lunes, 28 de septiembre de 2026

Cicatrices.

 (este artículo se publicó originalmente en el periódico 20 Minutos el día 28 de septiembre de 2026)


Quién no tiene una. De pequeño o de adulto. Una caída o un tropezón. Un juego infantil o una operación de apendicitis. La bicicleta cuando no el monopatín, o una cesárea para que tu hijo nazca sin problemas. Una quemadura de un cigarro una noche de juerga o esos lunares extirpados para evitar males mayores. La típica brecha en la ceja o la temida mastectomía. Son cicatrices que acumulamos en nuestro cuerpo. Nos recuerdan que hemos vivido y, en ocasiones, que hemos sobrevivido.

Pero no siempre las cicatrices dejan una huella física o se perciben a simple vista. A veces no se ven, pero son indelebles como esa marca de los hierros que sostuvieron un brazo roto. Una ruptura amorosa, una muerte inesperada, un despido injusto, un jefe tóxico, un compañero acosador en el colegio, un examen que se resistía, una quiebra o un trabajo estresante.

Incluso esas cicatrices no tienen su causa en alguna acción sino en una inacción. Una viaje no realizado, una ausencia de cariño a alguien al que ya no podrás compensar, un amigo al que no ayudaste, una promoción que nunca llegó, una oposición a la que no te presentaste, un gracias que te ahorraste, una empresa que no creaste, un trabajo en el que no diste todo lo que debías, una carta de amor que dejaste de mandar o un libro que no escribiste.

Hoy la cirugía estética hace milagros. Elimina del cuerpo tatuajes y marcas en la piel. El láser acaba con las huellas del acné o con el rastro de esos puntos tan mal cosidos en tu frente. Como si fuera un borrador en una pizarra que deja limpio de tiza el encerado hace lo mismo con las cicatrices que acumulamos. De un plumazo –por razones estéticas– desaparecen las pruebas de vida, la demostración de que no hemos cumplido años sin enseñanzas. También con ayuda profesional hoy tenemos la inmensa suerte de que esas otras heridas no físicas dejen de supurar y poder aprender a convivir con nuestros ‘costurones’ emocionales.

Reivindico las cicatrices, las que se borran en las clínicas y las que conseguiste eliminar de tu cabeza. También las que cada mañana en el baño te recuerdan que estás vivo o las que no acabas de vencer porque te hicieron tanto daño. No soy un médico para defender esas lesiones, solo un profesor que lleva 30 años trabajando con jóvenes prometedores y directivos consagrados. Recordar cómo hemos llegado hasta aquí es la mejor manera de afrontar el mañana. Mirar esas huellas que te ha dejado la vida es la vía para no repetir errores y para afrontar el futuro con más garantías. Nadie dijo que la vida sea fácil.

Y ahora que todo son vidas felices en las redes sociales, que nos cuesta tanto reconocer que no siempre triunfamos, observar esa marca en la piel o en el corazón, sin duda, nos prepara mejor para encarar cada día.

Iñaki Ortega es doctor en economía en UNIR

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