(este artículo se publicó originalmente en el periódico 20 Minutos el día 2 de abril de 2024)
Iñaki Ortega es doctor en economía en UNIR y LLYC
Iñaki Ortega es doctor en economía en UNIR y LLYC
(este artículo se publicó originalmente en el periódico 20 Minutos el día 2 de abril de 2024)
Iñaki Ortega es doctor en economía en UNIR y LLYC
Iñaki Ortega es doctor en economía en UNIR y LLYC
(este artículo se publicó originalmente en el periódico 20 Minutos el día 26 de junio de 2033)
El fuego también recupera esa noche un significado purificador y además de dar gracias porque llega una estación luminosa y buen tiempo, aprovechamos para quemar imaginariamente lo peor del frio invierno y del último año. Nuestra mirada fija en las llamas hace que surja el milagro de que los malos recuerdos se calcinen en la lumbre hasta desaparecer de nuestra memoria. Se queman en la pira para afrontar un verano sin lastre alguno.
Pero hay algunos que optan por algo más audaz que es saltar por encima del fuego. Una tradición que protagonizan jóvenes desafiando a la gravedad y a las brasas al rojo vivo. Porque de padres a hijos se ha trasladado que, si eres capaz de saltar las llamas, tendrás un año por delante de buena suerte. Todos los veranos miles de valientes lo logran, aunque al mismo tiempo unos cientos acaban en urgencias con quemaduras de primer grado en las plantas de sus pies.
Nadie ha visto a los candidatos a presidente del gobierno saltando una de estas fogatas. O por lo menos yo no lo he leído. Pero dejad que mi imaginación fluya. Un vigoroso Pedro Sánchez que ha entrenado durante toda la semana, reclama que todos los candidatos asuman el compromiso de superar la prueba del fuego. Por su parte él brinca con espléndida técnica y la mejor de sus sonrisas mirando a la cámara. Alberto Núñez-Feijóo salta -como haríamos cualquiera de nosotros- con algo de cara de susto sobre una discreta hoguera humeante. Santiago Abascal. nadie sabe cómo pero camina con determinación por encima de las brasas sin mostrar dolor alguno. Yolanda Diaz opta por una hoguera de leds que no contamina y además le permite una estética declaración sin riesgo de quemaduras.
Todos nuestros candidatos logran el objetivo de este imaginario salto y quiero pensar que les queda la duda de si funcionará el embrujo de la primera noche del verano ¿serán los llamados a la gloria o acabarán en la enfermería? ¿serán decapitados como Juan El Bautista o pasarán a la historia como ese mismo santo? Me temo que por mucha fe que tengan en su partido o nosotros en las encuestas, no sabe nadie qué pasará. La buena noticia para todos es que ya queda menos y en cuatro semanas votaremos, si el calor no lo impide, de una manera democrática y afrontaremos un nuevo destino para nuestro país que esperemos que sea tan luminoso como estos días de junio. Lo necesitamos.
Iñaki Ortega es doctor en economía en UNIR y LLYC
(Este artículo se publicó originalmente en el periódico 20 Minutos el día 21 de febrero de 2022)
La enfermedad tiene sus primeras expresiones con la hipertrofia del ego, estos pacientes se convierten en pedantes, pierden la capacidad de sonreír y se les olvida hasta saludar por los pasillos. En esta etapa ya existen niveles importantes de bronce en la sangre, pero todavía no hay depósitos en los órganos, sin embargo, se hace fácilmente reconocible para los compañeros de trabajo (y los administrados) que no pueden soportarles.
Siguiendo al mayor estudioso de esta enfermedad el doctor Nicolás Hernández, la segunda fase de la broncemia es la inflamación de la importancia o importantitis. El paciente delira casi todo el día y pierde la noción de la realidad porque los depósitos de bronce se han acumulado en todo el cuerpo comprometiendo el cerebro. La incapacidad de mostrar atención y afecto a nada y nadie que no sean ellos mismos reflejan a su vez los depósitos de bronce en el corazón.
Para el doctor Occhiuzzi la fase terminal de la enfermedad es la inmortalitis, en la que todo el organismo ha sido infectado totalmente por los depósitos de ese metal y el paciente no solo se cree una estatua de bronce, sino que se comporta como tal. Siempre pavoneándose y hablando como si fuese a pasar a la historia, un prohombre antes de tiempo. Rígido, brillante y rodeado de una tropa de admiradores.
El doctor Cabrera, catedrático de cardiología en Madrid, ha preguntado a sus alumnos de la facultad de medicina por este mal, porque considera que es la nueva pandemia. Ha retado a los futuros médicos a que encuentren esta enfermedad en los acontecimientos de estos días. Y lo han hecho. Políticos que se dan mucha importancia ellos mismos, pero ninguna a sus votantes. Presidentes de compañías repletos de afectamiento que discursean y se van, porque para qué escuchar a sus subordinados. Compañeros de trabajo que no responden los correos, muy ocupados repartiendo tareas que deberían hacer ellos mismos. Colegas que desprecian al que no tiene su nivel jerárquico, como si no fuese el rango algo coyuntural.
Aunque no seamos estudiantes de medicina vemos la broncemia en los políticos que no escuchan a la calle y esconden sus fracasos con majestuosas puestas en escena y un verbo florido. En los presidentes de empresas que cambian equipos para que no les cambien a ellos. En los que se olvidan de tus malos momentos, pero siempre están en los buenos
Nuestro cardiólogo encuentra en
la intoxicación de arrogancia y soberbia la sintomatología evidente de esta
dolencia y por eso te ruego que la vigiles no solo en los demás, sino en ti
mismo. Y recomiendes su tratamiento urgente con altas dosis de compañerismo,
escucha y humildad.
Iñaki Ortega es doctor en economía en UNIR y LLYC
Un fornido joven le pide trabajo a un leñador que dirige una cuadrilla en un bosque. El capataz al ver su envergadura y pensando en la cantidad de árboles por podar antes del verano le ofrece empleo sin pensarlo mucho. El primer día trabaja duramente y corta muchos troncos. La segunda jornada se esfuerza igualmente, pero inopinadamente su producción es la mitad. Al día siguiente con renovadas energías, el meritorio se propone mejorar su producción. Desde el alba golpea el hacha con toda su furia contra los árboles hasta el anochecer, pero los kilos de madera siguen bajando. Cuando el encargado se da cuenta del menguante rendimiento del chico nuevo, le pregunta por la última vez que afiló su hacha. El joven, aun exhausto por la paliza, responde enfadado que no ha tenido tiempo porque ha estado demasiado ocupado cortando árboles.
El hacha es el apero que necesitan los leñadores para trabajar. Con el uso, la cuchilla deja de cortar, se convierte en roma y por tanto ineficaz en la tala de arboles. Parar para afilar el hacha es parte del trabajo, aunque la impaciencia e inexperiencia del aprendiz, piense que es perder el tiempo.
Esta semana hablando con la primera ejecutiva de una multinacional sobre las exigencias de la alta dirección me dijo -en inglés- “yo afilo mi hacha” todos los fines de semana. Al ver mi cara de desconcierto se sintió obligada a explicarme cómo las profesionales de su nivel o sacan tiempo para actualizarse y seguir en forma o de lo contrario, alguien que sí lo ha hecho, acabará ocupando su puesto. Cuando terminé la videoconferencia con ella, tecleé en el buscador de mi ordenador esa expresión y me encontré con el cuento con el que ha empezado este artículo.
La herramienta para nuestro trabajo somos nosotros mismos; nuestra cabeza, pero también nuestro físico. Y en los tiempos que vivimos no siempre es fácil sacar tiempo para cuidar esa herramienta. La tecnología ha cebado un estajanovismo para que no quede un mensaje sin responder y al mismo tiempo una oferta de ocio inconmensurable que lastra el descanso. Horas y horas trabajando dentro y fuera de la oficina. Horas y horas consumidas delante de la pantalla del móvil o de la televisión. Como en el cuento, golpeamos y golpeamos al árbol, pero cada vez rendimos menos. Este ritmo vertiginoso de reuniones que atender, series que ver, tareas que resolver, redes sociales que revisar y prisas para todo, impide parar. Parar para saber dónde quiero ir, parar para ponerme fuerte, parar para dormir, parar para estudiar, parar para comer bien, parar para aprender, parar para escuchar, parar para reír, parar para alzar la vista y ver si hay luz al final del túnel.
Un año de pandemia ha sido como cinco años para la digitalización de muchas tareas, según los analistas de Gartner. Y ni te cuento para la salud mental. Esto va muy deprisa…¿a qué esperas para afilar el hacha? Luego no digas que estabas demasiado ocupado.
Iñaki Ortega es doctor en economía en la Universidad en Internet UNIR y LLYC