(este artículo se publicó originalmente en el periódico económico La Información el día 12 de enero de 2026)
La reunión de hace unos días del presidente Donald Trump con las empresas petroleras ha dejado algunas enseñanzas más allá de la crisis venezolana. En la Casa Blanca estaban convocadas los primeros ejecutivos de las principales empresas petroleras con intereses en Venezuela. Apenas unos días después de la detención de Nicolás Maduro y su puesta a disposición de la justicia americana, el presidente americano quería trasladar a las compañías sus planes para el petróleo venezolano y de paso conseguir compromisos de inversión para modernizar las obsoletas infraestructuras. En la mesa de la East Room, justo en el extremo contrario del despacho oval, estaban sentados 17 directivos de la energía, la gran mayoría americanos y un sólo español: Josu Jon Imaz, CEO de Repsol. Uno a uno fueron interviniendo, hasta que llegó el turno del de Zumárraga que con solvencia trasladó la potente presencia de su compañía en Estados Unidos para a renglón seguido comprometer millonarias inversiones en Venezuela además de recordar ante el mísmismo Trump, las deudas del régimen bolivariano con su empresa.
La valentía y al mismo tiempo templanza de este ejecutivo español en la reunión más importante, sin duda de su carrera, nos recuerda la necesidad de afrontar con herramientas los momentos de la verdad. Imaz se apoyó en una exquisita formación en energía con un doctorado en polímeros y una licenciatura en ciencias químicas, pero también en su experiencia en reuniones de este tipo tras años de servicio público como consejero de industria del gobierno vasco, eurodiputado y presidente del PNV. Cocinero antes que fraile, reza el refrán español.
Hoy que la profesión de político pasa por sus horas más bajas y nadie en su sano juicio quiere dedicarse a la cosa pública, el éxito del CEO de Repsol ante Trump pone en valor la experiencia adquirida por años de servicio en la gestión pública. Es difícil encontrar un momento de la historia reciente dónde lo público haya tenido tanto impacto en los negocios como el actual. No es solo la crisis venezolana o la guerra de Ucrania y su efecto en los precios de la energía, sino que tras la pandemia todos los gobiernos han implementado mecanismos de control de la actividad privada para proteger la soberanía nacional. Por eso es tan contradictorio subestimar -cuando no estigmatizar- la experiencia política. Urge en las compañías disponer de perfiles directivos con trienios en la administración, con miles de horas de negociaciones partisanas y dominio de las prácticas legislativas.
Es preciso huir de las identificación de la clase política con los casos recientes de corrupción como todo lo que tiene que ver con el exministro Ábalos, Koldo o Cerdán. Por supuesto que son deleznables, pero con o sin esas manzanas podridas, el peso de lo público sigue creciendo -aquí y en todo el mundo- e interviene cada vez más en el desempeño empresarial. Impuestos, permisos para fusiones y adquisiciones, nuevas normativas, pero también prohibiciones para comerciar con determinadas geografías, aranceles o acuerdos como Mercosur, afectan al día a día de las empresas que necesitan profesionales que dominen esas disciplinas que no se aprenden en escuelas de negocios sino en con años de gestión pública.
No son puertas giratorias, son trayectorias multidisciplinares que -y esto no es nuevo- los mercados valorarán. Imaz no es el único, aunque apenas se recuerden otros. El presidente de ACS, la empresa de construcción líder en el planeta fue antes directivo del Ayuntamiento de Madrid. El primer ejecutivo de Balearia, la empresa de referencia en el trasporte de personas en el Mediterráneo tuvo responsabilidades públicas en su consistorio, Denia. Por no hablar del funcionario Pablo Isla, abogado del estado considerado durante años el mejor directivo del mundo por su paso por la presidencia de Inditex o Soraya Saenz de Santamaria y Trinidad Jiménez con impecables carreras en el mundo privado tras su paso por la política.
Exactamente que los mercados han premiado esos desempeños, los electores a lo largo de la historia también han valorado esa capacidad de conocer los dos mundos, el empresarial y el público. El alcalde de Nueva York durante dos décadas, Michael Bloomberg, venía de crear la empresas más importante de información financiera. Emmanuel Macron, presidente de la República Francesa había tenido una brillante carrera en la banca de inversión por no hablar del propio Trump que construyó su carrera política sobre el éxito de sus empresas homónimas o Mauricio Macri en Argentina y el fallecido Sebastián Piñera en Chile. Por no hablar de destacadas mujeres como Janet Jellen de la reserva federal o Christine Lagarde del BCE buenos ejemplos de directivas de nivel que dieron el paso a lo público.
No es fácil porque la corriente mayoritaria es despreciar todo lo que tiene que ver con la política. Un hecho que retroalimenta que lo público se desprestigie ya que los mejores talentos, por lo anterior, huyen de los partidos políticos como gato escaldado del agua hirviendo. El éxito de Imaz en la Casa Blanca ojalá ayude a cambiar esa tendencia y que las mejores mentes vuelvan a ver en la gestión pública una forma de servir a su país y de paso también perfeccionar sus carreras profesionales y las de las empresas.
Iñaki Ortega es doctor en economía en UNIR y LLYC

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