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domingo, 27 de junio de 2021

3, …, 1, 0 ¿la cuenta atrás para las empresas españolas?

(este artículo se publicó originalmente el día 19 de junio en el diario El Economista)


No hay equivocación en el título de este artículo. No se ha borrado el número “2” de esta particular cuenta. Lo entenderán si se animan a seguir leyendo y de paso para conocerán la mayor startup de finanzas en el planeta.

Ant Group es su nombre. Y ha llegado a esta posición gracias a ser la plataforma de pago y de servicios de Alibaba, el gigante chino del comercio electrónico. Sus resultados del año 2020 impresionan, unos ingresos de 71.985 millones de dólares que suponen un crecimiento del 62% frente al ejercicio anterior y un beneficio neto de 21.080 millones de dólares que mejora en un 85% el de 2019. Ant Group, con sede en Hangzhou, conocida como el Silicon Valley chino, controla el 70% del mercado de pagos móviles en su país China y da servicio a un total de 960 millones de clientes, en el que dos de cada diez ya están fuera de China.

La ambición de convertirse en un supermercado financiero le ha llevado a abrirse camino internacionalmente a golpe de talonario. En 2018 pagó 880 millones de euros por MoneyGram, el líder americano de las remesas. También ha invertido en la india Paytm, la tailandesa Ascent Money y la surcoreana Kakao Pay. La guinda de esta estrategia corporativa iba a ser la salida a Bolsa a finales del pasado año, la más grande de la historia con un importe total de 270.000 millones de euros, pero se canceló por el gobierno chino que no veía con buenos ojos tanto poder en una única empresa. Abrumadoras cifras e intervenciones estatales aparte, es evidente que Ant Group es un buen ejemplo de la innovación que está sufriendo las finanzas con las conocidas como fintech, empresas de nueva creación en este sector que se apalancan sobre la tecnología.

Los pagos a través de Alipay son el negocio fundamental de Ant Group, sin embargo, la empresa está creciendo rápidamente con nuevos servicios que van desde la gestión de activos hasta los préstamos y seguros. Servicios como Ant Fortune (plataforma de gestión de patrimonio), Zhima Credit (sistema de calificación de riesgos o scoring financiero además de un programa de fidelización) o Ant Forest (aplicación que busca concienciar a los ciudadanos de llevar una vida más saludable y respetuosa con el medio ambiente) son una muestra de esta diversificación.

Pero para lo que nos ocupa aquí tenemos que destacar su servicio MyBank, un banco exclusivamente digital, muy enfocado a los autónomos y a las PYMES chinas que desde su creación en 2015 ha concedido más de 290 billones de dólares en préstamos bajo el modelo 3-1-0. Una oferta imbatible que se resumen en “3 minutos para solicitar el préstamo, 1 segundo para su aprobación y 0 intervención humana”. En todo el proceso no precisan de personal alguno pues el big data y la inteligencia artificial hacen todo el trabajo. Además, lLa cantidad de información que Ant Group posee de sus clientes hace además posible tenerle permite además hacer gala del el menor nivel de impagados del sector, un 1%. Por eso nos preguntamos si el slogan 3-1-0 puede ser la cuenta atrás para la desaparición de las entidades que no sean capaces de digitalizarse a la velocidad china.

A principios de este año Jack Ma, el fundador de este grupo, aseguró que los bancos tradicionales son dirigidos como “viejas casas de empeño”. Más allá del exabrupto contra uno de sus competidores, es una realidad la debilidad de las empresas europeas de finanzas pero también del retail, y lo que es peor el desplome de sus valores bursátiles. Si las empresas incumbentes de esta parte del mundo quieren defender su cuota de mercado están obligados a innovar y prestar una atención excelente al cliente, dos áreas en las que destacan las fintech exitosas,

Por todo lo anterior se requiere una transformación completa y “enseñar a bailar a los elefantes como gacelas” que así como resumieron los investigadores de CISE en su reciente informe sobre intraemprendimiento. En la búsqueda de mantener vivo el espíritu de innovación las grandes empresas se sienten torpes, su estructura paquidérmica les impide ser ágiles como las fintechs. Pero la música está sonando, y la pista de baile se está poblando con infinidad de gacelas bailonas, de hecho, se estima que actualmente hay ya más de 20.000 fintechs operando en los mercados financieros.

Este momento recuerda a un agujero negro, donde las leyes convencionales de espacio y tiempo no resultan aplicables. Las corporaciones tienen que “desaprender” la cultura de gran empresa para volver a sentir el ansia de innovación. Esperemos que la amenaza china del “3, …, 1, 0” junto con la oportunidad del emprendimiento corporativo lleven a muchas grandes empresas a aprender a bailar como estas gacelas fintech y así salvarse.

Por todo lo anterior se requiere una transformación completa y “enseñar a bailar a los elefantes como gacelas” que así como resumieron los investigadores de CISE en su reciente informe sobre intraemprendimiento. En la búsqueda de mantener vivo el espíritu de innovación las grandes empresas se sienten torpes, su estructura paquidérmica les impide ser ágiles como las fintechs. Pero la música está sonando, y la pista de baile se está poblando con infinidad de gacelas bailonas, de hecho, se estima que actualmente hay ya más de 20.000 fintechs operando en los mercados financieros.

Este momento recuerda a un agujero negro, donde las leyes convencionales de espacio y tiempo no resultan aplicables. Las corporaciones tienen que “desaprender” la cultura de gran empresa para volver a sentir el ansia de innovación. Esperemos que la amenaza china del “3, …, 1, 0” junto con la oportunidad del emprendimiento corporativo lleven a muchas grandes empresas a aprender a bailar como estas gacelas fintech y así salvarse.

 

IÑAKI ORTEGA CACHÓN, PhD. Profesor en Universidad Internacional de la Rioja UNIR

JOAQUIN SANZ BERRIOATEGORTUA, PhD. Socio en Kereon venture capital

jueves, 4 de marzo de 2021

Empresas mutantes

 

(este artículo se publicó originalmente en la revista Actualidad Económica de El Mundo el día 28 de febrero de 2021)


La epigenética explica cómo afecta a los genes el ambiente que nos rodea hasta conseguir que muten. El término se atribuye a Conrad Waddington que en 1942 lo acuñó para analizar las interacciones causales entre los genes y su entorno dando lugar al fenotipo. Es decir que un fenotipo son los genes típicos de un determinado ambiente. Los rasgos fenotípicos no solo son físicos como grupo sanguíneo, estatura o pigmentación sino también conductuales. Popularmente se asocia fenotipo con raza o rasgos de los habitantes de un continente, pero la epigenética implica mucho más ya que se ocupa de las modificaciones químicas que sufre el ADN inducidas por mecanismos asociados a los hábitos de vida, tales como el ejercicio físico, la nutrición, el estrés o fármacos.

Por lo tanto, nuestro destino no solo depende del código genético con el que nacemos, sino que éste puede modificarse por el entorno. De hecho, muchas enfermedades graves se desarrollan por el efecto de una mala alimentación, el sedentarismo o la contaminación. La epigenética afirma que el nuevo fenotipo resultante de esos influjos externos no solo puede provocar la muerte sino también la de sus hijos ya que es hereditario.

Si eso pasa en el ser humano, qué puede suceder en una obra del hombre cómo son las empresas. Por ello se habla también de las empresas mutantes. De compañías que cambian su legado y su objetivo social fruto del ambiente en el que se desenvuelven. El investigador de Deusto Business School, Jon Mikel Zabala explica estas dinámicas del siguiente modo: “cuando las empresas están sometidas a entornos en los que los cambios ocurren con una frecuencia e intensidad cada vez mayor, su ADN tiene que mutar de una manera mucho más rápida para poder adaptarse». Ahora pensemos en la coyuntura que nos ha tocado vivir, con todas las certezas de antaño saltando por los aires. Los estándares de la deuda, las exportaciones, los mercados, los tipos de interés, la productividad y hasta la fiscalidad han cambiado radicalmente. La mortalidad de las empresas se ha disparado y ya no hay barrera que pueda parar la disrupción de los nuevos entrantes. La epigenética empresarial nos lleva a pensar que las deprimentes tasas de crecimiento, empleo y consumo acabarán impactando en el ADN de las compañías para hacerlas frágiles y moribundas. Por desgracia, esto no está tan lejos de la realidad que viven las pymes del sector turismo y hostelería en países como España.

Pero en biología la epigenética puede tener también consecuencias positivas sobre la salud del expuesto y en la de sus descendientes. Ésta es la idea que sostiene Jörg Blech, bioquímico, autor del libro El destino no está escrito en los genes, al afirmar que «cuando damos un paseo o salimos a caminar, no sólo quemamos calorías, también modificamos la actividad de los genes en el hipotálamo y desactivamos el efecto de aquel que nos abre el apetito». En 2005, el escritor americano Dan Buettner publicó en la revista National Geographic un reportaje titulado Los secretos de una vida larga. Con rapidez el número se convirtió en uno de los más vendidos de la historia del magazine. Identificó las llamadas «zonas azules» para referirse a aquellos lugares del mundo en los cuales las personas son más longevas. En estos lugares, en los que sus habitantes viven más que en el resto del mundo, las personas llegan a los 100 años a un ritmo diez veces mayor que, por ejemplo, en Estados Unidos. Y lo consiguen gracias a modificar su genética con hábitos saludables como hacer ejercicio, huir del estrés, cuidar la alimentación o tener un propósito de vida diario.

En la actividad económica también puede aprovecharse el entorno para bien. Jamás hemos vivido un momento en el que la tecnología sea tan accesible y potente. Nunca hasta hoy la transformación digital ha estado en todas las agendas públicas. Por primera vez la desintermediación y la competencia perfecta son sueños a nuestro alcance. Del auge de las criptomonedas y el nuevo activismo digital de los foreros de GameStop en la Bolsa puede aparecer una epigenética buena para las empresas. La clave, siguiendo al profesor Zabala, es la innovación, pero entendida como un proceso de búsqueda sistémica y sistemática. Sistémica porque las empresas tienen que analizar no solo su sector, sino otros que tienen una cierta distancia con respecto al suyo, pero que debido al uso de la tecnología pueden ser una amenaza en un futuro próximo. Y sistemática porque ha de ser continua, apoyada en herramientas como la prospectiva tecnológica, el emprendimiento corporativo o el benchmarking de patentes que ayudan a identificar hacia dónde se están moviendo los mercados. Empresas que mutarán con la innovación pero que lo harán para bien.

 

Iñaki Ortega es director de Deusto Business School y profesor de la UNIR

martes, 29 de mayo de 2018

Blockchain Café


(este artículo se publicó originalmente el 27 de mayo de 2018 en el diario La Información en la columna semanal #serendipias)


El economista americano Nouriel Roubini desde su cátedra de la escuela de negocios Universidad de Nueva York (NYU) ha emprendido su enésima cruzada personal, esta vez contra las criptomonedas y la tecnología que la soporta, el blockchain. Confieso que a pesar de la corriente global a favor del blockchain, he leído varias veces sus tres últimos artículos, el último este mes de mayo, en el que de un modo inmisericorde ridiculiza las expectativas que se han puesto en la tecnología de la cadena de bloques y sus aplicaciones, en especial el bitcoin pero también en las ICO (initial coin offering) y los smart contrats. En estas reflexiones, todas escritas en este año 2018, el profesor de la Escuela Stern de NYU, hace méritos de nuevo para recuperar el apodo por el que durante mucho tiempo se le conoció: “doctor Fatalidad”.

Su conclusión es que el bitcoin es un gran fraude del que detrás solo hay, como poco, evasores fiscales. Tampoco queda bien parado el blockchain que es considerado como una gran tontería defendida por embaucadores puesto que no aporta ventaja alguna, y así lo demuestra Roubini, en campos como la desintermediación o la eficiencia. Un dinosaurio lento y derrochador,  termina el profesor una de sus frases sobre el particular, que por otra parte labró su prestigió precisamente por ser de los pocos que alertó de la crisis de las subprime en 2007.

Quizá porque el apellido del profesor Roubini es muy parecido al del famoso escapista del siglo XX, Harry Houdini; quizá porque el profesor y el mago ejercieron sus profesiones en Nueva York; quizá porque ambos nacieron en la vieja Europa pero encontraron su fama en Estados Unidos; quizá porque Houdini, el mago, nos asombró con sus trucos para salir indemne de una caja fuerte lanzada al rio Hudson y Roubini, el economista, nos sorprende con sus mágicos análisis o quizás por ninguna de las cuatro anteriores y simplemente porque me encantan las serendipias me he acordado del gran Houdini leyendo a Roubini.

Harry Houdini nació en Budapest en 1874 pero emigró con su familia a Wisconsin con cuatro años de edad. Muy joven abandonó su casa para enrolarse en un circo gracias a sus dotes atléticas que usó en el trapecio y toda su vida en la natación. Enamorado de la magia y del espectáculo ha pasado a la historia, a pesar de morir con apenas 50 años, por sus números escapistas de los que siempre salía vivo como estar atado con una camisa de fuera boca abajo en el Empire State o en pocos segundos liberarse de toda suerte de candados, cuerdas y baúles cerrados.

Roubini quiere que nos escapemos de la trampa del blockchain. El profesor es capaz, en los pocos minutos que tardamos en leer sus brillantes artículos, de desatar y abrir los candados que encierran las supuestas utilidades de la cadena de bloques para demostrarnos que estamos ante un gran engaño de charlatanes. Pero no todos tenemos las habilidades de los “primos” Roubini-Houdini y por ejemplo en mi caso si me encierran atado de pies y manos en un baúl solo podría salir con la ayuda de los bomberos. Como también, lo siento, tiendo a creer en aquellas empresas que admiran el blockchain y que se han asociado en un consorcio de nombre Alastria para que España disponga de la infraestructura necesaria para beneficiarse de esa tecnología. Banco Santander, Repsol, Endesa, Metrovacesa, BBVA, Sabadell, Gas Natural y Garrigues son algunos de los socios de esta red de empresas que defienden que el blockchain cambiará para bien el mundo de los negocios. Hoy ya se está aplicando esta tecnología (más allá de las polémicas criptomonedas) en seguros para cancelaciones de viajes, en la trazabilidad de la cadena de suministro, en votaciones electrónicas, en préstamos corporativos, en complejas operaciones de comercio exterior o en subastas online, por solo citar algunos ejemplos.

No tengo claro si otra vez el “doctor Fatalidad” volverá a acertar y el blockchain morirá, pero hasta entonces no veo mucho riesgo en invertir esfuerzos concertados entre tecnólogos, corporaciones y emprendedores para perseguir un loable objetivo: menos desintermediación. El  momento que vivimos exige salir del ensimismamiento y sumar fuerzas para mejorar las bases de nuestro sistema económico. La cadena de bloques parece que permite resolver el problema de la desconfianza de forma colaborativa, no podemos dejar de explorar esa oportunidad.

Hace unos días celebramos un seminario en Deusto Business School junto a Accenture sobre este asunto y entre las utilidades que ya se estaban aplicando, además de las ya citadas y otras como acreditación de pasaportes, títulos universitarios y expedientes sanitarios se habló de una cafetera. Una máquina para hacer café alimentada no por la corriente eléctrica sino por el calor de los millones de ordenadores que al día de hoy trabajan colaborativamente en el blockchain. Así que si Roubini nos asombra de nuevo desatando todos los candados que esconde el blockchain  por los menos nos quedará una taza de café caliente para afrontar con fuerza el siguiente reto económico.

viernes, 18 de mayo de 2018

Blockchain "primus inter pares"



(este artículo se publicó originalmente en el diario Expansión el 16 de mayo de 2018)


Las redes «peer to peer»  o «entre pares» son una interconexión de diferentes ordenadores que comparten información entre ellos sin la necesidad de terceros. Esta forma de trabajar lleva décadas estudiándose en la computación aunque ha sido ahora cuando ha saltado a la fama. Es conocida por su acrónimo  en inglés P2P que alude a la idiosincrasia de la misma que no es otra que funcionar en pie de igualdad entre pares. Algunos ejemplos de este modelo son plataformas de compras en línea como Ebay pero también empresas como Spotify o Netflix que hacen la vida más fácil a sus usuarios debido a que usan esa tecnología P2P.

Estas redes no son nuevas, de hecho en el año 2000 la empresa Napster sorprendió a todo el mundo con su servicio de distribución de archivos de música que usaba la red P2P, con gran malestar en la industria discográfica. El asunto terminó en los tribunales y Napster indemnizó a los artistas por algo que hoy es considerado como la forma normal de escuchar música. Desde entonces suele asociarse a las P2P con redes que fomentan la piratería en internet, ya que periódicamente conocemos operaciones policiales para cerrar plataformas que usan este tipo de red por compartir ilegalmente películas, violando los derechos de autor. No obstante existen gran variedad de aplicaciones que utilizan el peer to peer para operar de manera legal como la empresa Skipe que ha revolucionado la industria de la telefonía aportando imagen además de voz, todo ello en Internet y sin costes para el usuario particular.

No son pocos los académicos que sitúan estas empresas que operan, gracias a las redes P2P, dentro de lo que se ha denominado como economía crowd. La madurez de la tecnología unida a la democratización en su acceso ha dado lugar en este momento a la aparición de estos nuevos modelos. Por ejemplo la economía colaborativa pero también la apuesta por la desintermediación del blockchain y todos los conocidos como crowd (crowdfunding, crowdsourcing o crowdlending entre otros). Precisamente por la profusión de nuevos modelos con el prefijo crowd y por lo gráfico que supone pasar de un sistema económico capitalista dominado por las grandes multinacionales a uno basado en la fuerza de la multitud, de muchos pares, que empoderados toman decisiones en clave económica, ha triunfado el término de economía crowd.

La cadena de bloques, como se acaba de mencionar, es otra expresión de lo anterior en el que a una red P2P se le une un protocolo criptográfico para conseguir una base de datos descentralizada inexpugnable. Ahora, por la influencia de una de sus aplicaciones más conocidas, el bitcoin que pasó de cotizar por cero doláres en 2009 a 20.000 en 2017, vuelven las voces que restan valor a su utilidad o incluso que la sitúan en la ilegalidad.

Por ello es momento de recordar que el blockchain, es una gran base de datos distribuida, replicada en millones de ordenadores –nodos- en el mundo, que registra la información en un bloque que se une al anterior en una secuencia inmutable. La información de cada bloque se registra con un hash - estructura criptográfica-. Esto permite que la información no se pueda manipular. Ni la información en sí misma, ni su secuencia. Es por tanto un sistema P2P, en el que todos los ordenadores conectados son iguales, lo que da lugar a un sistema descentralizado que funciona por consenso entre las partes, sin nadie que lo organice o dirija.

Más allá de su evidente aplicación en las finanzas, ya se está usando en la trazabilidad de bienes como diamantes, en el intercambio de energía, en las cadenas de suministro o en el voto electrónico. Y gracias a los smart contracts (programas informáticos que usando blockchain se ejecutan automáticamente cuándo se cumplen las condiciones escritas en código), podemos intercambiar títulos y valor directamente. Sin mediadores ni intermediarios. Es solo el comienzo. Gartner pronostica que las empresas podrían incrementar sus beneficios en 176.000 millones para 2025  utilizando esta innovación y prevé un crecimiento de más de 3,1 billones en 2030. Para Cisco en el año 2027 el 10% del PIB estará vinculado a blockchain.

“Primus inter pares”, es una expresión latina que ha llegado hasta nuestros días para referirse a aquel que lidera circunstancialmente una organización pero que se encuentra al mismo nivel que los que le eligen, sus pares. Por eso blockchain, ha de ser el “primus inter pares”, la primera gran apuesta de otras muchas innovaciones que va a requerir  un enorme esfuerzo conjunto de colaboración y sabiduría -tecnológica y regulatoria-, si queremos aprovechar todo su potencial.


Mirari Barrena es abogada fintech

Iñaki Ortega es director de Deusto Business School

miércoles, 31 de enero de 2018

La buena noticia del bitcoin

(este artículo se publicó originalmente el 29 de enero de 2018 en el diario La Información dentro de la columna #serendipias)




“Cuando los limpiabotas empiezan a invertir en Bolsa es momento de vender todo”. La frase atribuida al mayor millonario de la historia, el empresario del petróleo John D. Rockefeller, ha sido frecuentemente usada para explicar cómo las burbujas económicas son causadas por cientos de miles ciudadanos desinformados invirtiendo equivocadamente.  Lo más parecido a Rockefeller en nuestros días, por lo menos en riqueza, es el viejo inversor Warren Buffet. Precisamente el llamado “oráculo de Omaha” ha manifestado estos días de enero que jamás invertirá en bitcoins y que muy pronto la aventura de la criptomoneda terminará mal.  El primer mandamiento del decálogo de buen inversor de Buffet es “nunca inviertas en un negocio que no puedes entender” así que simplemente ha sido coherente en su reciente ataque contra la moneda virtual.

Las burbujas en economía son procesos especulativos en los que compradores lo hacen aspirando a vender por mucho más.  Rápidamente estas situaciones derivan en inauditas espirales de subida hasta un momento, en el que por alguna razón, hay  ventas masivas pero no compradores suficientes. Es entonces cuando explota la burbuja dejando en la ruina a miles de inversores.

Rockefeller vivió la Gran Depresión que puso fin a una década de euforia conocida como los felices años 20. El jueves negro del año 1929 en Wall Street desató el pánico con millones de órdenes de venta que provocaron el estallido de la burbuja bursátil y la primera crisis global.

 Warren Buffet sobrevivió a la burbuja de internet del año 2000 en la que empresas sin actividad, solo por expectativas, llegaron a tener un mayor valor que grandes corporaciones en sectores industriales como General Motors. La burbuja de las puntocom se pinchó simplemente cuando  se puso frente al espejo a esas compañías sin facturación y claramente sobrevaloradas.

También todos nosotros hemos padecido de alguna manera la crisis inmobiliaria de 2008 bien porque nos hipotecarnos por encima de nuestra posibilidades o bien por tener que sufragar la factura de la mayor recesión de la historia reciente de España.

Casi al mismo tiempo que Rockefeller desde Nueva York nos recordase que  todos podemos ser limpiabotas, en Dinamarca Hans Christian Andersen  escribió su famosa fábula “El traje nuevo del emperador”.  Un rey muy preocupado por su vestuario es convencido por unos embaucadores para comprar una sofisticada y carísima tela que solo podía ser apreciada por las personas inteligentes ya que  para el resto de los mortales sería invisible.  El rey que no quiere quedar como estúpido, a pesar de que no ve vestido alguno, sale a desfilar por la capital de su reino con el imaginario vestido. El pueblo que conoce el origen del vestido y que no quiere parecer necio tampoco dice nada hasta que un niño grita que el rey va desnudo. En ese momento el rey y el pueblo se dan cuenta del engaño dando por finalizado el desfile.


Estos días hemos visto como las caídas de la valoración del bitcoin continuaban alcanzando ya un 40% frente a su meteórico ascenso del 1300% en el 2017. No solo Buffet sino también la CNMV y la SEC han alertado de su peligro y hasta algunas sociedades de inversiones han puesto en marcha corralitos para evitar males mayores con las inversiones en criptomonedas. Todo nos empieza a recordar a esas burbujas que acabamos de mencionar. Pero esta vez los limpiabotas no vamos a necesitar un niño como el cuento de Andersen que nos haga ver la cruda realidad. No será preciso esperar a que la sobrevaloración reviente las costuras del mercado y que la explosión  arrase con todo. Soy optimista y mi esperanza reside en que esta vez detrás de las burbujas hay mucha curiosidad. Ningún comprador en los años 90 quiso saber qué tecnología había detrás de la rápida construcción de cientos de miles de edificios. Tampoco hubo interés por parte de los accionistas de las puntocom en conocer los protocolos que daban sentido a internet sin los cuales no hubiera habido  nueva economía.  Por supuesto ningún periódico en los años 20 estudió la técnica que disponía la Bolsa de Nueva York para comprar y vender acciones en el día. Pero hoy, en cambio es muy difícil encontrar un directivo, periodista o profesor que no esté estudiando o escribiendo sobre el blockchain. La cadena de bloques, por su término en castellano, es la tecnología que da sentido al bitcoin y otras criptomonedas. Es una gigantesca base de datos distribuida formada por cadenas de bloques que no pueden alterarse lo que permitió crear el bitcoin y otros contratos inteligentes. De hecho todas las grandes empresas del mundo están dedicando recursos a investigar las aplicaciones del blockchain en otros campos como la energía, los servicios profesionales y los seguros además de las finanzas. Casi podríamos hablar de una nueva burbuja pero de conocimiento sobre esta tecnología, pero con una pequeña diferencia que esta vez no será mala sino que nos salvará.

jueves, 28 de diciembre de 2017

Bitcoin, Benzema y otros elefantes en la habitación

(este artículo se publicó originalmente el día 25 de diciembre de 2017 en el diario La Información dentro de la columna #serendipias)

Esta semana me he acordado varias veces de la frase en inglés “el elefante en la habitación”. La expresión alude a un tema espinoso que todo el mundo conoce pero del que nadie se atreve a hablar, con lo cual se hace el silencio y se finge que no existe. El modismo también se aplica a un problema o riesgo obvio que ninguna persona quiere discutir. Se basa en la idea de que sería imposible pasar por alto la presencia de un elefante en una habitación. Por ello las personas que simulan que el paquidermo no está, han elegido evitar lidiar con el enorme problema que implica su simple asunción.
Elephant in the room es definido por el diccionario de Cambridge como un problema obvio sobre el que nadie quiere discutir y se ha incorporado al idioma español como una expresión metafórica que hace referencia a una verdad evidente e incómoda que es ignorada. El origen de la expresión viene de un famoso cuento de la India. Al parecer fue usado por los budistas y los hindúes como parábola en sus religiones para enseñar que no todo es fácil de explicar y que no todos vemos lo mismo siempre.
En un templo en medio de las junglas más profundas de la India, vivían cuatro jóvenes monjes y su sabio maestro. Un día los discípulos se pusieron a discutir sobre cómo era Dios. Cada uno tenía su propia versión, mientras uno decía que era "bueno", los otro decían que era "severo" o "justo", menos su viejo profesor quien permanecía en silencio. Cansado de la discusión y viendo la oportunidad de enseñarles algo, les pidió que se pusieran una venda en los ojos y entraran en una habitación para explicar que había dentro. Cada uno tenía asignado un sitio y no podían moverse de él. Los cuatro monjes entraron intrigados y tras cinco minutos salieron y contaron lo que pensaban que había dentro de la habitación usando para ello solo el tacto. El primero habló de una serpiente, el segundo creyó estar en un enorme barco porque tocó unas velas. En cambio para el tercero solo había un cuarto vacio porque posó sus manos en una rugosa pared. Por fin, el último tenía claro que dentro había un árbol con un ancho y húmedo tronco.
El maestro sonreía mientras les quitaba las vendas. Cuando los hizo pasar a la habitación sus alumnos no se lo podían creer. Ahí había un enorme elefante. La serpiente era la trompa, las velas del barco eran las orejas, la pared era la tripa y el tronco del árbol una pata. Entonces el anciano maestro les explicó: “Alumnos míos, cada uno habéis podido observar al elefante desde un punto de vista. Si hubierais escuchado a vuestros compañeros en vez de creer que cada uno de vosotros tenía toda la razón quizás lo hubierais adivinado. Cada uno tiene su verdad, pero mejor que pelearos, es más fácil hablar y conocer esa verdad desde todas sus perspectiva”.

En apenas tres días la casualidad hizo que apareciesen varios de esos elefantes en España. El jueves 21 de diciembre las elecciones catalanas pusieron al PP frente a la realidad de que en la comunidad autónoma de España más rica, tiene un apoyo residual entre otras razones por un candidato que no parece el más adecuado. El viernes 22 de diciembre el bitcoin se desplomó un 30% tras haber alcanzado en solo 11 meses una revalorización del 1.400%. La polémica criptomoneda llegó a perder en algún momento de ese día la mitad de su valor e hizo que se les cayera la venda de los ojos a miles de inversores en todo el mundo. La última serendipia se produjo el sábado 23 de diciembre cuando el Real Madrid fue humillado en el Santiago Bernabéu por su eterno rival. El FC Barcelona demostró a los directivos del club madrileño y a los millones de espectadores que siguieron “el clásico” que la zaga merengue tiene un problema que ya no puede obviarse.

Rajoy tiene un elefante en su habitación con el PP catalán desde hace años. El bitcoin ha sido capaz de movilizar billones de dólares pero como el elefante de la expresión nadie entiende la tecnología que lo soporta. Benzema no marca los goles que un club como el suyo necesita pero su entrenador no ve el elefante a pesar de la evidencia.

No solo el idioma inglés recurre a los elefantes para explicar situaciones complejas como las vividas esta semana. De hecho en castellano es muy popular la locución “elefante en una cacharrería” utilizada para poner de manifiesto el daño que puede ocasionar la inadecuada presencia de alguien en unas  determinadas circunstancias. Su origen está en el imaginario popular haciendo alusión a los posibles destrozos que podría causar ese paquidermo en una pequeña tienda con muchos estantes. El Partido Popular, la comunidad inversora mundial y Florentino Pérez tendrán que elegir entre la expresión inglesa o la española, pero parece que es más fácil reconocer el problema que acabar actuando tarde y torpemente.

lunes, 26 de junio de 2017

Los hacker se van de pícnic


(este artículo fue publicado originalmente en el diario Cinco Días el día 20 de junio de 2017)

El idioma castellano está plagado de términos que vienen del inglés, especialmente en el mundo de la economía y la empresa. La Real Academia Española de la Lengua (RAE), hace ya unas décadas, pasó de rechazar radicalmente estos extranjerismos a incorporarlos al diccionario, eso sí con mesura y con la grafía española. Esa apuesta por la utilitas de la RAE ha llevado, por ejemplo, a que la palabra pícnic esté admitida en el castellano como una “excursión para merendar o comer sentados en el campo”. A pesar de su novedad, otro anglicismo como hacker, también aparezca en nuestro diccionario como sinónimo de pirata informático.

Tras el ciberataque global de hace unas semanas nadie duda que la ciberseguridad es la principal amenaza que tienen hoy las corporaciones. Wannacry ha sido la punta del iceberg que ha permitido al mundo conocer lo que no se ve. Cada día, según Gartner,  se producen 161.000 ataques; solo en 2015 Estados Unidos sufrió pérdidas en intermediarios financieros causadas por ataques informáticos valoradas en más de 5.000 millones de dólares, conforme a datos de la SEC. Este virus, como en el cuento, nos ha permitido ver que el rey está desnudo y lo que todos nos temíamos ya es una realidad: somos vulnerables ante una de las industrias del mal más rentables, el cibercrimen. Muchos millennials han optado, frente a la precariedad, por altos ingresos a cambio de vender su pericia informática en el Internet más oscuro. Aunque tarde, las corporaciones se han dado cuenta de que los más jóvenes son los únicos que tienen las herramientas para frenar a esos nuevos piratas en la red.  El hacker bueno no es sólo una de esas nuevas profesiones de las que se habla, sino que además empiezan a ser los profesionales más demandados.
Las empresas y la RAE tendrán que ir acostumbrándose a términos, otra vez anglosajones, como ransonware o phishing, porque millones de usuarios padecen esos crímenes y como certificaba la última memoria de la Fiscalía nuestro país está a la cabeza de este funesto ranking global.

Conviene recordar que detrás de estos ataques no solo hay motivaciones crematísticas sino que el terrorismo campa por sus respetos en la llamada deep web, otro término del idioma de Shakespeare para referirse al internet más oculto y opaco, donde operan estos delincuentes.

Los hackers acumulan no solo maldad sino talento a raudales para diseñar los más sofisticados algoritmos que bloquean cualquier sistema de cualquier institución. Pero todo lo anterior no supone que tengamos que rendirnos ante esta nueva amenaza. Más bien al contrario porque como nos recuerda un reciente estudio de Symantec, detrás de una gran mayoría de ataques existe imprudencia de las víctimas. Al menos uno de cada cuatro ataques tiene su origen en brechas originadas por empleados que no siguieron fielmente las políticas de identificación. Sorprende que a pesar de que la ciberseguridad esté en la agenda de las empresas desde hace por lo menos un lustro, la clave más utilizada en los últimos tres años es 123456 y dos de cada tres personas no han cambiado nunca su clave. Precisamente por eso se ha acuñado un acrónimo, idéntico a esa bucólica merienda con la que empezábamos este artículo: PICNIC. Se trata de las iniciales de problem in chair, not in computer. Directivos que usan sus teléfonos  profesionales para temas personales. Consejeros que permiten que sus nietos jueguen online con sus tabletas corporativas. Portátiles olvidados en taxis y restaurantes con wifis activadas. En general, dispositivos móviles de la alta dirección que no han pasado jamás ningún control de seguridad y que están inermes ante troyanos que les activen en remoto la cámara o la grabación de voz. Empieza a ser un consenso que estos problemas en la silla están en el origen de más de la mitad de los ataques informáticos. 

Olvídense, por tanto, de esa imagen de piratas expertos en computación encerrados en sus guaridas buscando sofisticados agujeros de vulnerabilidad. Hoy los hacker se van tranquilamente de pícnic. O lo que es lo mismo, a la vista de la novísima acepción del término pícnic,  los delincuentes se aprovechan de nuestra indolencia y falta de concienciación para obtener pingües beneficios e inmenso daño. No queda otro remedio para luchar contra el cibercrimen que invertir en tecnología y recursos sofisticados como España con la creación del INCIBE o las acertadas estrategias del Departamento de Seguridad Nacional, pero también tenemos que fomentar la formación y sensibilización en el puesto de trabajo y la responsabilidad dentro de la empresa.

KPMG ha preguntado a más de mil consejeros delegados en Europa y la ciberseguridad es una de sus mayores preocupaciones, comparable con la problemática de cómo fidelizar clientes. Las compañías deben, por tanto, redoblar sus esfuerzos en la concienciación de los empleados en temas de seguridad informática. Tener dispositivos separados para el uso personal y el profesional, certificar periódicamente la seguridad de los móviles corporativos o  propiciar la encriptación de la información que sale de los entornos de la propia compañía son solo algunos ejemplos. Sin olvidarnos de que la utilización de las redes sociales en el puesto de trabajo debe estar limitada a fines puramente profesionales. 
No hay duda. Si se siguen prácticas muy básicas de protección y seguridad en el entorno laboral se reducirán radicalmente el número de ataques. Está en nuestra mano.

Iñaki Ortega es director de Deusto Business School
Luis Sánchez de Lamadrid es director general de Pictet España