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martes, 21 de febrero de 2023

El espectáculo debe continuar

(este artículo se publicó originalmente en el diario La Información el día 14 de febrero de 2023)


Este año en la ceremonia de los premios del cine español, el busto de Goya que se entregó a los ganadores era de bronce reciclado, y así lo repitió dos veces la organización, al mismo tiempo el director de la academia se comprometió a plantar un bosque en Cantabria para “compensar la huella de carbono que deja esta gala”. Nada debía estropear el espectáculo del cine patrio, ni la ley fallida del “sí es sí” que nadie mencionó, ni tampoco las conciencias de los espectadores al respecto de la contaminación de los aviones, trenes y taxis de los más 3000 asistentes y organizadores que se desplazaron a Sevilla.

“El show debe continuar” es una expresión muy usada en inglés que se hizo conocida por estos lares en los años 90 gracias a la canción de Quenn “The show must go on”. Fue escrita por el guitarrista de la banda británica, Brian May, en homenaje al cantante del grupo, Freddie Mercury, quien se encontraba gravemente enfermo desde hace años. La canción rápidamente se convirtió en un éxito mundial y es considerada uno de los iconos del rock ya que fue premonitoria de la muerte por SIDA, apenas unas semanas después de su lanzamiento, de la estrella del mítico grupo.

Pero, aunque la frase en cuestión fue utilizada por Shakespeare en el siglo XVI, parece ser que comienza a usarse masivamente hacia 1800 gracias al Circo ya que si un animal se escapaba o un artista resultaba herido, el espectáculo no se detenía. No podía permitírselo la familia circense. Más tarde el uso se amplió al mundo del espectáculo en general, y actualmente se utiliza para referirse a cualquier evento que debe continuar a pesar de los problemas que puedan surgir.

Estos días se ha presentado el libro “Contra la sostenibilidad” de Andreu Escrivá. La tesis del ambientólogo valenciano que se ha atrevido a plasmar en esas páginas es la desconfianza social sobre eso de que el desarrollo sostenible nos va a salvar de todos los males. Así es, de unos años a esta parte es difícil que una empresa o una administración no hable de sostenibilidad; las corporaciones han abrazado el concepto de la ESG y el sector público los ODS. El autor hace de portavoz de un cada vez mayor número de personas que comienzan a pensar que detrás de esas pomposas siglas no hay nada o si lo hay, solo es marketing. Los anglosajones le han llamado “greenwashing” y el libro lo bautiza como “ecopostureo”.

Ha pasado un tiempo desde que en 2019 la patronal American Business Round Table pidió redefinir las reglas del capitalismo; el periódico Financial Times reinventar el capitalismo a lo que se unió el foro de Davos con el famoso propósito. Es entonces cuando nace el acrónimo ESG (sostenibilidad en materia medio ambiental, social y de gobierno corporativo) como mantra que han de seguir las empresas que quieran sobrevivir en la nueva economía. Pronto el concepto triunfa entre los inversores en especial desde que el mayor fondo de inversión del mundo, BlackRock, amenaza con dejar de invertir en empresas que no sean sociales. Hoy el desempeño de cualquier gran compañía ha de medirse en base a esa ESG y se ha convertido en un frio indicador más, casi sin rastro de lo que se supone que deben llevar detrás esas letras o por lo menos poca gente recuerda que lo importa no es que sirva para la cotización de la compañía sino que mida el auténtico impacto social de la misma.

Los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) tienen más años. Esos 17 objetivos surgen en la Cumbre de las Naciones Unidas sobre el Desarrollo Sostenible, celebrada en 2015, en Nueva York. Pero ya a finales del siglo pasado la ONU había hablado de una agenda, la Agenda 21, para abordar los problemas urgentes del siglo XXI debido al aumento de las desigualdades. Los gobiernos de todo el mundo, con sus políticos a la cabeza, abrazaron los ODS como parte de sus estrategias políticas y durante un tiempo no hubo solapa de mandatario sin la chapa de estos objetivos. Pero con la llegada de la desglobalización, la inflación y el trabajo precario, pocos electores ya creen que los ODS salvarán el mundo, de hecho, no son pocos los que como Andreu Escrivá, consideran que esto de la sostenibilidad es un gran fraude. Ni el coche eléctrico, ni la lucha contra el plástico, ni los molinos de viento han traído un mundo con mejores sueldos y menos desigualdad.

Pero las empresas y las administraciones quieren que el espectáculo continúe. No importa que nadie entienda nada y que cada día sea más complejo saber lo que hacen esas instituciones por un mundo con menos problemas, aunque se reproduzcan los informes obligatorios de sostenibilidad. El guión está ya escrito y parece que funciona. La ESG con sus rankings e indicadores mejora la valoración de las compañías. Los ODS embellecen cualquier programa electoral y permiten un discurso político aplaudido en las mejores tribunas del mundo.  Hasta sirve para la gala de los Goya. Que nadie pueda decir que no somos sostenibles, por eso los cineastas han copiado las estrategias de sus odiados capitalistas. Acaso ese reciclaje y esos nuevos bosques no fueron ideas puestas en marcha hace ya mucho por las grandes empresas de la banca o la energía que tanto critican en sus películas…

En el circo si moría el domador no podía suspenderse el espectáculo. Tampoco en la lidia cuando un torero es cogido. Ahora empresas, administraciones y también los del cine corren el peligro de seguir con su show, como si no pasase nada, sin darse cuenta de que o cambian o nadie les estará escuchando ya.

Iñaki Ortega es doctor en economía en la Universidad de Internet (UNIR) y LLYC


martes, 24 de enero de 2023

Miopías económicas

(este artículo se publicó originalmente en el periódico 20 Minutos el día 23 de enero de 2023)


Estas primeras semanas de enero son propicias para los balances. Las contabilidades anuales se cierran y los datos calentitos aparecen en la mesa de los gerifaltes.  Al gobierno le ha faltado tiempo para sacar pecho por los datos de empleo e inflación del año pasado. Pedro Sánchez desde los valles nevados de Davos ha exhibido musculatura: “tenemos el mayor nivel de empleo de nuestra historia, crecemos por encima de la media de la eurozona y registramos la menor inflación de la UE”. Pero no ha sido el único, las grandes empresas han aprovechado también para presumir de todo tipo de indicadores de sostenibilidad, con logros impresionantes en materia de transición energética pero también en diversidad y buen gobierno:  menos huella de carbono, más mujeres en los consejos y mucho impacto social en colectivos desfavorecidos.

La miopía es una anomalía del ojo que produce una visión borrosa o poco clara de los objetos lejanos pero que permite ver muy bien de cerca. Me temo que algo así les está pasando a tanto dirigente con la economía real. Leen muy bien los cercanos datos estadísticos ya sean de la contabilidad nacional o de sofisticadas ratios corporativos, pero lo lejano lo perciben muy borroso. Es lejano, a la vista de tanto triunfalista balance, la realidad de millones de españoles que siguen en el desempleo o con precarios contratos que les permite solamente mal vivir. O les pilla también muy lejos una mayoría de la población que sufre el encarecimiento del 30% -en apenas dos años- de la cesta de la compra. Por no hablar de los cientos de miles de hipotecados y pymes endeudadas que han entrado en pánico con inopinadas subidas de las cuotas de sus créditos. También quedan muy lejos para muchas empresas y sus índices de sostenibilidad los mayores de 50 años condenados al desempleo, las mujeres que no sueñan con un consejo sino con una promoción o los jóvenes titulados que han perdido la ilusión de emanciparse con los sueldos ofrecidos por el mercado, por no hablar de tanto agricultor que no había visto tanta sequía en su vida o esos ganaderos que no pueden pagar el pienso.

La miopía se corrige con gafas que permiten ver de lejos y así poder llevar una vida normal. Estas anomalías económicas también pueden tratarse de una manera sencilla, hay que adaptar la visión de los dirigentes para que no solo vean lo cercano, sino que estén en contacto con una realidad lejana que no es cotidiana para ellos. Por eso las miopías económicas se curan escuchando las conversaciones en el autobús o en el metro. En la cola del supermercado y en las oficinas de empleo. En los pasillos de los últimos cursos de la universidad y en los másteres del sábado a las 9 de la mañana. En la mesa de los empleados de banca cuando la gente llega llorando porque no entiende la subida de la hipoteca. Más calle y menos obtusos indicadores.

Iñaki Ortega es doctor en economía en la Universidad de Internet (UNIR) y LLYC

lunes, 2 de agosto de 2021

La ética de la letra pequeña

 Este artículo se publicó originalmente en el diario La Información el día 29 de julio de 2021)


Los prospectos de los medicamentos son una lectura entretenida comparados con las cláusulas de cualquier contrato promovido por una multinacional. No tengo dudas de que el lector ha podido comprobar qué difícil es leer completo el papel que acompaña a las medicinas en el que se indica composición, posología y efectos secundarios. La letra tan pequeña y los términos complejos no lo hacen precisamente sencillo, por no hablar del mal cuerpo que se le pone a cualquiera con tantos eventuales riesgos. Nada comparable al clausulado mercantil para ser proveedor de una gran empresa. Confidencialidad de los datos, propiedad industrial, normativa de seguridad, tribunales competentes, derecho aplicable, prevención de la corrupción, cumplimiento de los derechos humanos y responsabilidad ambiental. A pesar de lo tedioso de su lectura es una gran noticia que podemos situar su origen en el acrónimo corporativo de moda, la ESG. Sin duda el mundo puede ser mejor gracias a esos interminables párrafos de letra pequeña.

Las siglas en inglés ESG pueden traducirse como sostenibilidad de las empresas en materia medioambiental, social y de gobierno. Las corporaciones han de ser transparentes en sus emisiones de carbono, pero también en cómo tratan a sus empleados, clientes y proveedores, sin olvidar si respetan a sus accionistas y no aplican liderazgos tóxicos. Hoy estos ejemplos de buenas prácticas de ESG se han convertido en una obligación para grandes empresas. Algunas porque al ser cotizadas, los códigos de buen gobierno de los supervisores se lo exigen,; otras puesto que las leyes de sus países de origen ya lo recogen; una gran mayoría porque sus accionistas lo han incorporado como demanda en los últimos años y finalmente porque cada vez más compañías han abrazado un propósito que da sentido a su desempeño, solamente si cumplen esos estándares éticos.

Esa letra pequeña garantiza por tanto que las grandes empresas no aprovechen los contratos con proveedores para incumplir las prerrogativas éticas de la ESG. No puede, quien contrate con esas grandes empresas, discriminar por edad, sexo, raza o ideología, tampoco pueden contaminar, aunque esté en un país con laxas legislaciones medio ambientales y ni mucho menos incumplir los derechos humanos al implementar su oferta de bienes o servicios. ¡Bendita letra pequeña!

Pero, y también lo sabe el que ha contratado con una pequeña empresa, que eso no pasa en todas las compañías. Y conforme el tamaño empresarial se reduce, salvo honrosas excepciones, los términos como la ESG o el propósito son lujos que ni pueden permitirse. De estas palabras no puede desprenderse que las pymes obvian la ética, sino que simplemente la han aplicado sin necesidad de letra pequeña. En la gran mayoría de los casos los pequeños empresarios, especialmente en estas latitudes, han demostrado un alto compromiso con su entorno, lo que incluye las comunidades en las que actúan. La pandemia nos ha puesto en el espejo de cómo esas microempresas patrias han dado lecciones de moralidad en la peor situación inimaginable.

Esta irrupción de nuevos estándares éticos en la economía capitalista ha empezado por arriba, por las grandes corporaciones, quizás porque las unidades empresariales más pequeñas no tenían la sombra de la sospecha por la cercanía de los empleadores a clientes, proveedores y trabajadores. Pero la economía de mercado tiene otros agentes que actúan a pesar de no tener naturaleza mercantil. Las administraciones públicas se han convertido en un jugador clave de cualquier mercado del planeta. Más allá de su responsabilidad a la hora de marcar las reglas de juego de la actividad económica, el sector público contrata, emplea y tiene clientes y usuarios. En España, miles de millones de facturación, millones de empleados y otros tantos de ciudadanos que contratan servicios bien sea a administraciones o a empresas públicas.

Por ello este movimiento ético ha de arribar también en los gobiernos y su sector público empresarial. Algunos defenderán que los objetivos de desarrollo sostenible de Naciones Unidas están en sus planes de gobierno y que sus altos cargos llevan todos el pin de colores de los ODS. Otros dirán que la normativa vigente ya prevé estos supuestos, pero la realidad es que en muchos concursos públicos pesa más el precio que los derechos humanos. El reciente escándalo del rescate de una línea aérea vinculada a un régimen antidemocrático no puede considerarse una anécdota sino un fallo del sistema que obvia la ética. Porque se sigue contratando desde el sector público empresarial a empresas basadas en países que no respetan los derechos humanos y prohíben la libertad de expresión, no existen garantías procesales o persiguen al diferente. Competencia desleal, alguien lo ha llamado. Nosotros desde esta parte del mundo firmando interminables cláusulas, mientras los que ganan los concursos violan sistemáticamente derechos como el de libertad sexual, reunión o explotación infantil. El precio parece que vale más en muchos pliegos públicos de licitación que la propia moralidad.

Por eso y aunque suponga más BOE, esta nueva ética de la letra pequeña no entiende de público o privado.

Iñaki Ortega es doctor en economía y profesor de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR)


lunes, 24 de febrero de 2020

¿Los felices años 20?

(este artículo se publicó originalmente en el diario 20 minutos el día 24 de febrero de 2020)



Hace justo cien años en Estados Unidos comenzó una década que pasó a la historia por los rascacielos, las interminables fiestas con música de charlestón y el desenfreno consumista. Los felices años 20, fueron definidos así porque tras la Primera Guerra Mundial emergió una época de abundancia en Norteamérica, cebada por el pleno empleo y las nuevas fórmulas de financiación del consumo. El Nueva York que hoy conocemos fue construido en esa década y América se convirtió en la fábrica de una Europa que no levantaba cabeza tras la Gran Guerra. La ausencia de paro y la venta a plazos popularizó el acceso masivo a bienes de consumo fabricados gracias a increíbles innovaciones técnicas. La clase media descubrió la Bolsa y los mercados de capitales vivieron una época dorada. El resultado de todo ello fue un inédito periodo de expansión económica. El art decó, el cine mudo y los cómics de superhéroes amenizaron esos locos años. Pero al mismo tiempo Hitler tomaba el poder en Alemania, Japón expandía su imperio en Asia y la Unión Soviética construía los primeros campos de concentración conocidos como gulags. El resto ya lo conocemos. El crac bursátil de 1929 arruinó a millones de familias, dio paso al auge de los totalitarismos y a una guerra con bombas atómicas. 

Ahora, un siglo después, el mundo ha comenzado otra década de los 20. Y el charlestón ha sido sustituido por el reggaetón. Vivimos el auge de las energías renovables, con molinos de viento, coches eléctricos y hasta créditos verdes. La diversidad se ha implantado en nuestra sociedad y sin temor a equivocarnos podemos afirmar que no ha habido mejor época en la historia de la humanidad para vivir si perteneces a una minoría. La esperanza de vida de Argelia es prácticamente la misma que la de Estados Unidos. Nunca en el mundo hubo tantos niños escolarizados y la mortalidad infantil tan baja. Más del 80 por ciento de los habitantes del planeta tiene acceso a electricidad y en los últimos 20 años hemos sido capaces de reducir a la mitad la población mundial que vive en condiciones de pobreza extrema.

Pero a la vez la moderación ha desaparecido de nuestros gobiernos con Trump o Putin, pero también en el Reino Unido o en España los pactos transversales son imposibles. Los organismos multilaterales languidecen, la Unión Europea, la ONU o la OMC son buen ejemplo de ello. Cientos de miles de desplazados se mueven de sur a norte, de este a oeste, por tierra o mar para huir del hambre, la guerra o las dictaduras... pero buscamos excusas de todo tipo para no ayudarles. A su vez nuestros hijos se educan y socializan en una red de redes en la que el mal campa por sus respetos.

Pero tranquilos, sólo estamos empezando el 2020. Nos quedan diez años para construir una década que pase a la posteridad para bien. Eso sí, la historia nos ha avisado, así que luego no nos sorprendamos. 

Iñaki Ortega es director de Deusto Business School y profesor de la UNIR.


viernes, 31 de enero de 2020

¿Quién dijo que la economía era aburrida?


(Este artículo se publicó orginalmente el día 30 de enero de 2020 en el diario La Información en la sección #serendipia)


No es el guion de la penúltima serie de Netflix pero podría serlo. También serviría de argumento para una nueva película de Misión Imposible y hasta para una novela de espías de John Le Carré.


Un exitoso ejecutivo, presidente de la primera compañía de una potente industria, es detenido por corrupción en un país muy lejano, merced a una conspiración de su propio equipo con la connivencia de las autoridades locales. Nuestro protagonista, de fama mundial por su brillante gestión, cae a los infiernos en una trama en la que se juntan intereses políticos de dos grandes naciones, las miserias económicas de su sector y la ambición de colegas sin escrúpulos. En una celda durante cinco meses, sin rastro de la seguridad jurídica que se presume del país de su detención, le da tiempo a repasar los momentos más importantes de su vida. Su boda con Carole en los jardines de Versalles; su llegada a la cúpula de la multinacional europea tras criarse en un pequeño país del oriente próximo en conflicto bélico permanente; la consolidación como gestor en su patria, Brasil y en especial todos y cada uno de los detalles de la arriesgada operación de rescate de una icónica empresa asiática que a la postre le ha llevado a prisión. Acostumbrado a tomar decisiones bajo presión, nuestro hombre, decide luchar con todas las armas posibles para salir triunfante de este complot. Eso puede convertirle en un prófugo toda su vida o incluso morir en el intento. Pero el protagonista de esta historia no sabe el significado de la palabra miedo y cualquier cosa es mejor que el horizonte de una cadena perpetua en las antípodas de su hogar. Aprovechando el arresto domiciliario conseguido por su abogado, se vuelca en diseñar al milímetro una compleja fuga, con la misma minuciosidad que si estuviese preparando una gran operación en su empresa. Unas fundas de instrumentos musicales donde esconderse, un scanner que no funciona en el aeropuerto, tres pasaportes legales de sus tres nacionalidades para pasar sin dejar rastro por las aduanas de tres países y dos jets privados le permitieron situarse en apenas unas horas a salvo en casa y a cientos de miles de kilómetros de un juicio con sentencia ya dictada.  


No es ciencia ficción. Ha sucedido este fin de año. Carlos Ghosn, ya expresidente de Renault y de Nissan se fuga de Japón en vísperas de nochevieja a pesar de estar en libertad vigilada y cuenta todo esto en una multitudinaria rueda de prensa en Beirut, donde prepara sus siguientes pasos junto a su mujer. El gobierno de Japón ha lanzado una orden de busca y captura internacional, sin recuperarse aún de la humillación para su policía al permitir que el preso más famoso del mundo haya huido. Mientras tanto, empieza a conocerse no solo como funciona la justicia japonesa en íntima conexión con intereses empresariales, sino también las intrigas del sector de la automoción en el que se trufa la política (Renault es una empresa participada por el estado francés) con las venganzas personales. 


No es algo tan lejano a nosotros. En España está más cerca que tarde el día que veamos una serie de televisión en el que protagonista sea un viejo comisario de apellido Villarejo con amistades en la política y en la judicatura que acaba prestando servicios a las empresas más importantes del país. Servicios fuera de la ley para espiar, chantajear a competidores o amedrentar a cualquiera que impida lograr los objetivos de la empresa de turno. Y veremos cómo termina el "curioso" caso del ministro español que cambió su versión cinco veces al respecto de una cita en el aeropuerto con una mandataria sudamericana en busca y captura.


¿Quién dijo que la economía era aburrida? No lo es, pero ese tipo de diversión es para la ficción. Por eso ahora toca volver a aburrirse en el buen sentido de la palabra. Recuperar el sentido ético de los negocios y como enfatizó hace unos meses la Biblia de los negocios, el Financial Times, reinventar el capitalismo. Un capitalismo ético, inclusivo que pase página de la única obsesión por el dividendo a los accionistas y piense en otros dividendos; esta vez para agentes de interés como son sus trabajadores, los propios clientes, los proveedores y los territorios en los que actúan. Quizás no servirá para un guion de película, pero sí para que millones de personas se beneficien de empresas y directivos que piensen en el bien común y no solo en sus millonarias retribuciones.

Iñaki Ortega es director de Deusto Business School y profesor de la UNIR

lunes, 27 de enero de 2020

Davos

(este artículo se publicó originalmente el día 27 de enero de 2020 en el periódico 20 Minutos)

Davos

Igual no sabes qué es eso de Davos. Algo habrás escuchado o leído estos días pero de ahí a saber que es una localidad alpina, hay un trecho. Davos, en los Alpes,  fue durante los dos últimos siglos una afamada ciudad-balneario gracias a un clima propicio para curar enfermedades como la tuberculosis. Hoy la comuna de Davos situada en la parte oriental de Suiza acoge durante todo el año a miles montañeros y esquiadores y dispone para ello de unas soberbias infraestructuras turísticas.

Igual tampoco sabes, aunque te puede sonar, que en enero, todos los años desde hace cinco décadas, se celebra un foro de empresarios e intelectuales propiciado por un profesor alemán, economista e ingeniero, de nombre Klaus Schwab. El encuentro ha alcanzado tal fama que las personalidades más poderosas del mundo, sin excepción, sean políticos, directivos o pensadores, han sido ponentes del foro de Davos que ha pasado a llamarse Foro Económico Mundial, WEF por sus siglas en inglés. Los informes que surgen del Foro marcan ese año la agenda mundial  por no hablar de la relevancia de los acuerdos, muchos no públicos, que se pergeñan esos días en Davos. 

Igual has estado despistado y no sabes que este año, la semana pasada, han asistido al Foro de Davos personas muy diversas y aparentemente irreconcialibles. El presidente de Estados Unidos, DonaldTrump y la niña sueca, la activista del clima más famosa del mundo, Greta Thunberg pero también los máximos ejecutivos de empresas que compiten sin miramientos como Google, Apple o MIcrosoft. Y hasta nuestro presidente Pedro Sanchez no quiso perderse la tribuna más codiciada del mundo, compartiéndola -esta vez sí- con el presidente encargado de Venezuela, Juan Guaidó, 

Igual, aunque es perdonable, no sepas que en esta edición del foro de Davos no se ha hablado de otra cosa que no sea de la llamada reinvención del capitalismo. Hace unos meses la asociación americana de empresarios (American Business Roundtable)  abogó por ua nueva forma de entender la gestión empresarial: menos afán por contentar a los accionistas con el dividendo y más por pensar en otros agentes de interés como son los trabajadores y las comunidades en las que actúan las grandes corporaciones. Aunque las estadísticas oficiales de las últimas décadas nos demuestran que la economía de mercado ha traído a los países que la han acogido, grandes avances en términos de riqueza, empleo y bienestar social, ahora se antoja imprescindible dar un paso más. La crisis del 2008 trajo una brecha social que no se cierra por más que pasen los años y los asistentes al Foro Económico Mundial han concluido que urge una actividad concertada de empresas e instituciones para evitar que nadie se quede atrás. Bajo las siglas ESG (enviroment, social and gobernance) se resume una nueva gestión empresarial que piensa en el clima, apuesta por la diversidad, lucha contra la corrupción, defiende los derechos de los trabajadores y garantizará que las empresas sigan siendo herramientas para el bien común.

Y eso aunque igual no lo sabes todavía, lo hablado en ese recóndito lugar de Suiza será bueno para ti.

Iñaki Ortega es director de Deusto Business School y profesor de la UNIR (Universidad Internacional de La Rioja)

lunes, 28 de enero de 2019

Davos pide a gritos una nueva educación

(este artículo se publicó originalmente el día 28 de enero de 2019 en el diario La Información en la columna #serendipias)

Un enero más Davos se ha convertido por unos días en la capital del mundo. La reunión anual del Foro Económico Mundial - y ya van 28 años- ha convocado a jefes de estado, presidentes de grandes corporaciones y los expertos con las mentes más privilegiadas. El tema más comentado este año ha sido como luchar contra las crecientes desigualdades en el mundo; los objetivos de desarrollo sostenible de la ONU han estado en boca de todos los ponentes, pero también la propia organización ha querido darle todo el protagonismo con paneles y stands dedicados a los ODS en los diferentes espacios del foro. Además, los informes presentados estos días también han coincidido en señalar que la cuarta revolución industrial -tan pregonada por el fundador del WEF, el profesor Klaus Schwab- ha de venir acompañada de actuaciones para que no solo las grandes corporaciones se beneficien de ella sino también trabajadores de todo el mundo que ven amenazados sus empleos y por ende las sociedades en las que viven que asisten impertérritas al crecimiento del populismo fruto de ese descontento.

Uno de esos objetivos de Naciones Unidas es la educación de calidad que en uno de esos estudios presentados en Suiza ha sido rebautizada como re-training. Volver a educarse o formación continua será una de las claves para conseguir frenar las desigualdades y socializar las externalidades positivas de la cuarta revolución industrial.

Para el filósofo José Antonio Marina vivimos en una «sociedad del aprendizaje» regida por una ley impecable: «Para sobrevivir, las personas, las empresas y las instituciones deben aprender al menos a la misma velocidad con la que cambia el entorno; además, si quieren progresar, habrán de hacerlo a más velocidad». Es por ello por lo que muchos autores, entre ellos Jeffrey Selingo, defienden que estamos viviendo la tercera revolución de la educación. La primera ola, a principios del siglo pasado, tuvo que ver con la llegada de la enseñanza obligatoria que propició una educación masiva que brindó una capacitación para la vida a millones de personas en todo el mundo. Por ejemplo, en 1910, sólo el 9 por ciento de los jóvenes estadounidenses obtuvieron un diploma de escuela secundaria, en 1935 eran ya el 40 por ciento. La segunda revolución surgió en el último tercio del siglo XX en Estados Unidos, pero también en otros países como España (en este caso a raíz de la llegada de la democracia y la «universidad para todos»). En el año 1965 se matricularon en primer curso 75.000 personas en España, que han pasado a ser 1,5 millones en la actualidad. En 1970, en Estados Unidos había sólo 8 millones de universitarios matriculados y hoy día superan los 20 millones.

Ahora, debido al fenómeno de la longevidad, pero también a las exigencias de la evolución tecnológica y su impacto en el mundo del trabajo, estamos en la tercera gran revolución de la educación. El nivel de preparación que funcionó en las dos primeras oleadas no parece suficiente en la economía del siglo XXI. En cambio, esta tercera ola estará marcada por la formación a lo largo de la vida para poder mantenerse al día en una profesión y adquirir habilidades para los nuevos trabajos que llegarán. Gartner pronostica, por ejemplo, que la inteligencia artificial destruirá en los próximos cuatro años 1,8 millones de empleos a nivel global, pero generará 2,3 millones de nuevos puestos de trabajo. Es probable que los trabajadores consuman este aprendizaje de por vida cuando lo necesiten y a corto plazo, en lugar de durante largos períodos como lo hacen ahora, que cuesta meses o años completar certificados y títulos. También, con esta tercera ola, vendrá un cambio en cómo los trabajadores perciben la formación, que es como una maldición por la que hay que pasar por exigencias de la empresa o, peor aún, algo a lo que se recurre tras un despido. Estamos entrando en una etapa en la que el re-entrenamiento será parte de la vida cotidiana puesto que con vidas laborales tan largas y variadas, reinventarse y volver a capacitarse será muy normal. Por ello nos tenemos que ir quitando de la cabeza la idea de que la formación y el mundo del trabajo son etapas de la vida o espejos de nuestra identidad.

Hasta ahora, uno no sólo estudiaba, sino que era un estudiante. Concluir la formación superior significaba acceder a la identidad adulta, marcada por la independencia económica. En los próximos lustros, será habitual volver con cuarenta, cincuenta o sesenta años a la universidad para estudiar un grado, programa o curso completamente diferente de la primera carrera. En general, el mundo laboral y el formativo estarán mucho más conectados: cruzar del uno al otro será bastante habitual. A su vez, la incertidumbre y la velocidad de los cambios tecnológicos exigirán planes de estudios flexibles, ya que lo que podría parecer un trabajo o habilidades de gran demanda hoy día podría no serlo para cuando alguien termine de capacitarse para un nuevo trabajo. Uno de los rasgos característicos de nuestra época es la aceleración del tiempo histórico. Todo sucede tan deprisa que, a menudo, cuando aún se está desarrollando una tecnología, ya ha aparecido la siguiente, que convierte la anterior en obsoleta. En este contexto de inmediatez, la educación, que por su propia naturaleza requiere planificación y tiempo, asume un gran reto. Los grados dobles, las titulaciones mixtas, los programas executive, blended, cursos de foco y experienciales, son algunas de las herramientas para obtener una formación de calidad, muy especializada y situar a los estudiantes de todas las edades ante problemas reales para que aprendan a tomar decisiones y solucionar problemas. Al respecto de estas nuevas habilidades que se requerirán, no todo será tecnología. La capacitación laboral deberá centrarse en varias disciplinas técnicas, pero también en las habilidades clave que la complementan, como la resolución de problemas, el trabajo en equipo, la comunicación y sobre todo la empatía. En definitiva, como afirmó esta semana pasada el astrónomo español Rafael Bachiller, solo será útil Davos (y nuestros gobiernos, digo yo) en cuanto se centren en lograr que la tecnología mediante la educación nos haga más humanos.