(este artículo se publicó originalmente en el diario 20 Minutos el 6 de enero de 2026)
El arte de persuadir con la palabra, así definía Aristóteles la retórica. Platón incluso hablaba con recelo de esa técnica que permitía cautivar el alma usando palabras. La Biblia continuamente habla de la palabra revelada —el Verbo— como sinónimo del mismo Dios. Siempre la palabra. Siglos después, con tantos avances tecnológicos, sigue siendo la palabra la herramienta más poderosa. Si para los griegos las palabras eran la clave para vivir en sociedad y encontrar la verdad, para nosotros hoy son exactamente lo mismo.
Las palabras nos definen, son la clave para afrontar cualquier reto. También en este año 2026 que acaba de empezar, por mucho que evolucione la Inteligencia Artificial —que lo hará—no dejarán de ser importantes las palabras. Nos acercan. Nos separan. Nos retratan y a veces nos engañan. La Fundéu acaba de considerar “arancel” la palabra del pasado año. Sobran las explicaciones.
Donald Trump repitió la palabra petróleo más de veinte veces para explicar la “detención” de Nicolas Maduro en Venezuela, quizás para volver a conseguir que una palabra que sale de su boca sea la más usada de nuevo este año. El presidente Sánchez ha dicho la expresión “me renta” con profusión en los últimos días, bien en mítines o en TikTok, para de esa manera acercarse a un público adolescente con su propia jerga. También en estas fechas utilizar la palabra Navidad etiquetaba a quien la decía frente al que optaba por el término más genérico de Fiestas. En mi tierra sigue retratando usar la palabra español, por eso muchos prefieren decir estatal…al extremo de generarse situaciones tan ridículas como referirse a la selección española de cualquier deporte como el equipo estatal.
Aristóteles se quejaba profundamente de los que usaban la palabra (logos) para engañar. Eran los sofistas que, con el paso del tiempo, bien podríamos hoy llamarles populistas. Palabras como la libertad o la paz siempre han acompañado a los mayores dictadores de la historia, aunque sus hechos hayan sido justo los contrarios.
La palabra como herramienta de manipulación social. Esos populistas siempre usan falacias, o si se prefiere, argumentos aparentemente lógicos que esconden trampas. No a la guerra; los de arriba frente a los de abajo; devolver el poder al pueblo; no dejar a nadie atrás; nos roban el futuro o nos merecemos un país mejor. Suenan bien, utilizan palabras mágicas porque conectan con los sentimientos del pueblo (ethos) y despiertan pasiones (pathos) pero ocultan la complejidad de llevarlas a la práctica. Son poderosas esas palabras porque nadie puede oponerse a ellas, ¡acaso alguien no quiere vivir en paz o que todo el mundo no sufra! Estamos avisados, pero aun así caemos en la trampa, hace dos mil años y en las últimas semanas también, a modo de ejemplo que alguien me explique esa reciente obsesión por atacar a los mayores para defender actuaciones contra la precariedad de los jóvenes.
Termino, porque ahora que el diccionario acaba de admitir nuevas palabras y me temo que será una fiesta: llegará todo una profusión de nuevos términos en los discursos públicos. Loguearse, marcianada y hasta bocachancla han sido aprobadas por la Real Academia de la Lengua Española. Así hasta más de 300 nuevas palabras que han recibido el aval de los árbitros de la lengua castellana y podrán utilizarse para bien o para mal en el sentido aristotélico. Habrá que estar atentos.
Iñaki Ortega es doctor en economía en UNIR y LLYC

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