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lunes, 19 de abril de 2021

Muchos zombis, no solo en la economía

(este artículo se publicó originalmente en el diario 20 minutos el día 19 de abril de 2021)


Los economistas llevamos unos meses enfrascados con este asunto de las empresas zombis. Han cogido su nombre de los zombis porque son como muertos que han resucitado por arte de magia. Una compañía zombi es aquella incapaz de pagar los intereses de su deuda con sus beneficios y no cierra, sólo porque refinancian su deuda debido a los bajos tipos de interés de estos años. Ahora en plena pandemia a esta categoría se han unido miles de empresas que sobreviven exclusivamente gracias al arsenal de ayudas públicas en forma de avales, créditos blandos o moratorias concursales. El debate reside en si conviene dejar que vayan a la banca rota y perder empleos o que vivan gracias a los impuestos de todos.

La palabra zombi figura desde hace unos años en el diccionario y aunque su origen es africano se incorporó a nuestro idioma procedente del inglés. Zombi es aquella persona que se supone muerta, pero es reanimada por arte de brujería con el fin de dominar su voluntad. Si eres de mi edad te acordarás del mítico video de Michael Jackson bailando con zombis en un callejón mientras cantaba una pegadiza melodía. En cambio, los millennials tienen en la cabeza la famosa serie de televisión The Walkind Dead con esos zombis que vienen a invadir Estados Unidos. Los más jóvenes, la generación z, saben mucho de muertos vivientes porque aparecen en los videojuegos, comen cerebros y no se les mata con una bala.

Lo que igual no nos hemos dado cuenta es que más allá de las pantallas y los censos empresariales, hay otros zombis en nuestra vida.  Esos amigos de la infancia que ya no soportas pero que sigues llamando en Navidad o esos aburridos primos que la última vez que saludaste fue en una boda hace años. Relaciones muertas pero que se sostienen por formalismos. Pero aún hay más: ministros y partidos que siguen vivos -políticamente- porque nuestro sistema lo permite, aunque todos sepamos que están muertos para sus electores. Funcionarios indolentes protegidos por una oposición. Aficiones que nunca retomarás, pero patines o tablas de surf siguen acumulando polvo.  Matrimonios acabados que permanecen juntos para pagar la hipoteca. Trajes que nunca te volverás a poner pero que te supera tirarlos a la basura. Directivos fracasados que lideran la nada a la espera de que alguien pite el final del partido. Profesores que siguen enseñando lo mismo que hace cuatro décadas, sin cambiar una coma, porque su posición les blinda. Todos, están muertos pero mantenidos artificialmente por intereses espurios.

En el vudú siempre hay alguien que maneja el zombi, pero en la vida real nosotros tenemos la capacidad de acabar con esas prácticas zombis. Los economistas discutimos si lo mejor es evitar las quiebras con subvenciones o bien dejar de malgastar los fondos públicos. A ti te toca decidir si quieres enterrar de una vez esos zombis que están en tu vida o si prefieres que sigan molestándote.

Iñaki Ortega es doctor en economía y profesor de la Universidad Internacional de La Rioja-UNIR-

lunes, 31 de agosto de 2020

¿Quién cuida a las empresas? Las catástrofes que no se ven

 (este artículo se publicó originalmente el 31 de agosto de 2020 en el diario 20 Minutos)


El final de agosto ha traído inundaciones e incendios; casas anegadas por las tormentas, pueblos desalojados por las llamas, pero por suerte también bomberos trabajando a destajo. Miedo y destrucción mitigada por policías, bomberos y miembros del ejército. Sin embargo, en las noticias de este verano además de catástrofes naturales he encontrado otros fenómenos que también están ya generando miedo en España y -si no hacemos nada- también destrucción. No pienses que hablo de los rebrotes de la pandemia, una suerte de espada de Damocles que nos ha acompañado estos meses impidiéndonos como en el mito griego disfrutar de los banquetes de Siracusa (las vacaciones) por el temor a que la afilada arma (el coronavirus) sostenida por un único pelo de la crin de un caballo (la gestión de la crisis sanitaria) se cayese sobre nuestra cabeza (un nuevo confinamiento). No. A fuerza de leer contagios y observar nuevas medidas nos hemos acostumbrado a vivir con esa amenaza porque además confiamos en que los médicos con los nuevos tratamientos y los científicos con la vacuna nos salven. Me refiero a una catástrofe quizás menos evidente pero igualmente destructiva si nadie nos ayuda. La destrucción del tejido empresarial español.

Por mi trabajo no dejo de leer la actualidad empresarial cada día y he seguido con tristeza las noticias de una gran empresa española en apuros. Duro Felguera forma parte de la historia empresarial de nuestro país. Fundada en Asturias a mediados del siglo XIX ha sido capaz de evolucionar con los tiempos, de la extracción del carbón a la siderurgia pasando por la producción de bienes de equipo y en la actualidad la gestión de complejos proyectos energéticos. No sin problemas, Duro Felguera ha sobrevivido a guerras, crisis, éxitos y fracasos. Pero ahora un virus de nombre covid19 puede acabar con mas 160 años de historia y lo que es peor dejar sin empleo a más de 2400 familias y privar a España y Asturias de una empresa multinacional e innovadora que ganaba dinero antes de la pandemia.

El coronavirus tiene a los médicos, las catástrofes a los bomberos, pero quién atiende a las empresas en apuros. Francia ha anunciado esta misma semana un plan de 100.000 millones para salvar empresas. Alemania ha aumentado estos días la dotación a su fondo billonario para salvar sus industrias nacionales. España creó a finales de julio el Fondo de Apoyo a la Solvencia de las Empresas para aquellas compañías con fuerte aportación social y económica afectadas en su continuidad por la pandemia. Tenemos la suerte de vivir, como reza nuestra Constitución, en un estado social y de derecho; o lo que es lo mismo que la ley es garante del bien común. Por eso tenemos médicos y policías, hospitales y pensiones; pagadas por los impuestos de todos los que trabajamos. Pero sin empresas en las que emplearse nada de eso sería posible. Qué buena oportunidad para consolidar nuestro Estado del Bienestar salvando empresas como Duro Felguera u otras que como las del sector aeronáutico ya no aguantarán mucho más la crisis del turismo. Qué buena oportunidad para demostrar que las empresas sí tienen quien les cuide cuando vienen malas. Qué buena oportunidad para entender que el bien común se construye desde la colaboración público-privada.

 

Iñaki Ortega es director de Deusto Business School y profesor de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR)

lunes, 15 de junio de 2020

Anestesia para la economía

(este artículo se publicó originalmente el día 15 de junio de 2020 en el diario 20 minutos)


Piensa en la última vez que fuiste al dentista. Imagina por un momento que de nuevo estás tumbado en la camilla con la boca abierta a la espera de que se pongan a funcionar las maquinitas infernales que se ocupan de los empastes. El ruido de esos chismes comienza a sonar porque el dentista ya está hurgando en tus muelas. En ese momento notas un pinchazo de dolor como un latigazo. Te quejas al doctor y dice “no te he puesto anestesia, no sabía si querías usarla”. Absurdo, ¿verdad? Todos necesitamos anestesia. No queremos que el dentista nos haga daño, queremos que nos cure sin dolor.
Algo parecido es lo que ha pasado esta semana pasada en el Congreso con la aprobación, sin votos en contra, del ingreso mínimo vital. También sucedió cuando al principio del estado de alarma hubo que convalidar los ERTEs y el programa del ICO a las pymes. Las ayudas son necesarias y sin ellas el impacto social de la crisis económica causada por la covid19 sería devastador. Todos queremos no sufrir innecesariamente. Necesitamos la anestesia de los ERTEs muchos meses más; los millones de empleados que se han quedado sin poder trabajar por el impacto del parón de actividad necesitan seguir cobrando una parte de su sueldo gracias al Estado y de paso mantener la esperanza de que volverán a sus puestos de trabajo. Hay que seguir con la anestesia de la financiación de la banca pública; el Instituto de Crédito Oficial, ha de continuar prestando dinero a muchísimas empresas que tienen que responder a sus pagos sin apenas ventas y así evitar que entren en quiebra. El ingreso mínimo vital es una buena noticia; son cientos de miles los españoles que necesitarán ese alivio para sacar adelante a sus familias en este momento en el que no habrá un mercado laboral que contrate a los más vulnerables y de otro modo los llevaría inexorablemente a la exclusión.
Los primeros dentistas usaban un lingotazo de licor para que sus pacientes se aletargaran y no sintieran dolor, incluso recuerdo a mi abuela poniéndome un poco de algodón mojado en coñac en la muela que me dolía. En el siglo pasado llegó la anestesia con el éter y de ahí a nuestros días con las sofisticadas jeringas de finísimas agujas que inyectan lidocaína en los tejidos blancos de la boca.
Queremos que el doctor nos cure, ha quedado escrito al principio de este artículo. Pero la anestesia al cabo de unas horas se pasa. La anestesia, solo provoca insensibilidad como su etimología griega nos recuerda, pero no cura. De hecho, si el diente que te han empastado está infectado seguirá doliendo al cabo de unas horas. Por ello, nuestra economía, debe tener anestesia ahora, en el peor momento y cuando más gente sufre. Pero, poco a poco, tendremos que atacar las causas del dolor de nuestra crisis -para curarnos- y sustituir la anestesia por otras soluciones que hagan posible unas nuevas y sanas bases de la actividad productiva española.

Iñaki Ortega es director de Deusto Business School y profesor de la UNIR

domingo, 31 de mayo de 2020

La generación COVID


(este artículo se `publicó originalmente el día 29 de mayo de 2020 en el diario La Información)



Mientras cerca de diez millones españoles mayores de 60 años vivieron con angustia los picos de la emergencia sanitaria, otros diez millones de compatriotas pasaban las horas confinados sin preocupación alguna.  La latencia de la COVID19 para los menores de 25 años era inexistente en su cohorte de edad frente a las tasas de dos cifras de los adultos mayores.

La pandemia ha situado a los ancianos como los principales damnificados, 9 de cada 10 fallecidos superaban los 60 años o casi 20.000 mayores han muerto en residencias. En los momentos peores de la crisis vírica se comprobó que no todas las vidas valen los mismo, el sistema sanitario aplicó el triaje sin miramientos y muchas personas de edad avanzada -ya sea en las residencias o en la soledad de su hogares- fueron abandonados a su suerte. Es por ello por lo que el Papa Francisco, ha denunciado esta “cultura del descarte” que ha privado a los mayores de su condición de persona.

El edadismo es la discriminación que sufren las personas por la edad, Hasta ahora esta palabra, quizás porque es un calco del inglés ageism estaba vinculado al envejecimiento. El conjunto de prejuicios o estereotipos que perjudican a los mayores, especialmente en el ámbito laboral, era la demostración más evidente. De hecho, España ostenta el triste récord, como nos recuerda el profesor Rafael Puyol, de ser el país europeo con menor tasa de actividad y mayor desempleo de los mayores de 55 años. Pero la COVID19 ha acentuado esa identificación de edadismo con vejez puesto que, en los peores momentos, si eras mayor, tenías menos posibilidades de ser atendido en los hospitales. A su vez se ha extendido en los medios de comunicación un infantil paternalismo para referirse a estas personas, basado en torpes estereotipos.

Pero si se consulta la Fundéu se puede comprobar que el edadismo no entiende de edades. La discriminación que define esta nueva palabra no afecta solo a los mayores, sino que es un trato a causa de la edad, sea cual sea esta última. Por eso, aunque en los primeros meses de la epidemia los mayores han sido los más perjudicados, los jóvenes (aunque aún no lo sepan) serán a partir de ahora los que se llevarán la peor parte.

El Banco de España nos anuncia más precariedad y menores sueldos para los jóvenes. Las estadísticas oficiales certifican que la mitad del empleo destruido por la pandemia corresponde a los jóvenes. Financial Times alertaba esta semana que una de cada tres ofertas en el Reino Unido para recién graduados se ha esfumado o que en Estados Unidos el 40% de los contratos de prácticas están en entredicho. La Universidad de Cambridge con ocho siglos de historia detrás no ha podido con el virus y ha suspendido sus clases el curso que viene. Universidades e instituciones de enseñanza superior de todo el mundo quebrarán dejando a cientos de miles de jóvenes colgados, lo que ha llevado al lobby de universidades británicas a pedir el “rescate” a su Gobierno. La Organización Internacional del Trabajo (OIT) ha constatado que uno de cada seis jóvenes en el mundo ha perdido su empleo, datos escalofriantes si tenemos en cuenta que la crisis económica no ha hecho más que empezar. La OIT, incluso, para España ha alertado del peligro de que el paro juvenil se convierta en algo estructural.

Desplome de las ofertas de trabajo, destrucción de empleo, estudios interrumpidos o desaparición de las prácticas son el resumen de las consecuencias que ya conocemos y que ha llevado a bautizar a los menores de 25 años como la generación COVID. Los hasta ahora conocidos como generación z, precisamente porque eran la cohorte subsiguiente a los millennials (generación y) se enfrentará a la peor coyuntura económica en España desde la Guerra Civil. Una caída de por los menos un 10% del PIB, cientos de miles de empresas en banca rota y un desempleo en el entorno del 30% no son la mejor forma para empezar una vida profesional y estos jóvenes es lo que se encontrarán en nuestro país. 

Son nativos digitales y por ello el confinamiento no les ha afectado como al resto de la población, pero quizás tantas horas en Netflix o Fortnite y la ausencia de víctimas entre sus iguales, no les ha dejado ver el drama que les viene encima. Ahora se anuncia por el Gobierno la prórroga de los ERTEs, más préstamos ICO y el ingreso mínimo vital. El peligro será que este paquete de ayudas se comporte como una anestesia que quite los síntomas, pero no la causa del dolor. Qué drama sería para una generación de españoles si las oficinas del SEPES en el desescalado toman el relevo al WIFI en el confinamiento. Porque tarde o temprano la generación COVID tendrá que enfrentarse -sin anestesia- a la realidad de un panorama económico desolador. Para ello es imprescindible pertrecharse, cuanto antes, con herramientas como la recualificación, los idiomas, el emprendimiento o el voluntariado.

El asintomatismo de los jóvenes contagiados por el virus impidió que fueran conscientes de la gravedad de la pandemia, esperemos que las medidas para luchar contra los síntomas de la crisis económica que ya tenemos encima no provoquen el mismo efecto.

Iñaki Ortega es director de Deusto Business School y profesor de la UNIR

viernes, 18 de mayo de 2018

Blockchain "primus inter pares"



(este artículo se publicó originalmente en el diario Expansión el 16 de mayo de 2018)


Las redes «peer to peer»  o «entre pares» son una interconexión de diferentes ordenadores que comparten información entre ellos sin la necesidad de terceros. Esta forma de trabajar lleva décadas estudiándose en la computación aunque ha sido ahora cuando ha saltado a la fama. Es conocida por su acrónimo  en inglés P2P que alude a la idiosincrasia de la misma que no es otra que funcionar en pie de igualdad entre pares. Algunos ejemplos de este modelo son plataformas de compras en línea como Ebay pero también empresas como Spotify o Netflix que hacen la vida más fácil a sus usuarios debido a que usan esa tecnología P2P.

Estas redes no son nuevas, de hecho en el año 2000 la empresa Napster sorprendió a todo el mundo con su servicio de distribución de archivos de música que usaba la red P2P, con gran malestar en la industria discográfica. El asunto terminó en los tribunales y Napster indemnizó a los artistas por algo que hoy es considerado como la forma normal de escuchar música. Desde entonces suele asociarse a las P2P con redes que fomentan la piratería en internet, ya que periódicamente conocemos operaciones policiales para cerrar plataformas que usan este tipo de red por compartir ilegalmente películas, violando los derechos de autor. No obstante existen gran variedad de aplicaciones que utilizan el peer to peer para operar de manera legal como la empresa Skipe que ha revolucionado la industria de la telefonía aportando imagen además de voz, todo ello en Internet y sin costes para el usuario particular.

No son pocos los académicos que sitúan estas empresas que operan, gracias a las redes P2P, dentro de lo que se ha denominado como economía crowd. La madurez de la tecnología unida a la democratización en su acceso ha dado lugar en este momento a la aparición de estos nuevos modelos. Por ejemplo la economía colaborativa pero también la apuesta por la desintermediación del blockchain y todos los conocidos como crowd (crowdfunding, crowdsourcing o crowdlending entre otros). Precisamente por la profusión de nuevos modelos con el prefijo crowd y por lo gráfico que supone pasar de un sistema económico capitalista dominado por las grandes multinacionales a uno basado en la fuerza de la multitud, de muchos pares, que empoderados toman decisiones en clave económica, ha triunfado el término de economía crowd.

La cadena de bloques, como se acaba de mencionar, es otra expresión de lo anterior en el que a una red P2P se le une un protocolo criptográfico para conseguir una base de datos descentralizada inexpugnable. Ahora, por la influencia de una de sus aplicaciones más conocidas, el bitcoin que pasó de cotizar por cero doláres en 2009 a 20.000 en 2017, vuelven las voces que restan valor a su utilidad o incluso que la sitúan en la ilegalidad.

Por ello es momento de recordar que el blockchain, es una gran base de datos distribuida, replicada en millones de ordenadores –nodos- en el mundo, que registra la información en un bloque que se une al anterior en una secuencia inmutable. La información de cada bloque se registra con un hash - estructura criptográfica-. Esto permite que la información no se pueda manipular. Ni la información en sí misma, ni su secuencia. Es por tanto un sistema P2P, en el que todos los ordenadores conectados son iguales, lo que da lugar a un sistema descentralizado que funciona por consenso entre las partes, sin nadie que lo organice o dirija.

Más allá de su evidente aplicación en las finanzas, ya se está usando en la trazabilidad de bienes como diamantes, en el intercambio de energía, en las cadenas de suministro o en el voto electrónico. Y gracias a los smart contracts (programas informáticos que usando blockchain se ejecutan automáticamente cuándo se cumplen las condiciones escritas en código), podemos intercambiar títulos y valor directamente. Sin mediadores ni intermediarios. Es solo el comienzo. Gartner pronostica que las empresas podrían incrementar sus beneficios en 176.000 millones para 2025  utilizando esta innovación y prevé un crecimiento de más de 3,1 billones en 2030. Para Cisco en el año 2027 el 10% del PIB estará vinculado a blockchain.

“Primus inter pares”, es una expresión latina que ha llegado hasta nuestros días para referirse a aquel que lidera circunstancialmente una organización pero que se encuentra al mismo nivel que los que le eligen, sus pares. Por eso blockchain, ha de ser el “primus inter pares”, la primera gran apuesta de otras muchas innovaciones que va a requerir  un enorme esfuerzo conjunto de colaboración y sabiduría -tecnológica y regulatoria-, si queremos aprovechar todo su potencial.


Mirari Barrena es abogada fintech

Iñaki Ortega es director de Deusto Business School