empleos por cuenta propia o a tiempo parcial. El informe GEM atestigua que los mayores de 65 años tienen ya una tasa de emprendimiento del 13% superior al 11% de los jóvenes españoles de menos de 29 años. Las empresas, especialmente en nuestro país con apenas un 29% de ellas con planes de retención del talento sénior frente al 52% de la media europea, pondrán en valor  la experiencia acumulada, la ética y la capacidad de solucionar problemas de la generación de las canas –como ha sido bautizada por la OCDE-

Una persona mayor trabajando será algo a cuidar e incentivar porque no solo garantizará más ingresos para su familia y conforme cada vez más estudios confirman mayor felicidad, sino que además apuntalará el estado de bienestar. Pronto este debate también debería llegará al Congreso. Porque trabajar más años, en diferentes empleos y con diferentes regímenes no será una condena sino que será la salvación.

NOTA: Este artículo se inspiró en la charla TEDx del secretario general del Círculo de Empresarios, Jesus Sainz