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viernes, 11 de febrero de 2022

¿A qué esperas para afilar el hacha?


(este artículo se publicó originalmente en el diario 20 Minutos el día 7 de febrero de 2022 )


Un fornido joven le pide trabajo a un leñador que dirige una cuadrilla en un bosque. El capataz al ver su envergadura y pensando en la cantidad de árboles por podar antes del verano le ofrece empleo sin pensarlo mucho. El primer día trabaja duramente y corta muchos troncos. La segunda jornada se esfuerza igualmente, pero inopinadamente su producción es la mitad. Al día siguiente con renovadas energías, el meritorio se propone mejorar su producción. Desde el alba golpea el hacha con toda su furia contra los árboles hasta el anochecer, pero los kilos de madera siguen bajando. Cuando el encargado se da cuenta del menguante rendimiento del chico nuevo, le pregunta por la última vez que afiló su hacha. El joven, aun exhausto por la paliza, responde enfadado que no ha tenido tiempo porque ha estado demasiado ocupado cortando árboles.

El hacha es el apero que necesitan los leñadores para trabajar. Con el uso, la cuchilla deja de cortar, se convierte en roma y por tanto ineficaz en la tala de arboles. Parar para afilar el hacha es parte del trabajo, aunque la impaciencia e inexperiencia del aprendiz, piense que es perder el tiempo.

Esta semana hablando con la primera ejecutiva de una multinacional sobre las exigencias de la alta dirección me dijo -en inglés- “yo afilo mi hacha” todos los fines de semana. Al ver mi cara de desconcierto se sintió obligada a explicarme cómo las profesionales de su nivel o sacan tiempo para actualizarse y seguir en forma o de lo contrario, alguien que sí lo ha hecho, acabará ocupando su puesto. Cuando terminé la videoconferencia con ella, tecleé en el buscador de mi ordenador esa expresión y me encontré con el cuento con el que ha empezado este artículo.

La herramienta para nuestro trabajo somos nosotros mismos; nuestra cabeza, pero también nuestro físico. Y en los tiempos que vivimos no siempre es fácil sacar tiempo para cuidar esa herramienta. La tecnología ha cebado un estajanovismo para que no quede un mensaje sin responder y al mismo tiempo una oferta de ocio inconmensurable que lastra el descanso. Horas y horas trabajando dentro y fuera de la oficina. Horas y horas consumidas delante de la pantalla del móvil o de la televisión.  Como en el cuento, golpeamos y golpeamos al árbol, pero cada vez rendimos menos. Este ritmo vertiginoso de reuniones que atender, series que ver, tareas que resolver, redes sociales que revisar y prisas para todo, impide parar. Parar para saber dónde quiero ir, parar para ponerme fuerte, parar para dormir, parar para estudiar, parar para comer bien, parar para aprender, parar para escuchar, parar para reír, parar para alzar la vista y ver si hay luz al final del túnel.

Un año de pandemia ha sido como cinco años para la digitalización de muchas tareas, según los analistas de Gartner. Y ni te cuento para la salud mental. Esto va muy deprisa…¿a qué esperas para afilar el hacha? Luego no digas que estabas demasiado ocupado.

Iñaki Ortega es doctor en economía en la Universidad en Internet UNIR y LLYC

lunes, 6 de abril de 2020

No hay harina



(este artículo se publicó originalmente el día 6 de abril de 2020 en el periódico 20 minutos)

Moler el trigo hasta convertirlo en harina lleva haciéndose miles de años. Al principio con una piedra, luego con un molino de viento y ahora en impecables fábricas. El trigo es el cereal que domina los campos de esta parte del mundo, por eso se pierde en la historia el momento en el que sus semillas comenzaron a ser usadas en la alimentación. Pero es cuando se trituró por primera vez y apareció una masa que se llamó harina, dicen que en Mesopotamia, cuando pasa a convertir en un elemento esencial de nuestra dieta. El pan sin harina no puede hacerse y el pan es todo como dice su etimología griega. Pero ya no nos damos cuenta porque compramos el pan fresco, congelado o precocinado y además en cualquier sitio, hasta en las gasolineras. Lo adquirimos así, ya hecho; nadie ve cómo se mezclan sus ingredientes, se amasa y luego se mete en un horno, por eso el recuerdo del blanco elemento se ha ido borrando de nuestras cabezas.

Ahora encerrados por el coronavirus, sin prisas y como todo el tiempo por delante, hemos redescubierto muchas cosas y una de ellas es la harina. Tal es así que estos días en las estanterías de los supermercados las baldas donde solía colocarse, están vacías. “No hay harina” se escucha comentar a los dependientes. Y esto ha sucedido en muchas tiendas de nuestro país, da igual en el norte que en el sur, en el mediterráneo que el atlántico. Los encerrados nos hemos abastecido de ella compulsivamente. ¿Por qué oculta (y maravillosa) razón queremos aprovisionarnos de harina en un situación tan dramática? ¿Por qué se acaba la harina y no la carne o el pescado?

Con harina hacemos bizcochos, con la harina se consigue esa receta que te han recomendado para hacer las mejores tartas, sin harina no puedo cocinar esos dulces que tanto gustan a los niños. Pero sobre todo porque sin harina no podríamos compartir con nuestros hijos o con nuestros seres más cercanos unas horas juntos en la cocina para conseguir el milagro de convertir unos ingredientes insulsos en un sabroso pastel. La harina ha conseguido unir, por primera vez en mucho tiempo, a muchas familias unos minutos para hacer algo juntos. Nos ha sacado de la pantalla de nuestros móviles para arrimar el hombro aunque sea por un objetivo tan vano como hacer unos deliciosos brownies.

La harina se agota y es una buena noticia, una de las mejores de estos días tan horribles que nunca olvidaremos. En medio de la tragedia, de cientos de muertos diarios, de amigos que han perdido a sus padres o de viudas que no pueden ser consoladas, el hecho de remangarte con tu hija o tu hermano y esparcir un poco de harina con unos  huevos y algo de levadura, nos reconcilia con lo más importante, que como este Domingo de Ramos ha recordado el Papa Francisco, la vida no sirve si no se sirve.

Iñaki Ortega es director de Deusto Business School y profesor de la UNIR