(este artículo se publicó originalmente en la revista Business Insider el día 21 de agosto de 2026)
Aquí lo llamamos nubes. Los mayores del lugar prefieren usar el término malvavisco. Y los más viajados se refieren a esta golosina como marshmallow. Es un cilindro rosa por fuera y blanco por dentro de textura esponjosa que se vende en cualquier tienda de chucherías. Hay mil variaciones en colores y formas y lleva entre nosotros más de dos mil años. En Egipto comenzó a utilizarse como manjar del faraón con propiedades medicinales. Al hervir la raíz del malvavisco se conseguía una savia que mezclada con miel aliviaba los dolores de garganta. Los franceses hace dos siglos convirtieron la receta en un dulce muy apreciado en todas las confiterías sustituyendo las hierbas por la gelatina. Después de la segunda guerra mundial los americanos industrializaron el proceso y se convirtió en la golosina preferida en Estados Unidos comercializada como marshmallow, que es el nombre del arbusto en inglés.
En los años sesenta, en pleno auge de las nubes dulces, la universidad de Stanford puso en práctica un experimento psicológico para medir el autocontrol utilizando esa chuchería. Así nace el “test marshmallow”. En una sala blanca sin decoración y solo con una mesa vacía salvo esa golosina, se fueron sentando niños de unos cinco años. Un profesor explicaba a cada uno que iba a salir de la sala quince minutos y le dejaría a solas con el malvavisco, pero si esperaba hasta que volviera sin comérselo, recibiría un premio. Se trataba de medir la capacidad de resistencia ante una tentación. Tras cientos de pruebas, únicamente un tercio de los niños aguantó sin comerse el dulce. Esos valientes usaron trucos para huir del capricho como taparse los ojos, distraerse con canciones o juegos de manos o mirar a la pared en lugar de a la mesa.
El experimento no obtuvo los aprendizajes por lo anterior sino por hacer un seguimiento de la vida adulta de todos los chavales que participaron. Los que resistieron al deseo de comerse inmediatamente el marshmallow, obtuvieron décadas después mejores resultados académicos en sus estudios, menor índice de masa corporal, bajos o nulos consumos de drogas, así como mayor éxito laboral y en sus relaciones afectivas.
Han pasado los años y aunque la dichosa prueba ha sufrido muchas matizaciones, sigue muy actual la necesidad de autocontrol y motivación en muchas facetas de la vida en especial cuando hablamos de profesiones como ser CEO.
Un directivo no puede dejarse llevar por los impulsos, entre otras cosas, como demostraron algunos investigadores años después de la prueba de las nubes, algunos niños podían haber ido con hambre u otros venir de familias necesitadas en la que la palabra dada no vale nada.
Los CEO pueden afrontar determinadas decisiones repletos de sesgos o incluso de agotamiento, y abdicar del autocontrol. Por ejemplo, el sesgo de resultado lleva a pensar que acertar en decisiones pasadas, hará que se acierte de nuevo con lo que en muchas ocasiones apenas se reflexionan las acciones gerenciales; de igual manera el estrés por acumulación de tareas lleva a exactamente el mismo resultado que la trampa mental anterior. Por no hablar de la inmediatez que la tecnología con las redes sociales y el comercio electrónico nos ha traído o los métodos de gestión mal entendidos que priorizan la agilidad y los sprints. Si por querer trasladar cercanía en redes sociales se da "me gusta" sin pensar o se comparte contenidos de otros sin revisar, esos directivos serán como los niños que se comían las chuches nada más salir el instructor. O aquellos CEO que interpretan los métodos agile como si fueran los cien metros lisos, están abocados a convertir a sus equipos en el muchacho impaciente que devoró la golosina.
El autocontrol es consustancial a un liderazgo efectivo en una empresa, los CEO han de ser audaces, pero eso no significa imprudentes, la valentía para tomar decisiones no exime de la reflexión, aunque sí es incompatible con "la parálisis por el análisis". Saber gestionar los sesgos cognitivos, los atajos mentales que los humanos nos ponemos, exige controlar esos espíritus animales que Keynes menciona en su teoría económica.
El buen liderazgo del CEO también lleva a motivarse él mismo para no caer en la gratificación a corto plazo sino pensar más allá de los resultados del ejercicio. Un ejercicio que ayuda, sin duda, a mejorar la capacidad de motivar a tus equipos. Los niños ganadores del experimento sabían, como los buenos CEO, que si aplicaban la paciencia obtendría un premio mayor que la nube dulce, al mismo tiempo tenían claro que las reglas del profesor funcionaban como una suerte de instrucciones a cumplir. Y, por supuesto, para luchar contra la tentación idearon sus propios métodos -que funcionaron- para que el tiempo pasase rápido.
Paciencia, cumplimiento e innovación resumen la actitud de esos niños que deben aplicarse muchos CEO del momento, para que sus empresas al cabo de décadas sean exitosas como las trayectorias de esos conejillos de indias.
Iñaki Ortega es doctor en economía en UNIR

No hay comentarios:
Publicar un comentario