lunes, 20 de abril de 2026

Cucarachas y medusas

(este artículo se publicó originalmente en el periódico La Información Económica el día 16 de abril de 2026)

Más allá de las consecuencias en la Bolsa de la penúltima rueda de prensa del presidente Trump sobre la guerra en Irán, lo que es indiscutible es que la incertidumbre económica se ha instalado en el mundo. La inflación ha repuntado desde el ataque americano-israelí del 28 de febrero; los economistas sabemos de la inelasticidad de los precios y cómo una vez que suben es muy difícil que baje rápidamente y es que como el colesterol que se pega a las arterias, en este caso hacen los mismo las alzas del IPC a la actividad económica.

Los analistas han apostado por subidas de los tipos de interés en Europa a medio plazo, de cara a luchar contra este auge de los precios. Pero serán leves las actualizaciones por parte del BCE ya que el riesgo de estanflación, es decir precios desbocados y crecimientos rácanos de la producción, aconsejan no matar ese crecimiento con una política monetaria restrictiva. Estados Unidos en cambio dispondrá de un margen mayor para seguir manteniendo el precio del dinero inalterable debido a la mayor fortaleza del crecimiento de su PIB, por lo menos mientras la inflación no se inocule en el torrente circulatorio de su economía.

En cualquier caso, con tipos al alza o congelados, la financiación se va a encarecer. Se da una tormenta perfecta para que se lesione el crédito empresarial. En primer lugar, la susodicha guerra en Irán con el estrangulamiento de la oferta de combustibles fósiles ha elevado los precios. Este shock ha encarecido también la financiación porque se está redirigiendo la liquidez por parte de los bancos centrales, reduciendo la oferta monetaria, con lo que hay menos dinero en el mercado porque el grifo se ha cerrado. De modo y manera que eso se está notando en las líneas de descuento comercial que están subiendo puesto que los bancos son más selectivos y cobran más por adelantar ese dinero a las empresas. 

También en el coste de las líneas de crédito que están subiendo ya que los bancos aplican diferenciales más altos (aunque el tipo base no suba, el "riesgo" que percibe el banco es mayor, por lo que la empresa acaba pagando más). Y en general las entidades financieras están en un proceso imparable de endurecimiento de las condiciones de acceso a la financiación pidiendo más garantías y analizando con lupa la solvencia, lo que en la práctica supone una "subida invisible" del coste financiero empresarial. A este hecho coyuntural se une la irrupción de la Inteligencia Artificial (IA) que está drenando recursos financieros hacia las empresas intensivas en IA que necesitan financiar sus centros de datos e inversiones intensivas en la reconversión de sus modelos de negocios. Un cúmulo de desgracias que coinciden en el tiempo y que han de tener en cuenta las pymes españolas.

Por eso la metáfora de las cucarachas y las medusas ha vuelto a la actualidad. En apenas unas semanas dos directivos bancarios, El CEO de JP Morgan y la presidenta del Banco Santander han hablado de estos bichos. Las empresas "cucaracha" se definen por un modelo de negocio orientado a la supervivencia extrema. Disponen de un balance poco atractivo, pero con endeudamiento nulo o muy bajo. Su fortaleza reside en la capacidad de operar sin depender de los mercados de crédito. Cuando ocurre un shock de liquidez, su estructura "dura" y austera le permite ser el único organismo que sobrevive al colapso del ecosistema crediticio. 

En cambio, las empresas "medusa" actúan como ese animal con su luz y movimientos hipnóticos y generan una atracción irresistible con valoraciones altas y disponiendo de abundante capital. Pero su cuerpo es un 95% "agua" (deuda) y mientras el entorno es favorable, flotan y brillan, pero ante una subida de tipos de interés o una restricción del crédito, pierden su forma y mueren por su incapacidad de sostenerse sin el flujo constante de financiación externa. Informes recientes sobre el mercado de crédito privado advierten que nos encontramos en un cambio de ciclo donde las "medusas" (empresas sobre apalancadas) morirán con el fin del dinero barato. De ahí que los economistas han alertado de una plaga de medusas por el auge -en este cuarto de hora- de la banca en la sombra y la necesidad de buscar cucarachas (empresas resilientes) que sobrevivan al colapso de la financiación.

Y la metáfora también aplica a las personas. Piensa en esos amigos, tan proclives a las redes sociales, con lujosos coches y vacaciones de ensueño, financiadas eso sí por una buena línea de crédito. Y ahora en esos otros ahorradores con sus austeras costumbres tan poco sexis para postear en internet.

Empresa o particular, no es fácil tomar una decisión porque a priori es mejor optar por una sugerente medusa que por una repulsiva cucaracha. Pero es el endeudamiento la variable que determina si eres medusa o cucaracha, no la belleza. Si optaste en la bonanza por el atractivo de la medusa alimentada por el crédito barato lo pasarás mal, pero si elegiste la resistencia de la cucaracha y crecer con recursos propios, no te afectará la guerra en Irán. Si aún así tienes dudas piensa cuántas veces te ha picado una cucaracha y cuántas una medusa. Feas sí, pero seguras.


Iñaki Ortega, es doctor en economía en UNIR y LLYC

domingo, 12 de abril de 2026

Elefante en la habitación

 (este artículo se publicó originalmente en Business Insider el día 7 de abril de 2026)

(este artículo se publicó originalmente en Business Insider el día 7 de abril de 2026)

Desde que el ser humano se sentaba alrededor del fuego en una cueva, las historias y los cuentos le han acompañado como las herramientas más potentes para trasladar conceptos complejos. Mucho antes de la imprenta, la radio, la televisión o las redes sociales y encima han sobrevivido a todas ellas. Prueba a contar una historia y verás como se recuerda frente a cualquier presentación corporativa o hasta personal que se olvida inmediatamente o, peor aún, siquiera se presta atención. En cambio, las historias son poderosas. Los anglosajones, tan dados a inventar conceptos sintetizados en una única palabra, lo han llamado storytelling y es la herramienta que cualquier CEO ha de dominar. Pero no basta con contar una historia cualquiera, si no serás un cuentista en su peor acepción del diccionario. Hay que atreverse a contar lo que verdaderamente importa, ser valiente para prepararse ante las verdades incómodas.

Miles de años después de que se acuñaran, algunas historias siguen siendo igual de útiles para explicar lo que preferimos ignorar o lo que nadie se atreve a decir. Entre esos cuentos que atraviesan culturas y siglos está el del elefante en la habitación, un paquidermo que todos ven y nadie tiene arrestos de reconocer.

Al parecer su origen está en la India antigua, cinco siglos antes de Cristo. En un cuento budista, varios hombres ciegos tocan distintas partes de un elefante y cada uno describe una realidad distinta: una serpiente -por la textura de la piel- una columna -por la fortaleza de las patas-, un abanico -por las grandes orejas- o una lanza -por el puntiagudo cuerno-. Ninguno miente, pero tampoco acierta. La enseñanza del cuento es que la verdad puede estar delante de nosotros y aun así no verla completa. Esa imagen viajó durante siglos desde Asia a Rusia, de ahí al Reino Unido documentándose en sus respectivas literaturas hasta transformarse gracias a un periódico de Nueva York en la expresión que hoy todos conocemos: “el elefante en la habitación” Con ella se describe una verdad evidente, incómoda o problemática que todos ven, pero nadie quiere mencionar. Su fuerza está en la imagen, algo tan grande como un elefante sería imposible de ignorar salvo que uno prefiera hacerlo deliberadamente.

En el mundo corporativo, los elefantes suelen ser problemas estratégicos, tensiones internas, decisiones aplazadas o riesgos reputacionales que se esconden bajo la alfombra esperando que desaparezcan solos. Nunca lo hacen. Un CEO que no afronta sus elefantes está condenado a tropezar con ellos en el peor momento. Llegará un consejo de administración, una entrevista con un medio de comunicación o una crisis y por no haber reconocido a tiempo ese elefante no sabrá qué decir...lesionará inevitablemente su futuro como primer ejecutivo. En todos los despachos de los consejeros delegados debería haber una pizarra con los elefantes de la empresa y los argumentos para contrarrestarlos. La audacia de reconocerlos será premiada cuando lleguen los malos tiempos, que llegarán, porque nadie puede esconder un elefante, y menos en los tiempos que nos ha tocado vivir.

Hay más historias, que también superan varios siglos, que redundan en el mismo concepto, lo que demuestra que desde siempre el hombre ha estado preocupado por la necesidad de la audacia y de atreverse a decir la verdad. El genial escritor danés Hans Christian Andersen escribió en 1837 un cuento titulado “El traje nuevo del emperador”. Un presumido monarca buscando siempre los mejores tejidos para sus vestidos, es engañado por unos comerciantes que le ofrecen una tela tan ligera y delicada que solo las mentes más sofisticadas pueden verla. Le cobran un dineral por nada, ya que le hacen creer que el tejido es invisible a ojos necios y en realidad no hay tela alguna.

Un día desfila convencido de llevar un traje magnífico, cuando en realidad va desnudo, mientras todo el mundo calla por miedo a pasar por gañanes al no apreciar el delicado material. Hasta que un niño dice lo obvio, “el Rey va desnudo” y toda la muchedumbre comienza a reír. Una recordable imagen del peligro de dejarse llevar por lo que todo el mundo piensa y por la cobardía de no reconocer un problema que es obvio. La audacia del niño es una potente metáfora de cómo el CEO en una empresa no puede abandonar la ingenuidad del primer día para acabar convirtiéndose en el Rey del cuento cegado por el ego y la soberbia del poder corporativo. Al mismo tiempo, emplaza al primer ejecutivo de la compañía a contar con equipos honestos que no teman decirle que está desnudo por miedo a echar por tierra sus carreras.

Estas historias, tan distintas en origen y época, comparten una misma enseñanza: la verdad permanece, aunque nadie quiera verla. Y en un mundo donde la comunicación es tan estratégica como las finanzas, los líderes no pueden permitirse ignorar. Un CEO que quiera ejercer un liderazgo audaz debe conocer sus elefantes —los propios y los de su empresa— antes de que lo hagan los periodistas, los reguladores o los mercados. Debe anticipar las preguntas incómodas, no temerlas. Debe escuchar y agradecer a quien se atreve a señalar las evidencias, incluso cuando duelan.

Porque las organizaciones no tropiezan por la coyuntura, sino por no encarar la verdad de cada momento. Y la verdad, como los elefantes, ocupa mucho espacio. Solo los líderes audaces se atreven a nombrarla como el primer paso para vencerla.

Iñaki Ortega es doctor en economía en UNIR y LLYC

viernes, 3 de abril de 2026

Monstruos

 (este artículo se publicó originalmente en el periódico 20 Minutos el día 30 de marzo de 2026)

Imagínate. Tienes cerca de cincuenta años y éxito. Todo el mundo habla de ti y trabajas en lo que te apasiona. Un día caes enfermo y te quedas sordo de por vida. Para colmo en tu país las ideas de libertad empiezan a flaquear. Es en ese momento cuando Goya escribe esta frase: “el sueño de la razón produce monstruos”. El artista aragonés quería describir así los cuadros que estaba pintando en 1799. Un mundo luminoso y optimista que no acaba de morir -el que le había llevado a triunfar- y otro mundo que no terminaba de nacer, -el de una cercana guerra civil -. No es el primero ni el último genio que ha usado esta metáfora de los monstruos para referirse al ser humano en los momentos de cambio. Hobbes y el viejo adagio latino del hombre es un lobo para el hombre a las puertas de una contienda en el Reino Unido allá por el siglo XVII. Porque cuando las normas dejan de aplicarse o la razón no puede con las pasiones, aparecen esos monstruos. Da igual la educación, no importa el sentido común o hacer las cosas bien, solo vale el odio y el interés personal.

Monstruos hay muchos en este momento que estamos viviendo. Por supuesto. La guerra, las crisis, la polarización los genera a mansalva. Basta y sobra con ver las noticias y los identificarás fácilmente, aquí y en todo el mundo. Pero quiero hablarte de un monstruo que conozco bien y que está más fuerte que nunca. Quizás al ser joven no sepas de que te hablo o por no ver el engendro cerca de ti igualmente te sorprenderá. Es el monstruo del asesinato. Sí, porque no puede calificarse de otra manera cuando algunos se empeñan en poner el terror en la cúspide de los valores de una sociedad. Me explico: España venció a la banda ETA hace más de una década, los asesinos acabaron con sus huesos en la cárcel, tras ser juzgados con todas las garantías. Y la democracia permitió que las ideas de sus seguidores pudiesen defenderse siempre que respetasen la legalidad. Hasta ahí todo bien, pero como Goya y Hobbes alertaron llegaron los tiempos en que se oscureció la razón, la ley o la ética. El brazo político de los terroristas se convirtió en un partido con votos suficientes para condicionar la gobernabilidad de España. “Presos por presupuestos”. Dicho y hecho, los encarcelados empezaron a salir de las prisiones sin cumplir su condena, ni arrepentirse y mucho menos colaborar en que se aclarasen sus crímenes. Se buscaron vericuetos en la ley para obtener beneficios penitenciarios y hasta los más sanguinarios asesinos se fueron acogiendo a permisos administrativos, concedidos por los mismos que necesitan sus votos.

Si era monstruoso ver a los asesinos paseando libremente por las calles de donde habían matado, es ya una película de terror lo vivido estas pasadas semanas. Una carrera popular para niños y familias que defiende el uso de un idioma vernáculo, se convierte en una homenaje al tiro en la nuca. Y nadie dice nada. La marcha popular protagonizada por estudiantes es encabezada en varios pueblos por los excarcelados terroristas. Sí, el mismo que mató a bocajarro; el que escondió en su maletero a un vecino para matarle en vida en un infame secuestro; el que guardaba en casa explosivos para hacer saltar por los aires un coche con jóvenes o el que informaba de las rutinas de un concejal para ser posteriormente ejecutado, es jaleado como un héroe del pueblo delante de todos esos niños. Aquí y ahora. Año 2026. Monstruoso.
Iñaki Ortega es doctor en economía en UNIR y LLYC

viernes, 20 de marzo de 2026

Sacar petróleo

(este artículo se publicó originalmente en el periódico La Información Económica el día 24 de marzo de 2026)

El petróleo ha sido siempre el oro negro. Ahora también, en este contexto de guerras e intervenciones en Irán y Venezuela, pero también desde hace más de cien años. En la segunda revolución industrial cuando comienza a sustituirse el carbón por el petróleo, se convierte en el material más preciado. Una riqueza igual que el oro, pero en color negro y además milagrosa porque salía del suelo, de debajo de las piedras. El petróleo permitía sacar prosperidad donde no había nada, un desierto -el Golfo Pérsico- o un terreno árido texano.

Por eso en España usamos la expresión “sacar petróleo de las piedras” para referirnos a esa habilidad de convertir lo improbable en ventaja. Con el tiempo se ha reducido el modismo a “sacar petróleo”. Resume muy bien como en ocasiones, por suerte o casualidad, con poco esfuerzo se consigue un gran resultado. Es una expresión que ha triunfado, por ejemplo, en el fútbol, la mezcla de talento y picaresca de un jugador le puede permitir marcar un gol tras un mal control del rival. También en la teoría económica tiene sentido cuando se estudian los empresarios conocidos como oportunistas o ventajistas que transforman un fallo de mercado en un rentable modelo de negocio.

Imposible estos días no seguir el precio del petróleo con la crisis del estrecho de Ormuz, pero la frase hecha que titula este artículo me ha venido a la cabeza tras las elecciones de Castilla y León. El PSOE ha sacado petróleo, los que odian a Vox también y de paso el PP ha encontrado crudo. Por una serie de circunstancias -hay quien se ha atrevido a llamar carambolas- el PSOE ha conseguido dos representantes más en las Cortes de Castilla y León. Sin quitar ni un ápice al mérito del candidato socialista de lograr un escaño más en su Soria natal, la coincidencia con la inopinada guerra de Irán le supuso el otro diputado a costa de dejar sin representación a la izquierda del PSOE. ¡Petróleo! Al mismo tiempo el PP se beneficia de la decisión del partido de Alvise de presentarse a las elecciones castellanas y con ello restar votos a Vox para frenar su imparable ascenso de los últimos meses. Por supuesto que el resultado del PP es potente, subir en votos y porcentaje después de cuatro décadas de gobierno, pero el freno de Vox es algo que no esperaba y que la irrupción de SALF apuntaló. ¡Más petróleo!

Donde no hay casualidades es en la economía global. La guerra en Irán ha inhabilitado el paso del estrecho de Ormuz de modo y manera que la oferta de crudo se ha reducido drásticamente. Un estrecho de apenas 54 kilómetros por donde circula una quinta parte del petróleo mundial. De ahí la subida del precio del hidrocarburo ante el eventual desabastecimiento que rápidamente se ha trasladado a la inflación. Una más que creíble amenaza de crisis global con cientos de miles de empleos en juego. Pura teoría del caos: un aleteo de una mariposa en un extremo del planeta provoca un huracán en las antípodas.

Pocas metáforas son tan literales como la que hoy protagoniza Oriente Medio, donde sacar petróleo no es una expresión, sino el centro mismo del tablero global. La crisis en Irán ha devuelto al mundo a una realidad que parecía superada: la dependencia extrema del crudo, en plena era de las energías renovables. Cada vez que la tensión aumenta en esa zona, los mercados tiemblan. Las consecuencias económicas se sienten de inmediato. Europa, que aún no ha terminado de digerir la crisis energética derivada de la guerra en Ucrania, vuelve a comprobar su vulnerabilidad. Y para colmo los bancos centrales occidentales, que empezaban a ver la luz al final del túnel de la inflación, temen que un repunte del coste de la energía retrase la normalización monetaria.

Pero si alguien ha sacado petróleo en esta guerra es Rusia que ha visto como el embargo a su producción de crudo se ha levantado por parte de Estados Unidos para permitir que esa nueva oferta limite la subida de los precios. Ucrania y Europa debilitadas por arte de birlibirloque. Literalmente los rusos han sacado petróleo y de paso dado sentido a la expresión castellana. En un mundo interdependiente, donde un estrecho a miles de kilómetros puede encarecer la factura de la luz en Madrid, la clave ya no es solo sacar petróleo de las circunstancias, sino evitar que otros lo hagan a costa nuestra. La crisis de Irán nos recuerda que la energía y la seguridad siguen siendo los grandes factores de poder del siglo XXI y que, mientras no completemos la transición hacia un modelo más diversificado y sostenible, y al mismo tiempo dispongamos de recursos para nuestra defensa y soberanía industrial seguiremos viviendo pendientes de un lejano pasaje en manos de fanáticos. Los resultados de las elecciones castellanas, en cambio, exigirán esperar a la cita con las urnas en Andalucía para poder sacar lecciones y comprobar si las casualidades son causalidades. Habrá que tener paciencia para ver quién saca de verdad petróleo, además de Rusia.

Iñaki Ortega es doctor en economía en UNIR y LLYC

lunes, 16 de marzo de 2026

Pertrechados

(este artículo se publicó originalmente en el periódico 20 Minutos el día 16 de marzo de 2026)

Ahora que las guerras han vuelto a nuestra vida y por lo que parece también a nuestro bolsillo, es conveniente recordar el vocabulario bélico. Los pertrechos son el armamento y otros instrumentos militares de los ejércitos. El origen de la palabra se pierde en el tiempo, pero lo que ha ido cambiando es su uso. En la Edad Media los pertrechos eran las máquinas de asedio a los castillos como las catapultas. Con la llegada de la pólvora, pasó a referirse a la munición y las armas de fuego. Hoy en día, el término es sinónimo de logística militar y abarca todo lo que un ejército necesita para operar, desde chalecos, cascos, visores nocturnos y herramientas electrónicas a alimentos, agua o tiendas de campaña.

Y como muchas palabras de nuestro idioma evolucionó para acabar siendo sinónimo de utensilios imprescindibles, de hecho, se habla de los pertrechos de pesca o de viaje para hablar de una caña, el cebo o bien un neceser o un cepillo. Pero aún hay más.

Ante la sucesión de guerras que nos está tocando vivir no va a haber más remedio que tener que pertrecharse todos y cada uno. Abastecerse de las herramientas necesarias para hacer frente a tanto estruendo. Y no me refiero a tener un casco o una metralleta en casa, tampoco a comprar por internet un dron para defender nuestro salón de un misil, sino a algo más mundano. Las guerras, sean en Ucrania o en Irán, atacan nuestro bolsillo. Sus consecuencias no son tan inmediatas y ruidosas como un bombardeo a Kiev o a Teherán, pero a medio plazo pueden ser devastadoras, por silenciosas y punitivas. La subida de precios causada por la interrupción del comercio internacional es sigilosa y se traslada a nuestra economía familiar con una cesta de la compra encarecida. La reducción de la oferta global de petróleo, siguiendo las leyes de mercado, causa alzas de los combustibles sólidos que permiten el funcionamiento de la economía y nuestra movilidad. Por eso ante el auge de los costes, las empresas reducen gastos, trasladando ese ajuste al flujo económico causando pérdidas en sus proveedores y a medio plazo despidos en todas esas compañías.

Los pertrechos para un país ya sabemos que suponen dotarse de un ejército que te proteja, pero esos utensilios de guerra para una familia normal serán otros. Por ejemplo, dejar para más adelante ese viaje o un capricho que te ibas a dar y así ahorrar ante lo que venga. Cuidar más que nunca tu puesto de trabajo ante previsibles ajustes de empleo. Estudiar para estar preparado ante eventuales crisis en tu sector o incluso país, que te hagan moverte a otros desempeños o geografías.

Y no solo eso. Hemos de pertrecharnos con valores que nos protejan de lo que siempre acompaña a la guerra: odio, sectarismo y más violencia. La única manera de protegernos y no contagiarnos del aullido, el señalamiento o la pancarta es la tolerancia, el diálogo y la mente fría. Sin renunciar a tus principios, pero sin caer en la trampa de acabar considerando como enemigo al que no piensa como tú. Pertrechados en la convivencia y en el Estado de Derecho para no caer en una trinchera de la que no se sale bien jamás, en la guerra o en tu ciudad. 

Iñaki Ortega es doctor en economía en UNIR y LLYC

martes, 10 de marzo de 2026

El discurso del ascensor

 (este artículo se publicó originalmente en la revista Business Insider el día 10 de marzo de 2026)

Por estos lares las conversaciones de ascensor son charlas intrascendentes sobre el tiempo atmosférico para ocupar silencios incómodos en un reducido espacio. Pero poco a poco y por la influencia americana el discurso del ascensor ha pasado a ser una forma de captar la atención que haga posible seguir hablando cuando se acabe el trayecto. Es curioso aquí esas palabras cruzadas en el ascensor son irrelevantes y en países con una mayor tradición emprendedora una oportunidad que puede cambiar el destino. Cuánto qué aprender.

No hay unanimidad al respecto de cuándo empezó a usarse el término de discurso del ascensor como técnica de persuasión en el mundo empresarial. Algunos hablan de Nueva York en los años 90 con trabajadores que eran incapaces de hablar con sus jefes para transmitirles sugerencias o nuevos proyectos. La ocupada agenda de esos directivos o simplemente la pereza por la cita con el empleadillo, hacía que la reunión para conocer las propuestas del subalterno de turno nunca llegase a producirse. Hasta que un día, no se sabe si por un encuentro fortuito o buscado por el avispado empleado, coincide en el ascensor con CEO. En ese momento el meritorio aprovecha los escasos segundos de una planta a otra para lanzarle la idea. Por supuesto lo hizo de una manera rápida y lo suficientemente atractiva para despertar la atención del jefazo y éste acabó dándole una cita para conocer mejor esa brillante ocurrencia.

Otra teoría sitúa en el cambio de siglo con el auge de las empresas tecnológicas en Silicon Valley, el éxito de este discurso como una herramienta comercial. En el boom de internet, la competencia por conseguir inversión de los fondos era feroz. Los mejores talentos del planeta competían por conseguir levantar fondos para sus startups. Se cuenta que los emprendedores, desesperados por captar la atención de inversores extremadamente solicitados, los emboscaban literalmente en los ascensores de sus oficinas en Sand Hill Road, conocido como el epicentro del capital riesgo. Da igual si era en un ascensor, la cola del supermercado, la barra de un bar o el gimnasio, la probabilidad de coincidir un inversor con un emprendedor era altísima en ese valle entre San José, Cupertino y Palo Alto. 

En esos fugaces encuentros, de no más de treinta segundos, el emprendedor tenía una irrepetible oportunidad para soltar su idea. Si no lograba generar interés antes de que se abrieran las puertas del ascensor o el inversor se fuese con su cerveza, perdía la oportunidad de financiación y de que cambiase su vida. Por eso además de agudizar el ingenio para encontrar una gancho con el que llamar la atención, había que ensayar mucho esa presentación para que cuando el encuentro se produjera el discurso fluyera como si fuese espontáneo. De modo y manera que el discurso del ascensor llegó a convertirse en todo un rito de iniciación. No se trataba sólo de una técnica de ventas, sino de una prueba de fuego, si no podías explicar tu modelo de negocio de forma sencilla y rápida, los inversores asumían que no tenías las ideas claras o que tu proyecto era demasiado complejo para ser rentable. Y era mejor que te dedicases a otra cosa o cogieses el billete de vuelta a tu casa.

Ahora sigue siendo aplicable, por mucho que estemos a 10.000 kilómetros de distancia de Silicon Valley o no seas emprendedor ni busques financiación para una idea de negocio. Saber presentarse de una manera breve y recordable, tener la habilidad para contar concisa y de manera atractiva a qué se dedica tu empresa es algo que siempre vendrá bien. Da igual que estés recién llegado a la empresa, quieras ascender o cambiar de trabajo; incluso si estás buscando empleo es indispensable saber venderte. Y además que cumpla las reglas de las tres eses: short, sweet y sexy. Cuenta tu idea en corto tiempo, con conceptos fáciles y atractivos. Si preparas tu presentación, insisto personal o profesional, siguiendo esa regla y ensayas lo suficiente, tus objetivos estarán más cerca.

Para colmo la tecnología ha hecho que los ascensores cada vez vayan más rápidos o si se prefiere el tiempo de atención ha bajado. Se habla ya de que a los seis segundos perdemos el interés cuando hace unas décadas era en minutos. Las redes sociales y el scroll infinito nos han llevado a ser tan poco pacientes.

También los elevadores llevan cada vez a más gente que competirá contigo, es lo que en comunicación se llama ruido: tendrás muchas dificultades para que tu mensaje llegue al receptor. La conocida como "infoxicación", neologismo que une las palabras información e intoxicación explica muy bien que competimos no sólo con candidatos que lo harán mejor que nosotros sino con propuestas que llegan a nuestro prescriptor por multitud de medios. Hace apenas unos años las únicas vías de contacto eran físicas, una entrevista o un dossier, ahora son incontables gracias a la hiperconexión que todos tenemos. No pienses solo en redes sociales, sino en aplicaciones para comunicarte o en las plataformas de entretenimiento. Algunos ya se lo aplican y si no piensa en la política, nada hay más corto, fácil y atractivo que el No a la Guerra de Pedro Sánchez o el Make America Great Again de Donald Trump.

Por eso, urge tener nuestro discurso del ascensor. Pensarlo, escribirlo y ensayarlo. Ya se que suena ridículo o incluso que piensas que tu no lo necesitas. No te equivoques, todos tenemos que ser capaces de sintetizar nuestras ideas, un currículo o la historia de tu empresa. En la era de la hiperconectividad o te molestas en resumir de manera atractiva lo que te importa y comienzas a contarlo en ascensores y en donde estés o te quedarás por debajo del umbral de atención. Serás invisible. Y eso no es ningún superpoder, es la irrelevancia.

Iñaki Ortega es doctor en economía en UNIR y LLYC

jueves, 5 de marzo de 2026

Seguir la corriente

(este artículo se publicó originalmente en el periódico 20 Minutos el día 2 de marzo de 2026)

Es lo fácil. Unirte al pensamiento único. Seguir lo que la mayoría piensa y adoptar las opiniones políticamente correctas. Porque así no hay apenas que pensar y ni mucho menos encontrar argumentos para defender tus opiniones. Si apuestas por las ideas mayoritarias, tu vida será más sencilla ya que te sentirás miembro de una amplia comunidad que piensa como tú. Jamás discutirás porque serán dogma tus puntos de vista sobre todo lo que sucede en la sociedad, sea una guerra, un lance deportivo o cualquier debate político. No te hará falta elegir qué leer, qué película ver o a quien admirar u odiar… Harás lo que hace todo el mundo.

Por eso no te plantearás tu voto, tampoco tus causas sociales y ni mucho menos los pines que poner en tu chaqueta o la bandera que colgar en tu ventana. Simplemente te dejarás llevar por la corriente. Será agradable porque sin apenas esfuerzo, como un barco en un río, verás que avanzas impulsado por la corriente, cada vez más rápido y acompañado por muchos como tú. Será cómodo sentir que formas parte de la mayoría.

El problema vendrá si por alguna razón parte de las convenciones que defiende la masa, no te acaban de convencer. Quizás porque en tu familia alguien piensa diferente, o porque el que lidera el pensamiento único no te parece creíble. O simplemente porque has padecido en tus propias carnes la incoherencia de los que pontifican la doctrina. Entonces te pondrás a trastear en internet y encontrarás otra forma de pensar; otras personas que siguen lo que para ti antes ni existía o bien era anatema. Intentarás defender esos nuevos argumentos y te costará mucho, no estarás entrenado para contrarrestar los argumentos mayoritarios.

Además, como en el río, salirse de la corriente es peligroso. Puedes volcar y exige mucho esfuerzo. Remar a contracorriente exige una pericia y una fuerza que cualquiera no tiene. Te agotarás y tendrás la tentación de volver a la comodidad de dejarte llevar. Te rendirás y decidirás dejarte de líos y seguir la corriente. De hecho, el castellano ha adoptado esa expresión para referirse a aquellas situaciones en las que para evitar una discusión o a un pesado, se decide darle la razón.

Si este fin de semana viste el 40 aniversario de los Goya porque te gusta el cine quizás lo anterior te inspire. Lo fácil era ponerse el pin de Free Palestine, lo difícil hablar de los derechos humanos en Cuba o Venezuela. La corriente llevaba a hablar de la dictadura de Franco y lo impensable recordar la que sufrió hace mucho menos tiempo nuestro país con el terrorismo de ETA. Lo natural llamar dictadores a Milei o Trump aunque hayan ganado ampliamente elecciones democráticas, lo inadmisible atacar a tiranos que no respetan los derechos humanos como Putin o Xi Jinping. Lo unánime obviar la corrupción gubernamental, lo inaudito que ni uno solo de los premiados denunciase el caos ferroviario o las carreteras llenas de baches por tantas mordidas. Lo normal que nos preocupemos por la violencia sexual en El Congo; lo increíble es que a nadie le indignase la violencia de género que afecta al partido del presidente sentado en las primeras filas: Koldo, Ábalos, Salazar y el DAO nunca han existido.

Muchos espectadores se sintieron cómodos con lo anterior y no les chocó nada; otros siguieron la corriente porque su amor al cine está por encima de consideraciones políticas. También están los que cambiaron de canal. Si no te sitúas en ningún grupo de esos y seguiste viendo los galardones, la desazón estaba asegurada. En los ahogamientos en las playas, los socorristas siempre defienden que te dejes llevar por la corriente hasta que encuentres un momento adecuado en el que salir de la marea para volver sano y salvo a tierra firme. Pues eso.

Iñaki Ortega es doctor en economía en UNIR y LLYC