miércoles, 21 de agosto de 2024

No cierra por vacaciones

 Este artículo se publicó originalmente en el periódico 20 minutos el día 21 de agosto de 2024


La mitad de los mayores de 65 años son dependientes de alguna manera. Algunos estudios concretan esa cifra en un 34% de los que superan la edad de retiro. Un colectivo por tanto de casi cuatro millones que necesitan algún tipo de cuidados durante todo el año y que no entiende de vacaciones. Esas personas que hacen la vida más fácil de muchos mayores, en una mayoría son cuidadores no profesionales, no por ello menos eficientes, sino que simple y llanamente son familiares que no cobran por ello ya que mantienen un vínculo de afectividad con el dependiente que es mucho más sólido que cualquier contrato. Si profundizamos aún más veremos tres cosas. Primero que esas personas que cuidan son mujeres, segundo que es un fenómeno latino que se extiende por Iberoamérica con más intensidad que en el mundo anglosajón y tercero que dura mucho tiempo, la dedicación al mayor antes duraba apenas un lustro, pero ahora con el alargamiento de la vida, puede extenderse hasta tres lustros. Por tanto y en un cálculo prudente, al menos un millón de familiares dedicados en cuerpo y alma a atender a padres, abuelos o tíos.

 

Estos días que vemos carteles de cerrado por vacaciones o recibimos de vuelta correos electrónicos que nos avisan que no esperemos respuesta en breve por el descanso veraniego, conviene no olvidar que cuando una mayoría de españoles abandonamos obligaciones, otros siguen encadenados emocional y físicamente a los cuidados. En su casa, en la playa o en el pueblo, la tarea no cesa jamás.

 

Algunas de estas cuestiones han sido analizadas recientemente por Gina Rosell y Javier Marín. Para estos expertos en salud los estudios realizados en Latinoamérica, así como en Estados Unidos y Europa, destacan similitudes significativas en el perfil y las responsabilidades de los cuidadores informales. En todos los contextos, las mujeres predominan como cuidadoras, asumiendo tareas esenciales y complejas sin recibir formación profesional. La mayoría de estos cuidadores son familiares cercanos. Estos hallazgos subrayan la creciente carga de los cuidadores informales y la necesidad de apoyo y reconocimiento para estas personas que desempeñan un papel crucial en el bienestar de los pacientes y que se vuelven importantes para lograr que los pacientes recuperen su salud. Además, la salud mental de los cuidadores es una dimensión crucial que merece atención y apoyo urgente. El rol de cuidar, aunque gratificante, conlleva un peso significativo sobre la salud emocional y psicológica de los cuidadores. De forma general, recientes investigaciones revelan altos niveles de depresión y ansiedad entre los cuidadores informales. Esta carga se agrava en contextos donde las estructuras de apoyo son insuficientes, y la tendencia cultural de cuidar a los mayores en casa sin remuneración añade un mayor sacrificio personal.

 

Cuidar a los cuidadores es, por tanto, una exigencia, no solo ética sino también económica. Con un futuro en el que habrá cada vez más mayores – en el año 2050 se doblará la cifra actual de dependientes en nuestro país- no habrá sistema de salud que lo soporte. Como recuerda la gerontóloga Maite Sancho, nunca debemos olvidar que sin cuidados no hay vida. Ni cuando somos niños y me temo que ni cuando nos hacemos mayores. Ni en invierno ni en verano.

 

Iñaki Ortega es doctor en economía en UNIR y LLYC

martes, 6 de agosto de 2024

Perder es ganar (bronceados)

Este artículo se publicó originalmente en el periódico 20 minutos el 6 de agosto de 2024

En verano con el calor, el mar y la piscina son los destinos más ansiados. Al mismo tiempo que se busca el refresco del agua, muchos también aspiran a lograr un color en la piel que favorezca más que el gris verdoso que se nos pone en la oficina. Volver a casa con un ligero bronceado no solo es una demostración que has estado de vacaciones, sino que además te han sentado bien.

 

Bronceados también están volviendo a España los miembros de nuestra delegación olímpica, no tanto por haber disfrutado del sol parisino sino por la cosecha de medallas que estamos consiguiendo. Los oros y platas sumados son menos que los bronces. Y de ese bronce quiero hablarles más que el de los rayos uva.

 

Es curioso (aunque sabio) que en los deportes olímpicos ser tercero sea una gran alegría. Perder es ganar. Conseguir la medalla de bronce es un triunfo, aun siendo la demostración palmaria de que no eres el número uno y en muchas disciplinas ni siquiera has hecho méritos para estar en la final. Lo bueno de los juegos olímpicos es que el reconocimiento al esfuerzo, aunque no se obtenga una victoria, es inmediato y reconocido popularmente. Los medallistas de bronce saltan de alegría y llegan a sus localidades de origen y reciben sentidos homenajes. En el resto de disciplinas de la vida esto no es así. Si no ganas, nadie se acuerda de ti, y tú mismo sientes que no has hecho tu trabajo bien. No tiene por qué ser así, el problema es que, en la vida real, la que no se retransmite por televisión, no hay bronces y muchas veces solo al cabo del tiempo nos damos cuenta que perder es ganar. Lo sabes perfectamente en el trabajo cuando no te dan ese ascenso para el que acumulabas méritos o incluso si te despiden injustamente… años después das gracias a esos sucesos que te permiten encontrar empresas donde te valoren de verdad. O más lejos aún si peinas canas como yo, cuando perdías noches de diversión por estudiar o planes soberbios porque tenías que madrugar en tus primeros empleos…con el tiempo te alegras de haber renunciado a todo eso, pero haber ganado una profesión.

 

Las lágrimas de Alcaraz tras perder la final, llevaron a Rafa Nadal ha escribir este mensaje en redes sociales que expresa a la perfección lo anterior “Carlos, aunque sé que hoy es un día difícil valora una medalla que es muy importante para todo el país y verás, con el tiempo, que para ti también”. Por eso a los que pierden todos los días, a los que jamás han ganado nada, a los que simplemente se quedan enfangados en una derrota, los animo a que sigan el mensaje de Nadal. Con el tiempo, como dice el tenista manacorí, este contratiempo será el anticipo de la victoria.

 

Y es que no sólo la medalla de bronce supone que perder es ganar, sino que la vida nos enseña y lo estamos viendo ganar a veces puede ser perder. Lograr una victoria en las urnas haciendo trampas es perder, amigos de Venezuela. También ganar una oposición de profesora en la Universidad Carlos III sin cumplir los méritos, es perder. Y quién sabe si ganar el referéndum entre las bases de ERC para lograr un concierto catalán sea finalmente perder ante la reacción de Puigdemont. El que tiene muy claro que ganar no es siempre bueno es Feijóo que acumula victorias electorales en las generales y en las europeas, pero su gesto y su gestión es la de una derrota. Hasta Pedro Sánchez que gana prestigio europeo y recibe todos los años ingentes fondos europeos, pierde cada vez que se pone lupa a la escasa ejecución de los next generation conforme a informes de reconocido prestigio. Por no hablar de los españolitos que vivimos en un país en el que nunca en la historia hubo tantas personas con una nómina, pero al mismo tiempo nunca antes daba un sueldo para tan poco.

 

Pero volvamos a las medallas olímpicas. El bronce no siempre fue para premiar hazañas deportivas, sino que uno de sus primeros usos fue para la defensa, escudos y celadas. Ojalá terminemos con muchos más bronces para España este verano de juegos olímpicos y nos sirvan como antaño para protegernos de lo que nos viene en nuestro país con el inicio del curso que tiene mala pinta a la luz de los últimos datos de empleo y de las amenazas de más bloqueo político (y si no nos sirven esos bronces como armadura por lo menos nos alegran estos días).

 

Iñaki Ortega es doctor en economía en UNIR y LLYC

viernes, 2 de agosto de 2024

¿Presidenta Kamala Harris?

 Este artículo se publicó originalmente en el periódico La Información el 2 de agosto de 2024

El sesgo de confirmación es una de las trampas mentales que explico a mis alumnos de la asignatura de dirección de empresas de cara a que conozcan la complejidad del proceso de toma de decisiones que sigue cualquier directivo. La lógica, la experiencia y los datos definen este proceso, pero también los fallos de la mente. De todos los prejuicios cognitivos a los que un consejero delegado está sometido, la trampa de la confirmación es uno de los más habituales, aunque no por ello el más conocido.

Este sesgo lleva a que cuando un CEO ejerce como tal y por tanto fija objetivos y hace seguimiento de los resultados, sin darse cuenta lo padece a la hora de analizar información. Y eso es así porque busca, interpreta, recuerda y por tanto prioriza de manera innata la información que confirma sus propias creencias. Pero no solo eso, sino que además otorga menos consideración a posibles alternativas de información que contradigan su propia hipótesis de partida.

No he dejado de acordarme de este error mental de la confirmación estas semanas desde que el presidente Joe Biden anunciara que no se presentaba a la reelección. Cualquier noticia publicada o comentarista opinando en medios de Europa, tenían este sesgo implícito. De modo y manera que a la luz de lo aparecido en los medios continentales, la victoria de Kamala Harris en las elecciones de noviembre estuviese ya asegurada al cien por cien.

Esta trampa de la mente de tantos para hacer cuatro meses antes a Kamala Harris la primera presidenta mujer de la historia de Estados Unidos, estaba basada, por supuesto, en varios hechos objetivos.

En primer lugar, la recaudación récord de la historia del partido demócrata, puesto que en apenas 24 horas desde que anunció su candidatura Kamala consiguió más de 100 millones de dólares. Además, dos días después de anunciar la vicepresidenta Harris su aspiración a liderar la candidatura de su partido, todas las encuestas otorgaron a la franquicia del burro un subidón, incluso alguna como la de Ipsos le daba por encima de Trump por primera vez. Y en tercer lugar el aluvión de apoyos de notables del partido con el matrimonio Clinton o Nancy Pelosi a la cabeza y estrellas como George Clooney, Robert de Niro o Barbra Streisand. Datos irrefutables.

Pero al mismo tiempo otros tantos hechos relevantes y notorios fueron obviados sistemáticamente del razonamiento inductivo seguido por tantos analistas en estos lares. A saber, el anuncio de los Obama de buscar un “candidato extraordinario” en lugar de apoyar a la vicepresidente en los días posteriores al desistimiento de Biden. La bajísima popularidad de Kamala entre las bases y el aparato del partido durante toda la legislatura que le ha llevado a estar prácticamente desaparecida de la escena pública desde su nombramiento en 2021. Por último, sus problemas para armar un equipo estable con dimisiones constantes en su núcleo directivo. Igualmente de irrefutables estos hechos, pero manifiestamente obviados.

O incluso en otra clara demostración de la trampa mental de la confirmación se ha llegado a interpretar sesgadamente otras informaciones también objetivas, quizás confundiendo deseos con realidades. Veámoslo. El programa electoral de Trump, más allá del personaje, es claramente amistoso con las empresas con rebajas fiscales frente a las alzas anunciadas de Harris; subidas de aranceles a la importación china recuperando un proteccionismo que gusta a las pymes y a la clase trabajadora, así como medidas para apoyar el emprendimiento tecnológico ante los ataques de Harris a las grandes corporaciones. En segundo lugar, el nombramiento de Vance como ticket republicano con una trayectoria con la que es idéntica el americano medio gracias a su libro superventas que podríamos libremente traducir su título como “El Paleto” y su exitosa trayectoria como inversor; el senador por Ohio representa el éxito del talento sin apellidos. Al mismo tiempo a Kamala se la identifica con el elitismo intelectual y progresista que para muchos votantes americanos es California; medidas defendidas durante su experiencia política en el “estado dorado“ como la legalización del cannabis, la regularización de indocumentados o el control sobre la posesión de armas no son bien vistas por una mayoría de votantes del centro y sur; que Harris ha cebado con su plantón al presidente de Israel estos días a la Cámara de Representantes.

Por mi parte y para huir de tanto sesgo he decidido ir a las fuentes primarias y escuchar su primer discurso como candidata. Mi sensación era la de una política alejada del tradicional centrismo de los demócratas y muy cerca de las propuestas populistas de la izquierda francesa de Melenchón: impuestos a los ricos, trabas a las grandes empresas, agresiva fiscalidad para luchar contra el cambio climático y alineamiento con los postulados de los sindicatos.

Mas allá de las publicaciones de estos días sobre Kamala Harris, son numerosos los experimentos en universidades americanas que han demostrado este sesgo del que le estoy hablando. Me viene a la cabeza aquel que se hizo con los votantes de Bush Junior al respecto de las armas de destrucción masiva que provocaron la guerra de Iraq y que nunca se encontraron, A pesar de ello los votantes republicanos seguían defendiendo la invasión usando esa premisa sabiendo que no era cierta. Quizás en unos años estas mismas investigaciones analicen los artículos periodísticos en Europa sobre Harris, solamente lo sabremos el 5 de noviembre. Hasta entonces y para ser justo entono el mea culpa y reconozco sufrir yo también el sesgo de confirmación, sin ir más lejos este domingo 28 de julio creyendo que en Venezuela las elecciones traerían la democracia.

Iñaki Ortega es doctor en economía en UNIR y LLYC

lunes, 29 de julio de 2024

Humildad

(Este artículo se publicó originalmente en el periódico 20 Minutos el periódico 20 Minutos el 22 de julio de 2024)

El padre Barandiarán fue un sabio vasco que vivió más de 100 años y la gran mayoría los pasó investigando y sirviendo a los demás. El museo dedicado a él en su Ataun natal recibe al visitante con una enseñanza escrita en la pared que aplicó toda su vida. Una lección que recibió de su madre un día siendo niño. Volvía triunfante a su casa en el monte después de hacer brillantemente un duro examen de Latín y para templar su soberbia, su madre le llevó a la puerta del caserío para que José Miguel viese dos manzanos con las ramas dobladas por el peso de los frutos. Con esa visión le dijo: "Cuanto más cargados, más humildes". Esos árboles que tantas alegrías dan con sus sabrosas manzanas, cuando tienen más frutos, más miran hacia abajo, menos presumen.

Esta época que nos ha tocado vivir, protagonizada por las redes sociales, en las que alardear de viajes, comidas o amistades es lo habitual, exige recordar el viejo consejo de una madre a un orgulloso chaval con altas capacidades en la Euskadi rural del siglo pasado. Con el verano ya encima nos empacharemos de imágenes de maravillosos e inalcanzables planes de amigos y conocidos. Imposible no encontrarte al abrir cualquier aplicación en nuestro móvil con demostraciones de playas idílicas, atardeceres paradisíacos y siempre planes de diversión absoluta. Engreimiento y arrogancia. Como si la vida solamente tuviera sentido por poder pasear en barco o comer una mariscada.

Una temporada que nos viene, a la luz de las publicaciones digitales que ya nos inundan, repleta de actitudes altivas, de internautas que nos miran por encima del hombro con su exhibición de imágenes de su supuesto éxito: fiestas interminables, diversión sin límite y risas incontenibles. Frente a esa soberbia, recordemos la humildad del manzano que como el padre Barandiarán jamás presumió de sus frutos. Más bien al contrario, este sabio defendía las horas de trabajo con los siguientes versos a modo de broma: "Una hora duerme el gallo, dos el caballo, tres el santo, cuatro el que no es tanto, cinco el teatino, seis el benedictino, siete el viajante, ocho el estudiante, nueve el caballero, diez el majadero, once el muchacho y doce el borracho".

Menos mal que al mismo tiempo que tanta exhibición morbosa en las redes nos queda el deporte. Los triunfos de la selección española de fútbol o el tenis con Carlos Alcaraz contrapesan tanta altivez. Templanza, coralidad, humildad, sacrificio e historias auténticas. Fabián es el mediocentro español del que todo el mundo habla tras la final de Berlín, un chico criado en Sevilla por su madre que trabajaba limpiando los baños del equipo de fútbol local. Fabián ha contado estos días su historia, la de un niño que dormía en el coche de 7 a 10 de la mañana porque no empezaba a entrenar hasta esa hora en el Betis, pero su madre comenzaba su jornada al amanecer… El apuro que le daba cruzarse con ella sabiendo que se ocupaba de adecentar lo que sus colegas ensuciaban. En pleno éxito, como ese frutal repleto de manzanas, mirando hacia abajo, con humildad, un futbolista cuenta la realidad.

lunes, 8 de julio de 2024

Hasta el último minuto

 (este artículo se publicó originalmente en el periódico 20 minutos el día 8 de julio de 2024)


No rendirse hasta el final, en el deporte y en la vida. Ahora que nos hemos reconciliado con la selección española gracias a sus éxitos en la Eurocopa de fútbol, hemos comprobado la importancia de luchar hasta que se acabe el tiempo. Alemania empató a un minuto del final cuando nos veíamos ya ganadores. En la prórroga, también cuando faltaba un minuto, marcamos el gol de la victoria a una escuadra germana que nos había tenido contra las cuerdas en este tiempo extra. Exactamente igual en los siguiente partidos contra Francia e Inglaterra 

Los profesores consumimos mucho tiempo en explicar conceptos complejos que en ocasiones el deporte lo hace de una manera magistralmente sencilla por ser muy gráfica. Esa imagen de la euforia en el minuto 119 por el gol de Mikel Merino contrasta con la desolación de los españoles en Stuttgart tras el testarazo del empate de Wirtz en el minuto 89. Esa es la resiliencia que en mi asignatura de Dirección de Empresas les transmito a mis alumnos, me doy cuenta ahora que con demasiada palabrería. Dos pantallazos de los cuartos de final de un campeonato de fútbol permiten entender mucho mejor el atributo tan buscado para cualquier directivo que una hora de clase universitaria.

Resiliencia que no resilencia, proviene del latín resilio, volver atrás o rebotar. Y no es otra cosa que la capacidad de recuperación que tiene el ser humano ante una situación adversa. En física, es la cualidad de un material para recuperar su estado inicial cuando ha cesado la perturbación a la que había estado sometido. Lo malo puede pasar (un gol inesperado) pero si te repones y aguantas podrás vencer. Resiliencia no es únicamente no rendirse sino tener la fe de que puedes triunfar.

Otra imagen del deporte nos puede ayudar a entender de lo que hablamos. Un estadio de fútbol empieza a vaciarse a unos minutos del final del partido porque el equipo local va perdiendo. Imposible remontar un marcador en contra, pero muy posible evitar el atasco si se abandona el campo antes de que todo el mundo salga. El pragmatismo es lo contrario a la resiliencia. La lógica dice que no es posible, la capacidad de los directivos entrenados para superar las adversidades hace que las cosas pasen.

Por algunas de estas cosas ha estado resiliencia en los últimos años como candidata a la palabra del año. Parece como que los mas importantes diccionarios del mundo querían rendir homenaje a cómo hemos demostrado nuestra capacidad de aguantar una crisis como la de la pandemia y un ataque despiadado de la inflación en las economías familiares. Yo me permitiría añadir, esta semana que las pymes españolas se han quejado de la espiral de costes, cargas burocráticas y fiscales que sufren en los últimos años, que los pequeños negocios merecen ser incluidos en este aplauso por ser resilientes ante la coyuntura que padecen. Necesitamos que aguanten hasta el último minuto porque si lo hacen podrán darle la vuelta al partido. Nos va la vida en ello como economía y como país.

Iñaki Ortega es doctor en economía en UNIR y LLYC

domingo, 7 de julio de 2024

El melting pot de Hernández de Cos

(este artículo se publicó en el Periódico de Cataluña el 7 de julio de 2024)

Se acaba de ir y ya le echamos de menos. En una de sus últimas comparecencias Hernández de Cos situaba en la inmigración la salvación de nuestro sistema de pensiones. En concreto el que ha sido gobernador del Banco de España hasta hace unas semanas afirmó que la población inmigrante trabajadora tendría que subir en más de 24 millones hasta un total de 37 millones. Si queremos mantener las jubilaciones tal y como las concebimos ahora, en 2050 tendría que haber bastantes más trabajadores foráneos que españoles. Es decir, crear unos 800.000 puestos de trabajo para inmigrantes al año. Menuda propuesta para recordar estos días de campaña electoral en Francia, en el que todo indica que los herederos del Frente Nacional van a arrasar llevándose por delante el centrismo de Macron con la bandera del nacionalismo.

Y es que con más de un 17% de los residentes nacidos fuera, España ya está entre los cuatro países del mundo con una mayor proporción de extranjeros tras Estados Unidos, Alemania y Reino Unido. Parece una quimera la propuesta de Hernández de Cos viendo cómo han crecido los populismos precisamente en esos países. Trump ha prometido si sale reelegido la mayor deportación de la historia, identificando inmigrantes con pandilleros; en Alemania los resultados de AfD han ratificado el apoyo popular a la “expulsión masiva de extranjeros" y la victoria del Brexit no se entendería sin la apelación al odio al extranjero.

¿Cómo es posible que Hernández de Cos apostase por la inmigración sabiendo todo lo anterior? No puede olvidarse que el exgobernador no es un político sino un economista que hizo su carrera en el departamento de estudios del Banco de España. No son pocos los informes macroeconómicos que hablan del dividendo demográfico. Para un accionista un dividendo es motivo de alegría porque supone repartir el beneficio entre los propietarios de la empresa. Por eso en demografía un dividendo también es algo que hay que celebrar. La definición de la ciencia de la población para este dividendo es una cohorte de personas que constituyen una fuerza de trabajo potencial que en un momento determinado puede hacerse efectiva mejorando con ello la producción de bienes y servicios. El dividendo demográfico es por tanto un regalo, un impulso en la productividad económica que ocurre cuando hay un número creciente de personas en la fuerza laboral en relación con el número de dependientes.

A lo largo de la historia reciente han existido tres grandes dividendos demográficos. El más conocido es el de los jóvenes en las sociedades en desarrollo, que gracias a su educación y a las reformas institucionales en sus países fueron claves para impulsar sus economías. Pero es muy destacado el de las mujeres, que se hizo realidad cuando se incorporaron masivamente al trabajo en los años setenta del siglo pasado, acuñándose la expresión purple dollar, por el potencial económico de dejar de desperdiciar el talento femenino. Y finalmente el vinculado a la inmigración que defiende el Banco de España con independencia de las coyunturas políticas.

Este dividendo demográfico ocurre cuando gracias a trabajadores foráneos la proporción de personas trabajadoras en la población total crece muchísimo porque esto indica que más personas tienen el potencial de ser productivas y contribuir al crecimiento de la economía. Y el caso paradigmático es la economía estadounidense. De hecho, este bono demográfico se le bautizó como Melting Pot.

El término se traduce castizamente como un potaje en el que cabe todo para alimentar a una familia, quizás se explica mejor en castellano como crisol de culturas, de modo y manera que sociedades heterogéneas se convierten en sociedades homogéneas, en las cuales los ingredientes mezclados son culturas, etnias y religiones que se combinan para formar una sociedad multiétnica. La analogía lleva implícita la idea mágica de la convivencia armoniosa a través del mestizaje; por oposición a la segregación racial de los banlieues franceses de los que tanto se habla estos años en el Hexágono. Integración frente apartheid. Asimilación versus gueto.

Melting Pot como aforismo tiene más de un siglo, pero desde entonces se viene utilizando para describir la forma de integración de la inmigración en Estados Unidos que tantas externalidades positivas ha generado. Todo un efecto llamada usado por Estados Unidos durante más de cien años para atraer a las mentes más privilegiadas a sus universidades, pero también a los espíritus más emprendedores.

Son muchos los países del mundo que han recogido este regalo demográfico de la inmigración, Canadá, Australia y el propio Reino Unido, pero pocos los políticos valientes que lo han defendido en los últimos tiempos. Angela Merkel en 2015 admitió a un millón de refugiados que ayudaron a la economía alemana según confirman los informes del Centro para el Desarrollo Global. La frase de la canciller Merkel aquellos años era Wir schaffen das, traducida como lo lograremos, ha hecho realidad una economía con mano de obra suficiente para afrontar los retos del envejecimiento. Por aquí las bondades del melting pot a la luz del crecimiento de la economía y la afiliación a la seguridad social en las dos últimas décadas, son evidentes, pero habrá que esperar para contarlo a que vuelvan a aparecer valientes y rigurosos personajes por nuestra geografía, como Hernández de Cos.

 

Iñaki Ortega es doctor en economía en UNIR Y LLYC

martes, 2 de julio de 2024

La navaja de la ministra de vivienda

(este artículo se publicó originalmente en el periódico La Información el día 2 de julio de 2024)

Me encanta “la navaja de Ockham”. Es un principio aplicado en economía que se resume en que, en igualdad de condiciones, la explicación más simple suele ser la más probable.  La leyenda cuenta que el fraile inglés Guillermo de Ockham en el siglo XIV adquirió fama por su obra teológica basada en la sencillez. Así se hizo popular la metáfora de que sus ideas eran como una navaja que afeitaba la barba de Platón, la sencillez recorta la complejidad. Así ha pasado a la historia esta expresión.

Siempre que puedo me abono a ella y por ello en el caso de dos eventuales soluciones a un problema, la más simple es más probable de ser correcta que la alambicada. Estos días que hemos conocido que el encarecimiento de la vivienda no para, me he acordado de la navaja del cura inglés. Efectivamente el precio de la vivienda aceleró su incremento en el primer trimestre del año hasta el 6,3% interanual, un aumento que no era tan elevado desde el tercer trimestre de 2022, según datos difundidos por el INE. Por tipo de vivienda, la nueva subió 2,6 puntos hasta el 10,1%, mientras que la de segunda mano se situó en el 5,7%, más de dos puntos por encima de la registrada el trimestre anterior.

Para empeorarlo todo, la rigidez de los tipos de interés de las hipotecas no ayuda a financiar la compra de inmuebles, también el mercado de alquiler con subidas de dos dígitos anuales está en precios máximos de las series históricas. Pagar una casa en España, supone de media la mitad de los ingresos de un ciudadano medio, en cualquiera de las fórmulas que hasta ahora considerábamos como habituales, comprar o alquilar, de ahí que se estén extendiendo prácticas como los pisos compartidos.

Encontrar una solución al problema de la vivienda en nuestro país se ha convertido en lo más parecido a finalizar el sudoku más complicado. Un mercado con millones de demandantes y muchos menos oferentes, con tres actores públicos como gobierno central, comunidades autónomas y ayuntamientos con competencias para actuar. La inacción consagra el problema de la falta de vivienda, pero como se mantiene la demanda porque se sigue necesitando un lugar donde vivir, los precios se disparan, tanto de alquiler como de compra, simplemente porque hay muchas personas que quieren la misma casa y se la lleva el que más paga.

El Banco de España ha asegurado que en España hay 27 millones de viviendas, de ellas, el 70% son vivienda habitual y el 13,3% se alquila, unos 3,6 millones de viviendas, y el resto, unos 4 millones, o están vacías o desocupadas. Pero los que buscan casas son muchos millones más. Entre 2022 y 2025 la economía española registrará un déficit de unas 600.000 viviendas. Ante este panorama surge la diatriba. Hacer más casas u obligar a los que tienen ya una a que la alquilen o la vendan a un precio asequible para esa mayoría que no puede pagársela.

La navaja de Ockham nos recuerda que siempre gana la sencillez. Crear más viviendas hará que el exceso de demanda se reduzca y por tanto los precios bajen. Bastaría con facilitar que se construyan más viviendas. Con un número amplio de casas en el mercado no es necesario topar precios, tampoco gravar las casas vacías y ni mucho menos poner en cuestión el principio sagrado de la propiedad. El Círculo de Economía de Barcelona acaba de publicar una nota en la que demuestra los efectos “muy perniciosos” de intervenir el precio de los alquileres con topes como el que se aplica en Cataluña. El informe incorporar otro argumento para defender que haya más viviendas y es que el parque público de alquiler solo representa el 2% del total, mientras que en algunos países de Europa supera el 20% y la media de la Unión Europea está en el 8%.

Por tanto, por simple no debemos descartarlo, siguiendo a Guillermo de Ockham. Ha de aumentarse la oferta para que por esta vía el precio se ajuste. Y ahí las administraciones sí pueden actuar. Mayor volumen de terreno edificable, suelo público más barato para que se pueda construir, facilitar cambios de usos de suelos, ayudas para rehabilitar casas, colaboración público-privada para construir un parque suficiente de vivienda protegida. Hasta el Banco de España ha reclamado un pacto de Estado para una ley del suelo que permita crear más viviendas.

En Santa Cruz de Mudela se fabrican las mejores navajas de España. Estoy seguro de que Isabel Rodríguez, ministra de Vivienda, y diputada por Ciudad Real conoce bien ese municipio de su provincia. Por eso me atrevo a pedirle a la responsable de las políticas públicas del ramo que se compre una bien grande para dejarla en su despacho y recordar cada vez que la vea, que urge lo más fácil. Más casas en España.

 

Iñaki Ortega es doctor en economía en UNIR Y LLYC