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miércoles, 13 de septiembre de 2023

Alerta Roja

(este artículo se publicó originalmente en el periódico 20 Minutos el día 4 de septiembre de 2023)


Es la primera vez en la historia que se han usado los móviles para alertar a los ciudadanos de una emergencia. A las dos y media de la tarde de ayer en Madrid y Toledo, por arte de magia, una sirena sonó en todos los teléfonos avisando de una situación de alerta por inundaciones. Con una penetración del 100% de la telefonía móvil en comunidades como la madrileña -conforme a datos oficiales del ONTSI- habrá sido prácticamente imposible no enterarse del aviso del temporal extremo.

Las cosas cambian y lo que cuando yo era un niño era la gota fría de final del verano, ahora es una DANA, un acrónimo que surge del término exacto para referirse a estas tormentas, a saber: depresión aislada a niveles altos. Antes la radio -a duras penas- te iba informando de las catástrofes y hoy la tecnología hace posible las alertas tempranas que llegan directamente a todos y cada uno de los ciudadanos para evitar males mayores. Los alcaldes publicaban bandos que la policía municipal explicaba por las calles y ahora dinámicos regidores usan las redes sociales para que todo el mundo se ponga a buen resguardo frente a las inclemencias atmosféricas. Los meteorólogos eran “los hombres del tiempo” que fallaban más que una escopeta de feria; hoy, muchas de ellas mujeres tecnólogas, tienen a su disposición potentes innovaciones basadas en la ciencia de datos que permiten adelantar decisiones que salvan vidas.

La alerta roja que recibimos ayer en el teléfono los que vivimos en esta parte de España es una buena forma para recordar que la tecnología lo está cambiando todo y la mayoría de las veces para bien. José Ortega y Gasset dejó escrito el siglo pasado que “el único instrumento que el hombre tiene para transformar este mundo es la técnica”. Lo estamos haciendo. No lo hemos dejado de hacer a lo largo de la historia de la civilización. Desde la rueda a la imprenta pasando por las vacunas. Ahora la diferencia es que se ha acelerado ese cambio gracias a tecnologías disruptivas como la inteligencia artificial generativa. El famoso ChatGPT es la punta del iceberg de lo que hay debajo y es la capacidad para utilizar miles de millones de datos para predecir el futuro -como esta DANA- y mejorar la vida de las personas en términos de bienestar.

La alerta roja por el temporal recibida en el móvil debería servir de alguna manera como un aviso -también extremo- para que profesionales y empresas sepan que sin la tecnología no habrá empleo que mantener ni compañía que ofrezca servicio alguno. Da igual los años que tengas, el sector en el que se sitúe tu compañía, el departamento en el que trabajes o seas directivo o empleado si no usas las novedades tecnológicas te quedarás a la intemperie. No lo digo yo sino todos los días informes de los mejores institutos de investigación. Si no estás al día de las innovaciones tecnológicas no tendrás refugio alguno y riadas, como las de ayer, se llevarán por delante tu puesto de trabajo y tu empresa. No podrás decir que no estabas avisado.

Iñaki Ortega es doctor en economía en LLYC y UNIR

jueves, 17 de noviembre de 2022

Hacer un superman

(este artículo se publicó originalmente en el periódico 20 Minutos el día 14 de noviembre de 2022)

Han pasado más de ochenta años desde que se publicó el primer cómic de Superman por lo que conviene repasar, aunque sea fugazmente, su biografía para entender el título de este artículo. Este superhéroe que vive en Metrópolis, una ciudad que recuerda a Nueva York, se oculta tras el personaje de un tímido, engominado y elegante periodista -de nombre Clark Kent- para poder pasar inadvertido. Eso sí, cuando un delito requiere su presencia, se las arregla para bien en una cabina telefónica, bien en el baño de la oficina, cambiar el traje por un colorido disfraz con superpoderes, para luchar enérgicamente contra el mal. Lois Lane, la novia del aburrido y formal Clark, suspira por el atrevido Superman sin saber que en realidad son la misma persona.

Casi un siglo después, la vestimenta en las oficinas ha cambiado mucho, la corbata casi ha desaparecido y los tacones van camino de ello. Si los autores del cómic se dieran una vuelta por la calle Serrano de Madrid o por la Diagonal de Barcelona, no darían crédito. Consejeros de compañías descamisados, altas ejecutivas en zapatillas por no hablar de esos nuevos fichajes de las grandes empresas con un atuendo más parecido a pijamas de superhéroes que a los impecables trajes de Clark y Lois.

Pero la comodidad en el vestir que ha triunfado en las altas esferas empresariales tiene un punto débil. (Otro día hablaremos de a quién le favorece de verdad esta moda de no arreglarse, porque me cuesta encontrar a alguien más allá de los modelos publicitarios que -por otro lado- todo les queda bien). Esas zapatillas tan confortables a la par que vistosas o esos vaqueros sin chaqueta ni corbata, no sirven para una inauguración, un estreno o una cena formal. Es más, quedan fatal. Es entonces cuando esos profesionales han de buscar un baño (ya no hay cabinas de teléfono) para ponerse una corbata o calzarse unos tacones, peinarse o darse maquillaje. En Nueva York se ha bautizado esta práctica como “hacer un Superman”. Por eso en los bolsos y cajones de los despachos es habitual encontrarse además de cargadores de móvil y algún bolígrafo, zapatos de recambio, algo de gomina y una corbata oscura. En resumen, que está bien eso del confort en el vestir, pero sin convertirlo en religión, porque cuando la ocasión lo merece, hay que volver a lo clásico.

En esta parte del mundo este "efecto Superman" también ha llegado y la zona cero es el actual gobierno de España. Sea por apuntarse a la moda de ahorrar energía o por parecer del pueblo llano, los ministros se quitan y ponen la corbata en el coche oficial y las ministras pasan de la camiseta reivindicativa y la cara lavada a ir de largo a las cenas de gala. Cambiar de indumentaria para que Lois Lane caiga rendida a tus pies. Todo lo que sea necesario para, como Superman, ser admirado por la ciudadanía. Dejo para la reflexión del lector si esos políticos además de cambiarse de ropa, que no deja de ser poca cosa, están también cambiando de principios para así no abandonar el poder.

Iñaki Ortega es profesor en la Universidad de Internet (UNIR) y LLYC

miércoles, 26 de enero de 2022

La Gran Renuncia

(este artículo se publicó originalmente el periódico 20 Minutos el día 24 de enero de 2022)


En Estados Unidos solo se habla de esto. Lo mismo políticos que empresarios y por supuesto la mayoría de los mortales que dependen de una nómina. Todos tienen en la boca "La Gran Renuncia" que recuerda a otras expresiones que solo escucharlas ponen los pelos de punta como “La Gran Depresión”. Por alguna razón, de repente, más de 40 millones de personas han decidido dejar voluntariamente su trabajo.  Las estadísticas oficiales de empleo en Estados Unidos desde hace casi un año muestran que cada mes más de cuatro millones de trabajadores renuncian a sus puestos de trabajo. Por poner en escala los datos, es que como si todos los trabajadores de España e Italia -de la noche a la mañana- presentarán su dimisión, lo mismo abogados que profesores, dependientes de supermercados o cuidadores. Un caos.

Y lo que es más grave es que no hay razones para creer que las cifras mejorarán durante 2022. A la vista de estudios como el de Gallup que revela que la mitad de los trabajadores están buscando activamente hacer un cambio, mientras que otra investigación de McKinsey sitúa la cifra por encima aún, en un 58 %. Pero lo más increíble es que, al parecer, uno de cada tres de trabajadores estadounidenses que han dejado su trabajo no tenían otro donde ir.

Un mercado laboral como el americano que goza de pleno empleo hace que 10 millones de puestos de trabajo no se cubran por falta de ofertas, lo que puede explicar esa tranquilidad con la que se renuncia a un empleo. No obstante, conviene conocer algunas otras razones de este súbito fenómeno que sí pueden aplicar en nuestro país.

La pandemia ha cambiado las prioridades de la gente. La mayor parte de nuestra vida adulta la vamos a pasar trabajando, las carreras laborales serán de más de 45 años ya que empezaremos a trabajar con poco más de 20 años y estaremos activos hasta el entorno de los 70. Por eso, no queremos morir diariamente en un atasco, soportar jefes mediocres, compañeros indolentes o estar condenados a no ascender. Tampoco instituciones que dicen unas cosas, pero realmente actúan de otro modo. Meses de confinamiento y miedo a morir han llevado -según el profesor Anthony Klotz que ha acuñado el término que titula este artículo- a darnos cuenta de lo importante. Quiero atender a mis hijos; trabajar, pero no por ello ser un infeliz; sentir que en mi compañía valoran mi trabajo y no solo mi presencialidad.

Ahora piensa en tu vida y aunque estés en España, cambiar para mejorar está en tu mano. La losa del alto desempleo de nuestro mercado laboral no puede pararte. La esperanza es que junto a “La Gran Renuncia” cada vez más analistas hablan de “El Gran Despertar” de los trabajadores que quieren mejorar y ahí la clave sigue siendo la misma de hace siete siglos: la educación. Reciclarte, formarte, cualificarte y volver a estudiar es el pasaporte para encontrar la felicidad en un nuevo trabajo. Millones de personas en Estados Unidos, en su gran mayoría entre los 30 y los 50 años lo están haciendo ya y seguro que no son tan diferentes a ti.

Iñaki Ortega es doctor en economía y profesor de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR)

miércoles, 13 de abril de 2016

Pil-Pil

(este artículo fue publicado originalmente el día 12 de abril de 2016 en el periódico El Correo)


Mi padre suele repetir que la clave de un buen bacalao al pil-pil es no dejar de mover la cazuela de barro ni un solo instante. Así lo aprendió él, en algún txoko entre Portugalete y Vitoria. Conseguir emulsionar el aceite, el ajo y la gelatina que suelta el bacalao hasta lograr la famosa salsa vasca es fácil, siempre que seas capaz de mover rítmicamente el recipiente, a la vez que cueces las tajadas. Si por un momento te quedas quieto en ese proceso, el plato se echa a perder. 

Carlos Barrabés es quizás el emprendedor español  más respetado. Hijo de los dueños de un humilde bazar en el corazón del pirineo aragonés,  a finales de los años ochenta‎ fue el pionero del comercio electrónico vendiendo desde Benasque material de montaña y de esquí a toda Europa. En los noventa despertó la atención de los miembros del Foro Económico Mundial ( los mismos que este mes de enero, en Davos, han pregonado la cuarta revolución industrial) y fue nombrado joven líder mundial. Con el nuevo milenio, Carlos, se convirtió en el asesor de referencia  para pilotar la trasformación digital en las multinacionales patrias. Hoy su capacidad para adelantarse a los cambios en la empresa le ha llevado a ser considerado un visionario. Hace unas semanas se reunió en Deusto Business School con los directivos que cursan el programa de liderazgo y les alertó de la necesidad de estar al día de las nuevas tendencias y de estudiar minuciosamente las tecnologías que las soportan. Entre ellas, situó la nueva moneda virtual, el bitcoin, contra la que se puede comprar en la red y sacar dinero de un cajero en la calle Serrano de Madrid. No es sencillo explicar el sistema que da sentido a esta cripto-moneda, pero de un modo brillante Barrabés equiparó el blockchain, que así se llama esa tecnología, con nuestro bacalao al pil-pil, si no lo mueves, no funciona. 

‎Ese es precisamente el paradigma del momento que nos ha tocado vivir, el cambio permanente, la necesidad ineludible de moverse para que las cosas sigan funcionando, exactamente igual que la salsa del bacalao.

Se mueven las grandes empresas para captar las mejores ideas de los emprendedores porque ya no surgen de sus centros internos de innovación. Se mueven l‎as corporaciones para atraer a los recién graduados que ya no suspiran por estar en una multinacional como hace años.  Se mueven las universidades para adaptarse a los nuevos sistemas tecnológicos de enseñanza presionados por las demandas  de la generación z, los nacidos en el entorno el nuevo siglo, que exigen una disrupción en la educación superior. Se mueven los bancos como ING que han pedido públicamente a los hackers que les ataquen y así descubrir sus vulnerabilidades. Se mueven los nuevos consumidores para denunciar los abusos de los grandes y ya están consiguiendo, como dice Moisés Naim, que el poder ya no sea intocable y esté cambiando de manos.  Se mueven las empresas de seguros, los medios de comunicación y hasta los hoteles porque hoy, siendo pequeño pero con talento, consigues capital para poner en marcha nuevos modelos de negocio que revientan sectores que no habían cambiado en cien años. El derecho, como recuerda el juez Eloy Velasco, también  se ha movido de la estabilidad que garantizaba la seguridad jurídica al dinamismo para seguir siendo útil ante la aparición de tantos nuevos delitos.  Hasta la Iglesia se ha movido con la elección de un incómodo Papa que no deja de despertar conciencias diciendo verdades aunque a veces sean como puños.

A España también ha llegado el movimiento y la mayoría de las grandes ciudades han pasado a ser gobernadas por fuerzas políticas que ni siquiera existían en la anterior convocatoria electoral; se mueve también por ejemplo la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia, haciendo lo difícil, defendiendo a los nuevos operadores que abaratan los precios en el transporte, como UBER, frente a los taxistas; incluso el Partido Popular se mueve poniendo en su cúpula,  en este momento, a un preparado político vasco que no oculta su homosexualidad.  Pero nada de esto es suficiente mientras muchos sigan  sin moverse, encastillados en sus dogmas.

Y la cosa puede empeorar porque como en Alicia en el País de las Maravillas, otros se mueven más rápido y eso nos deja atrás. Y además encarnan el mal. Se ha movido el nuevo terrorismo yihadista, con internet como aliado,  sembrando el pánico en medio mundo; no deja de moverse el populismo que crece en adeptos haciendo más vigente que nunca la apuesta de Popper por la sociedad abierta frente a los totalitarismos de los años treinta. Muy rápido se mueve el cibercrimen, que es ya la principal amenaza de la seguridad global y lo saben bien no solo los mandatarios o los  jueces que manejan privilegiada información sino también los directivos de cualquier gran empresa o los gestores de infraestructuras críticas. Se mueve también una amenaza silenciosa de indolencia frente al drama de la inmigración que agoniza en nuestras propias fronteras.


Por ello solo cabe demandar movimientos valientes, comprometidos e inclusivos pero no únicamente a los demás sino a nosotros mismos. Moverse y no dejar de moverse para conseguir un mundo donde el hombre y su bienestar sean lo importante. Porque si el mundo sigue igual y se para, como el pil-pil, se echará a perder.


Iñaki Ortega es doctor en economía y profesor de Deusto Business School.