viernes, 3 de abril de 2026

Monstruos

 (este artículo se publicó originalmente en el periódico 20 Minutos el día 30 de marzo de 2026)

Imagínate. Tienes cerca de cincuenta años y éxito. Todo el mundo habla de ti y trabajas en lo que te apasiona. Un día caes enfermo y te quedas sordo de por vida. Para colmo en tu país las ideas de libertad empiezan a flaquear. Es en ese momento cuando Goya escribe esta frase: “el sueño de la razón produce monstruos”. El artista aragonés quería describir así los cuadros que estaba pintando en 1799. Un mundo luminoso y optimista que no acaba de morir -el que le había llevado a triunfar- y otro mundo que no terminaba de nacer, -el de una cercana guerra civil -. No es el primero ni el último genio que ha usado esta metáfora de los monstruos para referirse al ser humano en los momentos de cambio. Hobbes y el viejo adagio latino del hombre es un lobo para el hombre a las puertas de una contienda en el Reino Unido allá por el siglo XVII. Porque cuando las normas dejan de aplicarse o la razón no puede con las pasiones, aparecen esos monstruos. Da igual la educación, no importa el sentido común o hacer las cosas bien, solo vale el odio y el interés personal.

Monstruos hay muchos en este momento que estamos viviendo. Por supuesto. La guerra, las crisis, la polarización los genera a mansalva. Basta y sobra con ver las noticias y los identificarás fácilmente, aquí y en todo el mundo. Pero quiero hablarte de un monstruo que conozco bien y que está más fuerte que nunca. Quizás al ser joven no sepas de que te hablo o por no ver el engendro cerca de ti igualmente te sorprenderá. Es el monstruo del asesinato. Sí, porque no puede calificarse de otra manera cuando algunos se empeñan en poner el terror en la cúspide de los valores de una sociedad. Me explico: España venció a la banda ETA hace más de una década, los asesinos acabaron con sus huesos en la cárcel, tras ser juzgados con todas las garantías. Y la democracia permitió que las ideas de sus seguidores pudiesen defenderse siempre que respetasen la legalidad. Hasta ahí todo bien, pero como Goya y Hobbes alertaron llegaron los tiempos en que se oscureció la razón, la ley o la ética. El brazo político de los terroristas se convirtió en un partido con votos suficientes para condicionar la gobernabilidad de España. “Presos por presupuestos”. Dicho y hecho, los encarcelados empezaron a salir de las prisiones sin cumplir su condena, ni arrepentirse y mucho menos colaborar en que se aclarasen sus crímenes. Se buscaron vericuetos en la ley para obtener beneficios penitenciarios y hasta los más sanguinarios asesinos se fueron acogiendo a permisos administrativos, concedidos por los mismos que necesitan sus votos.

Si era monstruoso ver a los asesinos paseando libremente por las calles de donde habían matado, es ya una película de terror lo vivido estas pasadas semanas. Una carrera popular para niños y familias que defiende el uso de un idioma vernáculo, se convierte en una homenaje al tiro en la nuca. Y nadie dice nada. La marcha popular protagonizada por estudiantes es encabezada en varios pueblos por los excarcelados terroristas. Sí, el mismo que mató a bocajarro; el que escondió en su maletero a un vecino para matarle en vida en un infame secuestro; el que guardaba en casa explosivos para hacer saltar por los aires un coche con jóvenes o el que informaba de las rutinas de un concejal para ser posteriormente ejecutado, es jaleado como un héroe del pueblo delante de todos esos niños. Aquí y ahora. Año 2026. Monstruoso.
Iñaki Ortega es doctor en economía en UNIR y LLYC

viernes, 20 de marzo de 2026

Sacar petróleo

(este artículo se publicó originalmente en el periódico La Información Económica el día 24 de marzo de 2026)

El petróleo ha sido siempre el oro negro. Ahora también, en este contexto de guerras e intervenciones en Irán y Venezuela, pero también desde hace más de cien años. En la segunda revolución industrial cuando comienza a sustituirse el carbón por el petróleo, se convierte en el material más preciado. Una riqueza igual que el oro, pero en color negro y además milagrosa porque salía del suelo, de debajo de las piedras. El petróleo permitía sacar prosperidad donde no había nada, un desierto -el Golfo Pérsico- o un terreno árido texano.

Por eso en España usamos la expresión “sacar petróleo de las piedras” para referirnos a esa habilidad de convertir lo improbable en ventaja. Con el tiempo se ha reducido el modismo a “sacar petróleo”. Resume muy bien como en ocasiones, por suerte o casualidad, con poco esfuerzo se consigue un gran resultado. Es una expresión que ha triunfado, por ejemplo, en el fútbol, la mezcla de talento y picaresca de un jugador le puede permitir marcar un gol tras un mal control del rival. También en la teoría económica tiene sentido cuando se estudian los empresarios conocidos como oportunistas o ventajistas que transforman un fallo de mercado en un rentable modelo de negocio.

Imposible estos días no seguir el precio del petróleo con la crisis del estrecho de Ormuz, pero la frase hecha que titula este artículo me ha venido a la cabeza tras las elecciones de Castilla y León. El PSOE ha sacado petróleo, los que odian a Vox también y de paso el PP ha encontrado crudo. Por una serie de circunstancias -hay quien se ha atrevido a llamar carambolas- el PSOE ha conseguido dos representantes más en las Cortes de Castilla y León. Sin quitar ni un ápice al mérito del candidato socialista de lograr un escaño más en su Soria natal, la coincidencia con la inopinada guerra de Irán le supuso el otro diputado a costa de dejar sin representación a la izquierda del PSOE. ¡Petróleo! Al mismo tiempo el PP se beneficia de la decisión del partido de Alvise de presentarse a las elecciones castellanas y con ello restar votos a Vox para frenar su imparable ascenso de los últimos meses. Por supuesto que el resultado del PP es potente, subir en votos y porcentaje después de cuatro décadas de gobierno, pero el freno de Vox es algo que no esperaba y que la irrupción de SALF apuntaló. ¡Más petróleo!

Donde no hay casualidades es en la economía global. La guerra en Irán ha inhabilitado el paso del estrecho de Ormuz de modo y manera que la oferta de crudo se ha reducido drásticamente. Un estrecho de apenas 54 kilómetros por donde circula una quinta parte del petróleo mundial. De ahí la subida del precio del hidrocarburo ante el eventual desabastecimiento que rápidamente se ha trasladado a la inflación. Una más que creíble amenaza de crisis global con cientos de miles de empleos en juego. Pura teoría del caos: un aleteo de una mariposa en un extremo del planeta provoca un huracán en las antípodas.

Pocas metáforas son tan literales como la que hoy protagoniza Oriente Medio, donde sacar petróleo no es una expresión, sino el centro mismo del tablero global. La crisis en Irán ha devuelto al mundo a una realidad que parecía superada: la dependencia extrema del crudo, en plena era de las energías renovables. Cada vez que la tensión aumenta en esa zona, los mercados tiemblan. Las consecuencias económicas se sienten de inmediato. Europa, que aún no ha terminado de digerir la crisis energética derivada de la guerra en Ucrania, vuelve a comprobar su vulnerabilidad. Y para colmo los bancos centrales occidentales, que empezaban a ver la luz al final del túnel de la inflación, temen que un repunte del coste de la energía retrase la normalización monetaria.

Pero si alguien ha sacado petróleo en esta guerra es Rusia que ha visto como el embargo a su producción de crudo se ha levantado por parte de Estados Unidos para permitir que esa nueva oferta limite la subida de los precios. Ucrania y Europa debilitadas por arte de birlibirloque. Literalmente los rusos han sacado petróleo y de paso dado sentido a la expresión castellana. En un mundo interdependiente, donde un estrecho a miles de kilómetros puede encarecer la factura de la luz en Madrid, la clave ya no es solo sacar petróleo de las circunstancias, sino evitar que otros lo hagan a costa nuestra. La crisis de Irán nos recuerda que la energía y la seguridad siguen siendo los grandes factores de poder del siglo XXI y que, mientras no completemos la transición hacia un modelo más diversificado y sostenible, y al mismo tiempo dispongamos de recursos para nuestra defensa y soberanía industrial seguiremos viviendo pendientes de un lejano pasaje en manos de fanáticos. Los resultados de las elecciones castellanas, en cambio, exigirán esperar a la cita con las urnas en Andalucía para poder sacar lecciones y comprobar si las casualidades son causalidades. Habrá que tener paciencia para ver quién saca de verdad petróleo, además de Rusia.

Iñaki Ortega es doctor en economía en UNIR y LLYC

lunes, 16 de marzo de 2026

Pertrechados

(este artículo se publicó originalmente en el periódico 20 Minutos el día 16 de marzo de 2026)

Ahora que las guerras han vuelto a nuestra vida y por lo que parece también a nuestro bolsillo, es conveniente recordar el vocabulario bélico. Los pertrechos son el armamento y otros instrumentos militares de los ejércitos. El origen de la palabra se pierde en el tiempo, pero lo que ha ido cambiando es su uso. En la Edad Media los pertrechos eran las máquinas de asedio a los castillos como las catapultas. Con la llegada de la pólvora, pasó a referirse a la munición y las armas de fuego. Hoy en día, el término es sinónimo de logística militar y abarca todo lo que un ejército necesita para operar, desde chalecos, cascos, visores nocturnos y herramientas electrónicas a alimentos, agua o tiendas de campaña.

Y como muchas palabras de nuestro idioma evolucionó para acabar siendo sinónimo de utensilios imprescindibles, de hecho, se habla de los pertrechos de pesca o de viaje para hablar de una caña, el cebo o bien un neceser o un cepillo. Pero aún hay más.

Ante la sucesión de guerras que nos está tocando vivir no va a haber más remedio que tener que pertrecharse todos y cada uno. Abastecerse de las herramientas necesarias para hacer frente a tanto estruendo. Y no me refiero a tener un casco o una metralleta en casa, tampoco a comprar por internet un dron para defender nuestro salón de un misil, sino a algo más mundano. Las guerras, sean en Ucrania o en Irán, atacan nuestro bolsillo. Sus consecuencias no son tan inmediatas y ruidosas como un bombardeo a Kiev o a Teherán, pero a medio plazo pueden ser devastadoras, por silenciosas y punitivas. La subida de precios causada por la interrupción del comercio internacional es sigilosa y se traslada a nuestra economía familiar con una cesta de la compra encarecida. La reducción de la oferta global de petróleo, siguiendo las leyes de mercado, causa alzas de los combustibles sólidos que permiten el funcionamiento de la economía y nuestra movilidad. Por eso ante el auge de los costes, las empresas reducen gastos, trasladando ese ajuste al flujo económico causando pérdidas en sus proveedores y a medio plazo despidos en todas esas compañías.

Los pertrechos para un país ya sabemos que suponen dotarse de un ejército que te proteja, pero esos utensilios de guerra para una familia normal serán otros. Por ejemplo, dejar para más adelante ese viaje o un capricho que te ibas a dar y así ahorrar ante lo que venga. Cuidar más que nunca tu puesto de trabajo ante previsibles ajustes de empleo. Estudiar para estar preparado ante eventuales crisis en tu sector o incluso país, que te hagan moverte a otros desempeños o geografías.

Y no solo eso. Hemos de pertrecharnos con valores que nos protejan de lo que siempre acompaña a la guerra: odio, sectarismo y más violencia. La única manera de protegernos y no contagiarnos del aullido, el señalamiento o la pancarta es la tolerancia, el diálogo y la mente fría. Sin renunciar a tus principios, pero sin caer en la trampa de acabar considerando como enemigo al que no piensa como tú. Pertrechados en la convivencia y en el Estado de Derecho para no caer en una trinchera de la que no se sale bien jamás, en la guerra o en tu ciudad. 

Iñaki Ortega es doctor en economía en UNIR y LLYC

martes, 10 de marzo de 2026

El discurso del ascensor

 (este artículo se publicó originalmente en la revista Business Insider el día 10 de marzo de 2026)

Por estos lares las conversaciones de ascensor son charlas intrascendentes sobre el tiempo atmosférico para ocupar silencios incómodos en un reducido espacio. Pero poco a poco y por la influencia americana el discurso del ascensor ha pasado a ser una forma de captar la atención que haga posible seguir hablando cuando se acabe el trayecto. Es curioso aquí esas palabras cruzadas en el ascensor son irrelevantes y en países con una mayor tradición emprendedora una oportunidad que puede cambiar el destino. Cuánto qué aprender.

No hay unanimidad al respecto de cuándo empezó a usarse el término de discurso del ascensor como técnica de persuasión en el mundo empresarial. Algunos hablan de Nueva York en los años 90 con trabajadores que eran incapaces de hablar con sus jefes para transmitirles sugerencias o nuevos proyectos. La ocupada agenda de esos directivos o simplemente la pereza por la cita con el empleadillo, hacía que la reunión para conocer las propuestas del subalterno de turno nunca llegase a producirse. Hasta que un día, no se sabe si por un encuentro fortuito o buscado por el avispado empleado, coincide en el ascensor con CEO. En ese momento el meritorio aprovecha los escasos segundos de una planta a otra para lanzarle la idea. Por supuesto lo hizo de una manera rápida y lo suficientemente atractiva para despertar la atención del jefazo y éste acabó dándole una cita para conocer mejor esa brillante ocurrencia.

Otra teoría sitúa en el cambio de siglo con el auge de las empresas tecnológicas en Silicon Valley, el éxito de este discurso como una herramienta comercial. En el boom de internet, la competencia por conseguir inversión de los fondos era feroz. Los mejores talentos del planeta competían por conseguir levantar fondos para sus startups. Se cuenta que los emprendedores, desesperados por captar la atención de inversores extremadamente solicitados, los emboscaban literalmente en los ascensores de sus oficinas en Sand Hill Road, conocido como el epicentro del capital riesgo. Da igual si era en un ascensor, la cola del supermercado, la barra de un bar o el gimnasio, la probabilidad de coincidir un inversor con un emprendedor era altísima en ese valle entre San José, Cupertino y Palo Alto. 

En esos fugaces encuentros, de no más de treinta segundos, el emprendedor tenía una irrepetible oportunidad para soltar su idea. Si no lograba generar interés antes de que se abrieran las puertas del ascensor o el inversor se fuese con su cerveza, perdía la oportunidad de financiación y de que cambiase su vida. Por eso además de agudizar el ingenio para encontrar una gancho con el que llamar la atención, había que ensayar mucho esa presentación para que cuando el encuentro se produjera el discurso fluyera como si fuese espontáneo. De modo y manera que el discurso del ascensor llegó a convertirse en todo un rito de iniciación. No se trataba sólo de una técnica de ventas, sino de una prueba de fuego, si no podías explicar tu modelo de negocio de forma sencilla y rápida, los inversores asumían que no tenías las ideas claras o que tu proyecto era demasiado complejo para ser rentable. Y era mejor que te dedicases a otra cosa o cogieses el billete de vuelta a tu casa.

Ahora sigue siendo aplicable, por mucho que estemos a 10.000 kilómetros de distancia de Silicon Valley o no seas emprendedor ni busques financiación para una idea de negocio. Saber presentarse de una manera breve y recordable, tener la habilidad para contar concisa y de manera atractiva a qué se dedica tu empresa es algo que siempre vendrá bien. Da igual que estés recién llegado a la empresa, quieras ascender o cambiar de trabajo; incluso si estás buscando empleo es indispensable saber venderte. Y además que cumpla las reglas de las tres eses: short, sweet y sexy. Cuenta tu idea en corto tiempo, con conceptos fáciles y atractivos. Si preparas tu presentación, insisto personal o profesional, siguiendo esa regla y ensayas lo suficiente, tus objetivos estarán más cerca.

Para colmo la tecnología ha hecho que los ascensores cada vez vayan más rápidos o si se prefiere el tiempo de atención ha bajado. Se habla ya de que a los seis segundos perdemos el interés cuando hace unas décadas era en minutos. Las redes sociales y el scroll infinito nos han llevado a ser tan poco pacientes.

También los elevadores llevan cada vez a más gente que competirá contigo, es lo que en comunicación se llama ruido: tendrás muchas dificultades para que tu mensaje llegue al receptor. La conocida como "infoxicación", neologismo que une las palabras información e intoxicación explica muy bien que competimos no sólo con candidatos que lo harán mejor que nosotros sino con propuestas que llegan a nuestro prescriptor por multitud de medios. Hace apenas unos años las únicas vías de contacto eran físicas, una entrevista o un dossier, ahora son incontables gracias a la hiperconexión que todos tenemos. No pienses solo en redes sociales, sino en aplicaciones para comunicarte o en las plataformas de entretenimiento. Algunos ya se lo aplican y si no piensa en la política, nada hay más corto, fácil y atractivo que el No a la Guerra de Pedro Sánchez o el Make America Great Again de Donald Trump.

Por eso, urge tener nuestro discurso del ascensor. Pensarlo, escribirlo y ensayarlo. Ya se que suena ridículo o incluso que piensas que tu no lo necesitas. No te equivoques, todos tenemos que ser capaces de sintetizar nuestras ideas, un currículo o la historia de tu empresa. En la era de la hiperconectividad o te molestas en resumir de manera atractiva lo que te importa y comienzas a contarlo en ascensores y en donde estés o te quedarás por debajo del umbral de atención. Serás invisible. Y eso no es ningún superpoder, es la irrelevancia.

Iñaki Ortega es doctor en economía en UNIR y LLYC

jueves, 5 de marzo de 2026

Seguir la corriente

(este artículo se publicó originalmente en el periódico 20 Minutos el día 2 de marzo de 2026)

Es lo fácil. Unirte al pensamiento único. Seguir lo que la mayoría piensa y adoptar las opiniones políticamente correctas. Porque así no hay apenas que pensar y ni mucho menos encontrar argumentos para defender tus opiniones. Si apuestas por las ideas mayoritarias, tu vida será más sencilla ya que te sentirás miembro de una amplia comunidad que piensa como tú. Jamás discutirás porque serán dogma tus puntos de vista sobre todo lo que sucede en la sociedad, sea una guerra, un lance deportivo o cualquier debate político. No te hará falta elegir qué leer, qué película ver o a quien admirar u odiar… Harás lo que hace todo el mundo.

Por eso no te plantearás tu voto, tampoco tus causas sociales y ni mucho menos los pines que poner en tu chaqueta o la bandera que colgar en tu ventana. Simplemente te dejarás llevar por la corriente. Será agradable porque sin apenas esfuerzo, como un barco en un río, verás que avanzas impulsado por la corriente, cada vez más rápido y acompañado por muchos como tú. Será cómodo sentir que formas parte de la mayoría.

El problema vendrá si por alguna razón parte de las convenciones que defiende la masa, no te acaban de convencer. Quizás porque en tu familia alguien piensa diferente, o porque el que lidera el pensamiento único no te parece creíble. O simplemente porque has padecido en tus propias carnes la incoherencia de los que pontifican la doctrina. Entonces te pondrás a trastear en internet y encontrarás otra forma de pensar; otras personas que siguen lo que para ti antes ni existía o bien era anatema. Intentarás defender esos nuevos argumentos y te costará mucho, no estarás entrenado para contrarrestar los argumentos mayoritarios.

Además, como en el río, salirse de la corriente es peligroso. Puedes volcar y exige mucho esfuerzo. Remar a contracorriente exige una pericia y una fuerza que cualquiera no tiene. Te agotarás y tendrás la tentación de volver a la comodidad de dejarte llevar. Te rendirás y decidirás dejarte de líos y seguir la corriente. De hecho, el castellano ha adoptado esa expresión para referirse a aquellas situaciones en las que para evitar una discusión o a un pesado, se decide darle la razón.

Si este fin de semana viste el 40 aniversario de los Goya porque te gusta el cine quizás lo anterior te inspire. Lo fácil era ponerse el pin de Free Palestine, lo difícil hablar de los derechos humanos en Cuba o Venezuela. La corriente llevaba a hablar de la dictadura de Franco y lo impensable recordar la que sufrió hace mucho menos tiempo nuestro país con el terrorismo de ETA. Lo natural llamar dictadores a Milei o Trump aunque hayan ganado ampliamente elecciones democráticas, lo inadmisible atacar a tiranos que no respetan los derechos humanos como Putin o Xi Jinping. Lo unánime obviar la corrupción gubernamental, lo inaudito que ni uno solo de los premiados denunciase el caos ferroviario o las carreteras llenas de baches por tantas mordidas. Lo normal que nos preocupemos por la violencia sexual en El Congo; lo increíble es que a nadie le indignase la violencia de género que afecta al partido del presidente sentado en las primeras filas: Koldo, Ábalos, Salazar y el DAO nunca han existido.

Muchos espectadores se sintieron cómodos con lo anterior y no les chocó nada; otros siguieron la corriente porque su amor al cine está por encima de consideraciones políticas. También están los que cambiaron de canal. Si no te sitúas en ningún grupo de esos y seguiste viendo los galardones, la desazón estaba asegurada. En los ahogamientos en las playas, los socorristas siempre defienden que te dejes llevar por la corriente hasta que encuentres un momento adecuado en el que salir de la marea para volver sano y salvo a tierra firme. Pues eso.

Iñaki Ortega es doctor en economía en UNIR y LLYC

miércoles, 25 de febrero de 2026

Talento senior en una población laboral envejecida

(este artículo se publicó originalmente en la red académica The Conversation el 23 de febrero de 2026)

En los últimos cinco años, la situación laboral de los trabajadores sénior en España ha experimentado una mejora clara y sostenida. Hay más personas mayores de 55 años activas, más empleo y, en términos relativos, menos desempleo. Sin embargo, estos avances conviven con una realidad menos alentadora: España continúa desaprovechando una parte relevante de su talento más experimentado, justo cuando el envejecimiento demográfico convierte esta cuestión en un reto económico y social de primer orden.

Los datos más recientes sobre este sector del mercado laboral, analizados en el V Mapa de Talento Senior del centro de investigación Ageingnomics de la Fundación Mapfre, permiten observar ese cambio con perspectiva. Entre 2019 y 2024, la evolución ha sido positiva en la mayoría de los indicadores, pero el análisis agregado revela una paradoja persistente: el sistema mejora, aunque no lo suficiente para responder a la magnitud del desafío demográfico que afronta el país. Esta paradoja ya había sido identificada en ediciones anteriores  y en otros informes institucionales sobre la situación de los trabajadores de más edad en España y Europa.

El sénior quiere alargar su vida laboralLa población sénior –de entre 55 y 69 años– ha crecido en más de un millón de personas en los últimos cinco años. Lo relevante no es solo ese incremento, sino que también han aumentado en más de un millón los séniores en activo. Esto indica que si antes una parte importante de la población dejaba de estar en activo al alcanzar esas edades, quienes ahora superan los 55 años siguen dispuestos a trabajar.

Las tasas de actividad y de empleo han aumentado en todos los subgrupos del colectivo hasta superar, por primera vez, el 50 % de actividad total de este sector demográfico. Recordemos que la tasa de actividad se refiere a la población activa –aquella en edad de trabajar (estadísticamente, los mayores de 16 años) que puede estar empleada o en paro, pero buscando trabajo activamente– sobre el total de la población. No es lo mismo que la tasa de empleo, que se refiere a las personas empleadas sobre el total de la población activa.

También se ha incrementado de forma significativa el número de ocupados sénior, con avances especialmente intensos en los tramos de 60 a 64 y de 65 a 69 años.

Trabajar más allá de los 55 años se ha convertido en una realidad estructural del mercado laboral español, como muestran de forma consistente los sucesivos mapas de talento sénior, publicados entre 2019 y 2025.

Este cambio se produce en un contexto demográfico muy concreto. España envejece con rapidez y lo hace, además, de manera progresivamente feminizada. El crecimiento de la actividad se produce en todas las cohortes sénior, pero especialmente en el colectivo de las mujeres.

Este proceso obliga a replantear la relación entre edad y trabajo. No se trata únicamente de alargar la vida laboral, sino de adaptar organizaciones, puestos y trayectorias profesionales a carreras más largas y menos lineales. El envejecimiento no es una anomalía del sistema productivo, sino el nuevo marco en el que este tiene que operar

Uno de los datos más llamativos del panorama actual es que hoy hay más séniores ocupados que jóvenes ocupados. La diferencia supera ampliamente el medio millón de personas y se ha ampliado de forma notable en apenas un lustro.

Este hecho suele alimentar interpretaciones simplistas basadas en una supuesta competencia entre generaciones. Sin embargo, el problema no es que trabajen más los mayores, sino que el mercado laboral español sigue mostrando dificultades estructurales para integrar a los jóvenes.

El reto no es redistribuir un número fijo de empleos por edad, sino mejorar la eficiencia del sistema para incorporar talento a lo largo de todo el ciclo vital.

Aunque España ha reducido la brecha en tasas de actividad sénior con algunos países de su entorno, continúa lejos de las cifras de economías como Suecia o Alemania, donde la participación laboral en edades avanzadas es claramente superior.

El principal punto débil sigue siendo el desempleo sénior. En términos absolutos, España presenta uno de los mayores volúmenes de personas mayores de 55 años en paro a pesar de contar con una población activa menor que otros países europeos.

Perder el empleo a edades avanzadas continúa siendo una antesala de la exclusión prolongada, y muchas veces sin vuelta atrás, del mercado de trabajo, una situación identificada como uno de los principales riesgos sociales asociados al envejecimiento laboral.

Otra de las grandes transformaciones del periodo analizado es el trabajo autónomo de los séniores. Más de un tercio de los autónomos en España ya están en ese grupo demográfico y existen casi cinco veces más autónomos mayores que jóvenes.

Para muchos profesionales, el autoempleo se ha convertido en una vía de continuidad laboral cuando el empleo asalariado deja de ser una opción viable. Además, el emprendimiento sénior presenta tasas de supervivencia superiores a las de otros tramos de edad gracias al valor acumulado de la experiencia, las redes profesionales y el conocimiento del mercado. En este sentido, la idea de tener una “segunda carrera” resulta clave para entender el potencial económico y social de estas trayectorias profesionales más largas.

Sin embargo, esta solución tiene límites evidentes. La mayoría de los autónomos sénior son autoempleados sin asalariados, lo que reduce su impacto en términos de productividad, crecimiento empresarial y generación de empleo. El autoempleo sénior es, al mismo tiempo, una oportunidad de inclusión y un síntoma de las carencias del mercado laboral. En esta línea, se deberían establecer políticas públicas que incentiven este emprendimiento.

El discurso empresarial en torno al talento sénior ha evolucionado de forma notable. Una amplia mayoría de responsables de recursos humanos afirma que la edad ya no es un impedimento para contratar. Sin embargo, una proporción significativa de empresas reconoce que no se plantea incorporar profesionales séniores en sus procesos de selección.

Las proyecciones para los próximos cinco años anticipan un nuevo aumento de la población mayor de 55 años. De ahí la paradoja de disponer de un volumen creciente de talento experimentado y, al mismo tiempo, no integrarlo plenamente en el sistema productivo. Este escenario plantea retos claros en tres niveles:

Para las propias personas, que deben asumir que una vida más larga exige, en muchos casos, trayectorias laborales también más extensas para garantizarse los recursos que sostengan su bienestar a lo largo de todo el ciclo vital.

Para las empresas, que están llamadas a replantear sus políticas de gestión de personas y a adaptar los modelos de carrera, la formación y la organización del trabajo a plantillas cada vez más diversas en edad.

Para las administraciones públicas, que deben ajustar sus políticas públicas a esta nueva realidad demográfica y laboral, dificultando la salida anticipada del mercado de trabajo, alineando los incentivos con la prolongación de la vida activa y avanzando en marcos regulatorios coherentes con los que ya aplican otros países europeos con mayores tasas de participación laboral en edades avanzadas.

El principal mensaje que deja este análisis es claro. El problema del talento sénior en España no es solo demográfico, sino empresarial, social y político. No faltan personas con capacidad y experiencia, faltan estructuras que sepan mantener a ese capital humano de forma eficaz y sostenible.

Pasar de la aceptación retórica del talento sénior a su incorporación real en el mercado de trabajo es una de las claves para la competitividad y la sostenibilidad del Estado del bienestar, y la cohesión social en los próximos años.

Iñaki Ortega, es doctor en economía; Rafael  Puyol, es doctor en geografía y Alfonso Jimenez, es doctor en psicología.

viernes, 20 de febrero de 2026

¿De verdad quieres ser CEO?

 (este artículo se publicó originalmente en la revista Business Insider el día 19 de febrero de 2026)

Hay profesiones que triunfan. Como si se tratase del ancho del pantalón que se pone de moda y nadie sabe por qué. De la noche a la mañana hay que llevar pitillos cuando antes usamos pata de campana. El problema viene cuando todo el mundo quiere seguir esa tendencia. A muchos no les favorece embutirse en un pantalón dos tallas más pequeño o ir por la vida disfrazado de cantante de los Bee Gees. Pero como se pone de moda, todos nos empeñamos. Caiga quien caiga.

Algo así ha sucedido con ser CEO. Ahora todo el mundo es CEO o quiere serlo. Por supuesto que están los CEOs de las grandes empresas -aunque hasta hace poco les llamásemos consejeros delegados- pero es que también son muchos los que se definen como CEO de una pyme, aunque en ocasiones sea tan pequeña que sea un autoempleo. También aquellos que te contactan y firman como CEOs de compañías que ni siquiera se han creado y son solo un proyecto de empresa pintado en un archivo para levantar fondos o empezar a vender una idea.

Quizás la razón es que el término CEO es una sigla fácil de recordar o tal vez porque las empresas más grandes del planeta son americanas y allí se usa mucho. Seguro que ha influido que los CEOs conocidos tienen sueldos con muchos ceros. Da igual, la realidad es que todo el mundo quiere tener el cargo de CEO en la firma. Muchas veces -como con la ropa- tal cargo no te sienta bien porque te queda grande, te tira de la sisa o simplemente que no pega ni con cola con lo que realmente haces. Es decir que haces el ridículo al repartir tarjetas de visita con el rimbombante CEO impreso. Esa moda no te va y se nota.

Lo cierto y verdad es que no se puede luchar contra las tendencias cuando están tan arraigadas como esta. Todo el mundo quiere ser CEO y no me voy a empeñar en que se vuelva a términos más apropiados como por ejemplo gerente. Tampoco pretendo desterrar vocaciones empresariales basadas seguramente en que se ha idealizado la figura del CEO. Lo que sí quiero es que se sepa de verdad qué supone ser CEO en los tiempos que nos ha tocado vivir. Para que nadie se lleve a engaño. A partir de ahí, si aun así quieres seguir la moda y plantearte lo de CEO como objetivo vital, adelante.

Ser CEO es literalmente el que tiene la última responsabilidad en una empresa. Son las siglas de la expresión anglosajona chief executive officer, es decir la persona más comprometida con la empresa. Porque tiene que conseguir los objetivos de ventas, de satisfacción del cliente, de ahorro de costes o de financiación, por citar solo algunos de los cientos de indicadores de los que ha de responder un CEO.

Nunca fue fácil ser el primer ejecutivo de una empresa, la diferencia es que hasta hace poco los CEOs rendían cuentas a los dueños de la empresa, ahora han de convencer a los clientes y a los proveedores; a los empleados y a los inversores; a los sindicatos y a los políticos y por supuesto a cualquiera que no esté en ese grupo, pero pueda opinar en una red social. El perfil bajo en exposición pública ha dado paso a una exigencia social para que los CEOs se posicionen. Si un CEO no puede no saber leer un balance, tampoco puede descuidar su reputación. Todos los días a todas las horas.

Así es. Cuando todo el mundo quiere ser CEO, todo el mundo puede escrutar al CEO. Por el mero hecho de tener ese cargo los ciudadanos van a exigirte más que a nadie. Trabajar de sol a sol; ser el mayor experto de la industria en la que operes; simpático y asertivo todos los días de tu vida; tener el techo de cristal y la honestidad por bandera; jamás dudar y disfrutar de una inteligencia por encima de la media además de conocer la geopolítica como un diplomático y dominar los mercados de valores del planeta. Es lo mínimo que se le pedirá. Y aún así una catástrofe climática puede acabar con la empresa y tendrá que apechugar; cuando no una fatalidad imprevisible que le deje sin poder funcionar el tiempo suficiente para ya no poder levantar cabeza. Tú, como CEO, tendrás sino la culpa, la obligación de rendir cuentas y gestionar el desastre.

Claro que hay CEOs que les va bien y disfrutan de remuneraciones estratosféricas. Son los menos. O si se prefiere, la excepción que obnubila. E incluso en ese pequeño grupo de primeros espadas de grandes empresas con nóminas millonarias, la profesión de ser CEO se ha vuelto más dura que nunca. Algunos datos: la duración media en dicha posición se ha reducido radicalmente hasta convertirse en una silla caliente. Cinco años es el tiempo que se aguanta de CEO cuando antes eran décadas.

Los ceses o dimisiones en los primeros meses de mandato han aumentado exponencialmente, antaño se jubilaban como consejero delegado. Agotamiento psicológico, presión de los inversores por resultados insuficientes, obsolescencia ante las disrupciones tecnológicas, cotizaciones bursátiles planas o simplemente que una cámara en un concierto que te graba bailando con quien no debías, hace que se tenga que dejar el puesto. Estás avisado.

Iñaki Ortega es doctor en economía en UNIR y LLYC