domingo, 26 de febrero de 2023

Píldoras contra la escasez

(este artículo se publicó originalmente en El Periódico de Cataluña, El Levante y el Periódico de España el día 24 de febrero de 2023)

La economía es una ciencia que nace para explicar la escasez. Los recursos son limitados pero no así las necesidades y deseos de las personas, por ello y para evitar la pobreza los agentes han de tomar decisiones. La economía utiliza modelos estadísticos y datos matemáticos a fin de que esas decisiones sean las más adecuadas. Pero no todo siempre es ciencia. Los economistas clásicos como Smith o Hume y más recientemente Keynes, se quejaban de que muchas veces las decisiones económicas son irracionales, casi como si estuviésemos poseídos por espíritus animales que nos llevan a actuar al margen de la lógica y los datos.

Un siglo después de que el economista inglés lamentase los impulsos primarios de muchos actores económicos, en España la emoción vence a la razón en la economía. Las interpretaciones gubernamentales de las cifras del PIB, el empleo, la inflación, los tipos de interés, los salarios, las pensiones o los impuestos, siempre son las mismas. Da igual lo que diga el dato, el guion es siempre idéntico: “qué buena situación la de la economía española gracias a la excelente gestión del gobierno”.

Cerramos el año 2022 con una subida del PIB del 5,5% y el titular dictado por el gobierno es que crecemos más que nadie en Europa, obviando que somos el único país de la eurozona que no ha recuperado el PIB prepandemia. La economía española en febrero de 2023 es más pequeña que en febrero de 2020.  Tres años perdidos.

Superamos la cifra de veinte millones de empleados y la euforia se instala en la sala de prensa del consejo de ministros sin analizar que las horas trabajadas hoy son menos que las de hace tres años o que la factura del desempleo es mayor que antes del covid. Perdemos productividad, pero lo celebramos como si España fuese la nueva Suiza cuando seguimos siendo la pareja de baile de Grecia.

La inflación subyacente se dispara en nuestro país pese a las acciones desesperadas de política económica y los portavoces de los partidos que apoyan al gobierno repiten el argumentario oficial de que somos el oasis europeo de los precios. Poco les importa que en la cola de los supermercados crece la indignación o que el Banco Central Europeo no entienda de fronteras locales y siga subiendo los tipos de interés para frenar el IPC continental. El discurso triunfalista sobre nuestra supuesta ventaja inflacionaria se derrumba cuando los ciudadanos comprueban en sus cuentas las subidas de la cuota de la hipoteca o la ruina de una cesta de la compra por las nubes.

El salario mínimo alcanza en cuatro años una subida del 47% y hay que felicitarse porque somos el país del mundo que más ayuda a los trabajadores con menores ingresos. Quién paga esta decisión del BOE, es lo de menos. Parece muy fácil subir el sueldo por decreto a dos millones de empleados cuando los que pagan las nóminas no trabajan en los ministerios. Pero es muy difícil concluir que cuando suben el precio de un bien (y el salario es el precio del trabajo) estamos provocando que baje la demanda del mismo en el medio plazo. ¿De qué sirve un SMI alto, si lo que se consigue es desincentivar la creación de empleo?

Las pensiones suben con la inflación y celebramos que somos la nación con más dignidad de Occidente con sus mayores. Nada en las soflamas del fin de semana de que la presión fiscal en España es ya de las más altas de Europa o que nuestro gasto social está como el de Suecia o Alemania, sin serlo en nuestra capacidad de generar riqueza. Tampoco se encontrará en esos mítines una sola palabra de reconocimiento a los empresarios que han tenido que asumir una brutal subida de las cotizaciones para pagar la indexaciòn de las jubilaciones. En cambio, el hostigamiento a los empresarios se ha convertido en habitual. No hay día que un ministro ataque a la empresa, cuando la razón indica que solo con muchos emprendedores, España podrá generar la suficiente actividad que acabe con la pobreza que nos ha traído esta crisis.

Pedro Sánchez es doctor en economía y Nadia Calviño economista del estado, por lo que no me cabe duda de que conocen bien la teoría keynesiana. Saben de lo que hablan. No confunden emociones y datos. No están poseídos de ningún espíritu animal. Pero como en la película de ciencia ficción, Matrix, en la que el protagonista vive en una distopía y ha de elegir entre tomar una pastilla azul que le mantendrá en un mundo de plácida fantasía o una pastilla roja para ser consciente de la dolorosa realidad, ambos han tomado una decisión. Los españoles nos merecemos esa pastilla azul, por lo menos este año 2023.  Así, van a hacer todo lo que este en su mano para ello y no es poco, con un presupuesto público inflado por los fondos Next Generation y la recaudación no deflactada.  Los demás no tendremos más remedio que optar entre vivir tranquilos pero engañados o intranquilos pero informados. No será sencillo pero yo lo tengo claro.

Iñaki es doctor en economía en La Universidad de Internet (UNIR) y LLYC


jueves, 23 de febrero de 2023

En deuda

(este artículo se publicó originalmente en el periódico 20 Minutos el día 20 de febrero de 2023)

El Banco de España acaba de anunciar que nunca en la historia de nuestro país hemos tenido tanta deuda pública. 1.503 billones de euros que han gastado de más las diferentes administraciones públicas. Muchos ceros seguidos que quizás se comprenden mejor calculando que tocamos a más de 31.000 euros por español. Antes de que algún lector se ponga nervioso por la parte que le toca, la deuda no ha de pagarse este año ni el siguiente, ni Hacienda mandará una carta a cada español con un apremio para sufragarla. La deuda se devolverá, pero no por esta generación de contribuyentes sino por las siguientes. No nos equivocamos si afirmamos que los gastos de hoy en pensiones y sanidad serán pagados mañana a costa de una menor capacidad pública para afrontar esos mismos conceptos.

También esta semana el gobernador del Banco de España ha alertado sobre la escalada de las hipotecas fruto de la política monetaria. De todos los créditos hipotecarios vivos, el 70% tiene un tipo de interés variable, por lo que más de cuatro millones de españoles este año verán como, de media, subirá 300 euros al mes lo que pagan al banco para financiar su casa. Un drama para los ya más que ajustados presupuestos familiares fruto de la crisis y la inflación. Algo inimaginable para una mayoría que pidió la hipoteca en la última década con los tipos por los suelos.

La realidad es que vivimos endeudados. Los ayuntamientos porque de otra manera no podrían afrontar la limpieza y la recogida de basuras. Las comunidades autónomas a causa de la sanidad que exige cantidades ingentes de dinero. El estado con la factura de las pensiones y los subsidios al desempleo que no dejan de crecer, porque este en un país de votantes envejecidos y parados. Y empeñadas también las personas porque queremos comprar una casa, tener el último modelo de móvil o viajar aunque no tengamos dinero. Todos en deuda con alguien; nosotros con el banco; las administraciones públicas con el Banco Central Europeo e inversores extranjeros

Pero hay otra deuda de la que se habla infinitamente menos y es más importante. El déficit público y la hipoteca tarde o temprano ha de pagarse, la que quiero contar nunca se termina de pagar. Las deudas de dinero quedan reflejadas en un contrato, esta otra nunca. Me refiero a la deuda con ese profesor sin el cual no hubieras seguido estudiando, la deuda con las madrugadas en vela de tus padres, con tu hermano que hacía los deberes contigo o con tus hijos que miran para otro lado cuando no estás a la altura. Estamos en deuda con los amigos que nos sacaron del pozo de los desengaños amorosos, con los compañeros de trabajo que lo dan todo, aunque su contrato no sea ni de lejos como el tuyo, con los vecinos que te guardan las llaves cuando te las dejas puestas o en mi caso con los cientos de alumnos que solo recuerdan tus aciertos. Una deuda que no vale dinero, sino que vale mucho más: la diferencia entre vivir y malvivir.

Iñaki Ortega es doctor en economía en La Universidad de Internet (UNIR) y LLYC



martes, 21 de febrero de 2023

El espectáculo debe continuar

(este artículo se publicó originalmente en el diario La Información el día 14 de febrero de 2023)


Este año en la ceremonia de los premios del cine español, el busto de Goya que se entregó a los ganadores era de bronce reciclado, y así lo repitió dos veces la organización, al mismo tiempo el director de la academia se comprometió a plantar un bosque en Cantabria para “compensar la huella de carbono que deja esta gala”. Nada debía estropear el espectáculo del cine patrio, ni la ley fallida del “sí es sí” que nadie mencionó, ni tampoco las conciencias de los espectadores al respecto de la contaminación de los aviones, trenes y taxis de los más 3000 asistentes y organizadores que se desplazaron a Sevilla.

“El show debe continuar” es una expresión muy usada en inglés que se hizo conocida por estos lares en los años 90 gracias a la canción de Quenn “The show must go on”. Fue escrita por el guitarrista de la banda británica, Brian May, en homenaje al cantante del grupo, Freddie Mercury, quien se encontraba gravemente enfermo desde hace años. La canción rápidamente se convirtió en un éxito mundial y es considerada uno de los iconos del rock ya que fue premonitoria de la muerte por SIDA, apenas unas semanas después de su lanzamiento, de la estrella del mítico grupo.

Pero, aunque la frase en cuestión fue utilizada por Shakespeare en el siglo XVI, parece ser que comienza a usarse masivamente hacia 1800 gracias al Circo ya que si un animal se escapaba o un artista resultaba herido, el espectáculo no se detenía. No podía permitírselo la familia circense. Más tarde el uso se amplió al mundo del espectáculo en general, y actualmente se utiliza para referirse a cualquier evento que debe continuar a pesar de los problemas que puedan surgir.

Estos días se ha presentado el libro “Contra la sostenibilidad” de Andreu Escrivá. La tesis del ambientólogo valenciano que se ha atrevido a plasmar en esas páginas es la desconfianza social sobre eso de que el desarrollo sostenible nos va a salvar de todos los males. Así es, de unos años a esta parte es difícil que una empresa o una administración no hable de sostenibilidad; las corporaciones han abrazado el concepto de la ESG y el sector público los ODS. El autor hace de portavoz de un cada vez mayor número de personas que comienzan a pensar que detrás de esas pomposas siglas no hay nada o si lo hay, solo es marketing. Los anglosajones le han llamado “greenwashing” y el libro lo bautiza como “ecopostureo”.

Ha pasado un tiempo desde que en 2019 la patronal American Business Round Table pidió redefinir las reglas del capitalismo; el periódico Financial Times reinventar el capitalismo a lo que se unió el foro de Davos con el famoso propósito. Es entonces cuando nace el acrónimo ESG (sostenibilidad en materia medio ambiental, social y de gobierno corporativo) como mantra que han de seguir las empresas que quieran sobrevivir en la nueva economía. Pronto el concepto triunfa entre los inversores en especial desde que el mayor fondo de inversión del mundo, BlackRock, amenaza con dejar de invertir en empresas que no sean sociales. Hoy el desempeño de cualquier gran compañía ha de medirse en base a esa ESG y se ha convertido en un frio indicador más, casi sin rastro de lo que se supone que deben llevar detrás esas letras o por lo menos poca gente recuerda que lo importa no es que sirva para la cotización de la compañía sino que mida el auténtico impacto social de la misma.

Los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) tienen más años. Esos 17 objetivos surgen en la Cumbre de las Naciones Unidas sobre el Desarrollo Sostenible, celebrada en 2015, en Nueva York. Pero ya a finales del siglo pasado la ONU había hablado de una agenda, la Agenda 21, para abordar los problemas urgentes del siglo XXI debido al aumento de las desigualdades. Los gobiernos de todo el mundo, con sus políticos a la cabeza, abrazaron los ODS como parte de sus estrategias políticas y durante un tiempo no hubo solapa de mandatario sin la chapa de estos objetivos. Pero con la llegada de la desglobalización, la inflación y el trabajo precario, pocos electores ya creen que los ODS salvarán el mundo, de hecho, no son pocos los que como Andreu Escrivá, consideran que esto de la sostenibilidad es un gran fraude. Ni el coche eléctrico, ni la lucha contra el plástico, ni los molinos de viento han traído un mundo con mejores sueldos y menos desigualdad.

Pero las empresas y las administraciones quieren que el espectáculo continúe. No importa que nadie entienda nada y que cada día sea más complejo saber lo que hacen esas instituciones por un mundo con menos problemas, aunque se reproduzcan los informes obligatorios de sostenibilidad. El guión está ya escrito y parece que funciona. La ESG con sus rankings e indicadores mejora la valoración de las compañías. Los ODS embellecen cualquier programa electoral y permiten un discurso político aplaudido en las mejores tribunas del mundo.  Hasta sirve para la gala de los Goya. Que nadie pueda decir que no somos sostenibles, por eso los cineastas han copiado las estrategias de sus odiados capitalistas. Acaso ese reciclaje y esos nuevos bosques no fueron ideas puestas en marcha hace ya mucho por las grandes empresas de la banca o la energía que tanto critican en sus películas…

En el circo si moría el domador no podía suspenderse el espectáculo. Tampoco en la lidia cuando un torero es cogido. Ahora empresas, administraciones y también los del cine corren el peligro de seguir con su show, como si no pasase nada, sin darse cuenta de que o cambian o nadie les estará escuchando ya.

Iñaki Ortega es doctor en economía en la Universidad de Internet (UNIR) y LLYC


martes, 14 de febrero de 2023

Cuesta arriba

(este artículo se publicó originalmente en el diario 20 Minutos el día 6 de febrero de 2023)


Será por el frío, quizás por los fuertes catarros de este invierno sin mascarilla o porque siempre es así el mes de enero… pero qué largo se me está haciendo este inicio de año. Tampoco ayuda la coyuntura económica: en lo que llevamos de 2023, la inflación ha vuelto a subir, el paro ha crecido y las hipotecas de nuevo se encarecen. Hasta Rafa Nadal que siempre nos da buenas noticias, ha caído lesionado en enero a las primeras de cambio en el Open de Australia. Ni siquiera este año las tradicionales rebajas -según el INE- nos han ayudado a aliviar los presupuestos familiares.

“La cuesta de enero” aparece todos los años por esta época para empinar la marcha del inicio de año. El origen de esta expresión reside en el siglo pasado cuando las tarjetas de crédito comenzaron a expandirse para financiar las compras personales. Con la Navidad los compromisos de gasto aumentaban y financiar el pago se convirtió en la fórmula para no quedar mal con nadie. Pero pronto llegaba enero y había que comenzar a devolver esos mini préstamos. Al parecer la causa de la frase también está en que en este mes se actualizan las tarifas de muchos servicios públicos, seguros y otros gastos como el teléfono. De ahí que desde hace décadas el mes de enero es sinónimo de un subidón de gastos.

En estos meses también aparece el “síndrome de la vuelta al colegio”, que en 2023 ha sido más intenso que nunca porque el pasado mes de diciembre fue de los menos productivos que se recuerdan con festivos y puentes prácticamente todas las semanas. El síndrome en cuestión supone para estudiantes y trabajadores un malestar causado por la falta de costumbre y por el lejano horizonte de volver a descansar. Fatiga, falta de apetito, dolor de estómago, tristeza, irritabilidad, trastornos del sueño y falta de concentración, dicen los expertos que son signos eso sí, pasajeros. A medida que se entra en la rutina, suelen ir desapareciendo.

Por último, está “el estrés del nuevo año”. La sucesión de metas y objetivos fijados en plena euforia navideña, en esta época empiezan a pesar como una losa. O peor aún, se convierten en frustración y ansiedad porque es evidente que no se van a cumplir. Nuestro nivel de exigencia ante estas promesas es altísimo y nos sometemos a una presión autoimpuesta que suele derivar en estrés. Además queremos cumplir con nuestros propósitos lo antes posible y esto nos lleva a intentar cosas que son difíciles de conseguir en el corto plazo. El ayuno voluntario que hice solamente el día después de Reyes ayudado por el empacho de roscón o las pesas envueltas en celofán que nunca serán estrenadas, estarían en esta categoría.

En mi caso todas las causas descritas hasta ahora me aplican y si se te ocurre alguna más, también. Solamente me consuela que como soy ciclista, las cuestas cuando se suben son menos peligrosas que cuando se bajan. Subir es duro y cuesta, pero si te caes no pasa nada; se coge la bici y vuelta a empezar. Siempre se llega, aunque tengas que poner pie en tierra alguna vez.

Iñaki Ortega es doctor en economía en UNIR y LLYC

lunes, 30 de enero de 2023

Policrisis en España

(este artículo se publicó originalmente en el periódico La Información el día 29 de enero de 2023)

Las palabras se ponen de moda. Un día te encuentras en un informe un término que no recuerdas haber oído nunca y a partir de ahí empieza a aparecer en todo lo que lees. Los economistas devoramos análisis de coyuntura y mucha prospectiva. Artículos, estudios, notas técnicas de universidades, analistas o think tanks y en todos se repite estos días un neologismo: policrisis.

En otoño del pasado año, el que fue secretario del Tesoro en la administración Clinton, Larry Summers preguntado por la situación económica afirmó que no podía recordar un momento con tantas crisis superpuestas. La galopante inflación, el endurecimiento de la política monetaria, el shock energético, la invasión rusa de Ucrania, el enfriamiento de la economía china y las tensiones geopolíticas. Y suscribió la tesis del profesor de la Universidad de Columbia, Adam Tooze que en un artículo en Financial Times en octubre de 2022 hablaba de policrisis, como el concepto que mejor resume el momento que vivimos.

La sucesión de una serie de riesgos interrelacionados que pueden llegar a retroalimentarse provoca una crisis inédita o policrisis, cuyas consecuencias son además impredecibles. En esta edición de Davos ha sido la palabra más repetida en los discursos, en concreto, un informe firmado por el Foro Económico Mundial habla de una “policrisis inminente” que afectará a todo el planeta y que se producirá por la combinación de factores como el cambio climático, la inflación subyacente, la polarización, las tensiones geoeconómicas y la crisis de materias primas. La lista de riesgos interrelacionados incluye la guerra de Ucrania y el cibercrimen.

Una aplicación del buscador Google te permite conocer la popularidad que tiene una palabra o lo que es lo mismo cuánta gente la teclea para encontrarla en la red. En el caso de policrisis hoy su popularidad en el mundo tiene 100 puntos, la máxima. Lo curioso es que a lo largo de los últimos años ha estado en cero o como mucho en diez puntos, salvo los 40 puntos que alcanzó el pasado año coincidiendo con su aparición en la conocida como biblia del periodismo económico. La página web también permite obtener la información por países. En España, según Google, no hay datos porque a nadie le interesa este término.  Es decir que en todo el planeta estamos preocupados por saber qué significa policrisis, por conocer porqué vivimos un tiempo caracterizado por múltiples crisis globales que se desarrollan al mismo tiempo en una escala sin precedentes, pero en España a nadie le interesa.

Aquí vivimos una realidad paralela. Una suerte de alucinación colectiva auspiciada por el gobierno que ha trasladado que estamos en una situación económica muy favorable. Los medios oficiales lo cuentan, los ministros lo repiten y el presidente Pedro Sánchez en su intensa agenda internacional lo recita de carrerilla. Disfrutamos de los mejores precios de la energía, somos los que más energía verde tenemos, al mismo gozamos de la menor tasa de inflación de Europa, crecemos más que nadie y el empleo no deja de darnos alegrías, bien sea con los datos de la EPA o de la afiliación a la Seguridad Social.

Parecería como si un inhibidor de frecuencia situado en los Pirineos estuviera evitando que a nuestro país llegasen las malas noticias ante la cercanía de las elecciones. Pero que nadie busque policrisis en el ordenador no significa que no tengamos una policrisis española.

El encarecimiento en casi un 50% en dos años de la cesta de la compra; la factura de la luz y de la gasolina enquistada en precios inasumibles; el desempleo que no baja de los tres millones de hogares; la creación de empleo solo para puestos a tiempo parcial y fijos discontinuos; las hipotecas que han subido de media casi 200 euros al mes; la presión fiscal a los creadores de empleo en máximos; el gasto público por encima del de países ricos como Alemania o Suecia; los alquileres inalcanzables por no hablar de los cientos de miles de jóvenes y seniors que han tirado la toalla de poder trabajar algún día fuera de la economía sumergida o el medio millón de pluriempleados por la emergencia económica.

Pero los economistas no han sido los que acuñaron la palabra policrisis. Parece ser que fue usada por primera vez a fines de la década de 1990 por dos sociólogos franceses Morin y Kern, quienes lo emplearon para describir crisis sociales entrelazadas y superpuestas. Y en España algunas de esas situaciones sociales tambien tenemos aunque no se hable de ellas en los medios oficiales. La inmigración, el nacionalismo radical, la pobreza sistémica, el fracaso escolar, la deslegitimación del empresario, el populismo o la cultura del subsidio. Crisis sociales y económicas muy españolas, pero mal que le pese a alguno, también son policrisis.

Iñaki Ortega es doctor en economía en la Universidad de Internet (UNIR) y LLYC

martes, 24 de enero de 2023

Miopías económicas

(este artículo se publicó originalmente en el periódico 20 Minutos el día 23 de enero de 2023)


Estas primeras semanas de enero son propicias para los balances. Las contabilidades anuales se cierran y los datos calentitos aparecen en la mesa de los gerifaltes.  Al gobierno le ha faltado tiempo para sacar pecho por los datos de empleo e inflación del año pasado. Pedro Sánchez desde los valles nevados de Davos ha exhibido musculatura: “tenemos el mayor nivel de empleo de nuestra historia, crecemos por encima de la media de la eurozona y registramos la menor inflación de la UE”. Pero no ha sido el único, las grandes empresas han aprovechado también para presumir de todo tipo de indicadores de sostenibilidad, con logros impresionantes en materia de transición energética pero también en diversidad y buen gobierno:  menos huella de carbono, más mujeres en los consejos y mucho impacto social en colectivos desfavorecidos.

La miopía es una anomalía del ojo que produce una visión borrosa o poco clara de los objetos lejanos pero que permite ver muy bien de cerca. Me temo que algo así les está pasando a tanto dirigente con la economía real. Leen muy bien los cercanos datos estadísticos ya sean de la contabilidad nacional o de sofisticadas ratios corporativos, pero lo lejano lo perciben muy borroso. Es lejano, a la vista de tanto triunfalista balance, la realidad de millones de españoles que siguen en el desempleo o con precarios contratos que les permite solamente mal vivir. O les pilla también muy lejos una mayoría de la población que sufre el encarecimiento del 30% -en apenas dos años- de la cesta de la compra. Por no hablar de los cientos de miles de hipotecados y pymes endeudadas que han entrado en pánico con inopinadas subidas de las cuotas de sus créditos. También quedan muy lejos para muchas empresas y sus índices de sostenibilidad los mayores de 50 años condenados al desempleo, las mujeres que no sueñan con un consejo sino con una promoción o los jóvenes titulados que han perdido la ilusión de emanciparse con los sueldos ofrecidos por el mercado, por no hablar de tanto agricultor que no había visto tanta sequía en su vida o esos ganaderos que no pueden pagar el pienso.

La miopía se corrige con gafas que permiten ver de lejos y así poder llevar una vida normal. Estas anomalías económicas también pueden tratarse de una manera sencilla, hay que adaptar la visión de los dirigentes para que no solo vean lo cercano, sino que estén en contacto con una realidad lejana que no es cotidiana para ellos. Por eso las miopías económicas se curan escuchando las conversaciones en el autobús o en el metro. En la cola del supermercado y en las oficinas de empleo. En los pasillos de los últimos cursos de la universidad y en los másteres del sábado a las 9 de la mañana. En la mesa de los empleados de banca cuando la gente llega llorando porque no entiende la subida de la hipoteca. Más calle y menos obtusos indicadores.

Iñaki Ortega es doctor en economía en la Universidad de Internet (UNIR) y LLYC

domingo, 15 de enero de 2023

2022 o el subempleo

(este artículo se publicó originalmente en El Periódico el día 13 de enero de 2023)

Los economistas definimos el subempleo como aquel fenómeno que sucede en el mercado laboral por el cual las personas trabajan menos horas de las que les gustaría o tienen empleos por debajo de su cualificación. Los países con subempleo tienen una población empleada que estando en disposición de trabajar más horas o en trabajos acordes a su formación, no puede hacerlo, lo que supone menores ingresos para esas personas subempleadas y una menor riqueza nacional.

Estos días estamos conociendo el cierre de las estadísticas oficiales en materia económica para el año 2022. El mercado laboral español ha creado empleo, en concreto se crearon 471.360 puestos de trabajo, lo que lleva a un total de 20.296.271 afiliados a la Seguridad Social. Al mismo tiempo se ha conseguido bajar en 268.252 el número de parados respecto hace 12 meses, lo que deja el desempleo registrado en 2.837.653 personas, una cifra que no se veía desde 2017. Buenas noticias, sin duda, pero que conviene contextualizar dado que vivimos en el país europeo con el mayor desempleo -3 millones de parados para una tasa del 12%- y pese a las cifras que acabamos de conocer, seguiremos padeciendo el doble de porcentaje de paro que nuestros vecinos continentales.

Primero hay que justificar este comportamiento positivo de un mercado laboral que crea empleo en la buena marcha de la economía. El año 2022 ha terminado con un crecimiento de la economía nacional y eso ha supuesto, en puridad, que se hayan producido más bienes y servicios y por tanto necesitado más mano de obra para ello. La actividad productiva en España, espoleada por el sector servicios y en especial por el turismo y la hostelería, ha terminado el año en positivo cerca de los cinco puntos de crecimiento del PIB. Y cuando eso sucede en nuestro país, se crea empleo. En España se cumple la conocida Ley de Okun, o correlación existente entre los cambios en la tasa de desempleo y el crecimiento de una economía. Esta teoría económica propuesta en los años sesenta por el profesor Arthur Okun mantiene que para crear empleo una economía necesita crecer cada año por encima del 3%. Nosotros lo hemos hecho y el INE ha dado la razón a Okun con la bajada del paro y consiguiendo llevar nuestra cifra de empleados por encima de los 20 millones de personas.

Por otro lado, una mirada menos superficial a los datos nos lleva a otras conclusiones. Efectivamente hemos superado las cifras del mercado laboral prepandemia. Respecto a 2019 tenemos más empleados – de 19,5 millones a 20,1 millones- y menos desempleados – de 3,1 millones a 2,8 millones- pero no producimos más que antes de que llegará el virus a nuestras vidas. La riqueza de España, medida por el PIB, no se ha recuperado de la crisis del Covid19, lo que nos lleva a preguntarnos ¿cómo es posible que tengamos más empleados que en 2019 pero generemos menos producción? La respuesta la lleva dando un tiempo Rafael Doménech, responsable de análisis económico de BBVA Research y no es otra que trabajamos menos horas que hace tres años.

Tenemos más afiliados a la seguridad social, pero fruto de diferentes cuestiones como la reforma laboral, la reducción de márgenes de las empresas o las incertidumbres económicas, se contrata a personas por menos horas con modalidad de trabajo a tiempo parcial. La ley exige que los contratos sean indefinidos y de hecho se ha conseguido que bajen en nueve millones los contratos temporales y aumenten en cinco millones los indefinidos, pero eso no quiere decir que el empleo sea de más calidad. Detrás de la cifra de esos empleados indefinidos se esconde, como FEDEA ha explicado, un preocupante número de los conocidos como fijos discontinuos -o temporeros- que en ocasiones están inactivos cobrando el desempleo, pero engrosan el dato de nuevos empleados sin serlo. El aumento del gasto en prestaciones por desempleo en 2022 cuando las estadísticas oficiales defienden la baja del paro abonaría el argumento. De modo y manera que de los nuevos cotizantes de 2022 únicamente uno de cada tres lo son con una jornada a tiempo completo, el resto subempleo. 

Hay aún más argumentos, pero abundan en el mismo concepto del empleo de baja calidad. Para muestra un botón: el crecimiento del pluriempleo -el mayor de la serie- se explica por la necesidad de complementar los bajos ingresos del subempleo ante el impacto de la inflación en los gastos familiares.

El Banco de España informe tras informe explica que la ley de Okun en España se cumple, pero para nuestro pesar no solo para bien sino también para mal. Cuando entramos en recesión o no crecemos por encima del 3%, cuestión que todos los analistas consideran que sucederá en 2023, el empleo creado en bonanza se destruye con rapidez precisamente por ser de baja calidad o subempleo.  Ojalá nos equivoquemos en este 2023 y si es así con los datos de la contabilidad nacional en la mano, en estas páginas se lo contaremos.

 

Iñaki es doctor en economía en La Universidad de Internet (UNIR) y LLYC