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lunes, 18 de noviembre de 2019

Los unicornios

(este artículo apareció publicado originalmente el 18 de noviembre de 2019 en el diario 20 minutos)

Es habitual que los economistas nos inspiremos en animales para conseguir analogías que expliquen sucesos complejos. Los cisnes negros (animales que predicen una catástrofe) han sido mencionados estos días ante la posibilidad de un acuerdo político en España que nos lleve al populismo. Los dragones asiáticos en los años 90 del siglo pasado eran los emergentes países del sudeste asiático que competían sin complejos con las potencias occidentales. Hoy te quiero hablar de un animal menos siniestro pero que tienes que conocer, te interese o no la economía, porque puede que acabes trabajando para ellos.

Un unicornio es un animal mitológico que se representa generalmente con cuerpo de joven caballo blanco además de con un gran y afilado cuerno que sale de su cabeza en la que también caben unos hermosos ojos azules. En ocasiones se le menciona con patas de antílope, cola de león y cabeza de chivo, pero siempre tiene un único cuerno que le da sus poderes porque le permite ser inmortal e invencible en la lucha. Desde antes de Cristo se ha documento el carácter milagroso de su cornamenta y los poderosos de todas las épocas han buscado beber pociones hechas con ese cuerno para alcanzar la vida eterna.

Pero hoy, en el mundo empresarial, un unicornio es una compañía muy poco común que consigue en los tres primeros años de vida una capitalización global superior a mil millones de dólares. Seguro que conoces a la americana Dropbox que te ayuda a colgar tus archivos en la nube o la alemana Zalando con la que compras moda por internet, ambas son unicornios como también lo es AirBnB para conseguir hacer turismo sin pagar caros hoteles. No es algo tan ajeno a ti porque en España también tenemos unicornios que superan la valoración de un billón, usando la terminología americana. Cabify en el trasporte de personas en las ciudades o Glovo en la comida a domicilio, engrosan la lista de estos nuevos “seres fantásticos”.

Estas empresas son el objeto de deseo de todas las grandes corporaciones como lo era el cuerno del unicornio en la Edad Media para los reyes ansiosos de alcanzar la inmortalidad. La explicación es sencilla, las empresas y los humanos seguimos tendencias contrarias.  Me explico: las niñas que están naciendo en nuestro país vivirán más de 100 años, en cambio la edad media de las empresas no ha dejado de caer en el último siglo. La vida media de las empresas más importantes del mundo ha pasado de 65 años en 1955 a apenas 15 años hoy día. Éste será un proceso de regeneración increíble de la población de las grandes empresas, en el que sólo sobrevivirán unas pocas que practiquen un nuevo liderazgo y una nueva capacitación que sí poseen los unicornios.

Por eso te decía que trabajarás para estas “mitológicas empresas” y aunque pienses que esos “poderosos” les encontrarán antes que tú, no olvides que los unicornios, tal y como nos ha llegado a nuestros días en sucesivas leyendas, solo se aparecen ante personas puras.

Iñaki Ortega es director de Deusto Business School y profesor de la UNIR



miércoles, 2 de octubre de 2019

De Elcano a Cabify. España emprendedora

(este artículo se publicó originalmente en el diario La Información en la sección serendipia el día 1 de octubre de 2019)

El éxito de España en el siglo XVI ha inspirado a muchos economistas, no solo patrios, para explicar conceptos como el emprendimiento, la inversión, la innovación e incluso las multinacionales. Todavía con la resaca del 500 aniversario de la primera vuelta al mundo liderada por Juan Sebastián Elcano, se acerca la efemérides del 12 de octubre lo que me lleva a recordar que el descubrimiento de América es considerado uno de los primeros grandes emprendimientos de éxito de la Humanidad. Si definimos al emprendedor como aquella persona que acomete con resolución una empresa dificultosa o azarosa, pocas tareas son tan hercúleas como las que lideraron Cristóbal Colón o Elcano con la ayuda de Magallanes.
Los economistas sitúan el antecedente de las primeras empresas multinacionales en las compañías de indias europeas pero también en la “empresa” de los Reyes Católicos y Colón que permitió atravesar el Océano Atlántico y crear “delegaciones” de España en numerosos territorios americanos, que se han mantenido cinco siglos después gracias al legado del idioma castellano. En el II informe sobre el estado del emprendimiento corporativo en España que en breve verá la luz, los investigadores de Deusto Business School situamos también el germen de las hoy muy codiciadas startups globales en las expediciones españolas del siglo XV. Solamente se explica, dice el estudio promovido por el Centro Internacional Santander Emprendimiento (CISE),  la aparición del emprendedor global por la globalización y el auge del emprendimiento, Las nuevas empresas globales nacen como tal también gracias a la disrupción de internet (los expertos lo sitúan en el año 1994 con el código abierto de la red de redes) que democratiza el acceso a la tecnología y permite la desaparición de las barreras de entrada en una gran mayoría de industrias y países del mundo. Los emprendedores globales se apoyan en las startups (empresas nacientes con alto componente tecnológico) que fundan para “seducir” en sectores tradicionales a los clientes a lo largo y ancho del mundo. Efectivamente se empieza a hablar de estas empresas a finales del siglo pasado pero el pinchazo de la burbuja de las puntocom -unos pocos años después- ralentiza el fenómeno por la desconfianza en su solvencia. Pero conforme avanza el siglo y comienzan a aparecer referentes de esta nueva tipología como UBER en Estados Unidos o Spotify en Europa, las startups globales se convierten en el objeto de deseo de las grandes corporaciones. Términos como born global o unicornios, se usan también también para referirse a estas empresas. Una empresa born global es aquella que nace con el objetivo de internacionalizarse, de convertirse en global desde su nacimiento y para ello se diseñan, es decir que nacen con un plan de negocio, una plantilla y una localización social que lo facilite. Un unicornio, inspirándose en el tan buscado animal mitológico, es una empresa muy poco común que consigue en los tres primeros años de vida una capitalización global superior a mil millones de dólares. Airbnb, Dropbox o la española Cabify en la industria del turismo, la tecnología o el trasporte respectivamente, son ejemplo de startups globales a la vez que unicornios. A la vista de lo anterior podemos concluir que las hazañas españolas de hace cinco siglos tenían mucho de unicornios y sin duda eran empresas globales. Juan Sebastián Elcano, Francisco Pizarro o Cristóbal Colon y Juan de Antonio, el fundador de Cabify, a pesar de que les separaron 500 años, no eran tan diferentes.
El reciente informe dirigido por el economista jefe de Arcano, “España. Nación Emprendedora” comienza explicando cómo el éxito de la nao Victoria, al ser el primer barco que dio la vuelta al mundo, es una buena práctica de innovación. Ignacio de la Torre argumenta que la hazaña de Elcano se basó en tres pilares que al día de hoy se mantienen para cualquier gran innovación. A saber, ecosistema de conocimiento, financiación abundante y recursos humanos emprendedores. Este mismo informe recuerda la frase del CEO de Intel cuando fue cuestionado por la rentabilidad de sus disruptivos planes. “¿Alguién se hubiera atrevido a preguntar a Cristobal Colón por la rentabilidad de descubrir América”. Pero 500 después, el ecosistema español tiene unas carencias que leyendo las recomendaciones de Arcano hay que trabajar intensamente no para volver a ser referentes sino simplemente para sobrevivir. Facilitar la inversión en startups con cambios regulatorios e incentivos fiscales; fomentar la unidad de mercado y las ayudas públicas a la I+D+i; adaptar el sistema educativo a la cuarta revolución industrial y acercar las Fuerzas Armadas al mundo educativo y empresarial, entre otras cuestiones.
Por ello, tampoco a nadie debe sorprenderle que en 2012 en el contexto de un ambicioso paquete de medidas de apoyo al emprendimiento en España, el gobierno promoviese una herramienta financiera para ayudar a las empresas nacientes con el nombre de la reina que financió las innovaciones españolas de su siglo de oro.  Desde entonces el Fondo Isabel La Católica proporciona capital a business angels y otros inversores no institucionales con el objetivo de financiar empresas innovadoras a través de coinversiones. El fondo está gestionado por el FEI -Fondo Europeo de Inversiones- y representa el capítulo español de una iniciativa paneuropea -el European Angels Fund- que tiene como propósito promocionar y apoyar la colaboración internacional entre los llamados ángeles inversores y los vehículos patrimoniales de ahorro e inversión (family offices) contribuyendo a que estos inversores no institucionales se conviertan en una verdadera alternativa de capital para emprendedores y empresas de carácter innovador. El Fondo Isabel La Católica, por tanto, trabaja conjuntamente con los business angels ampliando su capacidad inversora en España invirtiendo con ellos pero sin interferir en la toma de decisión ni en la gestión de las inversiones.
Estos días hemos conocido que el Presidente Sánchez con motivo de su discurso en la Asamblea de Naciones Unidas «ha hecho las Américas». Reunido con los más importantes fondos de inversión del planeta les manifestó las ventajas de invertir en nuestro país. Buena noticia si los pactos postelectorales no lo impiden. Hasta entonces quedémonos con algunos nuevos «descubridores españoles» que con sus startups están encadilando a inversores y grandes empresas. Gas2Move desde Madrid en el trasporte ecológico de última milla, los bilbainos de Ubikare en los servicios médicos a domicilio para el envejecimiento y los hispano-filipinos de Ringteacher con la enseñanza online de idiomas.

Iñaki Ortega es director de Deusto Business School y profesor de la UNIR

martes, 30 de octubre de 2018

De Madrid a Davos en Cabify

(este artículo se publicó originalemente el 29 de octubre de 2018 en el periódico La Información en la columna #serendipias)


Klaus Martin Schwab es un octogenario alemán desconocido para el gran público. El 2 de octubre visitó Madrid y los más importantes líderes de nuestro país le recibieron a pesar de que nadie le reconociese en el aeropuerto ni un sus paseos madrileños. Pero hasta el presidente del Gobierno Pedro Sánchez y los presidentes del PP y Ciudadanos, Pablo Casado y Albert Rivera se entrevistaron con él además de los más altos responsables de las principales empresas españolas. Schwab es tratado como un alto mandatario cada vez que visita un país aunque solamente sea un profesor basado en Suiza. La explicación reside en que este anciano a finales de los años sesenta, entonces recién doctorado como economista, promovió una serie de encuentros empresariales que dieron lugar, en 1971, a la creación del Foro Económico Mundial, WEF (World Economic Forum), por sus siglas en inglés. Desde entonces todos los años en la localidad suiza de Davos convocados por el viejo profesor acuden los personajes más poderosos pero también los más inspiradores del planeta. Schwab no solo creó un evento anual sino una organización que es capaz de atraer el mejor talento para producir documentos informes e índices de alta calidad sobre la economía, la empresa y las instituciones. El propio profesor ha dejado por escrito trascendentes reflexiones en el libro “La cuarta revolución industrial” (Editorial debate, 2016) que conviene releer estos días que tanto nos preocupa la coyuntura económica y el impacto de la tecnología en el futuro de nuestro país.

El profesor Schwab aprovechó su visita a Madrid para reunirse en la sede de Deusto Business School en Madrid con un grupo de jóvenes talentos que él mismo apadrina y que son conocidos en el WEF como global shapers. Tuve el honor de saludarle y escuchar cómo contaba a estos emprendedores millennials la historia del nacimiento del foro de Davos. Después de graduarse como ingeniero en Zúrich y economista en Friburgo fue contratado por la asociación de empresas alemanas de maquinaria e instalaciones para elaborar un informe. Los industriales alemanes querían saber en aquellos años sesenta qué estrategias debían acometer para mejorar su competitividad. El profesor puso negro sobre blanco en aquel informe que la respuesta no se la daría él sino los “agentes interesados” en sus empresas. Con ese concepto de agentes involucrados o interesados se refería a que los empresarios debían pensar más allá de sus intereses y los de sus accionistas para tener en cuenta la opinión de sus clientes, proveedores, competidores, trabajadores, medios de comunicación e instituciones públicas. La conclusión de su estudio para ese cluster alemán fue que era preciso organizar unas jornadas para juntar a todos esos “interesados”. Años más tarde este concepto se popularizó por el americano Freeman con el vocablo anglosajón stakeholders. Precisamente porque Schwab no buscó un interés académico sino uno más práctico optó por volcar todo su talento no en escribir la teoría de los “agentes interesados” sino en conseguir que los más importantes agentes pudiesen encontrarse y compartir experiencias una vez al año.

La tesis del fundador del Foro Económico Mundial sobre la trascendencia del momento actual se apoya en la conocida como cuarta revolución industrial que no se define solamente por un conjunto de tecnologías emergentes como el big data, la inteligencia artificial o el internet de las cosas. Va más allá porque impone una velocidad de cambio, alcance e impacto inédito en la historia de la civilización que modificará nuestra forma de vivir, trabajar y relacionarnos. Pero nada de esto sería posible si no hubiera habido una primera revolución industrial entre 1760 y 1830 con la introducción de las máquinas en la cadena de montaje. O una segunda, a
mediados del siglo XIX que con la electricidad hizo posible la manufactura en masa. Finalmente la tercera, ya avanzado el siglo XX, permitió con las tecnologías de la información y comunicación, la llamada globalización. Schwab cree que esta revolución es radicalmente
diferente a cualquiera sucedida hasta ahora por tres razones. La primera es la exponencialidad frente al crecimiento lineal de las anteriores. La segunda por su alcance global “weltangchauung” en alemán y por último por las tensiones cada vez mayores que aparecerán causadas por los populistas nacionalistas. Poco halagüeño el panorama que nos espera sino seguimos los consejos que periódicamente el WEF nos traslada en sus informes y que se pueden resumir en más libertad y democracia para que la innovación y el emprendimiento aporten todo su potencial a los territorios que los promuevan.

El fundador de Davos invitó a su reunión aquella tarde del 2 de octubre en Madrid a la empresa Cabify presente en más de 14 países y primer “unicornio” español, con una valoración que supera los 1.400 millones de dólares. El economista alemán se congratuló que desde España surgiesen iniciativas de este tipo que aprovechan las nuevas tendencias de la movilidad y los puso como ejemplo del camino a seguir. Nunca pudo imaginarse que el mismo presidente del Gobierno que unas horas antes le había recibido tan calurosamente en el Palacio de la Moncloa, unos pocos días antes había firmado un decreto para impedir la libre competencia, que tanto defiende Schwab e impedirá que otros Cabify surjan en nuestro país. Pero quedémonos con la buena noticia de que todavía hoy puede viajarse de Madrid a Davos en Cabify.

Iñaki Ortega es profesor de Duesto Business School y la UNIR

miércoles, 3 de enero de 2018

Uber, Macron y Trump frente a la desintermediación

(este artículo se publicó originalmente el 1 de enero de 2018 en el diario La Información dentro de la columna #serendipias)


No intente buscar la palabra desintermediación en el diccionario. No existe en castellano a pesar de que los economistas la usamos habitualmente para describir el proceso gracias al cual la relación entre productor y consumidor será cada vez más eficiente.  Como muchos otros términos empresariales es un calco del inglés, en este caso, del vocablo «disintermediation». 

Comenzó a usarse el siglo pasado en el argot bancario para expresar el fenómeno que eliminaba intermediarios en determinadas operaciones financieras de modo y manera que los inversores pudiesen operar directamente. La irrupción de internet convirtió la desintermediación en el santo grial a buscar ya que haría posible un mundo feliz sin intermediarios, con oferentes y demandantes plenamente satisfechos. Según los exégetas de la desintermediación la economía digital permitiría balancear el poder desde las grandes corporaciones hacia los pequeños proveedores y los indefensos clientes. Incluso se acuñó el acrónimo P2P (peer to peer) para definir esa arcadia feliz en la que  empresas y clientes se comportarían como una red de iguales. Así pasarían a la historia los viejos modelos B2C (business to consummer). Hasta el laureado profesor Jeremy Rifkin inventó la palabra “prosumidor” para reflejar que, con la nueva economía digital, los ciudadanos seríamos productores y consumidores a la vez. 

Pero este mes de diciembre, la aparición de tres noticias casi simultáneas, nos lleva a concluir que no vamos por el buen camino para desintermediar nuestra economía. Casualidad o causalidad es algo que dejo a la voluntad del lector de esta columna que por algo tiene el título de serendipia.

Este 14 de diciembre la Comisión Federal de Comunicaciones de Estados Unidos revocó la llamada neutralidad de internet,  auspiciada por el anterior inquilino de la Casa Blanca, que garantizaba que ningún operador permitiese un acceso discriminatorio en la red de redes. Más allá de la nueva regulación de la era Trump, deberíamos preguntarnos si diez años después de superar los mil millones de usuarios de internet hemos avanzado en la desintermediación o, en cambio, se han propiciado, por mucha «neutralidad» vigente, nuevos intermediarios con más poder que nunca como, por ejemplo, Amazon, Facebook o Google.

La segunda noticia fue la sentencia del Tribunal de Justicia de la Unión Europea de 20 de diciembre en la que se daba la razón a los taxis frente a Uber, al considerar a esta última como un servicio de transporte y no una plataforma tecnológica.  A este respecto cabe preguntarse, más allá de la decisión del Tribunal y el ulterior desarrollo en los países miembros, si la llegada de Uber y otros operadores a Europa ha eliminado agentes en la cadena de prestación del servicio de transporte terrestre o bien ha creado uno nuevo más (y con menor control público), como son las plataformas Uber o Cabify.

Por último, esta Navidad un periódico español ha nombrado a Emmanuel Macron el personaje del año tras ser elegido en 2017 presidente de Francia. Entre los méritos que citaba el sesudo análisis periodístico, estaba haber llegado a la República gala sin un partido político detrás. «El triunfo de la desintermediación en la política». Pero si quitamos un poquito de la tradicional fascinación patria por nuestros vecinos encontraremos que, no tener detrás un partido convencional, no significa precisamente que hayamos ganado en transparencia. Más bien al contrario, puesto que los viejos partidos franceses han sido sustituidos por poderosos lobbies más opacos si cabe.

El diccionario de Oxford ha considerado la palabra del año las llamadas “fake news”. La Real Academia de la Lengua Española ha incorporado nuevas palabras también este año como hacker porque quiere acercar el diccionario a la realidad del uso popular. Hasta la Fundacion del Español Urgente, Fundeu,  se ha apuntado a esta moda y  ha considerado «aporofobia», el neologismo de la profesora Adela Cortina que expresa el odio o rechazo a la pobreza, como la palabra del año en castellano. Oxford, la RAE y Fundeu reconocen con esas palabras preocupaciones ciudadanas. 

Podríamos seguir citando listas de palabras de otras instituciones pero no merece la pena porque en ninguna de ellas encontraremos la desintermediación. Y me temo que detrás de esa ausencia encontramos una de las enseñanzas del año 2017 y es que eliminar ineficientes intermediarios en la economía cada vez interesa menos.