(este artículo se publicó originalmente en la revista Business Insider el día 19 de febrero de 2026)
Hay profesiones que triunfan. Como si se tratase del ancho del pantalón que se pone de moda y nadie sabe por qué. De la noche a la mañana hay que llevar pitillos cuando antes usamos pata de campana. El problema viene cuando todo el mundo quiere seguir esa tendencia. A muchos no les favorece embutirse en un pantalón dos tallas más pequeño o ir por la vida disfrazado de cantante de los Bee Gees. Pero como se pone de moda, todos nos empeñamos. Caiga quien caiga.
Algo así ha sucedido con ser CEO. Ahora todo el mundo es CEO o quiere serlo. Por supuesto que están los CEOs de las grandes empresas -aunque hasta hace poco les llamásemos consejeros delegados- pero es que también son muchos los que se definen como CEO de una pyme, aunque en ocasiones sea tan pequeña que sea un autoempleo. También aquellos que te contactan y firman como CEOs de compañías que ni siquiera se han creado y son solo un proyecto de empresa pintado en un archivo para levantar fondos o empezar a vender una idea.
Quizás la razón es que el término CEO es una sigla fácil de recordar o tal vez porque las empresas más grandes del planeta son americanas y allí se usa mucho. Seguro que ha influido que los CEOs conocidos tienen sueldos con muchos ceros. Da igual, la realidad es que todo el mundo quiere tener el cargo de CEO en la firma. Muchas veces -como con la ropa- tal cargo no te sienta bien porque te queda grande, te tira de la sisa o simplemente que no pega ni con cola con lo que realmente haces. Es decir que haces el ridículo al repartir tarjetas de visita con el rimbombante CEO impreso. Esa moda no te va y se nota.
Lo cierto y verdad es que no se puede luchar contra las tendencias cuando están tan arraigadas como esta. Todo el mundo quiere ser CEO y no me voy a empeñar en que se vuelva a términos más apropiados como por ejemplo gerente. Tampoco pretendo desterrar vocaciones empresariales basadas seguramente en que se ha idealizado la figura del CEO. Lo que sí quiero es que se sepa de verdad qué supone ser CEO en los tiempos que nos ha tocado vivir. Para que nadie se lleve a engaño. A partir de ahí, si aun así quieres seguir la moda y plantearte lo de CEO como objetivo vital, adelante.
Ser CEO es literalmente el que tiene la última responsabilidad en una empresa. Son las siglas de la expresión anglosajona chief executive officer, es decir la persona más comprometida con la empresa. Porque tiene que conseguir los objetivos de ventas, de satisfacción del cliente, de ahorro de costes o de financiación, por citar solo algunos de los cientos de indicadores de los que ha de responder un CEO.
Nunca fue fácil ser el primer ejecutivo de una empresa, la diferencia es que hasta hace poco los CEOs rendían cuentas a los dueños de la empresa, ahora han de convencer a los clientes y a los proveedores; a los empleados y a los inversores; a los sindicatos y a los políticos y por supuesto a cualquiera que no esté en ese grupo, pero pueda opinar en una red social. El perfil bajo en exposición pública ha dado paso a una exigencia social para que los CEOs se posicionen. Si un CEO no puede no saber leer un balance, tampoco puede descuidar su reputación. Todos los días a todas las horas.
Así es. Cuando todo el mundo quiere ser CEO, todo el mundo puede escrutar al CEO. Por el mero hecho de tener ese cargo los ciudadanos van a exigirte más que a nadie. Trabajar de sol a sol; ser el mayor experto de la industria en la que operes; simpático y asertivo todos los días de tu vida; tener el techo de cristal y la honestidad por bandera; jamás dudar y disfrutar de una inteligencia por encima de la media además de conocer la geopolítica como un diplomático y dominar los mercados de valores del planeta. Es lo mínimo que se le pedirá. Y aún así una catástrofe climática puede acabar con la empresa y tendrá que apechugar; cuando no una fatalidad imprevisible que le deje sin poder funcionar el tiempo suficiente para ya no poder levantar cabeza. Tú, como CEO, tendrás sino la culpa, la obligación de rendir cuentas y gestionar el desastre.
Claro que hay CEOs que les va bien y disfrutan de remuneraciones estratosféricas. Son los menos. O si se prefiere, la excepción que obnubila. E incluso en ese pequeño grupo de primeros espadas de grandes empresas con nóminas millonarias, la profesión de ser CEO se ha vuelto más dura que nunca. Algunos datos: la duración media en dicha posición se ha reducido radicalmente hasta convertirse en una silla caliente. Cinco años es el tiempo que se aguanta de CEO cuando antes eran décadas.
Los ceses o dimisiones en los primeros meses de mandato han aumentado exponencialmente, antaño se jubilaban como consejero delegado. Agotamiento psicológico, presión de los inversores por resultados insuficientes, obsolescencia ante las disrupciones tecnológicas, cotizaciones bursátiles planas o simplemente que una cámara en un concierto que te graba bailando con quien no debías, hace que se tenga que dejar el puesto. Estás avisado.
Iñaki Ortega es doctor en economía en UNIR y LLYC

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