lunes, 5 de octubre de 2020

Nada nuevo, por desgracia

(este artículo se publicó originalmente en el diario 20 Minutos el día 5 de octubre de 2020)



El mazazo de volver a liderar la clasificación del paro juvenil en Europa ha llevado a este periódico ha etiquetar de generación perdida a los menores de 25 años españoles. No es algo nuevo, por desgracia. Ni nuevo es que España tenga ese desempleo entre los jóvenes ni que en nuestro país se hable de generación perdida. Empecemos por lo primero.

Las rigideces de nuestro mercado laboral junto a un alto grado de abandono escolar -provocado por la abundancia de empleo coyuntural en sectores como la construcción o el turismo- han funcionado como una tormenta perfecta los últimos cuarenta años. De hecho, lo normal ha sido tener cifras del 40 por ciento de desempleo juvenil según la EPA con picos del 47% en 1985 o del 55% en 2012; si repasamos la serie histórica desde 1980 solamente en el trienio 2005-2007 nos hemos situado cerca de la media europea, es decir por debajo del 20%. Tenemos un problema serio que no puede achacarse ni a las recesiones -porque en periodos de expansión la tasa no mejora sustancialmente - ni a la gestión coyuntural de un gobierno -puesto que partidos de una u otra orientación han sufrido ratios por encima del 40%-. Es verdad que en el mandato de Aznar (1996-2004) se consiguió reducir a la mitad los jóvenes sin empleo, pero es la excepción que confirma la regla de cuarenta años de políticas económicas. Europa insiste en las reformas pendientes del mercado laboral y de nuestro sistema educativo, pero, por estos lares, nos entretiene más desenterrar viejos odios que afrontar con valentía nuestras ineficiencias.

Tampoco es novedad considerar pérdida a una cohorte de edad. La teoría generacional que en España ha tenido grandes teóricos como José Ortega y Gasset, nos recuerda que en función de las circunstancias históricas en las que vivas te comportas de un modo determinado. «Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo.» dejó escrito el filósofo madrileño en 1914. Casi al mismo tiempo, después de viajar por Francia y España, Ernest Hemingway empezó a usar lo de generación perdida para referirse como tal a los jóvenes americanos que habían luchado en la primera guerra mundial y se habían quedado sin oficio por ello. Desde entonces se ha hablado en demasiadas ocasiones de generaciones perdidas en España: después de la guerra civil con cientos de miles de jóvenes huérfanos y sin futuro por la contienda; tras la crisis de los 80 que truncó el desarrollo profesional de la cohorte más joven que además tuvo que convivir con el momento más cruel del terrorismo etarra; la recesión global del 2008 que dejó a los millennials españoles colgados de la brocha y ahora la pandemia que nadie esperaba vuelve a poner de actualidad el maldito término.

Así es, nada nuevo. Ha pasado un siglo, pero seguimos sin aplicar el consejo de Einstein “No pretendamos que las cosas cambien, si siempre hacemos lo mismo”.

 

Iñaki Ortega es director de Deusto Business School y profesor de la UNIR

jueves, 1 de octubre de 2020

Viviremos menos, pero trabajaremos más

 

(este artículo se publicó originalmente el día 1 de octubre de 2020 en el diario económico La Información)


Entre tanta gresca política hay noticias que pasan desapercibidas. La bronca entre los partidos ha conseguido (quizás porque así lo pretendió algún estratega) que nada nos importe y que hasta los hallazgos más sorprendentes caigan en el olvido. El aumento de decibelios por las discusiones entre las administraciones con sede en Madrid ha dejado sin eco estos días el anuncio del Instituto Nacional de Estadística (INE) de que se había roto la tendencia de décadas de aumento de la vida. La pandemia, según el INE, ha provocado un aumento de 50.000 fallecidos respecto al año anterior lo que ha provocado que baje cerca de un año la esperanza de vida de los españoles. Según las estimaciones de la Organización Mundial de la Salud la esperanza de vida a nivel global ha venido creciendo desde 1950 hasta el año 2000 a un ritmo de más de tres años por cada década. A partir de entonces y hasta el 2015 se ha incrementado en una media de cinco años. Situación que se ha calcado en España. En los últimos 30 años la ganancia media en la esperanza de vida patria ha sido de casi 2 meses por año, es decir que le hemos ganado casi 4 horas cada día a la vida hasta llegar a los más de 83 años de esperanza actual. Pero esto no siempre ha sido así, en la España en 1920 no se superaban los 40 años, la misma ratio que en la Hispania romana de dos mil años antes.

Conviene recordar que la esperanza de vida calcula el promedio de años que se espera que viva una persona bajo las condiciones de mortalidad del período en cuestión, es decir que si la esperanza de vida en Turquía en 2016 es de 76 años significa que se estima que una persona nacida en Ankara en 2016 vivirá de promedio 76 años. La clave de la definición es la palabra promedio, ya que algunos vivirán 95 años y otros morirán con 57, pero conforme a la mortalidad registrada en ese periodo, la media aritmética serán esos 76 años.

Para su cálculo se parte de un instrumento de carácter estadístico-matemático que permite medir las probabilidades de muerte o de vida de una población en función de su edad. Este instrumento se denomina tabla de mortalidad o tabla de vida. La lógica de la construcción de las tablas de mortalidad se basa en el principio de la teoría de probabilidades y se parte en su elaboración de obtener las probabilidades de muerte o de vida de la población a partir de los datos reales de defunciones, nacimientos y la población. Es decir, se calculan las tasas de defunciones por edad y por un procedimiento matemático se convierten en probabilidades de muerte y a partir de éstas se derivan las otras funciones de la tabla hasta llegar a obtener este indicador demográfico. La esperanza de vida, por tanto, simplemente nos dice el promedio de edad de las personas fallecidas en un año. Es decir que este año de coronavirus los españoles nos hemos muerto, de media, un año antes. Un año de la vida de 46 millones de personas se ha esfumado, pero a nadie le ha preocupado, absortos como estamos en seguir el espectáculo de las ruedas de prensa que anuncian medidas médicas en un sentido y en el contrario. No sé ustedes, pero a mí no me gusta que nadie me robe y menos un año de mi existencia.

Y mientras pasaban estas cosas, en una destacable unanimidad, los expertos aconsejan que para salvar nuestros sistemas de pensiones tenemos que retrasar la edad efectiva de jubilación. La lógica es aplastante: si viviremos hasta cerca de los 85 años, no podemos dejar de trabajar a los 64, edad media de jubilación en nuestro país. Dos décadas cobrando la pensión es demasiada presión para las maltrechas cuentas del sistema de Seguridad Social, cuando de media solo cotizamos para una docena de años.

 

Limitar la jubilación anticipada, incentivar la jubilación activa, promover el talento senior, ampliar los años cotizados que se tienen en cuenta para calcular la pensión y los planes de pensiones de empleo son algunas de las propuestas que la AIREF y el Consejo General de Economistas proponen. En reciente informe publicado por esta última institución, titulado «El reto del envejecimiento desde una perspectiva integral (cómo abordar de forma multidisciplinar el envejecimiento)» se analiza exhaustivamente el retiro de los españoles y del sistema que nos hemos dotado. Entre las recomendaciones de los economistas están medidas que pueden situarse en la nueva disciplina conocida como la economía plateada. Es decir, las oportunidades en términos de ganancias de productividad, riqueza y empleo que la longevidad puede acarrear. La posibilidad de establecer innovaciones financieras para convertir en líquidos ciertos bienes inmuebles a través de fórmulas como las rentas vitalicias o las hipotecas inversas -muy poco usadas en nuestro país- que permitan sostener los gastos personales asociados a la longevidad; dotar de mayor flexibilidad al mercado laboral para que los seniors no sean expulsados de las empresas; promover que los mayores de 60 años puedan seguir trabajando a la vez que se cobra una pensión. Por último, también incentivar desde los poderes públicos los sistemas de ahorro para la jubilación desde las empresas al estilo de los sistemas de previsión social complementaria del Reino Unido o auto-enrolment estaría dentro de este paquete de medidas de la también conocida como ageingnomics.

Mientras la jauría seguía sin dejar oír apenas nada, también va desgranándose por parte de la Comisión Europea más detalles sobre el Fondo de Recuperación y Resiliencia. Lo relevante -como recuerda el economista Antonio Carrascosa- es que más allá de las medidas contra la pandemia se han incluido algunas recomendaciones del Consejo Europeo a España: reformas para la sostenibilidad de las pensiones y para el mejor funcionamiento del mercado de trabajo, entre otras. Si por un momento el ruido dejase de sonar, escucharíamos alto y claro lo que la estadística, la economía y nuestros socios europeos nos están diciendo que, aunque la pandemia nos está haciendo vivir menos, tendremos que trabajar muchos más años.

Iñaki Ortega es director de Deusto Business School y profesor de la UNIR

lunes, 21 de septiembre de 2020

Vida en Venus

 (este artículo se publicó originalmente el día 21 de septiembre en el diario 20 Minutos)


Esta semana se ha hecho público que la astrofísica Clara Sousa Silva ha encontrado en el planeta Venus indicios de vida. Venus, también conocido como el lucero del alba, porque puede verse al amanecer, es el planeta con mayor temperatura en el sistema solar. Y eso no es solo por su proximidad al Sol (otro planeta como Mercurio está más cerca aún) sino por la presencia de numerosos gases entre ellos azufre y ácido sulfúrico que elevan a 400 grados la temperatura en su superficie.

En realidad, la científica lo que han descubierto es que puede haber vida en las nubes del planeta. Las condiciones en la superficie de Venus hacían imposible la mera posibilidad, en cambio, en las nubes hay 30 grados y sobre todo existe un elemento de nombre fosfina. Este gas funciona como un biomarcador, es decir, que, a partir de una determinada concentración, como la que ha encontrado la investigadora, solo puede explicarse por la existencia de microorganismos. La NASA ya anunciado una misión al astro que junto a la Luna y el Sol más se ve desde la Tierra y a pesar de los prudentes mensajes de la comunidad científica, la emoción de encontrar vida extraterrestre se palpaba esta semana en las declaraciones de todos ellos.

Igual no lo recuerdas, pero Venus es de un tamaño similar al planeta Tierra. Compartimos además ser los únicos planetas con nombre femenino y los expertos también afirman que poseen parecida densidad. Además, estarás conmigo, que las condiciones de vida en la superficie de ambos planetas se han vuelto muy parecidas en los últimos meses. En esta parte del planeta, a la vista de lo acalorado de las discusiones políticas, la temperatura va camino de los 400 grados de Venus; los ataques entre las administraciones llevan tanto azufre como el de la atmósfera venusiana y las medidas contra la pandemia son tan corrosivas para nuestra convivencia y economía como el acido sulfúrico que hay en el planeta con nombre de diosa.

Por eso, estos días que todo son malos augurios para nuestro bolsillo y amenazas para nuestra salud, al devorar las crónicas sobre este descubrimiento con la ilusión de que se confirme que no somos los únicos con vida en el universo, he encontrado también un motivo de esperanza. Si los milagros son posibles y en Venus con tanto calentamiento y tanto veneno, puede surgir la vida, por qué no aquí.

Si en un planeta como Venus, donde si no te mata el calor es el azufre quien lo hace, hay indicios de vida, cómo en España no vamos a tener la esperanza de que pueda haber vida -inteligente- entre nosotros. En medio de la catástrofe, con la economía por los suelos, medio país confinado, el otro acongojado o liándola parda, hay como en Venus, posibilidad de que surja, un poco de esperanza que demuestre que todavía podemos sobrevivir como país.

Iñaki Ortega es director de Deusto Business School y profesor de la UNIR

martes, 15 de septiembre de 2020

Ojalá

 

(este artículo se publicó originalmente en el diario 20 Minutos el 7 de septiembre de 2020)

 

Los colegios permanecerán abiertos durante todo el curso y los niños no contagiarán a sus familias. En octubre, el pico de todos los años de la gripe no se notará apenas, gracias a las medidas preventivas por la pandemia. Los ERTEs se prorrogarán hasta 2021 y todos los trabajadores volverán a sus empleos una vez que pase la crisis. Los bares y los pequeños negocios volverán a la normalidad con el nuevo año. Los bosques no arderán. Las empresas de sectores como el turismo y el transporte recuperarán sus ingresos porque volveremos a viajar. Nunca nadie minusvalorará el sufrimiento de las víctimas del terrorismo. Las residencias de mayores serán los lugares más protegidos frente al coronavirus. Iñigo volverá a sus partidos de futbol de los sábados por la mañana. Los gobiernos pactarán las políticas con la oposición. Ningún adulto mayor estará solo este otoño porque se organizarán redes de voluntarios para acompañarlas. Oscar volverá sin miedo a la oficina. Los sanitarios tendrán todos los medios materiales para luchar contra esta epidemia. La paz llegará al Líbano. Todos seguiremos fielmente las recomendaciones de las autoridades para evitar contagios. Ninguna mascarilla estará tirada por el suelo. Nadie empuñará un arma contra nadie. La vacuna para la covid19 se dispensará antes de Navidad a cientos de miles de compatriotas. No habrá botellas de plástico en las playas o ríos. Mi hija jugará con sus amigas en el patio todo el año. Los homenajes a los terroristas serán prohibidos.  Los tratamientos para curar la SARS-CoV-2 serán eficaces y estarán disponibles en todos y cada uno de los hospitales del país. España volverá a ser el destino preferido en el mundo para pasar las vacaciones, estudiar y trabajar. El Rey volverá de Abu Dabi. Los centros de día para los enfermos de Alzheimer no bajarán la persiana. Ningún policía volverá a matar un indefenso joven de color. Los abuelos besarán de nuevo a sus nietos. Las chicas no serán menos que los chicos. Volverán los conciertos.

 La psicología ha dedicado mucho más tiempo a estudiar los aspectos negativos del comportamiento del ser humano (la ansiedad, la depresión o el pesimismo) que a enfocarse en aquellos que redundan en el bienestar humano. A finales del siglo pasado la llamada psicología positiva vino a cubrir este vacío centrándose en el estudio de las bases del bienestar humano. Martin Seligman, uno de los autores más destacados de esta escuela, concluye que la felicidad tiene mucha relación con estar contentos y para ello hay un elemento clave: la positividad. Adoptar un punto de vista optimista y asumir una visión positiva de lo que ha pasado y lo que va a suceder, nos acerca a la felicidad. Pero, además, como todos sabemos, si apostamos firmemente porque algo pase, en ocasiones se consigue. Así que, no tenemos nada que perder, seamos optimistas este curso que ahora empieza.

 Iñaki Ortega es director de Deusto Business School y profesor de la UNIR

domingo, 13 de septiembre de 2020

Falacias impositivas

(este artículo se publicó originalmente en el periódico El Correo el día 6 de septiembre de 2020 en una sección titulada ¿Qué hacemos con los impuestos?)

 


Nassim Taleb acuñó el término Cisne Negro es su libro homónimo de 2007. Resumiendo, es un suceso altamente improbable con gravísimas consecuencias socioeconómicas. Nadie previó la crisis sanitaria del coronavirus y en unos pocos meses ha traído la mayor destrucción económica de toda la historia de nuestro país. Si en la última crisis, el PIB cayó entre 2008 y 2013 un total del 8,6%, solamente este año el producto se hundirá el doble; la tasa de paro, entonces del 8%, ahora habrá que multiplicarla por dos; la deuda pública era de un 40% y en 2020 estará por encima del triple. 

 

Que esta pandemia es un ejemplo de cisne negro es muy conocido pero lo que no es tanto es que la definición de Taleb dice algo más y es que una vez pasado el hecho, se tiende a racionalizar haciendo que parezca predecible. Es esta segunda parte de la definición la que interesa más en este momento: las trampas de la mente en situaciones dramáticas. Las ilusiones han sido muy estudiadas en economía; el nobel, Daniel Kahneman, explicó esta falsa percepción cognitiva que llamó sesgo retrospectivo. Nuestra cabeza -impactada por algo que ha generado mucha atención- nos hace creer que lo sabíamos desde el principio, que era “obvio” y de “sentido común”. Este estudio tiene muchos siglos detrás y Aristóteles, en su manual contra los sofistas, abundó en lo que el identificaba como falacias. Una falacia no es otra cosa que un raciocinio errado que intenta pasar como verdadero. Un ardid basado en argumentos supuestamente “obvios” o de “sentido común” para convencer a la audiencia.

 

Ahora, en pleno inventario de daños de nuestra economía, aparece como milagrosa solución una falacia aristotélica que encajaría en la conocida como falso dilema. Hay que subir los impuestos, de lo contrario el país se hundirá. Los partidarios de aumentar la presión fiscal ocultan que no hemos dejado de hacerlo; si seguimos comparando indicadores con la anterior crisis, el IVA ha pasado del 16% al 21%; se ha recuperado el impuesto del patrimonio y el tipo máximo del IRPF en territorio común ha pasado de 43% al 49%. Repiten sin parar que hay que ser solidarios, como si hasta ahora no lo hubiéramos sido. Además, usan otro dilema, a saber: como estamos muy endeudados o subimos los impuestos o no podremos mantener el estado del bienestar. Pero no deja de ser un sofisma, porque se pueden obtener más recursos sin subir los impuestos o incluso bajándolos si aumenta la actividad económica. Olvidan conscientemente que, subiendo los impuestos, se lesiona al muy dañado tejido productivo que verá imposible su recuperación y se multiplicarán los cierres patronales y despidos. También antes de tomar decisiones tan arriesgadas debería racionalizarse el ingente gasto público y hacer más eficiente la recaudación. La solución fácil y demagógica es exigir que paguen más las empresas (que nunca han estado peor que ahora) y exprimir más a los cada vez menos trabajadores (no está de más recordar el último informe de la AIREF que sitúa en solo uno de cada tres españoles los que no viven de lo público). Pero lo difícil y valiente sería recortar gastos superfluos, luchar contra el fraude, eliminar duplicidades e implantar la evaluación de hasta el último euro del erario. Nuestros vecinos europeos parece que leen más a Aristóteles que nosotros y Francia, Alemania y Reino Unido no han caído en la trampa mental y sus planes de reconstrucción que vamos conociendo incluyen lo contrario que por aquí, un atractivo marco fiscal para los creadores de riqueza que son las empresas.

 

Iñaki Ortega es profesor de Deusto Business School

domingo, 6 de septiembre de 2020

Schumpeter vivió otra pandemia. Salvemos nuestros campeones nacionales

(este artículo se publicó originalmente en Actualidad Económica, el suplemento de Economía de El Mundo el día 6 de septiembre de 2020)




El economista austro-americano Joseph Alois Schumpeter ha pasado a la historia por su producción académica en el ámbito de la innovación. Nacido en 1883, vivió en Centroeuropa hasta que en 1932 fue fichado por la Universidad de Harvard y no abandonó hasta su muerte los Estados Unidos de América.

Para Schumpeter, encontrar nuevas combinaciones de factores de producción es parte del proceso de descubrimiento del emprendedor que le convierte en el principal motor del desarrollo económico. Estas nuevas combinaciones constituyen la mejor forma de responder a la demanda existente o de crear nuevas demandas, aunque por otro lado provoquen obsolescencia en los productos y tecnologías, lo llamó “proceso de destrucción creativa”. Schumpeter se une a así a la teoría de las olas largas de los ciclos y el crecimiento económico de su coetáneo Kondrátiev; estos ciclos son el resultado de la innovación que consiste en la generación de una nueva idea y su implementación en un nuevo producto, proceso o servicio. La innovación de los emprendedores, por tanto, no solo crea valor para ellos mismos, sino que hace posible el crecimiento económico e incrementa el empleo.

Esa constatación de que son las rupturas tecnológicas provocadas por los emprendedores las que modifican el equilibrio económico provoca un sentimiento agridulce porque hace que cierren empresas. Pero este hecho no es malo siempre que sea a causa de los cambios introducidos por otros empresarios en su búsqueda de beneficios. De hecho, si eso sucede, si se da la destrucción creativa, el flujo circular de la economía avanza hacia un estadio superior. Los empresarios se convierten en el factor de producción clave de cualquier país por encima de los clásicos de la tierra, trabajo y capital.

Un dato poco conocido de la biografía de este economista es que fue ministro de Hacienda en su país, Austria. El mismo año que la gripe española asolaba Estados Unidos, 1919, Schumpeter ocupaba esa alta responsabilidad. A pesar de ello o precisamente por eso no cambió ni un ápice su teoría y su apuesta por las empresas. Es verdad que el impacto que causó la pandemia de principios del siglo pasado apenas se notó en las economías de los países desarrollados, un reciente estudio situó en 0,4 puntos del PIB la recesión por esa gripe en la economía de Canadá. Hoy, en cambio, el impacto de la pandemia de nuestros días multiplica por 100 esa cifra en muchas geografías y son miles las liquidaciones y cierres de empresas. Por ello, aunque Schumpeter viviese otra pandemia, su apuesta por las empresas está más viva que nunca en esta otra epidemia sanitaria y económica más de 100 años después.

Que industrias españolas como Duro Felguera cierren por el impacto del coronavirus no responde a ninguna destrucción creativa y no traerá nada bueno a Asturias. Que empresas de emprendedores del sector turístico vayan a concurso de acreedores no será porque otro competidor les ha desplazado sino por un virus que vino de China y que llevará pobreza a Baleares o Canarias. Que campeones de la aeronáutica como Aciturri dejen de facturar no será porque un emprendedor mirandés como Ginés Clemente haya dejado de hacer bien su trabajo sino porque una enfermedad ha congelado los viajes en avión y únicamente provocará desánimo en Castilla y León. Esta misma semana leía en Expansión cómo Duro Felguera conseguía un nuevo contrato millonario en Brasil compitiendo con las mejores ingenierías del mundo. Empresas españolas como las que acabo de citar y otras muchas en sectores como el comercio minorista o las infraestructuras, solo han podido alcanzar su posición gracias a su desempeño, la complicidad con su clientela y su capacidad de reinventarse y adaptarse a la era digital. Han seguido fielmente las teorías del economista de Harvard y han innovado para liderar sus mercados. Por eso si Schumpeter hoy fuese ministro en España haría todo lo posible por evitar que todas estas excelentes compañías españolas que tanta riqueza y empleo han creado estos años cerrasen sus puertas. Alemania y Francia tienen desde el minuto uno de la covid19 las herramientas públicas para salvar a sus campeones nacionales. España ha tardado más, pero dispone gracias al acierto de la SEPI de un Fondo de Apoyo a la Solvencia de Empresas Estratégicas y el ICO gestiona capital europeo suficiente para salvar a empresas tractoras de nuestra economía. ¿A qué esperamos para apostar por lo que Schumpeter bautizó como el cuarto factor productivo? La otra opción es condenar al subsidio a regiones enteras de nuestro país y además nos saldrá más caro.

Iñaki Ortega es director de Deusto Business School y profesor de la Universidad Internacional de la Rioja (UNIR)

 


miércoles, 2 de septiembre de 2020

Un premio al civismo para los mayores

(este artículo se publicó originalmente en el medio especializado 65yMas el día 2 de septiembre de 2020)

La primera ola de la pandemia ha sido especialmente dura con las cohortes nacidas antes de 1959. En concreto desde los inicios de la COVID-19, diversos informes internacionales apuntaron a los adultos mayores como el principal foco de riesgo de muerte. Esta circunstancia se ha puesto de manifiesto de forma muy evidente en el caso de España a la luz de los datos conocidos -a fecha de julio de 2020-. Conforme estos números, sin duda, el conjunto de población que más ha sufrido el coronavirus, en términos de mortalidad, en nuestro país ha sido el de aquellas personas cuya edad superaba los 74 años, el 82,04 % de los fallecidos se han concentrado en ese rango de edad. El segundo grupo de edad más afectado es el de aquellas personas cuya edad estaba comprendida entre los 65 y los 74 años, concentrando el 11,62% de los fallecidos. Por último, el grupo de edad de personas menores de 65 años en su conjunto han concentrado tan solo el 6,34% de los fallecidos o si se prefiere así: el 93,66% de las víctimas mortales por el virus tenían más de 65 años.

 

Pero el verano trajo el fin del confinamiento en España y la llamada “nueva normalidad” impuso una serie de medidas de prevención ante eventuales contagios que se resumieron en las tres “M”. A saber, mascarilla, metros de distancia social y limpieza de manos.  Ahora que estamos ya terminando el estío y asistimos estupefactos al aumento desbocado de brotes a los largo y ancho de toda nuestra geografía no podemos caer en el error de pensar que las tres “M” no han funcionado. El Instituto de Salud Carlos III dependiente del Ministerio de Sanidad, publica periódicamente los informes de la Red Nacional de Vigilancia Epidemiológica (Renave). Si vemos los últimos datos del 27 de agosto en lo que se refiere a contagios por edad en personas con inicio de síntomas y diagnóstico no queda otra que felicitar a las personas mayores que viven en España. Si a principios de mayo, todavía en estado de emergencia, la mediana de la edad de los contagiados era 60 años (el 56% de todos los casos) hoy, después de tres meses de nueva normalidad, esa edad ha bajado a los 37 años. O lo que es lo mismo los contagiados ahora mayoritariamente están en el entorno de los cuarenta años frente al principio de la pandemia que se situaban en los sesenta. El rejuvenecimiento de los enfermos por el SARS-COV-2, conforme a Renave, se incrementa en comparación con los datos de hace cuatro meses. En pleno confinamiento atacaba a los mayores, uno de cada cuatro era mayores de 80 años. Ahora esa ratio es para los jóvenes entre 15 y 29 años. Incluso si se amplía la cohorte de edad hasta los 59 años se comprueba que siete de cada diez nuevos infectados no ha superado los sesenta años. La buena noticia es que los mayores de 80 años solo suponen el 5% de contagiados, pero, por desgracia, eso se traslada en un 22% de hospitalizados frente a los menores de 30 años que solo tienen un 1 % de ingresos hospitalarios.

 

Con todas las reservas por ser esta una situación inédita, podemos afirmar que las personas con más de sesenta años en España han sido ejemplares a la hora de cumplir las recomendaciones para evitar contagios y están aplicando fielmente las tres “M”. Los mayores salen, pero se relacionan con prudencia con terceras personas, lo hacen con mascarilla y se encargan de que la higiene sea norma en su vida cotidiana. El ministro Salvador Illa afirmó hace unos días que “son un espejo en el que mirarse”, a mi me gustaría dar un paso más y reclamar una proporcionalidad a los medios de comunicación. Si en plena emergencia solamente se alertaba de residencias y de ancianos fallecidos, ahora tendría que dedicarse la misma atención y los mismos titulares a reconocer a la población adulta mayor española su ejemplar civismo y cómo sin su comportamiento estaríamos ahora de nuevo en un confinamiento con las consecuencias sanitarias, pero también económicas que todos conocemos. Por ello, desde aquí, mi reconocimiento a todos ellos.



Iñaki Ortega es director de Deusto Business School y profesor de la UNIR


Fuente. Renave de IC3 sobre noticia Diario Vasco 30 agosto de 2020