jueves, 21 de abril de 2022

Autónomo, profesión de riesgo

 Este artículo se publicó originalmente en el blog Vida Silver de IFEMA el día 20 de abril de 2022


Prestigiosas investigaciones médicas han demostrado que aquellas personas con determinados trabajos tienen mayor probabilidad de morir. La novedad es que ya no son profesiones de riesgo los mineros, bomberos, policías o los marineros de barcos pesqueros sino el trabajo autónomo. La revista The Lancet publicó hace unos años un estudio sobre mortalidad y estrés laboral. Se vivirá menos años si sufres un estrés malo que definieron. A saber, primero ausencia de control, es decir que tu destino profesional no depende de cuestiones que están en tu mano sino de arbitrariedades externas. En segundo lugar, altos niveles de autoexigencia en el desempeño profesional. Finalmente, otros científicos han añadido precariedad laboral, es decir falta de estabilidad en tu puesto de trabajo a partir de los 50 años. Este es el cóctel que provoca el estrés mortal.

Un profesional por cuenta propia, cumple los tres tristes requisitos. Sus ingresos no dependen de él mismo sino de que tenga clientes. A su vez, un freelance ha de trabajar muchas horas durante muchos años para conseguir estabilidad en su facturación. Por último, a la vista de los datos del Mapa Talento Senior en España, es muy difícil trabajar a partir de los 55 años si no eres autónomo. Estas son las dramáticas cifras del informe citado: la población desempleada mayor de 55 años suma un total de 508.000 personas; esta cifra no ha dejado de crecer en la última década. El paro sénior casi se ha triplicado desde el año 2008 en España ya que los parados ese año eran 180.000 personas. Pero además la población desempleada mayor de 55 años que lleva más de dos años buscando empleo la componen 220.000 personas, que suponen el 43 % de todos los parados sénior. Casi la mitad de los séniores españoles en paro llevan más de dos años en esa situación. Si seguimos poniendo el zoom en estos números concluiremos que el trabajo autónomo en España crece conforme cumple años la población ocupada y en el colectivo sénior está mucho más presente. De media, uno de cada cuatro afiliados sénior a la Seguridad Social es autónomo, pero en algunos tramos supera el 50 %. Ser autónomo es la opción mayoritaria para seguir activo en los últimos años de vida laboral. Por necesidad o por oportunidad, los trabajadores autónomos en su mayoría serán canosos y cada año verán más lejos su retiro.

Pero no todo son malas noticias si trabajas por tu cuenta. Hace tiempo la conocida revista National Geographic publicó su famoso reportaje sobre las zonas azules del mundo o lo que es lo mismo sobre aquellos territorios en los que viven las personas más longevas que superan la centena de años. Estas regiones tienen un patrón común que merece la pena conocer. Los ancianos centenarios seguían muy activos en trabajos vinculados al campo, al mismo tiempo que su voz seguía siendo escuchada y muy respetada en la comunidad en la que vivían. El periodista que firmó la noticia encontró ese denominador común en lugares tan dispares como la isla japonesa de Okinawa, Creta en el Mediterráneo o Costa Rica en Centroamérica. Seguir trabajando da años de vida, es uno de los hallazgos.

También, el profesor titular de la Universidad Carlos III, el actuario Miguel Usabel, aporta otro dato para el optimismo de los autónomos. A raíz de un estudio realizado por un equipo de investigadores de varios países, se demuestra que viven más años aquellos profesionales con personalidades propensas al orden y a la organización. En cambio, las personas indolentes y que retrasan las decisiones mueren mucho antes. Estará de acuerdo el lector conmigo que es Imposible ser perezoso y desorganizado si eres trabajador por cuenta propia, porque te va la supervivencia económica en no serlo.

Yo también me atrevo a situar en esta imaginaria balanza entre ser o no ser autónomo el concepto definitivo que hará que el fiel gire a favor de los autoempleados. Es la economía plateada, también conocida como economía de la longevidad o silver economy para el mundo anglosajón. En palabras del Gobernador del Banco de España “nuestro país cuenta con una situación de partida privilegiada para competir en la provisión de servicios destinados a la población en tramos de edad avanzados —lo que se ha denominado silver economy-, tanto por nuestras especiales condiciones geográficas y culturales como por el patrón de especialización sectorial que hemos desarrollado en los últimos años. Aprovechar las nuevas oportunidades que se nos plantean exigirá ser ágiles - y perseguir continuas mejoras de calidad y eficiencia en la provisión de los bienes y servicios que una sociedad más envejecida demanda”. La lista de organismos internacionales que han identificado las oportunidades para una economía de una  nueva numerosa cohorte de personas mayores de 50 años, es inmensa; desde la OCDE o el Banco Mundial, Naciones Unidas o el BID. La propia Comisión Europea ha afirmado que es imposible encontrar un mercado en el que la oferta esté asegurada que aumente dos dígitos en la próxima década.

Si todavía no te he convencido, el informe para España del centro de investigación CENIE junto a Oxford Economics sitúa la economía plateada como la gran oportunidad para nuestro país, donde ya uno de cada tres euros de nuestra riqueza proviene de los seniors. Difícil encontrar un país del mundo en el que se den tantas circunstancias para liderar esta disciplina: el mejor clima, la mayor esperanza de vida, la apertura al exterior y un robusto sistema socio-sanitario. Pero, además, un resiliente tejido económico de autónomos y pymes con toda la motivación para ofrecer esos nuevos bienes y servicios desde España que necesitan la generación de las canas de todo el mundo

Iñaki Ortega es profesor de economía de la empresa en la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR) y coautor del libro La Revolución de las Canas

 

Emprendedor o depredador

 

(este artículo se publicó originalmente en el periódico 20 Minutos el día 18 de abril de 2022)


En primero de carrera, a los economistas nos enseñan el concepto de destrucción creativa. Fue formulado el siglo pasado por Schumpeter, austriaco de nacimiento que se mudó a la Universidad de Harvard para ejercer como profesor. La teoría defiende como los auténticos emprendedores a aquellos que con sus innovaciones destruyen la competencia porque consiguen una mejora imbatible. El ejemplo que explico en mis clases es el de la industria de la música: los suecos de Spotify han arruinado a las discográficas americanas pero los usuarios estamos encantados porque la música es más accesible que nunca. También si piensas en cómo ha evolucionado la fotografía o la industria del cine, encontrarás el mismo concepto y cómo hemos ganado con las innovaciones de pioneros emprendedores.

Otros investigadores han complementado los rasgos del empresario y han incluido el riesgo y también el estar alerta. Eso sí, en todas esas definiciones encontraremos el elemento común de Schumpeter: la creación de valor. Y no solo para los que ejercen la actividad empresarial sino también para la sociedad a la que sirven. En la era de la pandemia es un buen ejemplo el de los emprendedores turco-alemanes -inventores de la vacuna de Pfizer- que les ha hecho ganar dinero, pero además ha salvado millones de vidas.

Por desgracia, la pandemia nos ha traído contraejemplos que ocupan estos días las noticias de supuestos empresarios que ni han innovado, ni creado valor, pero que se han lucrado en plena tragedia. En marzo de 2020 cuando morían miles de personas cada día, los gobiernos necesitaban conseguir mascarillas y pagaron lo que fuese por conseguirlas. En Madrid por supuesto, como nos cuenta la fiscalía anticorrupción, pero en otras muchas administraciones de España pasó exactamente lo mismo. Aunque no ocupe los titulares, en cada localidad española un pícaro creyó que era su momento, haciendo gala de que el Lazarillo de Tormes es antepasado de todos nosotros. Llamar al primo del alcalde, al hermano de la presidenta, pero seguro que también al cuñado sindicalista o al camarada del partido que trabaja en la Moncloa, para ofrecer mascarillas fue lo habitual en plena emergencia sanitaria

Alguien dirá que los hoy investigados aprovecharon una oportunidad y que no hay culpa en ello, por eso desde aquí animo a que repasen los manuales de economía porque no crearon valor para nadie, más que para ellos mismos. No son emprendedores sino ventajistas, que el diccionario dice que son aquellos que tratan de obtener beneficio en todos sus asuntos, aunque tengan que recurrir al engaño. Ese ardid funcionó -ni tenían experiencia en China ni en productos sanitarios y el material fue defectuoso- aun así, cobraron millones por las mascarillas. Pero no deberían librarse de la justicia tampoco aquellos que inflaron los precios para lucrarse en plena tragedia, aunque las mascarillas no se rompiesen tras su primer uso. Cada euro de sobreprecio impedía que una protección llegase a un enfermo. En la conciencia de todos esos supuestos emprendedores quedará si actuaron como tales o simplemente como depredadores que saquearon a los de su misma especie.

Iñaki Ortega es doctor en economía en La Universidad de Internet UNIR y LLYC 

martes, 5 de abril de 2022

España tiene fiebre

(este artículo se publicó originalmente en el periódico 20 Minutos el día 4 de abril de 2022)





Lo sabemos porque todos hemos tenido fiebre alguna vez. No es una enfermedad, pero sí el síntoma de que algo no va bien en tu organismo. Generalmente una infección o incluso algo más grave contra lo que lucha el cuerpo. Los médicos nos dicen que al aumentar la temperatura el sistema inmunitario funciona mejor, a los virus y bacterias no les gusta ese calor. Y también el dolor de cabeza y la sensación de cansancio de la febrícula contribuyen a que permanezcamos en reposo y se dediquen esas energías ahorradas a luchar contra la enfermedad.

Esta semana hemos conocido que en España la inflación ha alcanzado el 9,8%, o lo que es lo mismo el IPC, el índice que mide lo que suben los precios de la cesta de la compra, ha subido en el mes de marzo hasta alcanzar casi diez puntos en el acumulado, el más alto en cuarenta años. Con este guarismo han saltado todas las alarmas, los precios de la energía y alimentos se han disparado. La escalada de precios se ha colado en todos los sectores y agentes de la economía española, ya que devalúa los ahorros, reduce el consumo privado, eleva los costes industriales y hace menos competitivos nuestros productos. Los cierres y despidos son cuestión de tiempo.

Los humanos mantenemos la temperatura constante gracias al hipotálamo, localizado en una parte del cerebro que funciona como un termostato. Cuando algo sucede, ese organo mandata la fiebre y se pone en marcha este proceso corporal para luchar contra la infección. La farmacología ha diseñado medicinas para bajar esa fiebre, pero de nada sirven los antitérmicos si la enfermedad sigue y es entonces cuando hay que probar soluciones más radicales como los antibióticos.

En la economía el surgimiento de una elevada inflación puede estar causado por factores exógenos puntuales, como alguien puede pensar que sucede ahora con la invasión rusa de Ucrania. Pero si antes de la guerra estábamos ya en un 7% y además a países con estructuras similares a la nuestra no les ha afectado igual la contienda, está claro que esto no es sólo un catarro estacional, sino que padecemos algo más grave. Hasta ahora el hipotálamo de la economía española podía actuar con la política fiscal (los impuestos) y con la monetaria (los tipos de interés), pero ahora eso depende de Europa. Y parece que no están dispuestos a un nuevo rescate de la economía patria sin que se acometan las reformas necesarias.

El gobierno español quiere, vencer esta fiebre solo con analgésicos como subvencionar la gasolina, prohibir las subidas de alquileres o presionar a las eléctricas y esperar que pase el tiempo. Sin embargo, los principales indicadores son implacables y todas las previsiones son más paro y menos crecimiento.

Urge huir de la pildorita mágica y poner de acuerdo al país con el gobierno, empresarios y sindicatos en un tratamiento que nos haga ser más competitivos. Reformas para una mejor educación, menos trabas a la actividad, más ayudas solo para quien de verdad las necesite, más corresponsabilidad…en definitiva más mérito y capacidad pueden ser nuestro antibiótico.

 

 

 

Iñaki Ortega es doctor en economía en La Universidad de Internet UNIR y LLYC


domingo, 3 de abril de 2022

El nuevo polonio ruso son los datos

(este artículo se publicó originalmente en el diario La Información el día 29 de marzo de 2022)


Hace pocos días se supo la noticia de la muerte en Kiev de la periodista rusa Oksana Baulina fruto de un misil de precisión lanzado por sus compatriotas. Oksana, conocida por sus críticas al régimen de Putin, no estaba en una “zona caliente” de la guerra sino en un enclave seguro junto a informadores internacionales.  Falleció mientras visitaba, en una caravana de periodistas, un arrasado centro comercial de la capital ucraniana. Cuando grababa imágenes de la destrucción provocada por la invasión rusa, su coche fue alcanzado por un proyectil que acabó con su vida al instante. Ningún otro vehículo de la expedición resultó dañado. Oksana, era corresponsal en Ucrania de un medio digital americano, pero antes trabajó para la Fundación Anticorrupción del opositor ruso Alexei Navalni. Después de que la organización fuera catalogada como una organización extremista, tuvo que abandonar Rusia para poder seguir informando sobre la corrupción del gobierno ruso.

Navalny, con este atentado, habrá vuelto a recordar desde su cárcel rusa aquel 20 de agosto de 2020 en Siberia en el que fue hospitalizado en estado grave. Su familia denunció que había sido envenenado, pero los médicos rusos se negaron a aceptar esa hipótesis y por tanto a iniciar un tratamiento. Entonces, Alemanía movilizó un avión medicalizado que logró trasladarle a Berlín. Unos días después el gobierno germano confirmó que las pruebas de toxicología eran «inequívocas» respecto del envenenamiento con Novichok, un veneno diluido en un té que Navalny tomó en el aeropuerto siberiano.

En noviembre de 2006, Alexander Litvinenko, pide también un té en un hotel de Londres. Tres semanas después, este antiguo espía ruso arrepentido, muere en un hospital británico. Dos días antes de fallecer, científicos atómicos confirmaron que dio positivo en envenenamiento por la radiación de polonio.

Oksana ha sido la penúltima víctima del Kremlin, pero esta vez no ha hecho falta un veneno en la taza de té. Ha bastado, probablemente, que la periodista rusa aceptase las cookies de alguna web para que su teléfono fuese rastreado por el ejercito ruso. Sea por eso, o por uno de los miles virus informáticos que pueden alojarse en cualquier móvil, Oksana fue localizada y el resto lo hizo un cohete de alta precisión. Hoy tus datos personales se pueden convertir, por tanto, en tan malignos como ese polonio que usa la KGB.

Hace un par de años Jim Balsillie, el que fue CEO de la matriz de los míticos teléfonos BlackBerry, testificó ante el comité canadiense de privacidad y democracia internacional y dejó para los anales esta frase “los datos no son el nuevo petróleo, son el nuevo plutonio”. En la declaración más extensa explica que los datos de carácter personal gestionados inadecuadamente tienen el potencial de causar un tremendo daño. Por supuesto que Jim no sabía lo que iba a suceder años después en Kiev con el asesinato de la periodista, pero sí conocía la historia de la segunda guerra mundial. Como explicó Adolfo Corujo en un recomendable podcast, el exterminio judío, puede explicarse también por el uso de datos personales. Holanda fue el país donde fueron asesinados un mayor porcentaje de judíos, 74%, pero en cambio en Francia esa cifra no llegó al 25% ¿Dónde reside fue la diferencia? Los nazis cuando invadían un país acudían a los registros municipales, para localizar a los judíos y otras víctimas. Holanda, antes de la invasión, había aprobado una norma para recopilar todo tipo de datos que ayudasen en sus políticas públicas. Uno de esos datos que disponían y tenían actualizado era la religión de las personas. Cuando, en mayo del 1940 el ejército nacional socialista invade el país de los tulipanes, solo tuvieron que ir al censo para encontrarse una exacta base de datos del número de judíos con sus direcciones. En el caso de Francia esa información no se almacenaba por cuestiones de privacidad. El ejército alemán no encontró en Francia esa información y gracias a ello, cientos de miles salvaron sus vidas.

No es nuevo, por tanto, que los datos de carácter personal son plutonio. Lo que sí es nuevo es que la tecnología ha permitido generar sistemas que recolectan estos datos con una eficiencia y a una escala astronómica a nivel global. Y esos datos, en malas manos, puede provocar un asesinato, un ataque a una infraestructura crítica o llevar a la bancarrota a una empresa. Sí, todo por un dato personal.

El plutonio es un material tóxico y radiactivo. El principal tipo de radiación que emite es la “radiación alfa” que ingerida o inhalada puede causar cáncer de pulmón o envenenamiento mortal. También el plutonio es un elemento que se utiliza en la fabricación de armas nucleares. Por eso este elemento químico está sujeto a todo tipo de restricciones en su uso, transporte y almacenamiento. Pero al mismo tiempo, el plutonio se utiliza en marcapasos que evitan infartos de miocardio y en los combustibles de los reactores de las centrales nucleares que están salvando, por ejemplo, a Francia, de la crisis energética que vivimos actualmente

Hay datos que son plutonio. Para bien y para mal. Por ello el debate no es prohibir su uso sino regularlo. Cada vez se habla más de una cuarta generación de derechos humanos ante los abusos de la mala tecnología. Los primeros derechos humanos, con la libertad y la igualdad, nos protegieron frente al poder absolutista gracias a la Revolución francesa. La segunda generación, con el derecho al empleo y la sanidad, permitió que hubiese un Estado que nos defendiese. La tercera oleada de derechos fundamentales fue coherente con la globalización y consagró el pacifismo Se necesita, por tanto, una cuarta, la de los derechos fundamentales en la era digital. El derecho a ser olvidados, el derecho a la identidad digital, la imparcialidad de la red y por supuesto el control de nuestros datos personales para evitar usos tan perversos ahora y en el futuro.

Iñaki Ortega es doctor en economía en La Universidad de Internet (UNIR) y LLYC

lunes, 21 de marzo de 2022

La guerra, nuestra guerra

(este artículo se publicó originalmente en el periódico 20 Minutos el día 21 de marzo de 2022)



Ahora que parece que ya nos hemos cansado de devorar las imágenes de la invasión de Ucrania es cuando comienza nuestra guerra. En la cuarta semana de ataques rusos, nuestros ojos se han acostumbrado a los resplandores de las bombas y a las caras de pánico de los ucranianos. Pero ahora sí, la guerra de verdad está llegando a España.

Aunque en las noticias Ucrania ocupe cada menos tiempo, en nuestras vidas va a suceder justo lo contrario. La globalización de la que tanto nos hemos beneficiado y que la masacre rusa ha puesto en cuestión, supone que todo está interconectado. Nunca ha sido tan fácil como ahora comprar cualquier producto de cualquier parte del mundo. Viajar, informarse o tener amigos de todas las culturas. Pero detrás de este fenómeno había unas cadenas de suministro que funcionaban como relojes suizos y que las bombas del Kremlin han colapsado. Esta globalización, como si fuese esas construcciones hechas de piezas de dominó, es muy frágil. Ha bastado con que Rusia invada Ucrania para que cayese la primera ficha del dominó que ha arrastrado a la siguiente y así sucesivamente, hasta que la guerra se ha plantado en nuestras vidas. Ya no es una imagen de destrucción que olvidas al apagar tu móvil. Es algo más profundo que ha venido para quedarse.

Nuestra guerra la vemos ya en las baldas vacías del supermercado, en la factura de la luz que no para de subir o cuando llenes el depósito de tu coche esta semana e incrédulamente constates que son 20 euros de más. Ya ven esta guerra los empleados de la automoción que no pueden seguir trabajando porque los cables de Ucrania imprescindibles para producir un coche ya no llegan. Se han dado cuenta de la guerra los obreros de las acerías que les han mandado a casa porque no compensa seguir con la fábrica abierta con el aumento del coste de la energía. Esos hijos que este fin de semana no han celebrado el día del padre, porque a muchos militares les han movilizado en nuestro propio país. O los taxistas que no pueden subir precios, pero en la gasolinera no piensan lo mismo; o los ganaderos que ya no tienen pienso para sus animales y que por ello han descubierto que venía de las llanuras ucranianas. Por no hablar de las familias de vaqueros que no tienen donde almacenar la leche porque los camioneros hartos de pagar los platos rotos de la guerra han decidido plantarse. Prueba a preguntar a las familias que viven del turismo si saben lo que es la guerra de Ucrania y comprobarás que está guerra ya nos está salpicando en cancelaciones de viajes y vuelta a los ERTEs y al desempleo de cientos de miles de compatriotas. Uno de cada diez euros de los ahorros de toda tu vida se habrá esfumado antes de que termine el año por la inflación también cebada desde Moscú.

Ahora sí, la guerra está aquí.

Iñaki Ortega es doctor en economía en La Universidad de Internet UNIR y LLYC



martes, 15 de marzo de 2022

Morituri te salutant

(este artículo se publicó originalmente en el periódico 20 Minutos el 7 día de marzo de 2022)


Se cuenta que los gladiadores justo antes de luchar en el circo romano saludaban al Cesar con la expresión latina “los que van a morir, te saludan”. Han tenido que pasar mas de dos mil años para que otro luchador, esta vez ucraniano y presidente de su país, salude al mundo con el mismo mensaje.

Los rudimentarios discursos de Zelesnky grabados con su propio teléfono son un ataque al ejército ruso, mucho más contundente que cualquier misil. El presidente ucraniano, objetivo número uno de Putin, con su supervivencia insufla ánimos a sus compatriotas y pone en evidencia el poderío militar de sus vecinos. Esos videos caseros, cada día desde un diferente escondrijo, son esperados por todo el planeta, como prueba de que sigue vivo. Cada nueva imagen del mandatario en camiseta kaki, no es solo un día más de vida de Zelensky, sino una bofetada en la cara de Vladimir Putin. Cada pieza es una obra maestra de cómo comunicar “mensajes de la verdad”. Esta expresión que fue acuñada en un homónimo libro hace 30 años, se refería a aquellas situaciones en las que te juegas el futuro y es preciso decir la verdad con todas las consecuencias. Es difícil encontrar más verdades por segundo que en cualquier video del ucraniano. Sin escenarios grandiosos, ni trucos efectistas, desde la autenticidad y la honestidad ha conseguido ser el maestro de la comunicación de nuestros días. 

Los gladiadores, no sin cinismo, saludaban cortésmente al emperador que los llevaba a la muerte en los juegos romanos. Hoy Zelensky recuerda al mundo que puede morir sin que hagamos nada por defender su vida y la de su patria masacrada por un tirano. Rusia ataca a Ucrania y todos pegados al televisor. Dos mil años de distancia. pero todo es igual.

Un Cesar que se entretiene con guerreros y fieras. Esta vez es un oligarca ruso, que juega desde su palacio con las piezas de la guerra; un día masacra una ciudad, al otro amenaza la seguridad nuclear o bombardea corredores humanitarios.

El público que abarrota el circo. Esta vez todo el planeta en sus casas, siguiendo desde sus dispositivos el espectáculo de luces, sirenas, sangre y llantos de la contienda.

Los luchadores que mueren en la arena, esclavos y presos de la peor calaña. Esta vez son ciudadanos libres cuya única culpa fue nacer en la latitud equivocada en el peor momento de tiempo, pero que morirán igual de injustamente.

En Roma los gladiadores se convirtieron en ídolos, las personas con más honor de su civilización adorados por todos los romanos. Por mucho poder que acumulase el Cesar y a pesar de que el emperador sobrevivía y los guerreros morían en el circo cada día de los juegos, el pueblo consagró a los gladiadores como sus héroes y no a los emperadores. Ojalá no tengamos que esperar a que muera Zelensky para convertirlo en un referente. Ojalá no sobreviva Putin a Zelenski. Ojalá no llegué el día en el que la ausencia del video del presidente ucraniano sea la noticia. Ojalá no lamentemos haber hecho caso omiso de sus agónicas peticiones porque estábamos muy ocupados poniendo la bandera de Ucrania en nuestro perfil de Twitter.

Iñaki Ortega es doctor en economía en la Universidad en Internet UNIR y LLYC

domingo, 13 de marzo de 2022

Ética y épica de Pablo Casado.

(este artículo se publicó originalmente en el diario La Información el día 1 de marzo de 2022)


El auge y caída del presidente del PP en apenas unos meses es digno de estudio. En octubre de 2021 Pablo Casado se situaba en todas las quinielas como presidente del gobierno in pectore, pero la sucesión de una serie de errores de comunicación en el mes febrero, ha hecho que todos los cadáveres de su gestión se hayan levantado de sus tumbas, hasta empujarle a su deserción. La pregunta que me ronda la cabeza es si esto hubiese pasado hace unos años o es fruto de los tiempos líquidos que nos ha tocado vivir.
El coronavirus ha precipitado un cambio que hace ya unas décadas preconizó el polaco Zygmunt Bauman, este filósofo acuñó el término líquido para definir el estado fluido y volátil de la sociedad actual, sin valores demasiado sólidos y en la que la incertidumbre por la vertiginosa rapidez de los cambios ha debilitado los vínculos humanos. Están haciendo aguas muchas cosas, desde los Estados hasta las familias, pasando por los partidos políticos, los gobiernos que ya no mandan, los puestos de trabajo que no sabemos si durarán hasta mañana.

Hoy, frente ayer, los actos tienen consecuencias inmediatas. Si algún adjetivo define el momento actual es la inmediatez. En unos pocos segundos puedes acceder al entretenimiento que quieras; en unos minutos en casa la comida deseada y en apenas unas horas la ropa que quieres ponerte mañana. Al mismo tiempo los contenidos quedan olvidados de un día para otro. Pero esta inmediatez es un arma de doble filo. Todo es muy rápido y la información llega hasta el último hogar. En un abrir y cerrar de ojos esa opinión pública, instruye tu caso, te juzga y condena.  Y además sin posibilidad de recurso alguno. Casi sin datos, sin tiempo para razonar y argumentar, simplemente desde las emociones. Lo llaman posverdad.

Hoy, frente ayer, no hay segundas oportunidades y si fallas en los momentos de la verdad, estás perdido. Esos instantes, conocidos también como "moments of truth" fueron etiquetados así hace décadas por el directivo sueco Jan Carlzon para explicar esas ocasiones en las que una empresa se la juega con su cliente. En los tiempos convulsos de hoy en día las organizaciones en función de cómo comuniquen se la juegan. Guerras, pandemias, crisis económicas que no son sencillas de gestionar desde las empresas pero tampoco desde otras instituciones. El cliente de Carlzon ha pasado a ser los agentes de interés en el que también están los proveedores, empleados, accionistas y la sociedad en general. El cliente de Casado en sus “momentos de la verdad” del viernes 17 de febrero eran sus afiliados y votantes y no supo alinearse con ellos.

Hoy, frente ayer, no puedes minusvalorar a tus rivales internos y externos porque el poder ya no es imbatible como antes. El economista Moisés Naim lo dejó escrito en su libro “El fin del poder” mostrando las grietas de las actuales estructuras del poder que ya no pueden hacer lo que les de la real gana. Las reglas del juego han cambiado y Pablo Casado debería haber sabido que por muy presidente que sea del partido político español más presidencialista, su puesto estaba en juego cada día. Tus actos siendo presidente del PP tienen consecuencias y tu inacción también.

Hoy, frente ayer, un líder sin los pertrechos del momento está llamado a durar poco. El pensador libanés Nassim Taleb en su libro “Jugarse la piel” habla de que la sociedad cada vez más desconfía de esos individuos que no se juegan nada a la hora de trasladar sus opiniones porque el resultado de sus equivocaciones siempre es pagado por otros que no tienen su poder. En cambio, seguimos a los abrasados, a los que han sufrido para llegar donde están. Pedro Sánchez, Santiago Abascal y también Isabel Diaz Ayuso tienen esa épica y parece que los votantes piensan igual. Casado se jugó también la piel en las primarias de su partido, pero pronto se quitó ese traje de invitado no esperado para querer enfundarse el de líder de toda la vida. Qué error. Renunció a la ilusión del insurgente de julio de 2018 para convertirse en un incumbente, pensando que eso le permitiría ser admitido en el club de los poderosos. Quizás hace una década, me temo que hoy las circunstancias han cambiado y sino echemos un vistazo a los líderes que han sobrevivido al último lustro.

Hay que recordar que Casado tuvo a su favor la épica y la ética. David (Pablo) ganó a Goliat (Soraya y Cospedal) porque se apoyó en la ética (romper con el pasado), pero en el camino de su mandato pareció olvidar ambas.  En su funesta entrevista en la COPE Casado pareció elegir la ética creyendo que era más poderosa que la épica, pero ya era tarde y sus votantes y bases optaron por la épica de Isabel Diaz de Ayuso. Como en lo libros de caballerías da igual si las hazañas del héroe (en este caso heroína) son verdad, lo importante es su batalla y lo que hace que te adhieras a su causa son unos enemigos comunes. Ayuso desde la épica ganó a la supuesta ética de Casado. Mucho antes de que los barones o la cascada de dimisiones empujasen al patíbulo al presidente del PP, el corifeo Ayuso tenía detrás a millones de votantes y militantes.

La épica y la ética comparten casi todas las letras y un origen heleno. Y muchas cosas más aunque estos días de crisis del PP algunos hayan pensado que son conceptos excluyentes. Un mandato ético puede ser épico; un discurso épico no debe renunciar a la ética. La épica es la leyenda, el coraje, lo imposible y la ética es lo bien hecho. Pero también la ética son unos hábitos (ethos en griego), algo que permanece y no se exhibe en determinadas ocasiones. Si se une épica y ética, todo es posible. Si no, hoy, nada puede lograrse.

 

Iñaki Ortega es doctor en economía en La Universidad de Internet (UNIR) y LLYC